«La increÃble historia de Adela y una chimenea», LucÃa Oliván
Agregado en 1 julio 2026 por Marcelo Huerta San MartÃn in 312, Ficciones
La primera vez que descubrimos su secreto fue el dÃa que nos vino a visitar la tÃa Gertrudis. Esta habÃa venido a conocer la casa a la que nos acabábamos de mudar y que Adela habÃa elegido en un barrio tranquilo, lejos de la vida agitada del centro. Porque, como ella misma le explicó, le ayudarÃa a calmar sus nervios y su continuo insomnio.
Nada más entrar, condujimos a la tÃa por todas las habitaciones como si se tratara de las salas de un museo y nosotros los guÃas. «Y aquà el despacho, y aquà el comedor, y aquà la sala de aseo…», mientras esta se ajustaba sus gafas de culo de vaso e intentaba vislumbrar los lugares de tan pobres explicaciones. Al mismo tiempo, su barbilla arrugada asentÃa con la misma devoción que una alumna aplicada de bachillerato a la que fueran a poner una nota en visitas guiadas a un museo (si es que existe una asignatura asÃ, lo cual dudo).
Al llegar a la biblioteca, la tÃa Gertrudis exclamó: «¡Menuda colección!». Allà descansaban tÃtulos de libros con nombres de personas de las que jamás habÃa oÃdo hablar: una extraña herencia que nos habÃa dejado el antiguo inquilino, un abuelito tan arrugado y singular como estos. Paseó la mano por los lomos de los polvorientos ejemplares, como si de verdad le impresionaran (porque yo no la habÃa visto abrir un libro en mi vida, todo hay que decirlo), para acabar deteniéndose en la chimenea, la cual parecÃa observarla desde su agujero sin fondo como sopesándola. La tÃa Gertrudis se agachó para mirar su interior, y preguntó si todavÃa funcionaba. Fue entonces cuando la pobre mujer fue absorbida por el hogar como si unas enormes fauces la engulleran, sin siquiera masticarla. Adela se llevó las manos a la cabeza y ahogó un gritito. Yo, instintivamente, di un salto hacia atrás. Al cabo de unos segundos, esa boca negra escupió un libro, profiriendo un eructito envuelto en una nube de cenizas.
Tras estar cinco horas sin atrevernos a nombrar lo sucedido, finalmente decidimos afrontar el tema. «¡Qué barbaridad!, cariño, ¿de dónde ha salido este monstruo?» «¿Será esta una habitación maldita que nos quiso ocultar el antiguo dueño, Adela?» «Pero mira, cariño, que el libro que ha salido de la tÃa Gertrudis parece interesante…» «Eh, Adela, ni se te ocurra abrirlo». «Bueno, es que ya que está ahÃ…»
Continuamos con nuestra discusión hasta bien entrada la noche para, finalmente, decidir que cerrarÃamos la biblioteca con llave y tomarÃamos las máximas precauciones para que nadie accediera a lugar tan peligroso a partir de ese momento.
Sin embargo, una semana después, por accidente, se nos coló la tÃa Dolores al hacernos una visita inesperada. ¡No sé cómo consiguió entrar a la sala! Solo sé que fue englutida nada más arrodillarse frente a la chimenea y que de ella salió una obra impresa de lo más ilustrativa sobre la vida en la posguerra, época en la que habÃa vivido. A los quince dÃas fue el tÃo Jacinto, de quien surgió un libro muy interesante sobre el arte de la jardinerÃa, la cual habÃa sido su profesión. Tres dÃas más tarde, por la noche, un ladrón se intentó colar por el hueco de nuestro hogar y al dÃa siguiente descubrimos un ejemplar sobre las miserias y sinsabores de un hombre sin techo, con el que Adela y yo lloramos como si fuéramos niños viendo la pelÃcula de Bambi otra vez. A la semana siguiente una rata (sÃ, resulta que tenÃamos ratas allÃ; bueno, realmente también en alguna otra parte de la casa que no frecuentábamos ni limpiábamos mucho, no voy a mentir) fue devorada por esta peculiar construcción y salió un tratado contra el maltrato animal y a favor del veganismo que nos convenció de llevar una vida sin consumo de seres vivos no vegetales.
Pese a que yo disfrutaba con esas nuevas lecturas, no me hacÃan ninguna gracia los despistes que habÃamos tenido con la vigilancia de nuestro particular horno-devora-personas. «Si esto sigue asÃ, tendremos que deshacernos de esta chimenea. Estoy en contra de las construcciones que dan libros a cambio de vidas humanas», asà se lo dije a Adela. Ella me contestó que a ella tampoco le gustaba ver gente «desaparecer», pero que cómo Ãbamos a destruirla «asÃ, sin más». Que le daba pena. Que «a la pobre» igual lo que le pasaba es que tenÃa «simplemente hambre» y «unas necesidades» que no habÃamos sabido atender. Que tenerla encerrada «en esas condiciones, aislada de todo» quizás no era el comportamiento que se esperaba de «nosotros, los responsables» de esta. «¿Y si le damos las sobras de la comida? Si con las ratas ha funcionado, con pollo quizás…», me repetÃa con gran insistencia y mirándome fijamente, con ojos suplicantes y muy tristes, como si le fuera la vida en salvar a ese monstruo-come-gente. A lo que yo le recordaba que, después de haber leÃdo el tratado a favor de comer solo plantas, ya no engullÃamos ningún animal. «Igual podemos probar con cáscaras de plátano y pelados de berenjena», proponÃa entonces, riendo de manera descontrolada, como si esa solución tuviera algún tipo de lógica y asà se pudieran terminar nuestros problemas. Ante lo cual, yo solo me callaba y me entraban escalofrÃos.
En el fondo, yo sospechaba que a ella el bienestar de nuestro monstruo-quita-vidas no le preocupaba lo más mÃnimo, sino que lo que le pasaba a Adela es que le gustaba mucho (quizás demasiado) ese nuevo entretenimiento que le proporcionaba este por las noches. Especialmente cuando comprobé que habÃa nuevos tÃtulos en la estanterÃa: Cordelia (¿la vecina chismosa alemana de al lado no se llamaba asÃ?), Sandalio (que el nombre del panadero de la esquina recién jubilado y el del tÃtulo fueran el mismo era mucha coincidencia, ¿o no?), y Sónsoles (la quiosquera respondÃa a ese apelativo y yo desconocÃa una novela con ese tÃtulo hasta esos momentos, además de que el quiosco llevaba unos dÃas cerrado sin previo aviso).
Mi mente empezó a albergar todo tipo de ideas. ¿HabÃan sido simplemente descuidos nuestros el que ese hogar glotón se hubiera zampado varias vidas humanas? ¿O solo habÃa sido yo el que no habÃa estado atento y Adela habÃa provocado esos accidentes para aplacar su nueva faceta oculta de… ávida lectora de «biografÃas»? (no se me ocurrÃa una manera más suave de decirlo). Cuando le planteé la pregunta no me respondió. Empecé a desconfiar de ella y un recelo mutuo se instauró en nuestra vida de pareja.
Ella me echaba en cara mis «excesivos remilgos» con lo que ella llamaba «el asunto de los libros» y yo le decÃa que se habÃa vuelto «una mujer insensible» y «con pocos escrúpulos» cuando se trataba de leer literatura. Que era capaz de todo, «DE TODO», por leer algo que la enganchara, aunque a veces ni fuera de calidad. A ello esta respondÃa con lloros, diciendo la palabra «insensible» más de veinte veces en diez minutos (una vez cada treinta segundos, que lo calculé aunque no soy un lince en matemáticas), para luego acercárseme y susurrarme al oÃdo: «Ya cambiarás de opinión, ya», y se echaba a reÃr. Lo que a mà en vez de parecerme gracioso como a ella me producÃa un calambre en el estómago y que me faltara el aire.
Mis sospechas de que Adela se habÃa vuelto como una regadera (o de que simplemente ya lo habÃa estado y no me habÃa dado cuenta hasta entonces, todo podÃa ser) se acrecentaron cuando vi una invitación para celebrar una fiesta en mi casa y que, casualmente, se iba a llevar a cabo …¡en la biblioteca! ¡Y ese mismo dÃa! ¡Eso era el colmo! ¡Esa chimenea no podÃa engullir más vidas humanas, por más obras de arte, algunas maestras, otras no (pues el tratado de jardinerÃa era interesante pero tampoco era para echar cohetes, me atreverÃa a decir), que produjera! Eso iba a decirle a Adela cuando oà unas voces y unas risas. ProcedÃan de la biblioteca. Con la respiración entrecortada, me acerqué. ¿Era Adela?
Abrà justo la puerta para ver a Teresa, la única vecina del barrio que habÃa visto vivita y coleando últimamente (¿dónde se habrÃan metido los demás?), antes de desaparecer por el agujero traga-vidas. «¡Adela!», grité, «¡esto no puede seguir asÃ!». No obstante, miré alrededor de la habitación y no la vi. En su lugar, se encontraba Ignacio, el último tÃo que me quedaba sin morirse, y al que yo no aguantaba. Detrás de él estaba el capullo de mi jefe, que siempre querÃa llamar la atención delante de mi mujer; y mi cuñado, al que le gustaba mucho hacerme bromas pesadas en las comidas familiares. Además, allà habÃa también una legión de gente con la que alguna vez me habÃa sentido ofendido o habÃa tenido alguna confrontación. No eran pocos. Y, sin embargo, no faltaba ni uno.
—Cariño, ¿qué es lo que no puede seguir as� —me dijo una voz desde el pasillo. —¿No te gusta la fiesta sorpresa que te he preparado?
Era Adela, quien mientras decÃa eso se acercó a la puerta. La miré boquiabierto. Su sonrisa, triunfal, parecÃa decir: «Ya te lo dije, que te ibas a convencer. ¿A que ahora no tienes tantos reparos de conseguir libros de esta manera?»
Yo ya no sabÃa qué pensar. ¿Asà me querÃa persuadir de continuar con ese sinsentido de los libros que se cobraban vidas humanas? ¿QuerÃa comprar mi aceptación juntando a todos los elementos que me hubiera gustado eliminar del mapa en algún momento de mi vida? ¿Pensaba que la mejor solución a los problemas de uno era que se los comiera nuestro hogar? ¿O era eso simplemente toda una declaración de amor sincera de una loca de remate que creÃa que me harÃa feliz una sorpresa semejante? «Compartamos la felicidad de disfrutar de estas lecturas tan adictivas. Guardemos el secreto del poder oculto de este portento de la escritura», creà leer en esos momentos de su mirada.
La verdad, es que era difÃcil saber qué pasaba realmente por su cabeza. Por la mÃa, sÃ: unas punzadas de dolor que me martilleaban. Solo querÃa que todo aquello acabara. Asà que no me lo pensé dos veces. Me giré, miré a mi mujer, y le dije: «SÃ, cariño. Me encanta».
Y luego, antes de que su boca pudiera dibujar una sonrisa, una mueca, llorara o me abrazara, la cogà de los brazos, la empujé dentro del cuarto (junto con todos los tipos repelentes que habÃa reunido) y cerré la puerta con llave, jurándome que a partir de ese momento destruirÃa yo mismo esa chimenea. Eso sÃ, antes me entretendrÃa leyendo (¿muy a mi pesar?), una buena temporada.
LucÃa Oliván Santaliestra es española. Es profesora de Español y FilosofÃa en un instituto de enseñanza secundaria en Alemania. Ha publicado en varias revistas literarias como Nagari, Letralia, The Weird Review, El Narratorio, Alborismos y Almiar, entre otras.
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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •





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