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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
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ARGENTINA  ARGENTINA

—Llamó Alicia de la recepción: llegaron los que esperaba, doctor.

El biólogo molecular alzó la vista de su trabajo y miró al rostro de su tesista. Recién entonces pareció caer en la cuenta del mensaje.

—Ah, bien. Hágalos pasar a la oficina.

Se quitó los guantes y los desechó, cambió sus anteojos de trabajo por los bifocales y se dirigió al sitio.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

La pomposamente llamada oficina no era más que un cubículo alargado, aislado del laboratorio por paneles removibles; el mobiliario consistía en un escritorio algo entrado en años, unas sillas de metal y plástico y varios estantes colgados del muro sólido, atiborrados de papeles y libros de consulta. Un refrigerador pequeño y una cafetera de filtro sobre una mesita parecían ser los elementos de confort. La única ventana en el extremo entregaba la claridad necesaria. Era poco cosa, pero le permitía al biólogo cierta privacidad cuando desarrollaba la parte teórica de su trabajo.

Una sencilla puerta de madera en el muro falso daba al laboratorio y otra de metal, en el extremo opuesto al de la ventana, al pasillo de ingreso. Esta última se abrió a los pocos minutos y la tesista introdujo a dos personas, cerrando tras de sí.

—Buenos días, doctor Chávez —dijo el biólogo, extendiéndole la mano al de mayor edad—. Tome asiento, por favor.

—Le agradezco enormemente que nos recibiera, doctor Kovadloff. Encantado de conocerlo.

El viejo sacudió calurosamente la mano del biólogo, se acercó rengueando a las sillas y se sentó con un suspiro, sin siquiera quitarse el abrigo. Su compañero, un muchacho de unos veinte años, hizo otro tanto pero en silencio. Kovadloff les invitó un café al que se negaron, por lo que se sirvió el suyo, rodeó el escritorio y se sentó en su sillón giratorio.

—Bien. Usted dirá, Chávez.

El viejo se retrepó en la silla.

—No sé si habrá Ud. visto los papers que le envié…

El biólogo se reclinó en su silla y cruzó los dedos sobre su estómago.

—Les eché una mirada, claro. No tienen mucho que ver con mi especialidad…

—Perdón —lo interrumpió Chávez—, ¿podríamos cerrar la puerta? —Se refería a la de comunicación con el laboratorio, que usualmente permanecía abierta.

—Sí, por supuesto…

Iba a levantarse, pero el muchacho se le adelantó. Se acercó a la puerta, retiró la mano izquierda del bolsillo de su abrigo y la cerró. Luego volvió a guardar la mano y se sentó nuevamente.

—Disculpe, pero lo que quisiera discutir con Ud. es algo… delicado.

—Bueno, como quiera, pero no veo…

—Si me permite, le haré una descripción sencilla del asunto, para que vea Ud. a qué me refiero.

El biólogo se tomó unos segundos para tomar un sorbo de café y evaluar a su contraparte. Chávez tendría unos setenta años; vestía algo desprolijo pero con dignidad. Su escaso cabello lucía despeinado, pero a Kovadloff tal cosa no le llamó la atención; conocía mucha gente así en el rubro. Sus gestos eran nerviosos y su mirada cansada y algo ansiosa: ese hombre cargaba un fuerte peso en sus espaldas. Aprovechó también para echar un rápido vistazo al muchacho. No le dijo mucho, salvo que se veía adusto o, mejor dicho, algo contrariado.

—Muy bien, lo escucho.

—Gracias, gracias. Bueno, como quizá haya visto en los papers, también soy biólogo pero con orientación zoológica. —Chávez extendió los brazos ante sí y acompañó de ahí en más su discurso con numerosos aspavientos—. Hice carrera en el INTA, en el Centro Regional Chaco-Formosa. Ahí me especialicé en reptiles; luego me relacioné con algunos colegas de la Universidad Estatal de Arizona que estaban investigando la regeneración celular en los lagartos verdes de allá y yo extendí los estudios usando como recurso el lagarto overo, que acá tenemos cantidad.

—Sí, vi que a eso se refieren algunos de los papers… —concedió el biólogo.

—¡Exacto, exacto! —El pobre viejo no cabía en sí de gozo—. Bien, yendo al grano, me interesó mucho el asunto de la regeneración de tejidos y su posible aplicación en la medicina humana. Los muchachos yanquis descubrieron que se activan unos 350 genes en regiones específicas para la regeneración de la cola, incluyendo algunos implicados en el desarrollo embrionario, la respuesta a las señales hormonales y la cicatrización de heridas.

»Y lo más interesante: al igual que los ratones y los seres humanos, los lagartos tienen células satélite que pueden crecer y desarrollarse en el músculo esquelético y otros tejidos. Siguiendo la receta genética para la regeneración detectada en los lagartos y aprovechando esos mismos genes en células humanas, sería factible hacer crecer cartílago nuevo, músculo o incluso médula espinal.

Kovadloff se incorporó, acomodó sus lentes y apoyó los codos en el escritorio, cruzando los dedos delante de sí.

—Me temo que, según lo que yo sé del estado de la ciencia, eso todavía resulta una fantasía.

Chávez se apagó como un fósforo.

—Sí, sí, estoy de acuerdo con Ud… Pero debo admitir que un año atrás yo estaba mucho más convencido de la factibilidad de todo el asunto. Si me permite continuar…

—Por favor.

—Gracias. Ahora sí le aceptaría ese café —dijo el viejo, alzándose esforzadamente de la silla para quitarse el abrigo, que colgó del respaldo.

El biólogo demoró un segundo, esperando que tal vez el muchacho se levantara como antes. Tal cosa no sucedió, de modo que se acercó a la cafetera. Inquirió al joven si quería uno, pero éste negó con la cabeza. Mientras llenaba el jarrito americano con el caliente brebaje, se preguntó de qué jugaría: tenía aspecto de ser un técnico, o tal vez un chofer para Chávez. Permanecía repantigado en su silla, las manos en los bolsillos de la campera, el gesto adusto.

Kovadloff prefirió no dar nada por sentado: podía ser un tesista del viejo. O algún ayudante de laboratorio. Apoyó el jarrito delante de Chávez y una azucarera para que se sirviera, y volvió a su asiento.

—Me gustaría que termináramos antes de las once, porque tengo un asunto que atender.

Chávez se tomó el café casi de un sorbo, sin agregarle azúcar.

—Sí, sí, disculpe. Iré a lo concreto, faltaba más. Gracias. —Dejó a un lado el jarrito, se acomodó el cuello de la camisa y continuó:— Como le decía, me dediqué a estudiar la regeneración. Yo corría con cierta ventaja respecto de los yanquis, verá Ud., porque el lagarto overo es capaz de controlar su temperatura interna en la temporada de apareamiento; es uno de los pocos reptiles actuales homeotermos que se conocen. Me refiero al Salvator merianae, no al Tupinambis teguixin, que es otra especie, muy parecida, al que se llama también overo.

El biólogo se reclinó en la silla y lanzó un breve suspiro de impaciencia —que intentó reprimir, aunque tarde, para no incomodar a su interlocutor—, pero éste no pareció enterarse.

—El Tupinambis, a su vez, es omnívoro y de mayor fecundidad. En regiones cálidas, como las de Misiones y el Paraguay y sur de Brasil, pone huevos todo el año y las nidadas llegan hasta los cuarenta ejemplares. Bueno, por eso se los llama overos, por la cantidad de huevos que ponen…

—Disculpe, Chávez, pero tenía entendido que iba a concretar.

—Sí, sí, casualmente —dijo el otro, apurado—. Verá, combiné los genes de ambas especies, extrayendo los que más concretamente se adaptaban a las células humanas, y pude crear in vitro unas células satélite con características homeotérmicas y omnívoras, que comencé a ensayar bajo señales hormonales en relación con tejido humano retirado de zonas de cicatrización. Y tuve moderado éxito.

Kovadloff volvió a alzarse de su asiento.

—¿Me está diciendo que hizo regenerar células humanas?

El viejo pareció incómodo. Encogió los hombros y su mirada se tornó huidiza.

—Sí, sí, de eso hablo. Las satélite que conseguí interaccionaron bien con el tejido humano, con mínimo rechazo las más de las veces. Todo esto, claro, en laboratorio; sin embargo, los resultados son prometedores.

—Caramba, pero eso es excelente. ¿Y yo qué tengo que ver?

—Bueno, verá… yo tengo un hijo. Un muchacho nomás, lo tuve de grande ya… Y vió cómo son las cosas; hijo único y de padres algo entrados en años, resultan medio… egoístas, digamos, y caprichosos. Es que uno a cierta edad ya no espera tal fortuna de ser padre, y se vuelve condescendiente.

El biólogo se sintió desconcertado, sin saber a dónde iban a parar esas confesiones. Pero de pronto reparó en la presencia del muchacho, su desinterés y hosquedad, y recordando el tema genético… Un hálito frío se cebó en su cuello y los pelos de la nuca se le alzaron sin pedir permiso.

—Yo… —comenzó.

—El asunto es que mi hijo me contó de un accidente que tuvo su amigo, que trabajaba en una matricería: perdió tres dedos en un balancín. Se trata de Martín, que vino acá conmigo. —El biólogo iba a decir un “qué tal”, pero el viejo siguió de largo con su discurso—. Y bueno, sabiendo por mí de lo que yo investigaba me… me rompió la paciencia, disculpe Ud. la expresión. Mostrale, pibe.

El muchacho sacó las manos de los bolsillos de la campera. La derecha estaba cubierta por un guante.

—Fabriqué un suero y se lo apliqué. La cosa venía bien, pero luego… —mientras decía esto, retiraba el guante de la mano del muchacho—. Como verá, necesito su ayuda, a ver si se puede arreglar.

Kovadloff miró la mano desnuda. Se veía perfectamente la línea de corte en la mano. A partir de ella crecían, fuertes, sanas y brillantes, tres colas de lagarto overo.


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