Revista Axxón » «Caracoles y madres kamikazes», Ricardo Cabezas - página principal

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La lengua corta el aire con ligereza.

Una plasta de vaca cae súbitamente sobre el tapete. Recuerdas que es domingo y es necesario madrugar mañana. Los caracoles atrapan rápidamente toda la suciedad que se ha acumulado en el tapete. Son Voraces. Eficientes.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

Los dientes muerden la lengua. La asfixian. Es el miedo que te producen los caracoles. Sus ochenta centímetros de diámetro, su baba casí líquida. Sus ojos entrometidos, siempre juzgándote, retrayéndose, reflejando la luz de las pantallas. Quisieras dormir. Debes dormir, pero los caracoles impacientes vuelven hacia ti suplicantes. Necesitan más alimento. Más plastas de vaca. Es lo único que los sacia y los detiene. Ya han acabado con los muebles, con los libros, con casí toda la ropa. Ya han invadido todas las habitaciones, el jardín, el baño, la cocina…

Has acumulado un bulto de excremento de vaca debajo de la cama. El saber que existe ese bulto y que puedes utilizarlo para detener a los caracoles es posiblemente lo único que evita tu muerte.

Ayer en la mañana comenzaron a succionarte los pies. Con sus bocas cilíndricas y sus pequeños seudópodos calcáreos mordieron tu dedo grande y comenzaron a chupar la sangre, lentamente pero de manera constante. Los golpeabas con un palo pero era inútil. Los caracoles avanzaban de a poco, hundían sus ojos, metían sus cabezas en las fuertes conchas de metal y luego volvían a la carga, embarrándote con su baba, aplastándote con su peso.

Bajaste corriendo al primer piso. Los vecinos – los pocos que quedaban- Tenían sus propias luchas, con escobas, con machetes, quebraban los cuellos musgosos de los caracoles. Algunos intentaban aplastarlos con sus motos, pero en la mayoría de los casos solo resbalaban y se quebraban el cuello. Entonces corrían a sus casas de amplias rejas, se encerraban por varios días e intentaban enterrar a sus muertos.

Unos pocos consiguieron escapar de la ciudad. El campo ahora era un desierto de musgo gris, pues los caracoles, luego de acabar con los cultivos se habían habituado a la carne y a los fluidos corporales de cualquier animal. Sin recursos, habían prosperado las tribus caníbales que acechaban a los motociclistas en la vía Panamericana. Cefalópodos violetas, caminaban en los acantilados de Barranquilla como si fueran gruesas arañas. Se mencionaban repúblicas independientes en lo que fueran antes las regiones cafeteras. Europa era ahora una cueva de gusanos, al igual que Asía y Africa. Mutantes con antenas cartilaginosas y jorobas calcáreas rondan desde el desierto de Nevada hasta los Apalaches. El dictador naranja sonreía complacido pues había hecho grande a su país nuevamente.

Tu no quisiste escapar. Te quedaste en la ciudad, esperando a que madre regresará a la vida consciente. Cuidabas su enfermedad con impaciencia. Luchabas contra las paredes verdosas, húmedas de secreciones, desconchadas por el trasegar de los animales.

La rádula del molusco alfa se incrustaba en tu piel, burbujeaba una sustancia que atravesaba la carne y llegaba hasta los vasos y los nervios. Todo se ponía en blanco mientras los ojos retráctiles de la bestia te miraban con curiosidad.

Tu madre comía algo inventado por su mente; esta vez, huevos con salsa de tomate y trozos de gasterópodo a la Dujardin con mayonesa y mostaza. Por alguna razón incomprensible los caracoles jamás la molestaron. Sus caderas eran anchas y soportaban un enorme vientre encorsetado, un vientre que parecía no tener límites ni mesura. Sin embargo, era ágil. Saltaba como potra entre los restos de comida y basura. En sus momentos de mal humor, aplastaba las cabezas de los caracoles con sus puños y mordisqueaba los restos babosos de los asustados caracoles. Parecía inmune a cualquier infección. Madre– le dices, deja de comer esas porquerías, mejor toma una avena o un ensure con galletas. Ella solo te escupía en la cara y murmuraba algo sobre Padre. Tal vez algo sobre sus ojos, o sobre sus hábitos y manías. Padre. Desapareció hace varios años luego de perder una partida de ajedrez contra la inteligencia artificial de Chessmaster.com. Pero en el fondo lo sabias, el no desapareció más que en las fauces rojizas de tu madre, luego de una pelea por el dinero que no alcanzaba nunca para satisfacer el apetito de la vieja señora.

Madre– pensabas a veces- has sobrevivido al arsénico, al asbesto, a la contaminación por microplásticos…. Por supuesto que podrás sobrevivir a la pandemia de los caracoles y te erigirás como una emperatriz entre los escombros, como la diva de los moluscos mutantes.

Entonces volvías a tu habitación y te atrincherabas con los muebles que quedaban (una mesa metálica, una estufa portátil, la pantalla del televisor) e intentabas dormir.

Te crujían los dientes al pensar en la madrugada. Salías llevando el insomnio de varias noches buscando restos de comida entre los almacenes del barrio. Llovía, como todos los días y la humedad atraía a los bichos hacia las calles, hacia las paredes y ventanas. Hoy eran nudibranquios arlequinados de antenas carmesí ramificadas. La gente trataba de ahuyentarlos con palos, machetes, escobas o varillas. En cambio, madre los aplastaba con sus puños y los ponía a congelar en la nevera. En los días siguientes su vientre se fue inflando cada vez más. Su apetito era voraz, no conocía límites. Inventaba recetas. Pensaba en nuevas combinaciones, en nuevas maneras de desmenuzar los caracoles en ollas enormes junto a trozos de menudencias y verduras salteadas. Los comía crudos, muertos, podridos. Comía las crías tiernas como tomates y los vetustos ancianos de grandes antenas. Todo aquello que entraba en su boca nunca salía por el otro lado. Todo se represaba allí dentro, mezclándose entre la fábrica del vientre materno, líquido y burbujeante como un crisol metabólico de combinaciones improbables. Madre ya no quería moverse de la cocina y del sillón de la sala. Su piel se cuarteaba. Pequeñísimas ventosas le aparecían en el abdomen agrietado, y algo como dedos diminutos parecían presionar la piel desde adentro. El único médico que tuvo el valor de venir a revisarla, terminó pronto desgarrado por sus mandíbulas rabiosas. Te alejaste aquella vez pues no querías ser parte del menú, lo cual era necio, pues ella nunca intentó devorarte.

A veces, en las noches sin lluvia, te miraba cómo recordando a un pasado que fue. Parecía comprender lo que había ocurrido. Señalaba con sus manos las conchas rotas, las paredes, los techos, el paisaje carcelario que se extendía hacia el oriente. Entonces le tomabas la mano mientras los caracoles se deslizaban impacientes por las aceras vecinas.

El día que madre hizo explosión, los pájaros caían de las ramas de los árboles aturdidos por el calor de verano qué se había apoderado definitivamente de todo el hemisferio desde hacía algunas semanas.

Los caracoles deshidratados y agotados, apenas si intentaban alcanzar a los famélicos transeúntes que buscaban cadáveres de pájaros para comerlos con avidez. Muchos de ellos se encerraban en sus conchas y sellaban las aberturas con una baba dura como el concreto. Otros simplemente se enroscaban entre los botes de de basura hasta morir de sequedad por los rayos del sol.

Madre había terminado de almorzar, esta vez, Escargots á la bourguignonne con salsa bechamel y jugo de Feijoa algo podrida. Luego de recitar sus oraciones, se había apelmazado en el sillón, y comenzaba a hundirse en la siesta de las telenovelas grabadas en viejos cassettes de VHS . Sentías sus ronquidos, sus gruñidos entrecortados. “Mi amado esposo se aferraba a sus problemas de la apertura española y al ataque por flanco de Rey. Eso fue lo que lo mató” decía entre sueños. A las tres escuchaste una desgarradura, como si una matrushka se rompiera desde adentro. Madre se despertó en un charco de sangre. No gimió, no soltó groserías. Simplemente se desplomó sobre el tapete mientras unas larvas agusanadas y verdosas se movieron en sus intestinos y comenzaron a devorar su carne ya putrefacta, sus jugos intestinales, su alimento a medio digerir…

Fue entonces cuando salieron de sus entrañas las pequeñas madres, copias exactas de tu voluminosa progenitora, pero del tamaño de muñecas de porcelana, cada una de ellas resistente y hambrienta, cada una de ellas armada con pequeños cuchillos o algo como escopetas. No se detuvieron a mirarte, corrieron a las habitaciones y enfrentaron con furia a los pocos caracoles que quedaban, los degollaron rápidamente haciéndolos picadillo para luego tragarlos con facilidad. Eran cientos, quizás miles de pequeñas madres-obesas, madres kamikaze, que ahora salían a las calles a enfrentar a los caracoles y a sus crías. Desde la ventana podías observar la lucha, la campaña de las diminutas figuras contra las masas acorazadas y resbaladizas que ahora se ponían en retirada.

Dicen que madre solo hay una, aunque en tu caso no se podría estar seguro. El mundo se reconstruye poco a poco. Se lanzan nuevos satélites. Se recuperan los cables de energía y de fibra óptica. En las noticias se menciona que las Madres Kamikaze avanzan hacia Berlín en filas cerradas, bombardeando a los caracoles con pequeños proyectiles hipersónicos, arrasándolos a su paso. La gente se avienta jubilosa a las calles con enormes banderas que llevan pequeñas mujercitas soldado en lugar de estrellas, lunas o franjas multicolores.

Escuchas rumores de que en Argentina las Madres construyen extraños templos en forma de cuchillos y esclavizan a las personas que se acercan demasiado a sus puertas. También tienen corrales donde alimentan a enormes mujeres con la carne putrefacta de los caracoles asesinados, repitiendo indefinidamente el ciclo gestacional de las pequeñas mujeres asesinas. Posiblemente se han dispersado por las pampas y las cumbres Andinas con la energía de hormigas acorazadas siempre listas para la lucha.

Entre tanto, las plataformas de streaming reinician sus actividades poniendo en bucle Caracoles de Colores de Diomedes Diaz y Sopa de Caracol de Banda Blanca.

Apagas el televisor y vomitas en silencio.


Ricardo nos cuenta: «Mi nombre es Ricardo Cabezas, nací en 1981 en Bogotá, Colombia. Soy biólogo y actualmente trabajo como profesor universitario en la Universidad Antonio Nariño de Bogotá (Colombia). Desde muy temprana edad me han interesado las temáticas de ciencia ficción y fantasía, y tengo cuentos publicados en las revistas ¨Phoenix», «Ficciorama» y «Cosmocápsula» (véanse aquí, aquí y aquí)

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: ELLAS ERAN (nº 284).

• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •

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