¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

COLOMBIA

 

A mi querida Clara Diana Lavalle

 


Ilustración: Hernán Costa

El hombre tirado a lo ancho era un obstáculo a salvar sobre el andén. Las colegialas que pasaban a esa hora de la mañana prefirieron saltar el cuerpo a la altura de sus caderas y no por encima de la cabeza donde se hacía más fácil (la desconfianza por ese par de ojos abiertos que parecían lo suficientemente vivos para ojear sin pudor bajo sus faldas de escocesas las hizo titubear). Al extremo opuesto se había formado un espeso y largo charco de sangre que podía enlodarles los zapatos recién lustrados y limpios.

El hombrecito elegante de gafas que llegó después, en cambio, lo sorteó con una cautelosa zancada como si temiera molestar el sueño de un durmiente y no el de un difunto, y se ubicó de frente, hacia los pies, balanceó la cabeza con maña de un lado a otro, buscando quizás una perspectiva reveladora: hizo cara de incertidumbre. Levantó escasamente los anteojos sobre su nariz, achinó los ojos, se inclinó como un guale hacia el cadáver y negó convencido con un «no» rotundo, que se le oyó como un dictamen definitivo. Luego se devolvió por donde había venido hasta la orilla de la calzada, levantó la mano como quien saluda en la lejanía y vociferó para el otro lado:

—¡No, no es!

La muchacha con una recua de párvulos que lo esperaba ansiosa sobre la acera le dio las gracias sin gritar, volvió la espalda y se extravió con su cola por la bocacalle, mientras el fulano miraba el reloj de su muñeca y le levantaba la mano a un taxi que se detuvo a su señal y se lo llevó rápido.

La señora del camisón que venía de la tahona con una bolsa de leche y otra de pan para el tempranero desayuno se hincó ante el cadáver, puso sus paquetes al lado y empezó a buscar algo en los bolsillos de la chaqueta, luego sacó, junto con la billetera, un juego de llaves, se limpió la sangre de las manos en la ropa del muerto y se incorporó de nuevo. En seguida buscó la puerta de la casa que estaba a sus espaldas, metió las llaves en la cerradura y abrió fácilmente:

—Estas funcionan mejor que las mías —dijo satisfecha, antes de entrar—. Me toca conseguir nuevo inquilino. ¡Carajo! —refunfuñó, mientras cerraba la puerta—. Otro que se fue para el país de los acostados y me quedó debiendo el último mes de renta, lo que le dejaron en lo bolsillos no cubre ni una semana. No la consideran a una estos asesinos.

Los basureros del carro municipal de la recolección que hacían su ronda de limpieza levantaron el cadáver con la desidia con que se recoge un bulto y lo echaron en la parte trasera junto con los deshechos del día:

—En este barrio ya se hizo costumbre levantar uno de estos en cada recogida —comentó uno de los hombres mientras se encaramaba en el estribo trasero del camión.

—Debieran darnos por lo menos bolsas especiales para estos casos —dijo el otro.

El rítmico tañido de la campana del furgón de la basura empezó a llenar la mañana de un sonido metálico y apremiante que invitaba a los vecinos a sacar sus desperdicios mientras cruzaba lentamente, adentrándose hacia el fondo de la vía.

 

 

Jorge Lineya es autor de una novela y varias obras inéditas de narrativa y de poesía. Nació en Santiago de Cali, Colombia, el 20 de septiembre de 1964. Participó en algunos concursos en España vía Internet en 2004. Tiene formación universitaria en Ciencias Jurídicas ya que estudió en su país Derecho y Ciencias Políticas, carrera que no concluyó debido a una calamidad personal que lo obligó a retirarse. Es padre de tres hijas.

Hemos publicado en Axxón sus cuentos breves GRAFFITI, LA ORDEN, EL MINOTAURO, EL REBELDE, GATO y NÉMESIS


Este cuento se vincula temáticamente con LA MUERTE DE MARÍA CALEDONIA SIFUENTES QUINTERO, de José Luis Velarde; MANZANA ROJA, de Inti Carrizo-Ortiz y TODOS LOS CAUTIVOS, de Daniel Flores.


Axxón 234 – septiembre de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico : Realismo conjetural : Crítica social : Colombia : Colombiano).

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