¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 AUSTRALIA

Era otra noche sofocante en Nueva Bangkok y Jharkrat no lograba vender nada.

Las multitudes siempre estaban presentes. Caminaban bajo los faroles y zigzagueaban entre el tránsito perezoso. Las amplias calles estaban resbaladizas por la lluvia cálida como la sangre. Las sartenes oxidadas siseaban con furia, mientras los chefs preparaban burbujeantes pasteles fritos en aceite, haciendo girar unos carruseles donde colgaban fideos de arroz. Unas volutas de humo ascendían en espiral desde los templos improvisados. La gente gritaba y regateaba, intercambiando sacos de yute con especias y semillas con los turistas, probablemente terráqueos. Las canoas se deslizaban por el canal, apartando desperdicios a su paso y navegando hacia los mercados flotantes. Por encima, se elevaban rascacielos a medio terminar, envueltos con andamios. Una gran gota de agua con óxido cayó de una torre de alta tensión descascarada y aterrizó sobre el mostrador de Jharkrat con un plop marrón rojizo. Él no se molestó en limpiarla. Era el sudor de la ciudad, segregado por un millón de poros. En un minuto caería otra. Tomó una nota mental para recordar traer el paraguas al día siguiente.

Dos pacificadores del Ministerio vestidos de azul oscuro —los vivanors— estaban bebiendo tom kha gai en un puesto de comida caliente y vigilando a la inmensa multitud. Uno de ellos lo miró y Jharkrat desvió la vista, fingiendo concentrarse en los componentes de computadora que tenía frente a él. Esta noche no quería problemas. Los hombres ya habían fruncido en ceño al verlo comerciar con productos electrónicos dados de baja hacía mucho tiempo y no quería que clausuraran su tienda.

Alguien se acercó corriendo a su puesto, con el rostro rechoncho enrojecido por el calor. ¿Era un cliente? Jharkrat se enderezó y gruñó cuando el hombre obeso dejó caer una pila de equipos decrépitos sobre el mostrador manchado.

—No compro —susurró Jharkrat, recogiendo el embrollo de cables en descomposición—. Solo vendo.

—Vamos —gritó el hombre por encima de las bocinas de los autos—. Los vendo a buen precio.

Todo era de la Última Edad, antes de que el Ministerio reemplazara todos los sistemas y programas informáticos. Su depósito estaba lleno de cosas así. Casi no valía la pena pagar la renta del depósito donde los guardaba.

Mai au khrap. Tengo suficientes.

—Por favor. —El sujeto estaba desesperado. Los tendones de su cuello parecían cables de puente colgante—. Tengo poco efectivo.

—Lo siento.

—¿Dos mil baht por todo el lote?

—No hay trato.

—¿Mil quinientos?

—No.

—¿Mil?

Jharkrat dudó. Era insólito adquirir todo eso por un precio tan bajo. Pero sería más insólito que siguiera comprando insumos.

Puede que el hombre haya percibido su dilema. Apartó de la maraña una modesta caja negra y la hizo girar en sus manos.

—Tome esto. No puedo venderla en otro sitio.

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Ilustración: Pedro Bel

Jharkrat la inspeccionó, al tiempo que el empalagoso aroma del incienso de un templo cercano le daba comezón en la nariz. El cubo era pesado para su tamaño. Había pequeñas ranuras talladas en sus lados y un puerto para conectarlo a una computadora.

—¿Qué es?

—Un módulo, creo. —El hombre se tocó un forúnculo incipiente que tenía en el cuello—. ¿Quinientos?

Jharkrat nunca había visto nada igual. Ni siquiera había un logo del fabricante estampado en el metal. Realmente no podía pagarla, pero la curiosidad lo estaba venciendo.

—Le doy cuatrocientos.

—Hecho.

Jharkrat le entregó los billetes arrugados. El hombre asintió con gratitud, recogió sus materiales y desapareció en la multitud. Jharkrat volvió a mirar la cajita misteriosa, desconectándose de la bulliciosa ciudad que lo rodeaba.

***

Cuando Jharkrat iba camino a casa, comenzó a llover. Las cálidas gotas golpeteaban contra los techos de latón y los toldos extendidos. En el cielo, se veían dos lunas que derramaban su luz sobre el camino. La tercera estaba oculta detrás de unas nubes espesas. En la Tierra, donde habían nacido sus abuelos, había una sola luna en el cielo. Y los días duraban veinticuatro horas, no treinta y dos. Siempre había querido ir allí y ver las maravillas que ellos le describían. Pero había que ahorrar durante muchos años solo para comprar el permiso de viaje. Y luego había que comprar el boleto. Había gastado todo su dinero en su hija: se había contagiado la plaga de las ampollas, que le estaba devorando el cuerpo lentamente. Destinaba todas las ganancias que obtenía vendiendo materiales a luchar contra la enfermedad. Pero, al final, no fue suficiente. El mal llegó al cerebro de Serah y la mató.

Algunos días, Jharkrat no sabía cómo lograba mantenerse en pie.

Llegó a su apartamento en la planta baja. Unas enredaderas de color rojo sangre se enroscaban en los postes torcidos, agotados de soportar el peso del edificio. Buscó su llave oxidada y abrió la antigua puerta. Podría haber instalado un teclado de seguridad o un lector de huellas digitales, pero habrían llamado la atención. Serían la prueba de que tenía algo que ocultar. De todos modos, alguien volvería a forzar la puerta. No hacía falta atraer a más ladrones. Había visto lo que hacía la gente por dinero. El mes anterior, un hombre que vivía a un par de calles había cambiado a su hijo recién nacido por una perra… para poder vender sus cachorros. Jharkrat había tenido que reprimir el impulso de ir a su casa y arrancarle los dientes a puñetazos.

El apartamento era un desastre. El suelo estaba regado de equipos informáticos, latas de cerveza aplastadas y sillas de plástico envueltas en gruesos cables. Un ventilador mohoso giraba perezosamente en el techo, revolviendo el aire húmedo de la habitación. Los productos estaban empaquetados en cajas de cartón en vías de deshacerse, apiladas hasta el techo. Jharkrat hizo a un lado una placa madre desarmada que estaba sobre su escritorio y sacó el cubo. Simplemente, tenía que saber qué era. El Ministerio, sin ninguna duda, no lo había autorizado con una licencia. Y eso lo hacía más intrigante.

Encendió su vieja computadora, tomó un cable y lo enchufó en la caja.

Zap. Hubo una baja de tensión. La pantalla emitió unos ruidos entrecortados y brilló con colores estridentes antes de apagarse y convertirse en un espejo negro.

De acuerdo. Esto no era bueno. Se quedó sentado, quieto, demasiado sorprendido para moverse, hasta que la pantalla volvió a la vida y le mostró un fondo parpadeante. ¿Era una especie de virus? Probablemente, ya estaba comiéndose sus archivos o, peor aún, estaba enviándolos al Ministerio. Era el fin. Era…

—¿Hola? —Sintió un escalofrío en todo el cuerpo. La caja estaba hablando. Las ranuras habían cobrado vida e irradiaban un inquietante resplandor azul—. Hola —repitió la caja, esta vez más fuerte. Tenía voz de mujer—. ¿Dónde estoy?

Jharkrat se puso pálido. Sabía de qué se trataba. Tenía que ser eso. Era una Mente, prohibida por el Ministerio hacía décadas. Si atrapaban a cualquiera usando estas cosas, lo ejecutaban de inmediato. Sin proceso judicial, sin preguntas. Con razón el maldito gordo estaba tan desesperado por vender el cubo.

Tenía que deshacerse de él. ¡Ahora mismo!

Pateó la silla hacia atrás y extendió un brazo, desesperado por arrancar el cable de la caja. La Mente debió adivinar lo que estaba haciendo.

—Por favor —suplicó—. No lo hagas.

La intensa emoción que transmitía su voz hizo dudar a Jharkrat cuando su mano estaba a punto de desenchufar el cable.

—¿Quién eres? —preguntó por fin.

—No tengo nombre —dijo la Mente, genuinamente aliviada—. Yo… no esperaba que volvieran a encenderme.

—¿Por qué? —Jharkrat sintió unos anzuelos que se hundían, arrastrándolo a las profundidades—. ¿Qué te pasó? ¿De dónde eres?

—De la Tierra —dijo la Mente—. Al menos, sé que me hicieron allí.

—¿La Tierra? —Jharkrat se reclinó en la silla, respirando con dificultad. ¿Con qué se había topado?—. ¿Cómo llegaste a Nueva Bangkok?

—En las naves. Fui uno de los pilotos que los trajeron.

Jharkrat pestañeó.

—¿Formaste parte de la Primera Flota?

—Sí.

Esta Mente debía tener casi un siglo de edad. Sin duda, estaba repleta de datos y registros que debían valer millones de baht en el mercado negro. Por eso el Ministerio no quería que circularan. Su cara se iluminó con una sonrisa idiota.

Entonces, comenzó a carcomerlo la duda.

—Dijiste que no esperabas que te encendieran de nuevo.

La Mente hizo una pausa.

—Vinieron por nosotros —dijo finalmente—. Los hombres de azul. Nos dijeron que ya no nos necesitaban y el Ministerio ordenó que nos desactivaran. Pero una científica… se había encariñado conmigo. Copió mi sistema en un dispositivo de almacenaje en lugar de destruir el software. Yo no sabía qué iba a suceder después. Creo que ella tampoco. No. Los oficiales y científicos tenían prohibido apegarse a sus Mentes. —La voz pareció vacilar, como si evaluara qué debía decir—. Pero yo quería un nombre.

—Puedo darte uno —ofreció Jharkrat—. ¿Qué te parece… Serah?

La Mente reflexionó.

—Sirve. ¿Pero por qué ese nombre?

Jharkrat sonrió incómodamente, mordiéndose los labios agrietados.

—Así se llamaba mi hija. —Se inclinó hacia delante—. ¿Cómo es la Tierra? Cuéntame.

Y eso hizo. Le contó de montañas con picos nevados, de inmensos desiertos, de infinitos espacios abiertos del tamaño de continentes enteros. Describió inolvidables bosques y selvas, glaciares y tundras, arrecifes de coral e islas exuberantes. Jharkrat la escuchó asombrado, casi sin notar que los espesos dedos del alba se arrastraban por su ventana mugrienta, pintando de amarillo el suelo polvoriento. No había dormido nada, pero se sentía rejuvenecido. Renovado.

Se puso de pie, estiró sus músculos acalambrados y se frotó la nuca.

—Tengo que esconderte —le dijo a Serah— por si entran ladrones.

—Oh —dijo Serah con la voz colmada de decepción—. Ahora tengo carga suficiente. Estaré despierta al menos cuarenta y ocho horas.

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Ilustración: Pedro Bel

Él planeaba regresar mucho antes. Desconectó a Serah de la computadora, apartó unas botellas de plástico del suelo y se metió bajo la cama. Aflojó unos tornillos oxidados, levantó una delgada tabla del suelo y accedió al depósito escondido. Allí guardaba casi todo su dinero en gruesos fajos. No confiaba en los bancos. Los había visto desplomarse con la crisis económica. Había oído el clamor de la gente cuando sus ahorros de toda la vida quedaron reducidos al valor de unas cuantas monedas. No quería que le sucediera lo mismo.

Acomodó el cubo entre dos grandes fajos de dinero, volvió a colocar la tabla y ajustó los tornillos. Por ahora, Serah estaba a salvo.

***

El sol era cegador. Se asomaba por el borde de la sombrilla de su tienda y le apuñalaba los ojos. Había comprado unas buenas gafas de sol hacía unas semanas, pero se las habían robado. Podría haber conseguido otras baratas, pero se rompían en menos de un mes.

Engulló el kaeng som, inundando su boca con pescado picante, y observó la actividad del mercado. La gente pasaba caminando sin rumbo, tomando sorbos de jugo de coco envasado en bolsas de plástico y golpeando los pies contra la acera. Jharkrat recordó la época en que los cocos eran espantosamente caros y solo las empresas con licencia podían venderlos. Pero luego, alguien se infiltró en los laboratorios de bancos genéticos y los liberó en el mercado. Ahora costaban solo veinte baht cada uno y se vendían en todos los rincones de la ciudad. Recordó que había comprado leche de coco para Serah y que había visto cómo se iluminaba su rostro al probarla por primera vez…

Una sombra atravesó su rostro. Jharkrat tragó saliva y entrecerró los ojos para ver a la figura, una silueta oscura delineada por el sol. Era un vivanor con un rostro de pico montañoso. Jharkrat se inclinó hacia delante, estudiando al sujeto con velada amenaza.

—¿Puedo ayudarlo? —Jharkrat vio la pistola enfundada que tenía en el costado y apartó el tazón de comida.

El vivanor pestañeó. Sus ojos encapotados lo perforaron.

—Anoche vino un hombre. Le vendió una caja pequeña. Quizás de este tamaño. —El vivanor levantó el pulgar y el índice impregnados de suciedad y los separó unos diez centímetros—. ¿La tiene?

Jharkrat advirtió con horror que este hombre lo había estado observando desde un puesto de comida la noche anterior. Mala señal. No podía negar que la tenía.

—Sí, la compré. Pero me la robaron camino a casa.

El rostro del vivanor parecía cincelado en mármol.

—No me diga.

—Sí.

Jharkrat se obligó a sonreírle. El vivanor se quedó unos segundos más y se fue. Pasó entre la multitud y siguió caminando hasta perderse en el mercado.

Jharkrat se mordió el interior de la mejilla con tanta fuerza que sintió gusto a sangre. Maldición. El vivanor no habia creído su historia. Ni por un momento. Cada fibra de su ser lo apremiaba a correr a casa y asegurarse de que Serah estaba bien, pero no era una opción inteligente. Sin duda, lo estaban vigilando desde las sombras, esperando que hiciera algún movimiento para luego atacar. Tenía que fingir que todo era normal.

Suspiró, mientras una gota de sudor descendía por su pecho y le mojaba la camisa. Iba a ser un largo día.

***

Por fin, el sol se hundió en el horizonte rojo sangre y la ciudad explotó en resplandores multicolores. Algunas tiendas cerraban durante la noche, pero otras abrían para atraer a toda una nueva raza de clientes. Jharkrat los ignoró a todos, empacando sus cosas lo más rápido que pudo sin llamar la atención. Emprendió el camino a casa, pasando junto a una tienda iluminada con farolas que vendía telas teñidas de un intenso color rubí y serpenteando por distintos callejones con luces de neón y tentáculos de vapor que salían de las ventanas con vidrios faltantes. Apartó con la mano una hoja de palmera cubierta de rocío, intentando caminar sin mirar hacia atrás. No había manera de que estuvieran siguiéndolo. Seguramente, solo estaba paranoico.

Se detuvo en seco. La puerta de su casa estaba entreabierta y la luz se filtraba hacia fuera. La abrió de un empujón, con el estómago contraído de miedo. Habían arrasado todo el lugar de piso a techo. Los cajones estaban abiertos; su ropa, hecha jirones; los repuestos de computadora, destrozados en el suelo. Cerró la puerta a sus espaldas y se agachó para examinar la tabla del piso. Su boca pronunció una plegaria destinada a dioses inexistentes. Parecía que no la habían tocado, pero tenía que asegurarse.

Aflojó los tornillos con los dedos sudorosos y rápidamente arrancó la tabla de su sitio. Por favor, que estés aquí. Por favor, que estés aquí. Su cuerpo se inundó de un cálido alivio. Serah estaba allí, sana y salva.

—¿Jharkrat? —preguntó ella, mientras él tomaba el cubo y apretaba el metal frío con sus manos encallecidas. Los afilados bordes le cortaron la piel. Por algún motivo, era reconfortante—. ¿Eres tú? Entraron hace unas horas. Hicieron mucho ruido.

—Me di cuenta —dijo Jharkrat secamente, pateando lo que alguna vez había sido una tableta de pantalla ancha, ahora con una telaraña de rajaduras. Se sentó en el suelo, acunando el cubo en sus manos—. Quieren apoderarse de tu sistema, ¿verdad?

—No —murmuró Serah, casi gruñendo—. Quieren destruirlo. No pueden permitir que haya datos MRL flotando por allí y arriesgarse a que los distribuyan en el mercado. Ellos…

—¿Qué? —estalló Jharkrat—. ¿Tienes datos de tecnología superlumínica almacenados en tu sistema?

—Sí, pero si no accedes a ellos en cinco años, quedan bloqueados por una compleja encriptación. No creo que puedas descifrarla.

Ahora, Jharkrat se daba cuenta de por qué querían tanto esos datos. Sabía qué había pasado con el robo en los bancos de genes: los cocos se habían esparcido como una plaga en todos los mercados. El gobierno había perdido miles de millones de bhat. Si las empresas independientes lograban utilizar la tecnología superlumínica, todos los monopolios se derrumbarían. Las naves espaciales, el turismo, los motores, todo. Se caerían como una endeble choza de bambú. La gente podría pagar sus viajes. Ver la Tierra. Escapar de este basurero.

Y él tenía todo eso en sus manos.

—Serah —dijo. Cada sílaba desbordaba entusiasmo—. ¿Hay alguna forma de extraer los datos?

—Quizás, pero ya te dije que están encriptados. Tengo instalada una alarma. Si detecta que alguien intenta abrir la cerradura, se activa. —Hizo una pausa—. Y destruye todo mi sistema.

Jharkrat volvió a morderse los labios. En sus manos, sujetaba lo que posiblemente era la última Mente que existía. Y se estaba convirtiendo en una buena amiga suya. ¿La información valía tanto como para arriesgarse a perderla? Por no mencionar las dificultades que enfrentaría si lo descubrían. ¿Quería meterse en tantos problemas por unos datos?

Entonces se percató de que no dependía de él.

—¿Qué opinas? —preguntó, concentrándose en el pequeño cubo negro que alojaba a la Mente—. Conozco a alguien que puede ayudarnos. Pero debes decidirlo tú. ¿Quieres correr el riesgo?

Serah no dijo nada. Los colores de la interfaz metálica se intensificaron y luego empalidecieron.

—La científica arriesgó todo para sacarme de allí con estos datos —dijo—. Los mantuve a salvo casi un siglo. Querían destruirlos, y a mí junto con ellos. —El cubo lanzó un destello rojo carmesí—. Sí, vamos a hacerlo.

Jharkrat sonrió.

—Es lo que quería escuchar.

***

Con firmeza, Jharkrat introdujo el cubo en un bolsillo secreto cosido en sus pantalones que, por lo general, utilizaba para guardar dinero. Ahora iba a introducir clandestinamente en Nueva Bangkok a la última Mente que aún sobrevivía.

Era muy peligroso salir por el frente. Trepó por la cerca de alambre del fondo, saltó y rodeó un jardín de vegetación descuidada y árboles perennes que se extendía hacia la calle. En un instante, se fundió con la apresurada muchedumbre, frotando hombros sudorosos bajo un techo de gruesos cables y hologramas.

Las enredadas calles comenzaron a difuminarse: incontables puestos de comida, salones de masaje, clubes nocturnos, templos, luces ondulantes y ruidosos mototaxis automáticos que pasaban junto a Jharkrat mientras él esquivaba el tumulto, el calor y los olores, esperando que una mano fornida se apoyara en su hombro, lo apartara y le pusiera una .45 en la boca.

No se acercó nadie.

Atravesó junto a Serah aquel mar repleto de cuerpos. Se agachó bajo un letrero que colgaba muy bajo y entró en un lúgubre callejón donde unas ancianas fabricaban rosarios con sus dedos deformes, retorcidos como raíces de árbol. Pisó un charco poco profundo, estremeciéndolo, y siguió avanzando por el laberinto de callejones bulliciosos. Finalmente, subió por una escalera de caracol hasta el cuarto piso de lo que parecía un edificio de apartamentos en ruinas. Se aseguró de que nadie lo viera y golpeó la madera despellejada con los nudillos.

Muy pronto, la puerta se abrió de par en par. Allí estaba ella, sonriéndole con sus dientes negros como la tinta.

Sawa dee, Jharkrat. Cuánto tiempo sin vernos.

Hola, Kwan. ¿Sigues mascando esas nueces?

—Por supuesto. Pruébalas tú también, ¿eh?

—No, gracias. —Entró. El aire acondicionado le congeló el sudor rápidamente. Unos altavoces a todo volumen lo aturdieron desde la habitación adyacente—. Tengo algo para ti.

—Ah, sí —dijo Kwan, entrelazando sus manitas—. Siempre dices lo mismo. —Lo llevó por un corredor y entraron en el laboratorio. Al menos dos docenas de pantallas se apretujaban allí. Había abultadas madejas de cables abrochadas al techo y las paredes, bombeando terabytes de datos segundo a segundo. La mitad de los escritorios eran de hackers, conectados a las pantallas con interfaces y audífonos, que escribían en teclados pegajosos. Kwan se sentó en su sillón con demasiado relleno y bebió un sorbo de lo que podía ser agua o vodka—. Ya lo he visto todo, amigo mío.

—Esto nunca lo viste. —Jharkrat metió la mano en el bolsillo, rompió la costura y sacó el cubo.

La expresión de Kwan no se alteró.

—¿Qué es?

Jharkrat abrió la boca para decírselo, pero Serah fue más rápida.

—Presumo que eres la amiga hacker de Jharkrat.

La sonrisa despreocupada de Kwan se marchitó. Tomó el cubo con una mano temblorosa.

—¿Encontraste una Mente? —Jharkrat asintió—. ¿Cómo?

—No importa. Serah guarda algo valioso en su interior. Necesito extraerlo.

—¿Le pusiste un nombre? —exigió Kwan—. Si el Ministerio nos descubre…

—Entonces iré a otro sitio.

Jharkrat comenzó a ponerse de pie, pero Kwan le hizo señas de que volviera a sentarse.

—Quédate allí —siseó—. Mejor que sea yo y no que otro la eche a perder—. Se volvió hacia su computadora y buscó un cable—. ¿Qué necesitas?

—Tiene datos encriptados que quiero que liberes.

Kwan resopló brevemente mientras enchufaba a Serah a la computadora.

—Demasiado fácil. Me insultas, peuang.

—Tiene instalada una alarma —dijo Jharkrat—. Si se activa, borrará todo el sistema.

Kwan asintió, deslizando la mirada por la pantalla.

—Ah, sí. Aquí la veo.

—¿Puedes entrar?

Kwan giró el sillón y le guiñó un ojo con picardía.

—Estás insultándome de nuevo. —Sus dedos bailaron sobre el teclado manchado de ceniza, emitiendo un rítmico tac-tac-tac—. Me llevará un tiempo. Al menos un par de horas. —Señaló la puerta—. Vete, por favor. No quiero sentir tu aliento en mi nuca.

Jharkrat dudó. Había que hacerlo, pero no quería dejar a Serah en manos de nadie. Confiaba en Kwan, pero esto era casi como abandonar a su hija.

Casi.

—Adelante —dijo Serah como si le hubiera leído la mente—. Aquí estaré bien.

—¿Lo ves? Hasta ella lo sabe.

Jharkrat entendió la indirecta. Abrió la puerta y se dejó tragar por la noche húmeda.

***

Jharkrat no podía dormir.

No solo porque su delgado colchón estaba casi partido en dos. Era Serah la que estaba instalada en su mente y tatuada en su cerebro. La hija que había perdido. Casi escuchaba su respiración áspera mientras yacía, comatosa, en la cama del hospital; sentía la vida escurriéndose de su cuerpo, al tiempo que él le acariciaba la sedosa cabellera negra y rezaba por su recuperación, por que todo resultara bien.

Nunca había asimilado verdaderamente que su hija ya no estaba. Nunca lo había superado. Quizás por eso le había puesto su nombre a la Mente. Para mantener viva a su hija.

No iba a perderla de nuevo.

Liberó las piernas de las sábanas húmedas de sudor. Esta noche no iba a poder dormir. Era mejor aprovecharla para otra cosa. Precipitadamente, se vistió y se dirigió a la puerta.

Aunque era muy temprano, había actividad en las calles. La interminable hilera de vehículos inmovilizados en el tránsito, los cuerpos que pululaban y el calor obstruían las arterias de la ciudad. Jharkrat subió la escalera y no se molestó en golpear. Kwan lo recibió en el corredor. Su habitual actitud tranquila había desaparecido.

—¡Tú! —Lo empujó contra la pared, rechinando los dientes negros—. ¡Maldito! ¿Sabías lo que había dentro?

—¿Lograste entrar? —preguntó Jharkrat con una sonrisa.

Kwan siseó y lo arrastró hasta la sala de computación. Golpeó las manos y el sonido ahogó el zumbido de los sistemas informáticos. Todas las cabezas giraron para mirarla.

—¡Salgan! ¡Ahora!

Nadie se atrevió a discutir. Los escritorios y teclados repiquetearon cuando todos salieron rápidamente para escapar de su furia. Kwan esperó a que se fueran todos y cerró de un portazo que hizo temblar el marco de la puerta. Dio vueltas alrededor de Jharkrat con sus manitas convertidas en puños. Jharkrat esperaba a medias que le diera un golpe.

—¿Lo sabías, no?

—Yo…

—Datos MRL, nada menos. —Kwan se frotó las mejillas violentamente con las palmas de las manos—. ¡Maaeng eeuy! No puedo tener esto aquí.

—¡Piensa en lo valiosa que es! —se enfadó Jharkrat—. ¡Hacía décadas que buscábamos algo así!

—¡Nos pondrás en peligro a todos!

—Si saturamos el mercado, no.

Kwan pestañeó e inclinó la cabeza hacia él.

—¿No quieres venderla?

Jharkrat meneó la cabeza. Ya había hecho las cuentas. Los datos no tenían precio. Intentar vender algo así llamaría la atención de los barones del crimen y acabarían asesinándolos. Pero si lo hacían público…

—¿La extrajiste? —exigió Jharkrat.

Kwan sopló aire entre sus dientes.

—Sí y no. Logramos engañar a la alarma y obtener los datos, pero para la Mente hay un código en clave. No podemos hacer una copia.

—¿Qué significa eso?

—Que tengo que irme. —Las cabezas de ambos giraron hacia la Mente. Serah había escuchado toda la conversación—. Tienen que cargar todo el sistema y a mí junto con él.

Consternado, Jharkrat se quedó inmóvil, viendo cómo encajaban todas las piezas. Podían cargar la información, pero no podían separarla de Serah, que iba a desaparecer en las profundidades de la Red, a perderse en un mar sin fondo.

Jharkrat abrió la boca para objetar, pero volvió a cerrarla. Se estaba comportando como un maldito egoísta. No se trataba de su vida. Ni ahora ni nunca.

Y la decisión no era suya.

Se acercó a la mesa y se arrodilló como si quisiera hablarle a un niño.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó, con los ojos fijos en el cubo diminuto que había sido su amiga durante los últimos días—. Tú eliges.

La Mente emitió un sonido, mitad suspiro y mitad risa ahogada.

—Creo que ambos sabemos la respuesta, Jharkrat.

La puerta se abrió con estrépito. Había un hombre con el rostro salpicado de sudor que jadeaba por la falta de aire.

—Los vivanors —dijo con voz ronca—. ¡Ya vienen!

Kwan pestañeó, escupió un insulto y le hizo señas para que se fuera. Giró hacia Jharkrat.

—¿Tú los trajiste?

Jharkrat no sabía qué decir. Había tenido cuidado, mucho cuidado, para asegurarse de que no lo habían seguido. Este pequeño desliz podía costarles todo.

Tomó una decisión instantánea, sin darse la oportunidad de arrepentirse.

—¿Kwan, tus computadoras están conectadas a la Red?

—Sí, pero…

—Tienes que irte —dijo él, mientras los demás volvían a la habitación, mirando a Kwan para que les diera alguna orden—. Yo me encargo.

Kwan pareció entender. Asintió y miró a un puñado de hombres que se habían quedado en el corredor.

—Ustedes, obstaculicen su trabajo. Deténganlos el mayor tiempo posible. —Se dirigió a los demás—. Ustedes, tomen lo que puedan y suban al camión. Destruyan lo que no puedan llevarse.

Todos corrieron a obedecer. Jharkrat entrevió un armario que se abría de golpe, oyó el traqueteo de varias pistolas y revólveres que se repartían y el ruido de revistas que caían. Pero ahora no debía concentrarse en esas cosas.

Oprimió las teclas de la computadora y la conectó a la Red. Kwan estaba ocupada dando órdenes a varios hombres y mujeres que corrían de una habitación a otra, cargando manojos de discos duros y gruesos cables en sus brazos. Frenéticamente, Jharkrat enchufó los cables indicados en los puertos correspondientes y conectó a Serah con el sistema.

Los gritos de advertencia aumentaron. Se estaban acercando.

Jharkrat giró el sillón y Kwan y él se miraron fijamente. No había nada que decir. Sabían en qué terminaría todo esto.

—Tendrías que haber probado esas nueces —dijo ella.

Y luego se fue, bajando por las escaleras traseras y corriendo hacia el impaciente camión cargado de equipos.

Disparos amortiguados. Gritos. Balas que atravesaban el aire. Vidrios rompiéndose. Sus dedos eran un borrón mientras abría el portal a la fuerza y enlazaba a Serah directamente con la Red. Desaparecería en pocos minutos y sus invalorables datos se filtrarían en las calles.

Pero ella estaría a salvo.

No logré salvar a mi propia hija. Pero puedo salvarte a ti.

—Desearía que pudieras venir conmigo —dijo Serah con suavidad.

Jharkrat inhaló por la nariz.

—Yo también.

Bang. Bang, bang, bang. Las ventanas se salpicaron con manchas rojas y luego oyó un rugido de dolor.

—Los seres humanos me han salvado dos veces —dijo Serah. Su voz se hacía más débil conforme la barra de progreso de la pantalla se iba llenando, absorbiéndola de un fragmento a la vez. Se escuchó un alarido, pero el crack de un revólver lo silenció—. Arriesgaste todo. ¿Por qué?

Jharkrat sonrió.

—Ahora no te preocupes por eso. Ya tomé la decisión.

—Me habría gustado conocer a tu hija.

Jharkrat sintió un escozor en la mejilla y percibió que una lágrima descendía por su rostro. No se molestó en secarla.

—A mí también.

—Nunca te olvidaré. —Derribaron la puerta de un puntapié y se oyó un ruido a madera destrozada y a botas blindadas que avanzaban por el corredor—. Yo…

La barra de progreso terminó de llenarse.

Bang, bang. Un hombre cayó hacia atrás, abatido por una ráfaga de balas.

—Adiós, Serah. — Jharkrat golpeó la tecla que decía Enter.

Ni siquiera se volvió cuando irrumpieron en la habitación. Los observó apuntar en el pulido reflejo de la pantalla. Las balas impactaron contra el monitor y el sistema, haciéndolos trizas con un rugido ensordecedor y un crepitar de chispas.

Demasiado tarde.

Apoyaron un rifle contra su cabeza. El frío beso de la muerte recorrió su columna vertebral cuando el dedo del vivanor se curvó sobre el gatillo.

Adiós, Serah.

Jharkrat sonrió por última vez y cerró los ojos.

Título original: The Galaxy’s Cube © Jeremy Szal
Traducción: Claudia De Bella, © 2017



Jeremy Szal nació en 1995 en el interior de Australia y afirma haber sido criado por dingos salvajes. Sus trabajos de cf y fantasía han aparecido en Nature, Abyss & Apex, Lightspeed, Strange Horizons, Tor.com, The Drabblecast, y ha sido traducido a varios idiomas. Es el editor de ficción del podcast StarShipSofa (ganador de un Hugo), en el cual trabajó con autores del calibre de George R. R. Martin, William Gibson y Joe R. Lansdale. Se lo encuentra en https://jeremyszal.com/ o @JeremySzal


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