«Veinte pesos para la zirra», Marcelo Medone
Agregado en 1 noviembre 2025 por Marcelo Huerta San Martín in 309, Ficciones
El problema es que el gobierno quiere disimular el aumento de los barrios marginales y los mapas de peligrosidad urbana tardan en actualizarse. La culpa es de todos estos inmigrantes que llegan de todos lados y se adueñan de nuestras ciudades y nos obligan a tolerarlos sin pedirnos permiso.
Pasé junto a indigentes que deambulaban rígidos como zombis, con su andar torpe y la mirada perdida. Algunos hurgaban metidos de cabeza dentro de los contenedores de basura parcialmente quemados y pintarrajeados con grafitis indescifrables, revoleando sus piernas flacas hacia afuera como si fueran niños en un pelotero de McDonald’s. Otros se arrastraban por las mugrosas veredas, seguramente pasados de tóxicos.
Tenía miedo de que estos indigentes desclasados se dieran cuenta de que iba una mujer sola al volante de ese auto impecable y que se me tiraran encima. No quería atropellar a alguno y que me abollara la chapa o me rompiera algo. Siempre fui respetuosa de los derechos de los peatones, siempre que se comporten de acuerdo con las normas de convivencia. Pero de estos marginales no se puede esperar nada bueno.
Aceleré lo más rápido que pude, tratando que los radares municipales no me multaran por exceso de velocidad. No tenía ganas de seguir pagando multas y darles de comer a los políticos de turno. La ciudad se había vuelto intransitable con tantos radares e inspectores.
Tratando de escaparme a algún barrio civilizado, hacía zigzag entre los fisurados que invadían el asfalto. En una esquina, pasé junto a un grupo de menesterosos que se calentaba en una fogata, a pesar de que no hacía tanto frío. Seguro que estaban quemando plásticos, porque largaba un humo negro horrible. Cero respeto por el medio ambiente.
Me detuve en la luz roja de un semáforo y se me abalanzó un zorbio joven. Temí que me rayara el auto con sus adornos metálicos. Antes de que pudiera rehusarme empezó a embadurnarme el parabrisas con una mano, mientras con otra pasaba la escobilla limpiadora, con otra el enjuague y con la otra me pedía dinero golpeándome la ventanilla. Con su cabeza izquierda vigilaba la limpieza y con la derecha me decía con su voz de cucaracha intergaláctica:
—Veinte pesos para la zirra, señora.
Lo miré con impotencia, pero el desgraciado me seguía reclamando la plata, mientras estratégicamente dejaba un sector del parabrisas sin limpiar justo frente a mi cara. Me incliné hacia el costado y busqué mi cartera. Saqué un billete de diez nuevos pesos, bajé una rendija del vidrio y se lo alcancé.
Me reclamó, impaciente:
—Veinte. Veinte pesos.
Agarré otro billete de diez y se lo di. Recién entonces terminó de limpiarme el parabrisas con sus varias manos y se corrió a un costado, sonriéndome con sus dos bocas desdentadas. Debo reconocer que lo dejó reluciente.
Salí de ese barrio tan rápido como pude, esquivando a la fauna horrenda e inclasificable que pululaba como moscas infectas. No sé cómo el gobierno no toma medidas contra todos estos inmigrantes, sean legales o ilegales, no me importa. Lo peor es que se tiran a dormir en las veredas envueltos en trapos y cartones, haciendo sus necesidades allí mismo sin ningún tipo de pudor. Entiendo lo de ser humanitarios y lo de la falta de trabajadores, pero creo que hay un límite para todo.
Volví a mi casa frente al Golf, pensando que, entre la zocaína, la zasta base y la zirra, los extraterrestres se están volviendo cada vez más miserables, más marginales. Zorbios, Zéfinos y Zúngaros. Deberíamos expulsarlos de nuevo a sus galaxias antes de que contaminen a todos los humanos decentes que quedamos.
Dejé mis cosas en el dormitorio y la busqué a la sirvienta. No estaba en la cocina y tampoco en el living. La casa estaba todavía desordenada, con la limpieza a medio hacer.
Grité:
—Zuni, Zuni. ¿Dónde estás?
Silencio.
Fui hasta el lavadero y la encontré. Estaba encorvada sobre la mesada, tapándose con las alas para que no viera lo que estaba haciendo. La corrí a la fuerza y constaté que se estaba inyectando zorfina en el quinto brazo, el que está todo atrofiado y esclerosado de tanto pinchazo, el que siempre esconde y nunca usa.
Exclamé:
—¡Otra vez! ¡Esto no puede ser, Zuni! ¿No habíamos quedado en que no lo ibas a hacer más?
La inútil bajó las tres cabezas y murmuró, mientras terminaba de limpiarse el brazo y se arreglaba un poco:
—Es que usted no entiende, señora. Extraño mucho mi casa, mi tierra, mi planeta. Le agradezco mucho lo que usted hace conmigo, pero no puedo seguir trabajando aquí.
—¡Mirá que sos desagradecida! ¡Con lo que te he estado pagando!
—Discúlpeme, señora. Necesito ser libre.
Entonces, Zuni abrió la ventana del lavadero, juntó sus cabezas, desplegó sus alas y se fue volando.
Marcelo Medone (1961, Buenos Aires, Argentina) es un escritor de ficción, poeta, ensayista, periodista, dramaturgo y guionista nominado al Pushcart Prize y al Best Small Fictions Award. En tres oportunidades estuvo nominado al Premio Místico del certamen Algeciras Fantástika de España. Sus trabajos han sido premiados en numerosos certámenes internacionales y han sido publicados en múltiples idiomas en más de 50 países. Actualmente vive en Montevideo, Uruguay.
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