¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Quizás por tener más tiempo, o por un estado mental, o porque he cambiado con los años (y también puede ser que por todas esas cosas juntas), en estos tiempos estoy viendo y disfrutando algunas películas «raras».

No piensen mal, me refiero a películas diferentes a las de la línea tradicional hollywoodense.

En ellas he notado una intensidad y profundidad mayor para contar los problemas humanos. Comprendo cada vez más que, a esta altura de mi vida, eso es lo que me importa en una historia. Nada de pirotecnia visual. Nada de peleas con artes marciales, asaltos de esgrima, saltos de videojuego ni persecuciones de vehículos.

Es decir, nada del Hollywood actual. Y no quiero decir Hollywood siglo 21, sino Hollywood súper tradicional.

Hollywood ha producido (y como nos anuncian cada día, planea producir) una enorme proporción de títulos en la temática de ciencia ficción, fantasía y terror. Me da la impresión de que es mayor que antes, aunque no he estudiado el tema buscando los números estadísticos.

Y se están repitiendo todo el tiempo en esta producción, una y otra vez, con segundas y a veces hasta terceras versiones, las viejas historias.

¿La ciencia ficción no tiene (o no debería tener) un alto componente de «lo nuevo»? Siempre sentí que la ciencia ficción es una forma de descubrimiento.

En otras épocas nuestro propio planeta nos ofrecía muchos lugares desconocidos. Uno podía salir y visitar territorios llenos de novedad. Quiero decir que podía haber territorios misteriosos, sorprendentes, a unos kilómetros, y uno podía no saber nada de ellos hasta que los visitaba.

Habiendo tanto por descubrir, estábamos cargados de ansias. A mí me pasaba.

El placer por el descubrimiento de lo nuevo era fervoroso, y se volvía exquisito al abrir las páginas de una revista o un libro de ciencia ficción.

¡Ahí sí que estaba lo nuevo!

Hoy somos bombardeados con información. Se pueden recorrer mapas y fotos satelitales con una pantalla y dentro de casa. Podemos ver muchos «territorios nuevos» en los 50, 100 o 500 canales de cable que llegan a nuestro televisor.

Somos unos exploradores furiosos, exacerbados.

Sin embargo, en el ámbito de la ciencia ficción (aceptemos que hoy la que más se consume está en el cine y la TV), nos regresan ahora una y otra vez a las mismas historias… ¿qué es lo que pasó?

Cada día se anuncia que van a rehacer una película ya conocida. A veces por tercera vez.

¿Qué es lo que pasa? ¿No hay nuevas historias, nuevos temas, nuevos enfoques?

Sabemos que sí.

Quizás de tanto explorar hemos perdido el gusto por lo nuevo y pasamos al otro lado, casi a tenerle miedo.

Por lo menos como masa. Porque las películas de Hollywood se hacen —y no deberíamos olvidar esto— para las masas.

Las masas son las que ponen la verdadera plata, no las élites.

Caemos en lo tradicional.

¿Cabe lo tradicional en una historia especulativa, una historia en la que se especula sobre nuevos mundos?

La palabra tradición implica el mantenimiento de las ideas, costumbres y formas de pensar.

Y si la defensa de la tradición se amplifica se genera mucha violencia. Porque la gente tiene terror, miedo de probar lo nuevo, lo desconocido.

Pero vayamos un poco a otro ámbito que siempre nos ha gustado. De hecho, la palabra lidera el nombre de nuestro género preferido: Ciencia.

¡Cuántas cosas nuevas aparecen en ciencia todos los días! ¿No sería éste un paraíso para los que escriben especulando?

Sólo la primera pantalla de la sección noticias de un sitio de divulgación suele tener cada mañana decenas de ideas nuevas, incitantes.

Energía oscura (como en Star Wars, ¿no?), la «partícula de Dios» viajando hacia atrás en el tiempo para evitar que la descubran, estrellas que giran alrededor de otras en cinco minutos, supercomputadoras capaces de manejar datos a velocidad superlumínica, ciudades que se desplazan, superconductores para construir neuronas, asteroides oscuros (¿De nuevo Star Wars?), extrañas partículas de antimateria en el haz de los aceleradores, ¿la Tierra sin campo magnético?, multiversos, el universo en un holograma y burbujas de leyes físicas diferentes… Puedo seguir y llenar páginas y páginas.

Ni hablar de las noticias sobre genética, medicina, neurología y biología molecular.

Los seres humanos tenemos diferentes maneras de ser.

Estoy viendo los últimos tiempos una serie de TV —raro en mí— que me encanta: The Big Bang Theory.

Y es un espejo de muchos de nosotros, los fans de la CF. Ahí me veo en parte yo y a muchos de mis amigos y conocidos.

En ella el personaje más desorbitado es Sheldon, que no puede cambiar una sola cosa en sus rutinas diarias y semanales sin sentirse muy mal.

Conozco personas así. Hay que ofrecerles lo tradicional, o se sentirán mal.

Otros —yo soy uno, aunque los años han suavizado mi locura— necesitan cambios, cosas nuevas, giros imaginativos e inesperados.

Convivimos, bien o mal, en un universo que, a cualquier nivel que se lo observe, está en constante cambio.

No quisiera ser un Sheldon. No podría mirar la sección de noticias de Axxón, porque temblaría cuando descubren una y otra vez esos asteroides que nos pasan zumbando y que nadie detectó.

No quisiera ser un Sheldon para ver que de pronto se derrumba la economía de los Estados Unidos, ¡nada menos!

No quisiera ser así si hoy el universo es 82 % de algo desconocido que afecta todo, si las partículas pueden «sentir» lo que le pasa a otra estando al otro lado del universo… y eso deja de ser una fantasmagórica propuesta matemática para volverse algo usable en la tecnología.

No quisiera ser alguien con la mente demasiado opuesta a los cambios mientras todo cambia en el mundo hora a hora, a veces segundo a segundo, y no puedo evitar enterarme.

No es lo mejor ser alguien que gusta del cambio y la renovación, que disfruta de las revoluciones, pero peor sería lo otro.

Que cada uno busque el mejor equilibrio…

 

Eduardo J. Carletti, marzo de 2010

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