«La misa de las siete», Carina Longo
Agregado en 1 noviembre 2025 por Marcelo Huerta San Martín in 309, Ficciones
El límite para irse era el sol de las ocho, aún en los días de lluvia como hoy. Podría asomar en cualquier momento. Gaspar jamás se había quedado para la bendición.
—Perdóneme, Padre, porque he pecado.
—¿Cuánto tiempo pasó desde tu última confesión, Gaspar?
—Siete días.
—¿Cuáles son tus pecados, hijo?
—Los malos pensamientos.
—¿Seguís tomando?
—No lo puedo evitar.
—¿Qué malos pensamientos tenés, Gaspar?
—La sangre. Es siempre la sangre.
Era el momento en el que el cura hacía silencio.
—¿Lastimaste a alguien, Gaspar?
Al llegar a este punto, era Gaspar el que siempre hacía silencio. Saciado, harto, se adormecía dentro del confesonario con olor a cera y a sebo de velas. El olor del incienso y el murmullo de la misa, cada vez más lejanos, eran como una canción de cuna.
—La vida de tu hermano es sagrada, Gaspar, tanto como tu propia vida. ¿Todavía hace falta que te lo diga?
Gaspar venía a esta parroquia todos los domingos, y si podía, más días durante la semana, desde hacía veintidós años. Desde que el Padre Facundo comenzó a auxiliar al Padre Germán. El Padre Facundo era invidente. Había tenido un accidente de tránsito apenas salido del Seminario. Gaspar tomaba dos colectivos para venir a esta parroquia. El Padre Facundo era especial por más de un motivo.
—¿Cómo era?
—Era un hijo de puta. Vivía de la mujer; le sacaba hasta el último mango que hacía en la calle antes de cagarla a palos porque lo gorreaba, y de volverla a cagar a palos porque después no podía salir a laburar y se quedaban sin guita. Era un hijo de puta y un sucio. Hasta tenía gusto a podrido. El hijo de puta.
Como el Padre Facundo, Gaspar tenía instintos ultraterrenos y sentidos hiperdesarrollados, pero los había ejercitado durante trescientos años de noches sin sueños y de días sin descanso. Oyó al Padre Facundo respirar profunda pero imperceptiblemente, con la calma que da la experiencia, esperando que él, Gaspar, se liberara. Guardando, contra viento y marea, la esperanza por la redención.
—No sé quién era. No sé si era un enfermero que volvía de trabajar o un tipo que se terminaba de patear todo el sueldo en el casino. No sé si era un padre de cuatro o un puto que se escondía de la mujer. Era alto como usted y traía un piloto negro, largo. A lo mejor hasta era un sacerdote –escupió Gaspar con rabia, dando un manotazo contra la rejilla de mimbre del confesonario. Asustado, agotado. Empezaba a sentir cómo aumentaba de peso con el sueño, y se iba para el suelo. Ojalá pudiera seguir hasta el centro de la Tierra y quedarse ahí.
El Padre Facundo se rió con un sonido bajo, húmedo, que terminó en una ligera tos.
—Sí, a lo mejor era un cura. A lo mejor la próxima vez me encontrás a mí, Gaspar, cuando andás paseando por la calle de madrugada. ¿Vas a volver a lastimar a un hermano? Decímelo. Tengo que saberlo.
—Perdóneme, Padre –respondió Gaspar, y los ojos se le cerraron con las lágrimas del agotamiento y de la tristeza.
—¿Cómo era?
—Era alto y flaco. Tenía el pelo casi al ras, con canas. Iba bien afeitado. Andaría por los cincuenta años. Un tipo en buen estado físico. Tenía olor a colonia y silbaba algo bajito. No sé qué era. Me pareció algo como un tango. No sé. Le conversé. Me acerqué y le pregunté la hora. Le hablé. No sé por qué hice eso. Le pregunté cómo había salido Central. Creo que pensó que yo le quería robar. O que era puto. Pero él no era, porque me miró fijo y como que empezó a caminar más rápido. Si se hubiera quedado… Me dio rabia que escapara. Me dio rabia. Se cayó como una pila de ladrillos. Después lo dejé en Pellegrini y Circunvalación. Ya lo deben haber encontrado. Traía diez mil pesos. Me llevé también el celular y la tarjeta del colectivo. Llovía y estaba muy oscuro. Muy oscuro.
Gaspar seguía con los ojos cerrados, en silencio, y después de un rato volvió a estar consciente de la respiración lenta y regular del cura. Y permitió que el silencio durara, porque le gustaba estar así. El dolor se iba de él vaciándolo en una neblina caliente, pero invisible, que acababa filtrándose por la madera a su alrededor. El dolor se le iba con las lágrimas y el recuerdo de los ojos vidriosos, los labios azules del tipo, el flujo denso y ardiente, de color casi negro, pesado, menguando hasta la desesperación entre sus labios, inundando su boca famélica de no muerto. Gaspar perdió la noción del tiempo, y la recuperó sólo cuando oyó que el Padre rezaba en voz baja.
—No quiero rezar, Padre. No rece.
—Sos un alma de Dios, como el inocente que abandonaste.
—No sé si era un inocente, y yo no tengo alma.
—¿Cómo era?
Gaspar se echó hacia atrás en el confesionario, abrumado, y volvió a golpear las manos contra la rejilla frente a él, con más fuerza.
—¡Qué quiere que le diga! – y la exclamación, casi un grito, era un ladrido lleno de ira y de miedo. – Estaba tibio y sudaba dentro del piloto. Tenía la piel tostada. ¡Estaba tibio! Manos grandes, dedos largos. Brazos fuertes. ¡Venas grandes! Azules. ¡Azules! Cuello fino. Hubiera sido fácil, pero ya demasiada suerte tuve de que no muriera cuando le di con la piedra. Creo que quería pedirme por favor, pero nada más le salía espuma de la boca. Movía una sola mano. Miraba para todos lados, pero no me enfocaba. ¡No sé qué me quería decir! Tenía fotos en la billetera, no sé de qué o de quién. Para mí es lo mismo. Es siempre lo mismo. No son otra cosa. Él, las fotos. Es lo único que son. Nada. Tiré la billetera a la calle; esas fotos deben estar por toda Circunvalación. Le tomó diez minutos terminar. Pude aprovecharlo todo, pero tuve que esperar todo ese tiempo. Si voy más rápido vomito. Es un des… Igual terminé de cortarle el cogote y lo dejé que escurriera un rato. No lo van a encontrar seco. No lo… van a enc…
Entonces a Gaspar se le acabó el aire y resbaló hacia el suelo de una vez. Apoyó la mejilla contra la puerta y jadeó entre sollozos ahogados, desfallecientes.
—Rezá conmigo, Gaspar. Gaspar…
El Padre Facundo se llevó las manos a los ojos y sintió las lágrimas. Rezó hasta que la misa concluyó, sabiendo que Gaspar ya no estaría ahí. Entonces, el Padre Facundo boqueó hasta que pudo recuperar la respiración y ponerse de pie, y salió del confesonario. Se metió en la casilla del penitente, se arrodilló y permaneció un momento aspirando el aroma espeso del whisky, el sudor y la sangre. Deseando imaginar, deseando sentir, deseando odiar. Deseando ver el sol otra vez.
Se encontró con el Padre Germán en el altar.
—Un buen día para la limosna, tan temprano –le dijo el Padre Germán.
El Padre Facundo asintió y sonrió en silencio.
—Alguien dejó diez mil pesos.
El Padre Facundo bajó la cabeza y se hizo la señal de la cruz.
Carina Longo es profesora de Lengua y Literatura en Rosario desde 2007 y, aunque siempre escribió, nunca se atrevió a publicar hasta que decidió comunicarse con Axxón. Sus géneros preferidos son la ciencia ficción y el terror, y nos cuenta que acaba de terminar su primera novela.
Ha publicado en Axxón; en Ficciones: POR AHORA ESTOY BIEN (nº 307), MELISA (nº 308), GASPAR EN ROSARIO (nº 308).
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¡Muy bueno! Original idea la del nosferatu confesándose.