«Shopping», Carina Longo
Agregado en 20 marzo 2026 por Marcelo Huerta San MartÃn in 310, Ficciones
Gaspar se sacó la remera mientras enfilaba hacia la calle de adoquines y después la hizo un bollo, un bollo pequeño, para apretar contra la ceja herida. Algún rastro de sangre le quedó en los dedos cuando la debilidad le hizo fallar la punterÃa, y él trató de no mirar mientras se limpiaba contra los pantalones. Tuvo miedo de ver y no resistir, de llevarse la mano con sangre muerta a la boca y… ¿Ésta era la calle? ¿Por qué tan oscura hoy? ¿Por qué tan silenciosa? Casi no pudo percibir nada cuando los demás lo acorralaron.
—Che, no jodan, boludos, que es Gaspar. Guarda con éste que es mala leche. Seguro él hizo cagar la lamparita de la calle – advirtió una voz desconocida.
Cuando todos terminaron de reÃrse, Gaspar esbozó una torpe, mecánica sonrisa de compromiso, aunque no creÃa que alguien pudiera verlo.
—Qué cara, macho. Parece que te estás cayendo. Espero que traigás bastante guita porque hay una cola de acá a Paraguay. Capaz que aunque tengás, te quedás en ayunas igual. El Gallego cada vez larga menos.
—Traje guita. Traje mucha guita. Él me lo prometió.
—Qué querés, viejo. Vos sabés que acá es asÃ. El Gallego habla mucho pero la verdad, es por orden de llegada. Nadie tiene coronita. O esperás lo que le podés sacar al Gallego cuando sea tu turno, o vas a la calle. O al Minimarket. Estás re mal, ¿no?
—SÃ.
—Yo sé. Si no fuera por los perros callejeros y los cirujas no tendrÃa aliento ni para llegar hasta acá.
—Rajá, pelotudo.
—Claro. El señorito. ¿Y qué otra te queda, haceme el favor? La calle es una ruleta rusa. Hasta el Minimarket. Yo no voy mucho. A veces ni el Gallego parece seguro. ¿Sabés que Ramón agarró Hepatitis C? Algunos sospechamos. Es un guacho ese Gallego. Para mà que dice que roba del Banco de Sangre, pero puede ser todo un verso. Es enfermero; que sabés si no le paga a algunos chabones por ahà y nos vende un sachet mugriento dolarizado. Algunos hablaban de agarrarlo a él después de lo de Ramón, pero nos dijo MatÃas que no conviene porque se da. Es peligroso. Hasta puede tener Sida, y roñoso como es, seguro que en la vida se hizo un análisis. Y no se lo va a hacer. Eh, flaco, adónde vas. ¡Gaspar! Venà acá; esperá al Gallego. ¡No vayás a la calle, Gaspar! Che, loco, en serio. ¡Esperá, boludo!
La luz a lo lejos, al final de la calle, era un pulso estable, brillante. Gaspar sabÃa que estaba compuesta de muchas lucecitas individuales, que iban y venÃan por la Avenida, y de otras que las seguÃan haciendo una vÃbora de fotones sobre la ciudad… Pero a Gaspar sólo le importaba un foco blanco que iluminaba un cartelito con letras rojas, llamándolo. Un paraÃso de los vampiros.
Gaspar arrastraba las zapatillas sobre las baldosas y tropezaba de vez en cuando. Le parecÃa distinguir una sombra en movimiento y era un gato escapando demasiado rápido; le parecÃa ver un borracho durmiendo en la esquina, y eran bolsas de la basura amontonadas contra un volquete. Una prostituta enorme, hombruna, una cabeza y media más alta que él, con sangre para un ejército. Sida. Una buena paliza, en cualquier caso. Y por fin la luz. Las paredes de vidrio, puras en la noche, respetadas por los vampiros en su familiaridad y por la promesa de la negra abundancia. El tipo de negocio en extinción que no se funde por alguna extraña, o no tan extraña, razón. Una combinación de cyber y minimarket en la periferia, atendido por una adolescente raquÃtica, ojerosa, siempre con mangas largas, siempre con las picadas al lÃmite, de las noches en las que el Gallego no venÃa.
—Buenas noches, Andrea -saludó Gaspar.
—Buenas, Gaspar -dijo ella. Andrea tenÃa un nene de un año y medio y una nena de tres que nunca traÃa al minimarket con ella, y un novio que no le preguntaba por qué siempre llevaba cuellos altos y mangas largas, y por qué lloraba cuando venÃa de trabajar.
—¿Me das una cabina?
—¿Necesitás ayuda para encender?
La contraseña fue ofrecida con el aliento contenido, aunque Andrea conocÃa bien a Gaspar.
—No, gracias.
—Dale, pasá por la dos —contestó ella, y lo siguió con la vista hasta que él se encerró en uno de los privados, en donde se refugiaban los individuos que no venÃan para imprimir curriculums vitae o jugar toda la noche.
Y Gaspar se sentó a la computadora, y navegó en una forma nueva, siguiendo un viejo objetivo.
Gaspar cerró la sesión y se fue a la caja, a pagarle a Andrea por el uso de su Internet, con propina. No compró un paquete de caramelos ni bombones; no compró un paquete de cigarrillos, no compró un perfume para sacarse el olor del callejón ni se pasó la mano por el pelo para verificar la pulcritud de su cabellera. Sólo pensaba en el Mogadiscio, y en que tenÃa hambre. Gaspar no iba a una cita. Tampoco iba a cometer un homicidio. Pensó en @Casadaaburrida y en su posible nombre, y en su esposo, y en los niños. Seguidamente, olvidó el alias para siempre. Era el procedimiento.
Pensó en los reservados oscuros y en los shots de tequila del Mogadiscio, y en cómo habÃan cambiado los tiempos. Y en el famoso romanticismo. Si alguien todavÃa conservaba algo de él, los vampiros o quien sea, el 2026 pronto se lo quitarÃa.
Aceleró el paso. A la distancia vio a Lucas; podÃa pedirle su remera.
La suya estaba arrugada y manchada de sangre.
Carina Longo es profesora de Lengua y Literatura en Rosario desde 2007 y, aunque siempre escribió, nunca se atrevió a publicar hasta que decidió comunicarse con Axxón. Sus géneros preferidos son la ciencia ficción y el terror, y nos cuenta que acaba de terminar su primera novela.
Ha publicado en Axxón; en Ficciones: POR AHORA ESTOY BIEN (nº 307), MELISA (nº 308), GASPAR EN ROSARIO (nº 308), LA MISA DE LAS SIETE (nº 309), JUANI VA AL BOSQUE (nº 309).
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• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •



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Vampiros argentos siglo XXI… ¡Pierden los pelos pero no las mañas!
No sé, en realidad, si existe alguna entidad sin mañas. Sólo me pregunto qué mañas tendrán en el futuro.
Claro. Es la función de la ciencia ficción preguntarse sobre las posibilidades futuras. Y en este caso se fusiona con el género fantástico. ¡Muy bueno!