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 PAÍSES BAJOS

El mundo es una obra de teatro, todos tenemos nuestro papel y todos participamos.

—Joost van den Vondel, 1587-1679

La joven cruza la calle helada. Sigo sus movimientos desde el asiento junto a la ventana en el bar de cocteles de Tony de la calle Elmont. Ha recibido mi mensaje y ha decidido investigar. Esto complace a mi viejo corazón. Significa que aún reconozco a los espíritus afines. Ella vacila ante la puerta. Supongo que es lógico. Después de todo, la señorita Johansson se considera sensata. ¿O quizá sólo quiere mirar en el espejo cómo tiene el pelo? Resulta que sé que es rubia natural. Y mujer… Vanidad. Sus ojos azul brillante intentan ajustarse y penetrar la semioscuridad del bar. El viejo Tony es un fanático de los paneles de roble oscuro. Le venía de familia. Su bisabuelo tenía una mansión con toscos muebles de roble, lo recuerdo bien. Ah, me encontró. O me reconoció.

—¿Es usted? —pregunta. Su voz melodiosa tiene una tonalidad sureña.

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Ilustración: Pedro Bel

—Soy yo —le respondo y me levanto. Mide un metro sesenta y cinco, pero la sobrepaso con mis dos metros cinco. Ella espera que yo sea así de alto, impresionante, así que cumplo. Me inclino sobre la mesa y le ofrezco la mano derecha. Gesto ridículo, pero aquí es la norma, para mostrarle que no llevo armas en la mano. Podría llevar un arma en el bolsillo. O podría penetrarle la laringe con los dedos rígidos. Pero esto la tranquiliza. Su mano se pierde en la mía y la estrecho con gentileza. Cuando la suelto, le ofrezco la silla frente a la mía con un gesto fluido de la misma mano.

Se sienta y yo le hago un gesto al cantinero. Es Tony hijo. Echó a su último cantinero cuando descubrió que el fulano bebía en el trabajo. Nadie bebe en el trabajo. Ni siquiera invitados por los clientes. Ahora está buscando a un reemplazante. Se desliza hacia nosotros y la señorita Johansson pide un gin-tonic, con una rodaja de limón. Cuando Tony se aleja, ella me clava esas esferas azules y me inspecciona en detalle. Es curiosa y decido que eso me gusta de ella.

—¿Ya nos conocemos? —pregunta.

—Puede ser —le concedo. Extrañaba esta parte del juego.

—No es frecuente para mí recibir notas de este tipo. ¿Cómo sabe usted que estudio lenguas muertas? —Parece realmente confundida.

Podría decirte que te sigo desde que naciste. Pero no.

—Leer sobre una lengua antigua no enseña a escribirla. —Su ceja derecha, también de un rubio blanco, se arquea delicadamente.

—Depende de cuánto haya leído uno. Como ve, soy bastante viejo. —No había forma de negarlo.

Tony se acerca, deja el vaso de ella en el centro de la mesa.

—La mayoría de las palabras y expresiones que usó parecen auténticas. Pero no pueden serlo, porque las habría escuchado. Se conoce muy poco de ese lenguaje, pero usted parece saber más sobre él que todos los eruditos que conozco, juntos. Así que ¿a qué está jugando, viejo?

Levanta el vaso, bebe un sorbo, me mira desde detrás de la rodaja de limón. Simpático detalle. Elegí bien.

—Si se lo digo, no me lo va a creer. —Así, curiosidad. Ahora ábreme tu mente.

—Pruebe de todos modos —responde con firmeza.

—Una vez viví en un oblado en la costa de lo que hoy se conoce como Líbano. Hablábamos ese lenguaje. —Tus pupilas se dilatan, tus emociones son tan claras. Intentas recomponerte. Tranquila. Tómate otro sorbo.

La señorita Johansson toma un sorbo de su gin-tonic. Luego otro. Sonríe.

—Tendría usted miles de años de edad. Es imposible.

Le devuelvo la sonrisa.

—Quizá improbable. Imposible, no. Las escrituras de esa época dicen que Matusalén y los otros vivieron hasta una edad muy avanzada, ¿no? —Ahí está, lo bastante plausible para abrir tu mente. Tus padres te criaron religiosa, tú sabes esto.

Una pareja anciana entra al bar, acompañados de una ráfaga fría. Saludan a Tony. Los anteojos de él se empañan y extrae para limpiarlos un pañuelo de bolsillo de cachemira, azul y blanco, del bolsillo de su saco. Se sientan al final de la barra. Ella pide una gaseosa. Él pide un escocés caro y le dan un bourbon barato. He visto hacer esto al viejo Tony y veo que su nieto sigue la tradición. Lo llaman «desenmascarar a los falsos expertos».

Ella mide mis palabras.

—Digamos, por decir, que siendo tan viejo habrá visto muchas cosas. La historia mientras transcurre. —Hay un fueguito en sus ojos, aliméntalo.

—He visto muchas cosas —digo, con una leve sonrisa enigmática—. Vi la caída de Jericó. Estuve en persona. —Ella asiente.

—¿En serio? ¿Y cómo consiguieron eso los israelitas? ¿Con sus grandes cuernos?

Decido imitarla y asiento vigorosamente.

—Sí, en efecto. Pero no son los cuernos que usted cree. Su tecnología estaba, en algunos aspectos, a la par con los inventos modernos. Los israelitas tenían el secreto de las armas sónicas. Y las usaron. —¿Ve? Soy inofensivo, un viejo chiflado que ha leído demasiados libros conspirativos.

Ella decide divertirse a mis expensas.

—¿Y supongo que también vio cómo construían las pirámides? ¿Y Stonehenge? ¿Y el incendio de Roma mientras Nerón componía? Y por supuesto la coronación del primer Emperador de China?

Bueno, te voy a llevar. Vas a llegar a donde tienes que llegar.

—Por supuesto que no podía estar en todas partes al mismo tiempo. Pero he visto unas cuantas cosas. —Una mentirita. He visto momentos notables. Especialmente aquellos que he planeado yo mismo. Hace mucho, mucho tiempo, era fácil. Había menos gente, eran más fáciles de manipular. Empezar con cosas pequeñas, avanzar hacia las mayores, funciona.

—¿Estoy perdiendo el tiempo? —pregunta la señorita Johansson—. La parte de su mensaje que pude descifrar decía que lo encontrara aquí, para presenciar un momento notable.

¿Aceptaste mi afirmación sobre mi antiguo linaje o ya me desestimaste? No, estás intentando indagar más. Necesitas pruebas. Muy bien, si es necesario.

—En mi viejo pueblo había un joven llamado Chozzai. Estaba realmente dotado. Me dictó las palabras que escribí y me dijo que las dejara a la pelirroja que estudiaba su lenguaje muerto hace mucho. Hicieron falta tres mil años para encontrarla a usted. —Ahora hazme la pregunta correcta.

—Entonces, un joven llamado «profeta», si recuerdo correctamente, sabía de usted y le dio un mensaje para mí. ¿Qué le pasó? —Sus ojos se entrecierran y noto un dejo de temor. La tranquilizaré cuidadosamente y volveré a llevar su mente en la dirección correcta.

—Tenía que morir, por supuesto. Todo el mundo muere en algún momento. Prefiero no dejar a nadie vivo que conozca mi secreto, mi edad ni mis motivos. Así que tuve que hacer que lo llevaran a una tierra donde no hablara el idioma y la cultura le resultara extraña. No tengo uso para los profetas.

—Pensé que lo había hecho matar. —Pareció confundida.

—¿Le parezco un asesino? —Mi sonrisa es auténtica. Soy mucho peor que un asesino, pero la señorita Johansson no puede entender esto, el concepto le resulta ajeno.

—No, no lo parece —vacila—. Entonces, ¿cuáles eran las palabras que él quería que yo escuchara?

—»En todas las tierras del mundo Él está presente. Lo sabe todo, lo ve todo, tan viejo como las montañas, tan profundo como los océanos. Sus nombres se suspiran con reverencia o desprecio o simple temor. Él interfiere en el destino. Trata con la muerte. Su verdadero nombre es más antiguo que la memoria». Sí, el viejo y querido Chozzai tenía gran claridad, en efecto.

La señorita Johansson está intrigada.

—¿De quién está hablando?

—De mí, por supuesto —respondo, riendo.

—Vamos, todo esto lo está inventando, ¿verdad?

—¿Y qué pasa si fuera así? ¿Cómo podría saber esto? Vi cuando se rompió el brazo izquierdo, al caerse de ese cobertizo al que tenía expresamente prohibido subirse. Cuando le mintió a su madre y le dijo que se había caído de la hamaca. —Una minucia para hacerte creer. Que las piezas se acomoden en su lugar. Te veo tragar saliva, enrojeces. Escondiste esa mentirita de todos, incluso de ti misma, y la enterraste. Pero yo la encontré.

—Si sabe tanto, ¿qué quiere? ¿Qué hago aquí?

Un poco de ira e impaciencia, bien. Y, muy importante, la mente abierta y tu atención indivisa. Sonrío con benevolencia.

—Necesito que conozca el pasado. De hecho, debería involucrarse aún más en su trabajo, en descubrir civilizaciones antiguas, aprender de ellas, averiguar cómo surgieron y, con el tiempo, cayeron.

Cruza los brazos. Niña petulante.

—¿Para qué? ¿Por qué es importante?

Es el momento de hacerla sentir importante.

—Quiero que intentes detenerme. Porque destruiré a la humanidad. Pronto.

—¿Pero cómo…? —Parpadea varias veces. —Podría gritar que quiso violarme.

Niego con la cabeza. Ella sabe que eso sería una tontería.

—Así no se juega, querida. Usted trabajará en mi contra. No estará sola. Escribirá y enseñará. Advertirá y tratará de educar a la humanidad sobre el destructor, sin que la crean chiflada.

La señorita Johansson parece confundida.

—Usted quiere que lo detenga. ¿Por qué no trabajar en secreto?

—No puede detenerme —respondo, con una sonrisa genuina—. Pero puede ser uno de los muchos que lo intenten y quizás, sólo quizás, descubra una pequeña oportunidad para evitar mis planes para este mundo. La estaré observando, querida.

—¿Usted es Dios? —pregunta.

—Nunca fue usted religiosa —contesto—. Los padres de usted querían que lo fuera, pero siempre fue demasiado inquisitiva. Usted quería pruebas. —Me detengo significativamente unos instantes. —No soy su dios ni ningún otro. Ni soy su contraparte. Pero admito que son grandes inventos. Más destructivos que cualquiera de los míos.

Niega con la cabeza.

—Entonces, ¿quién… qué es usted?

—Tan viejo como las montañas, más profundo que los océanos.

Abro los ojos por primera vez y la dejo que mire en las oscuras profundidades sin tiempo. Luego parpadeo y mis ojos vuelven a la normalidad. Me levanto, le hago una levísima reverencia a la señorita Johansson y la dejo sentada a su mesa, confusa y llena de preguntas. Luego me voy del bar de Tony. Volveré a ver a Tony. O a su hijo. O a su nieto. Y todavía estarán atendiendo en el bar de Tony. Es lo que conocen. Hasta que todo termine.

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Ilustración: Pedro Bel

Mientras tanto tengo influir sobre ciertas personas, escribir tramas, establecer escenarios y poner en movimiento sucesos para que en unos años, o décadas o siglos, todo se desmorone. Definitivamente. La humanidad ha avanzado mucho y yo la he dejado. El desafío es demasiado interesante y necesito siempre más. Así que me dirijo a mis siguientes citas. Primero está la Cafetería de Julie, en la calle Fairbanks, para iluminar a algunos chicos sobre las maravillas de la física nuclear. Luego una visita a Cambridge para hablar de economía y enseñar codicia. Tanto que hacer, y todo el tiempo del mundo.

Los que me conocen me llaman Entrometido. Qué poco saben. Pero aún así, me conocen. Así que jugaré el juego. Los dejaré crecer y evolucionar e innovar, rápido. Mientras tanto cosecharé las semillas de su destrucción. Un poco de conocimiento puede ser peligroso. Que hagan borrón y cuenta nueva, como han hecho antes tantas veces. Volverán a perder y yo ganaré. La proxima vez mi desafío será aún más grande… quizá interestelar.


Título original: Instructing Deconstruction, © 2017 Mike Jansen
Traducción © 2019 Marcelo Huerta San Martín


Mike Jansen nació y vive en los Países Bajos, y ha publicado textos de variada extensión en antologías y varias revistas en su país natal y en Bélgica, incluyendo Cerberus, Manifesto Bravado, Wonderwaan, Ator Mondis y Babel-SF, y antologías publicadas por Verschijnsel: Ragnarok y Zwarte Zielen («Almas negras»), entre otras.

Se domicilia en la ciudad de Hilversum, cerca de Amsterdam. Ha ganado los premios King Kong a mejor nuevo autor y mejor autor en 1991 y 1992 respectivamente, así como una mención de honor por un trabajo presentado para la competencia de lanzamiento de la revista australiana Altair en 1998.

Otras publicaciones suyas pueden encontrarse en http://www.meznir.info.


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