«El decoro», Eva Tudela Torres
Agregado en 15 mayo 2026 por Marcelo Huerta San Martín in 311, Ficciones
Tiene sesenta y seis años y desde los ocho lleva una melena recta como las cuerdas tensas de un arpa. Su voz se hace susurro, casi ventisca sibilante en las conversaciones, y cualquiera que haya hablado con ella sabe que en el mundo existen dos maneras de hacer las cosas: mal y como ella diga. Saluda siempre a los vecinos con un gesto seco de cabeza, pero nunca se detiene a conversar.
María de los Ángeles lleva más de tres semanas sin dormir bien. Se despierta a las cuatro de la madrugada con el corazón acelerado y las sábanas húmedas pegadas a la piel. Durante el día, siente el peso de la fatiga en los párpados, pero se niega a tumbarse a descansar: ella no es una holgazana.
Una semilla
La mujer coge las semillas que ha depositado encima de la mesita rinconera. Al dejarlas deslizar sobre la mano, siente una sensación diferente en una de ellas. Con cautela, sostiene la pequeña bolita con la punta de los dedos y la observa muy de cerca. Tiene rugosidad y unos pinchos rojizos. María de los Ángeles la hace rodar por la punta del índice y el pulgar.
Un ruido repentino en la calle la sobresalta y le hace apretar los dedos. Enseguida nota el escozor de una punzada e, instintivamente, se lleva el dedo a la boca, donde nota un abrumador sabor metálico. El pulso se le acelera mientras una ínfima gota de sangre cae sobre las baldosas del comedor.
El sueño
Sueña que pasea por una selva enorme, donde reinan el calor y la humedad. Allá donde mira, ve animales enredados entre plantas carnosas de color morado. La vegetación apenas deja entrar la luz y ella siente una calma inaudita mientras absorbe los olores almizclados que flotan en el aire. Aquella amalgama aterciopelada de cuerpos animales le lleva a desear morder y, sin resistirse, empieza a descabezar aves y pequeños mamíferos a dentelladas.
Por la mañana, María de los Ángeles despierta confusa. La almohada y parte de la sábana están en el suelo y tiene marcas de uñas en las manos. Sus piernas tiemblan mientras se dirige al baño para tomarse la temperatura, pero el termómetro solo marca treinta y seis y medio. Aunque se siente algo débil, decide salir pronto a la calle a tomar el aire.
Al atravesar el portal, las aletas de la nariz se le abren cuando nota el olor de pan recién hecho de la panadería cercana. La mujer trata de absorber aquel aroma preñado de promesas gustativas, mientras la boca se le empapa de saliva.
Un mandato poderoso se abre en su cuerpo y, sin pensarlo, entra en el local. No ve a nadie más, así que coge un panecillo del cesto del mostrador y se va rápido mientras se mete grandes pedazos de pan caliente en la boca. María de los Ángeles empieza a respirar muy rápido.
En la plaza, un cambio de viento le trae olores vibrantes de fresas, cerezas y melocotones de la frutería. La mujer nota la misma sensación extraña e imparable. El joven dependiente paquistaní que siempre la saluda, la observa acercarse decidida, coger un puñado de fresas, metérselas en la boca y tragarlas con gusto. El vendedor se queda tan impactado como la clientela que compra dentro.
Cuando vuelve a retomar el control de sí misma, María de los Ángeles mira alrededor y ve las caras de los clientes y vecinos que contemplan el espectáculo de aquella señora con aspecto de monja seglar, que acaba de abalanzarse sobre una caja de fresas. La profunda vergüenza tiñe de rojo las mejillas de María de los Ángeles.
La pesadilla de la noche anterior ha poseído su realidad ordenada y tranquila.
El encierro
En este tiempo, se ha tragado de tres en tres las galletas que le regalaron en Navidad sin desenvolverlas, ha devorado a mordiscos un salchichón entero de la despensa, y dejado que la boca se le llenara de carne sabrosa y salada hasta casi ahogarse.
Sentada en el sofá con las manos entrelazadas sobre las rodillas, ojerosa y pálida, no comprende qué le pasa, pero por encima de todo, no quiere que nadie lo sepa.
Pasión
Así es como ha descubierto los gusanos.
El tiesto donde plantó las semillas está lleno de unos gusanos negros, finos, largos, que hacen que la tierra parezca viva y en movimiento constante.
Sentada en el sillón orejero, los mira. El día es gris, húmedo y frío, con una luz azulada que lame la fachada del edificio. La mujer se levanta poco a poco con el cuerpo en alerta y se acerca al tiesto. Extiende el brazo y, con la punta de los dedos, coge unos cuantos gusanos, se los pone sobre la mano izquierda y los mira de cerca. Los animales le hacen cosquillas en la palma con su movimiento ciego. Con un gesto lento, se los mete en la boca, cierra los dientes con contundencia y deja que el sabor de los cuerpos anillados la inunde.
Siente un gusto amargo que le llena la boca, una mezcla de polvo y musgo.
Vuelve a extender la mano hacia la tierra.
Expiación
Mientras mira de nuevo por la ventana del comedor, un gorrión de alas color cobre se acerca al tiesto de la enredadera. Girando el cuello a un lado y al otro muy rápido, el animalito observa a su alrededor.
María de los Ángeles lo contempla desde el interior. El ave se acerca cada vez más a la tierra llena de bichos para alcanzarlos con el pico. Dentro, la mujer se mueve con lentitud. Cuando por fin llega a situarse junto al pájaro, lo atrapa en el puño de un movimiento fulminante. El pequeño gorrión pía desesperado, y ella, como si habitara el cuerpo de un reptil frío y preciso, le arranca la cabeza de un mordisco. Los huesecillos del pájaro estallan como ramitas delgadas al romperse bajo la fuerza de la mandíbula de la mujer, que continúa comiendo hasta acabarlo. Sangre caliente y roja brota de los labios de María de los Ángeles y resbala por su barbilla en un tímido reguero pegajoso.
Se sienta en la butaca y se mira los pies, mientras nuevas lágrimas aparecen en sus ojos.
Sobrevivir
Hace dos noches que el gato de su vecina, Giovanni, la mira desde la ventana del tercero y maúlla con fuerza. La noche anterior se escapó y se acercó a la ventana de María de los Ángeles a compartir un trozo de gorrión. La mujer observaba al gato con fijeza mientras comía. Le deslumbraron su lengua fina y los cojinetes rosados y blandos de las patas.
Hoy, Giovanni no ha esperado siquiera a que la luz emborronada de un nuevo día plomizo se apagara del todo. Se ha encaramado a la ventana y, con su paso elegante de felino mimado, se ha paseado por la cornisa del edificio. La luz del final del día difuminaba su silueta. El animal ha entrado en casa de María de los Ángeles disponiendo del espacio como si fuera suyo.
Sentada junto a la ventana, espera a Giovanni, que llega a su lado. Le acaricia un rato mientras él frota el lomo contra sus piernas y maúlla. María de los Ángeles le sigue el juego unos diez minutos, hasta que se cansa y lo coge por debajo de las patas traseras. Lo balancea y le asesta un golpe seco en la cabeza contra la recia mesa del comedor.
Giovanni tiene la decencia de morir en el acto. Colgando entre las manos de la mujer como un pingajo, el gato parece observarla mientras ella le mete los dedos en la boca, le pellizca la lengua y tira con fuerza hasta que la deja colgando fuera del morro. María de los Ángeles contempla con avidez aquel pedazo de carne rosado.
Solo quiere sobrevivir.
Éxtasis
A las doce llaman a la puerta. Con pasos cautelosos, se acerca a la puerta del recibidor y observa. Es un operario. Sin pensárselo mucho, abre un poco la puerta y asoma la cabeza.
—Buenos días, señora. Estoy poniendo fibra y necesito acceder a su piso. ¿Puedo entrar?—, explica el hombre.
María de los Ángeles fija los ojos en la cara del trabajador, mientras sus orejas se agudizan buscando señal de otras presencias en la escalera. Abre la puerta del todo y deja que el hombre acceda al interior.
El operario entra.
—Será solo un momento —repite.
Ella le conduce al pasillo y abre la ventana que da al patio. Él observa la distancia entre el cable y el suelo.
—No tendrá una escalera—, le dice.
Sin responder, la mujer vuelve al recibidor y abre la puerta del armario, del que saca una escalera de aluminio alta. Al ver cómo la agarra con esfuerzo, el hombre se acerca para ayudarla. Los dos están muy juntos.
Por la ventana abierta del pasillo entra una brisa ligera, que hace que el olor caliente y ácido del sudor del hombre alcance las narinas de ella. El impacto que aquel aroma le genera no se asemeja a nada que haya sentido antes. Su cuerpo se tensa, en los músculos de las piernas nota una calidez que se esparce también por su vientre, por su sexo, y la hace salivar. Con un solo movimiento del cuello, la mujer gira la cabeza y clava los dientes con fuerza en el brazo fibroso del hombre.
Un grito de espanto vuela desde la garganta del obrero y se esparce por el edificio.
De reojo, María de los Ángeles ve las fotos de sus antepasados en la pared. Alza la vista hacia ellos sin soltar su presa.
Eva Tudela Torres (Barcelona, España) es periodista y escritora. Su trabajo se mueve entre la crítica cultural y la ficción en distintos registros —terror, ciencia ficción y humor absurdo— con un enfoque en cómo lo extraño, lo emocional y lo simbólico pueden revelar las fracturas de la experiencia humana. Ha publicado análisis sobre cine, tecnología y estetización cultural en Suturart, y narrativa de humor absurdo en Ratachillona.
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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •





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