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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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 URUGUAY

Cuando abrió la puerta, el marido vio, por su aspecto, que estaba realmente cansada.

—¿Cómo estuvo el día hoy? —preguntó, luego de darle un beso y dejar el portafolio a un lado para ayudarla a juntar los juguetes que seguían desparramados sobre la alfombra del comedor.

Ella no contestó, solo atinó a alisarse el pelo revuelto y pasarse las manos por el rostro como si con eso pudiera borrar las profundas ojeras alrededor de los ojos.

—Hoy fuimos a visitar los dos jardines de infantes que nos recomendó tu madre, ¿te acordás? —murmuró bostezando—. El que tiene nivel cinco años.

—Sí, sí, aquel que parece muy bueno. Al que van los nietos de unos vecinos y que describen como muy, pero muy bueno. Lo recuerdo, sí, igual que el precio: bastante carito —concluyó el hombre abriendo mucho los ojos—. ¿Y? ¿Qué tal?

—Muy bueno, muy pulcro, los niños muy tranquilos. No lo podía creer: Benja estaba que trepaba las paredes y los niños que estaban allí, de la misma edad, ¡estaban sentados pintando! No lo podía creer —susurró con los ojos perdidos.

—¿Entonces…? —La animó a continuar.

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Ilustración: Pedro Bel

—¡Imaginate! Apenas pude hablar con la directora porque Benjamín no paraba de moverse de acá para allá. Tuvimos que quedarnos en el patio, cuando terminó el recreo, para conversar. Ella intentó informarme sobre el funcionamiento del jardín y todo eso, pero la interrumpí con frecuencia por estar atrás del nene. En una me miró con una cara la mujer… Una vergüenza me dio…

—Bueno, pero ¿en que quedaste? ¿Qué dijo?

—Que lo lleve un día y lo deje una hora para probar, a ver si se queda sin problema.

—Bueno, a lo mejor es eso lo que necesita Benja: estar con otros niños. ¿Cómo lo viste?

—Ah, recontento. Era un monito subiéndose a todos lados.

El marido sonrió y se dirigió al dormitorio del pequeño de cinco año, el cual dormía despatarrado rodeado de juguetes. Le dio un beso en la mejilla y le acarició la frente.

—Parece un ángelito —susurró.

—Un angelito caído del cielo… —se burló la mujer, mientras se recostaba en la cama matrimonial y quedaba dormida al instante.

Él se encargó de calentar la comida que ya estaba lista dentro del microondas, y la despertó para cenar. Charlaron poco, ambos estaban agotados y preocupados por la inquietud del pequeño, un torbellino de cinco años que arrasaba con lo que encontraba en el camino. Ya lavaban los platos cuando lo oyeron llamándolos desde el cuarto.

—Se despertó la fierecilla —bromeó el padre—. Yo voy.

La madre quedó pensando en la vecina del piso de abajo, la que tenía gemelos de la misma edad que el suyo y eran muy tranquilos. A veces ella iba a llevarle algún recibo que dejaban por error en su puerta, y los niños estaban pintando o dibujando.

—¡Qué tranquilos son! —exclamaba cada vez que los veía. La madre de los gemelos sonreía.

—Sí, desde que el pediatra les mandó tomar unas gotitas, todos los días, son otros. Tendrías que ir a consultar con el médico de tu hijo —le recomendó, ya estaba al tanto del “problema” del niño.

—Sí, ya lo hice, pero me dijo que es normal, que es un niño sano. Es un pediatra a la antigua, no está de acuerdo con recetar remedios que los niños no necesitan. Él recomienda vida sana al aire libre, pero, ta, no sé… Quizá ya sea hora de cambiar de médico —respondió con duda.

Una tarde llevó a Benjamín a la plaza para que jugara con dos pequeños igual de inquietos, con los que le encantaba hacer travesuras. Sin embargo, para su sorpresa, esos mismos pequeños estaban en el arenero jugando con baldes y palitas. Miró en torno y todos los niños jugaban tranquilos. De inmediato se enteró, a través de los padres, que hacía unos días tomaban las famosas gotitas, y estaban contentos de que los chicos estuvieran más tranquilos y concentrados. Esa tarde volvieron antes a la casa: Benjamín se puso de mal humor al no tener con quien jugar y comenzó a molestar y a pegar a los otros chicos. Debió llevárselo a la fuerza, entre berrinches y la mirada reprobatoria de los adultos que estaban en la plaza.

Ese día decidieron que era hora de que el niño comenzara el jardín lo antes posible, quizá al estar en contacto con otros niños de la misma edad lograra tranquilizarse. Los padres esperaban que se adaptara al ritmo de los otros pequeños. Sin embargo, a la media hora la maestra llamó para que lo fueran a buscar. Salieron del jardín con un pase a la psicóloga y al pediatra para que le recetaran algo que le bajara la ansiedad. Algo había quedado claro: Benjamín era una molestia, distorsionaba la clase y distraía al resto de los niños. No hacía caso, no controlaba sus impulsos y los otros terminaban imitándolo, impidiendo que la maestra lograra llevar la clase adelante.

—No creo que el pediatra le mande tomar algo. Él no está de acuerdo con eso —se quejó la madre durante la cena.

—No sé qué vamos a hacer —se lamentó el padre.

Cuando fueron a la consulta se encontraron con la sorpresa de que el pediatra de Benjamín se había jubilado y en su lugar había un joven de sonrisa ancha. Este, luego de recibir el informe del colegio, y dejar más tranquilos a los padres, le mandó al niño una serie de estudios y le recetó las gotitas milagrosas: la ritalina. Una semana después, Benjamín era un niño modelo tanto en clase como en casa; pintaba como ellos tanto desearon que lo hiciera, hacía caso, se dormía temprano y no molestaba en toda la noche.

Al principio estuvo genial. Los padres recuperaron el sueño y el descanso, así como la intimidad que en determinado momento se vieron obligados a abandonar, pero la mamá de Benjamín comenzó a extrañar la risa de su hijo así como la vida que lo alborotaba. Añoraba eso en cada esquina, plaza o escuela por las que pasaba. Los niños caminaban de la mano de sus padres, o pintaban y jugaban quietos, sin pelear, sin levantar la voz.

Ambos padres comenzaron a extrañarlo y los invadió el miedo cuando vieron que la psicóloga del colegio comenzó a entregar a cada familia la cantidad de gotas necesarias para todo el mes. Eso ocurría no solo en el jardín de Benjamín, averiguaron que estaba sucediendo en todos los jardines y colegios del país. Se sintieron más indefensos al notar que los otros padres parecían no darse cuenta de lo que pasaba, y aceptaban lo que se les daba sin ningún tipo de cuestionamiento.

Pronto apareció la noticia de que el parlamento había sancionado una ley que exigía que todos los colegios proveyeran a sus alumnos de los recursos y tratamientos necesarios para garantizar la concentración y el buen carácter que les permitiera atender en clase y tener un buen desempeño durante toda la escolarización. Se hizo común ver a los militares en las puertas de cada centro educativo entregando las cajas con los frascos que serían distribuidos a cada niño.

Cierto día, la madre de Benjamín se topó en el centro con quien había sido pediatra del niño. Este la reconoció y la miró con temor.

—¡No le de las gotas al niño! —exclamó en un susurró, observando a su alrededor con temor—. Es un complot del gobierno, quieren controlarnos y para eso tienen que empezar por los niños. ¡No lo permita! —volvió a decirle antes de comenzar a correr al divisar a dos uniformados que le dieron la voz de alto. Horrorizada vio cuando lo alcanzaron en la esquina y comenzaron a molerlo a palos, antes de subirlo a una camioneta negra que salió rauda del lugar.

Esa noche, durante la cena, luego de contarle al marido lo sucedido con el pediatra, intentaron poner en orden sus ideas, entre susurros, como si tuvieran miedo de que alguien los oyera.

—¿Qué vamos a hacer? Yo no quiero darle más esas gotas a Benjamín —lloriqueaba la mujer.

—Me parece que estás exagerando. A lo mejor el tipo se levantó con el pie izquierdo o andá a saber en qué anda; por algo le dieron salida de la mutualista —dijo, mientras se llevaba un pedazo de milanesa a la boca—. En una cosas tenés razón —continuó, con la boca llena—: Benja no es el mismo desde que le damos esas gotas. ¿Qué querés que te diga? Yo quiero a mi hijo como es, y si ningún jardín está dispuesto a aceptarlo haremos un sacrificio y contratamos una maestra que le enseñe en casa.

Al otro día, cerca de las siete de la tarde, cuando regresaba del trabajo, como siempre por la calle Cerrito, ya libre del tráfico y el movimiento frenético que caracterizaba a las callejas laterales cercanas a la Iglesia Matriz, el padre de Benja fue testigo de algo curioso: un par de camionetas militares circulaba con lentitud llevando en la caja a varios militares, cubiertos con máscaras antigás, que fumigaban la calle. Detrás, con máscaras similares y fusiles en las manos, marchaban varios militares. Un humo blanco los envolvía y les daba un aspecto aterrador. En esos momentos no había vecinos en ambas veredas, pero salió un hombre de una de las pensiones y al encontrarse con semejante visión, además de verse envuelto de improvisto por esa nube de humo maloliente, comenzó a despotricar contra los uniformados. Bastó un segundo para que el tipo se viera reducido en el piso, con la punta de los fusiles clavados en la espalda. Le gritaron, palabras ininteligibles a causa de las máscaras, y a los empujones lo hicieron regresar a la pensión. La cara del pobre tipo le quedó grabada al padre de Benjamín.

Al día siguiente fue a visitar a uno de sus mejores amigos, quien trabajaba en el ejército, para que lo pusiera al tanto de lo que estaba sucediendo. Así se enteró de que, además de abastecer a la población de las gotas obligatorias, el gobierno estaba fumigando en todo el país con la excusa de una prevención sanitaria contra cualquiera de las enfermedades antiguas que ahora se estaban poniendo de moda. Sin embargo, la verdadera razón era otra: solo se puede controlar lo que no piensa ni se rebela, y eso era lo que buscaba el gobierno. Si bien este amigo podía ser sancionado por darle información clasificada, le comentó que él había enviado a su familia al interior del país, a una zona bastante alejada de cualquier centro poblado, donde sabía que no llegarían los aviones del ejército. Le recomendó que hiciera lo mismo sin levantar sospechas, que lo hiciera antes que el presidente firmara el decreto que establecía el toque de queda obligatorio y el patrullaje militar en cada esquina a partir de la semana siguiente. Antes de marcharse, el amigo le deseó suerte; había miedo en sus ojos. Esa fue la última vez que se vieron.

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Ilustración: Pedro Bel

Esa misma noche, casi tres meses después de que Benja comenzara el jardín, con poco equipaje y algo de alimentos, huyeron silenciosamente de la ciudad. Manejaron durante toda la noche por una ruta anormalmente desierta de vehículos y gente, con las luces lo más bajas posibles y tratando de esquivar los puntos en los cuales podía estar la caminera. En un país pequeño como Uruguay resultaba difícil encontrar un sitio suficientemente desconocido u olvidado por el hombre; sin embargo, lograron llegar a pie a una zona apartada de cualquier centro poblado. Para ello, debieron viajar al centro del país y abandonar el auto bajo un puente que ya no se utilizaba, y continuar a pie, guiándose con una pequeña linterna, turnándose para llevar a Benja en los brazos, tropezando con la maleza y las piedras, apartando las ramas a manotazos, adentrándose más y más en las zonas agrestes apenas exploradas.

Desde ese momento pasaron meses intentando vivir en silencio las 24 horas del día, en la oscuridad durante la noche, comiendo lo que encontraban en las rápidas expediciones que hacían por los alrededores, evitando hacer fuego para no llamar la atención. Se enteraban de la situación del país a través de la pequeña radio que prendían a bajo volumen, improvisando con antenas caseras para captar alguna señal, y en contadas ocasiones para ahorrar baterías. Al parecer, se había instaurado una dictadura que solo requería de un compuesto modificado de la antigua Ritalina que, además, permitía controlar a la gente mayor. Los ciudadanos estaban obligados a recibir la medicación como complemento del menú diario. Los pocos que intentaron resistirse y llevar una vida normal fueron rápidamente doblegados y castigados con ración doble del compuesto.

El matrimonio vivía con constante temor, al punto que ya ni hablaban por si alguien los descubría; al punto que hasta el inquieto Benjamín evitaba hacer ruido, y aprendía a jugar en medio de un silencio aterrador. Un día, después de un par de años, cuando salieron en busca de alimento se toparon con un par de personas que, al igual que ellos, se escondieron horrorizados entre las malezas al verse descubiertos. Poco a poco, al no sentirse amenazados, ambos bandos comenzaron a asomar tímidamente sus cabezas. El padre de Benja reconoció al amigo militar que le había aconsejado abandonar la ciudad.

Se sintieron felices, como hacía tiempo no lo eran. Ya no estaban solos. Ahora los embargaba la esperanza; estaban seguros que habría otros que, al igual que ellos, permanecían ocultos en las regiones olvidadas del interior profundo en un intento desesperado por mantener la individualidad.


Patricia K. Olivera (Montevideo-Uruguay, 1970). Colabora con frecuencia en revistas literarias virtuales como miNatura (Revista de lo breve y lo fantástico), NM (La nueva literatura fantástica hispanoamericana), Axxón (# 254), Círculo de Lovecraft, Historias Pulp y Cruz Diablo, entre otras. Ha participado en varias antologías (alguno de sus cuentos fueron traducidos al francés, al portugués y al alemán): Antología de ciencia ficción, fantasía y terror. Líneas de Cambio II. Editorial Solaris. Uruguay (2018). Antología virtual de cuentos de terror Memento Móri. Proyecto A arte do terror, traducción de Brian Agustín González. Brasil (2016). Antología de cuentos de terror Cuentos ocultistas. Editorial Cthulhu. México (2016). Antología alemana de Ciencia ficción Around de world in more than 80 cifi stories. Editado por Erik Schreiber, traducción de Pia Oberacker-Pilick. Alemania (2016). Antología francesa virtual Autores uruguayos del siglo XXI: Lectures D’Uruguay. Editado por Lectures d’ailleurs, traducción de Nancy Benazeth y Caroline Lepage. Francia (2013).

Es administrativa y técnica universitaria en Corrección de Estilo (lengua española); estudia Lingüística y Letras en la Universidad de la República (Udelar). Blog principal: De Ciencia Ficción, Fantasía y Terror by P. K. Olivera <http://pkolivera.blogspot.com>.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: LAS COSAS… (nº 254)


2 Respuestas a ““Ritalinización”, Patricia K. Olivera”
  1. Wolframio dice:

    Me encantó el relato, la narrativa sencilla y sin pretensiones. Directo al hueso. Muy buena historia
    Por cierto que este número de la revis está de pelos.
    Me autofelicito por haberme suscrbido al feed.
    Saludos !

  2. Wolframio dice:

    *suscrito !
    disculpen el craso error de tipeo
    =)

  3.  
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