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07/Mar/06



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Cine: La unión europea del fantástico

Los directores del Festival de Catalunya y del Cinénygma de Luxemburgo analizan la producción y distribución del género en el Viejo Continente.

(Malaga Hoy) - Si el cine no es nada sin la industria, la pervivencia y buena salud del género fantástico en nuestros días parece sacada del guión de una de sus películas. A mediados de los 70, la proyección de El exorcista en el entonces Festival de Cine de Terror de Sitges —convertido hoy en el Festival Internacional de Cinema de Catalunya— tuvo que hacerse a puerta cerrada para evitar una intervención policial.

Los regímenes autoritarios se han mostrado por lo general poco condescendientes con fantasmas, momias, monstruos y demonios, y mucho menos si entre sus actividades añaden a la sangre orgías de sexo y borracheras. Esta imagen marginal ha condicionado el cine fantástico en Europa y ha espantado con demasiada frecuencia la intervención de instituciones, patrocinadores y otros apoyos.

Hoy, la distribución y producción de películas tiene en los festivales y sus alianzas sus más poderosos aliados en el Viejo Continente, pero el camino por andar es todavía largo en comparación con las metas ya conseguidas en Corea, Japón y Estados Unidos.

Sobre esta encrucijada versó la mesa redonda organizada ayer en la Semana Internacional de Cine Fantástico de Málaga, que con el título Europa fantástica: situación actual del cine de género en Europa reunió al director del citado Festival Internacional de Cinema de Catalunya, Ángel Sala, y al director del Festival Internacional de Cine de Luxemburgo Cinénygma, Romain Roll. Las conclusión que puede deducirse de las intervenciones de ambos se reúnen en el cambio radical experimentado en el panorama continental a raíz del trabajo de cooperación entre los distintos certámenes y ciclos, a través de herramientas esenciales como la Federación Europea de Festivales de Cine Fantástico. También en lo tocante al género, entre Portugal y Polonia la unión hace la fuerza.

Pero este sentido de la interacción es reciente. Hasta bien entrada la década de los 90, la andadura en solitario de los distintos festivales tuvo que sortear no pocos obstáculos. El más riguroso de todos ellos, según explicó ayer Sala, era el prejuicio general "que veía en el cine fantástico la perversión, lo retorcido y lo más moralmente dudoso", lo que dificultaba "la entrada en juego de promotores, administraciones y en suma del dinero necesario para la realización de películas y su posterior distribución". Ya en la década de los 80 "se produjo una instrumentalización del concepto de lo fantástico: su significado se amplió y pasó a englobar también la ciencia ficción, el terror, cierto cine de autor y otras muchas propuestas para todos los públicos". Este carácter ecléctico ha tenido en Europa, sin embargo, una característica común en los últimos 20 años: "un ánimo constante para investigar y abrir puertas en el género".

La popularidad del cine fantástico se debe así en gran parte al beneplácito del lenguaje y a una mayor comprensión de lo fantástico. En España, donde la represión franquista anuló toda posibilidad de expansión de una industria alternativa, la transformación pudo parecer más profunda, pero en realidad respondió a un procedimiento que también se dio en el resto de Europa. Así lo aseguró ayer Romain Roll, cuyo Cinénygma comenzó a andar en Luxemburgo hace sólo doce años con similares problemas. La primera edición consistió en un solo maratón de cuatro películas "porque no conseguimos ayuda para más; por entonces, el cine fantástico se vinculaba exclusivamente al gore y las cantidades exageradas de sangre vertidas en pantalla, escasamente atractivas para los inversores". El descubrimiento por parte de patrocinadores públicos y privados de un nuevo concepto del género "nos permitió organizar actividades más relevantes y llegar a más espectadores y aficionados".

La Federación Europea de Festivales de Cine Fantástico, de la que la Semana Internacional de Málaga es miembro adherido, ha posibilitado en los últimos años la expansión y consolidación de una industria que no por su aproximación a lo underground puede salir adelante sin fondos. La institución, que concede anualmente sus propios premios —los Mélies de Plata—, favorece el trabajo en red de los certámenes "para la localización y promoción de películas y directores de toda Europa", según Roll. Los primeros beneficiados son los cineastas jóvenes, "que tienen garantizada la presentación de sus trabajos en veinte festivales durante un año", y el público, que tiene en estos ciclos una oportunidad de oro para reencontrarse con sus miedos e ilusiones.

Aportado por Eduardo J. Carletti


            

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