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05/Abr/06



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Nélida Piñón: "La imaginación fortalece el conocimiento"

Ganadora del Príncipe de Asturias 2005, Piñón habla de Voces del desierto, su nueva obra, que narra la historia de Scherezade en Irak.

(La Nación) "La arrogancia aleja a un presidente de sus ideales iniciales y del contrato moral que ha firmado con su pueblo. El discurso político se vuelve autista y su lenguaje se camufla. El poder está convencido de su poder, no escucha a los demás y nadie tiene el coraje de contrariarlo. Los que rodean al presidente se vuelven cortesanos modestos. Los ciudadanos somos cada vez más frágiles y sabemos menos de nuestro destino". Todo lo dice la gran escritora brasileña Nélida Piñón, con la cadencia irresistible de la palabra portuguesa.

La agitación de esta ciudad desmesurada, desencantada de la gestión del presidente Lula da Silva, es apenas perceptible desde el piso que habita Piñón en Lagoa, una suerte de Recoleta monumental a espaldas de la todavía glamorosa Ipanema.

Cuando su reciente novela Voces del desierto (Alfaguara) asoma en las librerías argentinas, la mayor escritora viva de Brasil, premio Príncipe de Asturias de las Letras 2005, dice: "Narrar es fundacional. Es un principio humano que sirve a una necesidad irrenunciable. ¿Te imaginas que alguien pueda volver a su casa o a su falsa modernidad sin llevar en el corazón o en el bolsillo un pequeño relato?".

A resguardo del sofocante calor otoñal carioca, Piñón habla con La Nación de cuanto la apasiona: la literatura, la política, Brasil, la gente, los sentimientos, la decadencia, la vida. Mientras posa divertida para las fotos que para la entrevista le toma Ana Branco, reportera del diario O Globo, la autora de La república de los sueños dice orgullosa: "Me han contado que en Galicia está naciendo toda una generación de Nélidas, y eso me conmueve".

Al cabo de casi dos horas de charla matizada con vino espumante y bocadillos creados por la escritora, mientras su asistente, Lucía Saloca, abre el ventanal sobre Lagoa Rodrigo de Freitas, Nélida Piñón dice: "Nos repartimos entre la necesidad de ser felices, que es una obligación, o la de ser morales, que también es una obligación. Y no siempre la felicidad y la moral viven juntas. A veces se expulsan la una a la otra".

Desde que ganó el Príncipe de Asturias, la vida de Piñón se ha convertido en un viaje constante por el mundo. Eso la obliga a escribir, incluso, en los aviones.

Heredera de dos culturas —la brasileña por origen y la gallega por ascendencia— que enriquecen su obra, la narradora, nacida en Río de Janeiro hace casi 70 años, seduce por la maestría con que ha construido un universo literario personal. Y porque, cuando habla del proceso de escritura, de la vida política en Brasil o de la inmigración en Europa, rinde tributo al pensamiento crítico y a la reflexión aguda desde una singularidad hondamente espiritual.

Voces del desierto es una medulosa obra sobre el poder de la imaginación, la narración oral y el proceso de creación que aún maravilla a esta notable dama. Piñón consigue su objetivo contando la historia de Scherezade, la joven que en "Las mil y una noches" enamoró con historias a un sultán que asesinaba a sus amantes.

Actualmente, Piñón trabaja en tres nuevos libros: un ensayo, una memoria personal y una novela "muy violenta y muy áspera".

—La sexualidad tiene un lugar de privilegio en "Voces del desierto", justo en un mundo donde la gente rehúye del contacto físico.

—No, al contrario. Pienso que en el mundo contemporáneo la gente se toca, sólo que lo hace a través de la vulgaridad, del intercambio sexual solo y sin mucho misterio. La cama es hoy un territorio muy accesible que prescinde de un ritual. So pretexto de la libertad sexual se deserotizó el cuerpo. Y además, ese concepto de que uno tiene que experimentar mucho para saber un mínimo sobre los placeres de la carne genera el anonimato del amor. Por ejemplo, los jóvenes de hoy se conocen y van a la cama. No se interesan por la biografía previa del otro para hacer el amor. Practican un sexo sin precedente, sin códigos de referencias y sin memoria, porque no tendrán tiempo de construir una memoria común. Entonces hay una revelación de la genitalidad, pero no del alma del otro. No hay rostro. Y eso deshumaniza, a la vez que trivializa los sentimientos y pone en su lugar otros valores, como ganar dinero o hacer una carrera a cualquier precio. En los lugares de trabajo la gente ya no tiene amistades para poder destruir al otro sin problemas.

—Usted retoma la historia de Scherezade en Irak, que ha sido devastado culturalmente por la guerra decretada por Bush.

—Esa civilización está perdida. La sensación que uno tiene del mundo contemporáneo es que mira a esa región como si no hubiera existido, casi con desprecio y con un desconocimiento histórico radical. Sin hablar de que la invasión norteamericana destruyó maravillas y nadie tuvo noción de eso ni protestó. Quizá la civilización más antigua de la tierra se haya perdido para siempre. "Voces del desierto" enaltece todo eso y es una gran apología de la narrativa, de la historia y también de esa gran civilización. Lo de Irak es un genocidio. Yo estaba corrigiendo la novela en los EE.UU. cuando ocurrió la invasión, que me dejó muy triste. Lo trágico fue que los periodistas no conocían nada de esa civilización ni dónde quedaba Bagdad. Yo, que estudié cinco años para escribir esta novela y leí el Corán tres veces, muchas veces los corregía. Nunca viajé a Irak. No hizo falta, porque el mundo que yo describí no existe más.

—A Scherezade la ayuda la educación recibida. ¿A mejor educación hay más posibilidad de supervivencia?

—Scherezade tiene una educación extraordinaria, pero a la vez sabe que la gran educación viene junto con el conocimiento del pueblo y que la cultura está profundamente asociada a su origen popular. No se puede inventar la erudición sin un saber empírico. Antes del meteorólogo hubo un campesino que dominó el clima y un marinero que conoció los vientos y las corrientes marítimas. La imaginación también fortalece el conocimiento. Cuando la razón aún no se dio cuenta de que sabe, la imaginación ya sabe. Porque la imaginación no es selectiva, no está al servicio del buen gusto ni de una estética previa, por eso puede servir a todos los propósitos.

—¿La limita crear sólo en portugués?

—No, pertenezco a una alta cultura, pero de práctica periférica. Quedarme en Brasil fue una opción porque la lengua es mi patria. Tengo un profundo amor por mi país y por mi lengua. Y lo curioso es que tengo cuatro abuelos gallegos y una cultura cosmopolita. Mis grandes afectos y mi casa están aquí, en Brasil. Guardo una fidelidad irrestricta a ese mundo y al portugués.

—¿Cómo es ser escritora en un país con tan alto nivel de analfabetismo?

—Hay dos grandes aspectos. Primero, que acepto hablar mucho con la prensa y con la gente. Y luego acepto dar muchas conferencias en Brasil. Es mi pequeña contribución a la gente que no lee en general. Muchos simulan que han leído mis libros y es muy bonito que simulen. Si un escritor quiere contribuir a su país tiene que escribir sus novelas.

—¿Cómo vive usted la posibilidad de que el español sea segunda lengua en Brasil?

—Pienso que el dominio de otras lenguas, aunque sea superficial, es enriquecedor. Es importante que se hable el castellano en Brasil, pero igual estímulo tiene que tener el portugués en América latina. Lo que nos fortalecerá y, a su vez, fortalecerá a nuestro continente es que seamos capaces de leernos y de entendernos.

—¿Qué hace una dama como usted mezclada con políticos, por ejemplo, en la Cumbre de Salamanca?

[Se ríe] —Miro a los políticos como si me hablaran en un idioma que moralmente no puedo creer. Escucho porque tengo una gran curiosidad y acepto debatir, pero hay un desvirtuamiento moral impresionante entre los políticos. Hay un foso muy grande entre nuestra realidad, el poder que delegamos a esta gente y la práctica de ese poder. Se universalizan la mentira y el embuste y se fortalece la máquina del Estado en nuestro detrimento. Votamos por un candidato que cuando llega al poder se hace dueño del poder y se olvida de nuestro mandato de representación. Por tanto, hoy el voto sólo vale el día de la urna.

—La literatura miente o fabula para llegar a la verdad, pero la política parece hacerlo para negarla.

—Claro, es para extraernos nuestros derechos. El arte puede hasta falsificar para volvernos seres más portentosos y con más imaginación. Pero el gobernante gobierna cada día más para él y su grupo de intereses. Soy una mujer absolutamente decepcionada de la práctica política y la falta de idealismo.

—Los sectores más humildes de Brasil parecen decepcionados de Lula. Dicen que no escucha ni ve, sólo habla.

—Ésa es la arrogancia del poder. Es un discurso que no escucha, porque actualmente no hay grandes asesores en el poder. En general, los presidentes no escuchan. Además, desde el poder se refuerza la idea de que no es necesario tener cultura o placer intelectual. La gente no quiere hacer ese esfuerzo. Sólo se interesa por ascender social y económicamente. Nuestro presidente siempre ha dicho que no ha leído, que no le gustan los libros y que no hace falta tener un diploma. Y tiene razón, porque él ha llegado. A su vez hemos tenido presidentes cultos, fríos e insensibles. A mí me gusta un presidente que me represente bien y que esté dispuesto a hacer un esfuerzo gigantesco por su pueblo, que necesita desesperadamente mejorar su calidad de vida. La fatalidad histórica tiene que sufrir una ruptura.

—¿De quién se siente heredera?

—Me siento muy libertaria, porque leo todo lo que quiero y en forma sistemática. Siempre he leído mucha literatura hispanoamericana. Y a la vez soy aficionada a la historia, viajo mucho por los siglos porque soy una gran amante de las civilizaciones. Además, escucho mucha ópera y voy a los festivales internacionales de música. Soy una gran admiradora de Borges y de Cortázar. A Borges lo encuentro grande, sobre todo, porque tiene un pensamiento muy original y por la libertad que se tomó para salir de América latina y escribir sin miedo. Cortázar me gusta muchísimo.

—¿Cuáles son sus obsesiones?

—Me gusta mucho, como tema, la decadencia, que no significa llegar a la caída final. Hablo de esa decadencia que no se da cuenta de que está declinando, con sus sueños destinados al fracaso. Es decir, me gusta repensar las finitudes humanas que refutamos por el horror que la decadencia nos provoca. ¿Cuántos logran concretar sus sueños?

Aportado por Alejandro Alonso

Más información:
Cómo nació la novela "Voces del desierto" (La Nación)

            

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