¡ME GUSTA
AXXÓN!
 

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ARGENTINA

 

 

El hombre está sentado en la puerta de su casa. Hace un rato se ha cortado la electricidad y ha salido al jardín para aprovechar esa claridad del día que le permitirá seguir leyendo el libro que lo mantiene atrapado. Siente algo extraño en el aire, sabe que algo no está bien, pero no llega a darse cuenta de qué se trata, más allá del contratiempo de quedarse sin luz. Fastidiado, abandona un momento la lectura y trata de investigar qué sucede a través de su teléfono, que más que un aparato para comunicarse con otras personas es un acceso al mundo digital. Pero el aparato se niega a establecer cualquier tipo de conexión, y piensa que el corte de suministro debe ser más importante de que lo que creía en un primer momento.

No obstante, retoma la lectura. Cada vez le cuesta más concentrarse en el texto. Sentado allí nota que una parte de eso que no está del todo bien es un murmullo, el que poco a poco se transforma en un ruido más importante. Escucha algunos gritos y comienza a inquietarse, tanto como para abandonar momentáneamente el libro. Ve a alguien que pasa corriendo. Es un desconocido, y piensa que tal vez sea un ladrón, y que los gritos que ha escuchado son de sus perseguidores. Eso gana una pizca de su interés, pero no es como para andar metiéndose: no es lo mejor en estos tiempos que corren. De repente pasan dos, tres, luego muchas más personas corriendo, ya es una turba. Y sus caras no reflejan furia, sino temor. Ahora también escucha bocinazos, y a lo lejos el ruido de algún automóvil que choca. Piensa en asomarse para ver qué está pasando, pero está más acostumbrado a averiguar lo que sucede surfeando en las redes. Trata de entrar en ellas nuevamente, pero una y otra vez el intento de conectarse es infructuoso.

No sabe cuánto tiempo ha pasado así, intentando vanamente entrar a los canales de la red, pero cuando levanta la vista hacia ese cielo que ha oscurecido de golpe se da cuenta de que una cosa horrible está pasando, y que ya no tendrá escapatoria.

En ese momento, cuando sus ojos comienzan a ponerse vidriosos y cae de rodillas por el peso de su asombro, no puede hacer otra que cosa que preguntarse dónde demonios ha leído esa historia tan similar a lo que le está ocurriendo.

 

La realidad que nos envuelve está marcada, para mis ojos y para muchos de mis conocidos, por este género que leímos y seguiremos leyendo. Ya lo he comentado en otro editorial: es esa visión que tal vez no sea muy distinta a la visión de resto de la gente (¿o si?) la que nos hace sentir que esta realidad no es más que un largo déjà vu, y pensamos: esto ya lo vi, esto ya lo leí. Y aunque muchos estudios intentan demostrar que nuestra mente es fabulera, que muchas veces recordamos tal como queremos recordar, también es cierto que esa sensación no se borra.

Quien haya leído estos editoriales en más de una oportunidad ya se habrá dado cuenta de que el lado de la ciencia ficción que más interesa es el humanista, aquel que trata sobre qué nos pasa o pasará ante las transformaciones de nuestro entorno, esa potencial conjetura que cambia el enfoque para llegar a nosotros mismos y mostrarnos al desnudo.

Si bien me gusta, no es muy común que yo vea cine: me sobran los dedos de una sola mano para indicar mi promedio anual de películas vistas. Sin embargo últimamente tuve oportunidad de ver algunas más, y me encontré con la grata sorpresa de dos películas tranquilas, de esas que pasan sin explosiones, ni naves, ni extraterrestres, y que rozan o están inmersas en el género fantástico. La primera fue La corporación (Fabián Forte, 2012) que toca la ciencia ficción blanda, social, y la segunda Her (Spike Jonze, 2013) ya más metida en el género, tanto que termina hablando de la que suponemos una de las cualidades de la próxima singularidad (cuando las entidades informáticas aprendan a sentir). Ambas películas, con diferentes planteos y orígenes, con tramas muy distintas, hablan sobre varios temas hoy instalados y que de alguna forma plantean inquietudes actuales (¿no son acaso preguntas de siempre?) e inherentes a la condición humana: realidad, identidad y soledad. Dudamos de la primera, extrañamos la segunda y sufrimos la tercera.

Es curioso cómo nos reconocemos sin hacernos demasiados problemas como una sociedad alienada, extraña, donde es difícil que las personas encuentren y mantengan su completa identidad. Donde, a pesar de estar amuchados, estamos solos. Y no es extraño, porque todo parece estar diseñado para que no seamos mucho más que esos zombis de los que también, en alguna oportunidad previa, ya hemos hablado. En este mundo dickeano y mentiroso, donde es difícil encontrar la verdad, donde la realidad es prácticamente individual porque es percibida por cada uno de nosotros a través de filtros que pocas veces tienen sanas intenciones, que la fragmentan y la ensucian, donde casi todo tiene un precio y donde la mayoría de las cosas son vertiginosamente efímeras, no hay demasiado espacio para el amor y lo solidario. No es raro que pensemos (quizá exageradamente) en mundos distópicos: llevamos mucho tiempo empapándonos de historias que hablan al respecto. Pero pareciera que no estamos preparados para hacer mucho más que ubicar lo que nos pasa (lo que creemos que nos pasa) en contexto y ponerle la etiqueta correspondiente. Sé que hay excepciones (y este espacio es uno de ellos, pues es un espacio solidario, en muchas formas un acto de amor), pero el mundo no se construye con excepciones. Debo reconocer, sí, que algunas de estas excepciones tienen el peso individual suficiente como para indicar una tendencia y hasta cambiar la historia. Pero muchas no, y entonces deben ser acompañadas para sobrevivir. Pareciera que no hemos recibido demasiado entrenamiento para hacerlo, en especial en los últimos años, como si compartir e interesarse por las necesidades del otro fuese algo fútil y fuera de moda.

Quiero creer que en algún momento nos pararemos, nos sacaremos de encima la modorra y empezaremos a actuar. Lo digo más allá de las condiciones puntuales de cada uno de nuestros países y ciudades, nuestros pequeños mundos cotidianos; lo digo como miembro de una especie que no tiene claro si eso que está allí adelante es el horizonte de nuestra ansiada plenitud o el borde de un abismo sin retorno.

Mientras tanto, yo me siento orgulloso de seguir haciendo esto, mes a mes. Aquí, este género seguirá dando sus extraños frutos, esos que nos llenan de preguntas. Avisándonos de los riesgos, pero también mostrándonos algunos caminos que tal vez, en algún momento, nos animemos a explorar.

 

 


Axxón 253 – abril de 2014

Editorial


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