¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA

 

 

I. Bienvenidos.

 

Sentado a la sombra de las palmeras, Germán miraba bailar a esos cientos de conejitos: a orillas del río y bajo el tremendo sol de la isla, sobre lanchas particulares, en el bar abierto y entre las palapas, esos pendejos movían el culo al ritmo de un estúpido reggae. La mayoría sostenía algún trago o lata de cerveza. Como si fuera poco, otra conejera desbordada se aproximaba tocando bocinas. Entre eso y los parlantes al mango, a Germán se le partía la cabeza. Por suerte era el último día en Isla de Barro.

Lo sobresaltaron dos muchachos que le pasaron al lado, y que enseguida ya estaban corriendo por el muelle y esquivaban el cartel de bienvenida para tirarse al agua.

—Isla de Barro —dijo él—. Isla de Mierda.

Oyó detrás de él a Luciana, que lo llamaba fastidiada. En medio de tal quilombo, era imposible comunicarse sin alzar la voz:

—Por fin te encuentro. Vivís desaparecido.

Germán puteó por lo bajo: no podía creer que aquella siguiera persiguiéndolo. Tenía ganas de gritarle que basta, nena, terminémosla de una vez. Pero ya no le quedaban fuerzas para otro round. Resignado, se dio vuelta: Luciana estaba ahí parada, firme, con cara de bronca y las manos en la cintura.

—Qué querés ahora.

—A vos te quiero, Germán.

Él le dedicó una sonrisa socarrona y le dijo:

—A esta altura, debería darte igual que yo esté acá o en el asiento de un catamarán de regreso.

Él desvió la vista hacia los edificios de la ciudad, cinco kilómetros al Oeste. Ardían bajo el sol, mientras que unas nubes oscuras amenazaban desde el Sur. Luciana le dijo:

—Quiero que dejemos de pelear. Por favor. Disculpame.

Disculpame. Otra vez la misma música. “Disculpame” y “Por favor”. Dos clásicos.

—Vivimos pidiéndonos disculpas, Luciana. Ya fue. No tiene sentido seguirla. No sé qué muerto vinimos a resucitar.

Ella se masajeó las sienes y preguntó —y lo peor era que lo preguntó con total sinceridad—:

—¿Qué muerto?

Germán no podía creer lo que estaba escuchando. Después de esa pausa largó una amarga carcajada. Y dijo:

—¿Ves que sos un faso, vos? No hay caso: ya no somos los de antes.

—Somos una pareja, Germán. Seré todo lo faso que vos quieras, pero necesito que estemos bien. —Ella bajó los ojos y se acomodó la Havaiana, que se le había salido. Hizo visera con la mano, para verle bien la cara—. Decime una cosa, y seme sincero: ¿vos viniste sin ganas de estar en esta isla, o directamente sin ganas de estar conmigo en ninguna parte?

Un helicóptero apareció volando bajito. Circunvoló el complejo, y cuando estuvo a treinta metros de sus cabezas soltó decenas de paracaídas en miniatura. La gente casi los aplasta a ellos dos para ir a agarrar la promo: llovían potes de champú, pedazo de pelotudos. Él y ella debían de ser los únicos que no fueron a empujarse para cazar algo. Y Luciana insistió:

—¿Vos no tenés ganas de estar acá, Germán, o no tenés ganas de estar conmigo en ninguna parte?

—Recién a la noche del primer día nos pusimos de acuerdo en dónde armar la carpa. Traje esos vinos que nos gustan, los Uxmal, y no compartimos una sola botella. ¿Qué te pasa que ya no tomás? ¿Ya no te gustan?

—No quiero tomar… —dijo ella, nerviosa—. No puedo tomar.

—¡Qué! ¿Te volviste mormona? Convengamos que esta no es una escapada productiva.

—Sería productiva si le pusieras onda y disfrutaras de la naturaleza.

—¿Naturaleza? No soporto el sol, el humo de los asados. No soporto la pileta recontrameada, la baranda a pescado podrido, a bronceadores. Nada soporto.

—A mí me soportás. —Ella le tendió la mano, pero él se apartó.

—Me rompe las bolas esta humedad insoportable, Luciana. Me duele la cabeza, y no tengo las aspirinas que estaban en el bolso que nos afanaron. Y… ¡Basta, la puta madre!

Miró para la pileta: un grupo de jóvenes “divertidos” echaba en el agua el contenido de los potes que habían rapiñado de la promo. Muy pronto, la pileta sería un mar de espuma. ¿Y qué era eso que uno de ellos lanzaba al aire? ¡Un consolador en paracaídas! Y más de una minita se sacaba el corpiño de la bikini. Y él con la pelotuda, que no tenía ni miras de patearlo.

Luciana agachó la cabeza y se encogió como una tortuga. Luego, erguida, le dijo:

—Mi postura es desde el compromiso. No tomo posiciones separatistas apenas aparecen los problemas. —Germán la miraba acalorarse en su discurso, que iba en dirección opuesta a lo que él estaba planteando. Todo lo que él había dicho recién, a ella le daba igual. Negando con la cabeza, siguió oyéndola—. ¿Y qué es eso de que ya no somos los de antes? ¿Qué es antes? Vos no estarás acá porque vino Macarena con nosotros, ¿no?

Bueh, la que faltaba: la otra.

—Cortala, no empecemos. Macarena está con el pelotudo de su novio. Si los notaste loquitos, es porque tienen sus propios quilombos. Yo intenté acercarme a conversar un rato con cada uno. Eso es todo. Si viste algo, fue eso. No inventés culebrones.

—Noté cómo se miraban estos días, desde que subimos a la lancha. ¡Hablá, Germán! —Luciana dio un paso adelante, lo encaró—. Mirame a los ojos.

Al mirarla a los ojos, él se dio cuenta de que ella lo quería más que nunca. Y también se dio cuenta de que estaba muy vulnerable. No se sintió con ganas de mantenerle una mirada tan imbécil. Apartó los ojos, y le disparó otro misil:

—Ya no te banco con más de lo mismo. Encima de durazna —lo dijo dándose unos golpecitos en la cabeza—, sos monotemática.

—¿Te da miedo el compromiso, Germán? ¿Te asustan nuestros planes de ir a convivir juntos?

—Y encima redundante.

—¿Es eso? ¿Te da miedo asumir la realidad de la pareja? En la cama me decís que me amás, que tendrías hijos conmigo.

—Pero cómo se te ocurre salirme con esas nabadas de convivir. ¡Y de hijos! Eso es palabrería de cama, nada más.

Ella se le quedó mirando. Él se alejó unos metros y le dio la espalda. Pensó que Luciana se iría a la mierda…, y ahí se terminaría todo. Pero no. Luciana, la ceo de la Corporación Mundial de Masocas, se le acercó y le susurró al oído:

—Amor, quiero que nos reconciliemos.

—…

—Quedémonos una noche más —le propuso ella mirándolo de cerca—. Averigüé de alguien que puede llevarnos a un paraíso solitario. Quiero que vivamos experiencias nuevas y excitantes. Aunque a vos, que sos tan intelectual, te suene a la Cosmopolitan. Y tengo que decirte algo muy serio. Pero no ahora.

Es cuestión de tiempo, pensó Germán. Una noche más, y vas a ser vos la que pidas de cortarla.

Agarrados de la mano —ella se le agarraba de la mano—, volvieron a reunirse con Macarena y Daniel. Compartían una mateada con alguien, un muchacho. Era uno de los encargados: llevaba puestas la remera marrón y la gorra camuflada, características del personal del complejo.

Germán buscaba la mirada de Macarena, y la muy turra lo esquivaba. Se levantó, pidió disculpas —cuando quería, era una lady— y se mandó a mudar. Daniel el Impertérrito no dijo una palabra, y Germán le dedicó a Luciana un gesto de otro-quilombo-con-el-nabín. Luciana se sentó en el extremo de un banco, dejándole espacio a Germán para que se le arrimase, pero él siguió hasta la otra punta de la mesa. Metió la mano en un paquete de bizcochitos y se llenó la boca.

Pero una pelota de vóley rebotó sobre la mesa, y él casi se atraganta del sobresalto.

Luciana habló, y Germán ahí sí se atragantó con lo que dijo:

—Nosotros decidimos quedarnos otra noche más.

Germán tosía, ella seguía hablando:

—Un isleño va a llevarnos isla adentro, a Laguna Escondida.

O sea que ya lo tenías todo bien planificado, turrita, pensó Germán, y sintió un gramo de admiración por ella: no podía negarle que era toda una luchadora.

El encargado no tardó en reaccionar:

—Así que van a la Escondida. El camino es imposible, un continuo matorral es.

—Quedate tranquilo —dijo Luciana—, que ya hemos ido en kayac a otras islas antes, y eso que no había camping ni nada. Germie y yo sabemos arreglarnos. Sabemos componer.

—Habrán ido a otras —dijo el encargado en tono intimidante—, pero nunca a la Escondida. Se inunda cada dos por tres. Un barrial. Sobre todo cuando está por llover, como hoy. —Señaló al cielo—. Encima es noche de Superluna… qué les pasa, por qué me miran así, ¿no escuchan radio ustedes? Es cuando la luna está a la mínima distancia de la Tierra, o algo así, y las mareas y los ríos crecen. Ahí la Escondida se llena de todos los ratones y serpientes que salen de sus cuevas. Así son los ratones, miren, de este tamaño. ¿Sabían? ¿Sabían o no sabían? No vayan. Vuelvan a la ciudad con el amigo y la morocha. —Al decir esto, cabeceó para el lado de Daniel.

Los tres intercambiaron miradas de desconcierto. Después Daniel —quién más— empezó a reírse:

—¿Me vas a decir, man, que también hay anacondas o pirañas asesinas, como en las películas?

El muchacho se enderezó en el banco. En él había algo más que preocupación: había miedo. Enarcó las cejas y miró a Federico. Enlazó las manos como quien se acomoda para contar una historia muy íntima y dramática, y volvió a mirarlos:

—No sabemos bien lo que pasa, pero que algo raro pasa es innegable. Los de la ciudad nunca nos creen —dijo—. Hay quienes aseguran haber visto cosas muy raras. Lo juran por Dios y la Virgen. —Se besó los dedos en cruz—. Yo nunca vi mucho, pero te repito: por acá pasan cosas raras. ¿Saben todos los animales que desaparecen? Y todo el mundo se calla la boca. Nadie quiere que lo tomen por loco los de afuera, los de la ciudad. El Ernesto, un pescador, no era así de loco como es ahora. No saben las veces que me sacó de apuro con el motor de mi lancha. Se rompía a cada rato, y él lo arreglaba hasta que pude comprar otro y cambiarlo. Me contó a mí que allá adentro, donde quieren ir ustedes —señaló a Luciana y Germán—, hay vegetación que no es de la zona. No se sabe qué es, ni de dónde… Hay unos zancudos que te pican y te trastornan la cabeza, loquito te ponen… y que en el cielo, por las noches, se ven luces raras. Sobre todo, camufladas entre las nubes durante las noches de tormenta.

—Me estás hablando de avistaje de ovnis —dijo Daniel, haciendo el payasito con gestos y muecas— y de microclima extraterrestre. ¿De dónde sacan ustedes semejantes barbaridades?

Pero al isleño no le causó ninguna gracia y siguió contando su historia:

—Y eso no es todo: el Ernesto dice que una vez lo persiguieron.

—¿Quiénes lo persiguieron? —preguntó Luciana.

—Él dice… —el muchacho bajó la vista. Germán lo miraba, expectante. Notó que los demás también. Y el isleño siguió hablando—: Conocemos este río traidor: corrientes que te arrastran por abajo, remolinos, oleaje cabrero. Pero creo que existe algo más jodido todavía.

 

 

II. Isla profunda.

 

A los empujones entre la multitud del muelle, Germán veía miniaturizarse en el horizonte la lancha en la que partían Macarena y Daniel. Miró su reloj: las seis y diez de la tarde. Para las siete y media ya no quedaría nadie en la isla. La mayoría habría partido en las lanchas de pasajeros que salían hasta esa hora.

Luciana se le colgaba del brazo, y él ya empezaba a arrepentirse de no haber embarcado. Empezaba a pensar que tal vez todavía estaba a tiempo de hacerlo, cuando justo por detrás suyo, alzada por sobre las demás voces y el griterío, una voz hosca dijo su nombre y el de su… novia.

Se dieron vuelta y vieron que les hablaba un gorila de piel curtida y marcada, seguramente a causa de las horas de trabajo al sol y las lluvias. El gorila repiqueteaba el talón contra las tablas. ¿Serían nervios? Sí, eso era. Pero Germán vio que Luciana lo miraba con confianza. Lo conocía. Debía de ser quien los llevaría isla adentro. Germán se acercó con algo parecido a la confianza.

—Cómo va.

Pero el mono le dio la espalda, echó a andar y los apuró:

—¿Y? ¿Salimos o no salimos?

Quién se creía que era este King Kong. Antes de que Germán pudiera bajarle los humos, Luciana ya había abierto su bocota:

—Por supuesto. Estamos listos.

—Entonces, qué están esperando.

Germán y Luciana cargaron las mochilas, y lo siguieron rumbo a un embarcadero más bajo.

El gorila y Germán se abrían paso entre la multitud, pero Luciana iba con su vocecita de niña buena diciendo con permiso, perdón, lo siento, cuidado, hasta que él la agarró del brazo y la hizo caminar bien pegada.

Se detuvieron junto a una vieja barca a motor. A Germán le cayó la ficha de que viajarían en eso. Era el tipo de cosas que sucedían cuando la princesa, sin consultar, organizaba La aventura del hombre. Al acercarse, se deprimió: esa poronga tenía el casco abollado en sus laterales, la pintura saltada, zonas oxidadas —incluso picadas—. Y la línea de flotación registraba una marca irregular, muy por encima del nivel.

—¿Es en serio? —dijo—. ¿Va a aguantarnos? —Lo preguntó con la expresión de alguien a quien le informan que deberá cruzarse el Atlántico en una balsa de inmigrantes.

El mono apretó la mandíbula. Lo miró de arriba abajo, un boxeador midiendo a su rival, y subió primero. Se ubicó al timón, y les hizo señas de que abordaran. Germán accedió, resoplando de fastidio. Luciana lo siguió, trastabillando: la lancha se balanceaba.

—Cuidado, che —dijo Germán, tendiéndole una mano—. Esto es como hacer equilibrio sobre un tronco. No vayamos a irnos de culo al agua. ¡Despacio, te digo! —Soltó el equipaje, que cayó adelante de unas redes de pesca enrolladas. Luciana lo imitó, ocupó su “asiento”:

—¡Todo listo, capitán!

 

—Me embola rebotar sobre estos tablones —dijo Germán a los diez minutos de navegación.

—Mañana vamos a estar riéndonos de esto, Ger.

Sí, pensó él, riéndonos cada uno bien separadito del otro, y en la casa de cada cual.

Bordearon la isla hasta tomar una angosta bifurcación. Desaceleraron: la plaga de camalotes y troncos podría partir la quilla. Ahora el motor apenas crepitaba.

Germán no oía ya ninguna otra lancha, bocinas, música ni nada que tuviera relación con el balneario.

Los árboles ya no eran los robustos guardianes del camping: sus ramas vencidas se encorvaban en garras cadavéricas que querían atraparlos, y ellos debían agacharse para evitar sus espinas.

King Kong no les marcaba referencias, ni decía nada. Germán le dio charla:

—¿Se pesca mucho por acá?

El otro no le llevó el apunte. Sería más fácil comunicarse con el verdadero King Kong. ¿Qué había sacado del bolsillo? ¿Una petaca? Lo vio llevársela a la boca, y claramente darle tres tragos, cabeceando hacia atrás. Germán y Luciana intercambiaron miradas preocupadas.

Se internaron por otro arroyo, aún más impenetrable. Una maraña de enredaderas y yuyales les iba cerrando el paso, les bloqueaba el sol. En cualquier momento deberían seguir a pie.

Les llegó un hedor a pescados podridos, Germán no pudo controlar las náuseas y se inclinó hacia el agua fétida.

Luciana trató de auxiliarlo, pero él la apartó de un manotazo.

Cuando se repuso, notó que una aureola de grasa rodeaba oscuras plantas flotantes, que ocultarían por debajo de la superficie de flotación un considerable grosor. ¿Serían lirios o tarullas, con esas formas extrañas?

Unos bichos le zumbaron en los oídos: mosquitos. Agitó los brazos para ahuyentarlos, quería concentrarse en el agua: quizás aparecería flotando un cardumen de peces muertos. Un grito de Luciana lo alteró. Ella se examinaba una picadura en el codo:

—¡Me arde!

—Dejá de tocarte, Luciana. ¡Mirá cómo se te pone!

—No hay aguijón, Ger. Creía que era una avispa.

Germán le hizo señas de que hiciese silencio urgente. Fue levantándose, despacio, atento a unos zumbidos que se aproximaban.

Un enjambre de zancudos amarillos los atacaron. Germán y Luciana intentaron ahuyentarlos, pero no funcionó. El ardor por las picaduras era insoportable.

—Qué es esto —gritaba Germán—. Dónde nos viniste a meter, carajo.

Inmune a los ataques, el tipo lo miró con frialdad. Le dio otro trago a la petaca y siguió timoneando.

En medio de los alaridos de Luciana, Germán se precipitó a su mochila. La abrió, y tironeó desesperado de todo lo que había adentro, hasta dar con un Off en aerosol. Se sintió ridículo con ese tubito en la mano, pero roció el aire, y le aplicó a Luciana varias capas del repelente. No funcionó: los ataques recrudecían.

—¡Voy a saltar! —gritó Luciana—. ¡Voy a saltar!

—¡Ni se te ocurra!

Giró, tropezó en medio del pánico. Al caer se cortó la frente contra una de las tablas. Germán le usó el impermeable para espantar a esas mierdas de bichos. Se dispersaron rápidamente, pero enseguida contraatacaron. Él siguió sacudiendo la campera, hasta que consiguió que desapareciesen.

Ayudó a Luciana a sentarse en cubierta. La asistió, acuclillado:

—¿Estás bien?

Ella no podía hablar.

Germán se dio vuelta en dirección a King Kong: seguía en su lugar, encorvado, despreocupado por el ataque del enjambre, y sin haber intervenido en absoluto.

—¿Hay botiquín? —le gritó—. ¡Qué fue eso!

La bestia no contestó.

—Che, te estoy hablando… —insistió Germán—. Ya veo que vos estás acá por la guita, nomás. Cualquier otra cosa te importa una mierda —le gritó. Y por lo bajo agregó—: Tachero delincuente.

Germán volvió a poner atención en Luciana. Temblaba y se quejaba del dolor punzante. Tenía la frente hinchada y morada. La sangre le corría por la cara y el cuello, y el top se le había puesto rojo.

—Esto va a doler. —Germán rasgó una remera limpia y se la presionó en la herida—. Pero es necesario.

—¡Ay!

—Shhh… Tranquila. Tranquila. Eso es, con calma. Ya está.

Luciana se desvaneció.

 

La barca impactó de lleno contra algo sumergido, y Germán y Luciana se sacudieron.

—No pasa nada, Luciana. Un golpe nomás. Seguro que retomamos la marcha.

—Llegamos —los sorprendió King Kong.

—Perdón —dijo Germán, ronco de la bronca—: ¿a dónde llegamos? Esto debe ser el puto infierno.

—Los quinientos acordados —exigió el isleño tendiendo la mano—. Y ya mismo, si quieren que vuelva a buscarlos.

—¡Quinientos! —le gritó Germán al gorila, que seguía con cara de piedra—. No, si no tenés cara vos, estafador —lo increpó, con las manos en los bolsillos y sin quitárselas de ahí en ningún momento. Y a juzgar por la expresión del isleño, mejor que no lo hubiera hecho.

Ajena a aquella discusión y buscando el camino por dónde seguir de a pie, Luciana le desvió la atención diciendo:

—Es por allá, detrás de esos árboles.

Una senda despejada, por entre los matojos. Germán olvidó al guía y se dispuso a bajar: por fin tierra firme.

¡Pero qué carajo! Los pies se le hundieron en terreno fangoso. De hecho, se hundió hasta las rodillas. No podía ser, pero si avanzaba dos o tres metros se liberaría: distinguía la orilla. Se esforzó en llegar, las piernas succionadas por el abismo de barro. Quién lo mandaba allí a revolverse en la mierda. Se levantaron olores nauseabundos, a hongos podridos.

Luciana se descalzó en la lancha para seguirlo, pero primero cerró trato con el isleño:

—No voy a permitir —dijo— que este accidente arruine el momento con mi novio. Dale, tomá: quinientos pesos. Vení mañana a esta hora.

El lugareño aceptó con una mueca. A Luciana le dio asco aquel gesto tan despectivo, la incompleta dentadura de encías de sarro y sangre. Se dio vuelta y saltó al agua. El tipo giró su barca ayudándose con un remo, y se fue por donde había llegado.

Bajo los pasos de Luciana, que avanzaba haciendo equilibrio, el fondo arcilloso iba desmembrándose. Germán no la ayudaba: el desgraciado ya estaba sacudiéndose en tierra firme. Para cuando ella llegó, con algas y barro hasta la cintura, el otro ya había empezado a caminar.

Ya transitaban el sendero, que resultó más extenso de lo esperado. A Germán el sudor le dificultaba mirar. Se acarició la barbilla, pensativo:

—¿Te acordás lo que dijo el tipo del camping sobre insectos que pican y lo ponen violento a uno?

Ella lo miró con el ceño fruncido:

—Ese imbécil. Olvidate.

—Imaginate que nos inyectaron alguna dosis al estilo de Jekyll y Hyde.

—Dejate de joder…

Llevarían diez minutos de recorrido cuando la senda se ensanchó: una enorme laguna se extendía en el centro de una planicie verde; un paraíso en medio del pantano.

 

 

III. Laguna Escondida

 

Harto, Germán terminaba de armar la carpa. Lanzó un resoplido y decidió que era hora de parar un rato. Se sentó y estiró el brazo hasta su mochila. Sacó las botellas de vino, bien envueltas en varias capas de plástico con burbujas para empaques.

Degustó uno, tres tragos. Miró a la pelotuda de Luciana, a orillas de la laguna, y le dieron ganas de huir a miles de kilómetros. Dio un cuarto trago que, a diferencia de los anteriores, fue grotesco: inclinó tanto la botella que derramó vino por las comisuras. Se limpió con los puños. Ojalá hubiera traído otro par de Uxmal para mamarse bien mamado. Prendió el celu: sin cobertura, por supuesto.

Se levantó a ver si conseguía señal. Nada. Siguió dando vueltas, hasta que en la pantalla se prendió la luz de una rayita de antena.

Y escribió:

 

esta noche termina todo. voy a hacer que ella me largue a mí. no pasa nada. confiá. sé lo que hago

 

Atardecía. El cielo se desgarraba en extraños matices rojos, distintos a los que anunciaban las tormentas crepusculares.

Luciana tendía al borde de la laguna un mantel floreado, disponía velas. Una ráfaga la obligó a levantar la vista. La densa maraña de cañas y pastizales que se revolvía hacia los límites del claro le erizó la piel: no parecía que el viento estuviera sacudiéndola; había en ella un hálito de vida.

Vigiló su alrededor, claustrofóbica: ¿por qué la maleza, que se elevaba a más de dos metros, no había avanzado sobre aquel terreno? Vio en la espesura formas horribles, sombras enormes de brazos demasiado largos. Vio garras. ¿O era su imaginación?

Respiró hondo. ¿Por qué debía tener miedo, acaso no estaba con su novio?

—Germán, vení acá.

Puteando por lo bajo, él se le acercó con una botella de vino en cada mano.

Ella se le insinuó, pero no hubo caso.

 

Tres cuartas partes de las velas ya se habían consumido, y Germán no había hecho otra cosa más que tomárselo todo. Luciana prefería mantenerse en silencio: si decía algo, empezaría una discusión. Aquel ni le hablaba, así que apeló a otro recurso:

—Ger, corazón, no me gusta que sigamos distantes. Quiero que conectemos nuestros espíritus, nuestros cuerpos. —De nuevo fue bajándose el cierre de la campera, ahora desnudando los pechos.

—Se me parte la cabeza —dijo Germán levantándose con movimientos tan torpes que no notó cuando se le cayó el celular, y se perdió en la oscuridad.

Entró en la carpa, prendió una luz de emergencia y se tiró sobre el colchón inflable.

Luciana alcanzó su bolsito íntimo y se lo apretó contra el vientre. Temblando, lo abrió y sacó el Evatest, que le había dado positivo. Se quedó examinándolo a la luz de las velas. Sola. Y llorando.

—Amor, vamos a tener un hijo —dijo al aire, como si su novio estuviera acompañándola.

Germán no la amaba. Se cubrió la cara y soltó el llanto.

Vio el celular de él, tirado junto a una botella vacía. Lo prendió y se puso a espiar en sus contenidos.

Y entonces descubrió a una tipa en bolas que posaba como una perra: el culo en tanga, en primer plano. Pajero. Y a ella ni la acariciaba.

Pero, al toque de verla mejor, descubrió que la tipa en bolas no era una tipa cualquiera. Y descubrió cosas todavía peores. El celular, plagado de esas fotos de mierda, se mojó con sus lágrimas. Lo apretó furiosa, se levantó y se fue corriendo a encarar a ese hijo de puta. Cómo había podido ser tan pelotuda.

—Despertate, conchudo. ¡Despertate! —Le daba puñetazos, arrodillada al lado—. Vi tu celular.

—Pará, loca —dijo Germán levantándose, y se le plantó cara a cara—. Pará te digo.

—Cuánto tiempo llevan cogiendo vos y la puta aquella. ¡Cuánto tiempo!

—¡Soltame los pelos! —Germán le atenazó la muñeca, y Luciana pegó un alarido—. Esto te pasa por hurgar en mis cosas —dijo él, y la volteó de un empujón—. Dejá de bardear, la reputísima madre que lo parió, y cerrá el orto.

Entre espasmos, Luciana se arrodilló frente a él. Lentamente, levantó la cabeza, se corrió los pelos que le cubrían la cara empapada en lágrimas y le dijo:

—¿Sabés algo, pelotudito? Estoy embarazada de vos.

—¿Qué?

—Ay, cambiame esa cara de puto. —El tono de Luciana iba creciendo en furia—. Sí, lo que escuchaste: espero un hijo tuyo. Vos eras en quien yo más confiaba, pero resultaste ser un maricón, un traidor.

—¡Basta, carajo! —Germán le pegó una piña al parante de la carpa.

—Nadie sabe de mi embarazo. Quería que fueras el primero en saberlo, que le hiciéramos frente a todo, juntos. Todo este tiempo estuve poniendo todo de mí para arreglarnos. Te necesitaba conmigo, con nosotros. Pero sos un montón de mierda.

—Acá la única mierda y la única puta sos vos. —Germán sintió que se le acalambraban los nudillos de tanto apretarlos—. O te creés que no pensarán eso tus viejos y tus amigas.

—Mis… ¿amigas?

—Vas a tener que hacerte sacar esa basura que tenés en el vientre. Qué querés que te diga. Problema tuyo, putita. Arreglátelas sola.

Temblando, ella le dijo:

—¿Cómo te atreviste a llamarme? ¿Cómo le dijiste a mi hijo?

Germán vio que la había transformado de furia. Horrorizada, parecía que iba a matarlo o a matarse, y ahora salía corriendo de la carpa.

Él estuvo a punto de perseguirla y molerla a golpes, pero se dejó caer en el colchón: después de todo, a dónde iba a ir sola.

Llevaba un rato con los ojos cerrados, cuando oyó que aquella entraba de nuevo en la carpa. Y, a partir de ese momento, perdió toda conciencia: arrodillada junto a él, Luciana acababa de aplastarle el cráneo con una roca.

Las lonas de la carpa quedaron salpicadas de sangre, y en el suelo fue formándose un charco. Germán se sacudía en convulsiones. Luciana se le montó sobre el pecho, y siguió convirtiéndole el cráneo en un amasijo de pelos, piel y algo blanco que no podía distinguir si eran dientes o trizas de hueso.

Acalambrada, Luciana se apartó de Germán. Se corrió el pelo de la cara con las manos empapadas en sangre. Ahora también ella la tendría embadurnada. Sintió puntadas en la cabeza. Salió y, tras un retorcido andar, cayó abatida.

 

Volvió en sí en medio de una tormenta. Hundida en el barro, mareada y con los ojos ardidos, intentaba comprender.

La lluvia le despejaba la mente. La rabia iba dando paso a la cordura. Luciana tomaba conciencia del crimen que había cometido, de las consecuencias que tendría. Crimen irreal, imposible. Jamás haría algo así. No tenía recuerdos completos de lo sucedido. Supo entonces, vagamente, que había experimentado cierto primitivo placer cuando atacó a Germán.

La encerrarían de por vida. ¿O acaso iba a alegar locura y emoción violenta? La iban a meter de cabeza en la cárcel. Lloró aterrada. No vería crecer a su hijo. ¡Su hijo! ¿Quién lo iba a criar? Se cubrió la cara empapada de lágrimas. Qué injusticia tan grande.

Se levantó y avanzó tambaleándose hasta la carpa. Había sangre, mucha sangre. Pero el cadáver había desaparecido. Se estremeció. Alguien o algo lo habría movido de su lugar. ¿O realmente no había sucedido nada? No: ella misma estaba manchada con la sangre de aquel hijo de puta. Claramente, allí ocurría algo. Y le estaba ocurriendo justamente a ella, que estaba embarazada.

Recorrió los alrededores y no encontró nada. Sentía las piernas cada vez más rígidas y estaba en carne de gallina. Encima, el terreno se empantanaba cada vez más. Dios, la laguna crecía y crecía a cada minuto.

En medio de aquel terror, se preguntaba si su familia y sus amigas la condenarían por haber quedado embarazada, pedazo de boluda o si, en definitiva, la apoyarían. No creía que sus amigas la apoyaran, porque ya no creía tener amigas. Esas eran cualquier cosa, menos amigas. Traidoras. Falsas. Eso es lo que eran.

Entre la maraña de enredaderas, distinguió de nuevo aquellas sombras. Dejó de respirar y quedó inmóvil: eran presencias reales.

Salió disparada, los pies chapoteando en el barro, hasta que una pierna se le enterró en esa masa semilíquida. Se levantó como pudo, embarrada, y otra vez se lanzó a la carrera, y la cerrazón de las plantas la atrapó en un punto donde el agua desbordaba los canales.

Pensó de nuevo en su embarazo. Sus padres se lo reprocharían. Podía escucharlos gritarle cuántas veces le habían repetido que dejara de verse con ese perdedor que tenía de novio. Que ella se iba a todos lados con ese vago y ahora volvía… embarazada. Hasta querrían ocultarla de la vergüenza, o mejor, que se vaya de la casa, que se vaya y se las arregle sola.

¿Dónde esconderse? Detrás de ella oía ramas y cañas quebrándose: su perseguidor no dejaba de acecharla.

Huyó arrancando las malezas, y el brazo se le despellejó con ramas espinosas, pero no se detuvo: debía salvar a su hijo, por Dios.

Ella, la madre, era la única que podía protegerlo. Supo que debía hacerlo.

Por momentos se daba vuelta para ver que aquel enemigo, sea lo que fuese, no le estuviera pisando los talones. Siguió más deprisa, hasta que sin darse cuenta cayó en aguas profundas. Se ahogaba, tragaba barro. La corriente la arrastraba. Luchó, y logró salir a flote.

Llegó a la orilla, retorciéndose. Tuvo arcadas que la doblaron de dolor, y vomitó espeso: barro, agua, hojarasca.

Perdida, se alejó de aquella correntada isla adentro —o hacia donde creía que lo era—, buscando tierra firme. Retumbó un trueno. Las ráfagas descuajaron un árbol cerca de ella: no lo había visto, y casi la aplasta.

Oyó un rugido: ¡motores!

Supo que debía seguir en dirección a ellos. Descubrió que la tormenta había convertido los caminos en un barrial. Pero, ante la posibilidad concreta de huir, no le importaba tener que adentrarse en un terreno desconocido; sólo quería salvar la vida de su bebé.

Fue abriéndose paso entre más ramas espinosas que la cortaban. La sangre le corría por brazos y piernas. Exhausta y atrapada en aquel matorral, se detuvo a tomar un poco de aire. Daba gracias a Dios de seguir escuchando los motores de las lanchas.

 

¿Cuánto tiempo llevaría caminando, cuántas horas? Al menos seguía oyendo los motores. Renqueando, siguió adelante.

Volvió a dudar si podría sobrellevar su nueva vida de madre soltera. Calculó desde cuándo Germán la estaría engañando. Cómo habría podido ser tan ingenua. Sintió que algo dentro suyo se quebraba. Rompió en llantos, las lágrimas le goteaban por la nariz.

Para su sorpresa, horrible sorpresa…, vio que volvía a salir al claro de la Laguna Escondida: su carpa volteada ondeaba con las ráfagas. Inconfundible, aquel era el único claro que se abría entre toda la maraña hedionda; el único claro en donde ellos hicieron campamento.

Había estado huyendo en círculos.

Soltó un alarido. La doblegó la impotencia: la montaña de cansancio que venía soportando le caía encima. Sus motivaciones para sobrevivir se diluían con la tormenta.

Aún oía los motores o lo que fuesen. Pero de dónde venían. ¿Del cielo?

Se le ocurrió mirar. Algo la sobrevolaba. No pudo distinguir su forma, pero no se trataba de un helicóptero de rescate. Aquello era más grande y tenía más luces.

Una luz la encandiló, le hizo agachar la cabeza. Jamás había visto algo así. Dudaba de que fuera de este mundo. Se armó de coraje para mirar de nuevo. Levantó la vista, pero el ardor le perforó los ojos otra vez. Se los protegió con las manos y volvió a agachar la cabeza.

No podía creer que aquello estuviera sucediéndole a ella, siempre tan incrédula. Iba a morir, y lo peor era que no lo podía creer.

Detrás, algo gorgoteó.


Ilustración: Tut

Lentamente Luciana giró la cabeza, y gritó de horror al distinguir con los ojos apenas entreabiertos un monstruo formado por la podredumbre vegetal, la cara desfigurada con protuberancias semilíquidas. Ella retrocedió. La bestia no le perdía pisada. Calculaba sus movimientos. Acechándola, sostenía entre sus garras un tronco, listo para atacarla. Ella sabía que lo haría, era como un animal salvaje. Desesperada, quiso salir corriendo. Apenas había dado un paso cuando el monstruo le arrojó un golpe que jamás vio venir. Sintió que su cabeza se sacudía hacia atrás y que ella misma salía despedida.

 

Caída en el centro de un charco que le cubría la mitad del cuerpo, abrió los ojos. Escupió dientes y sangre. El gusto metálico de la sangre le provocaba náuseas. El golpe había sido más fuerte de lo que se imaginaba. Ni siquiera podía girar la cabeza, y no paraba de temblar. ¿Tendría el cuello roto? Intentó abrir la boca, pero se descubrió la mandíbula desencajada. Gimió: el dolor era desesperante.

Vio a otro demonio llevarse hacia la laguna, cargado al hombro —si eso podía llamarse un hombro—, el cadáver de Germán. Espantada, lo vio sumergirse con él.

Otra bestia la agarró de las piernas y se la llevó arrastrándola. Sentía cómo se raspaba la piel y se le abrían cortes por la fricción contra las ramas. Quería sujetarse de algo, pero le era imposible. Hundía las manos en el barro, intentando estúpidamente frenarse. La bestia no tardó en hundirse con ella en las profundidades.

 

 

IV. Superluna.

 

Dos años más tarde, la reapertura del balneario de isla de Barro era un éxito. La conmoción social por la misteriosa desaparición o crímenes de una joven pareja (los investigadores habían hallado dientes, manchas de sangre y algunos indicios más de episodio violento, aunque no habían encontrado los cuerpos) ya se había aplacado. Ahora, un día de Superluna de verano, cientos de adolescentes y estudiantes universitarios festejaban el inicio del verano con bailes, tragos y deportes en la arena.

Una joven pareja planeaba reencender su relación experimentando nuevas y excitantes aventuras: un lugareño los llevaría isla adentro, a ese edén llamado Laguna Escondida.

 

 


Pablo Vigliano (1981) nació en San Miguel de Tucumán. Es Licenciado en Comunicación Social (Universidad Nacional de La Plata). Reside en Rosario desde 2006. Asiduo lector, sus géneros favoritos son la ficción, lo fantástico y lo sobrenatural. Sus autores preferidos son Poe; King; Bradbury; Barker; Maupassant; Hill. Participa del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco desde fines de 2012. Es guionista de las novelas gráficas independientes Hilo Rojo y Lucero Oscuro.

Ha publicado en Axxón LA RUTA FANTASMA.


Este cuento se vincula temáticamente con EXTRAÑA LUNA DE MIEL, de Eduardo Poggi y NUNCA BESES A UN EXTRAÑO, de Nuria C. Bote.


Axxón 277

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Extraterrestres, Abducciones : Argentina : Argentino).


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