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 ARGENTINA

En 1968, Samuel Ray “Chip” Delany (desde el 2013, trigésimo Grand Master de Ciencia Ficción de la SFWA) fue candidato a los premios Hugo de la ciencia ficción (los premios de la World Science Fiction Society, votados por el público) nada más ni nada menos que en tres categorías distintas1, una de esas categorías era la de “Mejor Novella2, con el relato “The Star-Pit” publicado por primera vez en el número de la revista Worlds of Tomorrow correspondiente a Febrero de 19673.

Semejante profusión de obras de extrema calidad, no es algo raro en Delany4, uno de los grandes genios de la ciencia ficción universal y un cultor de la excelencia y el preciosismo en la escritura —tanto en lo formal, como en su brillante contenido y sus fascinantes ideas—, así como de la experimentación lingüística y narrativa. Pero el relato en cuestión tiene particularidades que le otorgan ribetes de una calidad como pocas, en lo referente a los conceptos, las imágenes simbólicas, y una belleza extraña y profundamente perturbadora… tal como nos tiene acostumbrados.

Límites y locura

La novela corta “The Star-Pit5 se abre con una imagen que es central en todo el texto:

“Dos paneles de vidrio con tierra en medio y pequeños túneles que iban de una celdilla a otra: cuando yo era niño tenía una colonia de hormigas”.6

El símbolo pronto se revela como la clave de lectura de la obra: los límites, el confinamiento pero, sobre todo, la posibilidad o imposibilidad de la libertad.

A medida que el relato avanza, nos damos cuenta que somos nosotros quienes vivimos en una “colonia de hormigas”. Esos paneles de vidrio asfixiantes que permiten una ínfima cantidad de espacio en la cual movernos, representan muchas cosas tanto para el protagonista como para el lector. Son, en primera instancia, en la novela, los límites sociales.

La sociedad descripta no es la típica occidental, sino que se compone de unidades familiares de tipo comunitarias —en clara referencia entomológica—, y permite grados de libertad que la sociedad en la cual estaba, y tal vez aún hoy en día está inmerso el lector, no brinda. Hijos comunes, relaciones poliamorosas mucho más flexibles (por las cuales el personaje central tendrá, al mismo tiempo, tanto esposas como maridos e hijos comunes), pero aun así: límites. El compromiso, los deberes, las responsabilidades, todo parece encerrar a nuestro protagonista, Vyme, un mecánico de naves estelares, en una red de cadenas asfixiantes.

Pero la imagen de la colonia de hormigas no termina allí. El protagonista vive en una tierra paradisíaca, en una playa bajo un sol rojo, parte de un sistema binario —Sigma-prime—, junto con su numerosa familia. Allí, sus hijos han construido un ecologiarium de ciertas proporciones, en el cual crían especies autóctonas; tal como él criaba sus hormigas, de niño. En una escena, uno de los animales es sacado de allí e intenta escapar, pereciendo al exponerse al calor y la luz de uno de los soles binarios. Poco antes, uno de los niños más pequeños acude a Vyme gritando que el animal, asustado durante su agonía, lo ha mordido; y lo hace diciendo: “está loco, está loco”.

El exótico animal es un ser que, fuera de su elemento, se encuentra con su límite vital. Y ante la inminencia de la muerte, se debate, aferrándose a la vida como puede: intentando cavar inútilmente un refugio —buscando una profundidad que el artificio en el cual se encuentra no puede brindarle—, aterrado del propio niño que lo expuso a la mortal luz del sol. Vyme sabe que eso no es la locura, pero no lo niega, solo cambia de tema. No quiere hablar de eso con su hijo, sólo le pide que, por favor, no pare nunca de crecer. De crecer por dentro, “dentro de tu cabeza”, le explica al chiquillo.

Y allí es donde radica la gran limitación: la del propio crecimiento interior. Una limitación contra la que Vyme lucha denodadamente a su manera. Porque no es de la simple limitación biológica de la que habla Delany por boca de Vyme, sino de la voluntad: hay que desear crecer, hay que luchar por crecer, hay que esforzarse como si en ello nos fuera la vida… porque en verdad así es.

Y para conducirnos a los limitados o ilimitados espacios de la mente, Delany traza una hipérbola magistral. Con la pericia digna de un gran escritor, y casi al estilo de un místico, ingresaremos al interior del hombre, dirigiéndonos hacia el exterior. Hacia el máximo de los exteriores posibles en el marco de esta historia.

Vyme se va a trabajar como técnico —en cierta forma huyendo de esos primeros límites, los familiares—, al “pozo estelar”, una instalación ubicada en los límites de nuestra Vía Láctea y desde la que parten naves de carga hacia otras galaxias.

Allí, en el límite de nuestro ordenado enjambre de estrellas, frente al vacío estelar que se extiende hasta la próxima isla galáctica, Vyme se encuentra con otro límite: el físico.

El poder ir de una galaxia a otra no comporta ningún problema para la tecnología de la época, allí no radica el inconveniente. La dificultad es que, casi como en una ley matemática, la mente humana se va deteriorando a medida que se adentra en el vacío de estrellas intergaláctico, hasta sobrevenir la locura y, en última instancia, la muerte.

Nadie puede navegar el vacío intergaláctico y volver con vida. Nadie cuerdo.

La necesidad de conocer, de entablar relaciones con otras razas, de comerciar, impiden que el hombre se dé por vencido y, desde hace años, la civilización utiliza a ciertos humanos para la tarea de conducir las naves por el vacío intergaláctico: los dorados.

El nombre es toda una promesa. Los dorados son “los elegidos”, los que pueden romper el confinamiento de la galaxia, los libres… Pero hay un pequeño detalle, los dorados son, justamente, personas mentalmente perturbadas, seria y patológicamente perturbadas (con una clase de psicosis y una alteración endócrina muy específicas): “locos”.

La solución suena lógica —desde el aspecto de una lógica retorcida, mercantil y utilitaria: desde la lógica del uso de las personas; de los seres humanos vistos aberrantemente como “medios para” y no como fines en sí mismos—, evidente: si los humanos enloquecen y mueren con el cuadrado de la distancia respecto de la materia (del ser, de la galaxia), ¡qué mejor que enviar a un loco, que ya lo está! Él no puede morir. Y, en efecto, los dorados sobreviven a esos viajes.

Pero los dorados están enajenados. Poco pueden aprender o experimentar de sus proezas. Los menos afectados logran vislumbrar la grandeza de su emprendimiento, pero las cadenas de su enfermedad les impiden gozar esa misma grandeza.

Así y todo, muchos —Vyme entre ellos—, sueñan secretamente con ser dorados. Es decir, en última instancia, “libres”.

No importa que los vidrios de esta colonia de hormigas llamada Vía Láctea midan ahora cientos de miles de años luz de distancia; no importa que la “tierra” colocada dentro esté compuesta de miles de millones de estrellas y que los túneles unan mundos entre sí; lo único que importa es el omnipresente vidrio, el límite, el más allá que me ha sido prohibido, y mis ansias de superar esa barrera.

Vyme lo ve así y mira el negro sin fin de la nada, como una promesa vedada. Más allá, más allá está la libertad.

Los dorados se pasean por las instalaciones del pozo estelar como miembros de una casta superior. Su libertad también es social. Pueden hacer lo que quieran, tomar lo que les plazca o regalarlo. Pueden incluso matar, sin que la ley pueda tocarlos. Ellos están por fuera del sistema, para así poder ser funcionales a ese sistema.

Delany nos recuerda aquí a Roland Barthes y su análisis del rol de “el Otro”, el distinto, dentro un sistema cerrado. Las excepciones ya no son “excepcionales”, sino que han sido reducidas a meras confirmaciones de la regla que rompen. Así, el sistema se vuelve todopoderoso, una trampa perfecta.

El loco es “el Otro”, y funciona como la válvula de escape del sistema planteado en “The Star-Pit”. Y mientras actúen como esa válvula de escape, le serán funcionales a ese sistema, manteniéndolo con vida.

Pero en el relato de Delany, los dorados deben tener un cierto tipo de “mantenimiento”. Debe poder leerse qué vieron y experimentaron más allá del filtro deformado de su mente enferma. Para eso existen otro tipo de “elegidos”.

Alegra es, sin lugar a dudas, El gran personaje de “The Star-Pit”. Ella funciona como un oráculo, y es la contrapartida simbólica y, hasta cierto punto, el objeto de deseo del propio Vyme.

Alegra es una muchachita muy joven que nació con ciertos poderes muy escasos: es una telépata proyectiva. Lo suyo no es el fruto de una experimentación sino de una tragedia. Ella es parte de toda una generación de niños nacidos de madres adictas a una droga muy poderosa.

Alimentada en el vientre materno por esa droga, nos recuerda a la Alia de Frank Herbert en Duna. “La abominación”, la niña que nace con la consciencia despierta —no sólo la suya sino la de todo su linaje femenino—.

Aquí, Alegra tiene el poder de proyectar su mente fuera de sí misma.

Ella es la suprema libre pero, al mismo tiempo, también es una candidata a ser dorada. Y eso es lo que ella ansía: salir. Encerrada en su cuartucho destartalado, la muchachita proyecta los paisajes de su propia imaginación a su alrededor. Así se comunica en el más pleno sentido de la palabra: se da, abre su interior a los demás. Ella es libre respecto del mayor límite que Vyme posee: La comunicación. El “mostrar” a los demás lo que piensa y siente. Y Vyme experimenta por ella una mezcla de ternura, lástima y admiración que lo arrastran hacia su orilla.

Esta facultad telepática proyectiva le sirve a Alegra para “curar” o “reparar” a los dorados a su regreso de las travesías intergalácticas, del mismo modo que Vyme repara y emparcha las naves en las cuales viajaron. Ella concretiza las fantasías de los dorados y las ajusta. En pocas horas, los devuelve al trabajo, listos para el próximo itinerario.

En una de las partes más interesantes del relato, Vyme se dirige a la casa de Alegra y a medida que se acerca, empieza a alucinar. La mente de la muchacha, expandida por las propias drogas que utiliza y que la formaron, ha invadido medio vecindario. Y, mientras nuestro personaje se aproxima, pasa por pantanos y tormentas y bailes y jardines con cisnes, dependiendo del ánimo de la jovencita.

La trama no se limita a lo hasta aquí relatado, y presenta otros personajes iguales de ricos que estos. El torturado candidato a dorado, Ratlit. El introspectivo Sandy que ansía regresar al grupo de crianza, a su propia familia comunitaria, de la que ha sido excluido. La fuerte y decidida mecánica Poloscki o el extraño Androcles. Pero es indudable que la historia pivotea en torno a estos dos seres en búsqueda: Vyme y Alegra.

Sobre todo Alegra, la niña de ojos rosados y cabello blanco inserto en un cráneo esquelético, de uñas negras y mirada perdida; sobre los que proyecta un rostro angelical y sano, una belleza alucinante, una capa de ocultación generada por su propia fantasía, compuesta por lo que ansiaría ser y por lo que los demás desearían de ella. Presa por la propia fantasía que debería liberarla.

De este modo ella es, justamente, la quintaesencia de la libertad y de la esclavitud, al mismo tiempo.

Las drogas que consume se han vuelto vitales para Alegra y potencian sus habilidades más allá de toda limitación. Pero la droga misma es su límite. Traída desde Cáncer-9, en otra galaxia, por los propios dorados, la sustancia es su cuerda de salvación y su cordón umbilical con ese más allá que tanto anhela.

Un más allá que la atrae, no como una sirena, porque ella misma es la sirena… sino como la promesa de un silencio restaurador.

Sobre las hormigas y la libertad

Tenemos, entonces, en “The Star-Pit”, tres límites y tres locuras. Pero los tres límites —la sociedad, la galaxia y la mente— no son más que uno: el propio. Todos y cada uno de los personajes del relato intentan liberarse “hacia afuera”. Y esa es la locura, justamente esa. Porque, en verdad, Delany nos plantea tres acepciones conceptuales y existenciales de locura.

La primera clase, es la patológica. Y, en cierto sentido, esa es una falsa locura. No porque no exista, sino todo lo contrario. Los dorados son personas mentalmente enfermas, no “locos”. El loco es el sistema que los utiliza como panacea comercial. En este sentido, la primera locura es “desatino”. O, más explícitamente hablando: inhumanidad. El sistema social en el que se mueve Vyme es libre y responsable; pero en el pozo estelar, nuestro personaje se encontrará con aquellos que vienen de las “zonas de exclusión” de la sociedad.

Los marginales, proto-candidatos a dorados. Los marginales que, como Sandy, ansiaban pertenecer a un grupo como el que Vyme dejó atrás. O aquellos que, como Ratlit, aprenden a sobrevivir a expensas de cualquier consideración moral, humana o digna.

Vyme pronto se da cuenta que él es un privilegiado, que ha vivido en un verdadero paraíso en el aspecto social del término, un sitio con verdadera libertad. Libertad que no se le presenta como falta de reglas, sino como un sustrato de coherencia interna y oportunidades igualitarias. Claro que él ansiaba algo más; la unión de reproducción que representaba su familia comunitaria se le antojaba como una cadena en el cuello, una suerte de imperativo biológico básico convertido en una demanda impostergable: comer, dormir, parir… Pero, ¿acaso se puede ser libre de respirar? ¿El dejar de comer es un ejercicio de libertad absoluta o la forma de eliminar toda libertad posible? Porque vuelve a nuestra memoria el animalillo de Sigma-prime, luchando por vivir, luchando por poder ser libre de vivir.

Y allí está la segunda forma de locura: la desesperación. La desesperación consiste en una forma de locura alienante. Es la forma de anti-libertad más terrible, porque es interna. Impulsa al poseso, al desesperado, a formas de actuar que no son libres, aun cuando su ansia sea la de la libertad.

Ratlit es el ejemplo de este tipo de libertad suicida. Sabe que no es un dorado, pero roba el permiso que le corresponde a Alegra, a quien engañó vilmente para ello, y se lanza en una nave a su muerte segura.

La búsqueda de la libertad en la locura desesperada de Ratlit, se transforma en oblación última de toda libertad posible. No es: ejercicio de la libertad última en la elección de la muerte, sino autoengaño. Ratlit sabe que no es un dorado, sabe que al robar ese permiso le ha quitado lo único que le daba sentido a la existencia de Alegra —matándola en vida: su derecho a ser libre a su modo—. Y aun así, con una libertad ajena, corrompida, robada, se lanza locamente a esa forma de prisión final: la de su propia mentira, la de su autoengaño.

Y también está Alegra, que no está loca, pero que lo es. Y lo es tal como lo es Vyme, es decir, en la más pura tradición literaria, la de la locura ficcional.

Tradicionalmente, en literatura, el loco es el que está fuera de lugar, el que rompe con el orden, el que no se adapta a la regla. El Quijote.

El loco ficcional lo es, no porque esté enajenado, sino porque ha visto la enajenación que lo rodea y la denuncia. Por ende, en el marco de un sistema discursivo establecido (aún en uno delirante), su discurso suena a puro galimatías.

Y, desde lo establecido, aún desde un sitio repugnante o pernicioso, lo consuetudinario es la regla, la normalidad, la ley. El loco ficcional, al advertir la esencia de la cosa por detrás de lo aparente, delata ese estado perverso de la realidad. Pero habla “al revés que los demás” y eso lo convierte en “el loco”.

Y esa locura puede ser verdaderamente contagiosa.

En un mundo donde todos saben que hay que trabajar miles de horas diarias para comprar un artefacto que me haga olvidar que trabajo y así poder trabajar más para comprar la nueva versión de este dispositivo… O donde unos pocos se benefician del perjuicio de muchos… Decir que eso no parece muy cuerdo, te convierte en un anarquista, en un subversivo, o en un orate.

Y ésta última es la mejor solución para el poder dominante, puesto que un orate no es un héroe, sino simplemente un pobre inimputable: sin responsabilidad y sin mérito… vencido, como Sam Lowry al final del fabuloso y espeluznante Brazil de Terry Gilliam.

Pero el loco ficcional es un héroe justamente por eso.

Porque ve lo que los demás no quieren ver.

Alrededor de 1962 se entabló una controversia entre el filósofo Jean-Paul Sartre, máximo representante de una forma de existencialismo digna de Brazil, y el filósofo y antropólogo estructuralista Claude Lévi-Strauss. El primero, sosteniendo que el hombre no es libre sino que “es libertad” —libertad en estado puro—, no compartía las teorías estructuralistas según las cuales, el hombre no es más que la terminal local de una CPU central: la Estructura. Sartre acusaba a Lévi-Strauss, en definitiva, de “tratar a los hombres como si fuesen hormigas”.

En el último capítulo de su libro El pensamiento salvaje, Lévi-Strauss responde a esta acusación de un modo extraño, diciendo redondamente: sí, así es como trato a los hombres. Disuelvo al hombre en el seno de la sociedad para poder salvarlo, y a la sociedad en el seno de la naturaleza, etc. El punto es… hombres como hormigas.

La colonia de hormigas regresa. Pero, ¿por qué cosas están efectivamente limitadas estas hormigas?, nos preguntamos. ¿Por las dos láminas de vidrio? ¿Por un instinto que las impulsa a construir sus túneles entre dichas láminas? ¿Por el aire que respiran y los hongos que cultivan para poder vivir? ¿Por el dueño de la colonia?

La puja entre Lévi-Strauss y Sartre es la puja por la libertad. Ambas libertades son trágicas porque, si se diera al modo estructuralista, asfixiaría tal como asfixiaba Sigma-prime a Vyme. Y si fuese como la que propone Sartre, sería vacía como la de Alegra o Ratlit, “condenados a ser libres” como un impulso ciego hacia la nada.

Cuando uno de los dorados bajo control, Androcles, comenta cómo éstos regresaban de sus viajes con una serie de nuevos problemas, puesto que habían visto algo, algo que estaba más allá de las galaxias, tal vez algo multidimensional, un nuevo límite, uno que ni ellos podían superar; Vyme estalla en risas.

Y esas risas son, tal vez, cruciales, porque trasuntan una cuestión casi metafísica. Vyme ríe porque no sabe si es cierto que hay un nuevo límite multidimensional al que ningún humano puede acceder cuerdo o no, o si lo experimentado es el producto de la mente delirante de los dorados, que hace que piensen que la propia jaula de su psique enferma —y, en última instancia del pensamiento como tal— es un límite infranqueable. Porque, ¿cómo huir del propio pensamiento, de sus monstruos, de sus límites, de sus fantasmas? ¿Cómo distinguir verdad de mentira en el interior de una mente cerrada sobre sí misma?

Lo que sí sabe Vyme es que la locura y los límites van de la mano. O, mejor dicho: la locura y la libertad.

Cuando la novela está terminando, Vyme recuerda una frase de Sandy, el personaje que pena y llora por volver a un sitio muy similar a aquel del cual Vyme huyó:

“Hay ciertas direcciones hacia las cuales no puedes ir.

Elige una en la cual puedas moverte tan lejos como quieras”.7

Después de todo, elegir una dirección nos quita la libertad de seguir las otras…

Cuando Vyme escucha de boca de Androcles cómo es que hasta para los dorados hay límites, desiste de romper el pequeño ecosistema contenido en una esfera, una suerte de terrario que lleva consigo.

Romperlo sería como romper los vidrios de la colonia de hormigas.

Ir más allá pero sin un sentido.

Pero, entonces, comprende. El límite no está afuera, sino adentro.

Afuera está la locura, la insania. Adentro, la otra locura, la de la elección. Y es que fue aquel pequeño animal del planeta de Sigma-prime el que nos anticipó, al principio del relato, cuál podría ser el antídoto: la expansión de la frontera no es hacia afuera, nunca lo fue. La libertad se profundiza hacia adentro.

Y la locura los hará libres… como la verdad

El propio Vyme lo dice, cual su propio oráculo: “no dejes de crecer”.

La ilimitada extensión de los espacios interestelares, el “afuera” hacia el que huyen casi todos los personajes en una frenética estampida de sentido, sólo puede ser surcado por los estados alterados de una mente enferma, de una mente que no le teme a no-ser.

Pero los ilimitados y siempre en expansión territorios del interior de un hombre en constante crecimiento son el terreno fértil de otra clase de locura, la que une los opuestos. La que ve en el terrario la esencia de la vida misma y, en el límite, el instrumento con el cual construir la libertad.

Este tipo de locura ficcional —no por ficticia, sino por arquetípica—, es la prima hermana de la verdad.

Es un rasgo característico en Delany el saber cómo integrar los opuestos, los símbolos, lo mítico. Desde la búsqueda del Grial presente en Nova, hasta el experimento multisimbólico de La intersección de Einstein, pasando por la costura magnífica de contrarios en “Por siempre y Gomorra” o el tejido de filigranas, capa sobre capa conceptual, de “El tiempo considerado como una hélice de piedras semipreciosas”. Así que no es raro encontrar en él esta suerte de estallido final que deslumbra, esta alquimia por la que pasamos de límite a libertad, y de locura a verdad.

Un poco más arriba veíamos cómo la locura se presenta, en “The Star-Pit”, como una inversión, como una sublevación de los límites y los órdenes que esos límites contienen y efectivizan. ¿Es esto exclusivo de Samuel Delany? Obviamente, la respuesta es no.

El recurso aparece porque, justamente, el símbolo está ahí.

La locura es el perfecto símbolo de “lo Otro”, lo distinto, respecto de una sociedad racional —o, al menos, que alaba o tiene en alta estima, casi como un ideal, a la racionalidad y al orden—.

Pero la idea es aún más básica. La subversión del orden establecido es parte fundamental del encuentro con la verdad. Y no nos referimos solamente al acto novedoso de la creación —en este caso, creación literaria, pero podría ser científica, ética o de cualquier otra índole—, sino al establecimiento o descubrimiento —según por donde se lo mire— del sentido.

Cuando se alude a la verdad podemos hablar de varias facetas o formas de verla, cada una anclada en su particularidad. Pero podríamos tomar como ejemplo un fenómeno que trabaje con los mismos elementos literarios que hemos estado siguiendo hasta ahora: los símbolos.

El mito alude a una verdad que no es fáctica, a una verdad no empíricamente comprobable, justamente porque se ubica en las capas más profundas de la psique humana o de su espíritu —según como se posicione uno—. Una verdad que suele presentarse como clave de lectura o descifrado del sentido último, por eso el mito es una verdad “profunda”.

Ahora bien, cuando el mito se expresa lo hace como “locura”, es decir, partiendo de la subversión del orden natural o consuetudinario del mundo o la sociedad en la que se forja.

Las acciones son fabulosas, rompen toda ley natural observable —o social, que, para este caso, es lo mismo: en tanto macro y micro cosmos—, pero inauguran esa naturaleza. Escarban en su sentido último. Logran pasar de un caos de potencialidades indiferenciadas, a un cosmos de sentido. Todo puede salir de la galera del mago o el caldero de la bruja, hasta que sale, y entonces es eso y no otra cosa. Toda lucha titánica entre monstruos fabulosos culmina con la creación del universo y sus leyes…

La fascinación que la literatura ha tenido por la locura, bien puede tener uno de sus puntales en esta cuestión, tanto así como en la posibilidad de una ventana abierta a la subjetividad a través de su caso aberrante. Así como Foucault decía que notábamos la estructura cuando esta no estaba, así la literatura se interna en la locura para hablar de lo que ésta revela: la falta de verdadera cordura, o el absurdo de lo que llamamos “normalidad” en nuestra vida cotidiana.

La ciencia ficción utiliza la locura, en tanto símbolo, de estas mismas dos maneras: la mítica y la literaria; pero va incluso más allá.

Delany nos da cátedra de esto en “The Star-Pit”, cuando utiliza todas las acepciones de locura posibles: en tanto enfermedad, en tanto necedad, en tanto crueldad, en tanto subversión del orden, en tanto verdad profunda.

Michel Foucault, en su Historia de la locura en la época clásica, habla de cómo la locura pasó lentamente a ser, de una amonestación sobre la violación de los valores —en los relatos moralizantes—, a una crítica de las mentiras del mundo —en las sátiras o farsas—. En un mundo mentiroso, dice el filósofo, el loco —como lo contrario de lo establecido—, es la mentira de la mentira, o sea: la verdad.

Esto sucede tanto en la literatura satírica como en la “sabia” o de reflexión.

Pero la ciencia ficción no hace esa inversión lineal y matemática. Menos por menos no es más, es… otra cosa.

La locura en ciencia ficción no es la vuelta al orden que “debe ser”, sino que es casi el emblema del propio género. La locura como subversión, como cruce de fronteras, como revulsión, como alejamiento de sí, en definitiva, como otredad, es una metáfora perfecta de la mismísima ciencia ficción.

¿Cómo no convertirse, entonces, en uno de sus temas más importantes?

Y es que, a través de la locura, la ciencia ficción hace un giro sobre sí misma. Frecuentemente sostenemos que la ciencia ficción cruza la vereda para lograr el extrañamiento, para salir del entorno y poder ver las cosas desde un ángulo nuevo, distinto. Que utiliza a “lo Otro” como forma de reflexionar sobre el propio hombre, sin las ataduras ni los condicionamientos de lo “real” (sea esto lo que sea), sino con total libertad. Sin límites.

Pero cuando el enfoque se hace sobre la locura, la que se vuelve extraña ante sí misma es la propia mente creadora, la propia imaginación; transformándose en una suerte de meta-mirada sobre sí misma.

Así, la locura se erige en la via regia de la exploración de la mente. Desde los desdoblamientos de personalidad de Una mirada a la oscuridad de Philip K. Dick hasta el juego intelecto-realidad de “El hombre Pi” de Alfred Bester. Desde el sacrificio de “El abrasamiento del cerebro” de Cordwainer Smith hasta lo abrumador de En las montañas de la locura de H. P. Lovecraft. Desde la incomunicación sustancial de “Estación de extranjeros” de Damon Knight hasta las diferentes formas de locura, incluso constructoras, en Crónicas marcianas de Ray Bradbury. En cada una de estas visitas al manicomio de la ciencia ficción, los escritores no han entablado una ecuación de ida y vuelta: locura de la locura = verdad. Si no que se han adentrado en terrenos mucho más lejanos. La locura de la ciencia ficción no en una piedra de toque para el retorno a una verdadera cordura, sino una partida hacia una tierra incógnita, nueva, la del cuestionamiento último del propio ser.

Vyme coquetea con la locura, sin caer en ella. Es el “loco cuerdo”.

Jim Barrett, en la Estación Hawksbill de Robert Silverberg vive junto a la locura, la siente, la sopesa, la amasa, la mantiene a raya a fuerza de conversar con ella. Es casi su compañera. Y en cierto punto, es su sombra la que lo mantiene cuerdo.

Paul Atreides, Muad´Dib, la joya de Dune de Frank Herbert es, en cambio, el loco santo, el que abraza la locura, la absorbe y la transmuta en sí mismo hasta convertirla en sabiduría… verdadera sabiduría.

Y, en el ápice de esta construcción, vemos la locura como el espejo de lujo de un Kurt Vonnegut Jr., soltando la mano de su personaje, soltándose en definitiva, liberando a Kilgore Trout en el final de Desayuno de campeones… En una reflexión —en el más fiel y literal sentido de “juego de espejos”—, sobre el propio escritor de ciencia ficción.

Divina locura

En su diálogo Fedro, Platón nos da, quizás, la pauta última que estamos buscando.

Diferenciando la locura como enfermedad de la locura como inspiración, nos habla de lo sublime de ésta última, bajo cuyo influjo el hombre, el artista, puede hacer cosas maravillosas. La locura divina, la locura enviada por los dioses, es un beso de gracia e inspiración y supera a la cordura porque, como dice el propio Platón, la primera procede de los dioses y la segunda es meramente humana.

¿La razón de esta ventaja? La locura divina, la inspiración última, es más que la alteración de la mente, es la superación de la mente respecto de sí misma, el vuelo último de creación: el hombre superándose a sí mismo en tanto límite.

En definitiva, la ruptura de los límites, no ya de la sociedad o de la naturaleza, sino de la propia creatividad.

La locura para la ciencia ficción es quizás, entonces, en cuanto tema, no tanto el quiebre de los vidrios de la colonia de hormigas de nuestra imaginación —con sus limitaciones implícitas y su resguardo—, sino la oportunidad de crecer hacia dentro de esos túneles, tal como pregonaba Vyme, de crecer infinitamente, sin limitaciones.

La oportunidad de hundir las garras, como el animalito acorralado de Sigma-prime, y cavar dentro de sí mismo —a lo Vonnegut, a lo Malzberg, a lo Lem, a lo Dick…—, para encontrar la liberación en la locura eterna de un “escapar hacia dentro mío, para poder ir más allá de mí”.

La oportunidad, en definitiva —tal como le revelaba, en última instancia, Sandy a Vyme—, de elegir una senda en la cual puedas moverte, no para llegar hasta donde te sea posible, si no para “ir tan lejos como quieras”.


Notas

[1] Las otras fueron: Mejor Novela con La intersección de Einstein y Mejor Cuento Corto con “Por siempre y Gomorra” (el cual cerraba la celebérrima antología Visiones Peligrosas, editadas por Harlan Ellison).
[2] Las categorías que suelen utilizarse en los premios anglosajones se basan formalmente en la cantidad de palabras de una obra. Así, se considera “novela” a la que tiene 40.000 palabras o más, “novella” a la que va de las 17.500 a las 39.999 palabras, “novelette” a aquella cuya extensión está comprendida entre las 7.500 y las 17.499 palabras, y finalmente “short story”, al relato que tiene menos de 7.500 palabras.
[3] El relato fue incluido, luego en numerosas recopilaciones de cuentos del autor, y formó parte de la prestigiosa antología dirigida por Judith Merril, en la SF12. Pero, además, como nota especial, cabe mencionar que el propio Delany adaptó esta obra a la radiofonía y “The Star-Pit” fue transmitida como radionovela en la WBAI-FM en 1968, donde participa el propio Samuel Delany como narrador, entre otras facetas. Puede escuchárselo en la siguiente dirección: *http://www.pseudopodium.org/repress/TheStarPit/index.html*, con un imperdible comentario del propio autor contando cómo se realizó todo.
[4] Aunque éste es un período particularmente fructífero de su obra. Recordemos que el año anterior había sido candidateada a los mismo premios Hugo su novela Babel-17. Mientras que, al año siguiente, lo sería otra de sus novelas: Nova, asimismo como su novella “Lines of Power”. Mientras que en 1970 ganaría la categoría de Cuento Corto con el imprescindible relato “El tiempo considerado como una hélice de piedras semipreciosas”. No olvidemos que sus creaciones Babel-17, La intersección de Einstein, “Por siempre y Gomorra” y “El tiempo considerado como una hélice de piedras semipreciosas”, ganaron los igualmente prestigiosos premios Nebula (otorgados por la famosa SFWA: Science Fiction Writers of America) de sus respectivos años.
[5] Nosotros aventuramos como traducción “El pozo estelar”. Hay una traducción del gran Carlos Gardini, en el #7 correspondiente a la nueva época de la Revista Minotauro (Agosto de 1984), la cual él tituló: “El foso estelar”.
[6] Delany, Samuel R., “The Star-Pit”, en SF12, editado por Merril, Judith, New York, Dell Publishing Co., 1969, p. 318 (traducción de la autora).
[7] Ibid., p. 380 (traducción de la autora).

Teresa P. Mira de Echeverría (Argentina, 1971). Doctora en Filosofía, trabaja como docente universitaria e investiga acerca de la relación entre ciencia ficción, filosofía y mitología.

Sus cuentos han aparecido en las revistas Strange Horizons, Super Sonic, miNatura, Axxón, Ficción Científica, NM, Valinor, Próxima y Opera galáctica, entre otras publicaciones. También ha publicado artículos y ensayos en diversos medios especializados como Cuasar, NM, Signos Universitarios y El hilo de Ariadna.

Con “La trama del vacío” (aparecida en las revistas NM y Cuasar) obtuvo el 2do. accésit en la categoría Ensayo del III Premio Internacional de las Editoriales Electrónicas.

Su cuento “Memoria” (candidato al Premio Ignotus 2013), integra la celebrada antología internacional Terra Nova publicada en España y Argentina, tanto en la versión castellana, como en la inglesa.

El cuento “Dextrógiro” fue traducido al francés dentro del proyecto que integran traductores de diversas universidades francesas, encabezados por profesores de la universidad de Poitiers, Francia; y apareció en la antología Lectures d’Argentine —auteurs argentins du XXIe siècle—.

Su cuento “La tenue lluvia sobre los arces”, integra la antología erótica de fantasía y ciencia ficción Psychopomp II: Bunny Love (ed. Gutter Glitter). El cuento “Vidrio líquido” forma parte de la antología Tiempos Oscuros II —una visión del fantástico internacional—, dedicada a escritores argentinos.

Su cuento “Purgatorio-42” aparece en la antología Erídano, Suplemento Número 24 de Alfa Eridani.

Además, “N. Bs. As.”, escrito en colaboración con su esposo, el escritor Guillermo Echeverría, forma parte de la celebrada antología Buenos Aires Próxima.

Su cuento “Máquina de mi alma” integra la Antología Steampunk. Relatos del retrofuturo, donde participan los escritores del Grupo “Los Clanes de la Luna Dickeana”.

Su novela corta Lusus Naturae fue publicada por entregas, y luego como número especial en su versión íntegra, en el portal Ficción Científica. Contando con una tapa del artista Alejandro D’Marco.

El cuento “La Terpsícore” resultó ganador de la convocatoria Alucinadas (una antología de relatos de ciencia ficción en español escritos por mujeres) e integra dicha obra junto con otras prestigiosas escritoras y editoras, tanto en su versión castellana como en la inglesa: Spanish Women of Wonders.

Su novelette Memory, traducida por el escritor y traductor Lawrence Schimel, fue publicada en USA, por la editorial Upper Rubber Boot Books.

Su antología de cuentos: Diez variaciones sobre el amor (ed. Ayarmanot), de temática estrictamente de ciencia ficción, abordando la perspectiva de las relaciones humanas y algunas visiones queer, tiene el plus de estar ilustrada por los grabados de una notable y premiada artista argentina, Inés Saubidet, y prologada por la reconocida y multipremiada escritora y editora española Cristina Jurado.

Participó de la antología White Star, editada y coordinada por Cristina Jurado bajo el sello Palabaristas, con su cuento “I’m Deranged“; antología española que cuenta con la participación de escritores internacionales, basada en la obra de David Bowie y destinada en su totalidad a la lucha contra el cáncer.

Recientemente su novelette “Terpsichore”, traducida por Lawrence Schimel, fue publicada en un número especial de la prestigiosa revista norteamericana Strange Horizons.

Actualmente acaba de salir publicada en España (tanto en forma impresa como en ebook) su novella El Tren, bajo el sello de la editorial Café con Leche, y con ilustración de tapa de la artista Cecilia García.

Sus blogs son: teresamira.blogspot.com y diezvariaciones.blogspot.com


Una Respuesta a ““Elogio de la locura ficcional. O de cómo la ciencia ficción y el Sr. Delany nos liberan de la cordura”, Teresa P. Mira de Echeverría”
  1. Edu dice:

    Me siento profundamente honrado, como fundador de este espacio y como lector, y como escritor ocasional, de tener en esta revista –que ha sido y ES una parte muy importante de mi vida– a Teresa P. Mira de Echeverría. Y hablándonos nada menos que de un grande de la escritura, y no un grande por lo comercial, que de esos hay… y bastantes, sino un grande del Arte de expresarse, comprender al ser humano (y también al no humano pensante y sintiente) y de contar historias memorables. Que es lo que muchos aquí deseamos lograr, aunque una vida entera no nos haya alcanzado para llegar a tales niveles.
    El de Delany, y el de Teresa.
    Bien, que estoy muy feliz. Y uno desea siempre que los momentos de felicidad se repitan. ;-)
    Eduardo J. Carletti, (auto)exiliado de este mundo de la Literatura especulativa y profunda, aunque siempre dentro, se quiera o no se quiera. Gracias, Teresa. Y gracias Marcelo y Equipo de Evaluación por aportarme este placer.

  2.  
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