«La biblioteca», José Mauricio Fernández
Agregado en 15 mayo 2026 por Marcelo Huerta San MartÃn in 311, FiccionesÂ
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En sus oÃdos una interferencia constante, y dolor de cabeza. Intenso.
Mira a su alrededor. A pocos pasos, sobre lo que debe ser la vereda, ve retazos de un traje chamuscado sobre una especie de hormiguero todavÃa humeante. Levanta la tapa de un maletÃn del piso para cubrirse con él de la lluvia.
Sólo lleva un camisolÃn, pero no tiene frÃo. Se siente extrañamente ligero. Nada le pesa.
Detrás de él quedan los restos de un hospital, partido en dos por una fisura de la que se abren como racimos, paredes resquebrajadas y vidrios estallados. Él conoce ese edificio. De chico iba seguido con su mamá, siempre por lo mismo, un dolor de cabeza que no cedÃa con nada.
El médico repite lo de siempre mientras anota en un papel: «ruidos… luz… cambios de personalidad… pérdida de conocimiento».
Se aleja, y la fisura se extiende hacia la calle, unas cuadras más abajo. Mira en esa dirección y algo lo detiene. Entre dos edificios derrumbados hay uno intacto. Colonial, con molduras. La puerta está entreabierta, y en el marco, a la altura de sus ojos, hay una larga hendidura en la madera. Algo que sabe sin entender cómo.
Sigue caminando y empieza a ver hormigueros por todas partes. Decenas, y cubiertos por retazos de ropa chamuscada, zapatillas sueltas, objetos personales. Hay un cochecito de bebé volcado a la acera, enfrente, apoyado a la puerta de un local cerrado, un gran montÃculo negro todavÃa parece emanar calor.
Algunos autos están volcados, y otros directamente incinerados. Escombros por todas partes. La lluvia no afloja, pero a lo lejos una alarma viene y va, y desde un altavoz se escucha algo que no se entiende. Le late un párpado por el dolor de cabeza y tiene que sentarse.
Piensa en su padre siempre rodeado de soldados, siempre con un tic en su mano. La última vez que lo vio también escuchó un altavoz fuera de su casa. Su mamá lo habÃa metido en un armario, y en un instante todo fue silencioso. Cuando se abrieron las puertas del armario, todo fue blanco.
Pasa frente a la entrada de una galerÃa: detrás de las rejas, entre frazadas y bolsas de dormir, hay un grupo de gente agazapada. No parecen verlo, hablan entre sà en voz baja, y algunos lloran.
Un hombre de pronto retrocede como si hubiera visto un animal, o algo peor. Dice algo que los demás entienden enseguida, y él no.
Varias personas se cubren la cabeza.
Al intentar recordar cómo fue que llegó hasta aquÃ, surge una imagen de un horizonte azulado tras una ventana, y tal vez su padre haya estado ahÃ: de espaldas, con bata blanca, sostiene un libro con sÃmbolos extraños. De pronto se siente observado. Recuerda una frase: «no encuentro el origen de la falla, necesito más tiempo». Pestañea y vuelve en sÃ.
Cuando llega, el zumbido cesa. Ve la fisura en la pared, pero el muro está intacto. Recuerda el viejo teatro vuelto biblioteca, un edificio colonial intacto entre el derrumbe. La puerta, entreabierta. En el marco, a la altura de los ojos, una larga hendidura en la madera, la misma que ya conocÃa sin poder explicar cómo.
Adentro, penumbra: la luz que ingresaba por los huecos del techo se posaba en el suelo fracturado, en estanterÃas caÃdas y mesas volcadas. Cree ver maniquÃes entre los escombros, y los palcos llenos de estantes de libros, varios caÃdos. Pudo confirmar, sin sorprenderse, que no podÃa leerlos.
Mira un libro abierto. Tan sólo hay pequeñas manchas en el papel.
Piensa en su mamá. Cuando él era niño, iban allà cada sábado. Ella le leÃa, sentados en unos sillones de cuero que ya no estaban. Él cierra los ojos y la voz de su mamá hace una pausa en el tiempo.
Escucha pasos. Gira.
Todo blanco.
Despierta atado a una silla con los ojos vendados. Una radio mal sintonizada llena con estática el lugar. Él no puede pensar con claridad. Nota su respiración agitada.
Deduce que alguien lo está atendiendo, ya que escucha el metal de instrumental moverse en su cabeza, pero no siente dolor. Le cuesta recordar.
Entra alguien y habla. El que lo atiende se levanta, deja el instrumental en una mesita y se va. Alguien le baja las vendas de los ojos con el cañón de una escopeta.
Son dos militares que llevan en la cabeza algo hecho a mano con papel aluminio, usan lentes oscuros y una máscara de oxÃgeno. Él percibe la tensión del que le apunta. El otro, parado detrás, habla con la calma de quien manda y le señalaba la cabeza, para luego señalar afuera, palabras que a él le llegan como ruido e interferencia. Escucha el tic tac de un reloj de pared, y luego de que las agujas dan muchas vueltas, los militares se impacientan.
Cuando una luz roja comienza a parpadear sobre la puerta, el superior lo desata y lo lleva a la ventana sujetándolo del brazo. Afuera un sol de verano, el cielo limpio, edificios por doquier, autos en movimiento. Y personas, decenas, que van y vienen, cada uno en su mundo. Desde allà son hormigas.
Entra el médico y a él su cara le resulta familiar de una manera indefinible. Sostiene un libro, una de sus manos tiembla rÃtmicamente y niega con la cabeza, con la mirada baja, mientras le habla al oÃdo al superior, que desenfunda su pistola, da un grito y todo se vuelve blanco.
El vértigo aparece primero.
Luego una presión en su cabeza. El instrumental vibra en la mesita, la silla se mueve sobre el piso. Después el calor. Ve las calles partirse. Miles de ventanas reventando en silencio. Todas las sombras se borran al instante. Después, nada. El ventanal del quinto se ilumina dos veces antes de la explosión.
Al volver en sÃ, las manos le sangran por unos orificios negros. Le duele la cabeza. En la mesita de primeros auxilios, junto al instrumental, halla una plaqueta del tamaño de una tarjeta, con los circuitos quemados. Ni rastro de los militares. Se venda las manos y sale de la habitación, de lo que queda de ella.
Con lentitud, se dirige a la salida, sin mirar atrás.
La puerta sigue entreabierta. En el marco, a la altura de los ojos, la hendidura.
El hombre de la bata blanca respira con dificultad bajo los escombros.
Entre sus manos sostiene un libro, en cuya tapa se lee:
PROCEDIMIENTO PARA REINICIAR UNIDAD.
José nos cuenta que hace poco empezó a escribir, que es médico forense y que vive en Tucumán, Argentina.
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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •





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