Revista Axxón » «La máscara del tiempo», Nico Pinto Heck

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

ARGENTINA

 

 


Ilustración: Ferrán Clavero

La máscara me llama y me susurra y me grita y se me hace insoportable. Antes era un pasatiempo, ahora es una carga: un grillete que me encadena a un abismo sin retorno. No puedo parar, necesito usar esa máscara una vez más.

Ella me vigila…, y yo voy a su encuentro, dispuesto al ritual de la danza.

La rozo con mi lento dedo índice y hago que brille esa luz incandescente —esplende como el amanecer la máscara—, apagada apenas un segundo atrás. La tomo, la separo de la repisa.

Nadie me observa, cada uno vaga en su mundo.

Y yo, ahora, iré a otro.

¿A dónde me llevará esta vez?

Yo he presenciado las conquistas y el auge de Carlomagno, Julio César y Napoleón. Su poder creció omnímodo: avasallantes, se llevaron por delante pueblos y culturas. Pero ninguno fue capaz de vencer a su peor enemigo: el tiempo.

Batallé con Gudrød El Cazador, rey vikingo de Vestfold, así como con Gengis Khan en su fundación del imperio mongol. Incluso serví en el Ejército de Los Andes, con el general San Martín a la cabeza, en su causa de liberación de las Américas.

Dialogué con Aristóteles, discutí con Nietzsche y estudié con Tolkien. De cada uno aprendí experiencias, a cada uno le enseñé. No hay aprendiz que no sea maestro, ni maestro que no sea aprendiz.

De principio a final, de pasado a futuro. Viví cada episodio gracias a esta máscara, herramienta generadora de vidas ajenas que, sin embargo, fueron las mías. Al menos durante instantes.

 

 

Me decido. Coloco sobre mi rostro el remoto artefacto, engendrado quizá por un ángel o por un demonio, y mi cuerpo se mueve por su propia cuenta. Las piernas se sacuden de arriba abajo, con mis brazos acompañándolas en contorsiones imposibles. Soy consciente de cuán ridículo me veo, y no me importa: viajo en absoluta soledad. Con los pies genero un ritmo monocorde. Una marcha danzante que me desplaza en círculos, y baja y sube mi torso en señal de alabanza a la nada misma. Nunca lo entendí, tampoco lo entiendo ahora, y no me importa. El ritmo se acelera hasta que un flash cegador me obnubila, y pierdo la sensación de realidad…

…y me transporta.

Una vez más.

El Todo converge en la Nada, que deviene realidad intangible. Navego por un torrente temporal, como tortuga en corriente marina, y traspaso estrellas, hielo, luz, oscuridad. Cosmos. Los anillos de esplendores que rodean el pasaje de espacio-tiempo giran en una sincronía parsimoniosa, hipnótica. Sin saber el destino, me dejo llevar. ¿Será hacia el pasado? ¿O hacia el futuro? Incluso, con un nefasto sentido del humor, podría llevarme unos minutos atrás: así, me obligaría a vivir el mismo instante infinitas veces.

Sería un tragicómico fin.

Un asteroide se acerca tan rápido que no me deja reaccionar, sólo alcanzo a ver su colisión con otro cercano, y el estallido me encandila.

 

 

Me descubro oculto tras una columna destruida. Espero algo, pero no puedo precisar qué espero. ¿Una señal, acaso? ¿De qué?

Contemplo la caída de las bombas, prefacio de muertes. Detonaciones y disparos resuenan de fondo.

En este cuerpo de soldado —un capitán, si debo creerle a las jinetas de mi uniforme—, cuerpo que el terror gana segundo a segundo, sostengo mi fusil y rezo para que todo finalice. Que se acabe de una vez, no importa si por una milagrosa victoria o por un misil que todo lo aniquile.

Oigo un silbido: una turbina. Espero la detonación…, y nada ocurre. Un soldado raso, enardecido, me zamarrea. Entonces reacciono, grito con autoridad:

—¡Retirada!

Todos me miran unos segundos, y sueltan las armas y huyen. Nuestra misión fracasó, y los sudacas perdimos la última fuente de agua potable del mundo, en beneficio del Nuevo Imperio Chinorruso.

Toda esa información me llega directa desde el cerebro del guerrero a quien la máscara me ha transportado.

Mirando con los ojos de un desolado capitán, observo ese futuro de diezmo inevitable. Una de las pocas paredes que se mantienen en pie enseña un póster propagandístico de un político a quien me cuesta reconocer. Deduzco por sus facciones que es el hijo de un nefasto gobernante que hemos sufrido.

Finalmente lo entiendo: la máscara me ha mostrado el sendero.

Se oye despegar en la distancia un nuevo misil. Segundos después, la detonación furiosa apaga la vida del pobre desgraciado que me prestó su cuerpo y su mente, para vislumbrar algo que jamás debió suceder.

La explosión ocurre al mismo tiempo que retiro la máscara, y así vuelvo a mi época, a mis problemas banales, ahora actuales.

No dudo. Aunque mi cuerpo me ruegue que no lo haga, aunque mis neuronas soliciten un descanso, ajusto la máscara a mis facciones, una vez más. Sé qué debo hacer. Me concentro.

Ella me estimula, me conmina a aquella extravagante danza. No importa: debo dirigirme a ese tiempo, a ese lugar y a esa persona; debo evitar la catástrofe.

Es tiempo de hacer lo correcto.

 

***

 

—¿Ése qué está haciendo? —el novato señala la celda, las sombras de las contorsiones.

—¿Quién…? —le dice el otro hombre de blanco, distraído, mientras ubica lo que está señalando el nuevo—. ¿No lo conocés?

—¿Tiene una máscara? ¿Una máscara como de madera? La sostiene con una mano y parece como si…

—…como si bailara sobre la mesa. —El veterano sonríe—. Sí, era el profesor Balton, de la Universidad de Buenos Aires. Daba clases de historia; se decía que era fanático de los personajes históricos. Sus familiares siempre comentan que era muy entusiasta. Una inminencia.

—Una eminencia, dirás.

—Eso.

—Entiendo. Un caso interesante.

—¿Seguimos? —dice el veterano encarando el siguiente pasillo—. Hay otros pacientes que necesitan de tu atención.

—Sí, por supuesto.

Y los enfermeros guardianes se fueron, dándole la espalda al profesor, que seguía viajando. Antes de doblar la esquina, el recién ingresado al psiquiátrico giró hacia atrás para ver al hombre y su máscara… pero ya no estaba.

 

 


Nico Pinto Heck nació en Buenos Aires el 18 de Diciembre de 1984 (lo que lo convierte en un treintañero).

Escritor y Programador Web. Es miembro fundador de la Cofradía del Fantasy Argentino y participó, entre otros, de talleres literarios coordinados por Leo Batic, Liliana Bodoc y Marcelo di Marco, entre otros. Su primera novela es Leyendas de Mhoires: La máquina de los mil años (publicada con Dunken en el 2010), y, a fin de año, saldrá un nuevo libro suyo —orientado al publico infantil— publicado por la editorial V&R. En la actualidad se pasa programando sitios y corrigiendo su próxima novela: una historia de fantasía satírica denominada —por el momento— «Proyecto Babel».

Esta es su primera contribución a la revista Axxón.


Este cuento se vincula temáticamente con 20 BREVES VIAJES EN EL TIEMPO, de varios autores.


Axxón 265

Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Viajes en el tiempo : Argentina : Argentino).

2 Respuestas a “«La máscara del tiempo», Nico Pinto Heck”
  1. ¡Grande, Nico! ¡Es un placer trabajar con vos!

  2. Adrián dice:

    Muy bueno.

  3.  
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