Revista Axxón » «La biblioteca», José Mauricio Fernández - página principal

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Atraviesa el umbral con lentitud, los músculos tardan en obedecer. Afuera llueve. La resolana lo obliga a cubrirse los ojos con la mano. Tiene las dos vendadas, con manchas de sangre seca, aunque no recuerda haberse lastimado.

En sus oídos una interferencia constante, y dolor de cabeza. Intenso.

Mira a su alrededor. A pocos pasos, sobre lo que debe ser la vereda, ve retazos de un traje chamuscado sobre una especie de hormiguero todavía humeante. Levanta la tapa de un maletín del piso para cubrirse con él de la lluvia.

Sólo lleva un camisolín, pero no tiene frío. Se siente extrañamente ligero. Nada le pesa.

Ampliación

Ilustración: Marina Dal Molin

Detrás de él quedan los restos de un hospital, partido en dos por una fisura de la que se abren como racimos, paredes resquebrajadas y vidrios estallados. Él conoce ese edificio. De chico iba seguido con su mamá, siempre por lo mismo, un dolor de cabeza que no cedía con nada.

El médico repite lo de siempre mientras anota en un papel: «ruidos… luz… cambios de personalidad… pérdida de conocimiento».

Se aleja, y la fisura se extiende hacia la calle, unas cuadras más abajo. Mira en esa dirección y algo lo detiene. Entre dos edificios derrumbados hay uno intacto. Colonial, con molduras. La puerta está entreabierta, y en el marco, a la altura de sus ojos, hay una larga hendidura en la madera. Algo que sabe sin entender cómo.

Sigue caminando y empieza a ver hormigueros por todas partes. Decenas, y cubiertos por retazos de ropa chamuscada, zapatillas sueltas, objetos personales. Hay un cochecito de bebé volcado a la acera, enfrente, apoyado a la puerta de un local cerrado, un gran montículo negro todavía parece emanar calor.

Algunos autos están volcados, y otros directamente incinerados. Escombros por todas partes. La lluvia no afloja, pero a lo lejos una alarma viene y va, y desde un altavoz se escucha algo que no se entiende. Le late un párpado por el dolor de cabeza y tiene que sentarse.

Piensa en su padre siempre rodeado de soldados, siempre con un tic en su mano. La última vez que lo vio también escuchó un altavoz fuera de su casa. Su mamá lo había metido en un armario, y en un instante todo fue silencioso. Cuando se abrieron las puertas del armario, todo fue blanco.

Pasa frente a la entrada de una galería: detrás de las rejas, entre frazadas y bolsas de dormir, hay un grupo de gente agazapada. No parecen verlo, hablan entre sí en voz baja, y algunos lloran.

Un hombre de pronto retrocede como si hubiera visto un animal, o algo peor. Dice algo que los demás entienden enseguida, y él no.

Varias personas se cubren la cabeza.

Al intentar recordar cómo fue que llegó hasta aquí, surge una imagen de un horizonte azulado tras una ventana, y tal vez su padre haya estado ahí: de espaldas, con bata blanca, sostiene un libro con símbolos extraños. De pronto se siente observado. Recuerda una frase: «no encuentro el origen de la falla, necesito más tiempo». Pestañea y vuelve en sí.

Cuando llega, el zumbido cesa. Ve la fisura en la pared, pero el muro está intacto. Recuerda el viejo teatro vuelto biblioteca, un edificio colonial intacto entre el derrumbe. La puerta, entreabierta. En el marco, a la altura de los ojos, una larga hendidura en la madera, la misma que ya conocía sin poder explicar cómo.

Adentro, penumbra: la luz que ingresaba por los huecos del techo se posaba en el suelo fracturado, en estanterías caídas y mesas volcadas. Cree ver maniquíes entre los escombros, y los palcos llenos de estantes de libros, varios caídos. Pudo confirmar, sin sorprenderse, que no podía leerlos.

Mira un libro abierto. Tan sólo hay pequeñas manchas en el papel.

Piensa en su mamá. Cuando él era niño, iban allí cada sábado. Ella le leía, sentados en unos sillones de cuero que ya no estaban. Él cierra los ojos y la voz de su mamá hace una pausa en el tiempo.

Escucha pasos. Gira.

Todo blanco.

Despierta atado a una silla con los ojos vendados. Una radio mal sintonizada llena con estática el lugar. Él no puede pensar con claridad. Nota su respiración agitada.

Deduce que alguien lo está atendiendo, ya que escucha el metal de instrumental moverse en su cabeza, pero no siente dolor. Le cuesta recordar.

Entra alguien y habla. El que lo atiende se levanta, deja el instrumental en una mesita y se va. Alguien le baja las vendas de los ojos con el cañón de una escopeta.

Son dos militares que llevan en la cabeza algo hecho a mano con papel aluminio, usan lentes oscuros y una máscara de oxígeno. Él percibe la tensión del que le apunta. El otro, parado detrás, habla con la calma de quien manda y le señalaba la cabeza, para luego señalar afuera, palabras que a él le llegan como ruido e interferencia. Escucha el tic tac de un reloj de pared, y luego de que las agujas dan muchas vueltas, los militares se impacientan.

Cuando una luz roja comienza a parpadear sobre la puerta, el superior lo desata y lo lleva a la ventana sujetándolo del brazo. Afuera un sol de verano, el cielo limpio, edificios por doquier, autos en movimiento. Y personas, decenas, que van y vienen, cada uno en su mundo. Desde allí son hormigas.

Entra el médico y a él su cara le resulta familiar de una manera indefinible. Sostiene un libro, una de sus manos tiembla rítmicamente y niega con la cabeza, con la mirada baja, mientras le habla al oído al superior, que desenfunda su pistola, da un grito y todo se vuelve blanco.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

El vértigo aparece primero.

Luego una presión en su cabeza. El instrumental vibra en la mesita, la silla se mueve sobre el piso. Después el calor. Ve las calles partirse. Miles de ventanas reventando en silencio. Todas las sombras se borran al instante. Después, nada. El ventanal del quinto se ilumina dos veces antes de la explosión.

Al volver en sí, las manos le sangran por unos orificios negros. Le duele la cabeza. En la mesita de primeros auxilios, junto al instrumental, halla una plaqueta del tamaño de una tarjeta, con los circuitos quemados. Ni rastro de los militares. Se venda las manos y sale de la habitación, de lo que queda de ella.

Con lentitud, se dirige a la salida, sin mirar atrás.

La puerta sigue entreabierta. En el marco, a la altura de los ojos, la hendidura.

El hombre de la bata blanca respira con dificultad bajo los escombros.

Entre sus manos sostiene un libro, en cuya tapa se lee:

PROCEDIMIENTO PARA REINICIAR UNIDAD.


José nos cuenta que hace poco empezó a escribir, que es médico forense y que vive en Tucumán, Argentina.

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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

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