Revista Axxón » «El planeta Krah», Sergey Baranov - página principal

¡ME GUSTA
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Ucrania UCRANIA
¡Ay, me muero! ¡Dios mío, qué desastre! –murmuró un anciano bajito y regordete. Entró a trompicones en el bar, tenuemente iluminado. Llevaba un viejo traje espacial sin casco y una chaqueta oscura y desgastada encima. El astronauta miró su reloj: apenas eran las diez de la mañana. Miró a los demás sentados a la mesa, suspiró profundamente, asintió y, rascándose la cabeza calva, se apresuró a la barra.

–¡Hola, Piotr! ¿Lunes difícil? –¿Resaca otra vez? –dijo alguien desde el fondo de la sala, saludándolo con alegría. Sin prestar atención, se detuvo un instante y se secó el sudor de la calva con la mano. Tras acariciarse la perilla, Piotr recorrió con la mirada a los presentes. Cerca de la barra, un joven flaco con gafas disfrutaba de un café. Piotr no lo había visto por allí antes. El cosmonauta lo observó por un segundo, sonrió y, con paso firme, caminó decidido hacia la barra.

–¡Maldito barman! ¿Por dónde andas? –gruñó mientras hurgaba en los bolsillos de su vieja y raída chaqueta buscando monedas. El barman, con una sonrisa arrogante, limpiaba los vasos con total indiferencia. Detrás de él, brillaba una multitud de botellas de todas las formas y colores. En el bar sonaba una música suave, casi imperceptible. Se sentía el olor a alcohol barato. Al palpar el dinero, el cosmonauta sonrió con alegría y arrojó las monedas sobre la barra.– Un whisky, rápido, llena el vaso –ordenó Piotr.

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Ilustración: Pedro Bel

–Ya va, ya va –el barman le dedicó una sonrisa servil, abrió con destreza una botella de un whisky bastante dudoso y llenó el vaso hasta el borde. Antes de que terminara de posarlo en la barra, Piotr ya lo tenía en la boca y todo el contenido desapareció por su garganta en un santiamén. – ¡Ah, estoy vivo! ¡Qué bien ha bajado el agüita! –el cosmonauta sonrió con beatitud, soltó un hipo y se puso a examinar su traje y a los clientes del bar.

–Hace poco estuve charlando con unos pulpitos del planeta Krah. Ni se imaginan el año tan difícil que han tenido. El planeta Krah se está muriendo –comenzó Piotr con un suspiro de pesadumbre, dirigiéndose a todos los presentes.

Los habituales del bar ya habían oído las historias del veterano astronauta muchas veces; sin prestarle atención, seguían en lo suyo. De pronto, el joven flaco de las gafas grandes se levantó de su mesa junto a la barra y se acercó a Piotr. –Permítame presentarme, soy Harold, del planeta Aks. Soy estudiante de segundo año en la universidad. Nuestros profesores nos hablaron una vez de los pulpos inteligentes del planeta Krah, pero tenemos muy pocos datos sobre ellos. ¿Podría usted iluminarme un poco y contarme más? –sonrió con timidez y miró fijamente al cosmonauta.

–Mucho gusto, soy Piotr, pero puedes llamarme Peter. Claro que te contaré, ¿por qué no? Pero hay un pequeño inconveniente. Contraje una enfermedad desconocida en el espacio exterior. Solo se cura con whisky y se me está acabando el dinero. ¿Me entiendes? –el cosmonauta examinaba al joven con los ojos entrecerrados–. Mi próximo contrato es recién dentro de una semana. Amigo Harold, ayúdame con algo de dinero para esta noble causa y te contaré todo lo que sé. Créeme, sé mucho.

–Sí, claro, por supuesto, lamento mucho su enfermedad, tome un par de créditos. –Harold, avergonzado, metió la mano en su bolsillo, sacó el dinero y se lo entregó a Piotr. El astronauta, con una sonrisa ligeramente condescendiente, les echó un vistazo rápido y sacó la cuenta mentalmente. Suspirando, arrojó los créditos sobre la barra. –¡Barman, dos whiskies más!– rugió Peter. Se bebió un vaso de un trago, sonrió con beatitud, tomó el otro en la mano y arrastró a Harold hacia una mesa al fondo del bar.

Sentado y con los ojos entrecerrados, mirando fijamente al joven, el cosmonauta comenzó su relato. –Hace poco estaba repostando en los asteroides de Magallanes; por cierto, allí hay una gasolinera barata y un bar espacial excelente. Pues bien, mientras devoraba mi tocino, vi en el bar a dos pulpitos, un poco más bajos que yo, pero algo más rollizos. Empezaron a decirme algo, pero no entendí ni una palabra. Solo cuando me puse el traductor en el oído pude comprenderlos. Me preguntaban cómo llegar al planeta donde habitan las babosas gigantes inteligentes. Se lo expliqué, y entre charla y charla, me contaron su historia.

–Resulta que los pulpitos pueden volverse invisibles, cambiar drásticamente de tamaño y viajar por el espacio sin naves ni trajes espaciales. ¡Se alimentan de ondas positivas que emanan de los seres pensantes, pero las ondas tienen que ser naturales! Yo estaba en shock. Pero lo más importante es que… ¡el planeta Krah resultó no ser un planeta en absoluto! ¡Es un organismo vivo y pensante, inmenso, del tamaño de un mundo! –Piotr miró al estudiante para asegurarse del efecto que sus palabras habían causado.

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Ilustración: Valeria Uccelli

—¡No puede ser! —exclamó Harold, atónito—. ¡Por favor, continúa!

Peter tomó un sorbo de su vaso y continuó:

—El planeta Krah era muy antiguo y único, único en su especie. No hay otros como él en el universo… Ha sobrevivido al nacimiento y la muerte de muchas estrellas, pero su vida está llegando lentamente a su fin. En su superficie viven pequeñas criaturas, muy similares a los pulpos de la Tierra. Krah pensaba mucho, pensaba bien, pensaba en cosas hermosas, y al mismo tiempo, emitía ciertas ondas doradas de las que se alimentaban estos pequeños pulpos.

»Conocí a Niphau, un pulpito científico, sabio y refinado, y al algo simplón Pithau. Recorrieron muchos mundos, pero en ningún lugar encontraban seres que pensaran mayormente en cosas positivas. Al principio de su viaje, les gustó un planeta habitado por abejas gigantes. Bebían el néctar de flores que eran más grandes que una nave espacial. Las abejas pensaban en las flores, en la belleza de los pétalos y los estambres, en el dulce néctar… Pithau se alegró tanto que empezó a convencer a Niphau para volver de inmediato a Krah y contarles a todos sobre aquel planeta maravilloso.

»Pero no era fácil convencer a Niphau; casi se agarran a golpes… En cuanto las abejas regresaron a la colmena, la reina empezó a gritarles que si habían recolectado poco néctar, que si habían tardado demasiado. Las abejas empezaron a tener pensamientos horribles sobre la reina, aunque no decían nada, y los pulpitos casi murieron. Apenas lograron escapar del planeta con sus tentáculos, o patas, intactos. A decir verdad, si se hubieran quedado, quién sabe qué habría sido de las abejas.

»Pero lo más interesante es que los pulpitos casi colonizan el planeta Fénix, un mundo de tipo terrestre donde viven millones de humanos. Como ya dije, ellos se alimentan de pensamientos y es como si «secaran» a sus anfitriones. De esa forma casi muere el planeta de los caracoles inteligentes, donde los pulpitos vivieron un tiempo. Pero los caracoles, de alguna manera, intuyeron su presencia y empezaron a tener pensamientos negativos. Los pulpitos huyeron de inmediato. –Peter sonrió, terminó su whisky y clavó la mirada en Harold.

El estudiante se quitó las gafas de nuevo, las limpió y se las plantó en la nariz.

–¿Y bien? ¿A qué esperamos? ¿Quieres oír el final? –preguntó el cosmonauta, mirando con intención su vaso vacío.

–¡Ah, lo siento! Sí, por supuesto! –Harold reaccionó de golpe, agarró el vaso y salió corriendo hacia la barra.

–Niphau y Pithau llegaron al planeta Fénix en verano. Redujeron su tamaño hasta ser como pulgas y se volvieron completamente incoloros; así empezaron a descender, atraídos por el rastro de los buenos pensamientos. Dieron con una pequeña ciudad a orillas de un mar cálido. El sol brillaba con suavidad. Los edificios bajos convivían con enormes rascacielos, pero de las alturas emanaban unas ondas grises y, a veces, negras. En cambio, en la orilla, la gente tomaba el sol y disfrutaba del buen tiempo, del mar y de la compañía. Las ondas doradas flotaban por doquier en el aire.

»Pithau divisó a un hombre bajito y rechoncho con un traje formal muy elegante. Paseaba sin prisa por el malecón, contemplando a las chicas esbeltas que tomaban el sol en la arena. Pensamientos maravillosos brotaban a raudales de su cabeza. Niphau y Pithau se posaron sobre su coronilla, dejándose llevar por las ondas doradas; estaban encantados con aquel habitante del planeta. Mientras él miraba a las jóvenes, de su cabeza emanaba un insólito resplandor rojo. Los pulpitos nunca habían visto ondas así y quedaron simplemente hechizados.

»Aquellos pulpitos estaban como borrachos por las ondas rojas, pero el hombre empezó a prepararse para volver a casa, al parecer, y el rojo se volvió rosa, y luego dorado otra vez. Y de repente, le sonó el teléfono en el bolsillo. «¿Dónde estás? ¿Por dónde andas? ¡Vuelve a casa ahora mismo, animal!», gritaba una mujer; por lo visto, era la voz de su esposa. Al instante, las ondas doradas del hombre se volvieron grises y luego marrones. Cuanto más se acercaba a su casa, más negras se ponían las ondas. «¡Entra ya, animal!», rugió una voz femenina y tosca, y sus pensamientos se volvieron negros como el carbón.

–¡Usted no se imagina lo que acaba de contar! ¡No tiene ni la menor idea! –exclamó el estudiante mientras se quitaba las gafas para limpiarlas frenéticamente–. En mi planeta, la institución del matrimonio se cae a pedazos, ¡pero después de su historia brillará con una luz nueva! Mi padre dirige el Ministerio de Familia y Matrimonio. ¡Le contaré sin falta el papel fundamental que juegan las mujeres en la salvación de la raza humana!

Sus ojos brillaban de pura agitación. Un segundo después, se levantó de un salto y salió disparado del bar como una bala. Muchos de los clientes, entre risitas, lo siguieron con la mirada.

–¿Qué, Peter? ¿Te las has ingeniado para beber whisky gratis otra vez? –preguntó divertido un hombre gordo con un mono de trabajo desgastado desde la mesa vecina.

–Le he contado al muchacho la pura verdad, y la verdad hay que pagarla. ¡Siempre ayuda a los necesitados!

–Pues yo sigo sin entender… ¿Qué tiene que ver el Ministerio de Familia con todo esto?

–La verdad siempre es difícil de comprender –respondió Peter con orgullo, intentando disimular una sonrisa.


Sergey Baranov es graduado de la Facultad de Educación y exprofesor. Nos cuenta: «Mi experiencia en educación ha influido profundamente en mi comprensión de la psicología humana. Actualmente vivo en Odesa, Ucrania, donde trabajo como presentador, apoyando a familias en duelo y ayudándolas a preservar la memoria de sus seres queridos. Esta profesión me brinda una perspectiva única sobre la vida, la muerte y el valor de la memoria. Escribo mis historias en refugios antiaéreos, encontrando consuelo y esperanza en la escritura creativa y la ciencia ficción. Disfruto del cine, los deportes y la cocina, y vivo con mi amada esposa.»

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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

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