«Juani va al bosque», Carina Longo
Agregado en 1 noviembre 2025 por Marcelo Huerta San Martín in 309, Ficciones
Como de costumbre, mamá le alcanzó la camperita.
-Juani, dale. No te va a pasar como la última vez.
La última vez que se había metido solo al bosque de eucaliptos había vuelto acatarrado, con la punta de la nariz roja y brillante. Pero había sido porque pasó demasiado tiempo con la cosa, y la cosa estaba fría. Sin embargo, Juani agarró la camperita. No estaba para discutir. Si se demoraba la cosa podría no estar allá. Quizás alguien más la encontraría y se la llevaría. Y la cosa era suya.
-¿Qué tenés ahí?
Juani le mostró a mamá el fibrón rojo que usaba ella para rotular las cajas de cartón.
-No serás vos el que escribe cosas en la pared del almacén del Bartolo.
El tono iba de lo temeroso a lo amenazador. El Bartolo era el pretendiente de mamá. Nadie quería problemas con el Bartolo. Cuando mamá lo mandaba a hacer los mandados, el Bartolo le regalaba caramelos.
-No, ma, en serio. Voy a dibujar en el tapial del baldío.
-¿Qué tenés que hacer vos en el baldío? Está lleno de ratones y botellas rotas. Y dejá el fibrón; andá de la Matilde y comprá tiza. Ése de ahí es el único que me queda. No sé qué se hizo de los fibrones.
-Tiene cerrado, la Matilde.
La tiza no servía para la cosa.
La cosa nunca hacía nada. Nunca decía nada. A veces era verde, a veces, azul. A veces estaba roja y caliente. Una vez Juani se quemó un dedo. Otro día, también, pero porque la cosa estaba helada. El índice de Juani se le quedó pegado a la piedra mientras él tironeaba, hasta que lo pudo arrancar de un tirón. Una semana le dolió ese dedo. Todo morado.
-Mejor que me traigas ese fibrón de vuelta.
A veces, Juani podía sentarse encima. La cosa se desinflaba y no quedaba en su lugar más que un polvorón grande, de color violeta iridiscente, chato y duro. Entonces Juani se subía y saltaba, o bailaba arriba. Un día se llevó el fibrón y dibujó toda la cosa. Arbolitos y casitas, mamá, la canchita al lado de la escuela, y hasta la tarea de matemática. Eso lo hizo bastante seguido. A Juani le gustaba bastante sumar y restar. Y eso fue lo que lo hizo descubrir la manera de jugar con la cosa. Porque parecía que a la cosa también le gustaba sumar y restar.
-¿Juani? Una hora.
-Sí, ma.
Juani notó que, a veces, los números que él escribía después del signo “igual” cambiaban. A Juani no le iba mal en la escuela, aunque no era tan bueno como el Tino Manrique. Así que tachaba y reescribía sobre la cosa, porque no era lo que él había puesto. Pero los números volvían a cambiar. Entonces, Juani se enojaba y se iba. Pero un día se le ocurrió poner los números que la cosa quería en la tarea, aunque no estaba de acuerdo, y la seño le puso “Excelente”. Juani volvió al bosque de eucaliptos, e hizo aquello un montón de veces. Mamá se ponía contenta y hacía los fideos con salchichas. La seño también lo festejaba. Una vez le puso hasta le puso un sello con corazoncitos en una cuenta larga con fracciones que no le salió a nadie más, ni siquiera al Tino Manrique (o a la mamá del Tino Manrique, sospechaba Juani). Él no había entendido la cuenta de la tarea y mamá nunca lo ayudaba para hacer los deberes, pero la cosa había insistido, y la cosa siempre acertaba.
Hasta que un día Juani descubrió que estaba aburrido.
Al principio no había querido contar a los chicos sobre la cosa, pero no tenía nada de qué preocuparse. Cuando iban a jugar cerca ninguno la miraba de manera especial; ni raro, ni de reojo, ni de ninguna manera. Ni siquiera le prestaban atención para saltar desde arriba, a ver quién podía aterrizar sobre los dos pies sin caerse. No se daban cuenta de que había una cosa enorme y rara que había estado, el día anterior, como dos metros más lejos del eucalipto, y ese día estaba frente a él. Entonces Juani los convenció de que se llevaran fibrones para dibujar encima de una “piedra especial”.
Pero después de que terminaran la cosa sólo parecía un ovillo de lana gigante, con colores disonantes y mal mezclados. Algunos de los hilos se movían, cambiaban de lugar y formaban círculos, líneas ondulantes, a veces mientras la tinta aún salía de los fibrones. Y los chicos no lo notaban. Sólo gritaban y se reían, y decían que a la Alfonsina el Pedro le gustaba solamente por el carrito de pochoclo del padre. Entonces, escribir malas palabras en la pared del Bartolo volvió a parecer más divertido, lo mismo que esperar que saliera el carrito del papá del Pedro para ver si les regalaba una manzana con caramelo. Su juego sólo era un juego tonto. La cosa era tonta.
Aquel último día a Juani se le fue el tiempo mirando la cosa. Y no volvió del bosque.
Los vecinos rastrillaron todo el pueblo, incluyendo los dos lados de la vía, durante tres semanas completas, sin encontrar nada, ni siquiera una tapa de fibrón abandonada. Miraron hasta la última ramita del bosque de eucaliptos, sin advertir que un día rayón recorría toda la cosa de punta a punta, y al día siguiente había desaparecido por completo, y la cosa era moteada y no negra. Todos los chicos formaron una línea tomados de las manos y visitaron todos los lugares donde habían jugado, describiendo los juegos a los adultos. Gritaron el nombre de Juani sin cesar, durante días, ante todos los periodistas, ante el intendente, señor Bicho Martínez.
Juani volvió a casa un sábado a la tarde, sin entender a qué venía tanta foto suya en cada poste de la luz. Apenas lo agarró doña Petisa, en la punta del pueblo, lo apretujó dentro de una frazada y lo metió en su casa. Mamá llegó derrapando en el rastrojero del Bartolo, con diez kilos menos y sin voz. A Juani le hicieron tantas preguntas, que nadie escuchó lo que decía. Juani contó todo con detalles pero no hacía falta, porque los psicólogos infantiles sabían mucho sobre niños que habían pasado veinte días perdidos en un bosque de eucaliptos, sin comida ni agua, y sometidos a elevado estrés. Podían explicar la sonrisa intrigada de Juani cuando le dijeron que había desaparecido casi un mes entero, y la media taza de café con leche que habían tenido que obligarlo a tomar, porque según dijo él, se había ido a pasear al bosque sólo una hora después de merendar y todavía estaba lleno. Qué delgada estaba mamá, qué apagada, qué gris la piel, qué oscuras las sombras bajo los ojos. Eso los psicólogos no se lo podían explicar a Juani, pero ellos lo tenían muy claro. Como sea, valió la pena haber vuelto.
Juani decidió dejar de ir al bosque. Ni siquiera volvió a pedir permiso.
-Ma…
-¿Sí, Juani?
No quería que mamá se asustara. No sabía que ese último paseo había sido para tanto. No sabía que la cosa era hueca. Solamente quería asombrar al Tino Manrique.
-¿Qué pasa, Juani?
-No voy a escribir más nada en la pared del Bartolo.
Ni hablar de decirle a mamá que se volvió porque se había metido dentro de la cosa, y cuando salió de adentro vio un pueblo igual al suyo, pero el aire olía raro y había muchos aviones redondos, y no había eucaliptos.
Y aquello no le había gustado para nada.
Carina Longo es profesora de Lengua y Literatura en Rosario desde 2007 y, aunque siempre escribió, nunca se atrevió a publicar hasta que decidió comunicarse con Axxón. Sus géneros preferidos son la ciencia ficción y el terror, y nos cuenta que acaba de terminar su primera novela.
Ha publicado en Axxón; en Ficciones: POR AHORA ESTOY BIEN (nº 307), MELISA (nº 308), GASPAR EN ROSARIO (nº 308).
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¡Muy bueno! Me agradó mucho :)