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 ARGENTINA

Ya no percibí dolor físico alguno pero mi estado era profundamente doloroso, una especie de extrañamiento que me denotaba diferente de lo que había sido. No entendía que estaba pasándome hasta que vi mi cuerpo, abatido, inerte, ajeno. En ese momento mi conciencia comprendió que había muerto biológicamente, tal como las evidencias lo demostraban. Estaba muerto pero seguía con vida. Pero: ¿Qué es, entonces, la vida?

Abandoné el lugar, seguí adelante, ya no era ese que yacía con una herida abierta al costado de un callejón de Buenos Aires, en un recodo obscuro sobre la basura fresca. Ahora debía comprender por qué seguía consciente de mi mismo, porqué no había dejado de existir en ese acto que recordaba de manera confusa. Había que investigar mi muerte, pensé, pero también, tenía, debía, investigar la muerte. Me quedé con la segunda opción que me pareció más interesante.

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Ilustración: Pedro Bel

¿Qué significaba morir? Todo hombre de ciencia se refugia en la razón lógica como la vara que lo mide todo. Yo era un hombre de ciencia, por lo tanto depositaba ciegamente mi confianza en la razón. Si había vida después de la muerte, había que determinar sus causas y el estado existencial de la misma. En primer lugar necesitaba indagar esta realidad desconocida más allá del umbral biológico de la existencia. Para eso debía determinar, a partir de la observación y la experimentación, las categorías que estaban al alcance de mi inexplorada capacidad sensorial, clasificarlas; en lo posible, medirlas y compararlas con mi experiencia biológica previa.

Podía ver. Y la experiencia era bastante similar a la de mi entidad biológica. Entonces ¿Qué es la visión? Recordé las lecciones de la profesora Matilde en el Colegio Nacional, donde trataba de convencernos de que la visión ocular se produce cuando los fotones son enfocados por la cornea hacia un órgano fotosensible llamado retina, que transforma esas partículas en impulsos nerviosos. Remataba diciendo que el cerebro utiliza aquellos datos para recrear una imagen en movimiento, como por ejemplo la hoja del examen parcial al acercarse. Más adelante leí que, en el proceso, los fotones se destruyen cuando se produce una transferencia de información.

La interacción posbiológica, en cambio, no producía la alteración de la posición ni del momento lineal de los fotones que observaba, ya que la luz me atravesaba, inalterada, como si mi ser fuese virtual, violando el principio de incertidumbre de la física cuántica. Lo comprobé una y otra vez; era un hombre sin sombra. Por lo tanto concluí que mi nueva existencia estaba compuesta por una forma de materia o energía exótica, que interactuaba de manera diferente con la luz, obteniendo información de ella sin alterarla. Este descubrimiento sorprendente tendría el potencial de sacudir los cimientos de física de partículas, si pudiese averiguar cómo interactuar con el mundo físico.

De estas observaciones desprendí la primera ley de mi teoría sobre la posexistencia. Las interacciones fotónicas con el otro mundo se producen en un único sentido. Lo que me llevó a pensar en un segundo principio: la interacción con el mundo físico alteraría las leyes fundamentales de la física, por tanto son improbables, no imposibles. He aquí la cuestión.

Aquel desenlace me impulsó a seguir investigando en esa línea, hacia la búsqueda de un modo posible, aunque improbable, de interacción con la realidad física. El problema era la soledad de mi existencia en este plano desconocido de la realidad, que me impedía interaccionar con otra cosa. Solo podía conocer sin causar consecuencias en el otro universo. Por otro lado estaba solo, no había otro ente constituido de lo mismo que yo. O quizás sí, pero no podía verlo porque, al igual que mi entidad, no interactuaba con los fotones. Para sacarme la duda me trasladé hasta el Hospicio del San Pantaleón, visitado con frecuencia por la parca, a experimentar la expiración de alguien, no importa quién y, de este modo, comprobar si estaba en lo cierto.

Allí estaba, agonizante, don Luís, don nadie. Sin familiares ni amigos esperando en la puerta. La enfermera, acostumbrada a lidiar con la muerte ajena, revisaba con indiferencia los signos vitales mientras, con la cabeza, negaba una noche más para ese desdichado. Esperé largo rato el ansiado último estertor. En mi anterior vida vi morir a mucha gente; allegados, incluso amigos. Era muy joven cuando pusieron un fusil en mis manos y me ordenaron quitarles la vida a otros jóvenes venidos de Gran Bretaña, en un frío páramo perdido al medio del Atlántico. Andarán deambulando como yo, haciéndose las mismas preguntas, sospechando que nunca encontrarán las respuestas. Don Luís suspiró por última vez y se despidió de ese mundo que ahora resultaba tan ajeno. Luego, se levantó, confundido y más joven. ¡Podía verlo! pero él no podía verme. Lo acompañé en su estupor, hasta la puerta del hospicio. Allí miró al sol, como sintiendo su cobijo, y luego sonrió, más vivo que nunca.

Había un orden, un sistema en todo esto, cuyo componente inalterable era el tiempo. Así despedí a Rosa y Doña Vicenta para darles la bienvenida a mi mundo. Se quedaron en el parque, revoloteando. Rosa trataba de hablar con Vicenta y Don Luís con ambas. No había soledad más sola que aquella de la que era testigo y víctima.

No había mucho lugar para la melancolía en mi mente científica, así que abandoné a esos tres extraños conocidos. Necesitaba experimentar con otras manifestaciones físicas que me condujeran a datos concluyentes y, por qué no, a una ansiada interacción. Realicé un desplazamiento hasta el museo de ciencias de la Recoleta; que mejor lugar para cumplir con mi propósito. Cuando atravesaba las paredes de cualquier edificio todo se oscurecía por unos instantes pero pude, en algún momento, percibir algunos destellos azules. Repetí la operación inductivamente y comprobé que el origen de esos centelleos eran las líneas eléctricas embutidas en medio de los muros. Se me ocurrió, por ello, experimentar con la electricidad. Los electrones abrieron un nuevo campo para mi investigación.

La jaula de Faraday del museo era el laboratorio perfecto. Solo había que esperar a que la accionen. Pasó el tiempo, sin nada que hacer más que esperar. Veía todos esos estantes llenos de libros con el conocimiento del mundo, de aquel mundo cada vez más ajeno, más mezquino. Deseaba con todas mis fuerzas poder simplemente hojearlos descuidadamente, para rememorar lo que alguna vez ya leí; porque fui un lector desenfrenado que devoraba, página tras página, volúmenes enteros de la biblioteca nacional. Mis ojos ya no parecían desgastados, como antes, los signos de la miopía habían desaparecido con la muerte y el renacimiento pero, paradójicamente, moría de ganas por leer cualquiera de esos inaccesibles volúmenes y no podía.

El sereno del museo era un viejo parco que llegaba a las diez de la noche y cumplía a rajatabla con su rutina. Para matar el aburrimiento, lo acompañaba en su recorrido por las salas y galerías de ese enorme edificio lleno de juegos destinados a las mentes curiosas que, los fines de semana, inundaban el recinto para vivir una experiencia científica en primera persona. Había juegos de física, salas de experimentación ambientadas para brindar el maravilloso espectáculo de la ciencia en movimiento. Al final del recorrido, él chequeaba, refunfuñando, que todo quede en orden en el subsuelo donde se encontraba la jaula. Estaba inhabilitada, esperando que la comisión directiva autorizase la compra de una bobina Tesla para reemplazar la que se había quemado. Sin bobina, no habría electrones. Sin electrones no se podía realizar experimento alguno.

Una vez a la semana, la comisión directiva se reunía para discutir el presupuesto. Yo no me perdí ni una de esas exposiciones extensas y aburridísimas, pero el pedido de la bobina siempre estaba debajo de la pila de papeles saturado con demandas más triviales y urgentes como la reparación de las tuberías de los baños o la pintura del hall central. Pasaban los días, las semanas. Me fui convirtiendo en el fantasma del museo.

Una noche, a las diez en punto, apareció un muchacho joven, vestido con indumentaria de seguridad. Por los rumores que oí, parecía que el viejo sereno se había jubilado. ¡Ya era hora!

Esperé por el nobel guardia, para acompañarlo en su recorrido rutinario, pero aquello no sucedió. Se instaló en la biblioteca del museo, tomó un ejemplar y se sentó en un diván, bajo la luz de un velador, para leer. Me posé a su lado y lo acompañé con la lectura, oportuna, de “El monte de las ánimas” de Bécquer.

A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras, pero hoy es imposible. Dentro de poco sonará la oración de los Templarios, y las ánimas de los difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.

¡Ay! Si pudiere tañer campana cualquiera. Mucho envidié a esas templarias ánimas capaces de interactuar con el otro mundo. En ese momento comprendí que ante mí se abría, como por llave maestra, el conocimiento del universo anterior. Solo debía hallar al lector apropiado en el momento justo. Tiempo, sobraba. Tenía la eternidad para hacerlo o, acaso, ¿Existe la muerte después de la muerte? No quise detenerme, en ese momento, a examinar tal pregunta. Sencillamente acepté la eternidad como destino.

Alejado de las ciencias, ese joven tan particular gustaba de la poesía obscura y las novelas de ficción. Me inmiscuí en un universo paralelo y desconocido acompañando a Marcelo, el sereno, en sus lecturas, mientras esperaba que acondicionen “la jaula” para mi experimento. Neruda me preguntó: ¿Sufre más el que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie? Trate de responder. No pude. O nunca supe esperar. Lloré lágrimas secas sumergiéndome junto a Alfonsina:

Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.

Viví, por momentos, nuevamente, como ese corcel moribundo que visionó poéticamente Silvina Ocampo:

No digas que no es cierto: nos miraba.
Con la atónita piedra de sus ojos,
bajo los astros rojos,
nos vio como los dioses que esperaba.

Cada noche era una aventura diferente. Marcelo, el timonel. Yo, el náufrago. Viajé hacia cavernas imposibles, islas remotas y orbes desconocidos. Construí un mundo nuevo y vi como se destruía el propio. Exploré galaxias y el universo escondido dentro de uno mismo. Descubrí que la imaginación no muere con la muerte.

Llegó el ansiado día. La nueva bobina estaba lista. Yo no. Hubiera querido que no termine nunca ese viaje interior al que, sin saberlo, Marcelo me había invitado. El operador accionó el interruptor y la sala se encendió ante la atónita mirada de los jóvenes apostados dentro de la jaula, al abrigo de los relámpagos fulminantes. Confieso que sentía miedo al ver esos arcos azules, violáceos; vibrantes y poderosos, producidos por el choque violento de los haces de electrones contra las moléculas de aire. Había que hacerlo; total tenía poco que perder. Me zambullí en la sala en busca de dar de lleno con esos relámpagos esquivos. La primera centella que me atravesó no produjo efecto alguno, siguió de largo como si nada se hubiera interpuesto en su trayectoria. Así pasó con la segunda, la tercera. No hubo resultados.

Entonces se me ocurrió algo. Posé mi entidad en la jaula, traspasándola. Esperé que algún rayo impacte de lleno en el sector que ocupaba. Contra toda probabilidad, eso no sucedió. Estuve largo rato insistiendo pero las chispas golpeaban todo el resto de la celda, casi dibujando mi silueta. De algún modo desconocido, podía condicionar la trayectoria y destino de esos haces eléctricos; algo improbable, pero no imposible en el mundo físico, de tal modo que no violaba la segunda ley. Había descubierto una manera, aunque difusa, de interaccionar con la realidad material. Solo que nadie más se percataría, puesto que el público infantil se renovaba constantemente. Si solo alguien lo suficientemente inteligente detectase este fenómeno, podría construir una especie de Ouija de Faraday y dialogar conmigo.

Tesla fue íntimo amigo de Mark Twain, aseveraba el texto de turno que con Marcelo compartía. El humorista norteamericano pasaba horas en el laboratorio del genio serbocroata, disfrutando del espectáculo de la magia que Nicola llamaba ciencia. En una fotografía se observaba el fantasma de Tesla detrás de Mark, mientras éste sostenía una esfera luminosa, dentro de una jaula de faraday. Pronto Twain habría de partir aunque Tesla nunca lo despidiera, ya que sostuvo, siempre, conversaciones privadas con el difunto. Por supuesto, pensé, la clave era la jaula que permitía unir ambos mundos. ¡Tesla y Mark Twain conversaban en una jaula de faraday!

Pasé más de un año en el Museo de la Recoleta, apropiándome de sus alhóndigas, penetrando la mampostería sin tocarla. Con la muerte había perdido la percepción del tacto y me sentía inmaterial. Lo mismo había sucedido con el gusto, el olfato, la termorrecepción y el dolor físico. En cambio tenía cierta consciencia sinestésica asociada al equilibrio y un agudo sentido del oído.

Desde el punto de vista de la física ondulatoria, el sonido, al igual que la luz, está compuesto por ondas. La gravitación, que se asocia al equilibrio, si consideramos la comprobación de la teoría de las ondas gravitacionales, también tiene un comportamiento ondulatorio. Por todo ello, pensé que esta conexión solo podría ser posible si había un enlace entre la naturaleza ondulatoria del mundo físico y las propiedades de mi entidad. Una existencia ondular; era una idea tentadora, tan atractiva como las ondas gravitacionales; pero físicamente inconsistente. Me pregunté ¿Si cualquier movimiento ondulante representa manifestaciones energéticas, significaría que estaba compuesto de energía en estado puro? ¿Qué sería, entonces, la energía?

Ostwald, el químico estudioso de las ciencias duras, lo dijo hace algún tiempo. La energía es lo auténticamente real. Ostwald, el filósofo, se empecinó por demostrarlo desde el abstracto mundo de las ideas puras. Los energetistas morirían de envidia si supieran lo que sabía gracias a mi condición. Representaría el final del materialismo, el fin de la historia. O su consolidación.

Imaginé, por un momento, las consecuencias de esta verdad científica en el mundo material. Que todos sepan que la consciencia es ondulatoria, un estado energético puro con la potencia de liberarse de su continente: el cuerpo. Una existencia superior, trascendental, eterna. Sin embargo estaba atrapado entre los grises muros de un museo metropolitano, esperando que alguien se percate de que estoy aquí, porque no existe en el mundo material una soledad tan sola como la mía. Si así era mi existencia sola, ¿La existencia de Dios será tan solitaria, tan sinsentido?

Para borrar la melancolía busqué al joven sereno del turno noche para acompañarlo en su lectura y compartir, aunque no sepa, un poco de desesperanzador aburrimiento. Estaba hojeando las páginas de un libro que nunca había conocido ni de oídas, a pesar de mi oficio como lector. Había en su interior muchas historias, entre ellas una muy particular, parecía mucho a la mía. Leímos con sutil fascinación cada línea de ese relato que empezaba así: Ya no percibí dolor físico alguno pero mi estado era profundamente doloroso…

Cuando el sereno iba por la parte de la jaula, arrojó el libro sobre el escritorio. Yo me quedé atónito. Abandonó a las corridas la sala con su linterna en la mano y se dirigió al laboratorio de alta tensión. Encendió las luces e intentó descifrar el tablero numérico. Luego activó su celular y googleó, hasta encontrar una explicación coherente sobre como operar con la Jaula de Faraday.

Desde los controles, dio ignición a la bobina de Tesla y la sala, toda, se iluminó con destellos fucsias y azulados. Los rayos se comportaban con serenidad, como nunca antes. Yo hice mi parte del libreto. Acaso ¿No era mi principal anhelo comunicarme con el mundo material? ¿Cuántos descubrimientos sorprendentes a punto de revelarse? Imaginaba como cambiaría al mundo.

Me coloqué justo en frente de la cabina de control que, consideré, era el lugar más expuesto desde la perspectiva del sereno. Las chispas fluyeron, esquivando mi silueta, y el guardia pudo imaginar una suerte de sombra, tal como se describía en la historia que acabábamos de leer. Se lo veía alborotado, quizás fascinado. Luego de un instante, cortó la corriente y se retiró de la sala. No lo seguí porque lo supe, ya volverá.

Volvió. Esta vez trajo consigo unas hojas A4 que, seguramente, le sustrajo a la impresora de la oficina donde se reunía el consejo directivo. Remarcó, una por una, las carillas y las colocó formando un círculo alrededor de la jaula. Estaba el alfabeto completo con la N y la Y colocadas en un apartado para simplificar el diálogo. Ingresó a la cabina y encendió la bobina. Fue un completo desastre. Las hojas ardieron percutidas por las intensas descargas eléctricas. Pensó, se fue y volvió con otro taco de hojas. Me pregunté ¿No era más fácil marcar el suelo con una tiza o un trozo de ladrillo? Esta vez colocó el alfabeto en el interior de la jaula, resguardado de los violentos chispazos eléctricos.

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Ilustración: Pedro Bel

Marcelo me invocó, casi gritando, para saber si lo escuchaba. Respondí Y. Tardó un rato en leerme y luego, asintió. Me preguntó si era una persona que había fallecido. Ratifiqué su pregunta. A continuación consultó si había muerto en el museo. Contesté que no. El lenguaje de las chispas era algo lento, pero ambos sabíamos que teníamos toda la noche y las noches siguientes para conversar.

Cuando preguntó ¿cómo había muerto? tuve que pensar la manera más sintética de describirlo. A-S-E-S-I-N-A-D-O. La muerte, para entonces, me resultaba un hecho ajeno y distante, pero el joven insistía con el asunto. ¿Cómo? A C-U-C-H-I-L-L-O. ¿Dónde? L-E-V-A-L-L-E C-U-A-R-E-N-T-A. El sereno parecía horrorizado. Su rostro tenía una sombría expresión de espanto. Hizo algo en el tablero y se apagó inmediatamente la corriente. A las apuradas, limpió la sala y se fue, no solo del laboratorio, sino también del museo.

Yo no comprendía todavía lo que estaba sucediendo. Intenté seguirlo pero se había ido de prisa y perdí sus pasos. Volví a la biblioteca y allí estaba el libro, posado sobre el viejo escritorio, abierto en su página final. Estaba escrito en las últimas líneas de aquella historia: “El sereno, que temió ser descubierto, averió el tablero y huyó, porque sabía que había sido su asesino. El laboratorio de alta tensión quedó nuevamente inhabilitado. Del fantasma solo se sabe que quedó atrapado para siempre en el museo”.


Marco E. D’Angelo nació en Santa María de Punilla, Provincia de Córdoba, República Argentina. Es profesor de Geografía y escribe desde niño, fundamentalmente ciencia ficción y fantasía.


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