Revista Axxón » «El deseo del Puente Avellaneda», Jorge Sampaolesi - página principal

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A mí me da miedo el río, siempre me dio. Ese olor a barro, las ramas que bajan como cadáveres enredados, los perros flacos que se aparecen de la nada. Pero esa noche, cuando Tobías dijo de ir al Puente Avellaneda a pedir nuestros deseos, nadie se atrevió a decir que no.

Éramos seis. Los del fondo del pasillo en Villa Páez. Chicos con zapatillas rotas y odio a todo, como todos. El río Suquía nos quedaba a tres cuadras, lo cruzábamos para fumar, para patear piedras, para gritarle cosas a los autos que pasaban por arriba. Pero esa noche era diferente. El último del grupo había cumplido los trece años, por lo que el puente nos habilitaba para pedirle un deseo. Sé que suena infantil e irreal, pero es algo que desde hace más de cien años se transmite en nuestra cultura y nadie se anima a desestimarlo en voz alta. Hay muchas historias en las cuales no hay grises. Algunas salieron demasiado bien. Otras, demasiado mal. Esa noche se definirían seis historias nuevas. Seis destinos. El puente nos daría lo que pidamos. Obviamente, siempre a cambio de algo.

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Ilustración: Valeria Uccelli

—Hay que hacerlo a la una. Si no, no vale —dijo Tobías, como si supiera de lo que hablaba.

Nos paramos justo en el medio del puente. Abajo, el agua negra se movía despacio, como si respirara. Sacamos la botella rota que habíamos traído escondida en una mochila, una de Quilmes. La botella era de Quilmes. La cerveza. La mochila mostraba a Messi y a Suárez festejando un gol con los colores del Barcelona.

—Tenés que cortarte —dijo Mateo, y me dio el pico roto.

Yo dudé. Me temblaban los dedos. Desde hacía varios años era consciente de que esa noche iba a llegar. Y durante mucho tiempo la esperé con ansias. Pero una cosa era esperar, imaginar. Pero era muy diferente estar ahí, en las puertas de algo tan conocido y a la vez tan misterioso. El deseo del puente Avellaneda solamente se puede pedir una vez, por lo que es de suma importancia tenerlo bien en claro.

—Sino, tu papá no vuelve —dijo Tobías.

Y eso fue todo lo que necesitó decir. Me corté la palma. No dolió tanto. Quizás por el frío. O por la bronca que tenía. O por el miedo.

—Ahora pedí el deseo.

Lo dije en voz baja. “Que mi papá vuelva”.

Los demás repitieron lo suyo. Uno quería mucha plata. Otro que su hermano saliera de la cárcel. Otro ser jugador profesional de fútbol. A uno no le entendí. Y el último no dijo nada.

Después tiramos las gotas de sangre al río. Y nos fuimos en silencio.

Papá volvió a los tres días.

Yo estaba comiendo un pebete y tomando el último culito de Manaos de la botella cuando lo escuché golpear la puerta del frente. Mamá fue a abrir. Y gritó.

Salí corriendo.

Era él. Mi papá.

Pero no era mi papá.

Tenía la misma campera azul con la que se fue hacia ocho meses. Pero estaba sucia, rota, con olor a humedad vieja. Tenía la piel rara, como manchada, como si hubiera dormido mucho tiempo bajo tierra. No decía nada. Se sentó en el sillón, con los ojos muy abiertos. Miraba a mamá. A mí. A ninguna parte. Estaba ahí, era consciente de nuestra presencia, pero su mente parecía estar muy lejos de todo.

—¿Dónde estuviste? —le pregunté.

Y él sonrió. Pero la sonrisa era chiquita, torcida, como si le costara recordar cómo se hacía. Comenzó a mirar el lugar como si fuese la primera vez que estaba ahí. Mamá estaba en shock. Papá estaba vivo, había vuelto a casa. Por más extraño que pareciera, mi deseo se había cumplido.

Esa noche no durmió. Caminó por la casa hasta las cinco de la mañana. Después se paró en la puerta del baño y se quedó ahí. Mirando. Horas.

Mamá empezó a decir que algo estaba mal. Que no era él. Que lo sentía distinto. Que desde su llegada el ambiente se había impregnado de un aura extraña y asfixiante. Que no era solamente el olor a podrido que emanaba de su cuerpo. Que traía consigo algo energético que nos estaba haciendo daño.

Yo lo defendí. Le dije que estaba cansado. Que volver del lugar donde estuvo debía ser duro. No sé por qué dije eso. Pero lo creía. Todos pensábamos que había muerto. Quizás en una pelea, quizás borracho se lo había llevado el rio. Papá siempre desaparecía. Siempre se metía en problemas, pero volvía y todo volvía a estar bien por un tiempo. Pero incluso en mi estado de negación, era consciente de que esta vez algo era diferente.

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Ilustración: Marian Frost

Una madrugada, me desperté y lo vi parado al borde de mi cama.

—Gracias por traerme —me susurró.

Y me acarició la cabeza con la mano fría. Tenía la palma cortada, como la mía. Él jamás había creído en eso del deseo del puente Avellaneda. Le parecían habladurías de viejos. Y, sin embargo, su palma estaba cortada. Y mi deseo se había cumplido.

Tenía un millón de preguntas para hacerle, pero temía escuchar las respuestas. Además, muy adentro mío sabía que no era mi papá. O que al menos la esencia de quien él era ya no estaba. Era su cuerpo, era su voz. Pero su mirada era la de alguien totalmente desconocido. Alguien vacío por dentro.

Después, con los días, a mis amigos también comenzaron a sucederle cosas extrañas.

El hermano de Santi salió de la cárcel, sí. Pero se suicidó una semana después.

Mateo quedó en una prueba para jugar en Belgrano, pero volviendo a su casa un camión chocó desde atrás la moto en la que viajaba con su hermano y los dos murieron.

La mamá de Elías ganó la quiniela, pero a los dos días se incendió su casa y toda la familia murió.

Y Tobías… no lo volví a ver. Dicen que se tiró al Suquía cuando descubrió que su novia estaba embarazada. El río lo devolvió, muerto y sin los ojos.

A veces mi papá me mira fijo, como si hubiese algo muy en lo profundo que no puede sacar. Ya habla más. Come. Se baña. Pero sus uñas siguen negras. Y no duerme nunca. Yo sé que no es del todo él. Pero lo prefiero así. Porque ahora no se va. Ahora me escucha. Me cree. Está conmigo. El tema es mamá. Estuvo tres semanas desaparecida, hasta que la encontraron colgada de un árbol junto al rio. Igual, no todo está tan mal. En un mes Melina, mi hermana, cumple trece años. Y por más que su idea era pedir que Justin Bieber se enamore de ella, le hice ver que no hay nada más importante que la familia. Así que nada mas es cuestión de tiempo para que volvamos a estar los cuatro juntos.


Jorge Sampaolesi nació en 12 de septiembre de 1990 en la ciudad de Río Segundo, Córdoba, pero creció en el pequeño pueblo de Laguna Larga, Córdoba. Nos cuenta que su escritura se inscribe en el cruce entre el terror social y fantástico contemporáneo.

Hasta la fecha tiene publicados tres libros de cuentos: Cuentos con Soda y en Stereo (2019, Tinta Libre Ediciones), Cuentos con Soda y en Stereo 2 (2020, Cachicoya Editorial) y ¿A dónde van los gatos cuando nadie los ve? (2024, Tinta Libre Ediciones). Además de una novela, El sonido de la oscuridad (2021, Tinta Libre Ediciones).

• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

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