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Archivo de la Categoría “208”

España

León despertó con los dulces sonidos que emitía la alarma matutina. Abrió los ojos. Unos tibios rayos de sol iluminaban la amplia estancia. Dejó el lecho y se acercó al ventanal del dormitorio. A través del panel transparente distinguió los bloques residenciales vecinos que emergían entre grupos de arbolado elegantemente diseñados. Miró hacia el lecho recién abandonado. Su mujer ya se había levantado; probablemente estaría preparando el desayuno. León se introdujo en la burbuja higiénica y se dejó limpiar por la ducha iónica. Aseado y relajado se vistió y se dirigió a la cocina. Allí le esperaba su mujer, Linda, bella como su nombre, y sus dos hijos, Marte, el chico, y Marta, la niña. Tras los saludos rituales y besos a los críos, León se sentó a la mesa y se aplicó a saborear un apetitoso y equilibrado desayuno mientras el holograma_visor que pendía del techo difundía las noticias del día. Terminado el refrigerio, León se despidió de su familia y subió hasta la plataforma del edificio donde le esperaba el taxi aéreo. El día era espléndido, primaveral.

El taxi dejó a León en la azotea del alto edificio donde trabajaba. Como co_gerente de una empresa de servicios criogénicos, León disponía de un amplio despacho con muebles de madera auténtica y con magníficas vistas a un amplio parque natural. Repasó los asuntos del día con su secretaria, Laura, una mulata de bello cuerpo y varios diplomas en secretariado. Mientras repasaban la agenda, León miró los exuberantes pechos de Laura, visibles gracias al generoso escote de su vestido, un vestido ceñido que resaltaba las sicalípticas curvas de su figura. La atrajo hacia así y la besó en la mejilla mientras su mano acariciaba su culo respingón. Ella se soltó sonriendo y le dijo que esperase hasta su encuentro de esa tarde. León le dedicó una sonrisa cómplice y se centró en el primer asunto del día, el caso de un millonario que padecía de temblor de Lewis_Morlock, enfermedad sin cura en el presente pero con visos de solución en un plazo de veinte años. Una crionización de veinte años necesitaba un delicado estudio económico, aunque León confiaba en que el excéntrico millonario no tratase de regatear, una circunstancia por desgracia muy habitual en ese tipo de negocio y que personalmente le molestaba.

A media mañana, después de ingerir la dosis alimenticia recomendada por las autoridades en la cantina del edificio, León y Laura se retiraron, como cada jornada, a un hotelito de las cercanías, donde daban rienda suelta a su excedente de impulsos sexuales. El cuerpo de Laura estaba entrenado, como parte de su programa de secretariado, para proporcionar deleites sexuales de gran refinamiento. Después de una hora de fogosa actividad, ambos volvieron a la empresa y siguieron con su trabajo.

A las seis en punto de la tarde, León subió a la azotea del edificio de la Compañía General de Criogenia donde le esperaba el taxi aéreo que le devolvería a casa. El vuelo duró apenas diez minutos. León despidió al taxi en la plataforma elevada de su urbanización residencial. Cuando se disponía a entrar en el pasillo que conducía a su vivienda, observó que a cincuenta metros de allí, casi oculto por la entrada a otro bloque de viviendas, un niño sucio y andrajoso le miraba con cierta animosidad. Se sorprendió de ver a un niño así en su zona residencial. No era normal. No sin cierto desasosiego, León entró en el pasillo que conducía a su casa. La imagen del niño no le abandonó hasta la hora de dormir.

Al día siguiente, al regresar del trabajo, volvió a ver al niño desarrapado y sucio en la plataforma elevada de su bloque. Esta vez se hallaba a menos distancia, y le miraba inquisitivamente. León corrió a meterse en el pasillo que conducía a su vivienda. Se preguntó qué hacía un niño así en una zona residencial, por qué le miraba de ese modo. Ese día ingirió una cápsula de alcohol más de la acostumbrada.

Como el día anterior, al descender del taxi que le devolvía del trabajo a casa, León divisó al harapiento muchacho. Esta vez estaba frente a una entrada que juraría que antes no existía, una entrada lóbrega, muy distinta de aquellas que conducían a los bloques de viviendas de su urbanización. El niño, apostado en la entrada, le hizo señas y le invitó a que le acompañara por aquella puerta tan poco atrayente. Esta vez el muchacho exhibió una sonrisa sarcástica que infundió en León un terror pánico. Trastabillando, corrió a meterse en el acceso a su morada. Esa noche, las cápsulas de alcohol le provocaron alteraciones somáticas que hicieron que su mujer se preocupase e inquiriese los motivos de semejante conducta. León prefirió callar, no angustiarla con sus visiones, que quizás fueran producto de una indisposición pasajera.

Cuando bajó del taxi al día siguiente, León iba resuelto a enfrentarse al niño, a preguntarle qué quería de él, a pedirle, no, a exigirle que le dejase en paz. Incluso pensaba amenazarlo con llamar a la patrulla de seguridad de la zona. Pero cuando vio al niño, esta vez más cerca, apenas a cinco metros, sus fuerzas desfallecieron. Aun así tuvo la prestancia de preguntarle qué quería, que buscaba de él. El niño, sucio, andrajoso y, debido a la cercanía, maloliente, le sonrió con ironía y le dijo: «Tú sabes lo que quiero. Tienes que acompañarme». Y al decirlo alargó un brazo para agarrar a León que, presa de pánico, trató de huir, pero se tropezó y cayó al suelo. Inmediatamente se levantó, dejó abandonado en el suelo su portafolios y corrió hacia la entrada de su vivienda. Pero la cortina de seguridad no le permitió el paso. Algo debía ocurrir con su identidad de acceso. León miró hacia atrás y vio al chico junto a él, con la sonrisa más aviesa que jamás percibiera. El muchacho se acercó, le tomó de la mano y tiró de él. León sintió la gélida extremidad y se estremeció. El jovencito tiró de él en dirección a la lóbrega salida, un acceso que parecía de zona desprotegida, sin privilegios. De alguna extraña manera León sabíase impelido a seguir al chaval, y se dejó conducir sin fuerzas, resignado. Así, tironeado por el muchacho, León traspasó el umbral de la salida cochambrosa.

Sintió náuseas y una opresión en el pecho. Abrió los ojos. El encargado de la cabina, un tipo obeso y con barba de varios días, su camiseta manchada de sudor bajo los sobacos, le miraba con la misma sonrisa que el muchacho que le había sacado de allí. Mientras le quitaba los sensotrodos de la cabeza, el tipo farfulló algo que León no entendió. Le dolía el pecho, pero más le dolía la existencia perdida. Era duro tornar al mundo real. Con esfuerzo León se levantó de la camilla metálica donde estaba tendido. Miró sus ropas. El traje raído, los zapatos de arpillera, hablaban de un submundo que nada tenía que ver con las experiencias vividas en el sueño virtual del que acababa de salir. Jodido chaval. Odiaba que el programa recurriese a la figura de un chiquillo para indicarle que su crédito se agotaba. Los niños, todos los niños, le recordaban a su difunto hijo, un niño endeble cuya salud no resistió la pobreza y las poco higiénicas condiciones del satélite metropolitano que le correspondía en su condición de trabajador no especializado. León se alisó las raídas ropas y salió del edificio donde se ubicaban las instalaciones de FancyDreams Inc. Mientras se dirigía al paso elevado del metro que le conduciría al triste extrarradio donde habitaba, pensó en lo que le diría su esposa cuando le informara que se había gastado la paga semanal en una nueva sesión de sueño virtual. El metro estaba a abarrotado y tuvo que hacer la hora de trayecto de pie, entre personas taciturnas, malolientes y tan mal vestidas como él. Sí, tendría que aguantar los reproches de su mujer. Ella no entendía su vicio con los sueños. Ella se había resignado a su suerte. Pero León no podía pasar sin ellos. Desde la muerte de su hijo los necesitaba aún más. Ahora era un adicto. Temía que su mujer le denunciase a la comisión de adicción, pues ello conllevaría la prohibición de acudir a FancyDreams Inc. Tendría que convencerla. Aplacarla diciendo que era la última vez, sabiendo, ambos, que volvería a recaer. De hecho León pensaba ya en la paga por penosidad ambiental que les darían el próximo mes. Le entregaría el sueldo a su mujer y se quedaría con ese dinero extra. Tendría para un nuevo sueño, un sueño más duradero. O quizás dos sueños cortos.

León abandonó el metro en la parada del satélite urbanístico donde residía y se preparó para aguantar los reproches de su mujer. Mientras caminaba hacia casa, rememoró gozoso el último sueño, su vida apacible en zonas residenciales, esos reductos urbanísticos con ozono reservados para las clases privilegiadas. Evocó a su secretaria, Laura, mero producto de su deseo, pero tan real en su memoria, en sus sentidos. Sí, tendría que revivirla en una próxima sesión. Estaba muy conseguida.


Ilustración: Valeria Uccelli

Al embocar su calle, se quedó paralizado. Al lado de su portal observó a un coche de la policía. Las luces azules manchaban en su girar las sucias paredes de las viviendas. A la entrada de su portal distinguió a su esposa con un grupo de personas, entre ellas dos agentes, uno de ellos mujer. Se acercó deprisa, temiendo que hubiera ocurrido algo. Al llegar allí, su mujer le volvió la espalda, llorando, mientras la agente femenina la rodeaba con los brazos. El otro policía le tomó por un brazo y le dijo:

—¿Es usted León Noel?

—Sí —balbuceó.

—Deberá acompañarnos.

Quiso León preguntar por qué le detenían, pero lo adivinó: su mujer le había denunciado a la comisión de adicción. Había adivinado la causa de su ausencia y no había podido aguantar más. La miró, se encontraba de espaldas, lloraba. No se lo reprochaba. Quizás fuera lo mejor para él.

Se dejó conducir al interior del coche policial. Allí le esposaron a la barra central. Aún tuvo que esperar unos minutos a que la agente femenina consolase primero a su esposa y luego la acompañase hasta su vivienda. Luego los dos policías ocuparon los asientos delanteros y el vehículo arrancó.

El coche recorrió la reserva de miseria que era su barrio, iluminando las tristes fachadas con la intermitencia de sus luces azules. En poco rato llegaron a un edificio destartalado y tan sucio como los de su barrio. Era la comisaría a cargo de esa zona. Los policías condujeron a León hasta un sótano y le dejaron en un cuarto pequeño, amueblado con una única silla e iluminado por una bombilla de pocos vatios que un cordón mohoso unía al desconchado techo.

Después de media hora de soledad, la puerta se abrió y dos funcionarios portando algunos papeles en las manos se pusieron enfrente de León. Uno de ellos, de enorme boca sonriente, se dirigió a él:      

—Señor León, ya hemos comprobado su reciente sesión en FancyDreams Inc. También tenemos la autorización de su mujer para proceder con lo que marcan las leyes en casos como el suyo. ¿Tiene algo que objetar?

León, por primera vez desde su detención, tuvo miedo. Había oído hablar de ese tipo de operaciones, que algunos denominaban simplemente trepanaciones. Se rumoreaba que el riesgo de quedar estúpido era alto, y era segura una disminución de sus capacidades volitivas. Pero no se le ocurría ninguna justificación.

Dando su silencio como tácita aquiescencia, los dos hombres le agarraron de los brazos, lo levantaron de la silla y le sacaron al pasillo, por el que le condujeron hasta otra habitación donde, rodeando a una silla_quirófano, abundaban aparatos quirúrgicos. A León le sentaron en la silla, le remangaron y le sujetaron los brazos y pies con correas dispuestas al efecto. La cabeza se la sujetaron también al respaldo de la silla. León experimentó un acceso de pánico. ¿Y si le mataban? ¿Y si no despertaba? Fue sacado de su desazón por la entrada de un tipo con bata verde, gorrito del mismo color y una mascarilla al cuello. El hombre se acercó a la mesa del instrumental, manoseó ciertos utensilios y se volvió hacia León. Se aproximó a él, se agachó para acercar su cara a la de León y, entre ráfagas de halitosis, le habló:

—¿Qué tal se encuentra? No tenga miedo. No sentirá nada. Cuando despierte será otro hombre.

Y sin esperar respuesta del paciente, se levantó y se colocó la mascarilla sobre la boca. León daba vueltas en la cabeza a las últimas palabras del doctor: cuando despierte será otro hombre… Temía, precisamente eso, no ser el mismo. Ser otra persona, una persona ajena, quizás enajenada…

De tan lúgubres pensamientos fue sacado León por el pinchazo de una jeringuilla que, manejada por un ayudante, le inoculó un líquido que entraba con dolor. Al instante sintió un acceso de cansancio y enseguida le venció el sueño…

León abrió los ojos. Sobre él se inclinaba el rostro orondo de un señor con basta blanca. En una placa que llevaba prendida de la bata se leía: Dr. Moriarty. El doctor le sonrió. León le miró con cierta sorpresa. El doctor habló:

—Y bien, ¿qué le parece el ingenio?

León Noel se levantó, se desprendió con cuidada morosidad de los sensotrodos adheridos a su cuerpo y, mirando fijamente al Dr. Moriarty, le dijo:

—No sé qué decirle. Todavía estoy un poco conmocionado por la experiencia. El añadido de la experiencia adversa tras la radiante vivencia es original. Hace que uno emerja con alivio. Es como obtener dos experiencias por una. Sí, creo que funcionará, doctor Moriarty. Siga adelante con el desarrollo. Yo lo apoyaré.

León Noel, el nuevo director gerente de FancyDreams Inc. salió del laboratorio y se dirigió a su despacho de la planta elevada. Mientras lo veía alejarse, el doctor Moriarty esbozó una de sus más enigmáticas sonrisas. León salió del ascensor. Antes de llegar a la puerta de su espacioso despacho, advirtió que al final del pasillo un niño rubio y de sonrisa angelical le hacía señas. León se detuvo inquieto. El infante le indicó con la mano que se acercara. León comenzó a sudar. «No», se dijo, «esta vez no». Sabía lo que esa llamada representaba. Y no quería acudir. Ahora no. Esta realidad le gustaba. Le gustaba tanto como temía la nueva. Pero sabía que no podía negarse. Y odió con toda su alma la extendida técnica que procuraba residencias tan breves.

 

 

Lamberto García del Cid nació en Portugalete, Vizcaya (España), en 1951. Es Licenciado en Ciencias Económicas por la Universidad de Bilbao. Ha publicado: «La sonrisa de Pitágoras (Matemáticas para diletantes)», Editorial Debate, 2006, Madrid; Debolsillo 2007, Madrid; «Numeromanía (Números, mística y superstición)», Editorial Debate, enero 2006. Un relato suyo (El triángulo de los Sheng ren) figura en el volumen de primavera 2003 (Nº 9) de la Antología de la Literatura Fantástica que publica la editorial Bibliópolis (Artifex). En la actualidad mantiene dos blogs: uno de humor irreverente, La oveja feroz, y otro de literatura.

 


Este cuento se vincula temáticamente con ZETA, EL POETA DE LAS CONSOLAS, de Juan Ignacio Muñoz Zapata, UNA EN UN MILLÓN, de Rodrigo Juri, ¿ME LLEVAS AL PARQUE?, de Luis Salgado

 

Axxón 208 – junio de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Realidad Virtual : Simulación : España : Español).