«La herencia», LucÃa Luján Montiel
Agregado en 1 noviembre 2025 por Marcelo Huerta San MartÃn in 309, FiccionesÂ
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Nos habÃamos distanciado hacÃa años, no por odio, sino por esa separación que crece sola cuando dos personas toman caminos que ya no se cruzan.
Lo que no esperaba era que me heredara su única pertenencia verdaderamente valiosa: su hijo.
ElÃas.
No lo conocÃa. Nunca lo habÃa visto en persona. SabÃa que habÃa crecido en internados, aislado del mundo real, y que su madre —mi cuñada— llevaba meses encerrada en un hospital psiquiátrico. Asà que yo, el único pariente funcional que quedaba, debÃa hacerme cargo.
No supe qué esperar. Imaginé a un adolescente en duelo, rebelde, silencioso o confundido.
Pero lo que llegó fue algo mucho más desconcertante:
Un joven de diecisiete años sin brillo, sin carácter, sin emoción. Un lienzo en blanco.
TenÃa modales perfectos, pero cada gesto parecÃa aprendido de un manual. No mostraba afecto por nada, ni interés por cosa alguna. RespondÃa lo justo, sin tonos ni pausas.
Era… correcto.
Demasiado correcto.
La primera vez que lo vi cenar frente a mÃ, sentà que compartÃa la mesa con un fantasma: uno con un rostro similar al mÃo, pero sin expresiones, sin alma.
Me recordó a mà mismo, cuando aún no descubrÃa mi amor por la literatura.
Pensé —malamente— que si le daba lo que a mà me faltó, podrÃa encaminarlo hacia el futuro que yo nunca tuve. O al menos, darle algo en qué entretenerse.
Y sin pensarlo demasiado, le entregué algo muy personal: un cuaderno viejo, encuadernado en cuero agrietado.
Mi libro de cuentos.
—Lo escribà hace muchos años. Antes de rendirme —le dije, intentando no sonar amargo—. Tal vez encuentres algo que te guste.
Él lo tomó con ambas manos, asintió y subió las escaleras.
Nada más.
La transformación empezó en silencio.
Primero lo vi leer en el jardÃn, bajo la misma higuera donde yo leÃa de joven.
Después, noté que acomodó su cuarto para que se pareciera al mÃo.
Luego, usó mis camisas. Mis gafas de lectura.
Mis palabras comenzaron a salir de su boca.
—El caos también tiene ritmo —me dijo una noche, mientras veÃamos una pelÃcula.
Me congelé. Esa frase exacta la escribà en uno de los relatos de mis libros. Eso no era lo extraño. Lo extraño era que no le habÃa dado ese libro aún.
—¿Te está gustando el cuaderno? —pregunté, sin quitarle la vista. No querÃa demostrar que él no debÃa conocer esa frase.
—Mucho —dijo, sonriendo.
Las cosas no estaban saliendo como querÃa.
Me preocupaba lo mucho que se parecÃa a mÃ.
Más de lo que debÃa.
Más de lo que podÃa soportar.
—¿Por qué no escribÃs más? —me preguntó una tarde, sin mirarme.
No supe qué responder.
—Porque tenÃa miedo de lo que podÃa salir.
Asintió, como si ya supiera la respuesta.
—Eso también lo escribiste —dijo—. Página 27, volumen 3.
Estaba seguro de que los libros restantes estaban en una caja fuerte. Él no podÃa saber la contraseña. No debÃa tener acceso a nada de mÃ, más que al único libro que le entregué.
Eso me atemorizaba. Dejó de parecer un juego o una imitación: ahora copiaba mi vida, bloque a bloque, detalle a detalle.
Una noche, cuando el silencio era una manta abrumadora que cubrÃa la casa, caminé por el pasillo. Vi la puerta de su cuarto entreabierta y entré. Estaba dispuesto a enfrentar la situación, por más paranoico que pareciese —aunque ahora sé que eso desencadenó lo contrario a lo que querÃa—.
La habitación estaba llena de detalles que reconocà como mÃos: mi vieja radio, mi reloj de péndulo, la bufanda azul que siempre usaba en invierno… y todos mis libros. Todos. Incluso los que no le habÃa dado.
Sobre el escritorio, encontré una hoja escrita con mi letra.
Pero yo no la habÃa escrito.
«Cada vez soy menos yo. Cada vez soy más él.
Y quizás siempre quise desaparecer; solo necesitaba una excusa que me pareciera digna.»
Me temblaron las manos. Comprendà el error que habÃa cometido. Bajé corriendo al estudio.
Revisé mis diarios. Mis fotos antiguas. Mis textos.
Algunos estaban alterados.
Otros, directamente, habÃan desaparecido.
—¿Te sientes bien, tÃo? —preguntó su voz detrás de mÃ.
Me giré.
Y por un segundo…
no supe si era él, o yo. Sentà que habÃa chocado con algo. O tal vez algo me habÃa atravesado. Probablemente esa es la sensación de saber que no eres tan único. Que no eres más que un cascarón imitable.
No recuerdo cómo caà en la oscuridad.
Tal vez me desmayé. Tal vez me golpeó. Tal vez me dejé llevar hacia el sótano.
Aún no sé cuánto tiempo ha pasado.
La bombilla sobre mi cabeza ya no parpadea: solo cuelga, inmóvil, como si incluso la electricidad hubiera olvidado que existo.
Desde aquà abajo, escucho sus pasos.
Perfectos. Medidos. MÃos.
A veces oigo la vieja máquina de escribir —mi máquina— golpeando como un corazón de tinta.
A veces, voces. Gente que viene a visitarlo.
A mÃ.
Dicen que parezco más vivo. Más lúcido. Que he rejuvenecido.
Y él sonrÃe. Lo sé, aunque no lo vea.
En el silencio, me repito que sigo siendo yo. Que nadie puede robarte lo que eres.
Pero cada dÃa, esa frase suena menos verdadera.
Quizá solo fui un borrador.
Y él, la versión definitiva.
Anoche escuché la tapa del cuaderno cerrarse con fuerza.
Después, silencio.
Y comprendÃ.
Mi historia ha terminado.
Luciana Luján Montiel (Argentina, 2010) escribe desde muy joven cuentos y poemas que oscilan entre lo oscuro y lo mágico. Su interés por el terror, la mitologÃa y la ciencia la impulsa a crear relatos donde lo cotidiano se quiebra y aparece lo extraño.
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• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •



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Historia psicológica, muy buena!!!
Me encató, me atrapó la historia, muy bueno Luciana
Vamos a esperar más de tus historias interesantes