«El hombre en la Máquina», Alexy Dumenigo
Agregado en 15 mayo 2026 por Marcelo Huerta San Martín in 311, Ficciones
—No seas dramático—dijo el señor Steiner—. Nadie te va a arrestar. Eso es para delincuentes… y hace tiempo que nadie comete un verdadero crimen.
—A tu edad las calibraciones son algo normal, cariño—agregó la señora Steiner—. Hay que poner en orden las hormonas y limpiar un poco ese desván—y le revolvió el pelo.
Erik apartó la caricia con un manotazo. Pudo leer en los ojos de su padre un intenso deseo de abofetearlo. Su madre entreabrió los labios. Algún comentario hiriente, despectivo, murió tras los dientes apretados de la señora Steiner.
Erik solo recibió sonrisas comprensivas.
Eran buenos padres, después de todo. Perfectamente condicionados.
La camioneta se detuvo frente a su casa a la hora indicada y sonó el claxon tres veces. Estaba pintada de verde marihuana con el emblema del Ministerio de Paz y Amor. Los ventanales de todo el barrio cambiaron de la transparencia al modo espejo. Así los vecinos podían enterarse de lo que sucedía sin herir el orgullo de la familia Steiner.
Erik reprimió una palabrota al pensar que Sandra Müller, la vecina guapa de enfrente, lo estaría viendo también. Entró al vehículo sin mirar a sus padres, que le hacían gestos de despedida desde la acera.
En todo el viaje de ida, Erik insistió en lo innecesario del procedimiento. Aseguró estar arrepentido y prometió cambiar su conducta.
El acompañante y el chofer, como todos los trabajadores del Ministerio de Paz y Amor, estaban entrenados en las técnicas de escucha activa y charla motivacional. A pesar de su enojo, Erik terminó por abrirse ante aquellos tipos tan agradables.
—Algo gordo hiciste—dijo el acompañante cuando entraron en confianza—. Te reservaron el primer turno de la mañana. Eres un caso con prioridad. ¿Qué fue? ¿Tocaste sin consentimiento? ¿Escupiste en la bandera universal? ¿Te burlaste de alguna minoría?
—Escribí un ensayo para la clase de Historia. El tema era libre, así que yo escogí el papel de Alemania en la Segunda Guerra Mundial.
—Hum—fue el único comentario del chofer, que lo miraba por el retrovisor.
—Bien, muchacho. Una apuesta atrevida—dijo el acompañante.
—Al profesor Brunner le gustó. Un análisis bastante objetivo, fueron sus palabras. Pero había algo en las conclusiones que le llamó la atención, se lo comentó al director a la hora del almuerzo, justo ayer… y aquí me tienen.
—¿Y cuál fue la ofensa?
—Una línea donde digo que la ideología nazi ha sido satanizada hasta convertirla en una caricatura y que, tras la derrota de Alemania, esa imagen distorsionada se utilizó en la propaganda de la izquierda…
El acompañante abrió mucho los ojos.
—Vaya, vaya… ¿Y te parecía necesario poner eso?
Erik guardó silencio. No lo hizo porque se reconociera en un error. Estaba seguro de sus ideas. Pero tener la razón, o al menos creerlo, no le daría la victoria en una discusión con aquellos hombres. El Gobierno Universal los entrenaba también en el arte de debatir y convencer.
—Es una gran hipocresía—dijo Erik al cabo de un rato.
—¿El qué?
—Todo. El Sistema.
Los hombres lo invitaron a que se explicara, pero el muchacho guardó silencio el resto del viaje. Al momento de llegar al centro de calibración, Erik se despidió de los hombres con frases amables. Ellos no tenían la culpa de ser engranajes de la maquinaria, pensaba el joven.
Dentro del edificio, le indicaron pasar a una sala de espera.
Luego de un rato sentado en la desesperante habitación blanca y solitaria, sin acceso a la red neural, Erik se aburría sin remedio. Buscó a tientas su navaja de bolsillo. Se recogió la manga izquierda y comenzó a dibujarse una esvástica en la piel. Los nanos suprimieron el dolor. Brotó la sangre, mezclada con brillantes cristales azules que acudieron pronto a cerrar la herida. El resto de la sangre que le corría por el brazo fue absorbida a través de la piel.
—La restauración de tejidos se ha completado—anunció el monitor en su muñeca.
Erik pensó que era un fastidio vivir en un mundo tan perfecto.
Entonces se abrió la puerta frente a él y escuchó su nombre.
El doctor Rudolph Krauss, dos ayudantes y un reducido cuerpo de seguridad eran los únicos habitantes del lugar.
Waltz notificó al oficial al mando su misión de relevarlo y enseñó las órdenes a tal efecto. La nueva guarnición corrió a ocupar sus puestos. Waltz oyó con cierto placer como el ruido de botas y armas se dispersaba por el edificio, en contraste con el silencio agobiante que parecía lo usual en la residencia del doctor Krauss.
Encontró a Krauss en su despacho.
¿Por qué no había salido a recibirle?
No pudo determinar si se debía a la extrema vejez del doctor, que le impidió oír, o si estaba distraído a tal extremo que no se enteró de nada.
Tal vez se consideraba demasiado importante.
De todas formas, el ego de Waltz no estaba tan inflado como para enojarse.
Avanzó entre los montones de libros, hojas sueltas y pergaminos. Pasó junto a un pizarrón lleno de ecuaciones y símbolos. De pie tras un escritorio había un hombre muy viejo, con el mismo rango militar de Waltz, pero que vestía el uniforme de las SS con total desparpajo. Ni siquiera se había molestado en abotonarse la camisa.
Waltz se cuadró y levantó el brazo.
—¡Heil Hitler!
El doctor le devolvió el saludo con cansancio y estiró una mano para recibir la carta que Waltz le tendía. De puño y letra de Adolph Hitler.
—Todo está listo para probar la Máquina—dijo el doctor—¿Vendrá el Führer?
El oficial se alzó de hombros y señaló la carta en manos de Krauss.
Era posible que el viejo científico se convirtiera en la persona más importante para el futuro de Alemania, después de todo.
Si la Máquina funcionaba.
El desafortunado ensayo sobre la Alemania Nazi desapareció de los servidores escolares y no se registró el hecho en el expediente de Erik.
El Sistema no guardaba rencores. Las faltas de cada ciudadano solo quedaban en su memoria. No se castigaba a nadie. Tras la primera calibración, al propio Erik le pareció ridícula su actitud pasada y se convirtió en un estudiante modelo.
Tomó la carrera de Historia, en parte gracias a la ayuda del profesor Brunner, que siempre se sintió un poco culpable por delatarlo.
Se graduó con honores en la Universidad de Düsseldorf y acto seguido se casó con Sandra Müller, a despecho de todos sus amigos que la rondaban desde la secundaria. Y era un buen matrimonio. Hasta el momento habían sido capaces de resolver sus diferencias hablando, sin necesidad de una calibración en pareja. Era más de lo que podían decir muchos matrimonios de su círculo social.
Erik mantenía buenas relaciones con sus padres, aunque no tanto como para vivir los cuatro bajo el mismo techo. Lo mismo podía decir de la familia de Sandra. Hubiera sido más fácil con unos padres viejos, pero cada vez costaba más encontrar alguien que rebasara la treintena, al menos en apariencia. Sería como vivir en una residencia universitaria mientras quedaran créditos estatales y los nanos fluyeran.
Entonces la vida de Erik mejoró todo lo que podía, cuando recibió la oferta para ir a dar clases a la Universidad de Bremen. La plaza venía con domicilio incluido.
Fue la primera vez que desconfió de la buena suerte.
Hasta ese momento, podía decirse que encausar su vida le había costado relativamente poco. Pequeñas modificaciones a su conducta. Quitar un vicio de aquí. Implantar un hábito saludable o un sentimiento altruista allá. Bastaba una queja de su familia o una reprimenda en el trabajo para que él mismo acudiera a la clínica más cercana.
Ahora se trataba de un favor de un amigo de Sandra, llamado Otto Liebermann.
En un principio Erik se negó a aceptar aquella oferta.
—¿Siempre tienes que ser tan neandertal? —le preguntó su mujer.
—Y tú tan puta.
—Lo he sido toda mi vida. Nunca afectó nuestros créditos. Tu orgullo de macho sí que pude fastidiarnos. Perderíamos una oportunidad.
—¿Te acostaste con el tal Otto para conseguirme ese trabajo?
—Ni que fueras tan importante. Tuvimos bastante sexo durante el carnaval de Bremen, pero eso fue en el diecisiete… o en el dieciocho, no estoy segura.
Erik apretó los puños. Amaba a su esposa y más de una vez pensó en hacerse quitar los celos y aquella actitud posesiva. Sin embargo, a ella le gustaban sus ideas atrasadas. Era lo que daba sabor al matrimonio.
Erik contó hasta diez y dijo:
—¿Qué te hace pensar que tomaré el trabajo?
Sandra se desabrochó el vestido y lo dejó caer al suelo. Nunca usaba ropa interior.
Erik tragó saliva. Entonces recordó que habían estado discutiendo fuera. Los niños del barrio que jugaban cerca de allí, el conductor del carro basurero y dos vecinas que pasaban por la acera del frente los miraban.
Erik levantó en peso a su mujer y entraron a la casa riendo.
Una semana después se mudaron a Bremen.
—Mañana comenzará la primera fase—dijo Waltz—. Imagino que ya lo tenga todo listo. Sería muy desagradable un retraso, o peor, que algún accidente suceda al soldado que entre en esa Máquina de usted. El Führer no tiene fama de tolerar el fracaso.
Krauss no se turbó por la velada amenaza del oficial.
—La Máquina ya se probó en Auschwitz. Enviamos prisioneros al pasado y al futuro. Si treinta y seis judíos soportaron el viaje, un soldado ario no debería temer nada.
Waltz no había oído hablar nunca de tales experimentos. Ni le interesaba.
A diferencia de tantos oficiales de la Waffen SS, que exhibían aires aristocráticos y presumían de ilustrados, Waltz se consideraba un soldado puro y, por tanto, mucho más eficaz. La Máquina podría considerarse un hito en la historia de la Humanidad, pero el Haupsturmführer solo la veía como un paso más en su carrera.
Dejó al doctor en medio de sus cálculos y pergaminos de ciencia esotérica. Salió del despacho, con la imagen mental de un ascenso y una Cruz de Hierro en su pecho.
Más de una vez, se sorprendió dibujando esvásticas en los bordes de su cuaderno o en la capa de polvo que cubría a los automóviles. El símbolo perseguía a Erik. En algún recodo de su mente, a pesar de las sucesivas limpiezas, quedaron imágenes fugaces de desfiles militares nazis y citas de Mein Kampf.
¿Por qué los videos y libros seguían disponibles en la Red?
Como una advertencia, decían. Una especie de vacuna ideológica. Pero algo en la psique adolescente de Erik le hizo aferrarse a la antigua filosofía. Aquellas regresiones también estaban previstas por el Sistema. Pero el tratamiento para corregir un fallo de ese tipo era tan invasivo, que Erik nunca se atrevió…
Con los años aprendió a disimular lo que no podía ser borrado.
Como ahora. Mientras el funcionario del Ministerio de Larga Vida y Prosperidad les daba una perorata sobre reconstrucción de Bremen tras la Tercera Guerra Mundial, las normas arquitectónicas y urbanísticas que se aplicaron y cómo la casa que recorrían era un ejemplo. Los llevó hasta la puerta del sótano, pero se quedaron al pie de la escalera, atisbando la oscuridad.
—Como dato curioso: esta manzana es la única del barrio que tiene sótanos. Al parecer, aprovecharon las ruinas de una construcción más antigua, de mediados del siglo XX. Erik estaba cansado por el viaje. Se sintió tentado de sacar a patadas al funcionario y acostarse a dormir, pero aquel período era su especialidad.
—No encontrará nada interesante—aseguró el funcionario—. Todos los objetos de valor fueron saqueados o donados al museo de la ciudad.
A Erik lo atacaron unos deseos infantiles de bajar.
Esperó a que el funcionario se marchara y también Sandra. Otto le había conseguido un puesto en la Facultad de Psicología y sus clases comenzaban de inmediato. También quedó en cenar con su viejo amigo, para ponerse al día.
Tratando de no pensar en ello, Erik se propuso explorar el sótano.
Con una linterna fue recorriendo las estancias una por una. No parecían contener nada especial. Un moho negro cubría las paredes. En algunos puntos el ladrillo quedaba al descubierto. Había escombros en el suelo. Algunas puertas y corredores estaban sellados por paneles de carbono, que marcaban el límite con los sótanos vecinos.
Al final de un pasillo, una sección en derrumbe concluía en una escalera que descendía a un piso inferior. Erik tuvo cuidado de no tropezar con los escombros. Se aguantó de los muros que parecían más sólidos y comenzó a descender.
Los escalones terminaban un poco más abajo. Erik mordió el mango de la linterna mientras se agarraba de una baranda oxidada. Giró el cuello en todas direcciones para iluminar el lugar. Había cables por el suelo y los anaqueles en los muros contenían herramientas. Aquel sitio se había librado de los saqueos. Erik imaginó que, por algún tiempo, la escalera estuvo sepultada por los escombros y luego quedó al descubierto por algún evento inesperado. ¿Un terremoto quizás?
Suerte para mí, pensó.
Calculó que estaba a un metro del suelo. Se dejó caer.
Había visto la barra de acero que apuntaba hacia arriba, partida y afilada. No le pareció peligrosa, estaba a dos o tres pasos. Pero aterrizó con mal pie y perdió el equilibrio. Cayó de espaldas. Sintió como la barra le atravesaba el muslo. El dolor fue solo un instante, los nanos se hicieron cargo de la situación. Se oyó la voz del monitor:
—Llamando a Urgencias.
—No. Cancela—ordenó Erik, más calmado ahora que se había suprimido el dolor. Con los brazos y la pierna libre ayudó a su cuerpo a liberarse. La punta de metal se fue retirando y un hilo de sangre con destellos azules brotó de la herida.
La linterna, tirada en el suelo, seguía alumbrando. Apuntaba con su haz a una enorme caja negra, en el extremo opuesto de la habitación.
—La restauración de tejidos se ha completado. Le recomendamos acudir a un centro de salud para mayor seguridad.
—Sí, ya se—Erik se levantó. Recogió la linterna.
—¿Quiere reservar una cita?
—No. Luego.
En ese momento, Erik iluminaba un extraño artefacto al otro lado de la habitación. Sobre la tapa se marcaba en relieve una esvástica.
—¿Le falta el apetito? Vamos, no hay razón para estar nervioso—Waltz se descubrió sintiendo lástima por un completo desconocido.
Cierto que le recordaba a su padre, pero no era momento para sensiblerías.
Bien podía ser un fraude. Waltz estaba al tanto de los rumores. Se decía que el doctor Krauss fue miembro de la Sociedad Thule, hasta que lo expulsaron por alguna razón desconocida y que solo la protección del Führer lo mantenía con vida. Pero si la Máquina se abría y no encontraban nadie dentro…
—No es cuestión de apetito—dijo Krauss—. Creo que ya le ofrecí al Reich todo lo que podía—alzó una mano para cortar cualquier réplica del Haupsturmführer—. Dudo que viva lo suficiente para participar en la segunda fase. Por eso lo he dejado todo listo. Los planos, la secuencia única para el viaje y el método para generar secuencias. También he puesto mis ideas en papel. Es un libro que habla de mi modo de entender el tiempo, con algunas propuestas para el uso de la Máquina.
—Espero leerlo algún día—mintió Waltz, que se enorgullecía de no leer nada salvo las órdenes militares.
En su estrecha filosofía, solo cabía un uso para la Máquina:
—Tengo que reconocer que la idea es genial. Traer soldados del futuro con información estratégica y mapas cambiará nuestra forma de hacer la guerra…
—Oh, no. No hablo solo de usos militares, Herr Waltz. También me refiero al potencial humanístico. Imagínese que no tengamos que exterminar a los judíos, por ejemplo. Bastaría con enviarlos al futuro a que vean por sus propios ojos la sociedad que para entonces habremos construido. Solo así entenderían lo inútil de su resistencia y renunciarían a sus mezquinas costumbres.
—Parece algo sensato. Sin embargo, en las actuales circunstancias, necesitamos a todos esos judíos para el trabajo.
—De acuerdo, pero ¿por qué azotar un caballo hasta la muerte?… La Máquina es solo un prototipo. Tenemos los recursos y la mano de obra para su producción en serie. Podemos sustituir las cámaras de gas por un destino mucho más benévolo. Nuestros enemigos trabajarán por su salvación y el progreso de todos. Al final de su vida útil, cada prisionero será transportado a un futuro en que el Reich, luego de imponerse sobre todas las naciones, haya conseguido vencer también la pobreza, la enfermedad e incluso la muerte. Allí serán restaurados sus cuerpos y se integrarán a la sociedad.
—Suena casi como el Paraíso—dijo Waltz con una media sonrisa.
—Uno diseñado según los preceptos del nacionalsocialismo.
El viejo científico tomaba otra vez el camino de las divagaciones. Como habían terminado de almorzar y se estaba muy a gusto en aquella terraza, Waltz decidió acompañar a su interlocutor por el extraño sendero de las teorías. Le dijo:
—Supongamos que los judíos, como es frecuente en ellos, se muestran inconformes y avariciosos. Imagine que rechazan este Paraíso que les ofrecemos.
—Cierto. No serán la mayoría, pero se darán casos. Para entonces, el Reich habrá resuelto el problema sin necesidad de matar a los renuentes. Quizás, enviándolos a un pasado distante. Verá usted, Waltz. Es mi opinión que no hay ideologías malvadas o erróneas. Todas han sido válidas en algún momento y lugar, para ciertas personas. La Tierra Prometida de los judíos ya no existe. Es el problema con las edades de oro y los paraísos perdidos. No pasan de ser intersecciones entre espacio y tiempo.
La mente de Waltz revoloteaba sobre aquellas ideas, como un buitre sobre una llanura ardiente, sin llegar a posarse. Evitaba los embrollos filosóficos y metafísicos por el bien de su digestión. Aun así, encontró dos grandes problemas en el discurso de Krauss. El primero radicaba en que, según aquella lógica de los paraísos perdidos, el gran momento de Alemania podía haber quedado atrás y ellos estarse dirigiendo a su perdición. El segundo problema era mucho más técnico:
—Tengo entendido que no se pueden enviar sujetos a un momento anterior a la fabricación de la Máquina.
—Y antes de eso estaba totalmente seguro de que no se podía viajar en el tiempo. ¿Me equivoco? Las limitaciones también son eventuales.
—Usted supone demasiadas cosas.
—Tal vez. Sin embargo, los códices y pergaminos que he utilizado para construir la Máquina, están escritos en jeroglíficos que no aparecen en ninguna de las lenguas antiguas. Sus ideas son muy avanzadas para la época en que se escribieron. Yo creo que la raza perfecta—Krauss alzó un dedo para enfatizar—, proviene del futuro. No hemos degenerado, estamos evolucionando, amigo mío. Atlántida, Thule, Hiperbórea… son naciones aún por construir. El Reich enviará naves a las estrellas, hasta Aldebarán… Y volverán a los inicios de la civilización para dejarnos sus conocimientos, en un ciclo interminable: el eterno retorno.
Y ahí está la razón de su caída, pensó Waltz. Las teorías del doctor eran delirantes, incluso para los estándares de la Sociedad Thule.
Entre tanta locura, algo de razón habría. Después de todo Krauss era un genio. Pero hablaba de cosas que Waltz no comprendía ni deseaba comprender.
Dentro solo encontró un montón de huesos donde destacaban un cráneo agujereado. Tela podrida. Un par de zapatos de cuero, un cinto del mismo material, varios botones y galones ennegrecidos eran los únicos objetos reconocibles además de los huesos.
Sandra llegó a casa pasada la medianoche. Erik interrumpió las explicaciones que su esposa había ensayado. Le pidió que lo acompañara.
Muy a disgusto, Sandra bajó al sótano y usó la escalera de mano, que Erik había colocado para llegar al nivel inferior. Recibió el descubrimiento de su esposo con una risotada.
—¡Con esta casa nos dieron el paquete completo!
—Es un oficial de Tercer Reich.
Erik le mostró una insignia de las SS, pero Sandra estaba más ocupada en jugar con el cráneo y la mandíbula inferior. Con voz de falsete, hizo hablar a su improvisada marioneta:
—Nazibaldo von Esqueleto se presenta a sus órdenes. ¡Heil Hitler!
—Más respeto con los muertos.
—Bah.
Cráneo y mandíbula fueron a caer al fondo de la caja. Sandra observó:
—Es un ataúd demasiado grande. ¿No crees?
—Parece más bien una máquina—Erik señaló los cables que colgaban a ambos lados de la caja. Dentro de la carcasa de hierro había una caja interior de roble. El espacio entre ambas lo ocupaba una capa de cerámica aislante y varias bobinas—. Pero que me parta un rayo si adivino para qué sirve.
Sandra le tomó varias fotos al armatoste.
—Otto debería ver esto.
Erik la miró de reojo.
—Ya te comenté que Otto es un especialista en tecnologías olvidadas, ¿no?
—Claro, y que camina sobre el agua también.
—Búrlate si quieres. Pero es verdad que trabajó en un grupo de recuperación y algo debe saber.
—Lo correcto es llamar al Archivo o al Ministerio de Información.
—¿Por unos huesos de casi doscientos años? A nadie le interesa. Lo que va a pasar es que se llevarán la Máquina y nos pagarán cualquier miseria.
—Deberías ir a que te calibren. Suenas como una perra avariciosa.
—Lo soy. También un poco egocéntrica.
Para Sandra, lo mejor era conservar algunos pequeños defectos. Guardarlos como tesoros. Era lo único que mantenía cuerda a una persona. Con el tiempo, las calibraciones podían crear un vacío peor que cualquier tipo de sufrimiento.
Otra estrategia era la curiosidad, así que Sandra agregó:
—Quiero saber qué tipo de máquina es, antes que nadie en el mundo.
Como de costumbre, Erik se tragó su orgullo y accedió para complacerla.
—No le han contado a nadie, justo como indiqué, ¿cierto?
Erik asintió. Detrás oyó los pasos de su mujer que fue a hundirse entre los brazos del recién llegado. Luego se marchó a preparar la cena. Otto dijo:
—Ustedes han hecho un descubrimiento que dejará boquiabiertos a todos los arqueólogos del mundo, mi querido Steiner. Hasta pedí una licencia para dedicarme de lleno a este nuevo proyecto. Podemos sacarle mucho a este golpe de suerte. ¿Te imaginas? Yo seré el hombre que reconstruyó la Máquina. Y tú podrías escribir un libro, con toda la información que tengo aquí.
Liebermann sacó de una maleta un montón de hojas fotocopiadas.
—No tengo paciencia para escribir—fue la seca respuesta de Erik—. Por eso elegí la docencia.
Seguían parados en el umbral. En la cabeza de Erik se agolpaban las preguntas. ¿Qué información era esa? ¿Para qué las maletas? ¿Acabaría de decirle aquel hombre qué tipo de máquina había encontrado?
—Bueno, imagino que ahora me invitarás a pasar.
Erik se alejó de la puerta. Observó las maletas de Otto, mientras el hombretón las dejaba en medio de la sala.
—Ah, esto—Liebermann siguió la dirección de sus miradas—. Pensé que, si me quedaba aquí con ustedes, me ahorraría incluso el tiempo que dura el viaje desde mi casa… No te preocupes, ya hablé con Sandra y no tiene objeciones—dicho esto le sonó dos palmadas en el brazo—. Deja que te explique el asunto, te vas a caer de nalgas. Pero primero iré a ver qué está cocinando tu mujer. Huele delicioso.
Erik tomó una bocanada de aire y la dejó salir, muy despacio.
Otto se fue hacia la cocina llamando a gritos a Sandra.
Sin levantar la vista, Hitler hizo una seña a un ayudante para que los tomara. Pasaba los dedos sobre los diales y botones. Admiraba los símbolos en el tablero de control. Unas veinte personas los rodeaban. Waltz nunca vio tantas figuras importantes del Reich en una misma habitación.
—¿Qué símbolos son esos? —preguntó Hitler.
Waltz temió que el doctor diera rienda suelta a sus excentricidades. Pero no lo hizo.
—Una lengua aria muy antigua. Representan constelaciones—posiblemente una mentira de Krauss, pero satisfizo a todos—. Cada secuencia es como un número telefónico que se marca dos veces. Una secuencia por viaje.
—Entonces—reflexionó Hitler—, el número de veces que se puede usar la Máquina es limitado.
—Excelente deducción—intervino Himmler, y al instante recibió una mirada torva de su amado líder.
—Pero la cantidad de unidades que se puede fabricar es infinita. Además, el sistema de codificación aún se puede mejorar—dijo Krauss—. En el manuscrito que acabo de entregarle…
—Ya hablaremos cuando se complete la primera fase. ¿Está todo listo?
Krauss asintió. En ese momento, Waltz se alegró de no estar en los zapatos del anciano.
Erik regresaba del trabajo y al abrir la puerta, el traqueteo de la cama y los gemidos de Sandra le llegaron desde la segunda planta. Con parsimonia, se dirigió a la cocina y buscó el hacha que antes usaba para destazar piezas grandes de carne.
Desde que Sandra lo convenció para hacerse vegano, no dejaba de pedirle que se deshiciera del hacha. Calibrarse para perder el gusto por la carne fue fácil, pero el hacha seguía allí. Erik pensaba que en algún momento le sería útil.
El momento había llegado. Les daría una lección.
Podía entender que la variedad y experimentación eran aconsejables para una relación sana y duradera. Lo decían los manuales del Ministerio de Paz y Amor. Lo repetía Sandra en sus charlas. Estaba en las leyes. Eso no molestaba a Erik.
Fue el atrevimiento de que lo hiciera en su propia casa, cuando su horario de trabajo había terminado… y con un negro. No tenía nada contra Otto. En las últimas semanas de convivencia llegó incluso a caerle menos antipático. Ese no era el punto. Los prejuicios de Erik constituían su piedra angular, lo mantenían cuerdo. Sandra lo sabía. Él cedía en todo y su mujer lo desafiaba ahora. Ambos lo desafiaban.
Subió las escaleras despacio. Sin hacer ruido.
Apretó el mango de madera pulida y contuvo la respiración. No lo vieron entrar al cuarto. Descargó un hachazo en la clavícula del corpulento negro y lo sacó de la cama de una patada. Sandra intentó una protesta, pero el filo se le clavó en el rostro.
—La restauración de tejidos se ha…
Los gritos apenas se oyeron. El dolor se apagó al instante. Erik ignoró miradas de desesperación y los intentos de súplica.
—La restauración…
Cuando terminó la carnicería, tomó la camisa de Otto del suelo y la usó para limpiar las manchas de sangre fosforescente de su rostro y manos.
Bajó a la primera planta. Dejó el hacha ensangrentada en el lavaplatos y fue a sentarse en la sala. Por enésima vez leyó las hojas dispersas sobre la mesa de centro, pensando en lo poco que sabía de la Historia.
—Estas son fotocopias de los cuadernos de Rudolph Krauss—había explicado Otto el día de su llegada, luego de cenar los tres—. Es posible que el nombre no les suene. De hecho, no aparecen más referencias a Krauss, fuera de su nombre en la cubierta y solo se salvaron del fuego unas pocas hojas. Según este reporte de 1945, escrito por un oficial del Ejército Rojo, los soviéticos irrumpieron en una oficina del Reichstag donde estaban siendo incineradas y se las llevaron tras la victoria. Todo esto lo sacó una brigada de recuperación de las ruinas de Moscú hace treinta años. Parece que los soviéticos nunca le prestaron atención al contenido de los papeles. Demasiado ocupados con los planes quinquenales, me imagino. Así fue como cayeron en el olvido, hasta ahora… Amigos, les presento la Máquina del Tiempo… Al menos lo que queda de los planos.
—¿Llegó a funcionar? —preguntó Sandra.
—No creo—dijo Otto—. Pero será un éxito profesional si logro reproducir el prototipo.
Eric señaló un aparato que Otto había dejado sobre la mesa.
—Esto parece un sintetizador de música—observó, y su mujer estuvo de acuerdo.
—Es el tablero de control. Apenas la mitad de la Máquina. Los papeles mencionan como conectar los cables, pero faltan los planos de la caja. La caja es esencial, porque altera el campo electromagnético y sirve como punto de referencia en el espacio-tiempo, o eso pensaba Krauss. Por suerte, Erik encontró la pieza faltante.
Ahora, en la calma del atardecer, Erik volvió a mirar el boceto de la caja con la esvástica en la tapa y las notas que la rodeaban.
Otto bajó las escaleras. Al parecer, la clavícula no se reconstruyó del todo, porque se apretaba el hombro izquierdo con la mano opuesta. Detrás iba Sandra. El hachazo le había dejado una ancha cicatriz desde la sien a la mandíbula. Nada que una cámara de restauración no pudiera arreglar.
—Voy a preparar té—dijo Sandra.
Otto se sentó en una butaca. Se inclinó para coger su reproducción del tablero de control, mucho más pequeño que en los bocetos, que reposaba sobre el cristal, en medio del reguero de hojas. Miró a hacia Erik y dijo:
—Ella me advirtió que estabas loco, pero nunca me imaginé cuánto.
Erik no contestó. Otto apartó los papeles para que Sandra pusiera la bandeja sobre la mesa. Cada uno cogió una taza. Sentada en el brazo de la butaca de su marido, Sandra le arregló con los dedos el cabello despeinado.
—Deberías hacerte calibrar, querido—comentó.
Erik gruñó. Señaló el tablero, ahora sobre las piernas de Otto.
—¿Funcionará?
—Sí y no. Ya te lo dije. Los nazis eran muy laboriosos, pero mezclaban muchas ideas místicas con la ciencia real.
—Pero cada pieza hará lo que Krauss ponía en sus papeles…
—Eso creo.
—Y la caja de hierro aún sirve.
—Tuve que cambiar el cableado y las bobinas, pero hará lo que fue diseñada para hacer. Si se trata de un viaje literal en el tiempo, o alguna especie de hipnosis…
—Quiero que pruebes la Máquina conmigo.
Al principio creyeron que era broma. Erik les aseguró que hablaba en serio.
Nunca se sintió a gusto en la sociedad perfecta. Un raro atavismo, o quizás un trauma neurológico causado por las calibraciones, lo hacía incompatible con el siglo veintidós. Para ser preciso, con cualquier otra época salvo aquella en que Krauss soñó y construyó su invento.
No tuvo que insistir demasiado. Por un lado, le faltó poco para lastimarlos más allá de la capacidad de los nanos. Por otro, estaba decidido a no volver a un centro de calibración. Se mataría si era necesario.
Su esposa, con lágrimas en los ojos, le pidió disculpas. Otto prometió irse de la casa y dejarlos en paz. Erik los abrazó a ambos. Les dijo que no guardaba rencores, pero había tomado una decisión.
Esa noche bajaron todos al sótano.
Conectaron las partes de la Máquina y Erik se desnudó.
Otto lo miró sorprendido y preguntó:
—¿A qué viene eso?
—Dices que la máquina altera el campo electromagnético. Entonces, sería mejor no llevar objetos de metal… Quizás fue lo que mató al hombre dentro de la máquina. Pero tampoco me arriesgaré con ningún tejido, por si hay algo más que estática en el proceso.
—Estoy casi convencido de que fue un tiro en la cabeza lo que mató a Nazibaldo—replicó Otto—, pero adelante.
—Será como renacer.
—Lo que te haga sentir cómodo, hermano.
Erik se acostó en el fondo de la caja de hierro y se hizo encerrar.
La caja vibraba de forma leve y la temperatura fue subiendo hasta crear una tibia atmósfera. La estática le erizó cada vello en su cuerpo.
Otto movió los diales. Combinó los símbolos. Probó varias secuencias.
Nada pasó.
—¿Sigues ahí? —preguntó Sandra, tiritando de frío en su bata semitransparente.
—Intenta con la secuencia que estaba escrita en una de las hojas—gritó Erik, sumido en la oscuridad. Afuera de la caja, sus palabras se escuchaban como un susurro muy lejano.
Sandra notó que las piernas ya no la sostenían y retrocedió hasta un montón de escombros para sentarse. Algo crujió bajo el peso de su cuerpo. Recogió el objeto y lo alzó hacia la luz. Pedazos de un segundo cráneo que no habían notado hasta ahora.
—¿Nazibaldo tenía un compañero? —bromeó Otto, mientras hojeaba los papeles del doctor Krauss.
Ahí estaba la nota al margen.
Una fecha de 1944 y una secuencia de cinco símbolos.
Otto ajustó la posición de los diales a la nueva configuración. Apretó el botón.
—¿Erik?
Un hombre desnudo salió de la Máquina y se plantó frente a ellos.
—¡Heil Hitler! —exclamó con el brazo en alto.
Hitler se volvió hacia el doctor Krauss.
—Esto no era parte del plan—dijo señalando al viajero temporal.
Todos esperaban algo más solemne. Para la segunda fase habían contemplado enviar mapas, rollos de película, algún mensaje escrito… El ministro Goebbels proponía incluir una bandera con asta, para simbólicamente reclamar el pasado en nombre del Reich. Pero aquel hombre no llevaba nada encima.
Waltz decidió romper el incómodo silencio que reinaba. Se dirigió al recién llegado:
—Diga su rango, nombre y año del que viene.
—Pensé que era uno de sus hombres—murmuró Himmler en su oído.
—Vengo del año 2132—dijo el viajero—. Mi nombre es Erik Steiner y no soy soldado, pero estaré feliz de servir a las órdenes del Führer.
Hubo gritos de sorpresa. Preguntas. Maldiciones. Hitler frunció el entrecejo. Himmler parecía muy ocupado en limpiar sus lentes con un pañuelo.
— No entiendo nada—el obeso general Göring paseaba su mirada perpleja entre sus compañeros—. ¿Significa que ganaremos la guerra?
Krauss estaba tan excitado que apenas notó la crisis a sus espaldas.
—Dime, joven. En el futuro del que vienes… ¿Está gobernado por un Reich victorioso? ¿Han viajado a las estrellas? ¿Doblegaron a la muerte?
—Hay un Gobierno Universal…
Suspiros de alivio.
—Pero no tiene nada que ver con el nacionalsocialismo. De hecho, es bastante liberal, inclusivo y todo eso.
A los presentes, aquella descripción del futuro los dejó confundidos y visiblemente incómodos. ¿Qué rayos era eso de “inclusivo”?
—Alemania perdió la guerra en 1945—agregó Eric—. ¿En qué año estamos?
Llegados a esta parte, los ánimos estaban bastante agitados. Hitler dio media vuelta y se dirigió a la escalera. La comitiva lo siguió por la fuerza de la costumbre, aunque parecían todos perdidos en sus pensamientos.
— ¡No se vaya, mi Führer! —suplicó Erik— Puedo ayudarlos a ganar la guerra.
Más allá de cualquier protocolo, Waltz sintió que necesitaba urgentemente algún tipo de orden, y salió del sótano a buscarla.
Junto a la Máquina quedaron Krauss y el viajero del tiempo en una animada conversación. El anciano hacía muchas preguntas y el joven no paraba de expresar su felicidad. Había encontrado una época en que podía expresar sus ideas con total libertad.
Varios minutos más tarde, Waltz descendió los escalones seguido por dos soldados y con órdenes bien claras.
Krauss estaba de espaldas. No vio al oficial desenfundar la Luger ni apuntarle a la cabeza. Erik gritó. El anciano se desplomó a sus pies. Erik se lanzó hacia Waltz y dos fusiles le apuntaron al pecho. Los impactos de bala lo frenaron un poco, pero siguió avanzando hacia los soldados, que intentaban recargar con manos temblorosas.
Waltz dio un paso al frente y le disparó en un ojo. Luego en la frente. Ya en el piso, sendas descargas de fusil reventaron el cráneo del viajero del tiempo.
—¿Qué era ese tipo? —preguntó uno de los soldados, mirando los diminutos destellos azules que se iban apagando en el charco de sangre oscura.
—Parecía un superhombre—aventuró el otro.
—Era un agente soviético—dijo Waltz—. Enviado desde el futuro para desinformarnos.
—Con todo respeto: ¿cómo puede saberlo?
—Porque así lo ha dicho el Führer. ¿Necesitas más razones?
Los soldados guardaron silencio. El propio Waltz, fiel a sus costumbres, no le dio demasiadas vueltas al asunto. De la forma en que él lo veía, tan peligroso resultaba que la Máquina cayera en manos del enemigo, como que el ejército perdiera la confianza en su líder y en el Partido Nazi.
A una orden suya, los soldados rompieron el tablero de control a culatazos.
Debían moverse rápido, porque la compañía tenía órdenes de escoltar al Führer y su comitiva de regreso a Berlín. Partirían en dos horas.
La caja de hierro presentaba un problema. Habían soldado las piezas en el mismo sótano. No podían sacarla por la escalera. Tampoco tenían tiempo ni herramientas para desarmarla. Entonces metieron el cadáver de Krauss en su interior, pensando enterrar el improvisado sarcófago en el mismo sótano. Era la mayor dignidad que podían ofrecer al doctor, dadas las circunstancias.
Pero tomaría demasiado tiempo romper el piso, cavar y luego sellar…
Ya lo tengo, pensó Waltz.
Prepararon una mezcla de hormigón con suministros del almacén y sellaron la entrada al sótano.
Cuando salieron del edificio, ya estaba todo listo para marchar. El Führer lo llamó con un gesto desde el asiento trasero de un automóvil. Waltz hizo un informe completo. Ya enviarían alguien a terminar el trabajo, aseguró Hitler, y lo felicitó por su habilidad al manejar el asunto con tan poco tiempo. Waltz no cabía en sí de puro orgullo.
En los demás vehículos, los grandes jerarcas del Reich conversaban alegremente. Si sentían alguna inquietud por lo escuchado en el sótano, se lo guardaron para sí.
Waltz caminó hasta su vehículo al frente de la caravana. Pensaba con cierta tristeza en la suerte del doctor Krauss y lo poco que le sirvieron sus conocimientos. Él no tenía ese problema. Le bastaba confiar en el Führer y en la certeza de la victoria.
Esa misma noche abandonaron Bremen.
Faltaban aún varios meses para que el ejército británico entrara en la ciudad, pero la Historia ya se movía en esa dirección, libre de interrupciones.
Alexy Dumenigo (Placetas, 1991) es un escritor e ingeniero informático cubano residente en España. En Cuba publicó la colección de relatos Izokumi, ganadora del Premio Calendario de Ciencia Ficción. Ha sido incluido en las antologías digitales País de Fabulaciones (Cubaliteraria, 2020) y Alta Definición (Primigenios, 2020). También se han publicado traducciones de sus relatos en Future Science Fiction Digest, MAYDAY Magazine, Future Fiction (edición alemana) y Antipodean SF.
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• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •





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Buenos días
Acabo de notar que el cuento no conserva las separaciones del manuscrito.
En el manuscrito, los dos saltos de línea entre secciones permiten separar las escenas, que durante la mayor parte del relato ocurren en momentos históricos diferentes.
Sin las separaciones, puede costarle trabajo a los lectores seguir el relato.
Saludos
Gracias por hacérnoslo notar. Fue un error durante el proceso de conversión. Ya debería estar subsanado.