Revista Axxón » «Tecnómadas: Capítulos 4, 5, 6», Víctor Conde - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 
Imprimir version limpiaVersion PDF de esta pagina 



 

 

4. ASALTO A LA FORTALEZA (Llegada y presentación de actores)

TELÉMACUS

Hay muchas batallas que un guerrero tiene que combatir solo, a lo largo de su vida. Y la de mantener a salvo a su familia es la más dura de todas. Vala, su mujer, y Veldram, su hijo, eran personas con las que se podía razonar. Pero hasta la mujer más razonable del mundo se ponía de los nervios cuando su marido le decía que iba a dejarla sola para ir a infiltrarse en el lugar más peligroso de Enómena, para robar el tesoro mejor custodiado de su historia.

La tribu había dejado preventivamente la aldea y se había refugiado en las oquedades de un gigantesco arrecife de coral que había más al sur. El objetivo, y eso Liánfal lo tenía claro, era no estar en la aldea cuando los reclutadores dravitas vinieran a alistar en la leva a todo hombre, mujer y niño capaz de la tribu. Ya lo tenían todo empacado para empezar su éxodo, lo que les faltaba eran transportes más rápidos y fiables que sus viejas barcazas. Telémacus le había pedido a Liánfal que esperara a que él volviese, porque a lo mejor les traía buenas noticias. La que no estaba demasiado convencida era su esposa.

Clic para ampliar

Ilustración: Pedro Bel

—Lo que me molesta no es tanto que te vayas, como esa sensación de haber estado creyendo en una mentira tuya durante años —dijo Vala, evitando mirarle a la cara. Sus manos se mantenían ocupadas en unas cosas y su mente en otras.

—¿Qué mentira? —se extrañó su marido—. Yo nunca te he contado ninguna mentira.

—¿No? ¿Y toda esa cantinela de que los hilos que te ligaban a tu antigua vida se habían cortado, y ya no había nada en ella con fuerza suficiente como para llamarte? Porque llevabas repitiéndomelo desde que Veldram nació, y ahora de repente se presentan en la aldea unos mercenarios, hablan contigo diez minutos y no les cuesta nada enrolarte en una de sus locas misiones.

Él la abrazó, deteniendo el laborioso pero desprovisto de objetivo movimiento de su cuerpo, y la besó. Vala aceptó el beso sin mucho interés, levantando simplemente los labios. Sus besos sabían aceptablemente a sal y pimienta. Eran como ella, una mujer de sal y pimienta.

—Esta misión es por el bien de la aldea. Nos proveerá de los vehículos que necesitamos para escapar de los reclutadores.

—Eso ya me lo has dicho. Pero sigue sonándome a excusa.

—Solo intento salvar lo que tenemos, Vala. Aquello por lo que llevamos luchando muchos años, y que esa gente quiere arrebatarnos. Es lo mejor.

—Cuando lo mejor no es suficientemente bueno damos un paso más allá, a lo suficientemente malo.

Telémacus suspiró.

—Empiezas a hablar con aforismos, como tu padre. Solo lo haces cuando estás enfadada conmigo.

—¡Pues claro que estoy enfadada! —estalló—. ¿Cómo podría no estarlo? Sé que tienes buenas intenciones, pero el riesgo no lo compensa. ¡Vuestro plan es una locura! ¿Es que no piensas en tu hijo, o en mí?

—Es por vosotros por quienes voy a hacer esto —dijo él con voz clara. Pensaba que Vala lo había entendido, pero se veía que no. O no quería entenderlo, cosa aún más probable.

—Estupendo, pues explícaselo a tu hijo, a ver si entiende que «por su bien» su padre va a partir a una misión suicida de la que tiene tantas probabilidades de regresar como de que ahora empiecen a llover kruguts.

En ese momento, Veldram pasó por delante del alveolo coralino que les servía de residencia conyugal, cargando con unos enseres. Estaba ayudando a los otros zagales a disponer la intendencia para una salida de emergencia de aquellas cuevas, por si había que salir pitando.

Su hijo. Siempre trataba de mirarlo directamente. Siempre se desvanecía.

—En realidad, tengo unas cuantas posibilidades más —sonrió Telémacus—. Voy con gente muy preparada. Gente malvada y cruel a la que es mejor mantener alejada la mayor parte del tiempo, pero que para esta clase de cosas son el mejor respaldo que se puede tener. Saldrá bien.

—¿Y si no sale? ¿Y si alguna de las diez mil variables sale mal y te matan? ¿Qué será de nosotros?

—No pasará —insistió—. Pero si pasa, sabréis salir adelante. Sois personas fuertes y autosuficientes. Sobre todo tú.

—Lo sé. Pero me gustaría oír una canción de fondo, o una voz tarareándole al viento. Algo que me asegure que todo va a salir bien.

—Ya sabes que las certezas absolutas no existen.

—Mira quién habla ahora en aforismos…

Vala se quedó mirando por la abertura del alveolo. Tenía una sombra de inquietud en los ojos, como si esperase una tormenta y no pudiese verla. La Barrera Ictiánida era un único organismo colectivo formado por la agregación de centenares de colonias de corales gigantes, cada una de varios kilómetros de espesor. En total formaban algo que visto desde lejos solo podía ser descrito como una cordillera montañosa con textura de esponja marina y que no se elevaba mucho sobre el nivel del mar, pero cuyas protuberancias y túneles formaban un intrincado laberinto que rozaba con sus tentáculos la tierra. Telémacus y Liánfal habían planeado usar esos túneles para escabullir a su tribu por el interior del arrecife hasta que estuvieran lo suficientemente lejos, y luego continuar el viaje por la superficie. Normalmente, la tribu solo hacía esas cosas en los festivales sagrados de los solsticios, donde el aire se llenaba de fragancias y el cielo se inflamaba de colores, pero ahora la razón era mucho más seria.

Telémacus abrió el apolillado saco en el que guardaba su armadura de cazador; le pasó un paño por encima para quitarle el polvo y se quedó mirando al casco. Un rostro de dragón, de ser mitológico. Unos ojos vacíos y negros que lo contemplaban desde el otro extremo de un punto de vista.

Vala le frotó el hombro con una mano y dijo, intentando tragarse su frustración para convertirla en alguna clase de energía útil:

—El matrimonio se basa en algo más poderoso que el amor: la confianza. Es algo que he aprendido conforme dejaba de ser una chiquilla y me hacía vieja. Ahora voy a confiar en ti, pero te pediré un favor a cambio.

—El que quieras.

—No accedas tan fácilmente; primero escúchalo. Para que una familia funcione, todos sus miembros tienen que repartirse equitativamente los riesgos. No puede ser que solo los corra uno.

—Suena lógico.

—Pues bien —dijo Vala, su deseo deslizándose por encima de una tristeza inconsolable—: lo que te pido es que cuando llegue el momento en que no seas tú sino yo, o Veldram, el que deba dar el paso adelante y arriesgarlo todo, no te interpongas. Que no trates de impedirlo, ni que de tus labios salga la menor protesta. Porque como lo hagas, como trates de negarnos nuestro derecho de protegerte a ti, te la cargas. —Le apuntó con un dedo inquisitorial—. ¿Te queda claro?

—Como el agua. Pero seguro que esa situación no llegará nunca.

Ella le lanzó una mirada cínica por encima del hombro.

—Nunca digas de este vaso no beberé, Telémacus, si te consideras un hombre sabio…

Así quedaron las cosas, pendientes de una discusión posterior que solo tendría lugar si Telémacus cumplía con sus promesas. Cosa que, cuando se metió en el tóptero de Arthemis y el aparato despegó, incluso a él se le antojó improbable.

—Deberíamos ir planificando una estrategia, ¿no? —preguntó la piloto, apuntando el aparato hacia el norte. Más allá de las montañas de cristal y los lagos ácidos se hallaba la región controlada por el Kon-glomerado, con sus capitales gemelas Darysai y Múnegha.

Telémacus se sentó en el asiento del copiloto, notando cómo se le clavaba en la espalda la mirada de odio de Bloush, quien jamás le perdonaría que lo hubiese avergonzado así ante su gente. Habérselo quitado de encima de una forma tan fácil y despreocupada, dejándolo inconsciente, era un insulto a su historial de cazador. Y una afrenta que el ragkordi tardaría en borrar de su lista de asuntos pendientes. Decidió andarse con mucho ojo con él.

Se concentró en la misión. La noche anterior era una poderosa aunque todavía increíble presencia, imposible de arrancar de su mente. Tenía que olvidarse de la discusión que había tenido con Vala, y de cómo habían ido atenuando sus respectivos ánimos hasta que les entraron ganas de hacer el amor bajo las lunas, porque si no su rostro se deslizaría continuamente por el borde de las cosas. Y no quería que eso le distrajera.

—La estrategia es entrar en la fortaleza desde abajo, usando como transporte su tren oruga —dijo, terminando de ajustarse las placas de su armadura de randio. Con ella parecía un guerrero de la época mítica, fugado de alguna leyenda… una impresión que reforzaban los adornos barrocos de la coraza, y aquellos pequeños detalles que la hacían parecer una piel de dragón, con escamas y todo.

—¿Entraremos por las orugas? —se extrañó Arthemis—. ¿Cómo?

—Ya lo verás. Va a ser todo un viaje —sonrió el hombre—. Lo que más debería preocuparnos es lo que nos espera dentro. La fortaleza hace de refinería móvil llevando materias primas y productos manufacturados entre las dos capitales, Darysai y Múnegha. Por dentro es como una gigantesca fábrica impulsada por dos reactores nucleares y cinco plantas procesadoras de uranio. Es un auténtico laberinto, lo cual nos beneficia: nos ayudará a pasar inadvertidos.

—¿En qué punto exacto se halla la llave de iridio?

—En el corazón del complejo, en una cámara blindada que se desplaza por sí misma por dentro del edificio. Es un objeto móvil, y siempre deriva alrededor de los sarcófagos nucleares de los dos reactores. Tendremos que deducir su posición y llegar hasta ella a través de sus raíles. Pero para entrar necesitaremos una clave, y esa solo se encuentra en los aposentos privados del drav.

Bloush cruzó una mirada de preocupación con el resto de sus Tábanos. Todos estaban preparados para la incursión, con su equipo inteligente en modo de máxima agresividad. Sus armaduras potenciadas y los juguetitos propios de la profesión de cazarrecompensas —algunos inventados por ellos mismos, y que no poseía nadie más en el gremio— ronroneaban y palpitaban con una ansiedad interna. La urgencia por entrar en combate era tan intensa como la que recordaban haber sentido en su primera pelea: los carcomía por dentro, los infestaba, quemaba con un anhelo feroz en su torrente sanguíneo. Eran depredadores ansiosos por echarse encima de su presa. Pero incluso ellos sentían una chispa de inquietud cuando alguien les hablaba de meterse en el dormitorio de un drav y robarle una clave secreta.

—¿Cómo piensas conseguirla? —preguntó la piloto. Telémacus se ajustó un guante y comprobó que los espolones de los antebrazos se desplegaban a su orden, dispuestos a cortar cualquier cosa.

—¿Sabes cómo funciona el cuerpo de los dravs, Arthemis? Es como un enorme cerebro licuado, que se mantiene coherente gracias a haber convertido la mielina de su antiguo sistema de neuronas en un tejido altamente graso y conectivo. Los dravs tienen médicos, y toda una ciencia aplicada solo a ellos (y financiada con su dinero). Una vez conocí a uno de esos doctores, tan chiflado como todos los demás, al que le saqué cierta información sobre cómo piensa un drav. Si su cuerpo es un gigantesco cerebro, le pregunté en qué parte almacena la información relevante.

—¿Te lo contó? —se asombró Arthemis, rascándose un picor en sus piernas largas y sensualmente musculosas. Llevaba puesto un liguero-vaina de katana, que también tenía espacio en sus encajes para una funda de pistola tejida en puntada de cadeneta, cosa que no le pasó desapercibida al cazador. Ahora que Arthemis no llevaba puesto el casco, volvió a recordarle lo atractiva que era. Su tez color crema y sus encantadores ojos de serpiente contrastaban con un retazo de vello en la parte anterior de la barbilla que ocultaba el símbolo de su gremio. Tres cuartos de dulzura y un cuarto de arpía maquillada.

—Me dijo que una de las cosas más curiosas es que sus sueños se cristalizan en diminutos conglomerados de silicio, y se quedan durante un tiempo formando arabescos en ciertas zonas. Es como si el drav tallara cenefas con una hermosa disposición fractal, que se van deteriorando con el tiempo hasta desaparecer, cuando son reabsorbidos por su organismo. Pero durante unos días se quedan ahí, flotando como copos de nieve entre los racimos de neuronas. Y pueden ser extraídos con un bisturí.

—Sueños sólidos navegando por su torrente sanguíneo. Uauh.

—Sí, uauh. Lo que no es tan «uauhoso» es la parte de extraérselos, porque para eso necesitas estar a solas con el drav durante un rato, saber exactamente cuál es el sueño que te interesa (uno en el que se esconda la clave para abrir la cámara blindada), y que el maldito engendro se esté lo suficientemente quieto como para que la operación salga bien.

—¿Cómo sabremos cuál buscar? —preguntó Bloush, adelantándose hasta la zona de cabina.

—Nosotros no lo sabremos, pero su cirujano sí —dijo Telémacus—. Mi plan es encontrar al médico privado del drav y convencerlo «amablemente» para que coopere. Una vez confíe en nosotros, él mismo nos buscará la información y la extraerá. Y nos dirá cómo sedar a su amo para que se esté quieto.

Bloush se encogió de hombros. El par de globos oculares que tenía sobre ellos bizquearon.

—Sacarle la información a hostias. Me parece un buen plan. En serio.

—Así que en cuanto entremos en la fortaleza nuestro objetivo primario será el médico, no la cámara móvil del tesoro —comprendió Arthemis, pasando a vuelo bajo entre unas estribaciones montañosas. Estaban sobrevolando una región de lagos secos que dejaban al descubierto sus cuencas de colores dorados, salpicados de estridencias rojas y azules, donde ciertas criaturas que se creían extintas copulaban entre sí en batallas de coloridos azafranes.

—Exacto —asintió Telémacus—. Entramos, buscamos la enfermería y raptamos al tipo. Nos lo llevamos al laberinto del sistema de aireación y le sacamos la clave, si es que la conoce. Y si no, le obligamos a operar al drav.

Arthemis sonrió. Era el clásico plan esquizofrénico que le gustaba poner en práctica. Como casi todos los cazarrecompensas, ella vivía a fuego lento, siempre preparada para echar a hervir en el momento necesario. Y ese tipo de planes absurdos hacían que le naciera un calorcillo involuntario en el bajo vientre.

—Me gusta. Tábanos, al loro, estamos casi sobre el objetivo. Que todo el mundo se prepare para un salto-puente a alta velocidad. Y que no se os coma una estampida de legaluyos.

Ese chiste provenía de la era pre-Apagón. Contaban las malas lenguas que cuando todavía funcionaba algo parecido a un comercio entre planetas, y uno se bajaba de la nave de transporte en un mundo distinto, en la misma terminal le asaltaban como depredadores una banda de abogados de terminal de astropuerto, «legaluyos» en la jerga callejera, que le ofrecían escudos legales contra cualquier metedura de pata contra las normativas del mundo a visitar. ¡Protéjase con este paquete de contra-normas!, ¡inocúlese contra las posibles denuncias con esta inyección de antígenos nomotéticos!, gritaban como suricatos en celo. Y uno se los tenía que sacar de encima pronto, o le chupaban hasta el último crédito. Costumbres del pasado remoto que hoy en día no tenían sentido. Pero el chiste había sobrevivido.

Todos miraron a través del parabrisas delantero, en el cual se destacaba una mole que se acercaba rápidamente. Las ciudades gemelas de Darysai y Múnegha eran dos manchones borrosos erizados de torres, separados por cincuenta kilómetros de explanada y punteados por destellos de fuego, llamaradas exhaladas por las refinerías. Entre las dos, a medio camino, una mole se arrastraba con elefantina pesadez sobre sus orugas: un cubo de hormigón de cien metros de altura lleno de chimeneas humeantes y esclusas de expulsión de gases, la mayoría de ellos inflamados, que en estos momentos iba en dirección a Múnegha. En su tejado había una pista de aterrizaje y unos cuantos edificios tubulares llenos de ventanitas, donde seguramente estaría el drav con su séquito, pero allí no podrían aterrizar: demasiado bien protegido por torretas de defensa y antiaéreos. Era una fortaleza homeostática, un sistema cerrado separado del resto del mundo.

En lugar de dirigirse a la azotea, lo que hizo Arthemis fue aproximarse en vuelo rasante y seguir las largas huellas de las orugas. Eran tan grandes que el tóptero cabía holgadamente dentro de ellas. Se colocó justo delante del edificio móvil y abrió la compuerta de la panza, de la cual cayeron algunas cuerdas.

—¡Estamos en su trayectoria, lanzaos ya, ya, ya! —gritó la piloto. Cuando estaba tensa, la piel blanca de la cara se le oscurecía como una nube de tormenta.

Telémacus fue el primero en dejarse caer, seguido por Bloush y los Tábanos. Descendieron muchos metros con un impulso circular, el que les confería la desaceleración de la nave, y sus botas se hundieron en el suelo arcilloso. El cazador se desenganchó y miró arriba: la masa rodante de la oruga, con su inmensa catenaria, se acercaba a ellos con parsimonia pero dispuesta a aplastar todo lo que encontrase en su camino. Eran miles de toneladas en movimiento, que de tanto ir y venir por el mismo sendero ya habían horadado una cuenca plana en la llanura. Pero tenían un punto débil, y era lo que él había venido a buscar: cada pala rectangular de la catenaria medía quince metros de largo por nueve de ancho, pero dejaba un espacio entre ella y la siguiente de cinco metros. Un espacio libre diseñado para que la oruga pudiera curvarse en los codos delantero y trasero, donde cabrían cómodamente varias personas si se sujetaban a la estructura.

El tóptero se apartó de delante de la oruga y se marchó en automático; Arthemis fue la última en saltar y unirse al grupo, que ya estaba corriendo hacia la oruga. Cuando estuvieron justo debajo, de modo que la siguiente pala los aplastaría como a hormigas en pocos segundos, Telémacus ordenó:

—¡Usad los ganchos!

…Y disparó el suyo hacia el espacio que había entre la pala que estaba tocando el suelo y la que venía a continuación. La cuerda lo hizo subir hasta que se montó a horcajadas sobre la estructura metálica. Miró a su alrededor buscando un hueco donde tumbarse cuando la pala estuviese horizontal. Los otros cinco Tábanos, más Arthemis y Bloush, lo siguieron y adoptaron también una posición tumbada. Parecían actores de teatro representando una obra escrita para fallecidos; en sus ojos solo se distinguía esa expresión que separa a los durmientes de los muertos.

Cuando la pala se apoyó en tierra perdieron toda la sensación de movimiento. Así era como funcionaban las orugas: cada segmento apoyado no se desplazaba, sino que permanecía quieto mientras el resto de la cadena y el vehículo avanzaban sobre él, y solo se despegaba otra vez del suelo cuando completaba un giro y tenía que alzarse por el otro lado. Esperaron pacientemente a que el lento y pesadísimo edificio cruzase por encima de sus cabezas, oyendo los escalofriantes sonidos del motor y los engranajes. Telémacus les hizo la señal de que todo iba bien: conocía la fuerza de su plan metafórico en un ámbito donde prevalecían la metáfora y el símil. Por eso los demás confiaban tanto en él.

A los quince minutos le llegó el turno a su pala de elevarse. Con un crujido y un temblor terroríficos, se despegó del suelo dejando caer un aluvión de tierra. Los ocho cazarrecompensas hicieron todo el viaje metidos en el espacio entre las palas hasta que estuvieron encima de la catenaria, y tuvieron el edificio justo sobre sus cabezas. Telémacus se destrabó del gancho y volvió a enrollar el cable: tal vez lo necesitara más tarde. Por el momento, vio cómo la pala se desplazaba hasta una zona donde había una pasarela de rejilla destinada a los técnicos de mantenimiento. Esperó pacientemente hasta que estuvo bajo ella y saltó. Los demás hicieron lo mismo, y pronto estuvieron metidos en el propio edificio, trepando por sus pasarelas en busca de una puerta de entrada.

—Nos hallamos en el extremo inferior derecho —dijo el cazador—. Tenemos que atravesarlo y llegar al extremo contrario, arriba y a la izquierda. Veremos una torre rematada por un tejado en forma de seta: el palacio del drav. Una vez dentro, buscaremos la enfermería.

—Como en los viejos tiempos, ¿eh, amigo? —le dijo Arthemis, intuyéndose una sonrisa detrás de su casco—. Tú y yo metidos en una misión suicida y saliendo airosos.

—Eso aún está por ver.

Telémacus cerró el puño derecho y orientó el brazalete hacia la cerradura. Un fino haz láser destelló con escamas de rubí en el polvo ambiental; hubo un chispazo y un olor a quemado, y la puerta se abrió. Todos desenfundaron sus armas.

Había una cámara de transición que olía a cera dulce y a madera bruñida, como el interior de una catedral, que llevaba a la gran cámara interior donde estaban las dos primeras plantas procesadoras de uranio. Se deslizaron con cuidado por el eclipse que dejaba la puerta desplazada y el siguiente pasillo: el edificio parecía hueco, pero solo estaban contemplando uno de sus cuatro alvéolos principales, tan grandes que tenían edificios en su interior que se cruzaban como vigas de soporte. Estalactitas proquinales adornadas con focos surgían como estructuras cambiantes de aquí y de allá; gruesas columnas terminaban en ruedas negruzcas que no cesaban de girar, y unas pirámides se alzaban pavimentadas con un asfalto gris espectral, todo ello con propósitos industriales desconocidos. Los intrusos parecían pulgas en comparación con la escala de todo aquello, pero les venía bien: cual insectos en proceso de infestar una casa, se movieron entre las sombras buscando ascensores o maneras más rápidas de subir. Avistaron centenares de trabajadores haciendo sus faenas en la distancia, pero aquello era tan grande que ni mil personas podrían haberse quejado de que se hallaban apretadas allí dentro, así que pasaron desapercibidos.

Telémacus señaló unos vehículos que estaban aparcados en el nivel inferior, en unos módulos sin techo que vistos desde arriba parecían cajas de juguetes. Había camiones aeroflotadores, barcazas y esquifes. Y muchos pequeños vehículos con ruedas preparados para sortear toda clase de terrenos.

—Ahí está mi premio —le dijo a Arthemis—. Recuerda el trato: en cuanto acabemos con el drav, me ayudarás a conducir uno de esos camiones antigravedad para llevarlo hasta el poblado.

—Nunca olvido mis promesas, cazador. No olvides tú las tuyas.

Unos trenes monorraíl pasaron a poca distancia por debajo de su actual pasarela, cargando mineral bruto en vagones abiertos. Arthemis trazó un signo en el aire y el grupo saltó a uno de estos vagones. El mineral estaba caliente como si ya hubiese sido procesado, y despedía vapores tóxicos. Se aseguraron de llevar puestos sus cascos o sus mascarillas de oxígeno, y se ocultaron entre los vapores hasta que el tren subió a la cima de uno de los sarcófagos nucleares, con su pila de fisión dentro. El mercancías cambió su discreto susurro horizontal por un rugido de ascenso vertical, y llevó a la comitiva muy cerca del tejado.

Por ahora habían tenido suerte, pensó Telémacus: no los habían detectado, pero era cuestión de tiempo que un dron de esos que vigilaban que no hubiera fugas en las tuberías pasara cerca y su ceño mecánico se frunciera.

Señaló una plataforma en la que confluían varios ascensores. Arthemis asintió, comprendiendo, y se preparó para saltar fuera del monorraíl. Su cuerpo rodó por la plataforma hasta que se detuvo justo al borde de una barandilla, con más de cien metros de caída por debajo. Los demás la imitaron. Al otro lado del humo que ascendía tras aquella baranda, el cartel de advertencia de peligro de una caldera se reía de ellos con el humor abstracto de una ficción intangible.

En ese momento, uno de los ascensores se abrió, y de él salió una persona.

Era una mujer vestida con un traje de mecánico, con un gran sombrero que se abría hacia los lados como el pileo de una seta, gafas de soldador y una chamarra con los bolsillos llenos de medidores. Cuando salió, lo que se encontró fue a ocho individuos de aspecto siniestro tirados en el suelo, como si se hubiesen lanzado por la ventanilla de un vehículo. Y tenían armas. Muchas armas.

Fue a abrir la boca para decir algo, pero Telémacus la agarró por la espalda y se la tapó con la mano. La técnico estaba aterrorizada.

—Sssshhh… no digas nada si quieres vivir. Esto no te concierne.

—¿Cómo que «si quieres vivir»? —se enfadó Bloush—. Es una testigo. Liquídala y a por el siguiente.

Los ojos de la mujer se desorbitaron.

—No. Bastará con noquearla. No hace falta ir matando gratuitamente.

—Tenemos una misión. Díselo, jefa —se le encaró el mercenario. Su sonrisa incluía unas cuantas encías rojas como coral.

—Bloush tiene razón —convino Arthemis—. ¿Y si se despierta antes de que terminemos y da la alarma? No podemos arriesgarnos.

La rehén sacudió negativamente la cabeza, como si les prometiera a todos que iba a ser una buena chica, pero Telémacus no la soltó.

—No, lo haremos a mi manera —insistió—. Es mi plan, y mis reglas. Dormirá hasta que hayamos terminado. Y no va a…

El cuerpo de la mujer sufrió una convulsión y se quedó fláccido. Telémacus la dejó en el suelo y miró encolerizado a otra de las Tábanos, una mercenaria con una cresta punk hecha de cuchillos que tenía insertados quirúrgicamente en el cráneo, a modo de espeluznante peinado. Se llamaba Tsunavi, y acababa de lanzarle un dardo envenenado a la técnico. La toxina era de tan rápida actuación que la pobre mujer murió antes siquiera de sentir el pinchazo.

—¿¡No me has oído, estúpida!? —le imprecó Telémacus, pero Arthemis se interpuso.

—No hay tiempo. La misión. El cronómetro corre. —Señaló unos drones volantes que se acercaban a su posición. El respeto de sus hombres hacia ella tenía justificación: era difícil cultivar y mantener el hielo profesional sin volverse témpano, y ella podía dar la impresión de ser un iceberg cuando quería. Demasiado terapiada y autosugestionada como para perder el control de sí misma por una simple minucia moral.

A regañadientes, Telémacus tiró el cuerpo de la mujer a la caldera que tenían debajo y se metió con los demás en el ascensor. Tsunavi le dedicó una mirada de loca y una sonrisa no menos esquizofrénica. Al reír le asomaron los incisivos, que tenía largos y afilados como los de un vampiro.

Bestias sádicas, estoy tratando con eso, aunque estén provisionalmente en mi bando, se dijo Telémacus. No debo olvidarlo o me apuñalarán por la espalda en cuanto les convenga.

Pulsaron el piso superior y vieron cómo los niveles iban pasando como sombras en el enrejado. Cuando las puertas se abrieron otra vez, estaban en otro decorado diferente: los pasillos se habían vuelto blancos, y muy limpios comparados con la suciedad de la central energética. Tenían forma de troncopirámide invertida, más ancha por encima que por debajo, y podían verse puertas cerradas cada pocos metros. Unos carteles indicadores con varios colores expresaban el estado de una comunidad en un espacio social de cinco dimensiones: el grado de utilidad, el de peligro, la lealtad, la confianza y la paranoia.

El grupo avanzó con precaución hasta que empezaron a ver a los primeros habitantes de aquella zona. Más bien se toparon con ellos de frente, un grupo de personas vestidas de blanco cuya charla se cortó en seco cuando vieron sus siluetas reflejadas en las armaduras. Arthemis golpeó a la primera con la culata de su rifle. Un breve estallido de violencia que rápidamente se extinguió acabó con los civiles sin sentido, en el suelo, y con los mercenarios parapetados tras el siguiente recodo. La cazadora miró a Telémacus.

—Tu plan, tus reglas —dijo—. Guíanos.

El acceso al tejado del edificio les quedaba cerca. Atisbando a través de un ventanal pudieron ver el panorama que les esperaba si se atrevían a cruzarla: la cima era básicamente una pista de aterrizaje para aeronaves, no en completo desuso pero sí bastante sucia y destartalada. Tenía dos torretas antiaéreas a los lados, operativas, cada una con un artillero sentado en su parte superior, y de un extremo de ella surgía el pináculo que era el palacio del drav Bergkatse. Tal y como Telémacus les había descrito, tenía forma de seta con un techo redondo y amplio en la cima. Una incongruente pero armónica arboleda había sido plantada en su base, como si un poco de vida verde pudiera disimular tanta fealdad industrial; unos setos de boj distraían la mirada, planteándole al observador un enigma en forma de laberinto.

También había una grúa muy grande, multípoda, enganchada a la azotea por un lado. Era un monstruo con un largo brazo articulado destinado a elevar mercancías de las ciudades y meterla por unas compuertas que ahora estaba cerradas. Lo más curioso de ella era su sistema motriz de patas de araña: aquella cosa tenía movimiento autónomo, por lo que podía patearse cualquier zona de aquel tejado sin tener que mantenerse encadenada a unos raíles.

Pero eso no fue lo que más llamó su atención, sino los guardias.

Había al menos una docena de soldados armados custodiando la entrada a la torre, vestidos con el rojo ceremonial del Kon-glomerado. Portaban lanzas de energía capaces de disparar descargas láser por la culetera, y de envolver en una funda chisporroteante la hoja del otro extremo para que pudiera cortar el acero. No eran enemigos fáciles. Pero lo que realmente le preocupó a Telémacus fue el droide asesino: un vestigio de la tecnología de los antiguos que andaba sobre cuatro patas y que parecía un centauro cromado, con un torso del que surgían varios montantes de armas y una cabeza que no era más que una antena llena de sensores en constante alerta.

—Mierda —susurró—. En cuanto abramos la puerta la hemos jodido. —Arthemis reparó en su movimiento cuando se apoyó contra la pared: no era la gracia estudiada de un asesino a sueldo, sino el pragmatismo de un hombre que sabía que tenía que volver a casa, porque había gente esperándolo.

—¿Alguna idea, grandullón?

—Sí. Vosotros esperadme aquí, voy a intentar apoderarme de una de esas torretas antiaéreas. Saldré por una ventana del piso inferior y treparé por la fachada. En cuanto me veáis subir a esa maldita torreta y deshacerme del artillero, salid ahí fuera y golpeadles con todo lo que tengáis.

—¿Eso no disparará las alarmas del palacio?

—En efecto —asintió—, pero no les daremos tiempo a organizarse. Una vez me haya posicionado desataré tal caos que hasta nos vendrá bien para pasar desapercibidos. —Evaluó el material del que estaba hecho el palacio del drav: cemento rajado, zinc corrugado, elastometal. Sí, podría causarle un buen daño solo con aquel antiaéreo.

Arthemis no arriesgó opiniones. Lo que dijo fue:

—Estás más loco de lo que yo creía, Telémacus. Pero creo que eso nos viene bien.

—¡Y eso lo dice la que es por méritos propios la parte testicular del equipo! Tus sicarios lo están más que yo, créeme. Sígueme la corriente y te llevaré de regreso a la base con tiempo suficiente como para que te prepares un baño caliente con conchas aromáticas y jabón masajeador.

Arthemis se quedó mirándolo un instante, azorada ante ese íntimo conocimiento de sus necesidades. Luego, lo vio marcharse para bajar un piso y salir por una ventana inferior. Ese deshielo calculado era algo que él sabía usar para ganarse la confianza de otros, aunque nunca llegaba a ser tan transparente como para enseñar sus colores políticos o su blandura moral. «Sí, desde luego que es mi clase de loco —pensó—. Lástima que ya esté casado. Aunque… todo puede arreglarse».

Telémacus se alejó corriendo del grupo y descendió un nivel. Pasó por una zona de obras donde unos operarios mecánicos estaban distraídos disolviendo el acero viejo y dejando en su lugar la nanoobra pura. Un ábside derramaba franjas de luz de neón en medio de un silencio de catedral. Juzgó que ese era un buen lugar para salir al exterior, y atravesó una ventana. Los esqueletos llenos de cables ópticos, el enrejado metaorgánico y las guías de campo resultaron ser estupendos escalones sobre los que apoyarse. Los obreros robot protestaron, pero el cazador los ignoró y, apoyándose en las cabezas de algunos, llegó hasta la parte de la fachada que doblaba en una enorme esquina. A partir de ahí, fue escalando por sus propios medios hasta que se situó debajo de donde creía —si sus cálculos no estaban equivocados— que estaría la torreta antiaérea.

Miró hacia abajo y vio la fachada del titánico edificio cayendo a plomo cien metros, con las ruedas oruga aplastando el terreno entre nubes de polvo. Siempre sentía una conmoción cuando pasaba de aquella vista acrofóbica a los panoramas llenos de líneas que se perdían en la distancia. Se permitió el miedo imprescindible pero no más, y se concentró en lo que tenía encima. Tenía un proyecto desde hacía años para fabricarse una especie de mochila cohete que acoplarle a la armadura, pero la cosa iba para largo, y nunca había tenido tiempo de conseguir los materiales. En momentos como aquel le parecía una excelente idea.

Disparó el cable con gancho al extremo que sobresalía de la torreta. Recogiéndolo, confió al cabrestante su propio peso para que lo elevara hasta allá arriba. El aparato, aunque se quejó, cumplió con su tarea. Telémacus parecía una araña que se arrastraba en silencio por la parte de atrás de la torreta mientras los guardias y el droide asesino proseguían con sus paseos rutinarios por la azotea. El droide no le había detectado con sus sensores porque en todo momento había pegado su cuerpo a la masa de la torre.

Telémacus se metió con un movimiento veloz en el compartimento del artillero, y cuando este se dio cuenta de que algo raro pasaba, le atravesó el cuello con el fino haz láser que había usado para reventar la cerradura. Lanzó hacia atrás el cuerpo para que cayera al vacío, y ocupó su lugar a los mandos del cañón.

Bien, ya estaba hecho. Ahora, ellos dos, Telémacus y Arthemis —no los ella y él individuales, sino las totalidades etnológicas, el bloque de los dravitas y el de los libertarios, el de los soldados comprometidos con una causa y el de aquellos que ya no creían en nada— se habían convertido en una amenaza a tener en cuenta. Ya solo quedaba moverse muy rápido, y rezar.

La fiesta estaba a punto de empezar.

ARTHEMIS

La cazarrecompensas observó con sus prismáticos la base de la torreta. De fondo veía las oscuras crestas de Múnegha perfilándose contra el último parpadeo del crepúsculo, un ajedrez de actividad nocturna. Las coronas de fuego de las torres de las refinerías centelleaban como anillos de compromiso. Permaneció así hasta que vio un fino hilo siendo disparado hasta la parte superior de la torreta: el cable con gancho de su amigo. Luego apareció este, trepando como una araña y metiéndose dentro del antiaéreo con una elegancia y una rapidez propia de los mejores asesinos. La mujer sonrió, pues pensó en lo que el gremio se estaba perdiendo porque un tipo con el talento de Telémacus se hubiese hartado de él y se hubiese largado a pescar truchas.

Es un as, pero un as caído en desgracia, pensó, demostrando que la cuerda invisible que la unía con Telémacus transmitía algo más que tensión física. Así era como le gustaba hacer las cosas también a ella: con intervenciones totales, intensas y furiosas, seguidas de un silencio indignado.

(—Nuestro amiguete ya está en la torre. Preparaos para salir —susurró. En sus ojos centelleaba algo imprevisible: una furia que no existía antes de que el cronómetro llegara a cero. El grupo de Tábanos cargó las armas y se apostó junto a la puerta—. Salimos… ¡ya!).

La puerta de la azotea se abrió y fue como si se desbordara una presa llena de caos: el aire turbulento se llenó de destellos de alta energía y silbidos que se entrecruzaban, frotando una onda de sonido contra la otra. Disparos rojos y azules encapsulados en vainas de fulgor volaron por la azotea, golpeando a los primeros guardias, a los que cogieron desprevenidos. Por desgracia, a los otros les bastó menos de un segundo para poner en práctica su entrenamiento de combate, y rodaron por el suelo buscando cobertura.

El droide arácnido se puso en modo de alerta, combando más las patas y extrayendo sus montantes de armas. Antes de que los Tábanos pudieran ponerse a cubierto, corriendo hasta donde descansaban las cajas cercanas a la grúa multípoda, dos de ellos cayeron fulminados por las armas de ese espantoso robot. A los otros sí les dio tiempo a cubrirse, pero si Telémacus no eliminaba pronto esa amenaza, la cobertura no les serviría de nada, porque además de los cañones energéticos de repetición, el droide poseía un par de lanzamisiles que volarían por los aires cualquier esperanza.

La torreta capturada estaba a pocos metros del droide, y cuando sus cañones gemelos giraron para hacer un rápido arco sobre la azotea, los guardias sonrieron porque pensaron que el artillero iba a premiar la osadía de los atacantes con unas cuantas ráfagas de quarks hiperacelerados. Pero lo que hicieron los cañones fue disparar sobre el droide, el cual, desprevenido, encajó sobre el lomo unas letales descargas, explotó y tropezó con su propia onda de choque, esparciendo sus restos por la pista. La torreta no se detuvo ahí sino que siguió girando, pero no para apuntar a los guardias rojos, que contemplaban anonadados el espectáculo preguntándose qué cojones estaba pasando… sino a por el segundo antiaéreo, que ahora mismo era el único que podía causarle mucho daño con su fuego de respuesta.

—¡Vamos, avanzad! —gritó Arthemis, y salió de detrás de las cajas corriendo como alma que llevara el diablo mientras disparaba. Como si estuviera nadando en una simulación de tiempo demorado, las cosas empezaron a pasar a cámara lenta para su visión (las drogas estimuladoras del tronco encefálico tenían mucho que ver con eso).

Bloush arqueó un brazo por encima de su cabeza para lanzar una granada. Esta reventó en dos fases, una primera en la que simplemente se dividió en esferas más pequeñas de alto rebote, y una segunda en la que las esferas fueron saltando como cigarras, buscando blancos, y estallaron en una danza secuencial. Uno de los guardias cayó cuando varias de estas detonaciones simultáneas le amputaron una pierna y la lanzaron al cielo como una grotesca rama de árbol.

Tsunavi, por su parte, corrió agachada y dando pequeños brincos de un lado para otro como si en lugar de un ser humano fuera un insecto nervioso. Era la orgullosa poseedora de una química corporal bizonal, lo que significaba que podía adaptar su metabolismo a distintas situaciones de combate. Cuando los guardias rojos apuntaron hacia ella sus lanzas y dispararon haces de energía desde sus culeteras, se convirtió en un borrón que no permanecía más de medio segundo en el mismo sitio, y que siempre estaba haciendo piruetas. Gracias a eso los esquivó, pero dos compañeros suyos que corrían a su espalda no tuvieron tanta suerte: los rayos volatilizaron media cabeza de uno y la pelvis completa del otro.

En cuanto tuvo a uno de los guardias a tiro, Tsunavi le apuntó con su ballesta lanzadardos de alta velocidad, y le disparó media docena de púas en rápida sucesión. De estas le golpearon solo la mitad, pero fueron suficientes para alcanzar con sus puntas un brazo, o la protección de grado medio de una pierna. Las puntas, microafiladas, traspasaron apenas la pernera, lo justo como para arañar la piel, pero eso bastó para inocular la neurotoxina. El guardia se desplomó presa de violentas convulsiones. Tábano contra mantis, tábano engulle mantis.

Por su parte, Arthemis empuñó a dos manos un rifle que no tenía cañón, sino que acababa en una bocacha lisa como un espejo y amplia como la cabeza de un tiburón martillo. Mantuvo apretado el gatillo durante tres segundos en lo que la energía se acumulaba en este frontón, hirviendo en un furioso carmesí, y la soltó toda de golpe: el rifle no disparó un solo haz, sino decenas de pequeños dardos láser que barrieron toda la zona. Era la versión energética de un arma de postas, pensada para cubrir un área en lugar de apuntar a un blanco específico.

Aquel rifle tenía una segunda función, la de disparar un arpón-cohete autopropulsado que se incrustaba en el blanco con gran potencia. Pero no quería usarlo todavía: lo guardaría como as en la manga por si tenía que lanzar alguna cuerda lejos, para columpiarse y salir de allí. Y a los que se quedaran atrás, que les dieran.

El abanico láser alcanzó a dos guardias que buscaban cobertura y los tumbó, aunque no antes de que uno de ellos arrojara su lanza y atravesara el esternón de otro de los Tábanos. Ya habían caído tres. Con resignación, y sabiendo que estaba perdiendo efectivos en muy mala proporción, Arthemis cargó el siguiente disparo mientras su expresión oscilaba entre la travesura y la lascivia.

La segunda torreta apuntó hacia la de Telémacus con sus cañones, pero esta llegó antes: continuando con el giro que había comenzado cuando destruyó al droide, Telémacus enfiló el antiaéreo y abrió fuego. El asustado artillero de la otra torreta, con las manos temblando sobre los controles, no tuvo tiempo de abandonar su puesto cuando un fuego graneado de disparos volatilizó la carlinga e hizo que el montante reventara en una bola de llamas.

Viendo que los Tábanos ya habían llegado hasta la puerta de acceso al palacio del drav, y que esta estaba cerrada, activó los altavoces externos y ordenó:

—¡Apartaos de ahí!

Arthemis y los suyos obedecieron, y a continuación la puerta encajó dos disparos del antiaéreo, volando en mil pedazos.

—¡Entrad, voy a jugar un poco más por aquí fuera! —dijo Telémacus, y pulsó el botón que ponía a los cañones a disparar independientemente, en lugar de en tándem. Con esto consiguió que los disparos fuesen rápidos y cortos, en lugar de agrupados y contundentes. Antes de desaparecer por la puerta, Arthemis vio que un enjambre de impactos recorría la superficie de la torre del palacio, haciendo polvo las ventanas y sembrando el caos en muchos pisos.

La cazadora enarboló su rifle y echó a correr pasillo adentro. Ya iría cartografiando el terreno a medida que lo descubriera. Viendo caminos, pensó en caminos.

Lo que más la preocupaba eran los sistemas de seguridad que pudiera haber en la torre. Los dravitas tenían algunos bastante sofisticados, especialmente diseñados contra armas energéticas. Como los campos de ondas sinusoidales, por ejemplo: frentes de onda que desfasaban los rayos láser y los convertían en luz ordinaria. Sin embargo, allí dentro no parecía haberlos, porque cuando un campo de esos se activaba también difuminaba un poco la luz ambiente, y hacía que a todo el mundo le pareciera que tuviera cataratas. Al pegar la cara a los objetos los vio nítidos; bien, no había campos sinusoidales.

La sutilidad, nuestra marca de fábrica, pensó, y una sonrisa de leona le cruzó la cara. Qué ganas tenía de enviarle un coprolito con una cinta regalo de color rosa a ese capullo de Kar N’Kal, el Intérprete de los Muertos de Raccolys, con una tarjeta adjunta que pusiera: «Con los mejores deseos de tu mejor cazadora, desde el palacio de Bergkatse». Su cara al leer eso sería digna de verse.

5. ASALTO A LA FORTALEZA (Scherzo para grúa y tópteros)

LOGUS SHUGTRA

El doctor Logus Shugtra estaba viendo pasar una lacónica corteza de cifras por la pantalla de su terminal que demostraba que la conversión de datos en objetos del mundo real no era siempre fiable. Lo que veía era la traducción matemática de los últimos sueños del drav Bergkatse, pero los algoritmos no expresaban del todo la realidad. Al menos, no como el drav se la había contado.

Según su amo, imágenes de un gran manto vibrante de ideas que consumía el universo caían sobre él como un arpa resplandeciente hecha de onda pura, torsional; cuerdas y percusión de Sibelius en electromagnetismo menor tocadas a destiempo. La onda funcionaba a la misma frecuencia que el pensamiento de las divinidades, un campo de ideación que cristalizaba en forma de proyectos de génesis y geocreación. La actividad cerebral del drav buscaba la extensión final de sí misma dentro de los límites de la onda torsional, y en algún punto en el que lograba igualarse a cero, aparecía una idea del tipo que solo puede calificarse como «genial», y cuyo tiempo de vida era igual a 0’00000004 estroboscopiones. Un viaje lateral por el País de la Mente de Bergkatse.

Pero aquel deshielo de logaritmos no expresaba eso. Había algo que se le escapaba, que se perdía en la traducción de los sueños a números primos… y Logus creía saber qué era. La emoción de tener una idea genial era algo puramente químico. Era una reacción del cuerpo a la ansiedad del cerebro, a su expectación, a su nerviosismo ante las derivaciones de semejante idea. Y eso no lo decían los números. El drav quería que su actividad mental tuviera un registro para que fuera estudiada en épocas posteriores por sus descendientes —la típica falta de ego de los de su especie—, pero el lenguaje que hacía falta para encadenar ese flujo, para producir esas páginas, no era del todo exacto.

Logus Shugtra era un idor, una raza autóctona de Enómena, igual que los drav. E igual que estos, surgida a partir del genoma humano tras la desaparición del Metacampo. Su parecido con los simios de los que supuestamente procedía era nulo, pues si los dravs eran cerebros gigantes semifluidos y podría decirse que eran una mutación del encéfalo humano, con los idor tal conexión era todavía menos obvia. El Metacampo, o más bien su distorsión, había hecho algo con los cuerpos de sus ancestros, transformándolos en una aberración que no tenía el menor parentesco con un mamífero.

Un idor era el negativo de la forma de pensar de un drav. Construía desde dentro hacia afuera en lugar de desmontar de fuera hacia dentro. Por eso se complementaban tan bien los unos a los otros. Y por eso los dravs que estaban consolidados en el poder solían usar a los de la otra raza como sirvientes o, como a menudo pasaba, también como esclavos.

El cuerpo de un idor se basaba en el movimiento giratorio perpetuo: su torso era una masa oblonga de órganos en rotación, algunos más rápidos y otros más lentos, que se aprovechaban de esa velocidad y esa fuerza centrífuga para realizar las tareas de su metabolismo. Su ciclo de Krebs, su transmisión de impulsos nerviosos, incluso su digestión… todo incorporaba la fuerza centrífuga a bolsas de carne que giraban al extremo de cuerdas musculares, como boleadoras llenas de venas. Hasta su sangre dependía de ese movimiento para limpiarse y eliminar sus residuos. No todo su cuerpo giraba, sin embargo, pues las tres patas y la columna vertebral que lo sostenía —por la que subían y bajaban las dinamos vivas que hacían posible tal movimiento— eran algo así como un eje fijo que hacía de columna para toda la estructura. El idor se remataba por encima por unos huesos que parecían una corona, de los que colgaban las únicas telas que ellos aceptaban como «ropa», y que los rodeaban como cortinas de ducha. El ropaje de un idor tenía su propio código de colores, y el de Logus proclamaba para quien supiera leerlo que se sentía orgulloso de ser el oniromante mayor del drav Bergkatse, pero que a la vez ansiaba más que nada en el mundo su libertad para poder dedicarse a estudiar sus propios misterios.

Cuando se empezaron a escuchar a los lejos los estampidos de las explosiones, Logus activó los protocolos de seguridad: estaba en el punto más alto del palacio, dentro de la cámara de las Visiones Sagradas, una caja fuerte donde se guardaban los sueños cristalizados en un panal de abejas que recubría las paredes. Logus era el cirujano encargado de extraérselos y guardarlos para su posterior estudio, cosa que, al ritmo que iba, le llevaría dos vidas.

Estaba precintando el último panal cuando Padre Addar, el Intérprete de los Muertos de Bergkatse, asomó su inquietante rostro cadavérico por la puerta.

—Esclavo, termina aquí cuanto antes. El palacio se halla bajo ataque.

—¿Quién ha tenido la osadía de llegar hasta aquí, maestro? —preguntó el idor con una voz que parecía salir de un tracto vocal que girara a gran velocidad.

—No lo sé… pero seguro que son fuerzas de choque de esos cabrones del sur, que vienen a vengarse por lo de su drav. Ya les daremos su merecido. Por el momento, enciérrate en esta cámara y protege los sueños con tu vida.

—Se hará como ordenáis, mi señor —dijo el ser. Y cerró la puerta desde dentro. Junto a él había varios estudiosos de la oniromancia (humanos calvos y delgados vestidos con túnicas) que pertenecían al departamento de Lógica Deóntica. Su existencia se apoyaba en un laberíntico sistema de obligaciones, permisos y prohibiciones. Uno de ellos preguntó:

—¿Es posible, imposible o necesario que nos quedemos aquí para defender esta habitación, señor Logus?

—Es posible y a la vez necesario. Pero el éxito en la misión podría entrar dentro del rango de lo imposible.

—Oh, puede que entienda.

Logus activó las cámaras. Varios paneles se iluminaron mostrando imágenes en tiempo real de lo que estaba pasando en los pisos inferiores y en el pasillo de su mismo nivel. En el piso treinta y cinco, donde estaban ellos, todavía estaba la cosa en calma, pero no duraría mucho a tenor de lo que ocurría abajo: los pasillos del ala inferior estaban llenos de un humo que resaltaba aún más el brillo de los destellos láser, confiriéndoles un aura fantasmal. ¿Cuántos eran los atacantes? No parecían un ejército, sino más bien un grupo pequeño y bien entrenado. Quizá por eso habían llegado más lejos que nadie.

—Permitido que sea expresado el propio pensamiento —dijo el calvo.

—Adelante, di lo que sientes.

—Es facultativa la opción de morir o de seguir viviendo, pero sobre la supervivencia a largo plazo, está permitida su inclusión o bien permitida su negación.

—Hay una disyuntiva en eso —meditó el idor—: Si esos invasores llegan hasta aquí, estará permitido morir, y se pondrá en entredicho nuestra facultad de ver otro amanecer.

—Permitido expresar el propio miedo. Pues si esto se permite, implica que el miedo existe —tembló el calvo.

—Sí, existe. Ahora mismo, existe, te lo aseguro. Pero no sabemos si existirá mañana. —Logus estaba recurriendo a lo que llamaban en poesía lógica un «silogismo esperanzador». Por supuesto, la capacidad de su subordinado para tener esa emoción era muy escasa. Para los deónticos, la palabra esperanza era un término siempre sometido a examen, un código para designar un análisis estadístico de probabilidades con sus niveles eslabonados. Eso era lo más cercano que un deóntico estaría jamás de la poesía.

En las pantallas, vieron que Padre Addar llegaba corriendo hasta el salón donde descansaba el drav, metido dentro de un cuenco gigante que parecía un plato de sopa de tamaño descomunal. En su interior reposaba la masa encefálica de ciento ochenta kilos que era Bergkatse, fluyendo nerviosa de un lado para otro, abriendo varias bocas que preguntaban a coro qué demonios estaba pasando en su palacio, y por qué sus fuerzas de seguridad no se habían hecho cargo todavía. Desde el techo se proyectaban sobre él unas agujas cuya finalidad era practicarle, a ratos y según el cerebro lo demandara, una «acupuntura terapéutica», estimulando los centros de placer de aquella tortilla gigante y haciendo que otros se relajaran. Esa era la única manera que los dravs tenían de sentir placer físico. Onanismo acupuntural.

Addar se inclinó sobre el cuenco para darle un informe de situación que la cámara, por no tener conectado un micrófono, no pudo captar. Pero Logus se imaginó lo que le estaría diciendo. La tortilla ardía de furia como si el cuenco fuese realmente una parrilla, sus flujos de pensamiento formando galaxias giratorias dentro de su masa granulosa.

Las demás cámaras no captaban nada coherente, pues los pasillos estaban llenos de humo. No era como en el exterior de la fortaleza, donde el aire de la noche estaba limpio salvo por una alerta de ozono. Los rayos láser seguían titilando ocasionalmente como neones penumbrosos en las fachadas de moteles baratos. Pero ya no se distinguían figuras dentro de la nube. En la pantalla conectada a la cámara del nivel treinta y cinco, dos hileras de guardias armados con lanzas de energía se apostaron en fila en el pasillo, apuntando al único ascensor. Ese canal sí que tenía audio.

—¡No dejéis que atraviesen este pasillo, os va la vida en ello! —les gritó Padre Addar, colérico, justo antes de encerrarse en la habitación de Bergkatse y echar los cerrojos. Los guardias contemplaron pacientemente cómo se incrementaban los números que indicaban el piso al que subía aquel ascensor. Cuando ese número llegó al 35, cargaron sus armas y esperaron a que se abriese la puerta.

La puerta nunca se abrió.

Justo en el segundo en que el indicador de pisos marcó el último con un gracioso ¡tilt!, las puertas del ascensor explotaron hacia afuera y una nube de metralla llenó el pasillo. Logus y sus ayudantes dieron un respingo por la sorpresa, y oyeron la violencia de la explosión al otro lado de su propia puerta. Si el idor pudiera llorar, habría intentado sorber hacia dentro su impotencia en el negativo de un sollozo.

Milagrosamente, la cámara de vídeo del pasillo seguía intacta, por lo que pudieron ver cómo dos cables con ganchos se anclaban en las vigas retorcidas y permitían subir por el hueco del ascensor a dos mercenarios ataviados con armaduras llenas de quemaduras láser. Uno parecía un hombre y la otra una mujer. Esta última le dijo al primero, mirando la alfombra de cadáveres:

—¿Por qué siempre se ponen detrás de la puerta, estos tíos? ¿No saben que es el peor sitio?

—Es que a poca gente se le ocurre que alguien pueda ser tan bruta como para poner una carga de P2 tan potente como para volar medio nivel.

—¿Bruta? Oye, no me estarás mirando a mí de reojo cuando dices eso, ¿no?

—De reojo, no. —Sonrió Telémacus, como invitándola a estar de acuerdo.

Mientras la cazadora seguía adelante hasta llegar a la puerta de la cámara del drav, el hombre se detuvo frente a la de la habitación donde se guardaban los sueños. Asustado, Logus retrocedió cuando la cerradura emitió un chispazo y la puerta se abrió, dejando ver al hombre de la armadura dragonil al otro lado. El deóntico calvo intentó adoptar un aire solemne, como para encarar dignamente su muerte.

—Es facultativa la opción de morir o de seguir viviendo, pero sobre la supervivencia a largo plazo, está permitida su inclusión o bien permitida su negación.

—Tú has sido mi mejor operador, Clasus —murmuró el idor, sintiéndose encerrado en su propia incapacidad para lidiar con tanta violencia—. La filosofía es en cierto modo indulgente, pues estimula la debilidad y la falta de voluntad. Y eso que poca gente hay más resuelta que un deóntico obsesivo.

El hombre-dragón giró su casco para observar los paneles de abeja de las paredes, ignorando a aquellos dos tarados. Parecía saber lo que estaba buscando. Miró al idor.

—Tú.

—¿…Yo?

—Sí, tú. Eres el médico personal de Bergkatse, ¿no?

—Ssssí…

—Bien. No os haremos daño, hemos venido a buscar una cosa y después nos iremos: el sueño en el que aparece la clave para abrir la cámara donde el drav guarda la Llave de Iridio. Sabemos que está protegida por trampas explosivas y otras sorpresas, así que si me ayudas a encontrar la clave de acceso, vivirás.

Los órganos del idor giraban a destiempo, como si necesitara purgar el exceso de adrenalina del miedo con breves explosiones de velocidad. Se acercó sobre su tren de tres patas al cazarrecompensas y lo miró. Puestos uno al lado del otro, el idor le sacaba a su adversario por lo menos cuarenta centímetros de altura.

Y entonces dijo algo que ni Telémacus ni los ayudantes calvos se habrían esperado por nada del mundo.

—Si te ayudo, ¿dejarás que me vaya con vosotros?

El asombro del hombre se reflejó en que su casco se movió hacia atrás unos milímetros.

—¿Quieres escapar de este sitio?

—Es lo que más deseo en el mundo. Aquí soy un esclavo. Lo dicen mis colores.

Telémacus ponderó varias opciones, intentando averiguar si aquel engendro le estaba engañando o no. Su niebla semántica era difícil de traspasar, pero lo que le decía sobre los colores de su «atuendo» era cierto: por lo poco que sabía de esa raza, nunca usaban los marrones y los grises para vestirse salvo cuando sentían vergüenza de su situación actual.

—Está bien, eres un científico, podríamos utilizarte… Accede al contenido del sueño que te estoy pidiendo y veremos.

Mientras Logus operaba los controles, sus ayudantes lo miraban atónitos. Estaban asistiendo a una flagrante traición. Y lo peor era que no podían dar la alarma porque las sirenas del palacio ya estaban sonando.

Los brazos del idor eran tentáculos que normalmente estaban recogidos sobre sus piernas como racimos musculares. Pero cuando los desenrollaba eran largos y finos como cuerdas. Cada uno acababa en tres ganchos que, a modo de dedos, podían agarrar objetos o pulsar botones, que era lo que estaba haciendo ahora.

—Si no recuerdo mal, la última vez que mi am… que el drav soñó con la clave, fue hace dos meses. El dato debería estar en el registro 2089B/ʯ.

Uno de los panales sobresalió de la pared revelando un tubo lleno de una sustancia amarilla. El drav la cogió y la metió en una máquina. A continuación, unas imágenes borrosas aparecieron en una pared: réplicas de una actividad mental sin control.

—Vamos, idor, no tengo mucho tiempo —lo amenazó el cazador, apuntándole con su arma. Estaba vigilando también un monitor en el que se veía el interior de la cámara del drav, a la que ya habían conseguido acceder Arthemis y sus Tábanos (los que quedaban vivos, que eran solo dos, Bloush y Tsunavi). Un hombre tenía alzados los brazos en pose de rendición, probablemente el Intérprete de los Muertos de Bergkatse, mientras que este último reposaba en su cuenco. Arthemis se le acercó con un contoneo de caderas realmente amenazador. Telémacus se imaginaba lo que estaba a punto de pasar y lo desaprobaba: no habían venido para eso.

—¡Casi lo tengo! Sí, aquí está… —dijo Logus, tecleando más rápido. Las rutinas pirita/intactus construían simulaciones de aquellos grumos de luz y los poblaban con extractos de suposiciones sobre lo que podrían significar los números. Cinco abstracciones de bordes cubistas que resultaron ser sueños—. Si no la ha cambiado desde entonces sin decírmelo, la clave para entrar en la cámara blindada es «Bilenio».

—Estupendo. Más te vale que no me hayas mentido o…

—Iré contigo, y así podrás castigarme.

Telémacus lo miró raro. Aquel ser no parecía desvalido, aunque sí necesitado de rescate. Él había conocido a mucha gente acabada a lo largo de su vida a la cual les habían arrebatado la voluntad de sobrevivir: no eran más que entremeses andantes esperando a que alguien los devorara. Gente que normalmente habitaba las calles de ciudades como Tájamork, donde la experta danza de los rateros se mezclaba con el andar vacilante de las prostitutas viejas, que ya habían aceptado las consecuencias del tiempo y sabían sacarle el máximo partido a las sombras de los callejones y la ropa selectivamente reveladora. Este idor no parecía encontrarse en un estado de indefensión extrema… pero sí que necesitaba ser rescatado.

Se dio la vuelta y no protestó cuando salió de la cámara de los sueños con el alienígena siguiéndolo como un perrito faldero. Contento hasta lo indecible, Logus se destrabó las sedas de su atuendo, dejándolas caer.

En lo que a él concernía, ya no eran representativas de nada.

ARTHEMIS

La cazadora se acercó al cuenco donde reposaba el drav. Este no parecía un ser vivo, inmóvil como estaba, sino la plasta sobrante de algún experimento culinario. Sin embargo, no pudo evitar sentir un temor reverencial al verla: desde que era niña, le habían inculcado el pensamiento de que los drav eran los amos, los crueles ultrapensadores que regían el destino de aquel mundo con el despotismo de un señor de la guerra. Su subconsciente sabía lo que representaba aquel engendro, y por eso tenía miedo.

De fondo, Padre Addar estaba con las manos cruzadas detrás de la nuca, esperando acontecimientos. Miraba a la cazadora con un odio infinito que resultaba aún más aterrador debido a su atuendo: Addar estaba vestido con una armadura ceremonial hecha de huesos —no podía saber si auténticos o imitados con alguna clase de pasta dermiforme—; su larga cabellera gris se anudaba en trenzas acabadas en pequeños cráneos de cristal, y la mitad inferior de su cara estaba oculta tras una máscara que representaba una dentadura demoníaca. Desde luego, los Intérpretes de los Muertos sabían cómo ser teatrales.

—Las personas arden despacio, se queman hasta quedar crujientes y piden más —dijo el drav con su coro de voces—. Como babosas: aletargadas, viejos rencores, nuevas esperanzas. Arder de nuevo.

—Mira quién fue a compararme con una babosa.

—Estás loca, cazadora. Ahora mismo están viniendo mis tropas de las ciudades gemelas. Entrarán aquí en breve arrasándolo todo a sangre y fuego. No sobreviviréis.

—¿Y si lo que busco no es sobrevivir sino quemar tu puta masa encefálica hasta que no sea más que una ruina humeante? ¿Y si lo único que quiero es saldar una vieja deuda contigo, aunque eso me cueste la vida?

La tortilla se estremeció. Para un drav, el concepto del sacrificio personal era algo impensable, que se escapaba de toda lógica. Su raza era tan orgullosa y autocomplaciente que se veían como los máximos exponentes de la evolución de la vida en la galaxia. Así pues, para ellos el suicidio era la máxima expresión de la demencia, pues sacrificarse a sí mismo era arruinar una de las mayores obras de arte del cosmos. Eso que hacían de vez en cuando las razas inferiores —como la humana— de sacrificarse en misiones suicidas por un bien mayor… sencillamente, estaba fuera de su entendimiento.

—Eres una cazadora, te habrán ofrecido dinero por esto —gruñó la tortilla—. Te pago el triple, sea cual sea la cantidad. Sírveme y serás rica. Sírveme y serás alguien.

—Para vivir para siempre a tu sombra, ¿no, tirano? No, gracias. Ni todas las riquezas que tienes escondidas en tus palacios, que seguramente serán incalculables, podrían comprar el odio que siento hacia ti.

—¿Por qué? No seas absurda, estúpida humana, tu rencor no es lógico. No es nada comparado con lo que podrías ganar tomando la decisión correcta. Tu odio cerval no tiene sentido.

La mujer se apoyó en la cubeta con un gesto infantil. El reflejo del drav resbaló por su casco como algo gomoso.

—Qué sabrás tú de lo que es el sentido de la vida, aborto, si nunca has experimentado nada salvo la lógica más fría. Para estar vivo hay que estar un poco loco, hacer cosas sin sentido. Como entrar en esta fortaleza y tener a mis pies nada menos que al señor del norte.

—¡No me faltes al respeto, mujer! —la amenazó Bergkatse—. Tus trastornos subrutinarios de origen genético te impiden comprender el alcance de tu error. La frustración sexual que gobierna los hipotálamos de tu especie se…

El drav cambió su discurso encolerizado por unos chillidos agónicos cuando de la bocacha del arma de Arthemis surgió un chorro de fuego, un lanzallamas que bañó por entero a Bergkatse y lo fue ennegreciendo poco a poco, entre volutas de humo. Arthemis vio de reojo cómo el Intérprete de los Muertos, aprovechando que ella estaba ocupada, tocó un resorte de la pared y desaparecía por una puerta secreta, el muy cobarde. Ya te pillaré después, pensó ella mientras flambeaba un poco más la masa.

—Ah, no, cabrón —dijo con una sonrisa desquiciada—. Nunca te metas con la sexualidad de una chica. Eso es privado.

—¡Arthemis, ya están aquí! —avisó Tsunavi, entrando a toda prisa en la sala junto con Bloush—. ¡Diez tópteros por lo menos, cargados de tropas! ¡Tenemos que irnos!

Telémacus también entró, seguido por el médico idor.

—Lo tengo —dijo—. Recuperemos la llave de iridio y larguémonos cagando leches.

—¿Qué es esa… cosa? —se asombró Arthemis, mirando a Logus, pero él la ignoró y agarró un puñado de agujas metálicas de las que se clavaban como acupuntura en el drav. Se las mostró al médico.

—Amigo, estas cosas también servían para dar órdenes, no solo como masturbación eléctrica, ¿verdad?

—Sí —asintió Logus—. Transmiten impulsos eléctricos a un ordenador central.

—Bien, quiero que hagas dos cosas: que las uses para abrir la puerta del ascensor privado del drav para que nos lleve a la base del palacio. Y dos, que sobrecargues las pilas de uranio de la central nuclear para que entren en fase crítica.

Las miradas de los mercenarios no tuvieron precio.

—¿Vas a provocar una explosión nuclear? —se asombró Arthemis.

—No, pero quiero que dé la impresión de que va a haber una. Así mantendremos ocupados a los esbirros de Bergkatse mientras salimos por pies. ¡Pero ya, joder, no tenemos tiempo!

Aturullado, el idor obedeció. Telémacus miró el churrasco humeante en que había quedado convertido el drav y se volvió a Arthemis.

—Qué asquito, ¿no?

—Solo me faltó tirar de la cadena. Ese mamón por fin ha evolucionado a lo que realmente es: un pedazo de mierda. Deuda saldada. Esto por aquello, acción por reacción.

—Así que tenías una deuda de sangre con él. Y no me dijiste nada.

—¿Y quién no la tiene, cuando hablamos de un drav? Mi pasado es asunto mío, cazador, no se te ocurra meter la nariz ahí porque podrías sacarla así de chamuscada.

—Tranquila, ni se me había pasado por la cabeza.

Una mampara se descorrió, revelando un ascensor.

—¡Ya está! ¡Todos adentro!

Cuando Logus quiso meterse también, Bloush le apuntó al cuerpo giratorio central con su pistola, pero Telémacus se la bajó.

—No. Él se viene conmigo. Podría necesitarlo en el éxodo de mi tribu. Es médico.

Arthemis sacudió la cabeza con desgana.

—Está bien, pero es tu equipaje. Si se retrasa, tú te vuelves a buscarlo, no nosotros.

—De acuerdo.

Tsunavi le enseñó sus dientes de vampiro a Logus, que se apretó asustado contra la pared del ascensor. Este se puso en marcha y bajó llevando al grupo de regreso a las profundidades del complejo, pero cuando estaban a punto de abandonar el palacio en sí para ingresar en la fábrica, algo pasó: el ascensor se detuvo con un crujido, quedándose inmóvil entre dos pisos.

—Mierda —dijo Arthemis—. Tiene que tratarse de ese malnacido de Addar, que nos está hackeando. Ahora nos hará subir otra vez.

—No si salimos antes. —Telémacus encajó los dedos en la unión de las puertas y las abrió. Estaban trabados entre dos pisos, y uno de ellos era la azotea de la fortaleza móvil, la misma que ellos habían convertido en un infierno minutos antes. Ayudó a escapar a los demás y por último salió él.

Miraron al horizonte, donde nubes uniformes color peltre llegaban desde la cordillera decapitando las crestas. Un enjambre de insectos llenaba el aire nocturno: tópteros cargados de tropas, algunos de ellos aterrizando ya en lo alto del palacio. Se llevarían un chasco al descubrir la ruina humeante que había quedado de su amo… y entonces sí que se enfadarían de verdad, pues solo les quedaría la venganza.

—Vale, genio, ¿cómo piensas eludir a toda esa gente? —preguntó Arthemis—. Porque el plan era traer mi tóptero para que nos recogiera arriba, en la cima. Pero si se acerca ahora lo derribarán.

—Ten confianza, mujer de poca fe. Y aprende.

Telémacus lideró la comitiva en una carrera hacia el borde de la pista de aterrizaje, donde los tópteros no se estaban posando porque estaba llena de agujeros por los disparos de los antiaéreos y el cadáver humeante de la otra torre. Sin embargo, ellos no se dirigían hacia la puerta de entrada al complejo.

—¿Adónde nos estás llevando? —gritó Arthemis en plena carrera.

—¡A nuestro vehículo secundario!

—A nuestro… ¿qué? ¿A qué coño te refieres?

Enmudeció cuando se dio cuenta de cuál era su objetivo: no los edificios estudiadamente destartalados de la fábrica, sino directos a la carlinga de mando de la gigantesca grúa multípoda.

—¡Estás como una puta cabra! —le gritó a Telémacus mientras se sentaban dentro y él activaba las funciones motrices del monstruo mecánico—. ¿Qué piensas hacer, bajar trepando por la fachada de la fábrica?

—Algo mejor… acuérdate para qué vinimos a este sitio —sonrió el cazador, y empujó una palanca—. Aún no hemos cumplido nuestro objetivo.

La estructura se estremeció cuando el ronroneo de los motores envió vibraciones por todo su esqueleto. Trabajando a partir de fuerzas de campo y tensores eléctricos, las cuatro patas de la grúa se doblaron como las de una tarántula, y el monstruo se puso en pie. Uno de los tópteros del Kon-glomerado se puso a revolotear como una avispa en torno a ellos, pero Telémacus tocó otra palanca y el brazo articulado hizo un aspaviento, chocando contra el aparato volador y reventándolo en una nube de fuego.

—Bien, ahora agarraos. Nos metemos en las entrañas de la bestia —anunció el cazador, y llevó la grúa hasta el embudo central de la azotea que conectaba con el interior. Los demás enmudecieron de terror cuando se encontraron colgando de sus cinturones de seguridad, la carlinga inclinada hacia abajo casi noventa grados y la grúa trepando por la pared interna del edificio.

Los trabajadores de las centrales nucleares se quedaron de piedra al ver a aquel arácnido pintado de rojo trepando por la pared, sobre los sarcófagos del uranio y las barras refrigerantes. Los drones de vigilancia se acercaron a toda prisa, sus cañones ventrales preparados para disparar. Telémacus gritó:

—¡Atención, tenemos compañía! ¡Son demasiado pequeños para que los golpee con la grúa!

—Entonces lo haremos al viejo estilo —dijo Arthemis, y se asomó por la ventanilla de la carlinga, apuntando con su rifle. Volvió a ponerlo en modo dispersión, para que la descarga láser cubriera un área. El abanico de rayos tumbó a dos drones de golpe, pero aún quedaban siete. Bloush y Tsunavi también se sumaron a las prácticas de tiro, sus labios moviéndose como si masticaran, mientras el idor temblaba de miedo en una esquina.

—¡Esto es una locura! —gritó Logus. Demasiada violencia a su alrededor, más de la que podía soportar.

—Las locuras son las que resuelven el mundo, amigo —susurró Telémacus, muy concentrado en los mandos.

—No me llames así, tengo nombre. Me conocen como Logus Shugtra, alto psicocirujano deóntico del noveno círc…

—Encantado, Logus, yo soy Telémacus. Ahora necesito que te estés quietecito y en silencio para no distraerme, mientras busco… ¡ah, allí está! ¡Chicos, he localizado la caja fuerte de la Llave de Iridio!

Era un cubo de metal blanco que se deslizaba por un camino tridimensional de cuatro raíles, uno por vértice, y que en esos momentos se hallaba sobre uno de los sarcófagos de cemento. Telémacus manipuló los controles y la grúa dio un pequeño salto, cayendo cuan masiva era sobre las capas de hormigón de la central nuclear. Sus patas provocaron explosiones de polvo gris y más de un infarto entre los trabajadores que estaban mirando el espectáculo.

Telémacus esperó a que el cubo se desplazara hasta ellos y lo atrapó con el brazo de la grúa. Sus titánicas pinzas se cerraron y lo mantuvieron inmóvil mientras sus ruedas motorizadas empezaban a echar humo. La caja fuerte presionaba para seguir moviéndose, pero aquel dragón metálico no la dejaba.

Los drones de defensa ya habían sido derribados por los mercenarios, pero por el agujero del techo estaba entrando un tóptero que, manejado diestramente por un buen piloto, se movía con lentitud para no rozar las paredes con sus alas. Ese sí que era un enemigo a tener en cuenta, pues sus cañones podrían reducir la grúa a chatarra.

—Arthemis… —sugirió Telémacus, y esta entendió: rompió el cristal delantero de la carlinga y salió por allí, saltando encima del brazo articulado. Vista desde lejos era una figura diminuta que corría por encima de aquel puente hecho de vigas cruzadas de metal. De cuatro o cinco ágiles saltos cayó sobre el cubo y se quedó en cuclillas.

—¿Qué está haciendo ahora? —preguntó Bloush.

—Accediendo al panel de control para abrir la caja fuerte. Chicos, ese tóptero se acerca, haced algo.

Logus estaba muerto de miedo, y tan perplejo que de haber tenido cara y labios, su sonrisa se le habría descolgado por fuera de la mandíbula, moviéndose como la de un camello, para contener los gritos. Asistió a una coreografía de destrucción como jamás pensó que vería en su vida, con aquel aparato volador que les disparaba ejecutando un giro alrededor de la grúa, la nube de chispazos y explosiones que su munición dejó en el cuerpo de esta, y las ráfagas de respuesta que Bloush y el propio Telémacus le devolvieron para cubrir a Arthemis el tiempo que necesitara.

Humanos, pensó; cualquiera de ellos aceptaría la conclusión de que necesita estar loco para poder afrontar su sistema lógico de decisiones con buena cara, y luego se excusaría con una metáfora… La locura parece relacionarse con el triunfo merced a un equilibrio termodinámico.

Arthemis, mientras tanto, se concentró en lo que estaba haciendo, dejando el resto del mundo fuera: abrió un panel, accedió a un teclado e ingresó la clave «Bilenio». Los controles, como barridos por un oleaje, se pusieron verdes y parpadearon. Una mucosidad amarilla brotó de la cerradura, expandiéndose como musgo por la trampilla de acceso. Los sonidos parecían alterados por un campo referencial, y no correspondían a los objetos de los que brotaban. Era muy raro.

Pero la puerta se abrió, y Arthemis soltó una exclamación de triunfo.

Saltó dentro para protegerse de los disparos del tóptero, que ahora se enfocaban en ella. Toda la cámara temblaba, pues seguía en sus trece intentando proseguir su camino por los raíles, pero la garra mecánica la tenía presa, y la mantenía inmóvil con su descomunal fuerza. Los engranajes echaban humo.

La imaginación de Arthemis llegó a su cénit mientras abría la compuerta, y se nutrió a sí misma en una especie de frenesí. Su cerebro no paraba de repasar los legendarios tesoros que podía contener aquella cámara, cotejándolos con las leyendas y la rumorología que hablaba de ellos. En esa clase de temas, la superstición superaba al conocimiento como moneda de uso en la cadena trófica de la que provenía ella. Sus ojos, henchidos de ambición, se redujeron a dos pupilas agonizantes en una noche de truenos.

Sin embargo, cuando sus pies tocaron el suelo de la cámara, toda ella, todo lo que era Arthemis la cazadora, en su envés y su revés, se quedó rígida por la decepción.

Pues la caja fuerte estaba completamente vacía.

Allí no había tesoros legendarios, ni Llave de Iridio, ni siquiera dinero o materiales valiosos. Solo había una especie de neblina que, cuando ella entró, recogió elásticamente una onda y le devolvió su movimiento con un latido de corazón.

La mujer estaba al borde del infarto. ¿Qué cojones significaba aquello? ¿Qué tomadura de pelo era esta?

—¡Arthemis, sal de ahí, ya! —le gritó Telémacus por el intercom—. ¡No nos queda tiempo!

Sus balbuceos quisieron ser una N, aspiraron a una O, o tal vez una P… pero se quedaron en gemidos asfixiados. Tanteó las paredes en busca de alguna puerta secreta, un compartimento escondido, ¡lo que fuera! Pero lo que tanto su mirada como su tacto revelaban era que aquello no era más que un espacio vacío. Un engaño.

—¡¡Nooooo!! —chilló, haciendo que vibrara el micro de su casco.

—¿Qué ocurre? ¡Sal de ahí de una santa vez, hemos derribado al primero pero vienen más tópteros! ¿Qué rayos te pasa?

La mujer salió de la cámara, tan cansada que veía pálidos esbozos de alucinaciones. La decepción la había dejado extenuada física y mentalmente, pero pudo arrastrarse hasta la carlinga de la grúa.

—N… no había nada… Estaba vacía…

—¿No estaba la llave? —se asombró Telémacus, y no pudo evitar mirar al idor con furia. Este se comprimió más en su rincón como una criatura asustada, balbuceando:

—Yo… no tenía ni idea, no lo sabía… El Intérprete de los Muertos es el único con potestad para acceder a esa cámara… Yo no sabía, yo…

—Silencio. Felbercap. Está bien, tenemos que escapar. Esto se va a poner al rojo vivo en cualquier momento. —Telémacus miró las barras refrigerantes del reactor, que se estaban sobrecalentando. El error que Logus había inducido en el sistema estaba a punto de dar sus frutos, y serían de lo más divertidos—. ¡Venga, ya lo discutiremos luego! ¡Seguidme!

Saltó fuera de la carlinga, de ahí al sarcófago del reactor y, resbalando por una de sus aristas, cayó en una de las pasarelas de mantenimiento. El grupo le siguió a corta distancia, con Arthemis tan aturdida que ninguno de sus movimientos parecía equilibrado o coherente. Bloush y Tsunavi estaban ayudándola a correr, mientras ella no cesaba de emitir frases sin sentido. Telémacus miró desesperado a su alrededor, buscando alguna manera de desplazarse que incluyera al idor y no le resultara demasiado difícil, hasta que vio acercarse una plataforma aerodeslizante pilotada por un obrero. Se lanzó al vacío, rezando por no haber calculado mal —si no, la caída hasta las lejanas máquinas del fondo del precipicio sería mortal—, y cayó justo sobre la plataforma cuando pasaba por debajo. Un puñetazo sacó de la ecuación al obrero, y le permitió tomar los mandos y acercar el ingenio volador a la pasarela.

—¡Todos arriba, esta es nuestra carroza!

Por el techo ya habían entrado dos tópteros más, sobrevolando la columna de humo del primero, al que los disparos de los cazadores habían hecho estrellarse contra un edificio. Después se acercaron a la grúa, y notaron el humo que surgía peligrosamente de la pila atómica. Fueron inteligentes y se apartaron un poco, mientras la horda de técnicos a sueldo de Bergkatse se movía intentando arreglar aquel desaguisado.

Telémacus descendió hasta la zona más baja del complejo, situada entre las orugas que movían la fortaleza. Allí estaban los aparcamientos para camiones y otros vehículos que habían visto al entrar. Tomó tierra.

—No sé qué ha pasado —le dijo a Arthemis con voz conciliadora—, pero no tenemos tiempo para más. Ya planearemos otro ataque. Al menos nos hemos cargado a ese tirano pringoso.

—P… pero la llave…

—Descubriremos lo que ha ocurrido, no te preocupes. Ahora necesito que cumplas tu parte del trato y me ayudes a conducir estos camiones. Bloush, tú y Tsunavi a un tercero. Logus, en el asiento del copiloto, conmigo.

Silencio. Después, unas palabras que brotaron muy lejos y desde un abismo muy profundo, en el interior del casco de Arthemis:

—De acuerdo…

Telémacus y Logus se montaron en el camión de cabeza, una bestia aeroflotante sin ruedas que parecía la máquina de una locomotora postindustrial. Arthemis se encargó del que le seguía y Bloush y Tsunavi del último. Cada camión tiraba de su propio tráiler, una larga caja también flotante con capacidad para llevar en su interior varias toneladas de mineral, o un buen montón de personas apretadas.

La huida fue igual de espectacular que la llegada al complejo, aunque también más triste, pues se habían dejado atrás a bastantes compañeros, y todo para no haber conseguido nada. Al menos desde el punto de vista de Arthemis, pues Telémacus estaba más que satisfecho con los camiones, que eran lo que él había venido a buscar.

Mientras los conducían por la llanura, rumbo a la noche profunda, los retrovisores les mostraron una estampa sobrecogedora: la fortaleza móvil del drav se había detenido. Expulsaba humo por un montón de grietas y varias detonaciones fuertes abrían agujeros en sus paredes. Pero los técnicos de los reactores debieron hacer bien su trabajo, pues no hubo ningún hongo atómico. Seguramente sí muchas frentes sudorosas, y otros tantos corazones desbocados, pero ninguna explosión con forma de seta.

Telémacus sonrió: había veces en que la eficiencia profesional, incluso si era la del enemigo, era la cosa más bonita del mundo.

Los camiones se perdieron en la distancia, dejando atrás ese caos. La aventura, lo sabían bien, no había hecho más que comenzar.

En lo alto del palacio de Bergkatse, una puerta secreta se abrió y dejó pasar la figura del Intérprete de los Muertos, Padre Addar. Él, entre sus muchas capas, tenía una barrera especial contra la frustración que le servía para mantenerse tranquilo incluso en situaciones como aquella, de caos absoluto.

Las preguntas sobre cómo había podido pasar aquello y la búsqueda de culpables esperarían un poco. Ahora mismo tenía que asegurarse de que los ladrones no se habían llevado la llave de iridio, porque eso sí que sería el desastre absoluto. Su portentosa imaginación tendría que empezar a inventar métodos crueles de tortura post facto.

Se acercó al cuenco de reposo del drav y miró dentro. La visión de aquel cerebro gigante medio carbonizado, muerto, no le provocó la menor repulsa. Como cualquier otro esclavo del drav, odiaba a su antiguo amo, y si el sistema no hubiese estado montado para mantenerlo en el poder, él mismo lo habría incinerado hacía muchos años. En el fondo se alegraba de que otros le hubiesen robado semejante privilegio. ¡Un acto de conspicua insensibilidad!

Metió el brazo hasta el codo dentro de la masa carbonizada de Bergkatse, y tanteó hasta que lo encontró: un objeto metido dentro de una cápsula con forma de píldora. La extrajo, dejando un pegajoso montón de hilos de baba detrás, y la abrió. En su interior estaba la Llave de Iridio.

Estupendo, pensó con una sonrisa salvaje: quizás fuera hora de hacer lo que siempre había soñado y activar uno de los guardianes del pasado, uno de los hecatonquiros, y ver qué pasaba. Al fin y al cabo, nadie los había visto en funcionamiento desde hacía generaciones, y las historias sobre sus capacidades destructivas sobrepasaban en creatividad a cualquier otro mito de Enómena.

Ya iba siendo hora de salir de dudas.

6. CAMIONES

LIÁNFAL

Llegaron a las afueras de la aldea un día después, tras recuperar el tóptero de Arthemis. Tenían que ir lentos porque era la velocidad a la que se movían los camiones, mucho más pausada que la de un vehículo volador. Pero nadie los persiguió: los esbirros de Bergkatse estaban demasiado ocupados en evitar un apocalipsis nuclear como para ocuparse de unos pocos camiones robados.

De todos modos, condujeron por los cañones más profundos de las montañas intentando pasar desapercibidos, por si los del Kon-glomerado cambiaban de opinión. Allí abajo, entre paredes corrugadas bañadas en una sedimentación fósil, las corrientes de aire los golpearon como una oleada de moho, un miasma sofocante compuesto de reacciones químicas puestas en marcha en la noche de los tiempos. La resplandeciente longitud de la Planicie Erutova tremoló por delante ellos, con su vegetación injuriosa y exuberante, haciéndoles sentir la fuerza del sol reflejada en aquella arena llena de cristales. Entonces pudieron pisar el acelerador. Los tres vehículos eran masivos, de más de quince metros de largo y casi cinco de altura, pero al no tener ruedas su colchón antigravitatorio les permitía sortear casi cualquier accidente del terreno. Telémacus pronto le cogió el truco a los mandos, y lideró la comitiva de vuelta a las tierras limítrofes con el mar cero-g.

Cuando llegaron, vieron alejarse en la distancia las naves de reclutamiento dravitas. Ya estarían cargadas de «voluntarios» reclutados a la fuerza en las ciudades y pueblos más grandes. Rezó porque no hubiesen encontrado las cavernas donde se refugiaba su gente, en la Barrera Ictiánida, porque significaría que los lumitas también viajarían ahora mismo encadenados en aquellas bodegas, y todo su esfuerzo habría sido en vano.

Respiró tranquilo cuando vio que unos resplandores salían de los alveolos del organismo de coral. Al principio nadie se asomó para recibirlos, cosa lógica porque de haberlos visto llegar a lo mejor habrían pensado que se trataba de vehículos del enemigo. Pero el cazador se bajó de la carlinga del camión y agitó contento los brazos.

—¡Eh, salid, somos nosotros! ¡Hemos vuelto! ¡Vala!

Su esposa y su hijo Veldram fueron los primeros en asomarse. Los siguió la místar Liánfal, que miró los camiones con euforia, como si fueran un regalo del cielo. Poco a poco, con cuenta gotas, fueron asomando la nariz el resto de los miembros de la tribu.

Vala se lanzó al cuello de su marido en un abrazo constrictor.

—¡Estás vivo! —gimió.

—Claro que sí. ¿Acaso esperabas otra cosa? —sonrió él, medio asfixiado.

Ella lo amenazó con un dedo.

—No te pego ahora mismo una buena tunda porque tienes puesta la armadura. Pero espérate a esta noche…

—¡Uauh, papá! —se asombró Veldram, observando las moles de los camiones. El tóptero estaba posado sobre la caja de uno de ellos, el que conducía Arthemis, con las alas plegadas—. ¡Son enormes! ¿De dónde los has sacado?

—Del Kon-glomerado, ya no los necesitarán. Pero tenemos que ponernos en marcha rápido, antes de que vuelvan los reclutadores. La cosa acaba de ponerse más fea que antes.

—¿Por qué? —Vala arrugó el entrecejo, esperándose cualquier cosa de su marido—. ¿Qué habéis hecho?

Telémacus puso cara de no haber roto un plato. La típica expresión del niño que prepara el terreno antes de meter los dedos en la tarta.

—¿Nosotros? Nada grave… Bueno, liquidamos al drav Bergkatse, pero aparte de eso, nada más. A partir de hoy, los Raccolys y los Bergkatse pueden considerarse, ambos clanes, huérfanos.

Las cejas de Vala salieron repelidas de sus párpados.

—¿Que habéis hecho… qué?

Liánfal se le acercó.

—Telémacus, tenemos que hablar. En privado.

Se alejaron un momento de los demás mientras la gente del pueblo se arracimaba en torno a los vehículos, y Arthemis y sus secuaces les pedían unas cuantas cosas básicas, sobre todo beber y comer. A pesar de que los mercenarios mantenían su actitud profesional de odio hacia todo y todos impresa en sus gestos, los más viejos del lugar los atendían con gusto, ávidos de chismes y noticias, y ceceaban a través de sus desnudas encías pidiéndoles que les contaran cuantos más detalles mejor.

La místar puso cara de preocupación.

—¿Qué ocurre, Liánfal? ¿Algo va mal?

La mujer se frotó la frente sudorosa. La llevaba más alta cada año, pero no tenía problemas con eso mientras tuviera el pelo largo por detrás. Una frente amplia era signo de amplios pensamientos.

—Las reliquias han tenido periodos de actividad muy acusados. Han vuelto a activarse.

—¿En serio? ¿Has detectado algún patrón?

Ella bajó la voz y se alejó aún más de la masa de gente.

—Al principio no sabía a qué venía aquello, qué era lo que disparaba esa reacción. Había periodos, breves pero intensos, en que las reliquias parecían volverse locas, emitiendo una especie de temblor electrónico y un ruido extrañísimo. Luego la cosa se calmaba, y no volvía a dispararse hasta el día siguiente. —La mujer afiló los ojos. Parecía una maestra empeñada en descifrar la picuda caligrafía de un niño que acaba de entregarle un trabajo—. Busqué patrones, cualquier cosa que pudiera disparar esa reacción, pero se me escapaban. Hasta que esta mañana salí a tomar el aire, porque ya no podía soportar más estar encerrada en esas malditas cuevas, y alcé los ojos al cielo. Y lo vi.

—¿El qué? —preguntó Telémacus, intrigado. Ella apuntó con un dedo al horizonte, donde algo estaba a punto de desaparecer al otro lado del difuso arrecife de nubes.

—Eso.

Eran casi visibles en la distancia. El hombre supo a qué se estaba refiriendo: a los cinco puntitos luminosos del Carro de Diamantes, que recorrían el firmamento en fila india con una cadencia regular y eterna, sin desviarse. Cuarenta y cinco grados de cielo a la izquierda, Rigolastra era una gran perla azul en la inmensidad; parecía flotar entre capas de luz prismática: orquídea, turquesa, verde pálido. Pero no les robaba su brillo a los objetos del Carro.

—¿Quieres decir que cuando pasaron por encima de esta zona del mundo…?

—Las reliquias se volvieron locas, sí —confirmó Liánfal. Un tic nervioso sacudió su ojo izquierdo con un furioso parpadeo. Parecía un poco más vieja que la última vez que la había visto, pensó Telémacus: una mujer no demasiado robusta pero cuya carne temblaba en algún lugar entre grasa y músculo, dándole un aspecto de mecanismo improvisado, de ser vivo ensamblado en laboratorio. Además, sus costumbres le intrigaban. Había días en que la sola visión de la místar resultaba inquietante—. Tú sabes lo que son, Telémacus; de dónde provienen. La tecnología de los Antiguos reacciona ante la presencia de otra tecnología similar.

Sí, y he oído muchos cuentos de hadas, pensó el hombre. Como que había naves tan grandes, y pensadas para realizar trayectos tan largos entre planetas, que disponían de un control climático interno que iba adaptando progresivamente las condiciones de vida a bordo para que, cuando llegaran, coincidieran con la biosfera del planeta de destino, y sus pasajeros estuvieran totalmente adaptados. ¿Verdad o leyenda?

—Vale, pero… ¿por qué ahora? ¿Qué las ha activado, después de tantas décadas?

—Si supiera eso, cariño, no solo lideraría esta pequeña comunidad, sino a todos los grupos de estudiosos de reliquias del mundo. Es hora de que nos preocupemos por problemas más acuciantes, como nuestra supervivencia. ¿Cabremos todos ahí? —Señaló los camiones.

—Seguro que sí. Están vacíos y los remolques son muy grandes. Lo que tenemos que discutir es adónde iremos a partir de aquí.

—Creía que íbamos a atravesar el mar cero-g. Pero para eso se necesitan barcos, no camiones.

—Ese era el plan inicial, pero Arthemis… la del casco que parece metal líquido… me propuso una idea distinta. El mar estará vigilado por las barcazas de los dravitas, que nos atacarán en cuanto nos vean. Nuestros barcos de pesca son lentos y pesados, no podrían escapar jamás de esos tiburones.

Liánfal arqueó una ceja.

—¿Cuál es el plan B, entonces?

—Ir en dirección contraria, hacia las planicies del interior del continente. Al desierto profundo. —Telémacus se acodó en una piedra coralina mirando el Yermo de Bering, que parecía tan amenazador como eterno—. Sé lo que me vas a decir, que es una locura. Que solo se internan en él los buscadores de reliquias y de antigua tecno. Pero es cierto que si logramos cruzarlo, los dravitas desaparecerán de nuestras vidas.

La místar lo miró fijamente durante un minuto. Casi se podían ver las descargas estroboscópicas de su cerebro al bullir atravesando la piel. Como mujer inteligente que era estaba sopesando los pros y los contras de semejante plan, y sobre todo el riesgo para su pueblo. Pero debió sacar las mismas conclusiones que él, porque dijo, resignada:

—Si vamos a hacerlo, que no sea en una dirección al azar.

—¿A qué te refieres?

—A que ya que nos movemos hacia el este, podríamos aprovechar el viaje para matar dos pájaros de un tiro.

—Las reliquias —entendió Telémacus.

—Sí. Una vez oí una leyenda de buscadores del desierto que hablaba sobre una antiquísima estación desde la que antaño despegaban naves orbitales, un lugar llamado Ofiuchi 2, «el lugar sobre el que no hay dos historias que coincidan». Dicen que estaba en algún lugar del Yermo, más allá del desierto de las gemas y de las estepas de fuego, allá donde el enorme Hilo se alza hasta el cielo. Si nos dirigimos hacia allí y la encontramos, puede que además de huir de los dravitas hallemos una forma de descifrar el misterio de las reliquias. Por qué se han puesto en funcionamiento y para qué.

—Hacia el Hilo… Me parece una estupenda idea, Liánfal. Además, tenemos conductores expertos. —Miró al grupo de mercenarios, que estaba degustando un plato autóctono que les habían preparado sobre la marcha los ancianos: bayas de junco espolvoreadas con motitas verdes y una especie de gulash salado, con su característico sabor a humedad. No es que tuviera pinta de estar muy bueno, pero el hambre lo excusaba todo.

—No me gusta que te codees con esa clase de gente, amigo mío. El único principio rector de su existencia es el odio.

—Todos somos mecanismos de un odio abstracto, Liánfal. Engranajes, la mayor parte de las veces, de un odio ajeno. ¿Por qué nos siguen afectando esta clase de emociones tan primarias? Pues por su íntima asociación primitiva con las costumbres humanas, que nos vuelven vulnerables a emociones básicas como el amor, el odio o la desesperanza. Vaya, qué tonto suena esto si lo dices en voz alta. —Se ciñó otra vez su casco—. ¿Se lo dices tú al pueblo o se lo digo yo?

—{Mejor que lo haga yo} —suspiró la mujer, pasando al inframatemático para evitar oídos indeseados—. (Así parecerá)3 más oficial. Pero te advierto= que no [les va a gustar]/2. Vamos a tener %muchas voces$ en contra.

—{En cuanto piensen}=0 en las barcazas de [esclavistas]:sub:2 de los dravitas, verás cómo /se les pasa/ el (miedo):sup:3, no te preocupes. Este enunciado {conlleva} una paradoja, pues no vamos a [permitir que las vean]*, quieran ellos o no. Ah, por cierto… —La detuvo antes de que subiera al punto más elevado del coral para lanzar su arenga a la población—. Dentro del camión hay un idor. Es médico, y se nos unió cuando le permitimos escapar del palacio de Bergkatse. Le pedí que se mantuviera oculto para que no asustara a la gente. Pero es necesario que nuestros vecinos comprendan que es un amigo, y que su ayuda será muy valiosa durante el viaje.

—{¡Un idor!} Hace ≥muchos años que no veo a ⅜uno. Está bien, incluiré ᶴeso en mi √(discurso).

Liánfal trepó hasta el punto más alto de aquella circunvolución del organismo coralino, y lanzó tres veces la llamada para convocar a su pueblo. Los lumitas se apelotonaron en las terrazas inferiores, dispuestos a escuchar lo que tuviera que decir. Ella les habló del peligro inminente que representaban los dravitas, y de por qué la ruta del oeste no era segura. La gente murmuró en voz baja, a sabiendas de los horrores que podía ocultar la ruta del este, la del Yermo, pero comprendieron la sabiduría que había en las palabras de la místar. Aún estaban muy afectados por el instintivo y ubicuo velo de la opresión, de la inercia llena de terrores de la civilización de Enómena. Y no querían que sus hijos vivieran para siempre a la sombra de aquellos monstruos que podían montar guerras entre sí sin el menor motivo. Así que accedieron a subirse a los camiones, y a poner su futuro en manos de aquellos conductores expertos y de sus dioses. Incluso el jefe del consejo de ancianos, un hombre con un melancólico bigote azul que le censuraba el labio superior, asintió dando su aprobación.

Telémacus se acercó a Arthemis, que junto a Bloush y Tsunavi formaban un pequeño corrillo apartado de los demás.

—Ha llegado la hora. Nos marchamos para siempre de este lugar. ¿Cumplirás tu parte del trato, Arthemis?

La cazadora se bajó el casco —lo tenía alzado hasta la nariz para comer— y enfocó con su superficie cromada la cara de Telémacus. Bloush y Tsunavi apuraron sus cuencos de comida a lametones, y exigieron más.

—La verdad es que no lo sé, Telémacus, cariño… El código es el código, pero lo cierto es que nuestro trato fue que tú me ayudarías a sacar de la fortaleza la Llave de Iridio, y no ha sido así.

—No estaba donde se suponía que debía estar.

—No es mi problema. El trato era que te acompañaría en tu loco viaje a la muerte conduciendo un camión si me quedaba con la llave como premio. ¿Tú la ves por aquí? Yo no.

Telémacus dejó escapar un largo suspiro. En el fondo, la mujer tenía razón: no era culpa suya, pero el hecho crudo era que no habían conseguido robar el tesoro que buscaban. Así pues, ¿con qué autoridad podía pedirle que cumpliera con su parte? En todo caso, Arthemis podía comprometerse a intentarlo, no a hacerlo, pues eso era lo que Telémacus le había dado en retribución: un intento.

Hizo un gesto de cortesía como indicando que cada uno debía sobrellevar su propia carga en la vida.

—Tienes razón, y no voy a tratar de convencerte de lo contrario. Al menos lo intenté, y me jugué la vida entrando en el palacio del drav por ti, aunque al final no sirviera para nada.

—Vamos, compañero, no te me pongas sentimental… —Sus ojos se volvieron inquisitivos, tan carentes de interés como dos agujeros de bala en la pared—. No quiero chantajearte.

—Pero yo sí que quiero chantajearte a ti, por eso he sacado el tema. Estoy al tanto de que albergas razones de peso para aumentar el precio de tus servicios si intento cerrar contigo un nuevo trato. —Ante estas palabras, Arthemis hizo dos gestos diferentes con las manos, en direcciones opuestas, para simbolizar una detención en la rueda del destino. Pero Telémacus continuó—: Sin embargo, voy a darte unas cuantas razones de peso por las cuales ni a ti ni a tus hombres os interesa volver al templo de las Nueve Verdades. —Se refería al nombre popular que recibía el palacio del drav Raccolys, donde Arthemis tenía su casa—. Para empezar, la guerra es inminente entre los dos clanes, el de Raccolys y el de Bergkatse. Y más ahora que ambos han sido decapitados. La lucha por el poder de los Intérpretes de los Muertos va a ser un baño de sangre. ¿U os creéis que Kar N’Kal, o su homólogo en el otro bando, se van a quedar de brazos cruzados esperando a que un tercero se siente en el trono? La guerra que se aproxima no será de venganza, sino de sucesión.

»El siguiente punto es obvio: cada bando reclutará a todos los cazarrecompensas que tenga a mano para usarlos como fuerzas de choque. La gente de nuestro gremio está marcada, lo sepa o no. ¿Vas a combatir por amor al arte, Arthemis, tú que no vas ni al baño sin exigir una recompensa? Si hay algo que va en contra de tus principios es luchar a cambio de nada, o mejor dicho, a cambio de esa moneda tan escasamente respaldada llamada lealtad.

Supo que Arthemis estaba sonriendo por la posición de su cabeza.

—…Y llegó el momento en el que nuestros besos no tuvieron sentido, y tu rostro se volvió terso y oscuro, loco y ávido de sangre, como una luna roja de invierno —recitó, recordando los versos de un poeta pre-Apagón.

—No te burles, que hablo en serio —se enfadó Telémacus. Miró también a los otros, que se reían por lo bajo con un aire de psicopatía reprimida, Bloush con su esfínter central en medio de la cara y sus globos oculares sobre los hombros, y Tsunavi con su peinado punk hecho de cuchillas y sus colmillos de vampiro—. Si vuelves te espera el trabajar a cambio de nada, lo que para ti seguro que es peor que la muerte. Si te atreves a pedirles un sueldo a cambio de tu participación en la guerra, se inventarán veinte leyes patrióticas con las que justificar su tacañería y luego arrojarán tu cadáver a los barrancos ardientes de Devianys. Si vienes conmigo, nadie sabe lo que nos espera en el Yermo de Bering, pero te puedo garantizar que todas las reliquias que encuentres serán para ti. Y allí no te alcanzará la sed de venganza de Kar N’Kal ni la de su rival, Padre Addar.

—Eres bueno con las palabras, Telémacus. Tal vez incluso mejor que con las pistolas. —Acarició su rifle provisto de arpón-cohete. Al final no tuvo que usarlo para escapar durante el asalto a la fortaleza móvil, pero no dudaba de que aquel ingenio terminaría salvándole la vida.

—Ya sabemos que, de toda la vida, las palabras han infligido mucho más daño que las pistolas.

Arthemis hizo un gesto complementario al anterior, como que la rueda del destino se ponía otra vez en marcha. Y le pidió que se apartase para hablar a solas con sus sicarios. Telémacus les concedió ese tiempo mientras veía cómo el pueblo lumita preparaba las cosas para la segunda parte de su éxodo. Empezaron a amontonar sus enseres junto a los camiones, cada cual eligiendo un poco al azar dónde quería subirse. Se trataba de bienes de primera necesidad, pero había algunos cuya justificación era puramente cultural, como aquellos instrumentos musicales llamados ergoros —una especie de curiosidad histórica algo embarazosa que conjuraba implausibles imágenes de una prehistoria que en realidad nunca había tenido lugar—, o los ropajes ceremoniales para la fiesta de la antigravedad, en la que los bailarines acababan su danza lanzándose al mar cero-g, el cual les levantaba los faldones para que parecieran nenúfares humanos giratorios.

Arthemis le hizo un gesto con la mano para que volviera a acercarse.

—Está bien, hombretón, iremos los tres contigo. No nos gusta nada la idea de combatir gratis en una guerra que ni nos va ni nos viene —le dijo—. Pero he aquí lo que pedimos a cambio: el derecho de revisar primero cualquier amonto de tecnología antigua que encontremos y hacer una criba para nosotros, después de la cual, de lo que sobre, podrás quedarte tú con lo que quieras. Y esto incluye todo lo referente a la antigua tecno, desde vehículos a objetos personales, armas, motores que aún funcionen o pedazos de menteplástico que puedan contener datos grabados. Todo.

Arthemis no le dijo en ningún momento que había sido ella quien habló a favor de la guerra cuando trajo las cabezas cortadas de Darok, Ursa y Qamleq a la primera reunión con Kar N’Kal, pues en aquel momento luchar le parecía una perspectiva agradable. Pero había cambiado de opinión tras incinerar a Bergkatse: seguro que su propia cabeza tenía ahora un valor tan alto que tentaría incluso a sus compañeros Bloush y Tsunavi. Era mejor no regresar hasta que los clanes no resolvieran su guerra, y las antiguas rencillas ya no importaran.

Telémacus la miró con aire de suficiencia.

—Debería daros vergüenza exigir tanto solo por conducir unos camiones llenos de gente.

—Nos la da, tío, en serio —sonrió Tsunavi, dedicándole unos pucheros de osito de peluche. Era un gesto que prodigaba en exceso teniendo en cuenta que siempre que lo hacía, lo acompañaba con aquella mirada caníbal. Seguro que hasta duermes con esa sonrisa maquiavélica puesta, pensó el cazador.

Telémacus frunció las comisuras de la boca en una especie de sonrisa invertida, pero accedió. Sellaron el trato de palabra —práctica habitual en el gremio, sobre todo cuando había testigos— y les asignó un camión a cada uno. Él conduciría el más grande, el que iría en cabeza, Arthemis iría en el segundo con el idor, y Bloush y Tsunavi cerrarían la marcha. Los tres estarían en contacto permanente por radio, pero Telémacus se aseguró de que los otros entendían que allí solo había una voz de mando, y que era la suya.

—¡Atrapa eso! —le previno Arthemis, lanzándole un bol de bayas de junco en una parábola alta, que Telémacus atrapó al vuelo, aunque a costa de pringarse los dedos—. ¿Lo ves? Esta es la moraleja que hemos aprendido hoy: que a veces, aunque hagas lo correcto, terminas manchado de algo asqueroso.

—¿Siempre hablas en epigramas, amiga?

—Solo cuando tengo algo importante que decir, colega.

VELDRAM

Cuando los camiones se pusieron en movimiento, fue como si el mundo entero temblase con la vibración de los grandes cambios. El terremoto que hacía las veces de música de fondo para los éxodos de los pueblos era allí un rumor de motores, de suspensores gravíticos, de toberas de empuje. Los camiones cero-g se levantaron sobre sus colchones antigravitatorios y aceleraron rumbo al este, alejándose de las rocosas formaciones coralinas de la Barrera Ictiánida, y de la tierra que hasta ese momento los lumitas habían llamado hogar.

Junto a los tres monstruos sin ruedas había otros vehículos más pequeños, esquifes aeroflotantes que habían descubierto dentro de uno de los remolques. Su manejo era parecido al de las barcazas de la tribu, por lo que no les costó encontrar voluntarios que los manejasen. Telémacus se alegró de tenerlos, pues si los camiones eran los elefantes, esos harían de caballos para adelantarse a explorar y llevar a cabo labores más apropiadas de un heraldo rápido y ligero.

En la cabina del primer camión viajaba Veldram, sentado en un sillón tan largo como un sofá en el que cabían el conductor y hasta tres acompañantes. Era curioso que el diseño no incluyera un sillón separado para cada uno, sino uno solo y muy largo. Su padre estaba a su izquierda, manejando el extraño volante con forma de esfera que no estaba unida a ningún eje, sino que flotaba en un campo electromagnético. A su derecha tenía a su madre, que observaba por la ventana el horizonte con una mirada donde cabían diez dudas por cada certeza.

Vala estaba preocupada por el futuro de su familia, y después por el de la tribu. Por ese orden. Como cualquier grupo de refugiados en época de guerra, su tiempo horizonte era el día siguiente: sobrevivir a las próximas veintidós horas —la duración del día en Enómena— era el desafío a batir. Ya no hablaban ni siquiera de semanas, y mucho menos de meses. El día a día era su desafío. Y no era una prueba fácil.

Veldram, sin embargo, estaba muy emocionado con todo lo que estaba ocurriendo: el estrés del movimiento masivo de gente; la repentina certeza de que su padre era una especie de gran guerrero, capaz de enfrentarse a los dravs y sobrevivir, y un héroe para la tribu… eran sensaciones nuevas y adrenalínicas. El lumita era un pueblo con pocos miembros, de ahí que cupieran todos en aquellos camiones que parecían colosos levitadores… Algunos habían tenido que amontonarse en el techo de los remolques, pues se habían quedado sin sitio dentro, pero había quien lo prefería a la sensación de claustrofobia que imperaba en el interior. Habría que ver si seguían opinando igual cuando empezara a llover a cántaros, pensó el adolescente con una sonrisa.

—¿Adónde vamos, papá? El Yermo de Bering es enorme, y dicen que está lleno de monstruos.

Su padre le dedicó una mirada de reproche, del estilo de «No asustes más a tu madre, anda, que ya tiene suficiente», pero le respondió con franqueza.

—El desierto profundo sí es así, pero hay ciertos enclaves que los buscadores de antigua tecno suelen usar como paradas. El más cercano es uno que se llama Oasis de N’Alask. Está muy cerca de uno de los barrancos siempre ardientes. Esa será nuestra primera escala.

Veldram apenas logró disimular la emoción. Siempre había escuchado historias sobre los barrancos donde ardían desde hacía siglos las ciudades y los restos de la antigua civilización, en un fuego que jamás se consumía, y desde niño había querido verlos. Aquel viaje seguro que estaría lleno de tropiezos y peligros, pero también estaría trufado de maravillas. Pasándose la vida siendo un simple pescador del mar cero-g seguro que nunca las habría visto. Casi le dio gracias a la guerra por haber hecho que su sedentaria y aburrida tribu tuviera que moverse.

Telémacus observó las colinas suaves que se veían en la distancia. Pronto anochecería, y a ese paisaje le sentaba bien la oscuridad. Hacía parecer sus accidentes menos peligrosos, menos depredadores. Pero solo era una ilusión. Uno de los motivos por los que había insistido en que vinieran los mercenarios era que sabían disparar, además de por su habilidad como conductores. Tenerlos allí era como si los dioses les hubiesen enviado su salvación personal en sobres separados, uno por cada camión.

—Pareces preocupado —dijo Vala. Y matizó—: Más de lo que requiere la situación.

—Estoy bien. Todo está saliendo como esperaba.

—¿Crees que nos perseguirá? Padre Addar, me refiero.

—Seguro que sí, al menos durante los primeros días. Pero confío en que pierda el interés una vez hayamos dejado atrás los barrancos. La sed de venganza es un motor poderoso, pero para un Intérprete de los Muertos hay algo mucho más fuerte: su sentido práctico. No arriesgará hombres en vano en nuestra persecución, ahora que los necesita para enfrentarse al clan Raccolys.

—Pareces muy seguro.

—Mi seguridad sobre cualquier cosa, ahora mismo, no pasa de la etiqueta de «razonable». De todos modos —añadió con una sonrisa—, estamos en el séptimo año del Catorceavo Latido, si hay que hacerle caso a Liánfal y su calendario basado en las fases místicas de Dumbara, la presea de los amantes. Según la profecía, este iba a ser un año de cambios. —Miró por el retrovisor a los otros camiones, que se habían puesto en fila detrás de él—. No hay duda de que los profetas eran unos ases.

—¡Y menudos cambios! —sonrió Veldram, que no supo interpretar si su padre estaba siendo sincero o irónico. Recordaba las canciones que oyó cantar una vez a los jóvenes de Tájamork, en el transcurso de una fiesta popular: no eran bellas melodías ancestrales, sino que dependían de la ferocidad de sus voces y del caos de sus instrumentos para transmitir su mensaje. Los versos hablaban de un final que estaba peligrosamente cerca, aunque nadie supiera cuál era ni quién lo llevaría a cabo.

Vala volvió a perder la vista en la distancia.

El primer día transcurrió sin problemas. Los camiones se portaban bien: habían sido diseñados para transportar cargas mucho más pesadas que una tribu humana con todas sus pertenencias, y tenían combustible de sobra. El optimismo se apoderó de Telémacus, aunque intentó mantenerlo a raya todo lo que pudo. Era una emoción peligrosa.

En un momento determinado en que Vala se había quedado dormida, apoyada en la ventanilla, Veldram le preguntó:

—¿Cómo será la vida allá donde vamos?

Telémacus se lo pensó. La verdad era que no se lo había planteado.

—Pues… no lo sé. Supongo que distinta a la que hemos llevado hasta ahora, porque será en un lugar diferente, pero al mismo tiempo muy parecida. La gente que sabe desempeñar un oficio seguirá practicándolo: los que cazan, cazarán, los que construyen, construirán, y los que entretienen, entretendrán. Supongo que nuestro estilo de vida seguirá siendo muy parecido, aunque el escenario sea otro.

—Ah —dijo, un poco decepcionado. Era un «Ah» que tenía valor de «Uf», en sentido peyorativo, porque como cualquier adolescente aburrido, esperaba que este cambio llevara a una vida de aventuras como la que seguramente había disfrutado su padre cuando era joven. Saber que al otro lado del éxodo no le esperaban más que las mismas rutinas de siempre, solo que adaptadas a otro paisaje, no le entusiasmaba.

—¿No te agrada la idea de seguir viviendo en paz con nuestras tradiciones?

—No es eso, papá, es que… Tú tienes un pasado, y has llegado hasta aquí. Yo no he vivido ni una fracción de las cosas por las que tú has tenido que pasar. Me gustaría tener la oportunidad de experimentar algo así antes de hacerme tan viejo como para que me apetezca que llegue la siguiente fiesta del cefalópodo, eso es todo.

Telémacus le lanzó una mirada de reojo. Algún día tenía que llegar esta conversación, la de la madurez y lo que ello implicaba, junto con sus expectativas de futuro… pero le había pillado un poco a contramano. Estaba claro que su chico ya no era aquel niño que se fabricaba bigotes de leche cada ver que sorbía ruidosamente de un cuenco, pero tampoco era del todo un hombre.

—He tenido una existencia violenta, Veldram, no aventurera. Hay una diferencia entre ambos conceptos. No es algo que desee para ti.

—Pero has viajado. Has luchado, has visto mundo. ¡Eres un héroe!

Su padre sacudió la cabeza.

—¿Qué te gustaría ser de mayor, Veldram? Sé sincero.

—Cazarrecompensas.

—No sabes lo que estás pidiendo —bufó su padre, sin disimular una nota de sorpresa—. La vida de un cazador es peligrosa y, sobre todo, dolorosa. A mí me han herido muchas veces, a pesar de la armadura, y todas y cada una de ellas ha dolido como el infierno. Una vez, un disparo láser casi estuvo a punto de amputarme una pierna; por fortuna, quedó colgada de los ligamentos y del hueso por dentro de la pernera, y pude arrastrarme hasta un hospital para que volvieran a soldármela. Cargué con mi propia pierna como si fuera un fardo dentro de la armadura durante cinco kilómetros, y te puedo asegurar que fue la agonía más pura que jamás ha soportado un ser humano. ¿Quieres esa clase de vida para ti?

El joven dudó. Nunca le habían contado esa clase de historias. Los relatos sobre cazarrecompensas que había oído en forma de canciones o cuentos nombraban siempre la parte bonita y heroica de las misiones, cómo llegaban y atrapaban a los malos y se llevaban el dinero y la gloria. Nunca incluían matices sobre piernas amputadas y kilómetros de agonía a través del fango.

La moraleja era obvia: en algún momento de sus vidas todas las personas tenían que huir aunque fuese una sola vez, para aprender que la vida no es un cuento de hadas con final feliz; que los frutos de la tierra hay que ganárselos y no vienen dados por hecho; que las desgracias no son solo algo que les ocurre a los demás. La felicidad, como cualquier otro premio, había que ganársela. Para madurar del todo, un hombre tenía que pasar por todos los estadios intermedios de esa gesta.

—Pues… no, no me gustaría que me pasara eso, la verdad —admitió el joven, con sincero respeto ante el guante lanzado por su viejo—. Pero… no sé, todos necesitamos un modelo al que aspirar, mamá me lo ha dicho muchas veces. Y tú eres el mío. Quiero ser como tú. ¿Qué tiene eso de malo?

—Espero ser un modelo para ti en muchos otros aspectos que no tengan que ver con la violencia, hijo. Puedes copiar de mí eso tan difícil de aprehender que llamamos integridad, y que un hombre tiene o no tiene, pero que no es capaz de encontrarla en ningún lugar fuera de sí mismo. O mi capacidad de amar a tu madre y hacer por ella todo lo que sea necesario, por duro que resulte. Parámetros que, para mí, definen mejor a un buen hombre de lo que jamás hará su capacidad para disparar un rifle.

—Es cierto, pero hay una dimensión en ti a la que nadie puede acceder si no es por la vía de poner su vida en peligro y sentir la muerte soplándote en la nuca. Es una manera de sentirse vivo que ningún otro oficio, ya sea pescador, curtidor o boticario, te dará jamás.

—Ya, pero… ¿te acuerdas de cuando nos enfrentamos a la barcaza ceremonial del Intérprete de los Muertos y la hundimos?

Veldram abrió los ojos con pasión.

—¡Fue alucinante! —Casi deletreó la palabra—. ¡Éramos solo dos, y desarmados, contra toda una barcaza llena de soldados! ¡Y la hundimos! ¡Les vencimos con lo poco que teníamos! ¿Me vas a decir, después de eso, que no eres un héroe?

La voz de Telémacus se volvió áspera como el pedernal.

—Es cierto que les vencimos… pero aquel día murió mucha gente, hijo. Personas inocentes. Aquella barcaza no solo llevaba dentro a los asesinos del drav; también a mucha gente que cumplía funciones de apoyo, como limpiadores, trabajadores de calderas, técnicos, navegantes, mecánicos, y quién sabe cuántos esclavos en labores de intendencia, cocina o prostitución. ¿Los salvamos a ellos? ¿Les dimos la oportunidad de escapar de sus amos y ponerse a salvo? No, también los condenamos a que la bestia Romy los devorara o a morir en la explosión de las calderas. —Sacudió el mentón—. No, hijo, aquel día no fuimos héroes, ni tú ni yo. Fuimos simplemente dos pescadores que tuvieron la suerte de sobrevivir a un ataque que no provocamos, sino en el que nos vimos envueltos. Piensa en ello, en todas las personas que aquel día no volvieron a sus casas, antes de vanagloriarte por haber tenido la culpa.

La cara de Veldram se quedó congelada como un instrumento desprovisto de todo contenido útil. Se quedó pensativo mirando al paisaje que venía hacia ellos con cadenciosa rapidez. Por el momento se guardó sus conclusiones; ya habría tiempo de hacer partícipe de ellas a su padre, si es que se dignaba a contárselas.

Cuando anocheció, uno de los tres esquifes se les situó junto a la puerta del conductor, y Liánfal, que iba de pasajera, les gritó:

—¡La gente está cansada, necesita parar!

—Ahí delante veo una floración rocosa —dijo Telémacus—. Servirá para que pasemos la noche. Diles que nos detendremos en breve.

Ella asintió y le tocó al conductor del esquife en el hombro para que frenara. Desaparecieron por el retrovisor para comunicar la orden a los demás vehículos. Telémacus no quería usar la radio todavía, por si acaso los estaban rastreando.

Se acercó al afloramiento rocoso y detuvo el camión. Arthemis y Bloush hicieron lo mismo. A pesar de que la mayor parte del trayecto lo habían hecho con el navegador automático puesto —la IA de cada camión se encargaba de manejarlo, salvo cuando el conductor quería hacer algún giro o maniobra que se saliera de lo normal—, y que las cabinas eran amplias y cómodas, estar tantas horas allí sentados pendientes de los parámetros de la conducción cansaba. Necesitaban estirar un poco las piernas.

Cuando se bajó y estiró hacia atrás la espalda, doblándola, se quedó boquiabierto mirando al cielo, un rosario de estrellas sin luna. Su mujer siguió su mirada, extrañada, y lo vio también. Hubo una llamarada blanca en el firmamento de tal intensidad y precisión que la sorpresa de su contemplación dejó paralizada a media tribu.

Vala se fue a avisar a Liánfal. Veldram, que acababa de bajarse de la cabina y no había sido testigo de nada, se acercó a su padre y lo vio allí plantado, con la vista fija en el firmamento y con cara de haber presenciado un fenómeno que no tenía explicación.

—¿Qué pasa, papá? ¿Estás mirando esa estrella? ¿Qué tiene de raro?

Había un punto especialmente luminoso en el cielo sin nubes, cierto, pero el joven no entendía por qué le llamaba tanto la atención. Ni a él ni a los demás que ya estaban fuera.

Su padre lo miró.

—Porque no es una estrella, hijo. Son los cinco diamantes del Carro. Se acaban de fusionar en uno solo.


Deja una Respuesta