Revista Axxón » «El hombre y su semejanza», Anselmo Bautista López - página principal

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MÉXICO

Hoy, mi padre, Isaías Asionov, ha sido asesinado.

Mi abuelo mexicano, contratado para tocar su esplendoroso violín en la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo, allá en los territorios del Kremlin, conoció a la gran bailarina Rinat Asionov, sin imaginar que el cruce de sus miradas los llevaría a unir sus vidas y traer al mundo al pequeño Isaías.

Según consta en algunas notas que hallé en un antiquísimo iPad que mi abuela heredó de su madre —un aparato inútil desde sus inicios que hoy sólo puede verse en el Museo Nacional de Tecnología—, se refiere a él (a mi abuelo) como «el único violinista que sabe reproducir sonidos celestiales.» Aún a mi edad no alcanzo a comprender esta expresión. Tengo entendido, por mi instrucción académica, que la religión era cosa muy practicada en aquellos tiempos. He leído algunas piezas de la Biblia en el museo de Historia, pero mi entendimiento no alcanza a comprender lo que ahí se dice, sobre todo cuando se habla de un Dios creador del hombre y del Universo. Y lo mismo pasa con cualquiera de mi generación. Los hombres más viejos se niegan a hablar de ello, y los que se atreven a hacerlo lo hacen de manera muy ambigua. De cualquier modo, lo histórico es un tema que en general poco interesa saber.

Mi abuelo quería que Isaías naciera en tierras mexicanas, no sé si por un capricho o tenía razones para ello. Lo cierto es que volaron de Rusia a Laredo, USA, por ser más práctico cruzar por tierra a Nuevo Laredo, México, lugar donde según lo planeado, nacería Isaías. Sin embargo, tan pronto bajaron del avión, mi abuela tuvo que ser hospitalizada porque mi padre adelantó su nacimiento. Así fue como en tierras gringas Isaías Asionov abrió por vez primera sus ojos marrones y en automático adquirió las tres nacionalidades que después le permitirían viajar en total libertad, sin los límites que presentan las leyes migratorias a los extranjeros.

Fue un hombre afortunado e inteligente. De chico mataba moscas con una liga, levantaba su cadáver y lo examinaba en el microscopio preguntándose cómo era posible que tal insecto pudiera haber acompañado al hombre desde la prehistoria. E incluso, le atraía tanto la mosca que a sus amigos les preguntaba: ¿qué fue primero: la mosca o la mierda?

Estudió Biología y Química en Rusia; Robótica y Cibernética en Estados Unidos, y sus grandiosos inventos los realizó en México. Se graduó con honores en cada disciplina lo que le valió una invitación a colaborar en el CERN en el departamento de Desarrollo Tecnológico para el Estudio de Partículas. Pero sus inclinaciones eran otras y abandonó aquella gran oportunidad para impartir la cátedra de Biotecnología en el Tecnológico de Monterrey.

Su primer invento fue una mosca burda de tamaño normal de utilidad clínica, que podía limpiar los tejidos necróticos de las heridas que se resistían a sanar. Aunque el invento llegó un poco tarde para la ciencia médica, su uso no fue descartado del todo. Las heridas, por graves que parezcan, hoy en día se curan en una sola operación con tejidos de células madre y se cubre la herida con una capa sintética que simula la piel, la que se va despellejando con el tiempo como aquella piel que ha recibido demasiados rayos de sol. Y si con este método es irreparable la lesión, sencillamente se fabrica una prótesis cibernética que tendrá la misma funcionalidad que la extremidad dañada sin que se llegue a notar el reemplazo. La utilidad de «la mosca curativa de Asionov» sobreviene, entonces, en aquellos pacientes que aún se resisten a los avances de la medicina reconstructiva y que prefieren métodos curativos que van quedando en desuso.

Pero las inclinaciones de mi padre iban más allá. Abandonó su cátedra para experimentar a tiempo completo y hasta la saciedad con moscas por ser éstas su mayor atracción desde la infancia. Esto nos llevó a la bancarrota. Mi padre tuvo necesidad de hipotecar la casa que había heredado de mis abuelos para continuar con sus investigaciones, a despecho de mi madre.

—Si logro hacer que una mosca viva el doble de su vida normal la humanidad habrá dado un gran salto… el hombre podrá vivir fácilmente doscientos años.

—¿Y para qué? —le pregunté, algo desinteresado en mi juventud.

—¿No te gustaría llegar a ser eterno? —dijo, con grandes ilusiones de científico inventor.

—Ya los vampiros nos han dado muestra de lo aburrido de la eternidad —repliqué, sin ánimo de contradecirle ni de bajarle la moral.

No pareció importarle mi argumento porque se enfrascó hasta la obsesión en sus experimentos con la mosca y en otras cuestiones, tanto que mi madre nos abandonó por Ranminel, un comunicador de una importante televisora.

Sus esfuerzos dieron frutos antes de que la institución bancaria hiciera efectivo el embargo sobre nuestra casa. Me despertó un día, a las cuatro de la mañana, para darme la noticia. Había inventado un separador eficiente de las moléculas de agua (hidrógeno y oxígeno).

—¿Sabes lo que eso significa?

Por mi somnolencia, no respondí.

—¡Adiós a la combustión de etanol y a los motores eléctricos! —dijo, eufórico como un científico loco y esquizofrénico.

—Pero, papá… ese procedimiento no es una novedad. Se usa desde principios del siglo XX.

—¿Crees que no estoy enterado? —me dijo, con cierto reproche—. Pero ven, obsérvalo por ti mismo.

Casi me llevó arrastrando a la cochera donde me hizo una demostración de su invento. En efecto, el motor estaba desconectado del alimentador de etanol, en su lugar tenía instalado un aparato en forma de cilindro del tamaño de mi mano que, a decir de mi padre, era el convertidor; y en el otro extremo estaba conectado a un depósito con agua.

—Enciende el auto y te sorprenderás —me alcanzó el control.

Efectivamente, el auto arrancó pero yo seguía desinteresado; su invento no era para sorprenderse. Y él lo sabía.

—Ahora ven, ¿desde cuándo los autos requieren de acumulador de energía?

—Desde siempre —respondí.

—¿Ves por aquí algún acumulador?

Eché un ojo al motor. No había ninguno y pensé que me estaba haciendo una broma. Pero mi padre jamás me había hecho broma alguna como para que yo comenzara a sospechar de una jugarreta. Y como él sabía que no le daría ningún crédito hasta que no me sorprendiera, comenzó a explicarme y a mostrarme el funcionamiento de su invento.

—La pila —me la mostró— acumula suficiente energía para encender el auto en caso de estar en completa oscuridad… esa es toda su función…

La pila cubría un cuarto de mi mano, tan pequeña que no podría acumular suficiente energía como para hacer funcionar siquiera los limpiadores. No había en el mercado algo igual. Conociendo de antemano mi pregunta mi padre me señaló una línea de celdas solares en el toldo.

—Esta línea de celdas solares que he colocado en el toldo las he construido con resistentes filamentos que multiplican el calor que reciben de la luz blanca que se desprende del techo —miró hacia arriba—, suficiente para hacer funcionar todo el sistema eléctrico con el motor apagado. Si estuvieras en algún lugar donde no hubiera luz solar o luz pública y la pila fallara para arrancar el auto, sólo enciendes la luz de tu computadora de pulso sobre las celdas y listo… volverá a funcionar.

—No creo que el gobierno, y mucho menos las compañías de autos o productoras de energía, quieran conocer tu descubrimiento —apelé.

—Invento, hijo… invento —dijo moviéndose de un lado a otro, pensativo—. Esto es lo que por dos siglos los magnates del petróleo y ahora los de la energía alternativa nos han ocultado. Por lo pronto, hijo —añadió con una sonrisa soñadora apuntando con su dedo el diminuto control que yo tenía en las manos con el cual había encendido el auto—, no necesitarás de más combustible del mercado, ni recargar los acumuladores de energía para que tu vehículo ruede hasta que las piezas se desgasten. Sólo cuida de que no le falte agua.

Finalizó y se marchó a su recámara con paso cansado y ánimo deteriorado. Yo lo comprendí. No era prudente dar a conocer las adaptaciones que había hecho al vehículo o alguien se encargaría de asesinarlo.

Fuimos desalojados por el tribunal que ejecutó el embargo de la institución bancaria y nos mudamos a las afueras de la ciudad, a una casa abandonada por sus dueños que nos autorizaron a habitarla a condición de cuidarla y darle mantenimiento. Ahí, mi padre se encerró por largos años en la pieza que acondicionó como laboratorio de sus moscas. Para comer, tenía que rogarle y casi obligarlo. A regañadientes se alimentaba con poco y yo me sentía mal por su condición que lentamente se iba deteriorando. Trabajaba día y noche. Muy pocas veces salíamos a caminar a campo abierto y sólo hablaba de sus progresos o frustraciones, sus aciertos o equivocaciones. Dejó de preguntar por lo que yo hacía. Ni siquiera se enteró que ya había llegado a los treinta, que había terminado mi carrera, que estaba ejerciendo mi profesión y que tenía un trabajo estable en la ciudad.

Pasó otro par de años hasta que una mañana, al despertar, me encontré con una mosca gigante que me acechaba insistentemente, tan alta como un hombre alto parado en la puerta. Pensé por un instante que estaba soñando. Pero no. ¡La mosca me habló con gravedad!

—Levántate y acompáñame.

El insecto me dio la espalda. Sus alas se agitaron sin emprender el vuelo y salió del cuarto. Yo lo seguí con prudencia y en calzoncillos. Me llevó hasta el laboratorio, o centro de investigaciones, como a veces solíamos llamarlo. Entró y yo asomé la cabeza para buscar a mi padre, temiendo lo peor.

—Siéntate allí —me ordenó la mosca señalando el sillón de mi progenitor.


Ilustración: Tut

Me senté. La mosca levantó dos de sus patas y se limpió los ojos, sus alas se agitaron otra vez y luego se desprendió la cabeza. En su lugar, apareció la de mi padre.

—¿Te gusta mi disfraz? —preguntó sonriendo.

Yo estaba realmente consternado y pensé que se había vuelto loco o, por lo menos, que había perdido el buen juicio.

—Cuidado con lo que piensas —recriminó—. No he quedado loco… sólo quiero mostrarte algo, y luego, te mostraré algo más.

Con sus patas de mosca caminó hacia el baño y abrió la puerta.

—Ya puedes salir, Zintra.

Una joven muy hermosa, de líneas perfectas, de unos veinte años, cubierta con un ajustado traje de látex rojo, caminó callada pero coquetamente sonriente al centro de la pieza.

—¿Te gusta, hijo?

Yo quedé mudo. ¿Si me gustaba? ¡Jamás había visto o imaginado algo igual!

—Es tuya, te la regalo —dijo, perspicaz.

—¡Padre! —le recriminé.

¿Cómo era posible que pudiera tratar a un ser humano como a un objeto cualquiera? Él tenía que estar de acuerdo con mi posición. Podía exigirle que se disculpara inmediatamente con la jovencita y lo haría sin chistar. Poseíamos, socialmente, un elevado respeto por la mujer, tanto que cualquier ofensa era motivo de separaciones familiares drásticas, e incluso la cárcel de enterarse el Estado.

—No seas tonto, ¡es mi creación! —dijo, elevando los brazos como si con ellos quisiera sostener el cielo o por lo menos el techo.

—Pero, ¿cómo? —me levanté del asiento estupefacto, completamente sorprendido.

Caminé hacia la joven, la examiné lentamente. No dejaba de mirarme con una sonrisa tan vital y agradable que sentí los piquetes de inyección en mi estómago de un repentino enamoramiento.

Cierto es que vivíamos entre personas que eran mitad humanos y mitad tecnología. Mi padre mismo tenía por corazón una bombilla. Yo tenía mi pierna derecha hecha de cables, amortiguadores y otras cosas. Pero lo que estaba viendo era inaudito. La joven no era un humano sino un ser semejante al humano hecha completamente a base de ciencia y tecnología.

—Y tiene sangre —dijo mi padre que de inmediato. Y, tomándole una de sus manos, le pinchó un dedo.

«¡Por las alas de mosca de mi padre!», exclamé para mis adentros. Una perfecta combinación de robótica, cibernética y componentes humanos.

—Disfrútala al máximo, hijo. Funciona igual que una mujer de carne y hueso, o de carne y robótica. Excepto…

—Excepto, qué.

—Excepto que no puede tener hijos y no vivirá más de veintiocho días, como las moscas.

—¿Por qué?

—Aún no puedo estabilizar la sangre. Ésta se irá deteriorando y aunque ella no envejecerá ni perderá sus facultades motoras, simplemente dejará de moverse cuando la sangre se haya podrido.

—¿Y puede sentir?

—¡Oh, sí! Tanto como un orgasmo.

—¿Y pensar?

—Desde luego… el mecanismo de su cerebro está diseñado para desarrollar facultades cognoscitivas. Sin embargo, veintiocho días son muy pocos para que adquiera nuevos conocimientos. Así que sólo podrá pensar y sentir aquello que le he suministrado de información, a saber, el placer de las cosas bellas como el sexo, el arte, la música… ahora vayamos al patio.

Yo acepté de inmediato salir de allí para preguntarle algunas cosas sin que la hermosa joven nos oyera. Encaminé mis pasos a la puerta…

—¡No! —casi gritó mi padre para hacerme retroceder, y añadió con dulzura—: Por aquí…

Me señaló una puerta falsa de su creación que comunicaba con el campo. Salimos. Llevaba en la mano su capucha de mosca. Ya afuera y sin pronunciar palabra ni darme tiempo a preguntarle nada, se puso la cabeza de insecto; con una de sus patas me tocó el hombro para advertirme que pusiera atención y salió disparado por los aires con la velocidad y desplazamiento de una mosca. No zumbaba. Su vuelo era silencioso. Zigzagueaba. Lo vi venir con la misma rapidez sobre mí y me lancé al suelo, pensando que me arrollaría por accidente, pero se detuvo de golpe cerca de mis pies y se limpió los ojos antes de quitarse la máscara. Yo me incorporé.

—¿Cómo has podido hacer todo esto?

—Es momento de patentar mis inventos y darlos a conocer al mundo entero: el mecanismo de la mosca hará que desaparezcan los autos. Y si no desaparecen porque la gente se siente más segura y a gusto manejando, ahí tenemos el separador de moléculas del agua. Y para los que quieran dejar de usar el orgamitrex, ahí tenemos el prototipo de Zintra.

El orgamitrex es un aparato con inteligencia artificial que representa el último adelanto en estimulación sexual. Yo tengo uno en mi cuarto y lo uso cada vez que quiero sentir los placeres del sexo virtual. Se conectan algunos sensores al cerebro que activan las neuronas del placer, los ojos se cierran involuntariamente y comienza uno a vivir una profunda experiencia erótica. Primero, el aparato hace un chequeo de los signos vitales e interpreta las necesidades sexuales del usuario. De acuerdo a los resultados comienza a estimularlo al mismo tiempo que recibe información sensorial del cuerpo para procesarla, interpretarla e ir aumentando el estímulo hasta concluir en un intenso orgasmo. De este modo, ofrece al usuario experiencias de acuerdo a sus preferencias, sean estas heterosexuales, bisexuales, homosexuales, zoofílicas o cualquier otra parafilia típica o atípica. Al mismo tiempo, impide los excesos. Ofrece el mayor estímulo posible sin poner en riesgo la salud del usuario. Si durante la práctica detecta signos de peligro activa un proceso de relajación de tal suerte que la «aventura» termine en algo agradable y con una sonrisa feliz.

Hay ocasiones —a mí me ha sucedido— en las que el aparato se desactiva automáticamente después del primer chequeo. No obedece a ningún fallo sino a una medida de seguridad. El orgamitrex deja de funcionar si el usuario no está apto para ser estimulado en ese momento. Normalmente esto ocurre cuando se intenta abusar de él y someter al cuerpo a un desgaste que no podrá resistir.

Tengo entendido, por aquellas clases de sexualidad que tuve en mi juventud, que fue a mediados del siglo XXI cuando se dejó de hacer el sexo corporalmente con la llegada de los primeros orgamitrex. Vino a sustituir, también, a los estimuladores de aquella época como eran las revistas y videos pornográficos (al contenido de tales materiales hoy le llamamos Educación Sexual). Se dice en la mitología de aquel siglo y de los anteriores, que el hombre poseía un pene extraordinariamente largo debido a su uso constante. Ahora, apenas se nos asoma, porque en cuanto a sexo ya no tiene utilidad práctica por la pérdida de cierta sensibilidad. Nos regocijamos, es verdad, entre cuerpos desnudos, pero nuestros apareamientos obedecen a un profundo sentimiento de cariño y ternura más que a un deseo sexual. Por ello, escasamente practicamos la penetración; y, además, la satisfacción es menor a la que brinda el orgamitrex, sin duda.

En cuanto a la procreación no tenemos necesidad de emparentarnos ni emparejarnos en cualquier rincón. Los avances en la manipulación del genoma humano han hecho posible que traer hijos al mundo de forma tradicional no sea necesario. El matrimonio, aquella institución primitiva, ha desaparecido. Podemos tener hijos propios o adoptados (en nuestra Era viene siendo lo mismo) sin necesidad de que dos cuerpos desnudos se unan y la mujer tenga que cargar un gran bulto en su vientre durante nueve meses, tal como nos mostrara nuestro profesor en un video que se conserva en la videoteca del Museo de Antropología.

Zintra, desde luego, en sus cortos días sustituyó relativamente a mi orgamitrex. Llenábamos horas de caricias, contemplaciones, miradas. Lo curioso es que se comportaba como una experta para despertar mis aletargadas zonas erógenas. Alcancé una erección que le dio un poquito más de volumen a mi miembro y pude sentir algo de placer dentro de ella. Me sucedió como aquel niño que se atraganta con algo que le gusta. Descubrí entonces que la combinación de sentimientos de cariño y ternura no podía estar peleada con el deseo carnal, antes bien, que se alimentan mutuamente y hacen más fuerte los deseos de posesión, de poseer en propiedad algo que no puede ser aprehendido.

Esta última idea me sacudió. Estaba faltando al respeto a la mujer. Nuestras leyes ordenan castigar a todo aquel que tenga actos de posesión sobre una o más personas. Y yo las estaba teniendo porque de pronto deseaba que Zintra jamás fuera tocada por otro.

En mi mundo todos somos libres de practicar nuestra sexualidad sin atarnos a nadie por sentimientos de fidelidad. Podemos permanecer con una persona por tiempo indefinido, y tanto uno como el otro puede tener vivencias con otras personas. Esta costumbre no significa «compartir a la pareja» como nos lo dicen algunos pasajes de la mitología mexicana. No compartimos a la pareja sencillamente porque ella no nos pertenece. Sus encuentros por fuera son voluntarios en el buen uso de su libertad sexual. Y sabiendo esto, a pesar de ello, en mí crecía algo primitivo: sólo quería estar con ella, con Zintra, pero sucedió que se cumplieron los veintiocho días —a decir verdad, fueron treinta— y ella, de pronto, se quedó tiesa con los ojos desorbitados. Su temperatura comenzó a descender.

Cargando a Zintra en mi hombro, entré brusco al laboratorio y rogué a mi padre que hiciera algo por ella. Él sólo me dio unos golpecillos en la espalda y continuó observando a través de su microscopio. Yo me quedé con la duda sobre si me ayudaría o no. Sin hablar, levantó su brazo y señaló la puerta, indicándome que saliera. Dejé caer la muñeca al suelo y salí, furioso. Él tenía razón, ya me lo había advertido con total claridad.

No hablé con él hasta después de unos meses, cuando me dio la noticia de que había descubierto el modo de prolongar la vida de Zintra, y no sólo la de ella, sino también la forma de llevar al doble la vida de cualquier humano o medio humano. Se trataba de un dispositivo que se incrustaba en el cerebro y estimulaba ciertas neuronas que ralentizaban el proceso de envejecimiento celular.

Los yoguistas actuales son capaces de sanarse a sí mismos con sus concentraciones y contorsiones corporales. Se habla de al menos dos (un hombre y una mujer) que han encontrado en su profesión la forma de lentificar el envejecimiento y la prueba está en ellos mismos.

El ritmo de vida cada vez más ajetreado impide que la gente común pueda dedicar el suficiente tiempo para alcanzar ese conocimiento a través del yoga. Así que para ellos y sin mediar más que una sencilla operación, estaba el «reductor del envejecimiento» de mi padre.

Los gángsters de patentes nos abordaron de inmediato en la casa que aún teníamos en posesión, de cuyos propietarios jamás volvimos a saber. Le ofrecieron a mi padre millones de pesos por sus descubrimientos e inventos y, tras largas discusiones, cedió únicamente los derechos del «separador de moléculas de agua», dejándose para sí algunas copias de los planos.

Días después descubrimos una intromisión en nuestra morada, más precisamente, en el laboratorio. Alguien había intentado robarse la información de los inventos. Si algo debo reconocerle a mi progenitor es que era muy previsor y nada previsible. Temiendo algo así toda la información de sus inventos la tenía resguardada en un lugar secreto al que ni yo mismo tenía acceso.

Con dinero en la bolsa por la venta de su «separador de moléculas» teníamos suficiente como para vivir modestamente por algunos años (comparado a vivir con mi sueldo y con lo que obteníamos de «la mosca curativa», que se nos iba prácticamente en la compra de material para los inventos de mi padre). Me propuso ponerme al tanto de cada uno de los procedimientos de sus inventos.

Descubrí, entonces, que la información la guardaba en una diminuta memoria oculta en su dedo índice. Se levantaba la uña y se conectaba al procesador, descargaba la información que utilizaría, trabajaba en ella, y luego hacía el respaldo otra vez levantando la uña y borraba todo rastro de la computadora.

Mi padre debió incidirse a sí mismo el dedo para poder ocultar la diminuta memoria, que tenía capacidad de almacenamiento de algunos terabytes.

—También tú ocultarás un respaldo en tu propio dedo —me dijo en un tono que no admitía ningún gesto de resistencia.

No fue doloroso ni tardado. Y pronto nos dimos a la tarea de transmisión y recepción de conocimientos. Yo no era tan inteligente ni experimentado como mi padre para entender todos los planos tridimensionales, fórmulas y términos; y tampoco estoy dispuesto a reproducirlos aquí para cumplir mi promesa de guardar el secreto.

Zintra podía vivir ahora unos treinta años con la facultad de procesar información, reflexionarla y transmitirla desde su propia perspectiva. No necesitaba consumir alimentos pero debía tomar un litro de agua antioxidante diariamente para seguir funcionando y para conservar su jovialidad. Pese a que podía desarrollar una fuerza muy superior a la de un humano, sus movimientos eran muy delicados y sus caricias, muy sensitivas. Requería, como todo ser vivo, de aminoácidos y proteínas —que podíamos obtener en cualquier expendio farmacéutico— para conservar la sangre en buen estado. ¿Necesidades fisiológicas? Ninguna. El agua no era para quitarle la sed ni limpiar su organismo, sino para que funcionara como los autos a los que se les adaptara el «separador de moléculas de agua». (Y digo «a los que se les adaptara» porque después de haber vendido la patente, hasta la fecha no ha habido ningún auto u otro tipo de máquina, excepto el mío, que funcione con agua.) También tenía su línea de micro-celdas solares en una especie de diadema que las camuflaba. Su cerebro cuántico acumulaba información y aprendía demasiado rápido. Se expresaba cada vez con más propiedad. Era capaz de resolver complejos problemas matemáticos con total precisión y buscar información en su memoria con capacidad de un Yottabyte a una velocidad sorprendente. Podía haber sido eterna si no fuera por la obsesión de mi padre de hacerla lo más semejante posible a la condición humana. Tan semejante que también necesitaba dormir aunque fuera algunos minutos, tiempo que utilizaba su sistema para hacerle un chequeo y algunas reconstrucciones. Y creo adivinar sus razones. No había motivos para crear humanoides para servidumbre. La tecnología actual ya se encargaba de eso con suma eficiencia e incluso para abastecernos de todas las necesidades de servicios y alimentos a través de la red virtual y pagar, igualmente, con dinero virtual. Utilizar humanoides como compañía, en mi opinión, era contribuir de algún modo a la desaparición de nuestra propia especie humana. Si acaso, un buen empleo de ellos era utilizarlos en aquellas labores demasiado peligrosas para la condición humana como el combate de incendios, contención de catástrofes nucleares, rescates o actividades similares. Pero, ninguno de éstos era el propósito de mi padre sino el de estudiar y evitar la vejez y mortandad irremediables del ser humano. Pero, por otro lado, no imagino las consecuencias de un mundo donde exista la vida eterna y al mismo tiempo haya más nacimientos de seres cuyas vidas, a su vez, serán eternas. ¡Conoceríamos y conviviríamos con nuestro árbol genealógico de varias generaciones! La explotación demográfica sería tan vasta que el agua dulce no alcanzaría para todos, y la eternidad lograda sería al mismo tiempo la causa de nuestra destrucción aún cuando el hombre pudiera hacerse las adaptaciones para subsistir únicamente con agua de los océanos, aminoácidos y proteínas sintéticas.

La eternidad había sido la obsesión de mi padre sin descubrir en sus reflexiones que sería la causa de una autodestrucción. Lo que significaba que incluso los humanoides no podrían burlar la muerte.

Estaba charlando al respecto con él, cuando sonó su computador de pulsera. Era Ranminel que lo invitaba a hacerle una entrevista frente a las cámaras de televisión. Reticente, mi padre aceptó. El comunicador era un sujeto indeseable para nosotros. Cuando mi madre se había marchado con él —era un derecho que le asistía en el ejercicio libre de su sexualidad—, el comunicador se había esmerado en burlarse de mi padre, distorsionando seguramente, la información que pudiera haber obtenido de ella. Se refería a él como un «científico loco», un practicante de alquimia, un ser que gastaba su vida en obtener nada.

La ciencia —decía— no puede estar al alcance de un solo individuo tal como sucedía en el siglo XVIII. Hoy en día se requiere infraestructura, fuertes inversiones, y este hombre, Isaías Asionov, está fuera del orbe actual…

Mi padre aceptó la invitación por cuestión de orgullo. Debía callarle la boca y devolverle aquellas ridiculizaciones que había hecho sobre su persona. Así que Zintra y yo lo acompañamos a las instalaciones de la televisora. Nos colocaron detrás de cámaras y vi a mi padre decidido a obligar al comunicador a retractarse públicamente de las palabras con las que durante años se encargara de humillarlo.

La entrevista comenzó muy formal. El entrevistador —representando hipócritamente su papel— dejaba caer alguna que otra pregunta insidiosa, de doble sentido, sarcástica, lo que fue enfureciendo a mi padre, que disimulaba al dar sus respuestas sutilmente provocadoras.

La entrevista formal se convirtió en una batalla de provocaciones disimuladas. Las miradas eran retadoras porque, de algún modo, mi padre pretendía arrancarle su reconocimiento y el otro se negaba a otorgárselo. Tuve la impresión de que había mucha ponzoña allí cuyas causas de fondo ignoraba. Sin embargo, el comunicador se sintió afectado, sobrepasado y reducido. En el primer comercial informó a la producción que sólo haría dos preguntas más y que concluiría la entrevista, pese a que esta estaba programada para dos cortes más. Mi padre se levantó entonces y exigió en abierto a la producción que el comunicador se disculpara públicamente por el sarcasmo e injurias vertidos hacia su persona, o si no, algo incómodo iba a suceder.

Discutieron sus posiciones teniendo a la producción como moderadora. No hubo arreglo y era hora de salir al aire nuevamente. Ranminel retomó el programa, hizo algunos avances y formuló una nueva pregunta. Fue entonces cuando mi padre dijo:

—Antes de responder, quisiera decir algo. —Miró la cámara que lo enfocaba y continuó: —Este señor que tengo aquí a mi izquierda, ustedes lo saben, se ha dedicado a desprestigiarme y a insultar mi inteligencia. Que si soy un científico loco, que si estoy fuera del orbe… ¡No, no, déjenme continuar… que tengo derecho a réplica! Y hoy, que le he demostrado lo contrario, se niega a reconocer que estuvo equivocado. No se puede creer en las palabras de un comunicador de esta naturaleza. No debería estar aquí informándoles a usted y a usted, porque lo que dice seguramente son mentiras o conjeturas sin fundamento, como todas las que dijo de mí. No merece ninguna credibilidad…

Aquí, sin que mi padre se diera cuenta, empezaron a transmitir comerciales. Estaban fuera del aire, y él seguía hablando sin saberlo. Pero el daño a la imagen del impecable comunicador ya estaba hecho. Ranminel, furioso y fuera de control, se levantó y, tomando su pluma, se la enterró en el pecho a mi padre. La bombilla que tenía por corazón explotó y su cuerpo se desvaneció de inmediato sobre el sillón.

Zintra, antes de que cualquier otro reaccionara, incluyéndome a mí mismo, se abalanzó como una fiera salvaje sobre el asesino de su creador. Tomó con una mano el cuello del homicida, lo levantó y con la otra le propinó en el pecho tales zarpazos con sus uñas de acero que desgarraron las ropas y la piel del comunicador, dejando al descubierto un tórax falso por donde no escurría sangre.

Ella, a cambio, recibió un fuerte impacto de rayos provenientes de algún guardia que le destrozaron el pecho. El área se llenó de sangre y olor a carne quemada.

Así fue como hoy, después de varias décadas en las que no se había registrado ningún homicidio, mi padre, Isaías Asionov, fue asesinado.

No sé qué vaya a pasar con el cuerpo de Ranminel. Por disposición legal, puedo conservar los cuerpos de mi progenitor y de Zintra en cámaras especiales que posibilitan una descomposición gradual sin contaminar la tierra ni el aire como lo hacían los panteones de nuestros ancestros. Pero yo los mantendré congelados para darme tiempo a sumergirme en el estudio de sus investigaciones y rescatarlos, si me fuera posible, de la muerte.

Nacido en el Estado de Veracruz en abril de 1968. Estudio la carrera de Profesional Técnico en Asistencia Ejecutiva en la ciudad de Xalapa, Veracruz. Laboró en la Procuraduría General de Justicia en el Estado de Veracruz (1989-1996); hace colaboraciones literarias para Editorial Orbispress, la revista electrónica Culturadoor y el portal Peregrinos y sus letras, establecidas en Estados Unidos, país donde radicó por seis años, y donde tuvo contacto con escritores y eventos de literatura hispano-fronteriza. Hoy en día radica en Nuevo Laredo, Tamaulipas, donde es fundador de Editorial Atreyo.

Es autor de la novela narrativa Prisiones (Orbispress, 2006); Vigu: Relato de un secuestro (Editorial Atreyo, 2011).

Esta es su primera aparición en Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con MOSCAS, de Magnus Dagon; CONDONAUTAS, de Yoss; EL GRAN EXPERIMENTO DE KLEINPLATZ, de Arthur Conan Doyle y ECOLOGÍA APLICADA, de Sergio Mars


Axxón 233 – agosto de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Humor : Experimentos : México : Mexicano).

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