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ZAPPING 0305, 16-Ago-2007
Envasado al vacío
por Marcelo Dos Santos (www.mcds.com.ar)

Todos recordamos la película de Paul Verhoeven Total recall en la que, en determinado momento, tanto Schwarzenegger como la chica quedaban expuestos a la tenue atmósfera marciana y el cuasivacío allí imperante los hacía ver como "hinchados", se les salían los ojos y, en fin, terminaban pareciendo inflados como el Hombre Michelin.

La pregunta, entonces, es: ¿es exacta la descripción de la película? ¿Nos cuentan la historia correcta los miles y miles de ejemplos de exposición al vacío que leímos y seguimos leyendo en la ciencia ficción? ¿Qué le pasa, en realidad, a un astronauta cuando se le rompe el traje espacial?


Bueno, depende. Tamarack R. Czarnik, médica residente en Medicina Aeroespacial y especialista en medicina hipobárica, relata este increíble caso: el astronauta Gregory Bennett estaba trabajando en el espacio durante una de las misiones de los transbordadores espaciales. De repente, una de las trabas metálicas que ajustan los guantes del traje espacial se abrió y, aunque el astronauta la cerró de inmediato, una de las piezas perforó el traje espacial en el guante de la otra mano entre el pulgar y el índice. No fue un agujero grande, tan solo tenía 3 mm., y ni el propio astronauta lo notó. Recién cuando volvió a la nave y se quitó el traje descubrió una herida dolorosa en la palma de la mano: la traba le había perforado no solo el traje sino también la piel. Lo que ocurrió fue lo siguiente: la descompresión del guante "chupó" los labios de la herida y los selló contra la abertura del traje, y Gregory estuvo sangrando hacia el espacio todo el rato hasta que regresó al vehículo. No pasó nada.


Edward White, primer hombre en efectuar una caminata espacial
—como piloto de la Géminis 4— y también primer hombre...
¡en perder un guante en pleno espacio! Un año y medio después, moriría
incinerado con sus compañeros Chaffee y Grissom en el incendio de la Apolo 1.
Su guante iba a durar más que él: aún está en órbita estable y tiene
el honor de ser el primer trozo de "basura espacial" de que se tiene memoria


Pero, igualmente, una descompresión repentina no es un chiste. Aunque no, la mayoría de las representaciones literarias y cinematográficas no se ajustan a la realidad científica. Veamos.


Desde que comenzó la carrera espacial, se han expuesto cierto número de organismos terrestres a los efectos del vacío, tanto involuntariamente como —nos avergüenza decirlo así— en forma experimental. La suma de estas experiencias deseadas o no, más nuestros conocimientos físicos y médicos, nos permiten tener una idea más bien clara de lo que le sucederá a un hombre si se lo expone al vacío total del espacio.

El asunto comenzó en los 60s, cuando la tecnología nos acercaba a hacer realidad los vuelos espaciales tripulados. Entonces, los ingenieros se vieron obligados a desarrollar proyectos que les permitieran determinar el tiempo que un ser humano sería capaz de sobrevivir (el tiempo que tendrían para reaccionar) si se le rompía el traje espacial, si un meteorito le perforaba el casco de la nave o percances similares.

Así, construyeron unas cosas llamadas "cámaras de gran altidtud", para reproducir las condiciones en un ambiente tal: bajísima presión, temperaturas bajo cero, alta tasa de radiación y demás. Hecho esto, sometieron a varios grupos de suicidas, er, voluntarios y también a algunos animales. Sí, la NASA tiró gatitos y perritos al espacio para ver cómo se morían. Por supuesto, los experimentos con animales concluían con sus muertes, lo que se trataba de evitar con los voluntarios humanos. Bueno, no nos olvidemos que la pobre Laika se frió en la reentrada a la atmósfera, por más monumentos que le hagan los rusos.


Pero incluso antes de la era espacial, ya hubo un hombre que tuvo problemas con la descompresión: se trata de Joe Kittinger, aviador militar norteamericano condecorado, que detenta aún hoy el record mundial de altitud en paracaídas. Saltó tres veces desde globos e, increíblemente, en dos de ellas sufrió descompresiones accidentales por fallas en el traje.

En su primer salto (noviembre de 1959), un problema en una junta le descomprimió el traje mientras caía desde 23.287 metros de altura. Kittinger se desmayó instantáneamente, pero la velocidad de la caída libre le salvó la vida: lo devolvió a una altura segura y el paracaídas automático se abrió en forma normal. El cuerpo exangüe de Joe comenzó a girar mientras caía libre, hasta llegar a 120 revoluciones por minuto. Se ha calculado que esta velocidad de rotación aplicó sobre sus extremidades más de 22 gravedades (22 G).


Joe Kittinger junto a la barquilla de su globo
Bajo la puerta hay un cartel que dice
"Este es el escalón más alto del mundo"


Su segundo salto no tuvo consecuencias, pero el tercero, en el que anotó su marca mundial (16 de agosto de 1960) sí. En esa oportunidad, Kittinger saltó desde 31.330 m, algo que nadie más se atrevió a hacer, pero una nueva falla en una junta le descomprimió el guante derecho. La mano comenzó a doler enormemente y se le quedó paralítica, pero se recuperó apenas el militar saltó y la caída lo llevó a una altura segura. Como dato anecdótico, cabe señalar que Joe no sólo batió ese día el récord mundial de salto en paracaídas, sino también los de caída libre más larga, mayor altitud de ascenso en globo y mayor velocidad alcanzada por un hombre sin vehículo a través de la atmósfera (1.149 km/h).


Como sea, los datos de esos experimentos tan peligrosos y crueles permitieron a los expertos enterarse de cómo las bajas presiones y temperaturas afectaban a los seres humanos y de cómo el cuerpo respondía a esta brutal agresión. Completaron sus estudios y se quedaron con la duda de si la realidad les confirmaría sus teorías, hasta que una serie de desagradables accidentes —cuándo no— vino a demostrarles que, en efecto, tenían razón.

En 1965, un técnico estaba probando un traje espacial nuevo en una cámara hipobárica. Lo triste fue que el traje no aguantó la descompresión, sometiendo al hombre al vacío durante 40 segundos. Tras ese tiempo se desmayó. Apenas se recomprimió la cámara, el sufrido sujeto recuperó el sentido y salió del trance sin mayores consecuencias. Lo único que recuerda es la saliva hirviendo sobre su lengua.


Kittinger saliendo del globo en su tercer salto


En un incidente posterior (1982), otro hombre fue introducido en una cámara defectuosa, que lo sometió a cuatro minutos de vacío. La víctima quedó inconsciente y se puso completamente azul, y sólo sobrevivió porque uno de los que estaba afuera tuvo la presencia de ánimo suficiente como para romper una de las ventanas y permitir que el aire penetrara en el recinto. Lo sacaron con los labios congelados, vomitando sangre por los pulmones rotos y sangrando profusamente por ambos tímpanos. Se le diagnosticó barotrauma grado IV y se lo trató, primero, volviendo a comprimirlo en una atmósfera de nitrox (oxígeno y nitrógeno a partes iguales) y luego dándole Decadrón. A las 24 horas recuperó la conciencia y estaba lúcido; al 5º día se le sacó la intubación, y al año mostraba respuestas neurológicas normales o superiores. Tuvo suerte.


A los tripulantes de la Soyuz 11 no les fue tan bien. Regresaban a la Tierra luego de un acople con la estación espacial Salyut 1 tras haber pasado tres semanas en ella, convirtiendo la misión en la primera visita tripulada exitosa a la también primera estación espacial. Pero el resto de la misión no resultó exitosa. Al desacoplarse, doce tornillos explosivos debían explotar secuencialmente, separando a la nave de la estación. Sin embargo, por una falla, estallaron todos a la vez y rompieron una válvula esférica del sistema de ecualización de presiones de la Soyuz, que se abrió de golpe y dejó escapar todo el aire de la cápsula. Uno de los tres tripulantes, Viktor Patsayev, comprendió en seguida la causa del problema: se desabrochó el cinturón de seguridad y se aproximó a la válvula para tratar de obstruirla con algo o de cerrarla mediante el sistema manual de emergencia. Lamentablemente, era imposible que lo lograra. La Soyuz perdió todo el aire y quedó a 0 atmósferas en menos de 30 segundos, siendo que Viktor hubiese necesitado más de un minuto para cerrar la válvula con la manivela. Estaban a 168.000 metros de altura. Irónicamente, el vehículo continuó su descenso normalmente y aterrizó en forma correcta. Cuando el equipo de rescate abrió la escotilla encontró el cuerpo de Viktor junto a la válvula y los cadáveres de sus dos compañeros —Georgi Dobrovolski y Vladislav Volkov— aún atados a sus asientos, con pacíficas expresiones en sus rostros que los hacían parecer dormidos.


El heroico Viktor Patsayev


Algunos de los daños provocados por la súbita exposición al vacío del espacio ocurren de inmediato; otros tardan más tiempo. En el primer caso encontramos básicamente la expansión de los gases en el interior del cuerpo. Al faltar presión externa, los gases de los pulmones e intestino se dilatarán. Si esta dilatación es muy grande, el hombre morirá por el puro y simple estallido de sus pulmones. Si por algún milagro sobreviviera a esto, la ruptura de los alvéolos inyectará burbujas de aire en las arterias, llevando esos globitos al cerebro y matándolo de todos modos. Aunque parezca increíble, un buen remedio para evitar este horrible fin es vaciar completamente los pulmones de aire en el momento en que nos damos cuenta de que la cabina se ha descomprimido. En algunos casos, un grito de horror ha salvado la vida de un astronauta en peligro, al dejar sin aire a sus pulmones.

Otro de los peligros de la descrompresión recibe el nombre de "ebullismo": a presión cero, el agua se evapora espontáneamente en segundos, es decir, hierve aunque se encuentre a muchos grados bajo cero. Si uno lo piensa bien, la perspectiva es horrible: las lágrimas de la superficie del ojo comenzarán a hervir, así como la humedad de las fosas nasales, la saliva dentro de la boca, el sudor sobre la piel, etc. Al mismo tiempo, el agua de los músculos y el resto de los tejidos internos hervirá igualmente (no está exenta de las leyes de la física), y el cuerpo alcanzará, debido al vapor generado, un volumen más de dos veces mayor al normal.


¿Suficiente martirio? De ningún modo. Algunos segundos después, la falta de presión hará que el nitrógeno disuelto en nuestra sangre vuelva a su estado gaseoso, una dolorosísima circunstancia conocida por los buzos con el nombre de "enfermedad descompresiva". Para completar el espantoso cuadro, las burbujas irán al cerebro para formar trombos, provocando anoxia cerebral, embolia y hemorragias intracraneales.


Emblema de la trágica misión Soyuz 11


Mientras a usted le pasan todas estas cosas tan lindas, la radiación ultravioleta le quemará la piel en cuestión de segundos, de modo tan grave como si hubiese estado expuesto al sol del mediodía en el verano caribeño... varias horas y sin protección.

La buena noticia es que el cuerpo no pierde el calor hacia el espacio si no tiene aire a su alrededor que lo absorba: usted se morirá de cualquiera —o de todas— las horribles cosas apuntadas, pero no tiene por qué temerle a la hipotermia.


Bueno, esto es espantoso, pero... ¿cuánto tiempo se puede sobrevivir en estas condiciones? Hoy sabemos que un hombre expuesto al vacío mantiene la conciencia durante diez segundos completos, tiempo suficiente para intentar hacer algo para salvarse. No diremos que estará cómodo, pero al menos estará vivo y dueño de sí como para tratar de salir de esa desgraciada situación. Pero luego de esos diez segundos (que se conocen como "tiempo de conciencia útil"), comienza a aparecer la anoxia o asfixia cerebral. Sin presión de aire, el mecanismo de intercambio gaseoso de los pulmones funciona en sentido contrario, sacando el oxígeno de la sangre y echándolo por la boca y la nariz, acelerando la hipoxia del sistema nervioso central. Pasados los diez segundos de gracia, la persona se queda ciega y comienza a perder la conciencia, mientras los fluídos hierven y la boca y la nariz se le congelan. Algunos segundos después el cuerpo se pone azul ("cianosis") y comienzan las convulsiones y el coma. De ahí a la muerte —es fácil imaginarlo— solo falta un ligero empujón.


Si a uno le pasa todo esto, aún sería posible salvarlo siempre y cuando el corazón le siguiese latiendo. Si se le da oxígeno a presión de inmediato (y de inmediato quiere decir entre 60 y 90 segundos a contar desde el momento de la descompresión), es casi seguro que la persona saldrá del trance con solamente lesiones menores, aunque la ceguera inducida por la hipoxia puede llegar a durarle muchos días.

Después de los 90 segundos, la sangre comenzará a hervir y el corazón se detendrá... para siempre.

Salvo el técnico del episodio ya relatado, que sobrevivió luego de 4 minutos de vacío, ninguna otra persona en el mundo quedó con vida tras superar el ominoso límite del minuto y medio.


Pero vemos que la realidad, aunque sombría, es sorprendente. Cualquier lego diría que la supervivencia en el espacio sin traje espacial es cuestión de segundos: eso no es así. Se mide en minutos, y todo gracias a la Madre Evolución, que nos dio un cuerpo lo suficientemente resistente como para sobrevivir... un ratito.

MÁS DATOS:

Outer Space Exposure
Ebullism at 1 million feet: Surviving Rapid/Explosive Decompression

(Traducido, adaptado y ampliado por Marcelo Dos Santos de Geoffrey A. Landis Home Page y de otros sitios de Internet)


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