Luego de tres años de bajar flotando por los horizontes de Chongqing, este será tu último descenso.
En la ventana roñosa que tienes delante aparece la cara de Sparrow Li en lugar de la tuya. Escala paredes y salta por los techos de un solo salto, sin necesitar soga alguna. Hace siglos, les robaba taeles de plata a señores pudientes para dárselos a mendigos, esclavos y campesinos, dejando sólo un gorrión de papel1 para atribuirse la hazaña. Si fueras ella, no tendrías que preocuparte de comparar suficiente arroz para comer, y hasta podrías ayudar a otros que lo necesitaran.
Sparrow desaparece cuando secas la ventana con el limpiavidrios. El flequillo te ha vuelto a crecer largo y rebelde, pese a tus esfuerzos de domarlo con tijeras oxidadas. Las ojeras negras en tu rostro flacucho y angular son tan oscuras, que parecen maquillaje gótico. Con cuidado, vas descendiendo, limpiando cada ventana hasta que llegas a la parte de afuera de la oficina de tu jefe.
El jefe te da la espalda. Sostiene una máquina con forma de timón hexagonal. Viste una imagen de la máquina hace poco en una revista de negocios en su oficina: un dron limpiaventanas de invención reciente. Contrariamente a lo que te dijo hace unos días, no te echa porque haya conseguido a alguien más barato, sino porque decidió que un robot es mejor que tú.
Golpeas fuerte el limpiavidrios contra la ventana hasta que él la abre.
—Basta de eso —dice—. Vas a romper el vidrio. ¿Pasa algo?
—¿Qué pasó con que me echabas para ahorrar costos? Ese dron cuesta al menos el doble de mi salario.
Apoya el dron en una mesa. Un silencio incómodo se interpone entre ambos como un tío colado que se niega a irse.
—Lo siento. Seguro que encontrarás otro trabajo. Como sea, esta tarea es demasiado peligrosa para una mujer joven como tú.
Tu profesión se ha venido abajo en el último año; hubo un tiempo en que los hijos seguían a sus padres a su oficio, pero ya no. Limpiar ventanas es demasiado peligroso, demasiado agotador, demasiado trabajo para muy poca paga. Aún así, para vagabundos como tú, es la mejor opción que hay.
Él también es un trabajador migrante como tú, que vino de tu mismo pueblo natal de Luo Dai. Al final de la veintena, es sólo unos años más joven que tú. Cuando consiguió su puesto de gerente hace unas semanas, se jactó de que acababa de graduarse con un doctorado de la Universidad de Beijing, la universidad a la que soñabas ir según contabas en un ensayo que escribiste en cuarto grado. Cuando tu maestro se rió de tu ensayo y tus padres te dijeron que buscaras una meta más realista, plegaste las páginas en un bote de papel y lo lanzaste al río Yangtsé.
—Por favor te lo pido, ¿lo pensarías? Entiende lo difícil que es encontrar un trabajo en Chongqing. Dame otra oportunidad.
Antes de dejar Luo Dai, miraste hacia atrás desde el ómnibus. Mamá tosía sangre por una enfermedad que ningún doctor del pueblo pudo identificar. Papá apenas podía estar de pie y se apoyaba en su bastón. Si te hubieras quedado, sólo terminarías como ellos, con tus días aplastados por el peso de las deudas, incapaz de encontrar trabajo bien pagado en el campo.
—No hace falta que te vayas —dijo Papá—. Deberías quedarte y terminar la escuela en vez de irte a trabajar.
—Mis primos fueron —respondiste—. Me asentaré en una metrópolis y mandaré dinero. Con el tiempo, los podré llevar conmigo a la ciudad. Todo estará bien.
Cuando el ómnibus sale a los trompicones, pasando por campos de arroz agobiados por la sequía y cabañas sin arreglar que se desmoronaban, ves a Sparrow Li por primera vez. De acuerdo con un maltratado libro de leyendas populares, deambulaba por las tierras salvajes de la antigua China hace mucho tiempo. No tenía lazos familiares ni geográficos, ni plata ni reliquias familiares. Todo lo que le faltaba le dio la libertad para convertirse en quien quisiera.
En Chongqing, te encuentras con montones de otras personas como tú, mil migrantes que llegan en bandada todos los días de pueblos de nombres desconocidos. Todos llaman a la gente como tú piaozhu: vagabundo. Algunos vagabundos, en las megaciudades de primer nivel de Beijing y Shanghái, tienen apodos que incluyen los nombres de sus ciudades: los de Beijing son bei-piaozhu, los de Shanghái son hai-piaozhu.
Pero aquí, eres sólo piaozhu. Encuentras consuelo en la enormidad de la palabra, en el anonimato de pertenecer a un grupo que no incluye el nombre de un lugar.
Vagabundear, sin relación con una ciudad, es suficiente.
En el dormitorio improvisado que aún compartes con otros cuatro vagabundos, tus compañeros te han ofrecido semillas de calabaza como refrigerio, historias de largos viajes en tren con tickets para viajar parado, fotos de hermanos y hermanas menores que quedaron atrás. Este estilo de vida de gente amontonada se llama yiju, vida de hormiga, porque muchos de ustedes se guntan como hormigas en un hormiguero. Aunque pequeñas, las hormigas pueden cargar diez veces su propio peso. Cuando las rutas de las hormigas se bloquean, siempre encuentran rutas alternativas.
La fotógrafa vino a tomar fotos para su página «Migrantes en Chongqing» en New Waves, el sitio de una red social donde tiene trescientos mil seguidores. Hace una semana llamó a tu jefe, al día siguiente a que te notificaran de tu despido, pidiéndole permiso para seguirte para sacarte fotos en tu último día. Al principio, el pedido te avergonzó. Cuando la fotógrafa te confió que ella también estaba sola en la ciudad, sin familia alguna, cediste.
—Sonríe y muéstrate alegre frente a la fotógrafa —dice tu jefe—. Te verás espantosa si frunces el ceño.
Vuelves a mirar tu reflejo en la ventana y te pasas las manos por el pelo revuelto.
—Trata de no hacer que me vea muy triste.
—Mira hacia abajo y hacia afuera. Muestra toda tu tristeza y nostalgia y vulnerabilidad. No seas tímida, revela todos tus sentimientos enterrados para que mis seguidores empaticen contigo.
Te mueves silenciosamente respondiendo a sus pedidos, tratando de ocultar tu ceño fruncido mientras ella trata de hacerte dar un espectáculo. Te mira por su visor. Te tironea los miembros como un titiritero, dándote indicaciones hasta que tu cuerpo ya no parece tuyo. Clic, clic, clic.
—¿Seguro que esto será de ayuda? Limpio ventanas, no soy una modelo. Posar tanto parece tan antinatural.
—No te preocupes, escribiré una nota con mi foto y te etiquetaré. Quizá otro migrante vea tu historia y te ayude.
—Tengo que empezar a trabajar. Obtendrás mucho mejores fotos cuando esté trabajando, en el aire.
Ante de que pueda responder, tiras una vez de tu soga y desciendes a la siguiente ventana. Sumerges tu limpiavidrios en agua jabonosa. Lo deslizas por la ventana, como un pintor preparando la primera capa en tu lienzo. Cambias el limpiavidrios por uno más pequeño, lo giras en espiral sobre la superficie espumosa. Mientras limpias el jabón burbujeante, pintas una escena de un bote de papel que deriva río abajo por las riberas del Yangtsé, desaparece entre botes de río y barcos de vapor, hundiéndose hasta que se entremezcla con medusas purpúreas de agua dulce. Tocas la espuma con los dedos antes de desintegrarla con otra pasada de tu espátula, dejando el vidrio en blanco, limpio y brillante. El arte de ventana que pintas es frágil como los gorriones de papel de Sparrow.
Cuando miras hacia abajo, miles de departamentos se ciernen sobre las calles de la ciudad, cajas idénticas a las que diferencia la ropa colorida tendida a secar y las plantas en macetas. Se abren ventanas y se mueven las puertas, ofreciendo vistazos breves de otras vidas. Camas marineras y anafes abarrotan habitaciones claustrofóbicas. Radios antiguas se yerguen en escritorios, con las antenas extendidas en busca de señales.
Debajo de ti, en el piso, personas hormiga se cruzan con prisa, sin detenerse. Se intersectan y separan con velocidad sorprendente. Anhelas soltar tu soga hasta abajo y detenerte delante de cada uno, preguntarles de dónde son y a dónde van. Nadie tiene tiempo de mirar hacia arriba para verte, salvo la fotógrafa parada al pie del rascacielos, con su teleobjetivo apuntado en tu dirección.
—Si Chongqing te resulta muy difícil, puedes venir a casa —dijo Mamá en una llamada telefónica—. Sé lo difícil que es establecerse por allá. Quizá se supone que tengamos vidas difíciles. —Ella siempre percibía tu estado de ánimo aunque no se lo contaras.
—No puedo darme por vencida —respondiste—. No después de venirme hasta aquí.
Los dueños de restaurantes te rechazaron porque no eras lo bastante delgada para ser una anfitriona. Los sitios de construcción respondieron que sólo querían hombres musculosos que pudieran subir cincuenta kilos por una escalera. Las tiendas de venta al público exigían presentar un diploma de secundario. Conseguiste un trabajo temporal como lavaplatos en un café, y te echaron un mes más tarde sin que te pagaran su último salario.
Con el tiempo, después de más semanas de trabajo temporal, un guanxi te llamó con novedades. Sabía de una compañía que quería contratar a alguien permanente para limpiar ventanas. Les costaba encontrar a alguien porque necesitaban un empleado que no temiera a las alturas y que estuviera dispuesto a arriesgar la vida por una paga.
Dijiste que te encantaría.
Durante el día de prueba, te inclinaste sobre el borde de la terraza del rascacielos, con el estomago retorcido y las rodillas temblando. Mirando la caída abrupta y la gente hormiga allá abajo, te giró la cabeza de vértigo. Hasta Sparrow había tenido que trabajar para vivir en sus días difíciles; además de robarle a los señores de la plata, Sparrow trabajó como mercenaria, blandiendo una espada por monedas de cobre y una cama en una posada. Teniéndola a tu lado, aferraste las sogas con la firmeza de un escalador de rocas y empezaste tu primer descenso.
La compañía te contrató al terminar el día. Para agradecerle a tu guanxi, gastaste la mitad de tu primer cheque en el mejor baijou que pudiste pagar. Sabroso vino dulce de arroz, del tipo que quienes lo reciben como regalo conservan en el mantel de la sala de estar durante años, lazos de gratitud de una generación a la siguiente.
El jefe te pone una mano en el hombro.
—Lo siento mucho. Deberías considerar otro tipo de trabajo, una industria donde la automatización no sea tan común. Buena suerte.
—Si la compañía puede hacerme esto a mí, pueden hacértelo a ti.
Se aparta y se dirige al ascensor hacia su oficina.
Te diriges a la salida, la fotógrafa siguiendo tus pasos.
—Por favor déjame tomarte unas últimas fotos.
—Los robots también pueden tomar fotos. Los drones pueden volar más allá de donde llegas tú para tomar imágenes aéreas.
—No pueden crear arte.
—Japón inventó un robot que escribió una novela —respondes—. Ganó el segundo lugar en un concurso de novela.
Se le sacuden las manos, y casi deja caer la cámara.
—No es lo mismo. Puede que los robots ganen competencias de ajedrez, pero no pueden capturar en su totalidad la profundidad de las emociones humanas.
Piensas de nuevo en las escenas del río Yangtsé que siempre pintas durante el trabajo. Los barcos que desaparecen y las medusas, arte sólo para ti misma.
—El arte de las ventanas que pinto con mi limpiavidrios sólo puede permanecer unos segundos, antes de que tenga que borrarlo.
La fotógrafa te muestra las fotos que sacó hoy. Reconoces tu sonrisa y tu ceño, tu figura floja colgada de las sogas, una hormiguita perdida entre rascacielos. En las historias populares, Sparrow simplemente desapareció en sus últimos días, y nadie sabe cuál fue su destino. Sin embargo, la fotógrafa ha logrado captar un rastro de Sparrow en las fotos. Quizá las dos son una sola, separadas solamente por la división de vidas diferentes.
—Mándame un mail con un enlace a las fotos cuando las publiques —dices, con renovado entusiasmo.
Cuando miras hacia arriba a las ventanas del rascacielos, ves al dron, un disco con seis patas. Se aferra a la ventana de tu jefe como una araña, sin soga ni arnés. La fotógrafa, detrás de ti, también lo mira, y levanta la cámara para tomar fotos. El dron se desliza por el costado del edificio con eficiencia intrépida, rociando agua y jabón, girando rápidamente al limpiar el vidrio. Mientras ella saca fotos, tú te escabulles, y te diriges al tren subterráneo para volver a tu dormitorio sobrepoblado.
Esta noche, saldrás de puntillas de tu dormitorio para escapar del consuelo de tus compañeros de habitación, y llamarás al número de la misma guanxi que te ayudó a conseguir este trabajo. Después de preguntarle si cenó, le harás la pregunta: «¿Sabes de alguien que necesite un limpiador de ventanas?». Ella suspirará y te pedirá que preguntes en otra parte. Te quitaron el arnés y las herramientas en las que alguna vez confiaste, dejándote sin seguridad a la que aferrarte. Las únicas alas que te quedan son las páginas hechas jirones de las leyendas de ella, su ruta de vuelo fracturada de incertidumbre, cubierta por las nubes.
| [1] | Sparrow es gorrión en inglés [N. del T.] |
Yilin Wang es una escritora, editora y traductora canadiense de origen chino que vive en territorios no cedidos de las naciones Musqueam, Tsleil-Waututh y Squamish (Vancouver, Canadá). Su obra ha aparecido o aparecerá próximamente en Clarkesworld, Abyss and Apex, The Malahat Review, Grain, CV2, Room, carte blanche, The Tyee, The Toronto Star y Business Insider, mientras que su trabajo de traducción aparecerá próximamente en Pathlight: New Chinese Writing. Su escritura ha sido preseleccionada para premios como la Beca David T.K. Wong de la Universidad de East Anglia. Es editora asistente de Room Magazine y candidata a la Maestría en Bellas Artes en Escritura Creativa en la Universidad de Columbia Británica.
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