Revista Axxón » «Antipatogenismo terminal», Carlos Federici - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

 

 

Uruguay  URUGUAY
Ya me estaban cansando el rugido de los leones, los chillidos de los monos y las risas escalofriantes de las hienas, pero cuando ese tigre se abalanzó sobre el zulú, mi paciencia llegó al límite.

—¡Pedazo de animal! —le grité al invisible diseñador—. ¡Nunca hubo tigres en África, burro! ¡Te denunciaré a Sanidad por incompetente!

Y dirigiéndome a la Central, ordené:

—¡Hawaii! —y de inmediato me rodearon las cimbreantes palmeras, la música sedante de los hula-hula y el arrullo del Pacífico lamiendo las arenas de la playa.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

Ahora se respiraba mejor. En ese momento se corrió la puerta del recinto, y como todos los días llegó Rusty, con su carga de vituallas y demás pertrechos. Me apresuré a comunicarme con Luisa, que lo había estado esperando ansiosa desde temprano.

—¡Intercom interno! —pedí, y de inmediato el holograma de Luisa apareció, superpuesto al fondo de bailarinas y palmeras.

—¡Hola, Robertito! ¡Pero qué buen mozo estás hoy! —se admiró, ante la prestancia de mi avatar, rubio, alto, de atractivas facciones y elegante bigotillo; muy lejos, naturalmente, de mi verdadero aspecto de cincuentón semicalvo, petizo y barrigón.

—Y tú… —lancé un silbido—. ¡Estás hecha un bombón, nena!

Y no mentía. Su avatar era una platinada, peinada a lo Veronica Lake (esa actriz del pasado, cuyas viejas películas se habían puesto de moda en nuestras pantallas en los últimos tiempos) y ¡con unas curvas que mareaban!

—Quería avisarte que ya llegó Rusty… Pero ya lo estás viendo, claro.

Él había permanecido en respetuoso silencio, aguardando el fin de nuestra conversación. Solo entonces saludó, con su metálica voz microfónica:

—¡Muy buenos días, familia Núñez! ¡Espero se encuentren muy bien ambos!

—Bienvenido, Rusty, amigo. ¡Adelante!

Me simpatizaba Rusty, con su bruñida cabeza cilíndrica, sus ojos de vidrio y un micrófono por boca. Me gustaban así. Ya una vez me había comentado Luisa que no se explicaba por qué razón no habían hecho robots de servicio androides, más semejantes a la figura humana, si ya a principios de siglo se fabricaban; y entonces le expliqué que un amigo, muy relacionado con Sanidad, me contó que el Departamento de Psiquiatría decidió que eso habría sido perjudicial para nuestra autoestima, y por tal razón se optó por estos modelos, de metal cromado y reluciente.

—¿Me trajiste los bombones rellenos, Rusty, querido? —preguntó Luisa desde su recinto.

—¡Por supuesto, señora de Núñez! ¡Ya sabe que sus deseos son órdenes para mí!

Así era Rusty, y supongo que lo mismo serían sus iguales: paradigmas perfectos de eficiente corrección, impecables. Sin embargo, esta vez…

—¡Eh, Rusty! —me asombré—. ¿Qué es eso que tienes en el brazo?

Efectivamente, en mitad de uno de sus miembros superiores, semejante a un caño de aluminio con junturas articuladas en los extremos, se podía notar una mancha parda, como de óxido.

—Oh, no sé. Seguramente algo fácilmente reparable, señor. Bien, pasaré al recinto de su esposa, si me permite.

Abrió con la combinación correspondiente, que solo él conocía, y penetró. Pero no lo envidié. Yo estaba muy conforme con el estado actual de las cosas. De haber convivido las parejas en un mismo ambiente, es dudoso que se habrían soportado uno a la otra después de los primeros treinta años… Era mejor así, y siempre teníamos el Intercom local. Es que la cosa iba para largo. Esta nueva pandemia, aunque al principio nos habían asegurado que sería cosa de un par de años, como la de comienzos de siglo, se había extendido mucho más de lo previsto. Ya iba para cuatro décadas y media, y quién sabe cuándo seríamos dados de alta y se nos permitiría volver al exterior. De todos modos, vivíamos bien: no nos faltaba nada, y contábamos con los siempre eficientes robots de servicio para cualquier eventualidad que pudiera presentarse.

Pero… al día siguiente —y al principio no podía convencerme de ello—, Rusty no vino.

Y tampoco en los dos días sucesivos. Era como para preocuparse. Por fortuna, nos había dejado comida y bebidas suficientes para una semana, por lo menos.

Me dirigí varias veces a la Central para indagar la causa de aquella anomalía en nuestra rutina de años, pero no obtuve más que vaguedades por respuesta.

—¡Roberto! —vociferó el nuevo avatar de Luisa, ahora morena y de ojos verdes—. ¡Está pasando algo muy grave! ¡Hablé con Viviana, la del recinto contiguo, y me dijo que a ellos tampoco les vino Simpy! ¡Si no vienen más, estamos perdidos, Roberto! ¡No podemos salir! ¡Nos vamos a morir de hambre!

¡Mujeres!, pensé. ¡Todo se lo toman a la tremenda!

—No será para tanto —le dije, para calmarla, aunque yo mismo comenzaba a albergar cierta ansiedad en el ánimo—. Sanidad nos solucionará el problema; hasta ahora nunca nos falló, ¿no es cierto?

En ese momento, la ambientación de mi recinto, la Roma de los Césares, se esfumó de súbito, siendo reemplazada por una representación gigantesca del sonriente rostro del Presidente.

¡Conciudadanos! —resonó su voz de barítono—. ¡Tengo una magnífica noticia para todos ustedes! Les habrá extrañado la ausencia en estos días de los robots de servicio. Es que los mismos han sido desactivados, ¡porque ya no serán necesarios! ¡Sí, mis queridos amigos! ¡La pandemia ha terminado! ¡Muy pronto podrán abandonar los recintos y retornar al exterior! ¡Otra vez verán el cielo verdadero y respirarán el aire natural! ¡De nuevo caminarán sobre el pasto y podrán bañarse en las aguas del mar! ¡Todo está limpio y puro! ¡Ya no hay gérmenes patógenos en la atmósfera, debido a la pericia y eficiencia de nuestro Departamento de Sanidad Total! ¡Estamos curados! ¡Nuestro mundo volverá a ser lo que fue!

Por fortuna estaba sentado al oírlo, porque de lo contrario me habría caído redondo. Esto era algo tan inesperado como si me avisaran que el sol se estaba cayendo.

—¡Roberto, Roberto! —el holograma de Luisa, pelirroja y de ojos azules, luchaba por superponerse al del Presidente y atraer mi atención—. ¿Ya lo oíste? ¿Será verdad? ¡Me cuesta creerlo, Roberto! ¿Saldremos, por fin? ¿Seremos libres de caminar por las calles y los campos otra vez? —en su atolondramiento, decía cualquier cosa, sin pensar.

Fue cierto. Luego de un breve lapso, las puertas de los recintos comenzaron a abrirse, mientras un locutor nos rogaba que saliéramos en orden y sin atropellarnos, para evitar accidentes o situaciones desagradables.

Me costó decidirme, pero finalmente, siguiendo las instrucciones que nos iban llegando, me vestí correctamente, me puse el marbete con mi nombre en la solapa y me dispuse a salir. Antes, sin embargo, me demoré para pasear la vista por ese entorno que durante tanto tiempo me cobijara. Y mis ojos tropezaron con un recuerdo nostálgico, que pendía de un clavo en la pared.

—Mi barbijo…

Me lo había hecho mi madre, al comienzo de todo, cuando se prescribió el uso obligatorio de mascarillas antisépticas. Yo había hecho un berrinche, negándome a ponérmela, pero mi buena madre lo solucionó haciéndome uno especial, con la efigie impresa de mi héroe favorito de aventuras: «Jet Gálvez». No quise dejarla atrás, y me la metí en un bolsillo. Luego de esta concesión al sentimiento, crucé por fin el umbral hacia el exterior.

Ampliación

Ilustración: Ricardo Manzanaro

Como hormigas, salían de sus refugios toda clase de personas. Busqué con la vista y vi a la mujer canosa, regordeta y feúcha con la que me había casado. Dudé al principio que fuese ella. Pero allí estaba su marbete, donde se leía claramente: «Luisa Filomena Giannini de Núñez». No pude dejar de advertir que ella estaba tan decepcionada como yo, pero ambos, diplomáticamente, supimos disimularlo.

—Eh…, ¿cómo estás? —y no se me ocurrió otra cosa.

—Bien, ¿y tú? Qué suerte, ¿no?, que todo terminó, y volvemos a la normalidad…

—Sí, claro. Es… una suerte.

Entonces miré en derredor, y tuve una sorpresa de lo más desagradable. En torno, la mayoría de la gente retomaba sus peores costumbres pre-pandémicas.

Había una reyerta, quién sabe por qué, entre cinco, y pronto se fueron a las manos. Más allá, una pareja, quizá por celebrar la ocasión, se entrelazaba en desvergonzada relación sexual, a la vista de todos. Y ya había envolturas de caramelos y restos de comida tirados entre el pasto, ensuciándolo todo. Sí…, se retornaba a la «normalidad».

Sin pensar en lo que hacía, saqué del bolsillo mi mascarilla y me la puse. Pero no sobre boca y nariz. Más arriba.

Sobre los ojos.


Nota del autor:

Este relato se me ocurrió ni bien comenzada la pandemia de 2020. Pero como me imaginé que medio mundo se iba a inspirar en esto para sus relatos, y siempre detesté integrar modas o tendencias, esperé hasta ahora para plasmarlo. Eso sí, espero no resulte premonitorio de una nueva calamidad como la anterior.


Carlos María Federici (Montevideo, 3 de diciembre de 1941) es un escritor, guionista y dibujante uruguayo de ciencia ficción, policial y terror. Su obra literaria aparece en varias antologías de su país y del exterior. Se lo considera uno de los pioneros de la ciencia ficción y el relato policial en Uruguay. Federici reconoce como influencias a Ellery Queen, Edgar Wallace, Ray Bradbury y John Dickson Carr.

Los extensos detalles de su obra pueden consultarse en su página en Wikipedia.

• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •

Deja una Respuesta