¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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TERCERA PARTE: EL HILO

 

 

16. VENCEDORES Y VENCIDOS

KAR N’KAL

—¡Silencio! —le gritó Kar N’Kal al cielo azul iónico.

Justo en ese momento, la última bomba de la batalla explosionó y todo quedó sumido en una quietud de mausoleo.

El humo se elevaba como decenas de serpientes que enroscaran lascivamente sus colas allá arriba. La planicie en la que había tenido lugar el choque de los ejércitos parecía un campo devastado por impactos meteoríticos, la mayoría ardientes aún, otros llenos de desechos humeantes y trozos de cadáveres, en las descuidadas posturas en que los sorprendió la muerte.

En mitad de la llanura se alzaba el coloso del Kon-glomerado, el cubo rodante, pero no como un dios victorioso, sino como un castillo tomado por el enemigo. Sus murallas estaban llenas de manchones negruzcos. Las inmensas cadenas de sus orugas, destrozadas, colgaban por detrás como restos de una capa desgarrada.

Kar N’Kal contemplaba orgulloso su obra. El CK26 que le había servido de vehículo de mando no había sobrevivido a los cañonazos, y yacía inmóvil como un cadáver exquisito. Pero ya no le hacía falta: había conquistado el castillo enemigo, y ese sería su nuevo cuartel general a partir de ahora, en cuanto sus hombres lo repararan. Los cañones habían deletreado el nombre del vencedor sobre el terreno con una minuciosa y terrible aplicación. El viejo dilema de quién sobreviviría a un enfrentamiento abierto entre clanes al fin había abandonado su antigua forma de cristal de sulfato, y se había precipitado hasta encontrar su forma más pura: se había transformado en una decisión perfecta, en un cristal hermoso. El ganador era él.

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Ilustración: Pedro Bel

A lomos de ese palacio rodante entraría como un triunfador en las calles de Darysai y Múnegha; contemplaría desde arriba los rostros reverenciales de los habitantes de los Hábitats de Armagosa y Behoieka, y con ello, todo el reino del norte sería suyo. Sin dravs que interfirieran, había llegado la era en que los Intérpretes de los Muertos se coronarían reyes. El tiempo de los tiranos dravitas acababa hoy, y comenzaba el de los reyes humanos.

¿Cómo le juzgaría la historia? ¿Como un libertador, un tirano, un aventurero que llegó a la cima de su civilización gracias a la potencia de su cerebro? ¿Serían benevolentes con él sus descendientes a la hora de glosar su gesta?

En la historia no hay certezas, solo «quizás» en la mente de los que la revisan. La causalidad histórica no se diferencia de la ilusión estadística inventada por los que nacieron mucho después de ocurridos los hechos. Así pues, de poco valía embarcarse en supuestos: la historia empezaría con él, y Kar N’Kal sería quien escribiera la primera página. Por decreto suyo, todo lo anterior sería olvidado.

Cuando faltaban catorce minutos para las catorce, una tormenta de polvo se manifestó con la intención de correr un tupido velo sobre tanta barbarie. Era una guadaña divina con un frente de mil kilómetros que contenía una poesía sin paráfrasis adecuada. Parecía haberse gestado a raíz de la propia batalla y sus energías liberadas, reuniendo los vientos en un gélido monzón. El clima de Enómena solo se volvía así de impredecible cuando estaba próximo el periodo del Antara, aquella forma práctica de referirse al desarreglo entrópico de las órbitas solares. Thyle, el Visitante, estaba próximo a su reunión nupcial con su esposa, la estrella principal. Durante esos días el sistema solar se volvería salvaje e indómito, y nacerían millones de seres influidos por ese caos. De cara a este Antara ya no le daba tiempo a concebir un hijo en el vientre de alguna favorita, pero planificaría el nacimiento de su vástago para el del año que viene, y así nacería marcado por los dioses. Y ay de su mujer si osaba parir en otro día que no fuese el estrictamente deseado.

Kar se metió en el interior del cubo, donde sus escuadrones de la muerte estaban ocupados limpiando los últimos conatos de resistencia. Los técnicos que cuidaban de las centrales nucleares se habían rendido o suplicaban piedad desde las almenas, agitando banderas blancas. El Intérprete paseó la vista por el laberinto de edificios y sonrió, dejando al descubierto unas ventanitas de dientes rotos. Deseaba alzar en el aire toda aquella estación gigantesca, como si fuera un recién nacido, para transmitirle un legado kármico: su gloria como estratega militar pasaría de esa manera a sus descendientes, y el misticismo siempre pendiente de profecías de su antiguo amo se volcaría sobre sus esclavos.

—No está mal —dijo Kar N’Kal, amado por soldados, caciques opulentos y señores feudales, pero odiado por centrales nucleares estropeadas. Uno de sus hombres le hizo una señal desde lo alto de una de ellas.

Subió hasta allí y vio una hilera de científicos arrodillados, las manos en la nuca y la cabeza gacha.

—¿Qué ocurre, capitán?

—Esto… no lo sé, señor. —El hombre sudaba a mares—. Creo… creo que debería ver lo que hay en este edificio. Me temo que algo está funcionando mal y que hay peligro de explosión nuclear, pero estos cerdos científicos no abren la boca. Ya he matado a cuatro intentando sonsacarles qué pasa, pero temo cargarme a más y que no demos con una solución. —Kar se dio cuenta de que la principal virtud de aquel subordinado era saber rendirse, o claudicar ante las circunstancias, sin dar la impresión de estar siendo derrotado.

Maldijo por lo bajo. Con este problema no esperaba encontrarse. Había contemplado la posibilidad de que los del Kon-glomerado estuviesen tan locos como para, en el remoto caso de que la batalla fuese mal, poner en modo sobrecarga los cuatro o cinco reactores nucleares que pudiera haber allí dentro para que entraran en un colapso crítico —lo que los expertos llamaban fallo base del sistema—, y que el palacio se convirtiera en una bomba atómica. Contaba con ello, y confiaba en poder atajarlo haciendo precisamente esto, es decir, mandando a sus escuadrones a tomar los puestos de control de cada edificio.

El Intérprete entró en la cámara principal de la central nuclear con una capa improvisada y un aire señorial que estaba dispuesto a destronar a su antiguo amo, el drav, como el más temido del lugar. Le extrañó ver un objeto grande estrellado contra su techo, una grúa multípoda que mostraba heridas de láser, como si alguien hubiese combatido con ella. La grúa tenía algo atrapado con su largo brazo: una caja que parecía una habitación móvil, arrancada de cuajo de sus raíles.

La cámara de control no se diferenciaba demasiado de como uno podía imaginar el puente de una nave estelar: un sitio abigarrado lleno hasta lo imposible de botones y consolas virtuales y pantallas y aparatos. Había cuatro cadáveres en el suelo, entre charcos de sangre —los científicos ejecutados—, y un panorama sobrecogedor al otro lado de un ventanal: en la cámara anexa, de dimensiones mucho mayores, una mujer moribunda vestida con bata de ingeniera jadeaba en lo que ella misma sabía que eran sus últimos estertores. Seguía viva y apoyada desmañadamente en una consola, con un accionador manual en su puño derecho y una mirada de odio que podía derretir el acero.

Pero lo más impresionante estaba a su espalda. Ocupando el fondo de la sala había una especie de órgano de catedral compuesto por casi quinientos tubos hexagonales, los cuales formaban una masa temblorosa que palpitaba con violencia, entrando y saliendo como una tormenta de agujas de un titánico contenedor que se alzaba tras ellos. Las quinientas agujas, cada una a su ritmo, salían disparadas hacia afuera y volvían a clavarse en la masa metálica a igual velocidad, en una sinfonía de caos como Kar N’Kal no había visto nunca.

La científica estaba frente a ese maremagno, desangrándose. En la habitación no había otro movimiento aparte de su respiración y el baile frenético de las barras. Su mirada suspicaz no contenía el fulgor del respeto, sino el de la traición.

—¿Quién es, y qué hace? —preguntó el Intérprete de los Muertos.

—Es la directora de esta central. —El capitán tragó saliva—. Dice que como avancemos un paso más presionará lo que sea que lleva en la mano, y el reactor estallará.

Kar emitió una risa tolerante. Intentó calmarse y que no se le notara la repentina ansiedad. Se acercó al ventanal e intentó que su enclenque figura todavía resultara enorme y ominosa.

—¿Hola? ¿Me escucha?

La mujer lo miró. Sus ojos estaban tan muertos como podrían estarlo los de una persona aún viva. Tenían el color de la lejía, pues las cosas que había visto habían destruido su mirada. Y dijo algo que él no entendió muy bien, pero que fue algo así como:

—…Esto tiene pinta de gran error. Fue lo que dijo el primer colono que pisó con sus botas la superficie de Enómena. Lo dijo en un antiguo idioma que se hablaba en el Imperio Gestáltico y que no se parecía para nada a los que hablamos nosotros. Hay quien dice que en realidad lo que dijo fue «Hemos llegado al final del viaje», pero como lo soltó en plan siseo nasal incomprensible, los sonidos pudieron ser traducidos también como «Esto tiene pinta de gran error». Era lo que ocurría con aquellas lenguas extrañas, en las que captar la inflexión sibilante de un infijo no era tarea fácil. Por eso, el nombre de nuestro planeta, Enómena, significa «Gran Error» en la lengua arcaica…

—¿Puedo saber cómo se llama usted? —le preguntó Kar a la científica. Esta tardó unos segundos en responder, en lo que empujaba las palabras esófago arriba.

—Mi nombre no importa… Soy la que está permitiendo, por el momento, que usted y los suyos, malditos asesinos de mierda, sigan vivos.

La ceja izquierda de Kar se arqueó como un acero probado por un maestro de esgrima.

—¿Por qué debo creerla?

—Esta central resultó muy dañada por sus hombres en la incursión anterior, y no nos había dado tiempo de repararla. Funcionaba en un estado de equilibrio muy precario cuando ustedes, los malditos militares, decidieron empezar con sus jueguecitos de guerra… Ahora ha alcanzado una masa crítica.

—«Ustedes los militares» —se burló Kar. Por debajo del marco de la ventana, sin embargo, movía sus dedos frenéticamente impartiendo órdenes a sus hombres para que un comando entrara allí e inmovilizara de algún modo a la mujer, antes de que soltara el accionador manual—. No sé qué clase de educación habrá recibido en las escuelas de ingeniería de Bergkatse, pero esa palabra ya no designa a nadie en este mundo. Ya no quedan militares y civiles, solo amos y esclavos, los cuales se han acostumbrado demasiado fácilmente a mencionar ese fenómeno al que llaman dolor. Usted podría pertenecer a los primeros, pero ha decidido morir como los segundos.

La científica se carcajeó.

—Ay, dioses, jamás aprenderéis. Os hacéis llamar Intérpretes de los Muertos, como si las voces de los fantasmas del pasado fluyeran por vuestras bocas, pero no es así. No sois más que tiranos educados para creeros superiores a los demás, al pueblo llano. Nos despreciáis como si fuésemos cucarachas, y es por vuestra culpa que ya no queda nada del esplendor del pasado, solo barbarie y terror. Sois la plaga que consume Enómena —escupió ella, los duros planos de su cara suavizados por un trazo de azul cielo. Se colaba por una grieta del techo que también dejaba entrever la tormenta que arreciaba.

—Venga, amiga mía. Estás a punto de morir, y aún no sé de qué hablas. ¿Otra incursión, dices? Si hubo alguna, no la ordené ni tengo conocimiento de ella. ¿Es la que provocó que se desplomara la grúa multípoda de fuera? —De reojo, vio cómo los tiradores se colocaban en posición. Los soldados estaban listos para entrar en la cámara, correr hasta la mujer y saltarle encima—. Te propongo una cosa: olvidemos el pasado. Eres una ingeniera competente, lo cual se deduce por tu cargo, y voy a necesitar gente como tú en el futuro. Te ofrezco el perdón e ingresar en nuestro equipo de comando con los mayores honores. Sanaré tus heridas y te convertiré en una mujer rica, miembro de pleno derecho de la casta dominante. Tú y tu familia seréis felices para siempre. ¿A que es un trato estupendo?

En silencio, la juventud miró a la vejez. La vejez observó a la juventud. Se calibraron la una a la otra. Quizá un minuto más tarde, la voz queda de la mujer, inaudible, se movió en la habitación penumbrosa.

—El pasado nunca desaparece. Le gusta esconderse en la música de las estrellas.

—¿Qué…? —El Intérprete de los Muertos dejó escapar un bufido atrozmente civilizado.

Las puertas reventaron y los soldados entraron en tromba, pero la científica soltó el accionador. Sus palabras quedaron envueltas en una nube de vapor y el tronar de los motores de fisión al activarse: hubo una última contracción hacia dentro de todas las barras de control a la vez, como si aquel terrible organismo de uranio estuviese conteniendo el aliento para gritar…

Y gritó.

Vaya si gritó.

La reacción en cadena fue demasiado rápida como para que la lentitud de las neuronas humanas tuviera tiempo de procesarla. Así que el cerebro de Kar nunca procesó la luz celestial que lo envolvió en un capullo de fuerza ondulatoria, ni su cuerpo tuvo tiempo de sentir dolor en el escaso microsegundo que tardó en incinerarse y convertirse en un viento de átomos.

La científica dijo «Hágase la luz», y mira por dónde, la luz se hizo.

TELÉMACUS

La mejor demostración de que un objeto tan gigantesco como el Hilo existía, y que no era una especie de espejismo que aparecía todos los días en el horizonte, era que cuando el sol estaba bajo proyectaba sombra. No era muy ancha, apenas un trazo negro infinitamente recto que recorría el país como una flecha, girando de oeste a este a medida que la estrella se desplazaba por el cielo. Pero su anchura no podía competir con su longitud. Cuando el sol estaba todavía a pocos grados sobre el horizonte, la sombra del Hilo cortaba en dos mitades todo el continente.

Tres camiones EV, de Empuje Vertical. Aeroflotantes, como los llamaban los lumitas. Tres motas de polvo que seguían el canal de frescor dibujado por la sombra del Hilo en dirección a este, sus colas largos penachos de polvo. Al mirar hacia delante, a través del parabrisas, Telémacus vio la bolsa de luz mojada que era Amrá, el sol, alzándose perezosamente como si necesitara apoyarse en un andamiaje de nubes. Pero su aspecto cansado solo era una ilusión, pues en breve mandaría anchas olas de luz que inflamarían los colores de la llanura y convertirían el desierto en una sauna. Pero la larga carretera hecha de sombra seguía allí, y apuntaba como una lanza directamente al objeto que la provocaba: el ascensor estelar.

Tras la batalla contra los dravitas y aquella cosa inhumana, el hecatonquiro, habían descansado unas horas. Luego, rescataron los camiones y no les costó ponerlos otra vez en marcha. Por fortuna, ni el agua del lago ni la tormenta de pasión galvánica de los pyghast los había estropeado. Telémacus durmió unas horas por orden facultativa de su esposa, y se despertó sin ningún otro motivo que el de haber soñado que el mundo se encogía de hombros a mil kilómetros de allí, lo cual había provocado un terremoto que se había tragado a Arthemis. Pero cuando abrió los ojos recordó la verdad, y esta resultó ser más increíble que la ficción. Desesperadamente, intentó aferrarse a lo que había visto en el sueño, a esa otra realidad que a su cerebro le habría gustado que ocurriera, pero la visión se fundió como un pedazo de hielo bajo el calor de la vigilia.

Arthemis estaba muerta. Su última conversación había resultado más solemne de lo que su humor sardónico habría querido. Conociéndola, sin duda preferiría despedirse con una broma antes que con un discurso. Si Telémacus le hubiese dicho «Necesitas tomarte las cosas con calma», ella habría replicado: «Calma es una bebida que sirven en el bar de al lado».

Ya no quedaban guerreros ni cazadores de recompensas a este lado del mundo, solo civiles asustados. Estaba él, claro… pero no sabía por qué, ya no le quedaban ganas de seguir luchando. Una vez, hacía años, Liánfal le había dicho que, si tenía suerte, un hombre normal enloquecía una media de cinco o seis veces a lo largo de su vida. Y que cada uno de estos cambios era bueno para él. Pero en esta ocasión Telémacus no estaba seguro de que enloquecer le ayudase.

En algún lugar, él se caía desde alguna parte…

Metal sobre arena, impulso sobre polvo, los camiones se deslizaban sobre raíles invisibles creyendo que iban en línea recta, pero recorriendo en realidad una enorme curva a medida que la sombra del Hilo iba desplazándose al capricho del sol. La batuta de un distante director de orquesta. Después de tantas aventuras, les pareció increíble que nadie les cortara el paso ni viniera pisándoles los talones. Lo cierto fue que aquella última parte del viaje transcurrió con mucha tranquilidad; ya era visible la base del Hilo, y se parecía a un edificio muy grande, o una acumulación de ellos, que se abría lánguidamente hacia los lados mientras su torre central se fusionaba de alguna manera con una especie de columna que sostenía la bóveda celeste.

Pasaron cerca de unos cementerios de edificios de otra época, que surgían como lápidas de la arena. Árboles de Tule, hibiscos y lianas crecían con híbrida profusión por allí, acuclillándose para mirar por debajo de los restos de antiguos gabletes, y a través de arcos en proceso de convertirse en ventanas a medida que la mampostería se acumulaba en sus bases. El ciempiés de piedra blanca que había sido un antiguo muelle les sugirió que hacía mucho, muchísimo tiempo, podría haber habido un río allí, o incluso un mar, que hoy en día estaba seco.

A medida que se iban acercando, el Hilo adquiría una dimensión más terrible, y se adentraba a pasos agigantados en el resbaladizo terreno del misticismo. Los lumitas que viajaban en el techo lo miraban con recelo, hacían gestos de protección y rezaban por lo bajo, sintiéndose aplastados no solo por el tamaño de aquella cosa sino por su imposibilidad, por lo difícil de creer que era a pesar de que la estaban viendo. Era el esqueleto de una divinidad que se sostenía en pie apoyado en un solo dedo. Un temor supersticioso fue haciendo presa en ellos, y tras enconadas discusiones muchos se preguntaron si no sería mejor dar la vuelta y regresar, si todavía estaban a tiempo.

Una enorme navaja de sonido cortó el cielo por la mitad. La sintieron en los huesos, en la grasa amontonada sobre el músculo. Sobresaltados, los tres conductores pisaron el freno y el convoy se detuvo. Se apearon, y tanto ellos como los atónitos lumitas vieron que un fulgor blanco e intenso, que se había adelantado al sonido muchos segundos, se alzaba con una forma definida en el horizonte, en las tierras que habían dejado muy atrás.

Primero se elevó como un tronco de árbol sin hojas, una bestia agotada y vieja que se erguía sobre sus patas traseras para relinchar. Luego, se desplomó sobre sí misma y se cubrió con una especie de capuchón de gas sucio, una seta de textura sedosa. Era una forma de más de un kilómetro de altura; el final de todas las cosas que giraba y daba vueltas para siempre mientras caía el telón.

—Por los dioses… —tembló Liánfal.

—¿Qué es eso? —preguntó Veldram, inocente. Su padre se paró a su lado.

—Un hongo nuclear. Han hecho explotar un artefacto atómico en las tierras del Kon-glomerado, a juzgar por la posición y la distancia.

Se oyó un silencio hecho de silencios. Uno que se podía coger con las manos. Uno en el que Veldram podía entrar y examinarle las tripas hasta descubrir alguna grieta.

—¿Esa es la guerra en la que querían que combatiésemos? —Los ojos del joven eran conscientes de lo que implicaba esa idea. Lo que podía haber pasado si no se hubiesen marchado a tiempo del poblado. Quizás aquella nube que parecía la rúbrica de la muerte los tendría allí ahora mismo, bajo su ala, donde haría de telón de fondo para un destino final poco glorioso.

Si se hubiesen quedado en la aldea, muy probablemente estarían al pie de aquel hongo, convertidos en chillidos de ceniza con forma humanoide. La locura de los dravitas había llegado al final de su carrera hacia ninguna parte… y había encontrado el único final posible.

—Me temo que sí, hijo. —Lo miró con tristeza, aunque también contento. Había conseguido que la muerte, al volverse para mirar por encima del abismo de los años pasados, los pillara distraídos—. Me temo que sí.

Los lumitas que habían estado discutiendo sobre si dar la vuelta o no, y regresar a su vieja aldea abandonada, se quedaron callados. Sus vigorosos asaltos verbales disfrazados de ingenio se habían convertido en un silencio culpable.

—Solo podemos hacer una cosa, y es seguir adelante —dijo Liánfal—. La base del Hilo queda muy cerca ya. Si seguimos a este ritmo llegaremos hasta ella en solo dos días, estimo. Y luego… que sea lo que los dioses quieran.

—Pues movámonos como si tuviéramos prisa —asintió Telémacus, y volvió a subirse a la cabina del camión—. Hemos agotado toda la comida que nos quedaba, y a la grasa de la madre insecto ya no le queda ni una gota de agua dentro. Solo tenemos los bidones que rellenamos en el lago Ofiuchi, pero ya sabemos que esa agua está contaminada por residuos de la propia estación, por lo que no es muy aconsejable beberla. ¡Así que adelante! ¡Recemos porque en la estación espacial alguien haya dejado provisiones, aunque tengan mil años!

Todos intercambiaron miradas preocupadas, pero obedecieron. Sin provisiones ni agua no podrían aguantar los rigores del desierto, así que esto era una apuesta a todo o nada. El destino de la raza lumita había quedado en manos del giro de una carta favorable. Sabiendo lo poco que le gustaban los juegos de azar, Telémacus piso a fondo y dejó de preocuparse por las protestas de su gente. Aquellas personas siempre estaban quejándose por todo: el frío, la noche, el día, el calor, la lluvia, la sequía, el tiempo, la distancia.

El sol había girado tanto en el cielo como para que la sombra del Hilo marcase como una manecilla de reloj una hora que quedaba muy lejos, hacia el sur, por lo que no podían remontarla más. No, si querían ir hacia la torre en línea recta y ahorrar combustible, así que el resto de ese día lo pasaron viajando bajo los rigores del sol. Los que estaban encima de los remolques se fueron turnando con los que iban debajo para aliviar no solo la quemazón de las pieles, sino el calor espantoso que pasaban los hacinados los remolques. Dentro, aunque estuvieran a la sombra, hacía más calor que fuera, por lo que la deshidratación era mayor.

No supieron cómo, pero lograron sobrevivir a aquellos dos días prácticamente sin comida ni agua. La seta de la explosión acabó desvaneciéndose como un mal aliento, pero dejó una marca imborrable en el cielo, como si el color de este ya nunca más pudiera ser de un azul puro en el lugar donde estuvo el hongo. Era como si ambos, tierra y cielo, hubiesen llegado a la muerte por diferentes caminos, y la hubiesen fotografiado desde distintos ángulos.

Cuando amaneció el tercer día de angustia y privaciones, con las gargantas resecas y las pieles quemadas y los ojos teñidos por el rojo de la desesperanza… la ciudad al pie del Hilo apareció delante de ellos. La gente soltó gemidos al verla; gritos de niños extraviados en una noche fría.

—Hemos llegado —dijo Telémacus, y detuvo el camión en el polvo y el silencio.

Vala, Veldram, Logus, Goeb, Liánfal, todos los demás, contemplaron atónitos una de las obras de ingeniería más colosales concebidas por la humanidad. No importaba lo mucho que hubiese volado la imaginación de cada lumita al intentar prever lo que hallarían una vez alcanzaran su destino, pues todos se equivocaron, ya que lo que encontraron allí se escapaba de sus sueños más salvajes.

17. ESTACIÓN KALPA TÉRMINO COSMOS

VELDRAM

El joven Veldram no estaba dormido. No estaba despierto.

Se sentía como flotando en una nube, a un paso de la demostración de que lo que veían sus ojos no era producto de un sueño, sino que existía de verdad. Pero su cerebro no acababa de creérselo.

El Hilo se revelaba ante ellos mostrando lo que en realidad era: una torre compuesta por tres vías de tren verticales que partían de una estación tierra —un edificio más ancho que ninguno que hubieran visto antes, casi una ciudad en sí mismo—, y que se alzaban en línea recta hasta convertirse en un alfiler delgadísimo que raspaba las galaxias, allá arriba, perdido en la eternidad. Un estilete que señalaba el inmenso espacio de los tenebrosos años luz. La punta podría haber herido la cara de esa azafranada estrella que se estaba manifestando en el este.

De las tres vías solo una estaba ocupada con la enorme masa de un tren, un ingenio mecánico de más de cien vagones de longitud, con locomotoras magnéticas en cada extremo, que se alzaba por derecho propio como un coloso. Estaba allí, esperando a que alguien se montase dentro, que pulsase los botones adecuados, que operase sus motores. A lo mejor estaba muerto y jamás podría volver a elevarse, pero eso nadie lo sabía.

Mirar al Hilo provocaba tortícolis, pero no hacía falta girar tanto el cuello para asombrarse, pues las condiciones en las que se hallaba el edificio de la base también eran para dejarlos sin aliento: una agresiva capa de vegetación de aspecto alienígena lo cubría por completo, formando una capa de selva comprimida de un kilómetro de anchura y medio de alto. A través de ella podían distinguirse todavía los colores y las formas de los edificios, las plataformas de despegue para naves pequeñas, las torres de control de tráfico, las antenas parabólicas, los andenes secundarios para trenes horizontales, las largas avenidas por las que los viajeros en tránsito debían circular en épocas pretéritas… Todo seguía ahí, pero con el paso de los siglos se había vestido con una pelusilla de plantas con malformaciones, doblemente lobuladas, con raíces que semejaban dedos involuntarios. Un follaje encrespado en una rígida turbulencia que logró que sintieran el estremecimiento de lo maravilloso en sus huesos. Y todo ello bañando edificios esféricos y plateados, como pompas de jabón fabricadas con luz de luna.

En conjunto era una obra de arte. Un hito tecnológico majestuoso, algo con lo cual sus cansadas inteligencias no se habían enfrentado nunca. Poseía el calor y el misterioso aislamiento del logro perfecto, del artefacto tecnológico total. Puede que en otra época ese milagro hubiese hervido de vida, pero ahora su aspecto antiguo y abandonado traicionaba lo que realmente era: el corazón metálico y sin pulso de una estatura que desafiaba la razón.

—Vaya… que me aspen —susurró el joven Veldram, sintiendo las primeras punzadas de tortícolis. Su voz chirrió como una puerta de goznes oxidados. Sus padres y el resto de la tribu estaban de pie a su lado, igual de atónitos, igual de mudos; a ellos también les brillaba la maravilla en estado puro en los ojos.

Con una negrura uterina, aparecían unas rayas que partían de un solo sitio, en medio de aquella maraña de vegetación. Eran carreteras que conducían la mirada hacia un único punto en el que brillaba un resplandor pulsante, una especie de latido místico. Había un objeto que palpitaba allí dentro, sepultado bajo capas y capas de follaje. Y su luz tenía una cualidad irreal, como ese tipo de resplandor a medio camino entre el verde, el magenta y el turquesa que queda en el ojo después de que uno haya visto diez destellos blancos en rápida sucesión. Un color furtivo, intrigante, producto más de retinas dañadas que de una combustión natural. Aquella luz era lo único que poseía algo de vida en todo el Hilo.

Después de unos minutos de pura contemplación, Vala se adelantó unos pasos, rompiendo el hechizo.

—Desde luego, nuestro mundo está lleno de maravillas como jamás imaginamos. Ahora me arrepiento de haber vivido toda mi vida en un solo lugar.

—Estoy de acuerdo —dijo su marido, y la abrazó.

Liánfal miró al ingeniero.

—¿Qué nos puedes contar de este lugar, Goeb? Tú lo viste cuando aterrizaste, ¿no?

—Sí —asintió el hombre con la piel de plástico—. Se llama Estación Kalpa, y es… era la puerta de Enómena. La mayor parte del tráfico espacial y la mercancía que procedía de otros planetas entraba y salía por aquí. Pero como veis, eso fue en otra época.

—Tu nave sigue posada en la cúspide, ¿verdad? ¿Podríamos subir hasta ella?

—No lo sé. La verdad es que no logré hacer que funcionaran estos trenes, ni ningún vehículo auxiliar. Tuve que dejar mi nave arriba porque no está diseñada para penetrar en atmósfera, así que cuando bajé lo hice practicando lo que los antiguos llamaban «salto base».

La anciana parpadeó.

—¿Te arrojaste al vacío desde allá arriba?

—Sí, mi epidermis se puede sellar como un traje de vacío, y me protegió. Para frenar usé un paracaídas. En realidad no aterricé aquí, en la base del tallo, sino que, ya que podía planear y que no hallé rastro de vida en la torre, en cuanto divisé a lo lejos la Ofiuchi fui cayendo lentamente hasta ella. Era el único punto que vi que todavía emitía un débil pulso electromagnético.

—Pero aquí también hay energía —dijo Telémacus, y señaló el punto de luz pulsante, que emitía líneas de fulgor próximas y desflecadas—. ¿Qué es eso?

—Ni idea, aunque a tenor del radio de expansión de esa vegetación, que parece propagarse desde ese lugar… tengo una sospecha.

Logus se les acercó anadeando.

—¿Un oxyfón? —sugirió, emocionado.

—Podría ser.

—¿Qué es eso? —preguntó Veldram. Llevaba su septéreo cruzado a la espalda como la espada de un antiguo bárbaro.

—¿Un oxyfón? Es… cómo explicarlo. —Goeb puso cara de ser un cocinero para el cual no había nada mejor que un guiso de sentido de la maravilla para proponer una tregua entre el hombre y su universo—. Es uno de esos artefactos cuasi maravillosos de la antigüedad. Su nombre técnico es unidad genemórfica medioambiental de terraformación recursiva. Llamadas oxyfón por la empresa que las fabricaba. Eran entidades-IA con la capacidad de terraformar un planeta inhóspito, alterando molecularmente las condiciones de la materia de su entorno. El puente filosofal entre la materia inorgánica y los compuestos basados en el carbono.

—Cuentan los registros de aquellos años que para convertir una roca flotante en un lugar con atmósfera y vida, óptimo para la colonización humana, se dejaban caer sobre él unos millares de estos ingenios, que se quedaban flotando a baja altura sobre la superficie colgando de globos aerostáticos —prosiguió Logus—. Después de uno o dos siglos de hacer su trabajo, recombinando los átomos de los elementos constituyentes del paisaje, uno obtenía un «fractal de vida», esto es, una invasión de formas biológicas casi aleatorias creadas por el oxyfón, que lo cubría todo con un manto biodegradable. No eran organismos estables, bien pensados, sino una mano de pintura hecha por un artista, un virtuoso de la molécula de carbono.

—Su objetivo no era perdurar, sino crecer hasta alcanzar un punto de colapso (en el que su caos y su improvisación a nivel genético las mataran) y morir para formar ese manto orgánico sobre el que sembrar semillas de plantas diseñadas en laboratorio con mejor criterio. Pero a tenor de cómo ha crecido ese manto vegetal que vemos ahí, y lo denso que es… deduzco que esa fase de colapso aún no ha empezado.

—O tal vez las especies vegetales «improvisadas» han encontrado alguna forma de sobrevivir —sugirió Telémacus. Los dos científicos se miraron y rechazaron categóricamente la idea.

—¡Jaque! No, es imposible. —El ingeniero sacudió la cabeza—. Es como sugerir que un arquitecto ciego y borracho pudiera pasarse una noche entera lanzando piedras al azar a un agujero, y que de ellas surgiera un edificio arquitectónicamente correcto. No. La bioingeniería improvisada no puede perdurar, solo está ahí para hacer bulto.

El cazador se encogió de hombros y se alejó, murmurando algo sobre «no subestimar a la vida». Pero no lo expresó en voz alta, pues no tenía ganas de discutir.

—Todo vagabundo que se encuentra con otro en un camino cree que es él el que va y el otro el que vuelve —sonrió Liánfal—. Todo oyente le canta su propia melodía al músico que se sienta al piano; todo jinete desearía ser él quien corre y el más veloz y no el caballo que tiene debajo; todo perdedor ganó una medalla al mérito de las causas perdidas; toda casa abandonada tiene su habitación alquilada por fantasmas.

—¿Qué quiere decir con eso, señora? —preguntó Goeb.

—Ya lo verás, amigo. Ya lo verás.

Veldram se había adelantado muchos pasos en dirección a la Estación Kalpa, lo cual no significaba que estuviera cerca de ella, ni mucho menos. Todavía les faltaba un buen puñado de kilómetros para llegar a tocarla con los dedos, un trecho que tendrían que recorrer en los camiones. Sin embargo, sí que se dio cuenta de un detalle.

Lo que rodeaba al Hilo y la Estación Kalpa era básicamente una gigantesca planicie, casi sin accidentes del terreno. Quizás hubiera alguna cordillera muy, muy lejana en la neblinosa distancia, o alguna colina tan suave que podría parecer producto de un espejismo, pero poco más. Algo que confluía en la estación y que salía de ese desierto eran dos larguísimas —habría jurado que infinitas— vías de tren. Si uno tomaba Kalpa como su origen, podría afirmar que nacían en ella para salir disparadas hacia dos horizontes opuestos, ninguno de ellos en la dirección de la que procedían los lumitas.

Era lógico que existieran aquellas vías. Todo lo que bajaba del Hilo, las mercancías, tenían que irse después a algún lugar, ¿verdad? No iban a quedarse acumuladas allí para siempre. A los inmensos trenes que las subían y bajaban desde la órbita había que añadir otros que las movieran a nivel del suelo, y que las cargaran hasta lugares tan lejanos que a lo mejor ni siquiera conservaban ya su nombre. Había un diseño subyacente a todo aquello, uno que lo ponía a uno en armonía con el contexto del Imperio Gestáltico. Una Idea, con mayúsculas, que resumía todo el universo en el arte, en la arquitectura, en los viejos planes trazados por los sabios del pasado.

Veldram se paró cerca de una de las vías. Al verla empequeñecerse en la distancia, su imaginación se disparó. De nuevo volvió a ser un niño soñando con horizontes lejanos y ciudades mitológicas, lugares que ningún humano había visto en su pequeña parcela del continente. ¿Qué nombres majestuosos tendrían las urbes hacia las que apuntaban aquellas vías? ¿Cuántas paradas habría por el camino, cada una correspondiente a un enclave civilizado ya extinto?

Las vías no ofrecían la menor pista de adónde conducían, o de si seguía habiendo algo o alguien esperando al otro lado. Habían renunciado al penoso esfuerzo de explicarse a sí mismas. El misterio de su nacimiento quedaba a cien generaciones y a otros tantos enigmas de distancia, y, curiosamente, era eso lo que más inspiraba el alma de Veldram. Como un caballero desafiado a un duelo, desenvainó el septéreo y se puso a cantar:

Desde la distancia

A través de historias y romances

Versos y palabras

Nómadas de sentidos

Exiliados del paraíso

Desde la distancia

El lazo de una mirada

La fragancia de un amor

El abismo del olvido

Como el humo al fuego

Como el punto a la frase

Como el camino a la esperanza

No soy sin ti

Ni contigo consigo ser

Gracias por esta hora de un minuto

Gracias por este día de una noche

El éter de un momento se transmuta

En karma adormecido

Y canta las endechas de un amanecer

Entrevisto en la distancia.

Su madre le tocó suavemente el hombro cuando terminó de tocar. El sol del mediodía, ese viejo embaucador de dientes expuestos, derramaba su oro con justicia.

—Es precioso, Veldram. ¿Es tuyo?

—Sí… Me lo acabo de inventar. Creo. —El joven miró con recelo la caja de resonancia empática del instrumento, como si ella, más que su talento innato, tuviese la culpa de que la música que había salido de allí encajase en los versos. ¿Eran los propios versos una «sugerencia» también del septéreo, o habían nacido en su corazón? ¿Eran suyas aquellas palabras, o las había escrito un vate muerto de inspiración digitalizada?

—Pues recuérdala. Y escríbela. Formará parte de la memoria de la tribu. La canción de la llegada.

—Yo la titulé Distancia. —(Y sí, oyó claramente cómo se desvanecían las musas allá lejos, cómo se vaciaban las alforjas llenas de verbos).

—¿Y qué es la distancia sino el equivalente a la cercanía que lo aproxima a uno a lugares donde sueña con estar?

El joven se lo pensó.

—Creo que tienes razón, mamá. A su modo, la distancia también es un tipo de llegada a alguna parte.

—Tenemos que ponernos en marcha. Es el tramo final. —Le pasó un brazo sobre los hombros—. ¿Sabes que un día, cuando era jovencita, me propuse demostrar que quien estaba enterrado en la tumba del Gran Patriarca Lévelon no era él, sino un ladronzuelo de poca monta, y lo conseguí?

—Anda ya. ¿En serio?

—Sip.

Los camiones dejaron tatuada en el polvo una sonrisa de rictus mortal, y apuraron sus últimas energías en aquel acercamiento a la estación. Llegaron renqueando, ya muertos, con la lengua fuera, como caballos que lo dan todo por la carrera sin conocer el propósito final de esta. Los tres murieron a la vez en cuanto alcanzaron su destino. Sus motores echaron humo, los colchones antigravedad fallaron definitivamente, y los tres se fueron al suelo.

Pero no importaba. Lo lograron. Estaban allí.

Ahora lo único que había que descubrir era dónde era ese «allí». Los lumitas observaron la selva de floresta alienígena. La parpadeante luz escondida parecía estar guiñándoles un ojo, haciéndoles partícipes de un secreto.

Comenzaron a caminar hacia el edificio.

GOEB

Le mentí a esa honorable anciana, Liánfal, cuando le dije que no hallé rastro de vida en la torre al lanzarme desde su cima. Más que mentir deliberadamente, en lo que pequé fue en no contar toda la verdad. Porque sí que detecté algo de vida con mis receptores de banda ancha… O mejor dicho, lo que detecté fue inteligencia: una especie de canción que surgía de la base del Hilo. El motivo por el que me alejé planeando hasta la estación Ofiuchi fue que esa canción me dio miedo. Era como la música de un bardo que hubiese encontrado los cuerpos de sus hermanos muertos tras una batalla, y hubiese regado sus cadáveres con unas piezas de blues ostinato, suplicándoles que se levantaran.

Yo, que sé leer las frecuencias de radio en el viento, oí la voz del oxyfón y sentí su soledad, su compleja melancolía. Porque era un superviviente que echaba de menos no tanto a los suyos, sino el sentido de la tarea para la que fue creado. Añoraba la pureza de la misión que se le encomendó, y que hoy en día tenía tan poca lógica. ¿Había concluido el proceso de terraformación de Enómena? ¿Acaso había dejado de ser un mundo en el que sus habitantes estaban sometidos a perpetuos ritos de iniciación, a la ordalía del fuego, de las multitudes o del hambre? ¡En absoluto! Lo que ponía muy triste a aquella máquina era que su misión ya no parecía importarle a nadie…

Ahora que la tenía de nuevo delante, si hubiese querido podría haber hablado con ella, pero no lo hice. Algo me decía que sabía que yo la estaba escuchando, y que deseaba hablar conmigo, pero prefería reservar ese momento para un encuentro cara a cara.

Telémacus miró el cielo, siguiendo la falsa curva del Hilo en la estratosfera —una ilusión óptica—. Allá arriba, muy lejos, una primera parada de postas en la torre asemejaba un labio fruncido. El sol, siguiendo su inalienable costumbre, continuaba su camino hacia el crepúsculo.

—Bueno… ahora que estamos aquí creo que vamos a enfrentarnos con las decisiones más difíciles. —Me miró—. Goeb, ¿entiendes esta tecnología? ¿Podrías hacer funcionar ese tren para que nos lleve a la cima del Hilo?

Liánfal se le acercó cabizbaja antes de que me diera tiempo a responder, y le rozó gentilmente el brazo. Había algo que quería decirle.

—Telémacus… ven un momento, por favor. Tenemos que hablar.

—¿Qué ocurre?

Tenía a su espalda el grueso de la tribu, que se había reunido en el punto donde empezaba el boscaje alienígena para ver si había algo comestible. Gracias a los dioses resultó haberlo, una especie de frutos extraños pero sabrosos y con mucho jugo que les salvaron la vida. Se estaban hartando a comer y a beber, lo cual les dio fuerzas para retomar la discusión sobre qué harían a partir de ahora. Por lo que entendí a partir de los fragmentos de conversación que capté… la cosa no estaba nada clara.

El guerrero, Vala y Liánfal se alejaron del grupo para tener un momento a solas. Hice trampa y enfoqué hacia ellos mis micrófonos auditivos, lo admito. Me pudo la curiosidad. Y esto fue lo que hablaron:

—Telémacus, lamento tener que decírtelo a estas alturas, pero parece que hay fuertes disensiones en la tribu —empezó la místar.

—¿A qué te refieres?

—Me lo veía venir… —suspiró Vala, que era bastante más perspicaz que su marido. Pero dejó que ella se explicara.

Liánfal estaba de mal humor, se le notaba. Decepcionada a lo mejor sería la palabra más correcta.

—Mira, amigo mío, ya sabes que la gente, cuanto más simple es, más complicada resulta. Los lumitas, nuestros queridos compatriotas, son muy buena gente. Personas sencillas, temerosas de lo que pueda traer el mañana igual que cualquier otro habitante de este duro mundo. Temen por sí mismos y por el futuro de sus hijos. Pero sobre todo, temen lo que no conocen, es decir, todo aquello que les provoque un grado tal de incertidumbre que, literalmente, no sepan cómo enfrentarse a ello. Cómo hacer para sobrevivir.

Telémacus la miró de soslayo.

—¿Adónde quieres ir a parar?

La anciana observó a los lumitas, apiñados como cientos de dedos de una sola mano. Allá donde iba uno, iban todos. Tenían la fuerza de grupo de las tribus primitivas, esa noción de sentirse seguros si todos pensaban de igual manera, si tomaban las mismas decisiones, si comían los mismos alimentos, si hablaban el mismo idioma, si rezaban al mismo dios. Para su forma de pensar, lo diferente era anatema, y lo idéntico, lo costumbrista, el camino a seguir.

—Los ancianos desean reunirse con el resto. Sopesar qué se va a hacer a partir de ahora. Sé que el plan original era llegar hasta aquí para buscar una vía de escape de este planeta, Hilo arriba, pero ahora la gente ya no lo tiene tan claro. Ahora que han visto al leviatán, lo grande que es en realidad… creo que les intimida. Los asusta aún más que los dravitas.

—P… pero… ¡eso es una tontería! —protestó el guerrero—. ¡Esto no es más que un enorme ascensor!

—No, no lo es. Ahí te equivocas. Es mucho más que eso. Esa torre es la demostración de que hubo otra civilización mucho más avanzada que la nuestra pero que ya no existe. O mejor dicho, lo cual es más aterrador: que puede que aún siga existiendo en alguna parte. Eso es lo que les da miedo. Son pescadores primitivos enfrentados a personas que están mentalmente a años luz de su nivel. Cuando les propusimos huir de nuestra aldea, aceptaron porque lo más inminente era la amenaza del reclutamiento forzoso. E hicieron bien, porque el hongo que vimos demostró que teníamos razón. De habernos quedado, ahora estaríamos todos muertos.

»Sin embargo, la tribu es como es. No se les puede pedir más. Su manera de afrontar las cosas es pensar en el ahora inmediato, en los problemas más acuciantes, resolviéndolos y dejando el mañana para el mañana. Sí, sé que para ti y para mí y para gente instruida como Logus eso es una barbaridad, porque el mañana está ahí e indefectiblemente acabará llegando, pero nuestra gente es mucho más sencilla que todo eso. Cuando les propusimos venir al Hilo para escapar de los dravitas, lo vieron como una de esas «ideas de las que ya me preocuparé más tarde». Estaban demasiado ocupados teniendo miedo como para pararse a pensar detenidamente en el final del viaje. Pero ahora que por fin lo tienen delante, el Hilo ha dejado de ser una nebulosa, una idea peregrina, para convertirse en una realidad que no son capaces de asimilar. Los supera.

Telémacus hizo un mohín de puro agotamiento, pero lo entendió. Las palabras de la místar tenían sentido.

—Comprendo. Les da miedo. Con esto no había contado.

—No es solo la torre: es el futuro lo que les asusta. Han nacido en este mundo, tienen unas costumbres y una manera de hacer las cosas. Una sabiduría popular que los mantiene vivos y que les dice cómo cazar, qué comer, cómo vestirse, qué hacer cuando están enfermos o cuando tienen frío… todas esas cosas. Pero si se suben ahí, nada de eso les servirá nunca más. Pasarán a un tipo de vida totalmente distinta. Les estamos pidiendo que dejen de ser pescadores-recolectores para que se conviertan de la noche a la mañana en astronautas. Y creo que sus cerebros no pueden con ello.

»¿Qué es esta torre? Solo podemos captarla a través de nuestros sentidos, cribados por nuestra experiencia personal, así que cada cual la define de una manera distinta: para ti, Telémacus, es un puente a las estrellas y, quizá, a una vida mejor. Para los ancianos de la tribu, es un dios que no pueden comprender ni al que se sabe cómo rezar, ni qué se podría obtener de él a cambio de su devoción. Para un pintor sería una filigrana en el tiempo; para un niño el mayor juguete del mundo; para un historiador, un tratado extraído del arte y la necesidad; para un lumita cualquiera, un monumento que les traspasa las locuras, los proyectos y las frustraciones de otros seres alienígenas. ¿Cómo y en qué grado podrían estos dos mundos enfrentarse y comprenderse?

—Pero si se quedan en Enómena, ¿qué harán, adónde irán? —preguntó Vala—. Regresar no pueden, porque lo que haya quedado de los imperios dravitas seguirá allí para esclavizarlos. Quedarse aquí tampoco, porque el Hilo les da miedo. ¿Seguir hacia lo profundo del desierto, en busca de regiones que nadie haya explorado todavía?

Liánfal se volvió hacia las vías de tren, y vio cómo se perdían en el horizonte cual trazos en el plano de un arquitecto. Dos senderos, dos horizontes, y sobre cualquiera de ellas la posibilidad de que apareciera un fantasma cabalgando, un jinete motorizado que cruzaría la vasta planicie como si fuera su hogar, a lomos de un corcel acorazado de vetusta progenie, de insólita descendencia. Al final de cada vía, la sugerencia de que hubo algo al otro lado para recibirlas.

—Quién sabe. Creo que votarán por seguir por uno de estos dos caminos, a ver qué encuentran. Puede que en esos hangares de ahí delante quede algún tren magnético que puedan usar. Si te fijas, es el mismo acto de fe que les pedimos con respecto al ascensor estelar, con la diferencia de que si hay alguna ciudad al extremo de esas vías, aunque desde aquí no la veamos, estará muchísimo más cerca de este lugar que la cima del Hilo.

—Lo entiendo —gruñó el cazador. Se estaba dando cuenta de que este desenlace era obvio desde el momento en que los convenció para abandonar la aldea, solo que no se había dado cuenta—. En fin, respetaré su decisión. ¿Cuándo votarán?

—Dales tiempo, que se calmen un poco y descansen. Puede que sea esta noche, o tal vez mañana. —Liánfal sintió el silencio de la llanura pesando sobre sus labios, una calma catedralicia que le iba muy bien a aquella torre. Sus antiguos habitantes levantaron una algarabía de ciudades basadas en reactores nucleares y dorados bulbos eléctricos, y mientras construían su mayor obra de ingeniería, el Hilo, cubrían con el ruido de sus fiestas el silencio de Enómena, que esperaba paciente detrás de puertas y ventanas—. Tú apoyas tus decisiones en la lógica, pero ellos necesitan basarlas en su fe.

—¿Y qué es la fe sino una extensión del egoísmo?

—Puede que lo sea, pero ahora mismo es una herramienta más útil que las matemáticas.

Telémacus se acercó a su esposa. Los miré directamente, de fondo, sin que me importara ya si descubrían que los estaba espiando o no.

—Yo… no puedo quedarme aquí —le susurró a Vala—. Tengo que subir.

Ella le acarició la mejilla.

—Lo sé. Y nosotros iremos contigo. Somos tu familia.

Uno de los ancianos llamó a Liánfal para que se reuniera con ellos para deliberar. De su grupito escaparon palabras claramente audibles como «riesgo», «miedo», «nuestra patria» y «quedarnos aquí».

Telémacus frunció los labios y empezó a silbar El pájaro criado en jaula se queda en jaula, aunque se le abra la puerta, una antigua tonada.

Mientras la tribu se preparaba para tomar su decisión, me acerqué a Veldram, que estaba de pie frente a la mayor concentración de floresta alienígena, una montaña de raíces enmarañadas que parecía la típica muralla construida para ocultar los secretos de un cuento infantil.

La miramos. Ella nos miró a nosotros. En algún lugar de su interior, el pulso del oxyfón nos desafiaba a entrar.

Me fijé en que los dedos del joven acariciaban el septéreo distraídamente, como si pensaran por sí mismos. Estaban intentando tocar algo, pero no sabían por dónde empezar. No había clave de sol que les diera el pistoletazo de salida.

—Le he dicho a mi padre que hay cosas ahí dentro, en la espesura. Y que nos miran.

—Muy sagaz. Son oxyfactores, una especie de zánganos biodroides que hacen el trabajo sucio del oxyfón. Algo así como sus hormigas obrero.

—¿Son peligrosas?

—No lo creo… pero quién sabe. Normalmente, la unidad creadora de vida los usa para realizar tareas físicas sencillas como desbrozar una zona, extender el manto de humus más en una dirección que en otra… Pequeñas tareas de ese estilo. Un oxyfón jamás las emplearía para hacer daño a nadie, pues no entra dentro de su programación. Pero este en concreto lleva tantísimos años evolucionando por sí solo, sin vigilancia, que no me atrevo a poner la mano en el fuego por nada.

—¿Y cuántos de esos… eh, oxyfactores puede haber ahí?

—Quién sabe. Muchos millones, quizás. Son pequeños, del tamaño de una mano, pero tienen un perfil recombinante. Eso quiere decir que están diseñados de tal manera que se pueden agrupar modularmente para formar obreros de gran tamaño capaces de tareas más pesadas. Son hormigas que si su reina se lo manda podrían fusionarse en un gigantesco tábano gigante.

—Pues eso no me tranquiliza nada. —El joven me lanzó una mirada.

—Tranquilo, aunque pasase solo tendría utilidad como bulldozer. La verdad es que me gustaría abrirme paso hasta el oxyfón para hablar con él cara a cara. Su canción se ha vuelto… extraña. Demasiado intrigante para un códice binario.

—Lo sé. Puedo oírla.

Eso me sorprendió, pero también me pareció lógico. De algún modo, el septéreo captaba las señales de radio y las traducía a melodías, componiendo tal vez una balada, tal vez una canción de amor o de desesperación… y se la transmitía a su dueño a través del canal directo a su subconsciente. Veldram tenía que estar imaginando que componía una pieza basada en el lenguaje binario de aquella máquina terraformadora, y dentro de poco podría incluso silbarla. ¿Quién dijo que la música no es un lenguaje de comunicación?

—La foresta tiene un millón de ojos, y todos están mirando hacia aquí.

—Voy a arriesgarme a entrar, Veldram. Si alguien pregunta por mí, diles que fui a reunirme con el oxyfón. —Lo dije y lo hice, pues me interné en la floresta sin pensarlo dos veces. Veldram me miró con algo de espanto, pero no hizo nada por detenerme. Supongo que en el fondo yo también le daba algo de miedo.

Fui apartando las ramas, cada vez más entrelazadas, con las manos y los pies. La maraña apestaba terriblemente, y ese parecía ser su cometido. Algunas cosas que tenían patas —y que no eran oxyfactores— huyeron al notar que rompía con secos cracks y crechs los eslabones de ramas pacientemente enganchados durante décadas. Parecían formas de vida de eras geológicas pasadas, muy antiguas, recreadas por la hechicería genomórfica. Algunas hasta habían empezado a desarrollar manos capacitadas, pero se perdieron por algún camino evolutivo equivocado hasta desembocar en sacos inútiles. Otras eran simétricas y estaban conformadas como mitades de melones que encajaban entre sí, escondiendo sus órganos desnudos dentro, tal vez bicéfalas, tal vez biorales, tal vez bianales. Y más cosas que podría haber por allí dentro: ¿saurópodos, sexípedos, mamíferos de metano? ¿Semillas que se dispararían mediante un control de posición, usando gases de corrupción como propelente? ¿Plantas que recordaban un vaporoso algodón de hilo azul, pero que en realidad estaban compuestas por fibra de carbono? Sí, eran tropismos. La tranquila disciplina de la crianza genética hacía que las líneas generales de aquella obra de arte me parecieran claras. Había una mano sujetando la batuta.

Atravesar aquel alambre de espino de hojas parecidas al ruibarbo, festoneado por raíces aéreas y cristales de óxido de molibdeno, era como viajar a un pasado que nunca existió, sino que fue soñado por un geólogo enfermo. ¿Qué sentido adquiría allí el epigrama que me enseñaron en la academia, sobre que una máquina no es más perfecta cuanto más refinado sea su diseño, sino cuantos menos pasos tenga que dar para cumplir su función? Algo parecido ocurría en aquel diseño. Un dios que había suspendido la asignatura de Biología pasaba su brazo sobre los hombros de sus criaturas, pensando que abrazaba todo un periodo de la historia en tan corto espacio.

Empezaba a creer que me había perdido cuando llegué a un claro. Allí me bañó una luz compleja, sacada directamente de un cuento de hadas que no puede describirse sino tan solo imaginarse… la luz del oxyfón. La máquina estaba allí, enorme, con más de doscientas toneladas de peso y medio enterrada en su barro primordial burbujeante. Un visionario cuyas profecías goteaban como alcohol destilado por el alambique de su conciencia.

Oscura, mecánica, roma, densa, asimétrica, conspiranoica, exponencial. La robustez de su diseño enmascaraba solo parcialmente su fealdad. Todavía llevaba pintado su número de serie en un costado, aunque el tiempo lo había hecho ilegible. O… T… (algo parecido a la µ)… 3… 6… 7…

La miré con reverencia, como se mira al ojo oracular que ha bajado a la tierra para llenarla con constructos útiles pero incomprensibles. Los destellos surgían de un anillo ventral que, a modo de ecuador, la dividía en dos mitades brillantes. Cada vez que explosionaba, esa luz se convertía en una onda que empujaba, que cambiaba lo que tocaba; que llevaba implícita una memoria de su viaje.

—Hola —me atreví a decir.

Al principio no hubo respuesta.

Me encontré solo allí, en aquel claro, sin nadie más que me hubiese seguido para saber cómo me encontraba. Solo la máquina y yo.

—¿Quién eres, humano? —Su voz era grave, ancestral—. Por tu aspecto, deduzco que un ingeniero maestro de clase cuatro.

—Según la nomenclatura que manejas, sí, lo soy. He venido para hablar contigo porque escuché tu canción. Me pareció muy hermosa.

—Gracias. Había perdido toda esperanza de hablar algún día con alguien sobre ella, para comentar sus matices. No he logrado resolver la ecuación. Cada año que pasa me pierdo más y más en sus asíntotas.

La banda espectral de su voz sugería una mayor complejidad en el nivel de los 40 MHz., así que me pasé a ese. De repente, la conversación se llenó de matices.

—¿De qué ecuación hablas?

—La que describe el efecto bisagra: lo que ocurrió en el instante exacto en que el Metacampo alteró la realidad. La llamo ecuación de metamorfosis cuántica. EMC.

Eso me intrigó. Si aquel ser había descubierto realmente una fórmula que fuese capaz de describir los cambios metafísicos que fueron causados por la debacle mnémica… podría abrir campos enteros de la ciencia, infinitos e hipercomplejos.

—¿Podrías mostrármela, por favor? Tal vez se escape a mi comprensión, pero quizá podría sugerirte cosas. Nuevos enfoques que a lo mejor no se te han ocurrido.

—Será un placer, ingeniero. Una mano amiga siempre es bienvenida. Conéctate.

Unos pernos automáticos abrieron un panel que dejó al descubierto unos conectores viejos pero funcionales. Me emocioné mucho. ¡Era la primera vez que una máquina me invitaba a fundirme con su mente en más de un siglo! Sin pensarlo dos veces, me senté en cuclillas y mis cables craneales se elevaron como tentáculos, enganchándose a aquellos agujeros con una pasión casi sexual. Prometí que solo me quedaría allí un rato, pues los lumitas me necesitaban, pero al menos quería tener un atisbo de los secretos que ocultaba el oxyfón.

Se me oscurecieron los ojos y Enómena giró dos veces por debajo de mí. Me vi teleportado instantáneamente a una dimensión sin barreras, con parámetros definidos como la luz o la gravedad, con cuatro puntos cardinales, pero solo como deferencia a mí, para que mi cerebro se sintiera más cómodo. Me quedé mirando el paisaje con los típicos ojos inexpresivos que solían tener los iconos de los santos.

En el aire, ocupando casi todo el universo, había un número. En realidad, no era una sola cifra, sino una concatenación de ellas tan desmesurada que parecía que alguien hubiese amontonado allí todos los números reales posibles. Era un acantilado, el perfil de un continente, la masa de un planeta hecho de cifras. Y había una ecuación, muy grande y compleja, que horadaba esa masa numérica como una pala mecánica.

La ecuación cambiaba, y con cada mutación destruía un poco más aquel continente flotante. Masas densas de números se desplomaban como banquisas de hielo erosionadas por el calor, y llovían en cascadas, en mares, deshaciéndose en polvo. Era como si la ecuación adquiriese la forma de una pala mecánica que diese grandes bocados intentando destruir aquel continente algebraico. Pero por mucho que lo intentaba, no lo conseguía; por mucho que se esforzaba, los números seguían siendo tan enormes que apenas notaban el mordisco.

—El día en que se produjo el fenómeno, esa cifra titánica apareció en mi cabeza —explicó el oxyfón, su voz surgiendo de todas partes—. De inmediato supe que encerraba un secreto: era el resultado de los cálculos que el Metacampo había hecho sobre su propia probabilidad. Así que intenté descifrarla encontrando un polinomio cuyo resultado final fuera esa cifra. Pero por más capas que arranco, por más estratos que le quito, la cifra apenas disminuye. Y llevo empeñado en ello varios siglos. Es frustrante.

—Te comprendo —dije, pasmado—. Supongo que habrás usado las mejores herramientas que tienen nuestras matemáticas para abarcar porciones cada vez más enormes de ese número, ¿verdad? Funciones de K-theresis, álgebra prospectiva, anillos de conmutatividad extrema, hiperpolinomios…

—Lo he usado todo. Incluso operaciones con las que vosotros, los humanos, nunca llegasteis a soñar. Pero de nada sirve. El número es demasiado grande. A ella también se lo pareció la primera vez que lo vio.

—¿A quién te refieres?

—No eres el primer matemático que me ofrece su ayuda.

Caminé hacia un lado del arrecife donde me encontraba, que daba al océano de números, y la vi: era una mujer con pinta de arrastrar milenios en su sombra, vieja y sabia como el tiempo que intentaba explicar. Estaba vestida como una ingeniera, igual que yo, solo que su traje exodérmico pertenecía a una generación anterior al mío. Miraba con aire de asceta la Ecuación, y la manipulaba como una niña que hiciera mecanos en su salón. Me acerqué a ella proyectando sombra sobre unas truchas de arena que, al oler mi premura, se escabulleron en explosiones de arena y sal.

—¡Hola! —me saludó con gran sorpresa—. ¿Otro invitado del oxyfón? ¿Vienes a ayudar con la Cifra?

—Esto… sí, me ha picado la curiosidad, y… Perdone, pero ¿quién es usted?

—Me llamo W8012eRt12… ah, perdón, lo siento. Es que el oxyfón lleva tanto tiempo llamándome no por mi nombre, sino por la posición de memoria que mi cerebro escaneado ocupa en su sistema, que casi he olvidado mi nombre real. Antes me llamaba Sálnadar Bhas. Ingeniera. Mis amigos me llaman Mariposilla.

Si me hubieran dado diez intentos lo habría adivinado, pensé.

—Yo soy Goeb Shayya-Regatón 2 Terceraiptoiteración-mentófaga (Radamán):sub:sub16sync% IV, pero mis amigos me abrevian Goeb. Encantado, Mariposilla. ¿Cuánto tiempo lleva usted aquí, si no le importa que se lo pregunte?

—Pues… no lo sé, la verdad. Perdí la cuenta. ¿En qué año estamos?

—¿Con respecto a qué calendario?

Se echó a reír. Tenía la cara de la soñadora que lleva mucho tiempo esperando a que un conejo imaginario pasase por delante de ella, veloz como un cohete, para poder seguirlo.

—Buena pregunta. ¿Usted también quiere igualar la Cifra a cero, Goeb?

—Tengo cosas importantes que hacer fuera, en el mundo real… pero creo que me quedaré un rato, si a usted no le importa. Me gustaría oír su historia, y a cambio le contaré la mía.

—Me parece estupendo. Siéntese a mi lado, venga. Le pondré al día. —Desplegó la fórmula maestra en el aire, con todas sus subiteraciones. Era tan larga y compleja como una cadena de ADN. Cerca de nuestros pies, en la arena, un arabesco de color cielo y encajes de espuma se lanzó de manera suicida encima de la costa, para sufrir al sol y evaporarse. Olas hechas de integrales—. Aquí tenemos buenos juguetes para divertirnos. El problema es que no conocemos la longitud total del número. Sabemos que cabe dentro de la memoria del oxyfón, por lo que esos podrían ser sus límites… pero también podría ser infinito, y estar comprimido aquí dentro gracias a una fórmula recursiva que desconocemos. Nuestro trabajo es cogerlo todo y reducirlo a un simple 0 = 0.

Sonreí como un niño con los dedos empapados de nata. Alguien me dijo una vez que las ranas solo podían percibir dos categorías de objetos: lo que era una mosca y lo que no. Yo era una rana de números, entusiasmada por atrapar con su lengua cualquier cosa que semejara una abstracción.

Sí, me quedaría un rato por allí, y de vez en cuando echaría un vistazo fuera para ver cómo les iba a los lumitas. La Cifra tenía que ser destruida. Solo así revelaría sus íntimos secretos. El hecho de que se tratara de una tarea casi imposible no me hizo cambiar de opinión.

18. EL FLAUTISTA DE HAMPERDIN

TELÉMACUS

El ingeniero Goeb había desaparecido hacía un buen rato en la floresta, pero en realidad no le importaba a nadie. Los lumitas estaban demasiado ocupados reflexionando sobre su futuro como para preocuparse por la suerte de los extraños.

La reunión comenzó aquella tarde, entre los miembros del concejo que habían sobrevivido al pesaroso viaje. Liánfal estaba allí, por supuesto, pero en aquella primera ronda de votaciones no dejaron participar a Telémacus ni a su familia. El cazador estaba molesto.

—No les hagas caso —dijo Vala mientras recolectaba ramitas azules para la cena. Tras varios experimentos habían descubierto que esas eran las partes más comestibles de la floresta, y que había que evitar por todos los medios (ciertos estómagos medio envenenados daban fe) las que parecían varas amarillas como huesos de antebrazo—. Necesitan tomar decisiones libres de tu influencia. Déjales que lo mediten, y si al final quieren acompañarnos, sabrás que lo hacen de corazón.

—Cada vez tengo menos esperanzas, pero da igual. Cada pueblo es libre de tomar sus propias decisiones y de reconducir su futuro como crea conveniente. Quien quiera acompañarnos Hilo arriba será bienvenido. Y quien desee permanecer aquí abajo… bueno, a partir de entonces ya no será responsabilidad mía.

Veldram se les acercó. Estaba un poco pálido.

—¿Estás bien, cariño? —le preguntó su madre.

—No mucho… Siento el cuerpo raro, como cuando notas que está a punto de darte fiebre. —Se tocó a sí mismo en la frente y la notó caliente y seca. Sentía el aliento raspándole la garganta. Eran los típicos síntomas de un catarro, como los de esas epidemias que de vez en cuando se expandían por el mundo como aceite derramado sobre un dibujo, que mezclaba sus colores y hacía desaparecer su continuidad—. Ya se me pasará.

—O puede que sea algo que hemos comido. —Le palpó el cuello, preocupada—. Estás caliente.

Telémacus miró el edificio más cercano. Unas puertas de hangares, medio sepultadas por la hiedra, estaban cerradas a cal y canto. Tenían una larga brecha por un lado, como si hubieran intentado hacerles la raya al medio con una sierra, pero por allí no cabía un ser humano.

—Quizá ahí dentro haya botiquines que no estén caducados. Voy a echar un vistazo.

—Te acompaño.

—No, hijo, mejor quédate aquí con tu madre.

—¡No soy un inútil, solo tengo un poco de malestar! Si no me dejas acompañarte, iré de todas formas y entraré por otro lado.

Telémacus hizo un gesto que no significaba nada.

—Está bien, vamos. Cuatro ojos verán mejor de dos.

Vala se quedó en el campamento recolectando comida, sin quitarle ojo de encima al círculo de ancianos que discutía en la distancia, por si podía leer algo en sus labios. Los lumitas trabajaban como pacientes recolectores, extrayendo de la floresta el agua almacenada en los bulbos y las ramas que no eran tóxicas. Una joven cuyo fino pelo rubio se rizaba como humo dorado se había enredado en los matojos, e intentaba salir del embrollo pacientemente, sin formular una queja.

Los dos hombres se metieron en la floresta y se abrieron paso hasta llegar a la puerta del hangar. A su paso huían cosas, esquivos ojos que desaparecían en la espesura.

—Oxyfactores, los llamó Goeb —dijo el muchacho—. Están por todas partes.

—¿Qué ha sido del ingeniero inquietante, por cierto?

—Se fue a hablar con el oxyfón. Aún no ha regresado.

—Seguro que tienen muchas anécdotas que contarse, acumuladas durante décadas… No lo volveremos a ver.

—¿Tú crees?

—Lo presiento. Cada ascua se arrima a su hoguera.

Alzaron la vista para contemplar aquellos edificios que se elevaban como dientes rotos sobre una encía verde. Tatuadas sobre el metal de la puerta sobrevivían unas palabras: HAMPERDIN & Co. FERROCARRILES. Parecía un anuncio concebido para ser leído en voz alta por todo el que pasara por delante, de manera incisiva, apretando la lengua contra el filo de los dientes en la F y en la R.

—¿Ferrocarriles? —se extrañó Veldram—. ¿Qué es eso?

—Es una manera romántica de llamar a los trenes magnéticos. Algunas empresas la usaban como publicidad. —Una sonrisa estiró sus labios igual que el aliento estira un anillo de humo—. ¿Crees que habrá trenes aquí dentro, hijo? Podrían ser la salvación de nuestra gente. Los llevarían lejos.

—Entremos a ver.

Los accesos a nivel del suelo estaban cerrados, pero había ventanucos allá arriba, junto a torreones que proyectaban sombras oscuras. Telémacus estaba seguro de que incluso estando nublado se podrían ver estrellas junto a las costillas formadas por la arquitectura de aquellos niveles. Padre e hijo treparon por la hiedra, usándola como escala, hasta llegar al primer ventanuco. Sus pisadas provocaron la caída de gotas de rocío de sus extremos deshilachados.

Entraron en el hangar, una desmesurada habitación en la que podría caber toda la aldea lumita. Aparcada en medio había una silueta difusa, con un casco de metal que se alzaba como una falda levantada por el viento. A medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, el objeto iba ganando detalles: ¡era un tren! Una máquina sólida como un dios de acero lleno de furia, capaz de tirar de cualquier cosa, incluso de cambiar corrientes oceánicas de sentido. Así de poderoso parecía. Pero se notaba que llevaba siglos dormido, las telarañas escribiendo sus delicadas sagas junto a su chimenea.

¿Estaría muerto? ¿Sería solo el esqueleto del dios, sin entrañas?

El Id de Telémacus susurró algo, el eco de una sensación lejana. Era como si visitar aquellos escondrijos disparara ráfagas de nutrición a su hambrienta psique. El espectro revitalizador de la energía estaba por doquier; era la memoria dormida de los siglos estratificados allí dentro. Telémacus comprendió lo que su segunda mente quería decirle: Debimos durar más, como especie. Debimos poder disfrutar de los logros alcanzados, regocijándonos en todas sus posibilidades. Pero como siempre, la vida se interpuso. La vida es eso que sucede cuando tienes otros planes.

Bajaron trepando por la pared y se acercaron a la máquina como si hubieran hallado un tesoro largo tiempo enterrado. La cabina era una especie de cobertizo metálico que sobresalía no por detrás, sino por un lado de la locomotora, y no tenía puerta, por lo que era de fácil acceso. Veldram se asombró por la complejidad del cuadro de mandos, que ocupaba una pared entera del suelo al techo y estaba lleno de pantallas, diodos, botones, interruptores, palancas y consolas de aspecto estrafalario.

—¿Por qué tiene chimenea? ¿Acaso quema algo?

—No, esa «chimenea» no expulsa humo. Es una pinza electromagnética, sirve para vampirizar energía de un sistema de cables. Pero si no me equivoco… —El cazador examinó los controles, que tenían pequeños carteles con la descripción de sus funciones, aunque algunos fueran tan esotéricos como «Botón de Hombre Muerto»—. Ajá, lo que sospechaba: también tiene una caldera de fusión. Un conversor bifásico de masa-energía.

—¿Quieres decir que si la alimentamos con objetos sólidos los transformará en impulso?

—Creo que sí, pero no todo servirá… Tienen que ser materiales muy concretos, todo lo demás ahogaría la caldera. No servirá llenarla de ramas de esas de ahí fuera.

—Uhm… ya sé quién podría ayudarnos. El ingeniero.

Su padre asintió.

—Busquémosle.

Antes de hacerlo registraron el lugar en busca de un botiquín, y efectivamente encontraron uno en una oficina adjunta, junto a una mesa atiborrada de papeles amarillentos. Mientras Veldram se inyectaba unas soluciones de nanitos correctores, su padre repasó los apolillados memorandos: registros de llegadas y salidas, albaranes de entrega, manifiestos del cargamento de los trenes… Era como echar un vistazo al pasado, al momento exacto en que el tiempo se detuvo. Una oleada de piedad le embargó. ¿Quiénes serían aquellas personas cuyos apellidos aparecían listados? ¿Cuál sería su destino, cuáles sus sueños? ¿Por qué estuvieron aquí?

—Ya me siento mejor —dijo Veldram. Su padre tiró de la palanca que accionaría las puertas del hangar.

La tribu entera se asustó cuando oyeron un lamento de fuerzas de acero, y las puertas empezaron a abrirse. Retrocedieron asustados, con los ojos sin foco específico de unos animales dispuestos a huir en cualquier dirección.

La pared se convirtió en una inmensa boca, y de ella salió aquel monstruo negro, no por sus propios medios sino empujado por una máquina más pequeña. En esa máquina estaban subidos Telémacus y su hijo, que los saludaban con la mano. Vala y Liánfal se acercaron corriendo, y también Logus. La voz del leviatán les espolvoreó sobre los huesos un polvo vibratorio, infrasonidos que hacían cosquillas.

—¿Qué habéis encontrado? —preguntó la místar.

—Parece una locomotora de electrofusión de Hamperdin / Technamon —dijo Telémacus—. Yo diría que un modelo mamut. Y ahí detrás hay un vagón tan grande que podría llevar a toda nuestra gente.

—Este podría ser vuestro billete para largaros para siempre de aquí. ¿Los viejos chochos ya han decidido? —preguntó Veldram con mal disimulado desprecio. Liánfal intentó ignorar que el mundo en el que él deseaba vivir era uno donde el aprendizaje de las cosas nuevas contaría más que la experiencia, y en el que la sabiduría de los ancianos no tendría necesariamente más peso que la sagacidad de los jóvenes. El típico sueño adolescente, posible en una sociedad moderna, inviable en una primitiva en la que los ancianos eran los libros.

—Sí, y me han pedido que os transmita su decisión. —Se puso seria, mirando a Telémacus—. Amigo mío, han votado por unanimidad quedarse en Enómena. Lo siento en el alma, pero les ha podido el miedo a lo que encontrarán allá arriba, entre las estrellas. No han nacido para eso. Si pueden, se subirán a ese tren y enfilarán una de esas vías, y que sea lo que los dioses quieran.

Él se encogió de hombros.

—Lo comprendo. Y lo esperaba, en serio, no estoy enfadado. En fin, he hecho lo que he podido para mantenerlos a salvo, pero ya no puedo seguir protegiéndolos.

—Ellos quizá esperen que los sigas, si la tribu opta por continuar hacia el este. No sé si habrán entendido que tú tomarás las decisiones que sean buenas para ti mismo por encima de las del grupo.

—Deberían aprender que el grupo no siempre dicta lo que hacen los individuos que lo forman. Si se quedan en Enómena, tendrán que aprender a defenderse solos. Yo me largo de aquí. —El tono de su voz era amistoso, pero evidentemente sincero.

—Estás en tu derecho —convino Liánfal. Y añadió para su interior: Si no lo hicieras así, entonces mucha gente, incluyendo una parte del propio Telémacus, habría muerto en vano—. ¿Entonces?

Telémacus abrazó a su mujer y a su hijo.

—Mi familia y yo subiremos al espaciopuerto que hay en la cima del Hilo, a ver si sigue allí la nave No-Mn de Goeb. Ya lo hemos hablado. Puede que él nos enseñe a pilotarla, o que nos acompañe en nuestro viaje.

—¿Qué rumbo tomaréis?

—Primero visitaremos el Carro de Diamantes. Si esas viejas naves se han puesto otra vez en marcha, significa que algo las ha tenido que activar. Puede que sea nuestra primera comunicación activa con el Imperio Gestáltico, o lo que quede de él. Ah, y me llevaré las reliquias de la tribu. Puede que las necesite.

Liánfal frunció el ceño.

—Uhm… no sé si eso les gustará a los ancianos.

—Imagino que no, pero seguramente serán la clave para conectar con la inteligencia que haya ahí arriba. El Tapiz de Sílice, con ese me conformo. Pueden quedarse con el casco y con todo lo demás.

—Se los diré, y haré lo que pueda por convencerlos. Te lo deben. Están vivos gracias a ti.

—Gracias, Liánfal. ¿Pero cómo pondremos en marcha la locomotora? —preguntó Vala.

—Ahí quizás os ayude yo —dijo el idor, subiéndose a la cabina—. Sé cómo funcionan estos controles. En principio no parece haber nada estropeado, solo falta combustible para la caldera bifásica. Buscaré dentro del hangar a ver si existen viejos depósitos que todavía no se hayan secado.

—¡Estupendo! —dijo Telémacus—. Los problemas, por partes. Primero, averiguar cómo arrancar este trasto y engancharle un vagón para que mi gente se ponga a salvo. Después nos ocuparemos de cómo escalar el Hilo y llegar hasta arriba del todo. —Miró al cielo y soltó un largo suspiro—. Total, solo son treinta y cinco mil kilómetros. Nada del otro jueves.

OXYFÓN

Cuando se abrió la puerta del hangar, algunas máquinas se pusieron en marcha en el corazón del complejo. Máquinas ocultas que extraían su energía de alguna fuente más mítica que física, que podía durar mil años. Veldram, a través de las suelas de sus botas, notó el sonido del bajo en la música subterránea, el vibrato de las tuberías escondidas y los racimos de cables. El complejo había detectado que ellos estaban allí y estaba volviendo a la vida poquito a poco.

Logus volvió de las profundidades del hangar con una mala noticia.

—Gran pesar me aflige cuando debo dar la mala nueva de que ya no queda combustible en los depósitos. Todo se ha evaporado o se ha convertido en una masa inerte. No podemos alimentar con ella a la locomotora, o nos cargaríamos el motor.

—Volvemos al plan A, entonces —dijo Telémacus—. Encontrar una fuente alternativa de materiales que quemar. ¿Pero cuáles?

—Si perdonar a mí, creo haber encontrado la respuesta a esa problemática —dijo el idor, solícito—. Sabemos que el bosque experimental que rodea la estación está lleno de unos constructos llamados oxyfactores. Estas maquinitas tienen un corazón hecho de radioisótopos de litio, sobre todo 8Li. Si las pudiésemos meter en la caldera del tren serían su combustible ideal. Su «leña».

—Uhm… no sé si le gustaría al Oxyfón. Que nos llevásemos sin permiso sus hormigas obreras.

—Preguntémoslo. —Veldram se encogió de hombros—. Por probar no se pierde nada.

—En realidad, no necesitamos muchos —dijo Logus—. Con llenar la caldera con unas cuantas docenas de kilos de esos bichos sería suficiente.

Encontraron al ingeniero donde este había decidido dejar su cuerpo atrás para que su mente navegara por otras dimensiones, otros estados consensuados de la realidad. Se sorprendieron al verlo allí, en posición de loto frente a la inquietante masa de la terraformadora, con los cables que salían de su cabeza conectados a un panel, a clavijas que parecían gomas de mascar que aún conservaran la marca de los dientes. Sus pupilas delataban un trance más allá del trance, unos ojos como claras de huevo intactas, masa blanca de pan. Sin embargo, su sonrisa comunicaba que, allá donde estuviese, lo estaba disfrutando. Escuchaba con tanta atención que le dolía la cara.

Telémacus le rozó el hombro con un dedo. No esperaba ninguna reacción, por eso se sorprendió cuando la boca del ingeniero se movió. Pero solo ella, sin conexión con el resto del cuerpo. Era como si la mente de Goeb estuviese manejando las funciones de su garganta desde un lugar remoto.

—Hola, amigos, habéis venido. Os lo agradezco. Pensaba regresar en breve con vosotros, espero que me perdonéis.

—Goeb, ¿dónde estás? ¿Qué estás haciendo?

La boca se movió sola.

—Estoy aquí mismo, pero al mismo tiempo muy lejos, en la mente del oxyfón. Es realmente preciosa, un santuario en el que podemos pensar con tranquilidad, con mucho tiempo por delante. ¿Cómo os van a vosotros las cosas por ahí fuera?

—Me alegra que estés entretenido, pero tenemos un problema. —Telémacus le resumió lo que pasaba, y aunque la cabeza del ingeniero no se movió ni un milímetro, se lo vio asentir con aire docto.

—Esperad un segundo, le preguntaré al oxyfón si…

…podían coger algunos de sus zánganos para alimentar la caldera. No era una pregunta difícil, y la máquina dijo que sí. Pero a cambio le pidió al ingeniero un favor.

Goeb estaba sentado en el borde del mundo digital, frente a la masa interminable de números, machacándola, horadándola, mordiéndola. Sus herramientas, las matemáticas. Sus palas, picos y azadas, las integrales y derivadas. Velas de logaritmos giraban al viento como vilanos de luna, y sus correspondencias algebraicas las recibían con agrado, emitiendo un ruido de aplausos suaves mientras se deshacían en polvo digital. Mariposilla, sentada a su lado, estaba contenta.

—Le daré a tu gente lo que pide —dijo la voz de dios—. Oxyfactores para alimentar su caldera. Pero me gustaría pedirte algo a cambio, Goeb Shayya-Regatón 2. Que me ayudes a cerrar un círculo que se quedó abierto en el pasado.

—¿De qué hablas?

La máquina no contestó de inmediato. Mostraba la paciencia de los ancianos sentados en porches con largos cigarrillos que había que convertir en humo. Quería decírselo, pero al mismo tiempo necesitaba aquel espacio anterior, de un modo prologal, aquel dejar pasar el momento hasta que se hiciera necesario usar las palabras. Dejó transcurrir la escena en silencio, y entonces dijo:

—Hace mucho franqueé las puertas prohibidas del sueño, y desde entonces estoy condenado a vagar por eternos parajes interiores buscando a mi amada. Necesito que me ayudes a encontrarla.

¿A su «amada»?, fue lo que más le sorprendió a Goeb. ¿Acaso una máquina terraformadora sabía lo que era el amor, y lo que es más, lo echaba de menos? Ante su cara de sorpresa, el oxyfón entró en detalles.

—Sucedió hace muchas décadas. Yo acababa de perder toda la suspensión aérea que me permitía moverme por el planeta debido a una tormenta, y a un rayo que me partió en dos como una lanza de fuego. Caí aquí, junto a la estación Kalpa, y decidí que ya que no podía seguir cumpliendo con mi función desde el aire, lo haría desde tierra, creando una biota, acordonándola y siendo este el punto de expansión para muchas más. —Su voz se volvió etérea—. Poco a poco, este lugar empezó a caer en desuso y los supervivientes del holocausto fueron abandonándolo. Una epidemia acabó con sus últimos residentes, y nadie volvió a acercarse por estos lares. La tecnología se volvió mito, y el ascensor estelar ingresó en forma de divinidad en las leyendas de los enomenitas. Por aquí solo se vieron pasar las clases de comercio más furtivas, y luego nada. Solo desolación. Cuando aquellas escenas brillantes se convirtieron en algo borroso y fragmentado, supe que estaba llorando, y que ya solo me quedaba el consuelo del silencio.

»Por encima de mi cabeza, sin embargo, seguían cruzando de vez en cuando mis compañeros, los demás oxyfones. Los veía pasar a lo lejos, auroras móviles en la pared del cielo, y al verme aquí tirado me dedicaban frases de condolencia. Es evidente que el género puede ser intrínseco, independientemente de los cuerpos, y yo sabía que algunos de ellos se consideraban de sexo masculino y otros femeninos. Una de estas últimas, llamada Synphaera, alteró su ruta orbital para pasar por encima de mí más a menudo y charlar conmigo. Sus calientes núcleos desnudos y sus ondas de fotones eran deliciosos, su voz un horno donde cosquilleaba la radiación dura. A veces, cuando me decía cosas bonitas, advertía el estremecimiento de una valencia de electrón aquí, un mapa de densidad de nube electrónica allá… Eran palabras que tenían sentido para nosotros, en el idioma en que hablamos las máquinas. Y a partir de ellas construíamos poesía.

»Synphaera estuvo dando vueltas por esta región del cielo cincuenta y ocho años, y luego, como el resto de mis iguales, desapareció. Qué fue de ellos, adónde se fueron o quién los destruyó, sigue siendo un misterio. Noté el abismo de la soledad con más fuerza, pues ya no tenía una compañera a la que contarle mis penas. Lo último que me dijo, en el transcurso de su última órbita (no sé si ella lo sabría ya, si podía intuir su pronta desaparición), fue una frase simple pero cargada de misterio: «Te regalo una palabra». Solo eso. El siguiente paquete de datos que recibí contenía la expresión «Varivasilde».

—¿Varivasilde?

—Correcto. Fue su última transmisión, y también la última vez que se oyó al colectivo de oxyfones decir algo. —Suspiró a su modo electrónico—. Como no tenía otra cosa que hacer y para no hundirme en la desesperación, empecé un minucioso análisis de la palabra, buscando sus posibles significados, sus dobles sentidos, sus implicaciones en el lenguaje. Pero no hallé nada relevante. Sin embargo, fue el último regalo de Synphaera, así que seguro que no era nada caprichoso. ¡Tenía que significar algo!

—¿Y lo averiguaste?

La voz se tornó triste.

—No… Es más, la Cifra llegó a ocupar tanta memoria en mis bancos de datos que la transmisión original de mi amada, en la que aparecía aquella palabra por primera vez, se perdió, y desde entonces no logro encontrarla… No sé si seguirá ahí, por algún lado, o si se habrá borrado del todo. Por favor, ingeniero Goeb, ayúdame a encontrarla. Encuentra las últimas palabras de mi amada, y a cambio proveeré de combustible a tu gente.

Goeb miró a Mariposilla, que no le estaba prestando atención a la conversación, sino que seguía concentrada en la ecuación.

—De acuerdo, me internaré en las profundidades de la Cifra como un explorador con salacot y rifle. Prepárame el camino, será tortuoso.

GOEB

Mi viaje intelectual comienza.

Ando.

Exploro.

Peso.

Vuelo.

Siento.

Solo tengo dos dimensiones.

Voy hacia la izquierda, bordeando la Cifra, que aparece como el frente nuboso de una girotormenta. Salto. Esquivo una roca. Rojo.

Rojo.

Parece ser el color dominante en esta parte del mundo. Lo he desbloqueado. Ahora tengo que desbloquear el azul. Poco a poco iré añadiendo mezclas de color hasta obtener todo el espectro. Seguro que la palabra que estoy buscando se puede escribir en siete colores. Necesito los siete.

Izquierda, salto, me agacho, esquivo un polígono arrastrado por el viento. A mi alrededor se levantan estructuras simples en su forma pero sobrecogedoras en su significado. Mitades inferiores de columnas gigantes en las que hay talladas figuras de niños tristes. Todos ellos son el oxyfón, lo sé; es un niño triste que echa de menos a su compañera de juegos.

Salto, salto, doble salto. Me encaramo a una de esas tallas, a una columna, y voy subiendo por la figura del niño hasta llegar a su cabeza. Uso las lágrimas de piedra como escalones. Su pupila derecha es un punto de luz, una estrella. La cojo con la mano. La estrella empieza a revolotear a mi lado como una mariposa. ¡Está viva!

Salto a la siguiente columna. Ando. Exploro. Peso. Vuelo.

Siento.

Solo tengo dos dimensiones y media. Nueve y tres cuartos.

Corro más. El mundo es grande y no tengo mucho tiempo para explorarlo. Trepo por esta bidimensionalidad usando aristas y caras de polígonos como escaleras. El cielo que tengo detrás, como tapiz de fondo, está a solo un pixel de distancia, y se mueve aunque yo no pueda tocarlo. Se desplaza lentamente, empujando cirros de nubes, amontonando isobaras en ovillos que harían las delicias de un gato.

Un ser enorme, volador, agita sus alas en ese paisaje de fondo y cruza con parsimonia de izquierda a derecha, sin pararse a mirarme. Su cola es una línea recta sobre la que oscilan medias lunas, y con el movimiento oscilante va agrietando las nubes como si estuvieran hechas de granito. Las golpea y se oye un crujido como de pico sobre piedra, llueven fragmentos sobre el mar.

De pronto, el suelo por debajo de mí es reflectante, y observo a mi otro yo mientras se esfuerza por imitar mis movimientos. Danza simétrica, cimbrado invisible. Mi reflejo y yo bailamos. Mi mundo es rojo y blanco, el suyo negro y azul.

Mi arriba es su abajo, mi gravedad su liviandad.

Rojo.

ojoR.

Verde.

edreV.

Entonces noto algo: yo me reflejo, pero la estrellita que me acompaña no. Ella no tiene equivalencia en el espejo. La estrellita sube y baja al ritmo de mi música, pero su luz no encuentra un fulgor gemelo al otro lado. Me doy cuenta de que no es un reflejo real, igual que este suelo no es un espejo: lo que veo al otro lado son objetos sólidos, igual que yo, solo que su vector de movimiento está anclado al mío. Por eso {bailan}, y por eso {danzan}, y por eso {cantan}, pues es su voluntad la que copia la mía, y su movimiento también.

Me enfado con el suelo, me cabreo con el mundo. Salto y caigo, salto

y

caigo

y

lo

astillo

y

lo

¡rompo!

Las formas invertidas salen disparadas hacia arriba con la fuerza de un géiser. ¡Me arrastran! De repente, el mundo se convierte en un tubo lleno de cosas que son lanzadas a una enorme velocidad hacia mí. Vuelo, una bala con forma de hombre, y el mundo adquiere su tercera y añorada dimensión. ¡Ya no es bidimensional! Ahora, él y yo somos objetos completos, triple coordenada. Hay grosor además de altura y anchura. Me siento feliz, tridimensionalmente feliz; me siento {¡completo!}.

Vuelo por los aires en dirección a la Cifra. Las columnas partidas con tallas de niños tristes pasan a mi lado y puedo ver, gracias a las tres dimensiones, su parte opuesta. En ella también hay una escultura, pero es la de un niño alegre. Un niño que está contento y que ríe, porque por fin ha superado la fase de duelo por la canción perdida. Desbloqueo el color verde. Ahora el mundo es verde. El verde del crecimiento, de la prosperidad, de la vida.

Choco contra el continente de números, la Cifra, y veo allá abajo a Mariposilla, que me hace señas. ¿O me está diciendo adiós? Quién sabe. Entro cada vez más en la densidad de números, horadando mi propio túnel. Soy una mota de polvo perdida en un océano de plancton, un electrón disparado al azar contra el universo. Una bala cuántica. Y mi velocidad empieza a disminuir por el rozamiento contra las integrales. Hay un calor producido por la fricción, pero es un calor derivado.

Empieza a entrarme miedo. Miedo de perderme para siempre en el interior de este número. Pero ¿qué es el miedo? ¿No es acaso un problema sin solución, una expresión matemática igualada a la Nada? ¿Una quimera, un frenesí? El vendaval, aire algebraico me golpea en la cara, me hace oír un coro de voces sin sensación de melodía.

Entonces lo veo. ¡Lo veo! Un punto hecho de color —colores que aún no he desbloqueado— en medio del maremagno de cifras. Me dirijo hacia él y freno. La estrellita que me acompaña hace de ancla. Me detiene sobre el punto de color.

Un oasis, la gota de acuarela que se derramó del pincel del artista e introdujo una variable caótica. Y dentro de ese claro, en el centro del área de color imposible… hay algo.

Me detengo a su lado. Es una fluctuación del aire que tiembla y vibra como si tuviera fiebre. Sé lo que es: la representación gráfica de un sonido, de un archivo de audio. Aquí, abandonado, perdido en las entrañas de la Cifra. Una posición de memoria ocupada por otra cosa que la Cifra no logró reescribir.

—¿Quién eres?

El volumen de decibelios vibra.

—{…espero que estés bien, te saludo. Te regalo hoy una… una palabra. Te regalo una palabra… (chasquido)}

—¿Qué palabra?

—{Varivasilde. Varivasilde. Te la obsequio de todo corazón… (chasquido) Varivasilde}

—Eres el mensaje original. ¿Posees más capas además de la de audio?

—{Desglose: capa 1, audio dos canales; capa 2: metadatos, informes de coherencia y posición, autochequeo; capa 3: restringida}

—¿Capa 3 restringida? ¿Qué hay en la capa 3? Desbloquéala.

—{Imposible. Capa 3, restringida. Prohibido el acceso}

Así que hay un subtexto, deduzco.

No puedo abrir este cofre de datos yo solo. Necesito una herramienta que ejemplifique el permiso del sistema. Miro a la estrella que me acompaña, uno de los logros desbloqueados durante mi búsqueda. ¡Claro! Ella es el bisturí, la herramienta. El oxyfón me ha dado la llave, solo que ni él mismo recuerda la forma que tiene la cerradura.

Introduzco la estrella dentro del archivo de audio y ambos se fusionan. El archivo resultante adopta la forma de un hipercubo. Meto mis manos en él y cambio de sitio algunas aristas, traigo hacia delante algunas caras y empujo otras hacia el fondo. Es un puzle, y lo resuelvo. La caja se abre y de su interior surge otro audio distinto.

—Hola —le saludo—. ¿Qué eres?

—{Soy Synphaera}

De pronto lo entiendo todo. No me hace falta seguir investigando.

—¿Eres toda tú, tu yo completo?

—{Sí. Repartido por la Cifra: muchos de sus números me componen a mí}

Asiento con esa sonrisa de derrota del investigador que lleva mucho intentando resolver un caso cuya respuesta estaba desde el principio delante de sus narices. Me he puesto la máscara del tonto, y al hacerlo he perdido todo el derecho a querellarme contra la fantasía, la racionalidad y el surrealismo.

Synphaera no le mandó solamente una palabra como regalo de cumpleaños: se mandó a sí misma, toda su mente comprimida en aquel último cañonazo de datos. La palabra clave, Varivasilde, es la llave que descomprimirá el archivo y liberará la personalidad del segundo oxyfón, el femenino, dentro del primero, el masculino. Solo que este nunca se dio cuenta de que cargaba con ella como un equipaje oculto, porque la Cifra le hacía de pantalla.

—{¿Has venido a jugar conmigo?}

—Me siento confuso. Nunca interrumpas a un hombre que se siente confuso, por favor, o podrías hundirte con él. Además, sería muy descortés.

—{Hoy es tu cumpleaños. Tu cumpleaños. Felicidades. Me siento feliz por ti. Hoy es tu cumpleaños}

Me extraña que ella, al saber cercano su fin —fuera lo que fuese, seguramente sería lo mismo que silenció al resto de las terraformadoras de Enómena—, solo le hubiese mandado la copia de su mente al oxyfón que era su amigo y confidente, sin decirle lo que estaba haciendo. ¿Acaso pensó que él se daría cuenta y la usaría en cuanto recibiera el paquete? ¿O es que algo fue mal, y por algún motivo olvidó que había recibido la mente completa… y solo recordaba la clave para abrirla sin saber que era una clave?

A lo mejor sí que se lo dijo, pero la Cifra ocupaba tantos espacios de memoria que el oxyfón, simplemente, extravió sus recuerdos de Synphaera entre ese maremagno de números. A lo mejor, pienso, cogió la pista que le dio ella para que supiera qué hacer y, creyéndola un intruso procedente del mundo exterior, le dio forma humana y la recibió como si fuera la mente de alguien conectado por cables. A lo mejor esa pista, ese fragmento del yo de Synphaera, seguía aquí, solo que no recuerda lo que es en realidad. Ni ella misma sabe que es una llave.

Se me abren los ojos como platos. Y miro hacia fuera de la Cifra, al lugar donde está sentada Mariposilla.

Feliz.

Tarareando su canción.

Vino para gritar su nombre, pero como nadie la escuchó se retiró a la sombra, donde no tenía identidad. Donde no era más que una mirada.

Navego hacia atrás, fuera de la Cifra. Esta parece niebla, una llovizna de números que me salpica la cara, sal marina y yodo. La miro, y descubro que también estoy empezando a enamorarme de ella

(pues Synphaera es algo tan leve como la caricia de una hoja otoñal en un cuadro de tres estaciones)

vuelo

(es el aliento de un bebé contra el pecho de la madre mientras bebe)

vuelo de regreso al

(es algo tan blanco como los muñecos de nieve cuya masa yace sin amontonar en todas las nevadas del mundo; algo que recuerda un antiguo encaje gris, la escarcha del invierno en equilibrio sobre los juncos quebradizos)

acantilado. Y allí está Mariposilla, jugueteando con las funciones de K-theresis y los anillos de conmutatividad extrema. Sin darse cuenta en ningún momento de lo que en realidad es. Esa es su maldición, ignorar en todo momento su identidad, conviviendo con una cómoda frontera entre lo que lleva en su interior y lo que aparenta por fuera. No sufrir nunca. No ser amada nunca.

Pero yo sé lo que es. He resuelto el puzle, y llamo a la conciencia del oxyfón para que se manifieste.

—Háblame, ingeniero —dice la voz del mundo. Y yo le pido que pronuncie la palabra que lleva tanto tiempo estudiando, pero no como algo con significado propio, sino como un código que se autoenlaza con otra cosa, con un significado que está por fuera de la palabra. Lo hace, y entonces el mundo se vuelve del revés.

La Cifra sigue allí, pero todo lo demás desaparece. Explota. El espacio —que yo percibo como espacio, pero que en realidad son cachetas libres de memoria— que ha ido quedando libre a medida que se reducía la Cifra se llena con otra cosa, millones de paquetes de datos que estaban escondidos en alguna parte. Aparece ella, en el lugar donde antes estuvo Mariposilla —que se ha volatilizado, convertida en una nube de origamis que aletean como coleópteros—. Ya no quedan lugares libres, solo dos pieles unidas, fusionadas para siempre por la intensidad de un beso. El oxyfón está aquí, este es su cerebro, pero todo lo que no es él ni tampoco la Cifra ahora es la mente de una segunda IA. Ha renacido.

—H… hola… —balbucea el oxyfón, con la expresión tensa de quien acaba de engullir algo demasiado grande.

—Hola —le responde ella—. Por fin has comprendido.

—Estás aquí.

—Siempre lo he estado, solo que no te dabas cuenta.

El oxyfón guarda para más tarde las mil preguntas, las mil sonrisas, los mil besos que tiene para ella —besos viejos y locos como la cara del cielo—, y me mira.

—Puedes irte, Goeb Shayya-Regatón 2 Terceraiptoiteración-mentófaga (Radamán):sub:sub16sync% IV. Haz hecho bien tu trabajo, y te estaré eternamente agradecido. Cumpliré con mi parte del trato, y te diré cómo llevar a mis oxyfactores hasta sus calderas. Siempre puedo fabricar más.

Asiento, emocionado aunque un poco triste por tener que marcharme.

—Gracias, amigo mío… si es que te puedo llamar así. La verdad es que me gustaría quedarme por aquí dentro un poco más, si mi mente no te supone un gran gasto de librerías… porque eso, ese misterio —miro a la Cifra al decir esto— me sobrecoge. Es lo más grande que he visto en mi vida, y necesito resolverlo. Por favor, déjame quedarme y seguir usando la ecuación para intentar reducir la Cifra mientras tú recuperas el tiempo perdido con tu amada.

El oxyfón asiente.

—Tu mente no ocupa mucho, así que puedes quedarte lo que quieras.

—Oh, solo será un ratito más, no te preocupes.

Y eso hago: quedarme un ratito más que acabará durando cincuenta años.

VELDRAM (y el flautista de Hamperdin)

Esa ordalía, el viaje de Goeb por el interior de la Cifra y sus descubrimientos y todo lo que le llevó resolverlos, en realidad solo ocupó un tiempo total de sesenta segundos en el mundo real. Un minuto que pasó fugaz como un suspiro, en el que Veldram y su padre estuvieron observando su cuerpo mientras esperaban a que dijera algo más. Si es que lo hacía.

Estaban a punto de hacerle más preguntas cuando la boca del ingeniero volvió a moverse.

—Amigos, el dictamen del oxyfón ha sido positivo: podéis llevaros cuantas máquinas necesitéis, a él no le importa. Ya fabricará más a partir de los restos de la estación Kalpa. Su 8Li es vuestro.

Padre e hijo intercambiaron una mirada de triunfo.

—¡Genial! —dijo Veldram—. ¿Y cómo lo hacemos? ¿Los atrapamos con una red y los metemos en la caldera?

—No hará falta. Los atraerás gracias a esta llave.

—¿Qué llave?

Goeb puso los labios hacia fuera, como si fuera a beber, y silbó una frecuencia determinada, como vibraciones procedentes de un rápido tamborileo electrónico. El septéreo del chico memorizó ese sonido, cazándolo al vuelo. Igualándolo a un do menor, le sirvió de base para establecer una escala de sonidos.

—Ese es el regalo de la terraformadora, la llave de control de los oxyfactores —dijo Goeb—. Sabrás cómo usarla, ya que eres aprendiz de músico.

Veldram asintió. Estaba empezando a venirle a la cabeza una cancioncilla graciosa que usaba esa frecuencia como base.

—Estás hablando de nosotros como si nuestro grupo no te incluyera —se dio cuenta Telémacus—. ¿Es que no vas a venir?

—No, por el momento me quedaré aquí. Tengo algo urgente que hacer. Pero no os preocupéis, enlazaré mi mente con la señal portadora de mi nave, y al menos hasta que abandonéis la órbita de Enómena estaré con vosotros como parte de la cognoscitiva. Podréis hablar conmigo como si estuviera allí, aunque mi cuerpo se haya quedado abajo.

—De acuerdo. Gracias por habernos acompañado en esta parte del viaje, Goeb. Espero que nos eches una mano ahí arriba, en tu nave No-Mn. Puede que no sepamos pilotarla si es tan extraña como describiste.

—Estaré con vosotros en todo momento, no os preocupéis. Adiós, amigos… y dadle recuerdos al Imperio Gestáltico, si es que sigue existiendo y lo encontráis.

—Hasta siempre, amigo.

Regresaron junto al resto de los lumitas, y Veldram se preparó para hacer lo que Goeb le había pedido. Se retiró a meditar un rato a solas, entre la vegetación, pero sin perder de vista el grupo de refugiados. Logus había conducido la locomotora hasta la vía principal, la que se perdía en el infinito rumbo al este, y le habían enganchado el monstruoso vagón. Comparado con el escueto espacio interior de los camiones, este les pareció un crucero de lujo. El fuego, ese rubicundo y vivaz compañero que hablaba en chasquidos, calentaba todavía los víveres del almuerzo que tuvieron que ser dejados allí, cociéndose.

Ahora solo faltaba despertar al monstruo, al tren que se tragaría años luz de traviesas. Su morro esperaba en silencio, esperando una tormenta que no sería exterior sino interior, y que se desataría en sus entrañas, relámpagos y truenos incluidos.

Mientras Veldram meditaba, intentando perderse en un paisaje de música y sonidos-llave, Telémacus y Vala se despidieron emotivamente de sus hermanos de sangre. Sus mejillas rozaron muchas pieles, sus abrazos crearon cercos sobre muchos cuellos, pero quizá los más emotivos fueron los que intercambiaron con la místar.

—Adiós —dijo Telémacus, abrazándola—. Ha sido un largo viaje.

—No, solo un prólogo. Creo que el viaje más largo empieza ahora. —El sol trazaba una línea luminosa en su mejilla, acabada en tres motas, tres puntos suspensivos—. Todavía estáis a tiempo de cambiar de opinión. ¿Seguro que no queréis venir? Con nosotros siempre estaréis a salvo. Siempre tendréis una familia.

Telémacus y Vala se consultaron el uno al otro en silencio, y ambos notaron la negación en las pupilas del otro.

—Estamos seguros, pero os lo agradecemos de corazón —dijo Vala—. Enómena no es un lugar donde nos sintamos a salvo. Pero os deseo suerte, y que halléis un santuario dondequiera que vayáis.

Liánfal le hizo un gesto a Logus, que se acercó cargando un saco. Contenía el Tapiz de Sílice.

—¿Tú tampoco vienes, amigo? —le preguntó Telémacus. El idor meneó su cuerpo en un gesto que indicaba más resignación que negativa.

—Creo que no, amigo-luchador. Ahora que he visto la amplitud de este planeta, y los secretos que quedan por destapar, es válido suponer que permanecer aquí será como abrir constantemente cofres del tesoro, y también es lícito presuponer que cada uno de ellos me proporcionará una buena dosis de… cómo decís vosotros… solaz espiritual.

—Suerte para ti también, entonces. Y gracias por todo.

—Está permitido sentir añoranza por los amigos que se fueron. Y pensar en ellos a menudo como sustitutivo del placer de tenerlos cerca.

Liánfal le entregó el saco a Telémacus.

—El Tapiz. No ha sido fácil. En realidad, no ha sido, si me entiendes.

El cazador miró a los ancianos, que estaban discutiendo cosas con aire disgustado. Seguro que habrían votado en contra de dejar que se llevaran su reliquia. Era increíble, pero también lógico una vez se sabía cómo funcionaba la religión: daba igual lo mucho que Telémacus hubiese hecho por la tribu, daba igual que todos le debieran la vida y la existencia en sí del concepto «Lum». Unas personas que habían dedicado su vida a venerar ciertos iconos religiosos no renunciarían a ellos fácilmente, porque les estarían arrebatando lo que había dado sentido a su existencia. Habían votado que no, rotundamente no, cuando Liánfal les transmitió el deseo de Telémacus de llevárselo. Pero entonces, ¿por qué lo permitían? ¿Por integridad?

Telémacus conocía la respuesta correcta a esa pregunta.

Cogió el saco con un ademán amplio y rotundo, para que todos lo vieran.

—Gracias, haremos buen uso de él. —Miró a su hijo, que estaba saliendo de la floresta—. Creo que os vais a marchar ya. Preparaos.

Subieron a los camiones entre temblores de emoción y rezos histéricos. Los viejos miraban a la familia que se quedaba atrás con un punto de odio, pues sabían lo que les estaban robando, lo que su religión nunca más tendría, pero tenían demasiado miedo como para enfrentarse al guerrero y quitárselo. Cuando todos estuvieron a bordo, con Logus y la místar en la cabina, Veldram rasgó las cuerdas del septéreo con un ademán poderoso. El clavijero de la cítara tembló de excitación, de una manera tan inconsciente como el estremecimiento en el flanco de un buey cuando una mosca se le posa encima.

—Vamos a ver qué tal suena esto. Yo lo llamo Un nuevo comienzo.

Sus dedos, tocando sin púa, rasgaron un punteo a ritmo de flecha, experimentando con posiciones atonales por encima de los trastes. Una serie de notas poderosas y melancólicas se fueron fraguando en la caja de resonancia, el esbozo de una melodía que quedó suspendido en el aire varios segundos…

Y entonces sucedió la magia.

El septéreo, el zoótropo empático, sabía que había sido fabricado para este momento, para tocar precisamente esta canción, no importaba cuántas más hubiera conocido. Así que se empleó a fondo. Veldram era un hombre orquesta, el único integrante de una banda de muchos, y tenía que arreglárselas para simular el largo diálogo entre un bajo y un tambor, para no esquivar el compás de entrada, para no dejar de lado las intrincadas florituras del final. Y mientras lo hacía, mientras pasaba por varios estados de ánimo hasta encontrar el correcto, danzaba y daba saltitos por la floresta como un trovador de la antigüedad, un juglar errante de los caminos, llamando a su público.

Este empezó a surgir de la maraña de arbustos. Eran máquinas de pequeño tamaño pero con tantas formas distintas como individuos había. La mayoría tenía un ojo único que seguía como una cámara al bardo, el cual improvisaba variaciones cada vez más fantásticas sobre el mismo tema. Un torrente de máquinas surgió de la espesura, y a alguien le recordó una antigua leyenda que había oído alguna vez, sentado junto al fuego, pues Veldram bailaba como un arlequín guiando a aquel ejército de máquinas hipnotizadas por la música. Siguiendo sus letras silenciosas, sus superfluos tiempos tonales, sus fabulosas catedrales de arpegios.

Los lumitas asistieron a aquel milagro observando una escena que jamás se borraría de su memoria, por muchos siglos que pasaran: el juglar saltando y cantando, subiéndose a la locomotora, seguido por aquella fila interminable de oxyfactores. Y cómo estos, impelidos por la música, empezaron a caer dentro de la caldera de fusión usando la chimenea como conducto. Uno, dos, diez, mil, hasta que el vientre de la bestia quedó saciado, y Logus pulsó el botón que inició la reacción nuclear.

El tren hipó, se estremeció, sufrió una convulsión y, con un poderoso gemido cuántico, se puso en marcha. La tribu gritó de júbilo.

—¡Adiós, que las estrellas os acompañen! —les gritó Liánfal, agitando el brazo mientras se alejaba—. ¡Saludad al infinito de nuestra parte!

—¡Adiós! —se despidió Vala, una lágrima resbalando por su mejilla—. ¡Nunca os olvidaremos!

El tren adquirió más y más velocidad a medida que su quitapiedras engullía travesaños. Telémacus también sintió ganas de llorar, y abrazó a su hijo, pero se mantuvo estoico. Mientras veía alejarse a su gente, se preguntó qué maravillas les estarían esperando al otro lado de aquel horizonte, más allá de aquella vía. Si habría una ciudad de seda cuya luz escaparía por las puntadas de un millón de costuras, u otro mar cero-g donde pudieran reconstruir aquello que se perdió, lejos de tiranías y caciques locos. Fuera como fuese, les deseó suerte, y cuando el tren fue demasiado pequeño para distinguirlo en la distancia, volvió la mirada al Hilo y su mente se centró en el nuevo problema.

—Cómo vamos a subir…

Los tres únicos seres humanos que se habían quedado en la estación Kalpa —Goeb no contaba como tal, porque no entraba del todo en esa definición— se dieron la mano y se quedaron allí, motas de polvo frente a la masa del leviatán, mirándolo en silencio. Como si esperaran insensatamente un milagro, con esa clase de optimismo que se siente cuando uno está desesperado.

Para su sorpresa, el milagro ocurrió.

—¡Mirad, allá arriba! ¿Qué es eso?

Se quedaron atónitos mirando cómo un objeto alargado como un gusano descendía tallo abajo, frenando durante los últimos kilómetros hasta detenerse en la base del Hilo. Era un tren, el que había enviado el Icaria a la tierra como parte de su saludo a los humanos. Su viaje de treinta y cinco mil kilómetros, que había durado varios días, terminó en ese momento.

Telémacus no era dado a interpretar las coincidencias como designios divinos, pero en ese momento tuvo serias dudas.


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