«Aquí llega Johnny», Luis Cañivano Heredia
Agregado en 1 noviembre 2025 por Marcelo Huerta San Martín in 309, Ficciones
La voz de Johnny sonaba quebrada, como si se desmoronara dentro de su garganta. Temblaba en el asiento del copiloto, el revólver agarrado con torpeza, lejos de su cuerpo, como si el metal ardiera. El olor a pólvora aún flotaba en el aire, mezclado con el rancio aroma a cerveza y sudor.
Steve no respondió. Sus nudillos blanqueaban sobre el volante, la mandíbula apretada hasta doler. El todoterreno rugía bajo sus pies, devorando la carretera a una velocidad suicida. Cada bache sacudía el vehículo, arrancándole un jadeo entrecortado.
—Steve, hombre. ¿He sido yo? Dime que no.
—Sí —escupió Steve, sin apartar los ojos del camino—. Le has pegado un tiro, maldito idiota borracho.
—No, no, no… —Johnny se encogió, las palabras convertidas en un gemido—. No puedo volver a la cárcel… ¡Corre, Steve, corre!
—No corro por ti —bufó Steve, lanzando una mirada al retrovisor—. ¿Crees que iría a ciento veinte por esta carretera de mala muerte solo para salvarte el culo? Estás tan borracho que ni te has enterado.
Johnny se llevó las manos a la cabeza.
—Le disparé… Me provocó… El alcohol, el maldito temperamento…
Steve frenó bruscamente al tomar una curva. El corazón le dio un vuelco al ver la aguja del velocímetro caer por debajo de los cien. Volvió a pisar el acelerador hasta el fondo.
—Johnny —dijo, con una calma contenida—. No sé a qué le disparaste… pero eso no era un hombre.
Johnny abrió la guantera con dedos temblorosos, arrojó el arma dentro y cerró de un golpe. Se giró hacia Steve, la boca entreabierta, un ojo medio cerrado por la borrachera.
—¿De qué estás hablando?
Steve tragó saliva.
—Ese tipo era el más raro del bar. Sentado solo, sin beber, mirando a todo el mundo. —Una gota de sudor le resbaló por la sien—. Cuando le disparaste, saliste corriendo. Yo me levanté para seguirte… pero él seguía ahí. De pie. Con el agujero en el pecho y una sonrisa en la cara.
—¿Seguía vivo? —La voz de Johnny era un hilo de esperanza—. Si no murió, no es homicidio…
—¡No me escuchas! —Steve golpeó el volante—. No es que no muriera, es que ni siquiera le importó. Empezó a caminar hacia la puerta, tranquilo, como si nada. Y entonces… —Se interrumpió, mirando de reojo el espejo—. Mírame las manos, Johnny. Jamás me habían temblado así.
Johnny abrió la ventana y vomitó. El viento arrastró el olor ácido hacia dentro, pero Steve ya no lo notaba. Sus ojos no se apartaban del retrovisor, de la oscuridad que los perseguía.
—Creo que era un vampiro, Johnny.
Johnny se incorporó en su asiento y vio su reflejo tenue en el parabrisas. Levantó el antebrazo para limpiarse la boca con la manga de la camisa, pero se detuvo. La tela estaba empapada de algo oscuro y viscoso. Bajó la mirada. Sus botas tenían manchas rojizas hasta los tobillos. Se dio cuenta de que Steve tenía salpicaduras de sangre en el pecho de la camiseta, el cuello y en parte de la cara.
Abrió los ojos y sintió un golpe de claridad, como un sueño lúcido. El coche le pareció más real. El cuerpo empezó a dolerle. Y entonces, se dio cuenta de que no conocía al hombre que tenía al lado.
—¿Quién eres tú? —preguntó con una voz que le sonó ajena—. ¿Dónde está mi mujer?
Steve frunció el ceño y frenó en seco. Johnny salió disparado contra la guantera. El golpe la abrió de par en par. El revólver resbaló hacia sus manos.
—¿Qué está pasando? —gritó, apuntando a Steve con el arma temblorosa.
—No tiene balas —dijo Steve con calma—. ¿Pensabas que te iba a dar un arma cargada? Con la cantidad de nexodol que te he metido le dispararías hasta a tu sombra.
La claridad llegó como un cuchillazo a la mente de Johnny: fragmentos de una casa, una mujer rubia gritando, el olor a pólvora. Él, amordazado. Steve inclinándose sobre su brazo, una jeringuilla en la mano.
Steve metió la mano bajo el asiento y empuñó un martillo que relució bajo la tenue luz del panel de instrumentos.
—¿Por qué insistes en arruinarlo todo? —susurró Steve—. Íbamos tan bien…
El primer golpe —rápido, preciso— quebró los dedos de Johnny con un crack huesudo. El segundo lo alcanzó en la sien. Johnny rebotó contra la puerta. Su cuerpo fue resbalando hasta quedar casi horizontal en el asiento.
—Steve y Johnny, los granujas americanos… —la voz sonaba lejana—. Siempre quise estar en una peli americana, y no se me ocurrieron nombres mejores. Pero lo del vampiro… Creo que el cuento se me ha ido un poco de las manos.
—Mi mujer… —Johnny escupió sangre—. ¿Dónde…?
—Cinco días. Un récord. —Steve arrancó el coche de nuevo—. El nexodol suele durar tres. Creo que me pasé con la última dosis.
La oscuridad lo arrastró y oyó las últimas palabras flotando en el aire:
—Por cierto… No disparaste tú. Fui yo. A todos.
2
Miró alrededor y vio el todoterreno del hombre que le había secuestrado, cubierto con una densa capa de tierra. Johnny intentó incorporarse y sintió náuseas. Vomitó líquido amarillo.
—Efectos del nexodol —dijo una voz.
Johnny consiguió clavar una rodilla en el suelo y levantar la otra pierna. El dolor le recorría el cuerpo con cada respiración. Un cuchillo de caza cayó frente a él. El filo brilló como una promesa.
Levantó la cabeza y vio a aquel hombre, mirándole con las manos en la cintura y una extraña mueca en la boca. Llevaba una escopeta colgada de la espalda. La empuñadura del revólver sobresalía por encima de la hebilla del cinturón, dibujándose entre los pliegues de la barriga hinchada.
Johnny dejó caer la mano sana sobre el cuchillo y consiguió levantarse, muy despacio.
—¿Quién eres?
—Eso no importa.
—¿Dónde está mi mujer?
—Justo donde la dejamos.
Johnny dio un paso tambaleante y el hombre dibujó de nuevo una sonrisa burlona.
—No te esfuerces, chico. Yo no voy a ser tu presa. Pero esos de ahí… —dijo señalando hacia un lado con un gesto de cabeza.
Un grupo de personas se arremolinaban alrededor de una pequeña construcción de piedra, a unos quince metros de ellos. Todos parecían ir vestidos con elegancia campechana. La mayoría eran ancianos, posiblemente gente de los pueblos de alrededor.
—Es una ermita —dijo el hombre—. Calculo que habrá unas quince o veinte almas. Mucho mejor que el bar. A ver cómo te portas… Johnny.
El chico dio otro paso, igual de tambaleante que antes, y blandió el cuchillo amenazante.
—Espera —dijo el hombre sin bajar la sonrisa.
—¿Que espere a qué? —respondió Johnny con un hilo de voz que sonó como un último aliento.
—A que te haga efecto el nexodol que te he puesto hace un rato.
Johnny sintió una extraña somnolencia. Una nube deforme aparecía delante de sus ojos. La figura del hombre que tenía delante se desdoblaba. Y entonces, se sintió fuerte de nuevo. El dolor había desaparecido y su respiración volvió a ser ligera.
—¡Ahí está Johnny! —gritó el hombre.
—¿Qué ha pasado?
—¿Ves a esos de ahí? —señaló la ermita con un dedo, mientras con la otra mano tanteaba la culata de la escopeta a su espalda.
Johnny afirmó con un gesto ausente.
—Son vampiros, Johnny. Tenemos que luchar contra ellos. Por eso tienes ese cuchillo.
El hombre pasó la escopeta por encima de la cabeza, la abrió, metió dos cartuchos, uno por cada cañón. El arma se cerró con un crujido metálico.
—Vamos, muchacho, vamos a por ellos.
Johnny empezó a andar mientras blandía el cuchillo de caza con torpeza, apuñalando al aire. Jadeaba. Sudaba. Una chispa salvaje se encendió en sus ojos.
Varias personas del grupo frente a la ermita se volvieron. Ancianos, mujeres, un par de niños. Miraban con expresión de duda, como si no estuvieran seguros de lo que veían fuera real.
—¡Son vampiros! —gritó el hombre detrás de él.
Johnny alzó el cuchillo sobre su cabeza como si invocara un relámpago, el rostro desencajado con una mezcla de pánico y euforia. Dio un grito desgarrado:
—¡Aquí llega Johnny!
Y echó a correr hacia la multitud.
Steve caminaba despacio, sonriendo, con la escopeta descansando en un hombro.
—Así me gusta, muchacho —murmuró—. Como en las pelis.
Luis Cañivano (Cartagena, España) es periodista y escritor. Ha trabajado durante años en diversos medios locales como La Opinión de Murcia y El Diario de Pontevedra, así como en publicaciones nacionales del grupo Zeta. Ha sido corresponsal en Bruselas y Atenas, experiencias que han marcado su mirada sobre la actualidad y la condición humana. Ganador de la edición Terror Cruel 2025 de la editorial Alas de Cuervo. Escribe ficción con un fuerte componente psicológico y social.
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— Director Editorial: Eduardo J. Carletti —



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Muy buen cuento!!