Revista Axxón » «En otro universo, ¡¡¡Eric Stoltz fue Marty MacFly!!!», Hernán Domínguez Nimo - página principal

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Yo no lo sabía al principio, pero apenas puse un pie en este lugar estaba varado. La situación era tan inverosímil que me recordó una historia, en un comic que leí de grande, aunque la revista era vieja. Los comics de esa época están llenos de situaciones alternas —what ifs— que los entrenadores usan para prepararnos para lo inesperado. Ésta que cuento, en particular, es una historia clásica que muestra a Superman, un héroe alienígena con poderes a causa del sol amarillo de la Tierra, persiguiendo a unos villanos. A tanta velocidad los persigue, que termina viajando en el tiempo hacia el futuro, hasta llegar al momento en que el sol se vuelve rojo. En ese punto, el tal Superman pierde su superfuerza, su capacidad de volar, y queda estancado en el futuro. De alguna manera —poco relevante cuando uno no tiene una fortaleza en la Antártida—, el alien se las arregla sin sus poderes para volver al pasado, pero ese final feliz no era el punto de la historia. Los entrenadores la compartían como una enseñanza clara de los peligros que atañen los cambios de contexto que los viajeros no podemos controlar ni predecir. Y yo estaba metido de lleno en uno sin saberlo.

Poco importa, a esta altura, la naturaleza de mi misión. Tampoco estaría en condiciones de compartirla, el riesgo es generar paradojas o, en el mejor de los casos, resultar deshomologado. De todos modos, yo fui el primero en olvidar la razón de mi presencia en ese tiempo, en ese lugar. Todo lo que tenía que ver con el Concilio perdió sentido cuando, como les decía, perdí contacto.

Apenas puse un pie en este universo.

Y todo se apagó.

Todo.

No, ser agente del Concilio del Orden no es para nada fácil. No es para cualquiera. No solo porque el entrenamiento sea arduo e interminable. Esa es solo la barrera física. La más dura es la otra. La mental. Ningún entrenamiento te prepara para los saltos. Para la desorientación, para la sensación de abandono. De orfandad.

Estar en otro tiempo, en otro universo, es mucho, mucho más fuerte, en realidad, que perder a tus padres. Lo sentís en la piel. En los huesos. En el vacío que se abre en tu pecho, como si tu corazón se hubiera quedado sin latidos para dar.

El enlace —el ombligo le decimos a espaldas de los entrenadores, tal como hicieron ellos en su momento—, viene a remediar esa sensación. Te lo injertan apenas te declaran agente apto, dentro de la celdilla mastoidea, el hueso hueco lo vuelve invisible a los rx, por si sucede —ya sucedió— que alguno termina en un hospital. O una morgue.

Sí, es gracioso el nombre, el nick. Como cualquier apodo. Ombligo. Es porque te vuelve el centro del universo, porque te ayuda a ser más consciente de vos mismo. Pero sobre todo porque mediante él te conectás al Concilio —nuestra madre—, como durante la gestación. Se activa y se controla con los músculos de la mandíbula, sobre todo el macetero, pero el ruido blanco de los datos de conexión son el fondo familiar, eso que desapareció cuando la burbuja me dejó aquí. Apreté las muelas hasta rechinarlas, hasta notar el regusto a hueso quemado. Presioné con mis dedos detrás de la oreja, puteé en voz alta.

Todo inútil.

Como en mi primer viaje, el de prueba, estaba desolado. Pero esta vez no me acompañaba un instructor.

Cada misión es única, distinta, aunque todas remiten a lo mismo: hallar anomalías que afecten el continuo del tiempo y restablecerlas. La mayor parte de las veces —no me animo a decir siempre, condicionado por el entrenamiento—, las anomalías son causadas por la gente. Alguien hace o dice algo que no debería. O lo hace en el momento en que no corresponde. En todos los universos hay películas o libros que hablan de viajes y paradojas temporales, así que ya saben de lo que hablo. Ese saber nebuloso no es casual, es parte de nuestro sembrado. Educar a la gente sobre el efecto mariposa nos ahorra mucho, mucho trabajo.

El ombligo nos ayuda a detectar las anomalías. Y era, como siempre, mi primer paso. Obligado si quería volver a casa.

Pero estaba inerme.

Y mi estado de ánimo no ayudaba. No, ahora estoy mejor, gracias, aunque en ese momento me costó dar el primer paso, romper la sensación de inevitabilidad fatal que me bloqueaba, me machacaba hasta hacerme sentir insignificante. Una cagada de gusano en el universo. Demasiado consciente de mi condición para estar operativo.

Cuando por fin pude mover el culo, enfrenté el problema obvio: cómo descubrir la anomalía sin un ombligo.

Hay cosas que uno maneja a nivel de la intuición. Cuando hacemos un cálculo con ayuda algorítmica, casi siempre sabemos el resultado antes de verlo proyectado. Claro, en la calculadora, por ejemplo. Con las anomalías pasa algo similar. Uno ve los signos, los síntomas, todo el tiempo. Pero cuesta identificarlos, ponerlos en palabras. Y más aún, rastrearlas hasta llegar a la anomalía cero. El origen.

Muchos glitch, la mayoría, pasan desapercibidos, porque uno no tiene punto de comparación. Si uno no conoce un vecindario, una familia, no tiene manera de saber cuál debería ser su condición normal. Por eso, la manera más fácil de detectar desajustes es mirando la tele, las noticias, los programas de chismes, de la farándula. Todo ese gossip que odiamos es lo que nos alimenta a la hora de descubrir desviaciones.

Aún tenía la plata que me había agenciado antes del salto, así que me metí en una barbería y dejé que el coiffeur me robara a conciencia, retocando el corte perfecto que me había hecho 12 horas antes de salir.

Como corresponde, tenían la tele encendida, transmitiendo el programa más amarillo del planeta. No importa la época o el universo, siempre hay uno —¿uno?— de esos, vayas donde vayas. Un oído se dedicó a escuchar al falsamente amanerado coiffeur, y el otro le dedicó su atención a la pantalla.

Al principio me costó detectar los signos entre toda la típica basura. Ahí también perdían el tiempo con cantantes pasados en drogas, políticos pescados in fraganti en fiestas sexuales, las Kardashian y todo lo demás. Nada nuevo por ahí. Pero me di cuenta de que algo estaba realmente mal cuando una nota especial mostró quién sería el próximo James Bond.

Charlie Sheen.

Sí, ese. El borracho. El drogadicto. El mujeriego. El camorrero.

En la tele de este universo mostraban un resumen de su fructífera carrera, de cómo la experiencia lo había preparado largamente para el papel más codiciado del mundo, de cómo la elección se justificaba por sí sola, era una decantación casi obligada. Era el hermano gemelo que no había derrapado nunca. O el Charlie Sheen de un universo fuera de eje.

Claro, que no, eso solo no justifica la existencia de una anomalía, solo es un signo. Pero me dijo por dónde buscar. Mi siguiente parada fue un Blockbuster.

Que fuera un año donde las películas se alquilaban en locales a la calle fue un golpe de suerte en medio de mi situación. Allí todo está a la vista, es más fácil identificar los indicios, detectar las anormalidades.

Recorrí los pasillos simulando ser un cliente más. Miré las tapas de películas de acción, suspenso, terror, románticas, pornográficas… Pero solo porque me quedaban de paso hacia lo que buscaba: la sección de ciencia ficción. Y aunque esperaba encontrar algo allí, la sorpresa que me llevé fue mayor de lo que esperaba. No había películas de viajes en el tiempo.

Ni 12 Monos, ni Donnie Darko, ni Looper, ni Terminator, ni Predestinación, ni Timecop, ni Primer, ni Efecto Mariposa, ni siquiera el Día de la marmota.

Ni una.

Es lo que hago yo. Viajes en el tiempo. Sí, también entre universos. Es complicado, pero termina siendo casi lo mismo… Y en todos los universos y tiempos a los que llega el Concilio existe la noción de viaje en el tiempo. Es un invariable. Como las Kardashian. Que no estuvieran era claro indicador de problema. No, las Kardashian no. Que no hubiera viajes en el tiempo.

Reconozco que el descubrimiento me dejó algo atontado, casi como un salto. Deambulé un rato por los pasillos, recuperando mi estado de ánimo, y terminé, sin querer, en la zona de ofertas. Películas descatalogadas —las que nadie quiere— puesta en venta. Y ahí estaba.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

Volver al futuro.

¿Nunca la escuchó nombrar? ¿Back to the future? No me extraña. No, no porque estuviera en ese sector, sino por lo que veía en la portada. El rostro del protagonista estaba mal. Y el nombre, encima, lo confirmaba. Donde debía leerse Michael J. Fox decía Eric Stoltz.

¿Entiende? Volver al futuro es la película que inspiró a todos a viajar en el tiempo. ¡Nos hizo creer a todos que el viaje en el tiempo era posible! Que el Concilio exista es en parte por ello, por las generaciones que la vieron, y crecieron y buscaron hacer realidad el viaje en el tiempo tanto como la patineta voladora…

¡¡¡Pero Eric Stoltz fue Marty MacFly!!! ¡¡¡Y por eso la película fue un fracaso!!!

No. No entiende nada… y no lo culpo, porque usted nunca lo vio. A Marty. A nuestro Marty. Calvin Klein. Nadie aquí lo vio. Y nadie imaginó los viajes en el tiempo. Y aquí el Concilio no existe. Su influencia en las oleadas del tiempo no llega más que a las orillas, lo suficiente como para dejarme varado pero no para embarcar en el viaje de vuelta.

Y por eso estoy aquí. Esperando a que Charlie baje de su habitación, listo para invitarle una copa, más de una si todo va bien y puedo empezar a encaminar las cosas en este puto universo desquiciado. Sí, tengo plata para unas cuántas copas, en eso siempre salimos preparados.

¿Por qué Charlie? No lo sé. No estoy seguro de nada.

Pero por algún lado tengo que empezar a cambiar el lugar.


Hernán Domínguez Nimo nació en Buenos Aires en 1969. Tiene cuentos y artículos publicados en revistas, antologías y sitios de Argentina, España, Francia, Colombia, Venezuela, EEUU, Grecia y Japón.

Publicó cuatro libros de cuentos, (Si algo está muerto no puede morir [Textos Intrusos, 2015]; Tiempos muertos [Peces de Ciudad, 2016]; La primera muerte es gratis [Ayarmanot, 2017]; El sonido seco del líquido [Trapezoide, 2024]) y tres novelas (Los muertos del Riachuelo [Interzona, 2018]; Sabueso [Luvina, 2022]; Buenos Aires Hemo [Ayarmanot, 2025]).

Con sus cuentos fue finalista en los concursos Terraignota (México 2001), Coyllur (Perú 2005), Axxón (Argentina 2006) y el Premio Internacional de Ediciones Electrónicas (España 2008), y ganador de los Concursos Fobos (Chile 2003), Carbono Alterado (Uruguay 2023) y Karel Capek (Argentina 2024).

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: EN PUNTO (nº 143), «HASTA LA SIGUIENTE» EN «FICCIÓN BREVE (7)» (nº 150), «VIAJE AL PASADO» EN «FICCIÓN BREVE (15)» (nº 154), «EL MORADOR» EN «FICCIÓN BREVE (17)» (nº 155), EL GUASÓN (nº 156), «FINAL INCIERTO» EN «ESPECIAL CUENTOS «MI PROPIA MUERTE» (3)» (nº 157), MOTORHOME (nº 160), MALOS PENSAMIENTOS (nº 163), EL NÚMERO UNO (nº 165), CAMINATA LUNAR (nº 167), «LA PRIMERA VEZ» EN «VEINTE BREVES VIAJES POR EL TIEMPO» (nº 167), EL DUEÑO DEL BARRIO (nº 168), CON UN PIE EN LA TRAMPA (nº 171), MORIR DE TRISTEZA (nº 178), «27 – RAÚL» EN «CUENTA REGRESIVA (II)» (nº 180), «EL OTRO» EN «FICCIÓN BREVE (CINCUENTA Y SIETE)» (nº 207), ROBO HORMIGA (nº 215), A LA DERIVA (nº 239), A SUS HUESOS SE LOS LLEVARÁ EL VIENTO (nº 254), HEBRAS QUE SE ENREDAN (nº 273).; en Uficcion: NO, GRACIAS (nº 141).

• Director Editorial: Eduardo J. Carletti •

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