¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 ARGENTINA

“No hemos nacido con un propósito, sino con potencial”.

—Octavia Butler

Hacía días que no tenía trabajo.

Seguía con mis rutinas de estiramiento y ensayo esperando que me llegara algún pedido.

El timbre me encontró en la cocina haciéndome mi licuado de naranja, frutilla y banana.

Recibí la encomienda con desconfianza. Era de un cliente desconocido. Sin duda sería algún recomendado que se había arriesgado a enviarme el pedido a domicilio.

Abrí la caja y miré la nota y, al leerla, sentí un dolor en mi viejo esguince.

La nota decía:

Bailarina de cincuenta años, vestida de perrita caniche, para baile gracioso.

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Ilustración: Pedro Bel

Esas dos palabras: “cincuenta años” eran una sentencia clara. Y unidas a las otras dos: “baile gracioso” parecían una prueba irrefutable de que mi carrera estaba terminada.

Después de los cincuenta te piden poco. O quizás, demasiado.

Cuando era una bailarina de flamenco de primera calidad, la orden de pedido venía en una carpeta de más de cien hojas. Sabía que tendría días y días de ensayo.

Hojas y hojas con especificaciones sobre la música, el cante, la cantidad de giros, zapateos a tiempo y a contratiempo, estilos de aire de brazos en el marcaje, caras, poses, desplantes.

Cada segundo era un desafío para mi creatividad y mi esencia.

Ahora el comprador de mi baile se tomaba las atribuciones de ofrecerme libertad con esas dos palabras: baile gracioso.

No quería darme por vencida y miré otra vez adentro de la caja.

Había un vestido y una máscara.

Colgué el diminuto vestido en una percha y la percha en la manija de la ventana de mi cuarto. Me alejé unos pasos, miré, y sentí en la boca del estómago el ácido de mi amargura.

Saqué la máscara de caniche, me la puse, y fui a mirarme al espejo del baño. Vi que los rulos blancos de la máscara perrito eran iguales a los míos, que sobresalían por debajo de la goma intentando mostrarse.

Mis rulos intentaban seguir siendo libres aprisionados dentro de esa ridícula máscara.

Entonces al verme tan indefensa, reí a carcajadas. Tenía que reírme de mi desgracia.

¿Podría soportar el tirón de caer hasta el peldaño más bajo?

Y supuse, sin darme cuenta, que solo podía generar la fuerza de un impulso, nunca podría soportar el tirón de una caída desde tanta altura.

Entonces imprimí mi curriculum completo: 50 páginas.

Y le agregué la lista de mis ventas. Todo el archivo. Todo el trabajo que había vendido. Lo imprimí en orden ascendente. Para que al final del documento impreso quedaran las ganancias más importantes de toda mi carrera: los bailes más cotizados.

Me costó que entraran todos los papeles adentro de la cajita del pedido.

En un rinconcito puse la notita diminuta hecha un bollo. No sin antes tachar, hasta casi romper el papel, las dos palabritas: baile gracioso.

Y en su lugar, arriba de todo el papelerío sobre mis referencias, puse una carta que escribí de mi puño y letra. Para explicar el nuevo contenido de la caja que le iba a reenviar a mi cliente.

La carta decía:

Señor cliente:
Quizás usted no me conoce. Obviamente, no me conoce.
Por eso le envío mi curriculum completo.
Sin embargo, no es necesario que recapacite e intente reenviarme el pedido con mayor detalle y exigencia. He decidido retirarme de la actividad.
Le comunico que si usted está buscando entretenimiento tendría que contratar a bailarinas que no sean profesionales. Las bailarinas, aunque seamos mayores, no dejamos de ser bailarinas profesionales cuando envejecemos.
Igualmente le agradezco su compra, aunque no estoy dispuesta a venderle mi trabajo. Y como su pedido será el último de mi carrera, le adjunto todo lo que hice y vendí hasta ahora. Para que le quede de recuerdo.
Si bajé los precios de mis trabajos, no fue porque ahora soy una mala bailarina, o porque me puse tonta por cumplir años. Lo hice porque tardo más que otras bailarinas en crear mis coreografías. Se imaginará que dado la cantidad de recursos con los que cuento, tengo más exigencias conmigo misma a la hora de imaginar una creación artística.
Los años no bajan la calidad, suman identidad. Y eso es todo lo que necesita una artista para transmitir algo valioso.
Atentamente.
Sofía de las Camelias.

Después de leerla varias veces y ponerla y sacarla de la caja, escribí otra nota en un pequeño papelito.

El papelito decía:

¡Metete la coreo graciosa del caniche en el culo!

Saque de la caja el curriculum y el archivo de las ventas.

Los puse todos en un bibliorato, que apoyé como si fuera un libro, sobre la repisa de los ganchos de flores y los peinetones.

Me guardé la orden de pedido toda abollada y tachada.

La emprolijé lo mejor que pude y me prometí ponerla en un portarretrato. Sería como el símbolo del contraste que necesitaba para salir de ese momento de mi vida: la imagen de lo gracioso que resulta darse cuenta que un suceso puede tener la fuerza de aniquilar a todos los demás.

Si pudiera sacarle esa fuerza negativa y reírme, descomprimiría la bronca y dejaría el vacío para juntar otra fuerza. Una fuerza que me impulsara hacia cualquier primer paso, en cualquier otro camino.

¿Podría encontrar otra fuerza capaz de darle un nuevo sentido a mi vida?

Miré el reloj: las cuatro.

Automáticamente, y como siempre a esa hora, tuve ganas de pedir una merienda.

Para defenderme de esa tentación, siempre hacía ejercicios de estiramiento. Calculaba rutinas de una hora para poder saltear la merienda. Tenía que cuidar la línea.

Ese día, de repente me di cuenta que ya no tenía trabajo. No era necesario estar tan obsesiva con el cuerpo. Respiré tranquila. Pero sentí miedo. Pánico, en realidad. No podía dejar de trabajar. ¿De qué iba a vivir?

Miré la cuenta de créditos. Para mi alivio, tenía bastantes.

Mi estómago habló para que yo me decidiera.

Armé el pedido y lo puse en la red.

Meriendas:
Torta.
Diámetro: 15 cm.
Altura: 10 cm.
Ingredientes: almendras acarameladas, crema pastelera, manzanas, dulce de leche, azúcar negra.
Bizcochuelo: de avena, harina, azúcar, margarina. (Tipo crumble)
Cubierta: de crema chantillí.
Decoración: un círculo hecho con 4 (cuatro) gajos de duraznos en almíbar, en el centro. Rodearlo por 8 (ocho) gajos de duraznos que salgan del centro del círculo formando rayos. Que parezca un sol. Tener en cuenta que los gajos de los rayos del sol sean más angostos que los cuatro que formen el centro.

El buscador me dio una sola opción. ¿Un solo proveedor que coincida con mi búsqueda?, pensé. ¿Qué raro?

Me dio escalofríos. Nunca me había pasado.

Una de mis tantas abuelas cocinaba esa merienda y siempre me decía que nadie comía almendras con crema pastelera. Nadie pediría esa merienda.

¿Sería ella una proveedora de meriendas? ¿Habría cambiado de trabajo? Imposible.

¿Sería alguien que habría compartido esa abuela conmigo y le copió la receta?

Estiré el gasto una categoría, y ya con la baba en la boca, elegí la opción: cocino en tu casa. Tenía que conocer a esa proveedora.

El precio era muy justo para incluir dos horas de compañía. La contraté.

Esperé ansiosa.

La mujer llegaría en dos horas.

Ordené la cocina.

Por suerte, el horno funcionaba. Nunca lo había usado. Decoraba el ambiente, igual que las ollas colgadas.

Cuando sonó el timbre me saltó el corazón. Sentí alegría, miedo, curiosidad.

Como no podía hablar sin que se notara todo eso, no dije ni una palabra. Abrí directamente la puerta principal de la vivienda del barrio. Tendría 15 minutos más para relajarme mientras la proveedora llegaba a la puerta de mi vivienda.

Respiré profundo, estiré los brazos hacia arriba, los bajé con fuerza, intenté tocar el piso y dejar ahí todas las sensaciones que sobraban.

Abrí la puerta.

—Buenas tardes, soy Berta, le dejo mi tarjeta por si quiere volver a comprarme.

La mujer se movía por mi vivienda con soltura. Aprovechando cada segundo para publicitar sus meriendas. Hablaba sin parar, por suerte.

Tomé la tarjeta y seguí muda. No podía decir ni una palabra. Hacía mucho tiempo que no hablaba con nadie.

Observaba a la mujer con curiosidad. Era muy ágil a pesar de tener exceso de peso.

Entró a la cocina con las cajas de los ingredientes. Miró los utensilios que yo tenía, sacó algunos más de las cajas y se puso a trabajar en la torta.

No era mi abuela, y por la edad que parecía tener, podríamos haber sido vendidas como hijas casi al mismo tiempo. Esa intriga me hizo preguntar.

—¿Cuál es tu edad? —Así en seco, le hice la pregunta que menos tenía que ver con la merienda.

—Cincuenta. —Ella también me contestó cortante. Y agregó—: Tengo experiencia.

Lo dijo con orgullo, igual que yo se lo había dicho a mi cliente. Y esa actitud me dio empatía. Sentí que podía aprovechar las dos horas para conversar con la mujer.

Intenté ir directo al grano.

—¿De dónde sacaste la receta? ¿La torta que te pedí es rara, no?

—No. Casi todas las abuelas piden soles en la decoración. ¿Compraste horas con una nieta o con un nieto?

Me puse roja de la vergüenza. No supe que contestar. No le iba a decir que era para mí. Tomé una almendra acaramelada para disimular el silencio, y solo con tocarla y sentir el pegote del dulce en los dedos, fui feliz.

Comí la almendra despacio, saboreando y masticando prolijamente cada pedazo. Para mezclarlo con el caramelo y llevar ese dulzor a mi cuerpo que tanto extrañaba las almendras acarameladas.

Recompuesta, volví a la charla. No quería perder un segundo.

—La compré para mí, Berta.

—¿Toda? —Hizo un gesto rodeando los ingredientes que todavía estaban sobre la mesada. Había traído el bizcochuelo y hasta tenía las manzanas listas: horneadas y con azúcar.

Cuando le vi la cara de sorprendida, me escuché decirle.

—Me quedé sin trabajo.

Y lloré sin querer. Sin haber sabido que iba a llorar. Sin darme cuenta de que estaba llorando.

La mujer dejó de revolver la olla de la crema pastelera y corrió a buscar un pañuelo. Creí que era para mí, pero era para ella. Estaba llorando, igual que yo.

—¡Me quedé sin nieta! Gritaba y lloraba.

Después de un rato se quedó con la cuchara inmóvil en la mano. Con la mirada perdida. Hasta que volvió en sí cuando escuchamos que la olla hacía ruido y sentimos un horrible olor a quemado.

—Disculpe, señora. La torta ya no puede ir con crema pastelera. ¡Qué horror! Nunca me había pasado. Le devuelvo los créditos.

—No se preocupe. Hágala igual, pero sin la crema pastelera.

—Siempre me pasa.

Y yo pensé que estaba hablando de la crema pastelera, pero no.

Siguió diciendo.

—Me encariño con las personas. Fui diecisiete años la abuela de Mili. Diecisiete años comprando la misma nieta. Pero mi Mili ya no está disponible para la venta. Ya es mayor de edad. Ya cumplió los diecisiete.

Y siguió hablando.

Y tuve que escuchar.

Pobre mujer. Estaba peor que yo.

—¿Usted sabe quién la compró a usted para que naciera, Sofía?

Y sin esperar mi respuesta, me contó que ella lo sabía porque había tenido la misma madre los diecisiete años. ¡Y la misma abuela!

Siguió justificando su apego explicándome que por eso ella había comprado horas hija y nieta, siempre con Mili.

Y disparó otra pregunta.

—¿Sofía, usted compró hijos alguna vez?

Y como era su costumbre al conversar, siguió hablando antes de que yo pudiera contestarle la pregunta.

—Yo investigo a mis clientes antes de aceptar un trabajo y sé que usted es una bailarina profesional de prestigio. Supongo que tiene los créditos suficientes para comprar un hijo.

Yo contesté con un gesto. Y cuando le iba a aclarar que tenía créditos pero que no había querido comprar un hijo, observé que estaba alejada, como ida.

Cortaba los duraznos muy lentamente. Hacía un gesto de dolor con la cara, como si cada corte fuera una herida. Me llamó la atención que los iba poniendo, uno tras otro, sobre una fuente.

Sentí que cada trozo eran años, horas, momentos, partes de recuerdos que la ponían triste.

Y yo también me dejé ir en esos pedazos.

Todos los recuerdos de una vida que nos daba a las dos el corte necesario para que cada una tuviera que vivir de esos recuerdos.

Su Mili, mi baile…

Y ella volvió del limbo antes que yo, y disparó.

—Nunca tuve créditos para comprar un hijo. Me conformé con las horas disponibles que tenía Mili. Fui comprando horas madre, al principio; y horas abuela, después, cuando yo cumplí los cuarenta. Y ya está, Mili ya no tendrá más horas disponibles. Tendré que conformarme y esperar a que ella me compre a mí, si quiere.

La torta ya estaba rellena y quedó el bizcochuelo pelado listo para decorar.

Llenó la parte de arriba de la torta con crema. Y la esparcía delicadamente. Demasiado lento. Pulía la superficie del círculo, hasta la más pequeña imperfección. Y, como si ese círculo fuera el escenario de su previa vida, comenzó a tallar surcos con los gajos de durazno.

Se alejó del plato de la torta, como yo me había alejado del vestido de caniche, y admiró la decoración. Era como una foto de su vida.

Yo sentí un impulso. Una necesidad de contener ese sol de durazno. De acompañar a esa mujer que estaba sufriendo, igual que yo.

Y sin saber muy bien qué hacía, clavé el cuchillo en el dulce de leche y le dije, mientras rodeaba el contorno de la torta con varias capas de dulce.

—Tenemos que buscar otros trabajos. Rodearnos de caminos que circulen alrededor del antiguo escenario, y sostenerlo intacto.

—¡No! —gritó Berta—. ¡No hay que sostenerlo! ¡Hay que soltarlo!

Y al decir eso, y aunque ella sonrió aliviada, yo pensé. Tiene razón. No es posible mantener el pasado intacto.

Después ella me miró con bronca y trató de sacar el dulce de leche que yo había pegado en el contorno de la torta.

—¿Hice lío, Berta?

—Perdón, Sofía. Pero la torta la decoro yo.

Se puso a trabajar en la merienda y dejó de hablar por un rato.

Cuando terminó, todavía faltaba media hora del tiempo de cocina acordado.

Creí que se iba a ir antes, porque se había enojado conmigo, pero me ofreció quedarse las dos horas completas.

—Le voy a enseñar a preparar la crema pastelera. ¿Tiene leche, huevos? Y siguió pidiendo cosas que por supuesto no tenía.

Hicimos un simulacro de cocción de crema pastelera y ella me dejó anotada la receta.

Conversamos un rato hasta agotar el tiempo que había comprado.

Me contó que ella siempre había trabajado de cocinera y con esos créditos, se daba el gusto de comprar horas madre y abuela.

Y me hizo un recuento de sus días de gloria. Cuando ocupaba la cúspide de los proveedores de meriendas. En esa época podía comprar muchas horas para estar con Mili.

—La carrera es así —dijo Berta. Y con el dedo en el aire, hizo un dibujo de una recta que asciende y luego desciende.

—El descenso es rápido —le aclaré yo. Y le conté mi amarga experiencia de la mañana.

—Tiene que empezar de cero en otra cosa, Sofía.

Miró las repisas de las flores y caminó por el comedor. Fue a los percheros donde tenía colgado mi vestuario. Y sacaba alguna percha para ver mejor algunos vestidos.

—No sé hacer otra cosa.

Me sinceré. Estaba perdida. No tenía la menor idea de lo que iba a hacer.

—Pruebe algo distinto. Por ahí no le gusta tanto como lo que hacía, pero…

—Sí, ya se. De algo hay que vivir.

Berta se quedó pensando mientras me explicaba cómo hacer para que la crema pastelera no tuviera grumos. Se había olvidado de lo más importante.

Hacía que revolvía el agua que había puesto en una olla. Me iba diciendo que movimientos tenía que hacer para que la crema no se pegara en el fondo.

Y como si se le iluminara la mente, me dijo.

—Le doy una idea. Mili va a ofrecerse como escritora de cuentos a pedido. ¿Por qué no se ofrece? Puede escribir cuentos sobre bailarinas. Es fácil que la contraten. Hay mucho trabajo. Todos compran cuentos.

—¿Qué? Es una locura. Nunca escribí cuentos.

—Es hermoso escribir. Mili me escribe cosas hermosas. Me escribía, bah.

Dejó la olla y fue a buscar un papel a la cartera. Y lo leyó de corrido.

“Amo las meriendas, gracias a mi abuela. Es el momento del día que no puedo pasar por alto. Siempre que llegan las cuatro, pienso en mi abuela. La recuerdo empezando la ceremonia. Poniéndose el delantal, como si fuera una sotana y frotándose las manos, como si fuera a hacer un truco de magia”.

—Mili puso estos renglones en un cuento que escribió y me dijo que se inspiró en mis meriendas.

Y siguió hablando como si pensara en voz alta.

—Si no fuera proveedora de meriendas, sería escritora de cuentos.

Y siguió hablando.

—Pruebe, Sofía. Tómese un tiempito para practicar. Ofrézcase como novata. Le van a llover las propuestas. A Mili le pasó. Y ya ganó muchos créditos.

—Y, sí. Puede ser. Cualquier trabajo sirve. No puedo vivir del aire.

¿Podría imaginar un cuento?

Berta se fue y yo me quedé pensando.

Puse la torta sobre la mesa como si fuera el plato de la cena.

Me preparé un café y me hice una despedida. Un festejo íntimo.

La torta estaba exquisita a pesar de no tener la crema pastelera.

Estaba contenta y sin pensar demasiado, puse un aviso en la red ofreciéndome como escritora novata, esa misma noche.

Me fui a dormir.

A las cuatro de la mañana me despertó el sonido de aviso de pedido.

Automáticamente me puse los anteojos para ver que baile me compraban. Y reaccioné tarde cuando leí la orden:

Quiero un cuento que contenga todos éstos elementos:
1. Que haya un baile improvisado en una playa y que sirva para que
cuatro chicas decidan irse juntas a un concurso de baile.

2. Desarrollar los personajes de las cuatro chicas. Que ese concurso
sea en Río de janeiro.

3. Describir un autómata que baile y compita en el concurso con ellas.
4. Investigar el origen del concurso y que sea importante en la trama.
5. Que las cuatro bailarinas se enamoren del organizador del concurso y
que se genere un conflicto que termine con el asesinato del
organizador.

Salté de la cama.

Y sentí que se me abría un mundo dentro de mi cabeza.

¿Tan fácil era conseguir otro trabajo? Pero ¿Cómo hacerlo? ¿Trabajo fácil? Berta estaba equivocada. Había hecho una locura.

Pero ya no podía dejar de imaginar cosas. Quería saber. Tenía que poder.

Me espabilé desayunando a las 5 de la mañana. No podía dormir más. Me serví un pedazo de torta para comer mientras tomaba café y buscaba información.

Volvió a sonar el aviso en la red.

¿Otro pedido?

Y así fue. En ese rubro sobraba el trabajo.

Quiero un cuento que contenga todos estos elementos:
1. Crema pastelera: buscar la receta original y describir con detalles la preparación dentro de la trama.
2. Usar un símbolo que represente la relación entre dos personajes.
3. Ubicar al autor de ésta cita: “Hay algo enormemente poderoso en la habilidad de un niño de evitar lo fraudulento. Un niño tiene el ojo más claro, la mano más firme.” Tiene que ser un personaje del cuento.
4. Debe aparecer un personaje extraterrestre. Imaginarlo en base a silicio. Que sea un niño.

Lo único que sabía, era como hacer la crema pastelera. Dudé. ¿Sería Berta que me estaba ofreciendo trabajo? Razoné que no.

Pensé que eran demasiadas cosas raras. Berta no podía haber inventado algo tan distinto a ella. ¿Podría hacerlo yo? Seguía dudando. Pero antes de que siguiera sonando el aviso sonoro de los pedidos, elegí escribir el cuento que hablara de la crema pastelera.

¡Es una señal!, pensé. Y el azar me ayudó a tomar la decisión.

El autor de la cita era un escritor: P. K. Dick. Lo supe no bien escribí la cita en el ordenador. La historia tendría entonces dos personajes: el niño extraterrestre y el escritor.

Antes de seguir averiguando sobre el pedido, me vendí como escritora al cliente. Pasaron dos minutos y me contestó la oferta.

Recibí más detalles.

El comprador se llamaba Vito. Lo quería terminado en un mes y me ofrecía un precio que acepté sin dudar para ir directo al trato.

Me llamó para conocerme y fue tan inmediato el llamado, que corrí al espejo para arreglarme un poco. Después me ubiqué frente al ordenador y conversamos.

Por suerte lo vi con ganas de comunicarse conmigo. Me ofreció la posibilidad de ir indagando más sobre los ítems, o simplemente conversar.

Sentí que estaba en el lugar indicado. Me dejé llevar por todo lo que me estaba pasando. Hasta me dieron ganas de salir de mi casa.

Para ir ganando experiencia bajé a la plaza de juegos de mi complejo de vivienda

Se me ocurrió ir a ver cómo podía hacer para conocer un niño.

Me puse una ropa cómoda por si tenía que jugar con alguno. Me peiné el flequillo para adelante para parecer más joven. Los rulos grises me tapaban la frente. Después me los peiné para atrás. Después me recogí el pelo con un rodete. Siempre que me miro al espejo me veo como una bailarina. No sabía cómo hacer para verme distinta.

Llegué a la boletería de la plaza y la cajera me ofreció todas las posibilidades.

—¿Compra o vende?

—¿Cómo lo podría conocer mejor?

—¿Al niño?

—Sí—dije—. Y la cara que me puso la cajera, me avergonzó.

—Compre, entonces. Así hoy conoce alguno. El que compra elije. Hay cuatro niños disponibles. ¿Cuánto tiempo quiere comprar?

—¿Una hora?

—Por una hora tengo uno solo. El resto se ofrece por dos horas como mínimo.

—¿Cómo es la operatoria? ¿Dónde lo encuentro?

—Acá tiene su foto y sus datos de compra. Vaya a buscarlo con éste ticket. Se le descuenta del crédito, cuando lo devuelva.

Tomé el ticket con la foto del niño y crucé la puerta de la entrada a la plaza.

Miré los datos. El papel con la foto decía:

  • Simón
  • 5 años
  • Apto solo para juegos en espacios verdes
  • No comprarle la comida que venden en la plaza. Trae su propia comida.

Alcé la vista para observar la plaza. Había varios carteles indicadores:

  • Espacios verdes.
  • Juegos didácticos.
  • Juegos en plaza seca.
  • Niños/as.
  • Sala de padres/Madres.
  • Sala de abuelos/abuelas.
  • Venta de comida.
  • Venta de golosinas.

Fui directo a buscar a Simón. Golpeé la puerta: niños/niñas y salió una asistente. Me pidió el ticket. Se fue y volvió con Simón. Me lo entregó con una vianda de comida y me pidió puntualidad.

—En una hora lo devuelve— dijo la asistente.

Tomé al nene de la manito y lo llevé directamente a la puerta que decía: espacios verdes. Mientras caminábamos le pregunté su nombre para empezar una conversación.

Simón contestó su nombre y yo me quedé callada.

Cuando abrí la puerta, Simón salió corriendo hacia las hamacas y yo lo seguí.

El nene hizo un gesto para que yo lo subiera a la hamaca. Lo hice y como si se me lo agradeciera, me preguntó mi nombre.

Y a partir de ese momento Simón me llevó por toda la plaza.

—Sofía, subime al tobogán.

—Sofía, ponete en el subi-baja.

—Sofía, subime a la hamaca.

—Sofía, subime al tobogán.

—¡Sofía! —gritó la asistente—. ¿No vio la hora que es? La madre de Simón lo vino a buscar. Tiene que cumplir el horario. Está bien clarito en el ticket.

Y Simón salió corriendo y yo detrás. Y la madre de Simón apareció en la puerta y mirándolo de arriba abajo le pregunto al nene.

—¿Y la vianda?

Yo casi llegaba hasta ellos para alcanzársela. Se la entregué.

—Gracias Simón —dije.

—De nada —dijo el nene.

La madre lo arrastró del brazo y no dijo ni una palabra. Los tres salimos de la plaza. La cajera nos retuvo unos segundos. Para acreditarme el pago a mí y debitárselo a la madre de Simón.

Volví de la plaza con una mezcla de sensaciones. Estar con Simón me sobresaltó. Estuve preocupada. Cuidando que no se lastimara en los juegos. Tensa. Útil. Servicial. Pero Simón necesitaba otras cosas. Me pude dar cuenta.

Nuestro encuentro fugaz me dejo vacía. Me quedé sin energía. La gasté en la compra de su compañía y no estuve a la altura de las circunstancias: no sabía cómo acompañar a un niño. ¿Pagar? ¿Cobrar? ¿Se pude poner precio a la compañía?

El y yo éramos dos personas, dos ritmos que se habían encontrado.

Y allá se fue Simón. Y yo dejé pasar una oportunidad real de acompañarlo.

¿Lo habré logrado con el baile?

Siempre pensé que la identidad que tenía, era algo. Y que sería algo, si podía compartirla en mis bailes. ¿Habré podido?

Necesitaba asegurarme que en ese momento, en esa segunda oportunidad que iba a tener al escribir un cuento, podría transmitirla. Tenía que poder compartir algo con alguien. Compartir lo que soy. Lo que nadie más que yo puede ser.

¿Se puede lograr con un baile a pedido? ¿Se puede lograr con un cuento a pedido?

Tantas veces intenté poner un giro de más, o un desplante en un contratiempo…

Eso era lo que mi cuerpo quería bailar. Y nunca lo hice. Todo ese sacrificio fue, muchas veces, por miedo a que rechazaran el pedido.

Todo eso no me tenía que volver a pasar. Tenía que desafiarme a mí misma. Escribir una historia, era mi segunda oportunidad de tener una identidad. Y arriesgarme a que rechazaran mis pedidos.

Me di cuenta que escribir iba a ser algo muy profundo y sustancial. Una segunda manera de intentar un nacimiento. Un renacimiento.

Tenía un mes para el primer intento de lograrlo.

Contaba con una estructura: cuatro puntos. Un compás marcado por Vito. El desafío era poder desplegar mi propio ritmo.

Quizás podría hacer una historia mínima. Necesitaba concentrarme en pocos detalles. Para no desplegar situaciones que se me fueran de las manos.

Se me ocurrió imaginar al niño como el único personaje. Como un escritor en el futuro, y al mismo tiempo, como un extraterrestre en el pasado de su niñez. Resumir. Dos personajes en uno: el niño extraterrestre y el escritor.

La forma en que ese niño extraterrestre se transformaría en el escritor P. K. Dick tendría que encontrarla en el símbolo que representara esa relación.

¿Y el silicio? ¿Cómo iba a hacer que un niño extraterrestre en base a silicio se transformara en un futuro escritor de carne y hueso?

Era un desafío lograr imaginar algo tan complicado de ensamblar.

¿Podría volcar la identidad, que ya no podía mostrar en el baile, en un cuento?

Supuse que lo estaba haciendo: buscar una historia mínima, con pocos detalles, que nos se me fueran de las manos. ¿Eso era escribir un cuento para mí? ¿Tener el control? ¿Yo era así? ¿Yo quería seguir siendo así?

Berta podía ayudarme.

—Hola Berta necesito comunicarme con Mili—dije.

Y vi que ella no estaba en su vivienda como yo. Berta siempre estaba fuera de su vivienda.

—Yo la llamo—me contestó—. ¿Te decidiste a venderte como escritora? Preguntó adivinando. Y contestó la pregunta ella misma como hacía siempre y decidió que hacer.

Berta estaba en un lugar que vendían fruta. Se veían todos los colores brillantes en las marquesinas detrás de su cara en cajones muy prolijos.

—Corto y te paso el contacto—dijo Berta.

Me dieron ganas de comer. De cocinar. De comprar frutas para cocinar. De salir a la calle. Tenía más ganas de escapar que de seguir pensando el cuento.

Berta desapareció del reproductor y antes de que Mili apareciera tuve ganas de salir de mi vivienda.

Quería ver algo ahí afuera que me diera alguna idea para la historia. Quizás comprar horas con otro niño. Quizás comprar un cuento a futuro, o alguno ya hecho. De algún escritor famoso, del presente, del pasado, del autor de la cita. Para conocer como escribía. Después de todo, lo había elegido a él como un personaje.

Pero no quería comprar y leer en mi vivienda. Quería leer mientras intentaba observar a la gente en las afueras del complejo de viviendas. Salir afuera.

Mili apareció en el reproductor.

Me pasó una dirección y un horario de encuentro, sin que yo pudiera articular palabra. Estaba oxidada. No podía hacer un camino rápido que llevara mis ideas a mi garganta. Y tampoco a mis pies. Me conformé con la salida que tendría al día siguiente para encontrarme con Mili.

Compré el texto donde estaba la cita del escritor: “Como construir un universo que no se derrumbe en dos días”.

Me lo enviaron en audio porque no me gusta leer en el reproductor. Y lo pedí con la voz de un actor de películas de tiempos muy pasados: Sean Connery.

Ciertas preguntas del texto retumbaban en mi cabeza. Dichas en la voz del ordenador imitando al actor, con una entonación y traducción perfecta, invadieron mi pensamiento.

—¿Qué es realidad?, ¿qué constituye el auténtico ser humano?, ¿qué somos?—se preguntaba Philip K Dick, con la voz de Sean Connery.

Y su respuesta era: “somos lo que no se esfuma cuando dejas de creer en ello”.

Por otro lado, en la cita el escritor parecía darle todo el poder de desenmascarar el engaño, a los niños.

¿Qué historia podía crear con esa esencia?

Y sabiendo que para el escritor era fundamental explorar esas preguntas sobre la realidad, tenía que buscar algún símbolo que fuera el motor de esa búsqueda.

Volví al ordenador.

Escribí: símbolo. Philip K. Dick. Y apareció un nombre incomprensible: Ichthys.

No sabía qué significaba, pero asumí que elegiría ese símbolo para construir la unión entre los dos personajes.

Por ese día, demasiada carga. Necesitaba estirar el cuerpo, escuchar música, bailar.

Sin embargo, todo me llevaba a pensar en mi nuevo desafío. Intentaba olvidar esa rara palabra que había aparecido en el ordenador: Ichthys, y no podía. Me daba la sensación de ser un mantra de algún rito religioso.

Lo transformé en sonidos de inspiración y exhalación mientras estiraba los brazos hacia arriba y los soltaba hacia abajo.

Después incluí el sonido en el marcaje que hacía siempre para estirar omóplatos.

Con los brazos en alto.

—Ich —decía—. Y hacía el marcaje bajando el brazo derecho hasta la cintura—. Thys. —Y recogía el marcaje subiendo el brazo y haciendo dos giros de muñeca en el camino.

Lo mismo con el brazo izquierdo. Varias veces.

Después el zapateo:

—Ich. —Planta—. Thys —Taco.

Media hora a ritmo de soleá. Media hora a ritmo de fandango. Para vaciar las penas.

Ya bastante relajada, me dispuse a programar la salida del día siguiente.

Después de la ducha, que no fue rápida como siempre, me animé a ir a la cocina a prepararme alguna cena. En ese caso tardé poco: una sopa instantánea fue suficiente para mis capacidades culinarias.

Volví al ordenador.

Fue una gran sorpresa que Mili me citara fuera de Tenerife, en otra isla. ¿Para qué ir a la reserva biológica de El Hierro? Una locura que me puso de mal humor. No estaba acostumbrada a volar por la comunidad. Siempre me movía cerca del complejo donde estaba mi vivienda y sus anexos. ¿Para qué viajar más allá de la isla donde vivimos?

Tantos problemas: buscar un transporte, preparar la ropa adecuada, gastar en viaje, comida. Me daba vértigo organizar un día entero fuera de casa.

Para relajarme un poco intenté averiguar el significado del símbolo Ichthys.

Me costaba relacionar personajes con el símbolo de… ¿un pez?

Esa misma noche empecé a escribir el cuento. Tenía que avanzar con algo, porque la tarea sería muy difícil.

La madre de Simón sabía que su hijo era muy solitario, y quería ayudarlo. Superó la desconfianza que tenía hacia el sistema de compra-venta de horas hijo, vendiendo dos horas de su cuidado. Quería darle la posibilidad de salir a tomar aire y a jugar mientras ella iba a comprar las provisiones para la comida de los dos.

La Comunidad Autónoma de Tenerife tenía plazas de juego comerciales, y ella pensó que sería la mejor opción para vender algunas horas de la compañía de Simón.

Lo dejó en la plaza del complejo de su vivienda para que lo exhibieran por una hora. Dudó en dejarlo por más tiempo. Le costó irse sin saber lo que pasaría con su hijo. Por eso, llegó antes de lo esperado.

Al ver que había sido comprado, sintió un nudo en el estómago. Se arrepintió, pero demasiado tarde.

Esperó ansiosa a que pasara la hora, y lo sacó corriendo de la plaza comercial. Sin hablarle, se encaminó con él a su vivienda. Se sentía avergonzada de haber cedido horas hijo de esa manera.

Mientras caminaba con Simón, se prometió a si misma buscar otra forma para sostener su porcentaje de madre, sin sentirse tan culpable.

Me copié la historia que había vivido con Simón para empezar el cuento, y me sentí satisfecha. Después tendría que pensar como transformar a Simón en un extraterrestre, y después en un escritor. Y todo teniendo en cuenta algo relacionado con un pez y la crema pastelera. Pensé en que mi personaje comprara unas horas abuela, aunque ya estaba la madre dentro de la historia: sería más fácil que ella hiciera la crema. Anoté en mi cuaderno de notas de pedido de baile —ese que ahora tenía el nombre Cuentos—: Buscar qué es el silicio.

Al día siguiente salí de casa un poco más tranquila. Con ese arranque de la historia se me ocurrían situaciones para continuar. Y volvería con ideas nuevas para seguir imaginando. Para eso estaba haciendo ese viaje fuera de mi vivienda en Tenerife. Tenía que traer algo valioso, de tanto trastorno.

El aparato de vuelo me dejó en el aeroparque del Hotel Balneario del Pozo.

La isla de El Hierro era tan desolada como la recordaba de mis tiempos de viajera, cuando disfrutaba de pasear de isla en isla.

Aparentemente eso hacen los más jóvenes, si no Mili me hubiera citado más cerca. Igual supongo que se adaptó eligiendo el Hotel termal. Quizás imaginó que aprovecharía el viaje para reponer mis huesos.

A las 12:00, ya habiendo desempacado y ordenado mi cuarto, bajé al sector comedor a encontrarme con Mili.

Ella ya estaba esperando en una mesa mirando el mar.

—Hola, Sofía.

—Buenos días —dije.

—Elegí este lugar porque a mí me inspira, Sofía. Y a demás, porque Berta vende la torta que me gusta al comedor de este hotel.

—¿Qué supiste primero? —dije—. ¿Qué te inspira el lugar? o ¿qué venden tortas de Berta?

—Una tarde necesitaba una merienda de Berta, y ella me dijo que estaba viniendo a traer una a este lugar. Y la acompañé. Y merendamos juntas. Y la inspiración vino después.

—A mí me pasó lo mismo. —Entusiasmada, me palmeé el pecho—. La inspiración me vino de algo que hice, no de algo que pensé.

—Es así, Sofía —dijo Mili, mirando el mar.

Y así fue.

Mili sólo me dio consejos de cómo escribir. Me informó para que pudiera visitar lugares en la red donde explicaban todos los recursos literarios que se pueden usar. Pero más que nada me aconsejó que disfrutara del proceso. Y me aseguró que iba a aprender mucho de mí misma.

—Cuanto más te conozcas, mejor escribirás.

Y con esa frase me dejó, y subió al transporte aéreo para volver a su vivienda. Antes me convenció de que me quedara sola otro día más en el hotel. Me dijo que no podía irme sin tomar los baños en los pozos termales que, según dijo, estaban excavados naturalmente en los acantilados que había debajo del hotel.

Esa noche, mientras tomaba un café saboreando la torta de Berta, que tenían en el bar gracias al expreso pedido de Mili antes de llegar al hotel, traté de averiguar que era el silicio.

¿Un metal?, pensé. Y seguí leyendo.

Saboreaba la torta que, por cierto, estaba riquísima, y pensé en cómo meter algo de silicio dentro de Simón, para transformarlo en un extraterrestre, pero lo suficientemente humano como para seguir creciendo hasta transformarse en un escritor.

“En base a silicio” me sonaba a “hecho con silicio”. Y dado que un niño no está hecho con silicio, quizá podría hacer que de alguna manera se contaminara su cuerpo con silicio, como si eso fuera un contagio extraterrestre. Ya pensaría la forma y el porqué.

Tomé las gacetillas de publicidad que mostraban los pozos en los acantilados y me las llevé conmigo a mi habitación para tener una idea de todo lo que iba a poder disfrutar al día siguiente.

Me desperté sobresaltada por un sueño. En lugar de seguir durmiendo, escribí lo que había soñado. Y cuando me di cuenta de que todo estaba relacionado con el cuento que tenía que venderle a Vito, me senté enfrente de mi ordenador portátil y volqué toda esa trama en el cuento.

Seguí un poquito la historia que tenía, para darle una continuidad hasta llegar a lo que había soñado. Soñé que me había tragado un pez de silicio, pero en lugar de ser gris, como es el silicio, era de color amarillo.

Para avanzar con el cuento, decidí ponérselo en el cuerpo a Simón. Podría servir para transformarlo en un extraterrestre.

Para reparar el daño que le había hecho a su hijo, la madre de Simón decidió llevarlo de paseo por la reserva de la biosfera de la isla de El Hierro.

El vuelo fue corto y directo. En dos horas ya estaban instalándose en la habitación del hotel Balneario del Pozo en el centro de la isla, muy cerca de la zona protegida y visitada.

Simón salió de la fila de gente que se dirigía al hotel, para correr por la zona de las mesas instaladas en la terraza. Un blindex transparente protegía el riesgo y dejaba intacta la vista. Las piedras imponentes se veían en el fondo del acantilado. El mar, a lo lejos calmo; y contra las piedras, furioso. Un sonido que maravillaba.

Madre e hijo dejaron su equipaje en la habitación y salieron a recorrer la zona.

Bajaron las escaleras que iban zigzagueando los pequeños refugios. Estaban diseñados para que los turistas pasaran su tarde al sol recibiendo los baños termales en pequeñas piletas. Cada espacio tenía su vista al mar y servicio de toallas, bar, conexión a la red y demás ventajas para descansar.

Simón iba eligiendo cada espacio y descartándolo al ver el siguiente. El niño parecía querer acercarse cada vez más al mar.

El cartel de prohibido ir más allá alertaba a la madre de Simón, y parecía ser una atracción para el niño.

Ya instalados casi sobre la playa en unas rocas pequeñas, justo al alcance de las olas, disfrutaron esa tarde de la pileta termal. La fuerza de las olas parecía querer acabar con el refugio. El más riesgoso que había construido el hotel.

La pleamar hizo que tuvieran que cambiarse a un lugar más alto.

Justo cuando el empleado de servicio pasó a advertirles que tenían que irse, un blindex de seguridad se activó encerrando la zona para protegerla.

La madre de Simón ya estaba subiendo, y Simón se quedó rezagado mirando como el blindex separaba el refugio de una ola.

Antes de que se activara el mecanismo que sellaba con gomas los bordes adheridos a las rocas, una gota de agua se filtró. Y Simón puso su dedo sobre esa gota.

Algo que había en esa gota lo pinchó, lo hizo sangrar, lo lastimó. Simón se chupó ese dedo para sacar la sangre, y sintió un gusto agrio. Y pensó que su sangre tenía algo más que sangre.

Al subir la cabeza y mirar el mar, que ya chocaba contra el blindex, notó que veía distinto. Veía nublado. Estaba mareado. Y asociando esa visión con la gota de mar que se había puesto en la boca, se tocó la lengua. Y casi pudo agarrar con sus dedos algo que se movía dentro de su boca.

Un pez dorado brillaba en el blindex. Simón con la boca abierta intentaba verlo en el reflejo para sostenerlo y sacarlo de su garganta, cosa que no pudo hacer. Y el brillo desapareció hacia el interior de su cuerpo.

Borraba cada dos segundos lo que iba escribiendo. Intentaba reflejar cada escena del sueño lo mejor posible.

Cansada de tanto esfuerzo por querer recordar, me volví a dormir.

Al día siguiente, mientras desayunaba, leía los archivos sobre recursos literarios que me había señalado Mili. Y seguía corrigiendo lo que ya había escrito del cuento.

No había puesto ningún diálogo. Aparentemente, si no los ponía, el lector no tenía ni idea de cómo eran los personajes. Sólo sabía lo que decía el que narraba la historia. Ese era un error que tenía que solucionar. Una omisión que había en el cuento. También faltaban otras voces, otros puntos de vista.

Quizá podría hacer hablar al pez. Imaginarlo como un extraterrestre capaz de comunicarse con Simón. Construir un diálogo entre ellos aunque fuera mental, y que eso alimentara la imaginación del niño, para que en el futuro se transformara en escritor.

Además de eso, al cuento le faltaban imágenes que mostraran el entorno. El lector tenía que imaginar dónde pasaban las escenas. Yo tendría que poner más detalles de contexto: olores, colores, sensaciones.

Salí a pasear con la intención de captar todo lo que había en la naturaleza. Tenía que lograr que Vito, al leer mi cuento, se sintiera dentro de una atmósfera real. En un mundo real. Con esos olores, colores, sabores. Dejar de poner la palabra “pensó” y “sintió”. Los sentidos tenían que mostrarse de otra manera.

—No lo expliques, Sofía —decía Mili—. Arma una escena. El lector se da cuenta. El lector es un ser humano y siente empatía al leer una escena.

¡Cuánto para aprender!

Todo ese día en el hotel me dediqué a mis cinco sentidos. Escribir me estaba dando muchas satisfacciones.

Salí después del desayuno, y lo primero que hice fue recorrer el tramo de piletas excavadas en la roca del acantilado.

Busqué detalles que quizás no estaban en el cuento que tenía hasta ese momento: un viento muy fuerte, el ruido de las olas, el olor a sal, las vistas grises por las rocas volcánicas, falta de reparo al mediodía, demasiada sombra a la tarde.

Ese día termal fue completamente dedicado a sentir. Hacía mucho tiempo que no estaba en contacto con lo que había más allá de mi casa. Focalizada en mí y en mi cuerpo y su movimiento, había dejado de observar todo lo demás.

Esa misma noche me comunicaría con Vito desde mi ordenador portátil. Pensaba decirle que quería armar la trama y contar la historia, y que estaba ansiosa por crear un mundo.

Antes de llamarlo, me preparé un resumen:

PERSONAJES:

Simón: niño invadido por un pez dorado hecho en base a silicio que es una nave extraterrestre.

Pez dorado: es una nave extraterrestre que vino de un planeta diminuto donde se desarrollaron seres pequeñísimos. Son muy inteligentes y crearon naves a su medida para recorrer el universo. Llegaron a la Tierra y se establecieron en el fondo del mar. Sus naves tienen la forma de un Ichthys. Dentro de una de las naves, que fue a parar a la boca de Simón, vive un ser extraterrestre, que tiene una simbiosis con la nave. Y, cuando la nave funciona, despierta.

Madre de Simón: cuando tenía 35 años, lo compró a Simón. Lo cuida ella. Sólo vende 8 horas-hijo diarias y repartidas entre: juego, abuela y maestra general. Ella también es maestra, pero especializada: niños y niñas de 10 años, música, instrumento guitarra.

Balbina: cubre 4 horas-abuela con Simón. Es la creadora de la crema pastelera que alimentará a la nave que se tragó Simón. Ella tiene una receta especial que hace que cada vez que Simón la come, el extraterrestre que vive en la nave que está en su cuerpo despierte y piense. Simón lo escucha y cree que ese discurso mental es normal. Que todas las personas imaginan así. Como si escucharan una voz interior que le inventa situaciones.

Como era bastante tarde no quise tener una conversación visual, directamente le envié la lista de los personajes. Y, cuando iba a mandar la trama, recibí una llamada directa.

—Hola, Sofía —dijo Vito apareciendo en la pantalla.

—Hola —dije, y me acomodé el pelo fuera del campo de visión.

—No quiero que me digas nada del cuento.

Volví a la pantalla. Lo vi enojado. Me mostré sonriente y lo más arreglada que pude.

—Habíamos quedado en hablar del cuento —dije—, si era necesario.

Vito sonrió, y yo me calmé.

—Quiero que sea una sorpresa. Pero no pude evitar leer algo.

Vito estaba en un lugar soleado, obviamente lejos de las Islas Canarias. Supuse en el hemisferio sur, porque estaba muy abrigado y alejado por cinco o seis meridianos, por la luz del día.

—¿Siempre compras cuentos de principiantes? —Intenté sonreír para disimular mi inseguridad.

—Compro cinco cuentos por semana. Leo uno por día, mientras espero.

—¿Espero? —pregunté intentando que me contara más de su vida.

—Soy piloto de avión de turismo. Con mi pequeño avión, comunico dos islas en Japón.

—¿Estás en Japón?

—Casi siempre.

—¿Sos japonés?

Y recién ahí me di cuenta de que mi ordenador estaba usando el traductor automático de texto y voz. Y que a Vito lo había visto siempre usando anteojos.

—Japonés —dijo Vito.

—Pero tú nombre. Pensé que serías… —Y me di cuenta que el ordenador había traducido el significado del nombre. Y quizá lo había resumido.

—Después seguimos la comunicación, Sofía. Tengo que regresar con pasajeros.

—Gracias —dije. Y me sentí una tonta.

Tenía que arriesgarme a escribir sin preguntar más.

Ya tenía los cuatro ítems. Vito ya había hecho su parte del cuento, el resto lo tenía que hacer yo.

Instalada en mi casa, pedí una merienda con Berta: necesitaba hablar con ella. Entonces, en lugar de que viniera a mi vivienda, le dije si podía acompañarla a comprar los ingredientes. Así tendríamos más tiempo para estar juntas.

Nos encontramos en la puerta del centro de abastecimiento alimenticio. Nunca había entrado ahí. Normalmente, encargaba comidas balanceadas, con los nutrientes equilibrados para mi actividad como bailarina. Mis almuerzos y cenas eran esas viandas que sólo tenía que calentar. A veces, cuando me quedaba sin stock, por distraída, me conformaba con sopas que se hidrataban y suplían las calorías de ese día.

—¿Cómo te está gustando pasear? —me recibió Berta con su pregunta. Y se contestó o más bien siguió hablando—. Toma la receta de la crema pastelera que necesitas. Es la tradicional. Pero a Mili se la hago sin huevo y sin leche, porque ella es vegana.

Ahhh, pensé. Eso que dijo Berta me dio una idea para el cuento.

Compramos todo lo necesario para las dos recetas, y nos fuimos rápido para tener tiempo de probarlas antes de seguir escribiendo.

—¡Estás en mi cuento, Berta! —le dije, no bien cruzamos la puerta del complejo de departamentos—. Estás, pero… con otro nombre: Balbina. Con horas-abuela de un niño. Y vendes meriendas especiales que harán imaginar historias al niño. El niño será un escritor famoso gracias a tus meriendas.

Y me dediqué a escuchar lo que Berta decía.

Como siempre, ella no paraba de hablar, y yo tenía que esforzarme por anotar los ingredientes de la crema pastelera vegana, mientras ella la cocinaba y seguía hablando.

Hablamos mucho de su Mili y de mi futuro cuento.

Cuando se fue de mi casa, tenía la historia en mi cabeza. Necesitaba volcarla en el papel, para poder irme a dormir tranquila.

El pez dorado era una nave extraterrestre que buscaba un lugar donde esconderse. Habiendo sido capturada por la boca de Simón, intentó alojarse dentro de la glándula salival del niño.

El extraterrestre y la nave se paralizaron al instante, cuando los envolvió el primer chorro de saliva. Quedaron como muertos dentro de la glándula.

—¿Qué te pasó, hijo? —preguntó la madre de Simón mirando el dedo del nene chorreando sangre.

—Tragué un pez dorado —dijo Simón. Y se cayó desmayado.

La madre sólo atinó a sujetar al niño para que no se lastimara por el golpe contra el piso. Subió el acantilado intentando arrastrarlo. Lo tomó de los hombros gritando por ayuda, tratando de que se parara y reaccionara.

Un asistente del hotel se acercó, y juntos llevaron a Simón hacia el hall del hotel.

Llegó el médico asignado para socorrer a los turistas y diagnosticó.

—El niño está dormido, señora.

—¡Deliraba, doctor! Decía incoherencias. Algo sobre un pez dorado…

—Imposible que delirara. No perdió mucha sangre. Su presión es normal. —Le hizo un gesto de que lo ayudara a levantarlo—. Llévelo a la habitación. Cuando se despierte, estará curado. La herida en el dedo es insignificante, apenas una pinchadura.

—¿Está seguro?

—Segurísimo.

La madre de Simón no se quedó tranquila. Se comunicó con Balbina, la señora que compraba las dos horas abuela de Simón.

—Hola, Balbina —la llamó—, necesito tu ayuda. ¿Podrás venir a acompañarme?

Y como Balbina aceptó ir, se calmó. Tenía que hablar con alguien y contarle lo que había pasado.

Se acercaba seguido a ver si Simón respiraba, o si se quejaba de algún dolor. El niño permanecía dormido y tranquilo. Durmió un día entero.

Balbina llegó con una torta, como siempre. Era un mimo. Simón ya se ponía contento con ver el paquete redondo.

Quizá fuera el olorcito a torta lo que finalmente lo despertó.

La mamá de Simón se quedó tranquila: el niño estaba bien. Como siempre, juguetón con Balbina, cómplice, contento.

—Te veo muy bien, Simón —dijo Balbina—. Comiste mucho. ¿Te gustó la torta?

—Muchooo —dijo Simón. Y seguía comiendo.

—Tiene una nueva crema pastelera: 1 taza de leche de coco, 1 cucharada de harina, 2 cucharadas de maicena, 3 cucharadas de azúcar, una pizca de colorante, piel de limón, esencia de vainilla, una gran cucharada de margarina —dijo Balbina, todo de corrido, casi sin respirar.

Nadie sabía que en el momento en que la torta pasaba por la garganta de Simón, algo sucedía con el pez dorado.

La nave resucitaba junto con el extraterrestre que la habitaba. Y ese suspiro, en el que podían volver a vivir, era suficiente para comunicarse con las otras naves cercanas que la estaban buscando.

Bajo el agua, en la base del acantilado, todo un ejército de peces dorados intentaba rescatar a la nave perdida. Pero la nave volvió a paralizarse, cuando Simón terminó su porción de torta con la crema pastelera mágica. Esa crema era como un motor para el pez dorado. Lograba que la nave se sacara de encima la saliva viscosa de Simón y se asomara hacia el extremo del conducto salival, y que hiciera contacto con las otras naves por escasos minutos.

Esas comunicaciones entre las naves eran captadas por el cerebro de Simón. Y dado que él no las había percibido por ninguno de los cinco sentidos, su mente interpretaba que lo ocurrido había sido un hecho producto de su imaginación.

Cada vez que Simón comía esa torta con esa crema, la comunicación entre las naves peces dorados volvía a ocurrir. La pobre nave, atrapada por la saliva del niño, vivía escasos momentos de unión con sus congéneres.

—Mamá —decía Simón las veces que su madre estaba con él merendando esa torta—, cuando sea grande, quiero vender un cuento.

—Ya me lo dijiste, Simón —decía la madre cada vez—. ¿Cómo sería el cuento?

Y Simón imaginaba un cuento sobre un pez dorado que vivía en un lago, sobre un pez dorado que hablaba, uno que era una nave espacial. Un Dios extraterrestre.

Simón imaginó cuentos hasta los 53 años.

Algo pasó después.

Nunca supo que la nave extraterrestre que vivía en él había sido finalmente rescatada, y con ella se fueron todas las ideas para sus cuentos.

Me quedé pensando si había puesto todos los ítems que me había pedido Vito. Y leí el cuento otra vez.

Faltaba algo más sobre el símbolo. Si bien la nave tenía forma de pez, y esa nave y su extraterrestre parásito estaban relacionados con el escritor Simón, no había encontrado poner en el cuento algo simbólico. Tampoco había podido desarrollar el personaje Simón escritor. Me había conformado con terminar rápido las consignas y llevar adelante una trama superficial.

Necesitaba leerle el cuento a alguien para que me diera consejos, críticas. ¿A quién iba a llamar? ¿Berta? ¿Mili? ¿Las dos?

—¡Las dos! —pensé en voz alta.

Las cité en el mismo hotel que me había inspirado. Me estaba gustando volver a viajar. Y seguro que a ellas, encontrarse: aceptaron enseguida.

Les di el cuento impreso. Un ejemplar a cada una.

Me latía el corazón muy fuerte mientras trataba de tomar un café para disimular mi angustia. Me sentía morir de vergüenza. Y al mismo tiempo, de alegría, cuando observaba que Berta hacía un gesto de risa, o Mili levantaba una ceja con admiración.

Berta habló primero.

—¡Pobre chico! —dijo Berta—. ¡Solito! Las madres deberían comprar más de un hijo. Pero son tan caros…

—Termina muy abrupto, Sofía —dijo Mili—. Ese final no me cierra. Es como si te quisieras sacar de encima el cuento.

—Pero ese escritor —le dije—, Phillip K Dick, vivió hasta los 53 años. Vito lo sabe, y es un guiño. Murió: dejó de imaginar. Dejó de escribir.

—Justamente —dijo Mili—. Lo más jugoso de la historia no está en el cuento.

—Esas comunicaciones… —dijo Berta

—Y el crecimiento de Simón —siguió Mili—. Hay un salto de 45 años en tres renglones.

—Sofía, déjalo así —dijo Berta—. Cumple con los ítems.

—Pero hay que pensar otro final —dijo Mili—, por si Vito no te acepta el cuento. A mí me pasó. Tuve que cambiarle el final a varios cuentos. El cliente paga. El cliente elije el final.

—¿Y del símbolo? —les pregunté—. ¿Se nota que el símbolo pez une a los personajes?

—¿Qué personajes? —dijo Berta.

—El extraterrestre, el niño y el escritor adulto.

—Sííí… —dijo Mili dudando—. La nave pez los une. Pero que sea un símbolo…

—Me parece que vamos a venir otra vez al hotel —dijo Berta—. Falta final, medio y principio. —Y se rio para desdramatizar.

Yo estaba desilusionada. Toda la alegría que había tenido la noche que terminé el cuento, la había perdido con la inseguridad que me daba la idea de que Vito me rechazara el pedido.

—Por hoy, ya está bien de cuento —dijo Mili—. Mándalo así. Y corrige, si él te lo pide. Quizás le guste así.

—Vamos a las aguas termales —dijo Berta—. Aprovechemos la tarde.

Al atardecer, ellas se volvieron. Yo necesitaba un día más. Ya era costumbre darme ese día extra para disfrutar en soledad.

Caminé por la playa toda la tarde, pensando en mi cuento.

¿Era mío? ¿Se puede escribir un cuento a pedido?

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Ilustración: Pedro Bel

¿Qué cuento quería contar yo?

Tuve ganas de seguir imaginando la vida de Simón. También quería pensar en cómo podría haber escapado la nave de la glándula salival del escritor, cuántas veces la nave había salido del letargo, mientras permanecía atrapada.

Miraba el mar, y ya se me ocurrían ideas para justificar una búsqueda por tantos años. Esos seres tan fieles al cuidado de sus semejantes. Explorar esas ideas me hacía pensar más sobre mi vida, la de Berta, la de Mili.

No quería volver a ofrecerme como escritora principiante antes de escribir esas otras historias. Ya había tenido la experiencia de otra propuesta totalmente distinta a la de Vito, y no quería desviar mi atención hacia otros personajes. Quería que Simón estuviera en mis futuras historias.

¿Podría yo tener esa libertad? ¿Por qué no?

Recuperé las ganas de volver a empezar, de tomar una segunda chance. Escribir un cuento me había dado el impulso.


Isabel Santos es una participante habitual de las Tertulias de CF y Fantasía de Buenos Aires que se organizan mensualmente en el Café Los 36 Billares con el auspicio de Laura Ponce. Es miembro del taller Clanes de la Luna Dickeana y habitualmente corrige sus cuentos con Claudia Cortalezzi.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: SILÉ (nº 283)


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