Revista Axxón » «Correspondencia anómala», Marco Valentín Montenegro - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

Argentina ARGENTINA

—Es que la descarada ni siquiera lo disimula. El otro día salió maquillada, con los labios pintados, las pestañas arqueadas, un top que ruborizaría a una prostituta y minifalda que más que cubrir, ventilaba. ¿Sabés a dónde me dijo que iba?

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

—¿A dónde? –preguntó Mario.

—Al museo con una amiga.

—La mía me dijo que iba al shopping. Son todas iguales –barboteó antes de terminar la tercera cerveza.

Rafael también había tomado un poco de más. Tenía la mirada vidriosa y rodeaba con ambas manos la jarra de cerveza medio llena. Desde que descubrió una semana atrás que Alicia lo engañaba se emborrachaba todas las noches.

—Hay algo muy extraño en este asunto, las cartas que le manda este tipo.

—¿Cartas? ¿Quién manda cartas?

—Eso me pregunté yo. Las encontré al revisarle la mesita de luz. Tiene diez, cada una más rara que la anterior. Mirá, le saqué una para mostrarte.

Rafael sacó de su mochila un sobre blanco ni nada escrito en la superficie. Desplegó la carta que venía dentro, escrita de un solo lado con una letra tenue y caligrafía irregular. Mario intentó leerla.

—¿Qué dice?

—Me costó mucho descifrarla, parece letra de receta. Te leo la primera oración:

Mi amor, ansío deleitarme con esos tus preciosos veverrnáculos.

—¿Quién dice “ansío deleitarme”? –preguntó Mario.

—¿Eso es lo que te llama la atención? ¿Qué corno es un veverrnáculo?

—No habrás entendido, la letra es muy mala.

—Releí esta carta unas diez veces, estoy seguro de lo que dice.

—Será algo médico entonces. Capaz una enfermedad, o algo de la vagina.

—No creo, en internet no encontré nada. Escuchá esto:

Sueño con ristrar esos jugosos gárgulos tuyos.

—¿Qué son los “gárgulos”? –dijo Mario.

—Ni te molestes. Busqué varios de esos términos, pero la mayoría, o no tienen traducción, o les falta sentido en el contexto. Te doy un ejemplo más:

Te voy a gargasear hasta que ambos chorreemos rombolones, ¿sí?

—Es extrañamente explícito, a su manera.

—¿Viste? Así es toda la carta, se siente como porno disimulado. Finaliza con “Tuyo, tu fiel Moliere”.

—¡Ah! Ya sabemos que es un franchute.

—No estoy seguro. Creo que es una referencia a Don Juan. Este tipo debe considerarse una especie de seductor. No importa, no me voy a quedar con la duda. Decidí que la próxima vez que Alicia salga, la voy a seguir, y los voy a fotografiar in fraganti para tener pruebas en el juicio.

—Hacés bien. Yo cometí el error de darle a mi ex esposa otra oportunidad y al final se fue con un empleado de comercio. Prometeme algo.

—¿Qué?

—No dejes que se quede con el coche –dijo Mario, con repentina severidad. Sus ojos aguados no terminaban de enfocar a Rafael.

—Te lo prometo, y vos dejá esa jarra, que ya tomaste suficiente.

El coche tuvo que dejarlo en frente del bar. Hacía tres cuartos de hora que Mario se tomó el colectivo y Rafael todavía esperaba, así que, como su casa no estaba tan lejos, decidió irse caminando. Con los sentidos amortiguados y de noche, erró dos veces el camino, se tropezó con unas raíces y se cayó, y espantó a una mujer que, al verlo acercarse, cruzó al otro lado de la calle. Para colmo vomitó del mareo. Entre traspiés y equívocos, llegó cansado, dolorido, sucio y maloliente.

—Hola amor –lo saludó Alicia.

Revisaba el celular en la cama. Ofreció los labios para que Rafael la besara, pero cuando este pasó de largo y se metió en el baño los frunció.

—¿Estuviste tomando?

Rafael la ignoró. Se desvistió e hizo gárgaras para sacarse el gusto a alcohol.

—Rafael, ¿estuviste tomando otra vez?

Él buscó una pastilla de buscapina, pero ya no quedaban. Después colapsó boca abajo en el colchón, en calzoncillos.

—No sé qué te pasa.

“Sí, hacete la boluda nomás” pensó Rafael, aunque el desgano no le permitía replicar.

—No haces nada, no querés nada. No tenés ambiciones, no te gusta tu trabajo pero seguís dale que dale, como un esclavo, y a mí me tenés abandonada. Te pasas las noches con el inútil de Mario, llegas a casa y te tirás en la cama apestando a vómito. Ni un beso me das. Hey, te estoy hablando, ¿no me vas a contestar?

A Rafael le retumbaba demasiado la cabeza como para articular media oración. Balbuceó una incoherencia con tono molesto y hundió la nariz en la almohada hasta que comenzó a roncar. Antes de dormirse escuchó como Alicia rezongaba y le daba la espalda.

En sueños, en aquel recoveco de la mente donde la fantasía se descontrola, Rafael atrapaba a Alicia y a su amante, que hablaba francés, y los sometía a las más espantosas humillaciones y tormentos. Ambos terminaban suplicándole perdón pero él continuaba con su venganza, y le arrancaba al amante su estúpido bigote, pelo a pelo, con una pinza. Cosa extraña, el bigote, porque Rafael parecía imaginarse a su enemigo como el modelo de lo masculino y de lo deseable, alto, con un abundante vello facial y musculatura escultural. Se despertó con una sonrisa de satisfacción y una horrible resaca. Estaba solo.

Rafael recordó que debía devolver la carta a su sitio. La llave de la mesita de luz se ocultaba en el fondo de unos tacos altos que Alicia arrumbaba en una esquina dentro del ropero. Rafael la encontró por casualidad, una tarde en que volteaba el calzado para verificar que no tuviera arañas. La probó en varias cerraduras antes de insertarla en la mesita de luz, ya que Alicia le había contado, tiempo atrás, que esa llave estaba perdida. Para su sorpresa, el cajón abrió, y las indignantes cartas salieron a la luz.

Dejó la carta en la mesita de luz y revisó las otras. El extraño tono y la oscuridad de la escritura lo intrigaban. A su pesar, releyó una, fechada dos semanas atrás:

Mi querida y dulce Alicia

Si aunque sea la mitad de las cosas que nos hemos dicho son ciertas, asumo que me extrañas en la misma medida en que yo te extraño a ti, o por lo menos, en similar medida, con un margen de error de dos, digamos, como si yo te extrañara un diez y tú a mí un ocho, o incluso, siendo generosos, un nueve, cosa que me repletaría de emoción pero que no tengo manera de confirmar de manera empírica por el momento. Hielo en deseos de cuchichear con vos y que nos acurruquemos docenas de rondas. Adoro urisquearte, y los olores que emanas me provocan sensaciones paracaidísticas, ¡casi como una gurrfa! Cada contacto con tus veverrnáculos es una arritmia inolvidable, y continúo estupidizado desde la última vez que nos vimos. No puedo esperar para que nos reencontremos, ya sabes dónde.

Tuyo, Moliere

“Y dale con los veverrnáculos” pensó Rafael. Le indignaba que su esposa recibiera esas cartas, pero también lo decepcionaba que Alicia le hiciera caso a alguien que llamaba a una sensación “paracaidística”. Se concentró en el problema de determinar la ubicación de aquel “dónde” que refería ese asesino gramatical. El dónde, razonó, sería subsidiario del cuándo, tácito al final de la carta, pues en el momento en que Alicia saliera Rafael la seguiría hasta el lugar del encuentro.

Pero, ¿qué hacer al llegar? El dios griego Hefesto atrapó a su esposa Afrodita junto a su amante Ares en una red dorada mientras consumaban el acto amoroso, y los expuso para que el resto de dioses se riera de ellos. A falta de redes Rafael se las debía rebuscar un poco más. Matar no iba a matar a nadie. Que le dijeran cobarde o poco hombre todo lo que quisieran, él no era un asesino. Además, el arma, ¿de dónde sacarla? En la casa había una pequeña hacha que usaban con la leña, y no se imaginaba venciendo a nadie con ella, menos a un hombre corpulento con un bigote frondoso. No sabía disparar, y menos dónde conseguir un revólver. En las películas estadounidenses el asunto era sencillo. Todo esposo ofendido tiene un arma en algún cajón. Es más, Rafael sospechaba que compraban el revólver al casarse, por las dudas. El caso es que descartó la violencia. Una fotografía bastaría.

Como él trabajaba de mañana a tarde y durante las noches iba al bar, ella tenía un amplio horario para hacer lo que se le antojase. Rafael tendría que amagarle, hacer como que se iba, y después regresar para esperarla. De algo le sirvió inmolarse en el trabajo. Aprovechó los días acumulados de vacaciones y se tomó una semana de receso.

Como siempre, se despedía de su esposa temprano y conducía en dirección a la oficina. Sin embargo, en cuanto se alejaba lo suficiente regresaba por una calle paralela y se estacionaba en una esquina, escondido detrás de un tilo que le ofrecía perfecta visión de su hogar. Termo de café en mano y binoculares al alcance, esperaba. Hubo varias falsas alarmas. Después de una persecución frenética descubría que Alicia iba a verse con una amiga, o a hacerse las uñas al centro. Al final Rafael volvía a casa adolorido por la jornada de vigilancia.

La monotonía de su esposa lo consoló. Salvo lo de engañarlo su vida no tenía muchas emociones. El viernes, después de esperar durante horas y con los músculos resentidos, Rafael agotó los últimos restos de café. Eran las seis de la tarde y el cielo se oscurecía. Para entretenerse se había llevado una novela y una de las cartas que más rabia le daba. Harto de la novela, releyó por tercera vez la carta. Databa de hacía un mes y decía…

Mi hermosa salivosa Alicia

Sé que te encanta escuchar del lugar de dónde vengo. Allí, te lo aseguro, ya te habría hecho una emperatriz. Son pocas las equis griegas y todas de mucha importancia en los asuntos públicos, pero, habiéndolas conocido íntimamente a todas, con lujo de detalles, sé que ninguna tiene la flexibilidad, las curvaturas, lo elástico ni lo maleable que tienes tú. Me has descubierto todo un mundo de articulaciones y de ligamentos y contigo se me revelaron innúmeras posturas para el gargaseo que ni siquiera imaginaron nuestros sabios más sabios. Y estas cosas, que a ti te parecen tan naturales y que haces con espontaneidad insólita, son muy valiosas allí. En general las equis griegas son más bien rígidas, mientras que tu lomo felino por momentos pareciera cerrarse sobre sí mismo y tus gárgulos, ¡oh tus gárgulos! Se estiran, se contraen, se contorsionan, con la facilidad que tienen las aves para acicalarse, y es uno de los espectáculos más alelantes que he visto. Causarías una muy buena impresión. Por eso espero que aceptes mi oferta. Puedes traer todo lo que quieras, mientras sea inorgánico, y te asegures de que tu equis equis no se entere de tu partida. No quisiera tener que inhabilitarlo.

Tuyo, tu Moliere

“Este desgraciado no se contenta con levantarse a mi esposa, sino que se la quiere llevar a algún lugar raro. Tal vez a una comuna francesa” pensó Rafael mientras se mordía los nudillos. Además, estaba loco. Nadie que concibiera el adjetivo “salivosa” y lo aplicara sin ironía participaba del patrimonio común del espacio y el tiempo. ¿Y qué carajo era una equis equis?

Se interrumpió. Un vehículo había estacionado frente a su casa. Un par de minutos después vio salir a Alicia maquillada, con el top y la minifalda. La descarada se subió al asiento de atrás y el vehículo se fue. ¡Por fin! Rafael arrojó a un costado la carta, se inclinó sobre el volante y arrancó.

Durante media hora se alejaron del centro de la ciudad, mientras los edificios se achicaban y distanciaban, hasta que salieron a la ruta con el cielo ya oscuro. Ni siquiera había iluminación eléctrica, solo estrellas y una vasta llanura. Unos minutos después emergió un sórdido y barato hotel parador de dos plantas, en el que el vehículo estacionó. Rafael se detuvo a un costado de la ruta. Con los binoculares observó cómo Alicia le pagaba al chofer, cómo esperaba a que se fuera, cómo después subía por una escalera al segundo piso, y cómo entraba en una habitación.

En el estacionamiento había una camioneta y un sedán azul. Rafael se estacionó. Ahora tendría que aplacar su impaciencia y darles un poco de tiempo a los amantes para que iniciaran el ritual amoroso. Si no, no habría foto in fraganti. Decidió que diez minutos fueron suficientes. Se apeó del coche y se dirigió a la habitación, con el celular en la mano. Apoyó el oído en la puerta y escuchó temblores de cama y gemidos familiares. Se cuestionó cómo irrumpir. “Tal vez estos sean tan confiados que dejaron la puerta sin llave”. Presionó con cuidado el picaporte y la puerta se abrió.

Asomó la cautelosa cabeza, primero la frente, luego las cejas, hasta que llegaron los ojos, todo lentamente, reteniendo el aliento, con inmenso cuidado, pero, en cuanto vio lo que yacía tumbado debajo de Alicia, toda la discreción se desarmó, abrió la puerta de golpe, emitió un gemido ahogado de horror y desconcierto, tres pares de ojos se volvieron hacia él, y exclamó:

—¡Alicia! ¡¿Qué es eso?!

También a Alicia casi se le para el corazón. Balbuceó algo, aturdida, y debajo de sus piernas desnudas aquella criatura antropomórfica con cuatro ojos se retorció.

—¿Me seguiste, estúpido?

—¿Vos te haces la indignada? ¿Quién es la que está desnuda sobre un monstruo?

Mientras el matrimonio discutía, lo-que-fuera-eso se mantenía en su posición y miraba incómodo hacia el techo.

—¡No es un monstruo! Es un extraterrestre, y se llama Moliere.

—¿Y a mí qué me importa cómo se llama? ¡Parece salido de un desastre nuclear! ¿Qué hacés con esa cosa?

—Esa cosa me presta atención, no como vos, que tenés la cabeza todo el día en la oficina. Además, me va a convertir en la reina de su planeta.

—En la reina de las pelotudas te convirtió.

Una lámpara de mesa pasó por encima de la cabeza de Rafael.

—¡Qué hacés, desgraciada!

Esta vez un objeto contundente le dio en la nariz, que le empezó a sangrar.

—¡No te aguanto! ¡Andate! –gritó Alicia.

—¿Ah sí? Me voy, pero todo el mundo se va a enterar de esto —Sacó la foto—. A los periódicos, a los noticieros, ¡hasta a tu familia se la voy a mandar! ¡Vas a quedar como una puta interplanetaria!

—¡No, pará!

Pero Rafael no tuvo ocasión de enviar la foto. Moliere, con un movimiento rápido, se quitó a Alicia de encima y enarboló una extraña herramienta, parecida a una pistola de agua de juguete. Antes de que Rafael reaccionara, proyectó sobre él un rayo fosforescente que, en un instante, lo volatilizó. La habitación se llenó de un leve olor a quemado, como si hubieran encendido un sahumerio.

Alicia estaba boquiabierta.

—¿Qué hiciste?

Moliere dejó el arma en la mesita de luz y se paró.

—Lamento lo de tu equis equis querrrida –su voz vibraba como una caja acústica—, pero se nos tiene sumamente prohibido que nos descubran. Voy a tener que escribir un informe de lo ocurrido.

Suspiró, como si la idea de escribir el informe ya lo agobiara de antemano. Alicia continuaba mirando el espacio donde antes estaba su marido. Una leve voluta de humo se retorcía.

—Lo mataste.

—Interrumpí su existencia. Volverá a tenerla en el próximo ciclo del Tiempo. ¿Dónde están mis pantalones?

—Por ahí.

—Ah, sí.

Se los puso. Se ciñó un cinturón con una funda en la que guardó el arma, y luego se echó encima una túnica amplia que le cubría el cuerpo. Ni siquiera se distinguían sus cuatro brazos.

—¿Qué hacés? ¿Te vas?

—Sí. Tendremos que cancelar nuestro viaje querrrida. Se nos tiene sumamente prohibido recurrir a la violencia a menos que sea la última opción. Según el protocolo, ahora debería interrumpirte a ti también para eliminar cualquier evidencia del incidente –Alicia tembló—. Sin embargo, debido al cariño que te tengo y a los muchos placeres que me presentaste, voy a arriesgarrrme y permitirte continuar con tu ciclo. Aunque es obvio que ya no puedo llevarte conmigo. Ya la inhabilitación de tu equis equis supondrá una severa sanción. Si te llevo, podrían suspender mi licencia de investigador sexual interplanetario. En fin, lamento que las cosas terminaran así.

Dicho esto, Moliere salió de la habitación. Alicia, cubriéndose el cuerpo con una sábana, lo siguió como podía, intentando detenerlo.

—Cariñito, amor, estrellita, corazoncito galáctico. ¡Hey! Pará un momento, hablemos, ¿qué hay con lo de convertirme en reina?

Moliere ni la miraba. Bajó las escaleras y avanzó hasta el sedán azul estacionado fuera del hotel. Abrió la puerta del vehículo y Alicia lo sujetó de uno de los brazos.

—¡Llevame! ¡Por favor! No tengo nada acá.

Moliere se dio vuelta, e imprimió cuanta ternura pudo en sus cuatro ojos.

—Te quiero querrrida. Siempre recordaré tus preciosos veverrnáculos –dijo, mientras con dos dedos azules acariciaba una oreja de Alicia.

La besó atrayéndola hacia sí con una mano en su cintura. Después la apartó y, habiéndose sentado al volante, le cerró la puerta en la cara. Ella continuó llamándolo y pegándole a la ventanilla hasta que el sedán arrancó y cobró velocidad, alejándose por la ruta. Luego de pisotear el suelo, Alicia contempló cómo, en la lejanía, el vehículo aceleraba, se elevaba y, convirtiéndose en un brillo azul, se precipitaba en el cielo hasta desaparecer.

—¡Hijo de puta! –gritó.

Después un viento frío casi le arrancó la sábana y subió a la habitación a vestirse.


Marco Valentín Montenegro vive en San Miguel, Buenos Aires, Argentina. Es estudiante universitario.

• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •

2 Respuestas a “«Correspondencia anómala», Marco Valentín Montenegro”
  1. Guillermo dice:

    Me encantó. Mantuvo la tensión hasta el final.

  2. Verónica dice:

    Una forma muy creativa de encarar un tema visto, de una manera singular y atractiva, con un humor inteligente y divertido.
    Me encantó leer Correspondencia Anómala.
    Gracias

  3.  
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