«Esa medianoche en Caminito», Toledo D. Oliveira
Agregado en 20 marzo 2026 por Marcelo Huerta San Martín in 310, Ficciones
«Cuando el Diablo tira las cuerdas, todo el mundo debe bailar.»
—Ingmar Bergman, El séptimo sello (1954)
I
Su Ford Tudor negro del ‘34 gruñía como una bestia desencadenada, liberando rugidos sobre el empedrado caliente. La ciudad ardía en vapores densos, y el aire de esa medianoche era de fiebre: pesado, húmedo, casi vivo.
La oscuridad no era ausencia de luz. Era una presencia. Una cosa. Una capa invisible que se aferraba a la piel. Las calles parecían sudar podredumbre.
Las luces mortecinas convertían cada esquina en un altar pagano. La realidad se torcía como metal al rojo vivo.
Sombras crepitaban, siluetas se doblaban sobre paredes húmedas, figuras imposibles que aparecían donde no había nadie.
Los edificios —ahora tumbas con ventanas por ojos— lo observaban atentamente.
El Tano no sabía si lo que veía era real o una broma de su cerebro achicharrado. Veía cosas. Sentía la respiración de lo que no debía tener pulmones.
Los demonios de la culpa tomaban las calles por las noches, danzando un vals de condena en cada esquina.
En un callejón, una figura se disolvió en el ladrillo. No se fue: se descompuso en él. Y dejó un aroma dulzón, metálico, podrido. Como si algo muerto hubiera sonreído al verlo.
—Clarita… —murmuró Estanislao, con la voz quebrada. La imagen volvía una y otra vez: su hija, sin piel, sobre la mesa de la cocina.
El Tano no era un santo. Había dejado la venta de droga con el Gringo para quedarse solo con las cobranzas, intentando mantenerse limpio. Pero la abstinencia lo quebró. Volvió a tocar la mercancía. Y eso selló su destino.
El Patilla tenía una frase que se le clavó como una daga: “No te van a matar a vos. Van a matar a los que más querés.”
Ahora, el Tano no conducía. Era conducido a las puertas de la locura. Un viaje cortesía de la rabia, la sed de venganza y también por la certeza absoluta de que todo lo que había amado estaba muerto.
En este viaje, el pasaje solo era de ida.
II
—Nadie merece eso. Ninguna criatura merece ese final—exclamaba el Tano mientras mordía sus labios hasta hacerlos sangrar, se clavaba las uñas en la palma de su mano.
Pero Estanislao lo sabía desde que empezó en el negocio pesado: cada trato era una bala con su nombre, y cada enemigo era una lápida esperando grabado.
Había reglas. “Que tus enemigos te conozcan lo menos posible.” No recordaba quién le dijo eso, seguro era del Patilla, sea como sea, tenía razón.
Cruzó la avenida Regimiento de Patricios y dobló en Magallanes. Se desvió hacia un pasillo diagonal, pegado al Riachuelo.
Ahí, bajo faroles trémulos y muros sudados, el aire era más espeso que nunca. El motor del Tudor ‘34 gruñó hasta que se detuvo. Las sombras se arrastraban por los muros como si respiraran. Y desde el fondo de ese túnel gótico surgió una voz.
—Meriggini… ¿Tenés un tabaquito?
Rosendo Jacinto Vilchez, “Tabaquito”, parecía una estatua de harapos. Viejo vagabundo curtido por el alcohol y la calle, con los ojos rojos de haber visto cosas que nadie debería ver.
—¿Cómo estás, Tabaquito? —dijo el Tano, con una calma falsa. La que uno tiene cuando lleva un machete escondido bajo el asiento y el infierno en la garganta.
—Hay cosas raras en la calle, Tanito. Pero fuera de eso, bien —dijo el viejo, encendiendo un cigarrillo con manos temblorosas. Ambos sabían que la noche estaba podrida. El aire mismo parecía tener memoria.
—¿Viste al Gringo? ¿Alguno de sus hombres? —Estanislao preguntó mientras veía, en el espejo retrovisor, una sombra de fino contorno y largas extremidades que cruzaba la calle.
Pero fuera de ese delirio que el Tano vivía, la pregunta estaba cargada. Tabaquito la entendió al instante. Lo conocía desde la escuela. Sabía leer entre líneas. Y esta vez, las líneas gritaban venganza.
O algo peor.
—Sí. Lo vi. Iban por las vías. Pasaron por acá. Cuatro tipos. El Gringo, los rusos —Sergio y Juan Volkonsky— y el Turco, Demetrio Yavuz. Decían que iban hacia tu conventillo. —El Tano no respondió. Pero su mirada se perdió en las sombras. Estaba recordando el olor a carnicería que invadía su comedor. Tabaquito lo miró con lástima.
Sabía que Estanislao estaba más allá de la furia. Estaba en ese lugar donde la ira se transforma en algo peor: en destino irrevocable.
En la calle, saber menos es vivir más. Y Rosendo sabía exactamente cuánto callar. Pero claro que recordaba la traición. No había sido una deuda. Fue algo peor: una rotura del código. El Tano, en la miseria, aceptó cuidar una carga del Gringo. Pero la abstinencia fue más fuerte que el orgullo. La tocó. La vendió. Se cavó su propia fosa, o mejor dicho la de Clara.
Esa no era “droga”. Era una promesa. Una promesa sagrada de la calle. Y la rompió —¿Dónde está el Gringo ahora? —la voz del Tano salió ronca, como oxidada.
—Dicen que volvió al galpón de Cipriano. Estuvo desmayado, o muerto, parece. Lo buscan los del Patilla también y te están buscando a vos. Hay viento de muerte, Tanito. Si sabés escuchar… la noche lo cuenta todo.
—Gracias, Rosendo. Si lo ves, decile que lo estoy buscando —dijo el Tano.
Le dejó tres cigarrillos más y arrancó el motor.
Tabaquito volvió a su colchón mugroso, rodeado de cuatro perros famélicos. El calor era pegajoso, y las sombras se apretaban contra los faroles como si quisieran apagarlos.
La noche estaba viva. Y tenía hambre de justicia por mano propia.
III
No eran humanas. Ni siquiera parecían vivas. Pero lo estaban… a su manera.
Estanislao no bajó.
Observaba a las sombras, mientras dentro suyo, algo se quebraba.
La ira, que había sido un fuego, empezaba a pudrirse. Daba paso al dolor. Un dolor seco, sin forma, como ácido lento derritiendo los bordes del alma. El recuerdo de Clara… su rostro ausente…No. No podía más.
Apoyó el machete sobre las piernas, temblando ¿Matarse? ¿Matar a otros? ¿O solo dejarse consumir por el dolor? Y ahí, como un mensaje del infierno, volvió la voz del Patilla: “La venganza se sirve fría…pero se cocina lenta”
Estanislao rompió en llanto como un chico perdido. Como un padre sin consuelo, como un hombre derrotado.
Se quedó ahí, horas, estacionado detrás de aquel auto. Fumando tabaco y mirando la luna que palidecía reflejada en el Riachuelo. No buscaba consuelo, solo silencio.
Hasta que los vio salir. Cuatro hombres. Pero no eran los del Gringo. Ni siquiera lo reconoció entre ellos. El Gringo no estaba. Podía estar en cualquier lado. En otra provincia. O en Uruguay. O muerto.
Las sombras ya no estaban fuera del auto. Estaban adentro. Le susurraban cosas. Cosas que lo hacían sangrar por dentro.
Estanislao encendió otro cigarrillo. Metió primera y volvió por el mismo camino, al mismo conventillo, como si repitiera una pesadilla sin fin.
Y entonces lo hizo. Entró a la casa, invadida por ese olor a matadero abandonado, tomó el cuerpo de Clarita, aún sobre la mesa, tibio y húmedo por la sangre que seguía fluyendo lentamente. Cuando cargó el cuerpo, un chasquido se produjo en la cervical de Clarita, le habían quebrado el cuello.
Entonces la metió en una caja de madera donde Clara solía guardar sus juguetes. La metió allí junto y cargó la caja al Ford. Jamás se lo volvió a ver.
Kilómetros y kilómetros de asfalto muerto bajo la luna, con la caja en el asiento trasero, como una confesión que no se puede borrar. El olor era insoportable: no sólo a muerte, sino a algo más… olía a carne vieja, a castigo divino.
Se detuvo en un arcén perdido. Un cartel decía:
“Kilómetro 1001 a San Pedro”. Sacó dos latas de kerosene del baúl. Roció la caja y la encendió mientras rezaba un Padre Nuestro. Las llamas bailaban como demonios de la condena regocijándose de la tragedia de Estanislao. Oía sus cavernales risas en el chispear del fuego.
Las estrellas eran testigos del único funeral posible en ese momento. Estanislao ya no podía llorar más, la angustia se le atoraba en la garganta y los ojos estaban tan hinchados y húmedos que apenas podía ver algo.
Siguió manejando. Pensaba ir a Uruguay. Iba camino a Gualeguaychú, de ahí a Fray Bento y bueno, lo que el destino le depare.
Pero no podía dejar las cosas así como así. Esa imagen lo iba a atormentar por el resto de su vida. Mientras atravesaba las inmensidades oscuras de la ruta, el Tano iba pensando que la venganza no era un plato frío ni había que cocinar los ingredientes con calma. La venganza era un veneno lento que él había estado bebiendo intensamente.
La caja seguía pesando en la parte trasera del Tudor. No estaba físicamente allí, pero estaba allí. Se miró a él mismo por el retrovisor y se vió muy demacrado.
Esa idea se desvaneció cuando oyó nuevamente el chasquido que hizo el cuerpo de Clara al levantarlo de la mesa. Y ese olor.
Dulce y podrido.
Allí estaba Clara, en el asiento del acompañante, bañada en sangre, con las articulaciones y tendones vibrando.
Con una aparente sonrisa de ultratumba. Los ojos bien abiertos, el hedor mortal del oxido sanguíneo. Esta aparición dio un alarido que llegó a lo más profundo del alma de Estanislao. El Ford comenzó a perder velocidad. A unos veinte kilómetros de Gualeguaychú, se detuvo solo. Dentro, Estanislao Meriggini había muerto de un paro cardíaco. La autopsia diría que fue producto de la cocaína. Pero no, murió por el odio que lo carcomía.
IV
Cornelio McAllister —el Gringo— miraba fijo por la ventanilla, pero no veía el camino. Veía posibilidades. Pesadillas. Errores o muerte.
—Si no la hago, van a matar a Alfredito… —murmuró. La frase se le escapó, más rezada que pensada. Nadie respondió, pero la noche sí.
Devolvió el susurro con una ráfaga caliente, como si el infierno respirara justo detrás del oído. Tenía miedo. Un miedo hórrido, del tipo que se te pega a las entrañas. Y no por la policía. No por el Tano. No por los rusos ni el Turco. Tenía miedo de sí mismo. Porque sabía que lo iba a hacer. Las calles de Buenos Aires eran túneles tenebrosos de condena mortal.
La ciudad… se retorcía. El cielo parecía una piel corrompida que estaba extendida en todo el firmamento.
El Gringo encendió otro cigarrillo, en un semáforo en rojo, tenía las manos temblorosas. La luz roja se le introdujo en la visión —que se puso muy nítida de repente— de una manera infernal, oyendo gritos desesperados en su oído, como si lo que iba a hacer, pasara de antemano en sus sentidos.
Tenía las manos transpiradas y gotas de sudor se deslizaban por su frente. También estaba fuera de sí. El humo le nubló la vista pero no las voces en su cabeza.
El conventillo del Tano aparecía entre los pasillos como una trampa, un campo minado, una trinchera.
Un altar para el sacrificio.
—Vos quedate afuera, Rusito —dijo el Gringo—. Campanita, avisas si viene alguien.
Juan Volkonsky asintió con expresión de terror.
El Turco se pasó una mano por la cara. Estaban todos más nerviosos de lo habitual, el Gringo era el único decidido.
—¿Dónde está el Tanito ahora? —preguntó el Turco.
—En su cabaret de Constitución. Tiene un problema con un cliente… o eso nos dijeron. No importa —dijo el Gringo, pero sus palabras eran piedras en la boca. No había un plan, había urgencia, los hombres del Patilla lo estaban buscando, el Tano lo haría después de eso.
No había justificativo ante los cielos, sólo había miedo y culpa.
Su mente se desgarraba mientras conducía, se aferraba al volante como si soltarlo significa soltar la vida…
Y recordaba una frase del Patilla: ‘No te voy a matar a vos, voy a matar a los que más querés’. Si no cumplía, Alfredito sería la moneda de cambio.
La Parca veía y sentía todo desde las sombras.
V
Cornelio McAllister tragó saliva, estaba sentado al otro lado del escritorio de roble barnizado delicadamente. Se encontraban en una oficina del Gobierno de la Nación que olía a cera, tabaco y almas condenadas.
—Pero, Patilla…¿Tanto problema por setenta gramos? —se animó a decir, con más desesperación que coraje.
Saúl Rondón, alias el Patilla, no contestó de inmediato. Encendía un puro con un parsimonioso ademán, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Cuando habló, lo hizo sin apuro.
—No es droga común, Gringuito. Es mercadería diplomática, va para el jefe de la zona oeste, dónde están los verdaderos pesados —el Patilla daba una larga calada a su puro, muy lentamente—, la van a repartir entre sus muchachos y la van a probar. Es mi oportunidad para entrar a esa zona del diablo sin tantos muertos de por medio.
Un regalo.
Una llave, una condena de muerte.
Cornelio bajó la mirada, se fijó en las palmas de sus manos.
—Solo hay que guardarla y después llevarla a Hurlingham, cerca de Campo de Mayo, ahí trabaja el jefe del oeste, es Comandante, así que mandá a alguien educado.
El Patilla firmaba documentos mientras hablaba, sin mirar a Cornelio.
—Si me falla esto, me falla el mapa, estoy por abastecer a todo Buenos Aires. —sentenció Saúl.
Una larga pausa se dió en la oficina. Cornelio rompió el silencio.
—¿Y si se pierde…? —intentó preguntar, pero el Patilla levantó los ojos por primera vez sin dejar terminar la frase.
—Entonces, se me ocurre matar a toda tu familia frente a vos. Y con vos —Patilla hizo una mueca similar a una sonrisa de desprecio, volvía a bajar la vista—. Ya veo qué hago, algo creativo.
Cornelio se quedó mudo, las palabras se le atoraron en el pecho. Patilla siguió hablando.
—Querés saber lo que le hice al Turco Yavuz? Antes él era concejal, me estafó con una importante suma de dinero. Le hice ver cómo torturaban y mataban a su prometida. Ahora labura con vos, creo…No te lo dijo? —lo dijo como quien comenta el resultado de un partido.
Cornelio quería levantarse y volarle la cabeza con su Ballester Molina .22, pero lo único que hizo fue apretar los puños y las muelas.
—Mira, Gringo, hagámoslo simple, —siguió el Patilla, era un monólogo— esperas dos meses, vas a Campo de Mayo y preguntas por el Polaco, vos o quién vaya tienen que decir que son los sobrinos del Peluca, así me llaman en el oeste.
—Va a ir Estanislao Meriggini —dijo Cornelio, tragándose su alma—. El Tano está limpio hace rato, ahora solo cobra lo que me deben.
El Patilla asintió
—Lo conozco, trabajó un tiempo para mi antes de volver a Italia…si no falla, estamos bien…pero si falla…
El silencio fue peor que cualquier grito. Saúl siguió.
—Tenés que cobrarte con su hija, Clarita. Pero le tenés que hacer algo muy feo. Si no lo hacés…yo lo hago con el pequeñito tuyo. Tu favorito…Alfredito. Sabés que me gusta ser original, me gusta dar escarmiento, que la gente no se olvide por qué están viviendo ese infierno —el Patilla había dejado de firmar mientras miraba inclinadamente a Cornelio—. Es así este negocio, querido.
El Patilla fue bajando la voz y el Gringo iba palideciendo. Para Cornelio, una víbora se había metido en su cerebro y se lo estaba engullendo completo.
—Tres años tiene Alfredito…Clarita tiene once —susurró, apenas.
—Entonces que nadie se equivoque, Cornelio, ni vos ni Estanislao.
El Patilla volvió a los papeles. Cornelio se levantó de aquel elegante sillón de un cuerpo, al otro lado del escritorio de roble. Estaba vivo, de eso no había duda, pero se sentía vacío, empujado al averno.
Extendió una mano como si de un perro obediente se tratara, el Patilla no se la devolvió. Cornelio salió de las oficinas sin mirar atrás, caminó hasta el Obelisco.
Lloró todo el camino. Sabiendo que el Diablo tenía otros nombres y apellidos, con direcciones exactas en dónde encontrarlo.
VI
El Chevrolet frenó a unos metros de la entrada. Dentro del coche, todos respiraban como si el aire estuviera en llamas.
—Está sola —dijo el Turco, mirando las casillas—. No hay nadie alrededor.
El Gringo sintió risas, no de sus acompañantes, sino risas dentro de su cabeza. Como si los mismísimos demonios se dieran una vanagloria de lo que iba a pasar.
La noche no los envolvía, los masticaba. La asfixia se podía tragar.
El Rusito, el más chico, temblaba. No decía nada. Los demás estaban en una anestesia irrisoria. Se habían metido nuevas dosis minutos antes, como unos cobardes que no quieren recordar lo que van a hacer.
Excepto el Rusito, aún era…casi un nene, solo unos siete años más grande que Clara.
—Tres años…Alfredito tiene… —murmuraba el Gringo, no sabía si rezaba o se condenaba.
—¿Qué dijiste, Gringo? —preguntó el Turco, con la mandíbula apretada.
—Nada, fumemos un cigarrillo y entremos.
—Mientras más rápido, mejor —escupió el Ruso, tan duro como un ladrillo.
El Gringo encendió un cigarrillo, tragó humo como quien traga veneno. Recordó, como una centella del horror, la frase maquiavélica del Patilla.
Una que se había mantenido oculta por la decadencia humana que representaba la idea. La frase completa había sido: ‘Tenés que cobrarte con la hija. Le sacás la piel, por ejemplo, esos detalles me interesan, demuestran lealtad’.
Un detalle.
Nadie dijo nada, nadie se opuso, nadie tuvo la valentía de detener la tragedia.
Entraron y la casa del Tano se tragó a los cuatro hombres como una boca sin fondo, un portal al abismo.
—Papá, ¿Sos vos? —se había oído a Clara en su habitación, cruzando el umbral del comedor. Los hombres avanzaron.
Cuando salieron —tiempo después, sucios, ensangrentados, vacíos y rotos— nadie miraba a nadie.
En el auto…solo el silencio.
Antes de llegar a la esquina con Magallanes, viniendo del conventillo del Tano, el Chevrolet Master comenzó a descender la velocidad, el Gringo, que manejaba, tenía la cabeza contra la ventanilla.
El se estrelló contra un álamo a una velocidad baja. El Gringo tenía los ojos abiertos pero ya no veía. El Turco fue el primero en hablar.
—Se… se nos fue de las… manos, Gringo Querés parar a tomar aire?
El Ruso lo miró por el espejo retrovisor, desde el asiento de atrás.
—Está seco, no sé qué le pasa, llevémoslo a lo de Cipriano. Pasalo al asiento del acompañante… Cornelio McAllister había muerto de un paro cardíaco. La autopsia diría que fue producto de la cocaína. Pero no, murió porque el infierno reclamó su alma para demonizar.
VII
Desde las cloacas del infierno.
Dicen que no hay viento, pero todo se mueve. Dicen…
Dicen que en esa intersección, cuando el reloj marca la una y treinta exactas, se escucha un motor…un gruñido enfermizo como de un jabalí con rabia. Pero no cualquier motor.
Un motor V8, antiguo, oxidado, resucitado de la chatarra y la tragedia.
El motor del Tudor ‘34
El auto aparece sin previo aviso, no lo ves llegar, simplemente aparece.
Estacionado, quieto, con las luces apagadas. Como si los hubiera estado esperando desde aquella primavera de 1943.
Adentro siempre se ven dos figuras, pero los vidrios están tan sucios y empañados —por la niebla de blasfemias que los trae a este mundo de nuevo—. Entonces no se puede distinguir bien pero… Si se puede ver que el conductor es un hombre encorvado, con el traje elegante de los tangueros y un sombrero de ala ancha, no se le ve el rostro. Tiene la cabeza apoyada contra la bocina, pero no suena. Está muerto hace más de medio siglo. Es el Tano.
La segunda figura es… sencillamente peor.
Una chica en el asiento del acompañante, sentada, recta. Inmóvil, con los ojos bien abiertos, posándose en los incautos que transiten por allí.
No tiene piel, la carne viva emite un latido demoniaco que hace vibrar ligeramente el auto. Como si estuviera respirando. El auto deja caer sangre a caudales desde la puerta del acompañante, sangre que permanece allí hasta mucho después de la aparición. Es Clarita.
Dicen que si te acercas al auto, podés distinguir los ojos atentos, inquietos. Pero no te miran, te observan detenidamente.
Y justo cuando estás a centímetros, cuando la respiración se te entrecorta y el vaho dulzón y podrido te revuelve el estómago, cuando sentís que vas a gritar por el miedo, la imagen desaparece. No se esfuma ni se desvanece, simplemente…ya no está. En su lugar queda solo eso, el aire denso.
Una bruma fantasmal, un aroma a azúcar quemada y carne podrida.
De esta historia solo queda la certeza de que ese auto vuelve todos los años, el mismo día y a la misma hora, siempre con los mismos pasajeros.
Cada tanto, gente desaparece sin dejar rastros, algunos vagabundos son encontrados muertos del susto, con los ojos abiertos y las manos sobre el pecho.
Nadie habla de eso pero todos lo saben.
Toledo D. Oliveira (seudónimo de Ignacio Toledo de Oliveira) nació en febrero de 1998 en Rincón de Milberg, (Tigre, Buenos Aires, Argentina). Recibido de docente secundario de Geografía, hoy trabaja en gastronomía. Su interés por la escritura se remonta a su infancia.
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• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •



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