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¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

Argentina ARGENTINA
Gaspar bajó al terraplén todavía tembloroso, todavía con las rodillas débiles. El aire desplazado por el colectivo le levantó la remera casi hasta la cabeza. De haber estado nada más que un poquito más cerca del colectivo, podría haber perdido pie para irse debajo del micro, pero por suerte no hizo más que tambalearse hasta terminar de culo sobre las piedritas grises, para después volver a caerse y darse la cabeza contra el cantero de un arbolito mientras trataba de levantarse. Aturdido. Había tenido suerte una vez más. La próxima vez que cruzara sin mirar, trescientos años de vida nocturna podrían irse al mismísimo carajo. Lo cual, en el momento presente, sólo le traía alguna clase de alivio morboso, aunque resultara un final estúpido para una saga como la suya.

Gaspar se sacó la remera mientras enfilaba hacia la calle de adoquines y después la hizo un bollo, un bollo pequeño, para apretar contra la ceja herida. Algún rastro de sangre le quedó en los dedos cuando la debilidad le hizo fallar la puntería, y él trató de no mirar mientras se limpiaba contra los pantalones. Tuvo miedo de ver y no resistir, de llevarse la mano con sangre muerta a la boca y… ¿Ésta era la calle? ¿Por qué tan oscura hoy? ¿Por qué tan silenciosa? Casi no pudo percibir nada cuando los demás lo acorralaron.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

—Che, no jodan, boludos, que es Gaspar. Guarda con éste que es mala leche. Seguro él hizo cagar la lamparita de la calle – advirtió una voz desconocida.

Cuando todos terminaron de reírse, Gaspar esbozó una torpe, mecánica sonrisa de compromiso, aunque no creía que alguien pudiera verlo.

—Qué cara, macho. Parece que te estás cayendo. Espero que traigás bastante guita porque hay una cola de acá a Paraguay. Capaz que aunque tengás, te quedás en ayunas igual. El Gallego cada vez larga menos.

—Traje guita. Traje mucha guita. Él me lo prometió.

—Qué querés, viejo. Vos sabés que acá es así. El Gallego habla mucho pero la verdad, es por orden de llegada. Nadie tiene coronita. O esperás lo que le podés sacar al Gallego cuando sea tu turno, o vas a la calle. O al Minimarket. Estás re mal, ¿no?

—Sí.

—Yo sé. Si no fuera por los perros callejeros y los cirujas no tendría aliento ni para llegar hasta acá.

—Rajá, pelotudo.

—Claro. El señorito. ¿Y qué otra te queda, haceme el favor? La calle es una ruleta rusa. Hasta el Minimarket. Yo no voy mucho. A veces ni el Gallego parece seguro. ¿Sabés que Ramón agarró Hepatitis C? Algunos sospechamos. Es un guacho ese Gallego. Para mí que dice que roba del Banco de Sangre, pero puede ser todo un verso. Es enfermero; que sabés si no le paga a algunos chabones por ahí y nos vende un sachet mugriento dolarizado. Algunos hablaban de agarrarlo a él después de lo de Ramón, pero nos dijo Matías que no conviene porque se da. Es peligroso. Hasta puede tener Sida, y roñoso como es, seguro que en la vida se hizo un análisis. Y no se lo va a hacer. Eh, flaco, adónde vas. ¡Gaspar! Vení acá; esperá al Gallego. ¡No vayás a la calle, Gaspar! Che, loco, en serio. ¡Esperá, boludo!

La luz a lo lejos, al final de la calle, era un pulso estable, brillante. Gaspar sabía que estaba compuesta de muchas lucecitas individuales, que iban y venían por la Avenida, y de otras que las seguían haciendo una víbora de fotones sobre la ciudad… Pero a Gaspar sólo le importaba un foco blanco que iluminaba un cartelito con letras rojas, llamándolo. Un paraíso de los vampiros.

Gaspar arrastraba las zapatillas sobre las baldosas y tropezaba de vez en cuando. Le parecía distinguir una sombra en movimiento y era un gato escapando demasiado rápido; le parecía ver un borracho durmiendo en la esquina, y eran bolsas de la basura amontonadas contra un volquete. Una prostituta enorme, hombruna, una cabeza y media más alta que él, con sangre para un ejército. Sida. Una buena paliza, en cualquier caso. Y por fin la luz. Las paredes de vidrio, puras en la noche, respetadas por los vampiros en su familiaridad y por la promesa de la negra abundancia. El tipo de negocio en extinción que no se funde por alguna extraña, o no tan extraña, razón. Una combinación de cyber y minimarket en la periferia, atendido por una adolescente raquítica, ojerosa, siempre con mangas largas, siempre con las picadas al límite, de las noches en las que el Gallego no venía.

—Buenas noches, Andrea -saludó Gaspar.

—Buenas, Gaspar -dijo ella. Andrea tenía un nene de un año y medio y una nena de tres que nunca traía al minimarket con ella, y un novio que no le preguntaba por qué siempre llevaba cuellos altos y mangas largas, y por qué lloraba cuando venía de trabajar.

—¿Me das una cabina?

—¿Necesitás ayuda para encender?

La contraseña fue ofrecida con el aliento contenido, aunque Andrea conocía bien a Gaspar.

—No, gracias.

—Dale, pasá por la dos —contestó ella, y lo siguió con la vista hasta que él se encerró en uno de los privados, en donde se refugiaban los individuos que no venían para imprimir curriculums vitae o jugar toda la noche.

Y Gaspar se sentó a la computadora, y navegó en una forma nueva, siguiendo un viejo objetivo.

@Casadaaburrida Qué noche, Gatita, ¿sola?
@Caballerodelanoche Igual que siempre. Con ganas de algo menos muerto que mi marido. Mmm!!!!
@Casadaaburrida Creo que te puedo dejar contenta. ¿Algún problema con los pibes?
@Caballerodelanoche Adelante de la Play. Ni se van a enterar. Son como el inútil del padre.
@Casadaaburrida ¿Mogadiscio?
@Caballerodelanoche Dame treinta minutos.

Gaspar cerró la sesión y se fue a la caja, a pagarle a Andrea por el uso de su Internet, con propina. No compró un paquete de caramelos ni bombones; no compró un paquete de cigarrillos, no compró un perfume para sacarse el olor del callejón ni se pasó la mano por el pelo para verificar la pulcritud de su cabellera. Sólo pensaba en el Mogadiscio, y en que tenía hambre. Gaspar no iba a una cita. Tampoco iba a cometer un homicidio. Pensó en @Casadaaburrida y en su posible nombre, y en su esposo, y en los niños. Seguidamente, olvidó el alias para siempre. Era el procedimiento.

Pensó en los reservados oscuros y en los shots de tequila del Mogadiscio, y en cómo habían cambiado los tiempos. Y en el famoso romanticismo. Si alguien todavía conservaba algo de él, los vampiros o quien sea, el 2026 pronto se lo quitaría.

Aceleró el paso. A la distancia vio a Lucas; podía pedirle su remera.

La suya estaba arrugada y manchada de sangre.


Carina Longo es profesora de Lengua y Literatura en Rosario desde 2007 y, aunque siempre escribió, nunca se atrevió a publicar hasta que decidió comunicarse con Axxón. Sus géneros preferidos son la ciencia ficción y el terror, y nos cuenta que acaba de terminar su primera novela.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: POR AHORA ESTOY BIEN (nº 307), MELISA (nº 308), GASPAR EN ROSARIO (nº 308), LA MISA DE LAS SIETE (nº 309), JUANI VA AL BOSQUE (nº 309).

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• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •

3 Respuestas a “«Shopping», Carina Longo”
  1. Dr. Zaius dice:

    Vampiros argentos siglo XXI… ¡Pierden los pelos pero no las mañas!

    • Carina dice:

      No sé, en realidad, si existe alguna entidad sin mañas. Sólo me pregunto qué mañas tendrán en el futuro.

      • Dr. Zaius dice:

        Claro. Es la función de la ciencia ficción preguntarse sobre las posibilidades futuras. Y en este caso se fusiona con el género fantástico. ¡Muy bueno!

  2.  
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