¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

ARGENTINA

 

 


Ilustración: Tut

La nena: ojos enormes, pelo ensortijado, frente amplia, sonrisa de hediondos dientes carcomidos.

—Martín —sisea, llamándome—, Martín.

No es fea, tampoco linda. Y me estremece. Sé que la nena es una víctima. Igual que lo soy yo.

Apesta. Apesta a mierda, a hongos, a verduras podridas.

Me esfuerzo por no moverme: el alambre que me atraviesa la garganta se hunde, se clava.

Y el dolor no cesa.

Deberé retroceder, llegar al niño que una vez fui… y averiguar.

 

 

No bien el padre de Martín abrió la puerta de calle, encontró a su hijo sentado en la alfombra del living. Tuvo la sensación de que lo había estado esperando.

—Papá… ¿qué eras vos?

—¿Qué era yo? ¿Qué era antes de qué, Martín?

—Antes de ser como sos ahora. ¿Qué eras cuando eras chiquito?

—Y bueno… era eso: un nene chiquito.

—¡Eso ya lo sé, papá! Pero, ¿qué eras?

—Y… era un estudiante. Iba a la escuela.

—¿Eso sólo eras?

—¿A qué viene esa pregunta, Martincito? ¿Por qué me preguntás?

Martín estaba raro, hacía como dos días que andaba haciendo preguntas extrañas. Esta fijación nueva con las profesiones de los niños preocupaba a su padre.

Sobre la alfombra, el nene seguía quieto, pensativo. De pronto levantó la vista.

—Podías haber sido cartonero. Hay chicos cartoneros. Digo: ellos solos son cartoneros, los papás no. A veces los nenes hacen cosas que saben que los papás no pueden hacer.

 

 

La nena gira la cabeza, y esos ojos escudriñan más allá de mí. No puedo seguirle la mirada, atenazado por pinzas sujetas al cuerpo. El martirio es un hechizo: imposible acostumbrarse.

Ella cada tanto se hunde el pulgar en la base del párpado. Primero se arranca el ojo derecho, luego el izquierdo, y se los frota en el borde de la falda roja, que sobresale debajo del guardapolvo. Luego vuelve a colocárselos. Y se hunde el pulgar en la base del párpado. Primero, el ojo derecho. Y luego el izquierdo…

Me doy cuenta: trata de pensar sus acciones, para que yo comprenda. Por ahora no hay caso, no comprendo.

Esos ojos emiten un brillo opaco, me incitan a excitarme.

No puedo excitarme.

No debo excitarme: el tiempo se alargaría, la carga regresaría más pesada.

El esfuerzo se volvería inútil.

 

 

—Papá, ¿vos fuiste ladrón?

—¡Martín! ¿Te volviste loco? Tu papi no es un ladrón.

—Pero, ¿nunca le sacaste un marcador a un compañero?

—Eso no me convierte en un ladrón —el papá se sentó en el sillón, suspiró, atrajo a Martín hacia sí y le dio un beso—. ¿Vos tenés problemas en el cole?

—No, no. Digo, ahora no sos ladrón. Pero en aquel momento…

—Uno hace cosas cuando es chico, Martín, y a veces no las entiende —se reacomodó en el sillón, inquieto. Acariciándole la cara con el revés de la mano, estudió a su hijo—. Mirá, Martín, vos podés contarle a papá.

—Entonces, entonces… por un cachito tuviste que ser.

—Ser qué.

—Eso: ser ladrón.

—Mirá, Martín, si esto te pone contento, fui ladrón por un día y una noche. A la mañana siguiente le devolví el sacapuntas a mi compañerita. Ni pude dormir. ¿Estás conforme?

 

 

Quieto.

Maldito.

Sin nada para distinguir más que la luz.

La luz y aquello que corporiza la nena.

La nena camina hacia mí empuñando un cuchillo.

Me desliza la punta a lo largo del muslo, con un rumor áspero me hiende la piel como si fuese tela de esterilla.

La sangre corre por la pierna, me moja los pies. Inexperta, brutal, la nena desgaja los músculos del hueso. Pero no puedo gritar, estremecerme, llorar siquiera.

Ahora los cortes son lentos, profundos. Parado como estoy, apenas puedo verle los bucles.

De pronto se aparta. Fija en mí sus ojos.

Ojos muertos, secos.

De la boca se le escurre la misma sangre que se esparce a mi alrededor: esos dientes podridos desgarran y trituran mi propia carne.

Los ojos me miran vacíos, vacíos para el deseo.

Prisioneros, me digo y le digo con la mente. Somos prisioneros.

Pero es inútil: ella no me escucha y yo muevo los labios en el vacío, mientras un trepano de hierro me desgarra tejidos, nervios, tímpanos… y las palabras de la nena son gritos, alaridos. Y lo único que oigo es el terror: mis huesos que se retuercen.

Sólo puedo aguantar mi condena.

 

 

—¿Y violador, papi? ¿Fuiste violador vos?

—¡No! ¡Cómo decís eso! —Lo estremecía escucharlo hablar con términos que no eran los de un nene de su edad— ¿Quién te enseñó esa palabra? Sos muy chico para saber eso.

¿Violador?

El padre de Martín se sentía juzgado: su hijo se estaba convirtiendo en algo más que su hijo.

—Violador la oí de la tele, papá. Cuando comemos con el noticiero, siempre la nombran. ¿Nunca jugaste a correr a las chicas y tocarlas?

—Mirá, Martín, esto no me gusta. Me estoy asustando. ¿No querés contarle a papá…? Qué sé yo… a vos te está pasando algo y papá no comprende.

—Entonces, si tocaste a una nena, entonces, entonces…

—¡Entonces, nada! Esa palabra es muy fea, y papi nunca hizo eso. Lo del colegio fue hace mil años, Martín: yo era un nene chiquito, como vos. Y la nena siempre… siempre… y tenía esos dientes que… ¡Bueno, basta! ¡Y en casa no se veía la tele mientras comíamos! ¡Y se terminó, carajo! ¡Acá no hay más tele! ¡Y ya mismo me decís qué te está pasando!

—O sea… —dijo Martín retrepándosele a las rodillas—. O sea que vos la tocabas, ¿no? Y la nena no quería, ¿no? Y la nena sentía que… ¿Qué sentía la nena? ¿Sentía que no le gustaba? ¿Que no estaba bien lo que vos le hacías? ¿Qué se hizo de la nena, papá?

El padre respiró hondo. Los recuerdos lo atacaron quitándolo del presente… la nena… sus ojos grandes… los dientes cariados… los bucles de pelo… las persecuciones.

Batalló por enfocarse en el problema de Martín. Sí, lo mejor era un poco de tranquilidad. No sabía adónde estaba yendo su hijo. Lo amaba tanto, tanto.

Los ojos, esa expresión. ¡No parece mi Martincito!

Lo abrazó fuerte, muy fuerte, y le tocó la frente con los labios. Estaba caliente. Una sensación de vacío le subió desde el estómago y le secó la boca.

¡Que no sea nada grave!

 

 

El dolor de la herida es más intenso cuando la carne se regenera. Siempre es igual, hace una eternidad que lo vengo comprendiendo: es parte del castigo. Pulsaciones, oleadas punzantes de dolor me obligan a no mover ni un músculo.

En esta luminosidad brumosa, sin días ni noches, cae sobre mi conciencia la inmensidad de la condena. Pero aguanto: yo la pedí. Fue por amor. Por amor a él, a mi padre. Se lo merecía.

La nena vuelve y me observa. ¿Adónde se habrá ido para aparecer así, de golpe? Aquí no hay paredes ni escondrijos. Llana y monótona, la luz me rodea sin sombras. En medio de la nada, no puedo ir a ninguna parte. Pero, ¿y ella? ¿Cómo se las arregla?

Se arrodilla frente a mí, y del suelo brota un filamento, una fibra lumínica que poco a poco se engrosa y se despliega hasta tomar la forma de un pupitre.

Sentada en ese pupitre, ahora la nena revuelve sus útiles y gime. Los ojos siguen secos.

Entonces la nena se levanta y corre, corre, corre de un lado para otro, como si esquivase algo o a alguien. Quiere esconderse pero no puede. Sufre en silencio. Se retuerce. Se quita de encima cosas invisibles. Parece enloquecer. La lucha termina de pronto. Sus ojos no dicen nada, su boca se cierra. Con una mano la nena se abre el pecho, y con la otra se arranca el corazón. Lo estrella contra el pupitre, tiñendo la madera de rojo. Ella vuelve a gemir. Los ojos continúan secos.

Se acerca a mí, rechina los dientes. Otra vez se arrodilla, gatea. Me abraza las piernas. Me esfuerzo para mantener el equilibrio.

—Martín, Martín —me llama. La voz ha cambiado.

Dos gotas caen en mis pies; no es mi sangre. ¿Serán por fin sus lágrimas?

La condena —quiero creerlo— no será por siempre.

Vuelvo a recordar cuánto me amó mi padre: no me arrepiento de ocupar su lugar.

 

 

Sentado sobre la alfombra, abrazado a las piernas del papá, Martín se dejaba acariciar la cabeza.

Supo que el viejo no se atrevía siquiera a averiguar qué sucedía con él.

—Papá, te quiero mucho.

—Yo también, Martín: para mí no hay nada más en el mundo.

—Ya lo sé, papá, ya lo sé. Quiero decirte algo: siempre te voy a querer. Y no me importa el futuro, puedo soportarlo. Sé que tomar tu lugar, cumplir tu condena, no será para siempre.

Y se recostó, tapándose la cara con el brazo.

—¿Qué…? —atinó a decir el padre, estremecido—. Pero si… No, no puede ser. ¡Esto se termina acá, Martín! Ya mismo te llevo al médico. Martín, ¿me estás escuchando? —se agachó y sacudió a su hijo— Martín… ¡Martín!

El nene levantó la vista soñolienta, como si acabara de despertarse. La expresión había cambiado.

—Hola, papi —dijo—. ¡Por fin viniste! ¿Me llevás a la plaza?

 

 


Este cuento se vincula temáticamente con OFRENDA A LAS BESTIAS, de Noelia Emmi; PAREIDOLIAS, de Daniel Flores y LOS INVASORES DEL SÁBADO, de Fernando José Cots.


Axxón 248 – noviembre de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos: Fantástico: Terror: Abuso, maltrato : Expiación : Argentina: Argentino).

4 Respuestas a “«Dolores que se pasan», Ricardo Giorno”
  1. Mariláu dice:

    ¡¡¡Qué cuentazo, Ricky!!! Me dejó sin aliento. Una ma-ra-vi-lla. ¡Felicitaciones!

    Un abrazo

  2. Pablo Vigliano dice:

    Muy bueno aprender de sus cuentos, Ricardo!!!
    Abrazo!

  3. Pablo Vigliano dice:

    Qué ilustración más tétrica! Muy buena!!

  4. Nolberto dice:

    Después de lo apreciado por los amigos del taller, qué puedo agregar. ¿Muy buen alumno, continúe así? Sería poco. ¡¡¡Grande, Ricardo!!!

  5.  
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