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ARGENTINA

 

 

En este último tiempo de ritmo intensivo de lectura —en especial del material que los escritores proponen para que sea publicado en la revista— he tomado mayor conciencia de la importancia que tiene la escritura en nuestro desarrollo como seres intelectuales.

La palabra es, para nuestra especie —y puede que también para otras que comparten con nosotros este viaje planetario alrededor del sol— una poderosa herramienta de comunicación. Y la palabra escrita, ese invento maravilloso y mágico, lleva mucho más que sonidos escondidos en su grafía, pues permite que ideas, sentimientos y sensaciones se propaguen más allá del tiempo, los lugares e incluso las personas.

Si la palabra escrita es una herramienta de comunicación, cuán importante será, entonces, usarla adecuadamente. Se supone que escribimos para comunicarnos, pero eso es solamente una parte de la historia. Sin querer, a veces, dejamos un legado, un documento que muestra el contexto de nuestra existencia y nos pinta tal cual somos. Eso es muy fácil de comprobar: alcanza con leer con detenimiento obras de distintas épocas, donde se translucirá el mundo al cual pertenece su escritor, incluso cuando éste intenta contar historias de otros tiempos y lugares lejanos, completamente imaginarios.

Hoy, en este mundo hiperconectado, es curioso ver la depreciación cotidiana de la palabra escrita. No sé si es el apuro, el ritmo de vida vertiginoso que llevamos o, simplemente, el deterioro natural de eso que se usa mucho pero no a conciencia.

¿No es claro el ejemplo de Orwell, en 1984, donde la eliminación de los vocablos equivale a eliminar el concepto del problema y, a la vez, el problema en sí?

Los lenguajes son entes vivos reinventados constantemente por quienes los usamos, pero para mantenerse como herramienta de comunicación necesitan de un contrato entre el escritor y sus lectores, reglas que permitan reducir el riesgo de confusión o ambigüedades. Tenemos un idioma híper vital, permeable al habla de un porcentaje importante de la humanidad, con muchísimos localismos y variaciones, y también permeable a las otras lenguas que completan la familia del lenguaje humano. Casi constantemente aparecen objetos, ideas y conceptos nuevos que necesitan de nuevas palabras que sirvan para identificarlos con la mayor precisión posible. A su vez otros vocablos, por desuso, van a parar al desván de las palabras, y solamente son reutilizados muy de vez en cuando para recrear cosas que ya fueron, cosas de ese mundo para el que fueron creados.

No obstante, hay algo que perdura, y es la necesidad de seguir las formas del buen escribir. No me refiero solamente al hecho de generar un texto grato de leer, sino ya a cumplir con las reglas básicas de ortografía y puntuación.

¿Estamos aprendiendo mal o no nos enseñan adecuadamente? ¿No nos importa? ¿Para quién escribimos, entonces?

¿No aprendemos de lo que leemos o es que, directamente, no leemos?

Con las limitaciones propias de cada uno de nosotros —yo soy muy consciente de las mías— debemos tratar de cumplir con el buen escribir. Hoy, la tecnología hace que sea relativamente simple intentar la corrección un texto. Hay documentación y diccionarios en línea, y por supuesto, la ayuda (a veces errónea) de los mismos procesadores de texto. Acostumbrarnos a escribir de la mejor manera posible hará que el mero acto de leer (y por qué no, también el de escribir) se transforme en un acto placentero.

Nosotros tenemos muy claro que Axxón, por la publicación casi constante, sin respiro, no solo es una vidriera que expone diariamente cada obra ante miles de potenciales lectores: muchas veces es también la casa donde algunos escritores hacen sus primeras armas. Lo fue para mí, hace ya un cuarto de siglo, y aceptamos ese compromiso con ganas, aun cuando cueste un mayor esfuerzo, incluso cuando la pieza fallida nos haga pensar que fue en vano. No, nunca lo es. Cada obra rechazada y luego revisada a conciencia por el autor es sin duda un peldaño ganado hacia la cima. He aprendido mucho de mis peores intentos, pero sólo lo hice cuando intenté comprender por qué había fallado.

El buen escribir necesita de la palabra justa, el signo bien puesto, la estructura adecuada. Pero, sobre cualquier otra cosa, necesita de ideas claras y frescas. No hace falta una súper idea, simplemente el uso adecuado de las ideas que tenemos. Disfruto muchísimo de los escritores que lo logran, y me entusiasma que sigan acercándonos sus textos.

Por otra parte, estoy seguro de que la reducción de nuestro vocabulario y la simplificación de nuestra forma de expresarnos trae aparejada una simplificación del pensamiento, un achatamiento de las ideas. ¡No lo permitamos!

Leamos, leamos mucho, todo lo posible. Eso hará que nuestro lenguaje se enriquezca. Leamos lo nuevo y lo viejo, lo clásico y lo más fresco, comparemos palabras, formas, ideas, dentro y fuera de los géneros que preferimos. Así accederemos a mundos diferentes al nuestro, distintos en las sutilezas de cada época y cultura. E inventemos. Inventemos ideas y palabras, hagamos un mundo más rico, que hace falta.

 

 


Axxón 259 – octubre de 2014

Editorial


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