Revista Axxón » «La araña y la mosca», José Antonio Villanueva - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

México MÉXICO
Llevo horas manejando. Conozco las carreteras como las líneas de la palma de mi mano. Agosto es agobiante. El calor convierte mi cabina en un horno.

Aparentar ser alguien normal es más fácil de lo que parece. Me casé con mi primera novia. Tenemos cinco hijos, todos profesionistas: un abogado, un maestro, una licenciada en administración, un sacerdote y la menor es estudiante de medicina.

Participo en el grupo de evangelización de mi parroquia. Ayudo a llevar comida a los familiares de enfermos en los hospitales y comparto la palabra de Dios para que encuentren consuelo.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

Conducir ha sido mi único trabajo. No sé cómo le hice, pero mi primer viaje fue perfecto. Cuando confesé, después de cuatro meses, que no sabía manejar, mi patrón se me quedó viendo y levantó los hombros. Solo me dijo:

—Supongo que ya aprendiste.

Tuve una infancia difícil. Fui hijo único. Mi papá abandonó a mi mamá cuando supo que estaba embarazada.

Mi madre tuvo diversos novios, a quienes yo llamaba “tíos”. Fue el tío Miguel quien más tiempo estuvo con ella. A veces se iban semanas de vacaciones y me dejaban con la mamá del tío Miguel, una anciana que regenteaba la casa de prostitutas del pueblo. Ella y su novio siempre me golpeaban por cosas como no acabarme la comida, dormir tarde o hacer ruido.

A los diez años, mientras caminaba a casa, me encontré con un perro. Era de color amarillo, de pelo corto, y con cicatrices en el lomo.

Lo comencé a acariciar. Acerqué mi mano y comenzó a olisquearla para después lamerme. Compartí con él trozos de fruta de mi desayuno. Los comió y comenzó a seguirme. Lo llevé hasta las vías del tren y anudé una soga sobre su cuello.

Comencé a jalar de ella. El perro aulló y sus patas rascaban el piso. Yo apretaba la soga y el perro respondía con la misma fuerza, hasta que, de repente, su respiración fue volviéndose suave y cayó. Su lengua morada colgaba flácida de su hocico.

Sentí un poder nuevo para mí. Me pude haber detenido, pero no lo hice. Por primera vez en mi vida supe lo que es tener el control.

Hace veinte años fue cuando lo hice por primera vez. Ya era de noche y había decidido descansar en una parada de camiones. Entonces escuché que tocaron mi cabina. Era una chica muy joven. Iba vestida con un short que apenas le cubría las caderas y un top blanco. Olía a perfume barato y me dijo:

—Hola, cariño, ¿cómo estás?

—Bien… —contesté sorprendido.

—¿No quieres que nos divirtamos un poco? —me dijo mientras pasaba la mano por sus pechos.

—Súbete.

—Gracias, hermoso.

El sexo fue torpe; apenas duramos diez minutos. Solo alcancé a desabrocharme el pantalón y ya. No hubo juegos ni caricias. Tan pronto como me vacié, se apartó de mí y me pidió dinero.

Le di un puñetazo. Su nariz comenzó a salpicar sangre. Gritó asustada. La golpeé otra vez y coloqué mis manos sobre su cuello. Presioné. Luchaba con puños y patadas, pero mientras más apretaba, sus golpes perdían fuerza hasta que dejó de moverse.

Me dirigí al basurero y tiré el cuerpo. Al principio temí que la policía me encontrara, pero la ventaja de vivir en un lugar como México es que, la mayoría de las veces, este tipo de cosas terminan olvidadas en un archivo.

Revisé el periódico y solo hubo una nota. Cada vez que salgo a trabajar también salgo de cacería. Las chicas de la carretera alimentan ese deseo que los animales dejaron de darme. Después de tantos años manejando aprendí algo sobre las carreteras: de noche Dios no entra a ciertos lugares.

Me detengo en un motel de paso. Al registrarme, observo a una mujer de unos treinta años. Está despeinada y en su mejilla derecha tiene una marca morada. Me siento en el sofá de la recepción y la saludo.

—Buenas noches.

—Buenas noches —al contestar solo dibuja una media sonrisa.

A los pocos minutos decido reiniciar la conversación con un comentario estúpido sobre el clima.

—Ha estado haciendo mucho calor.

—Sí, bastante. Me estoy derritiendo.

—Me llamo Jaime.

No es mi nombre, pero siempre uso uno falso.

—Yo me llamo Luisa —me extiende la mano.

—¿Es de por aquí cerca? —le pregunto con un tono un poco distante.

—No, vengo de la capital.

—Oh, ¿y qué hace aquí tan lejos?

—Es una larga historia. Prefiero no contarla.

—Entiendo…

Tomé el periódico y actué como si no me importara. A los pocos segundos me dijo:

—Es que a veces actúa como un idiota.

—¿Quién?

—Gustavo… mi novio.

Me habló sobre varios conflictos con su pareja y fingí escucharla mientras observaba cómo se iban dibujando las venas de su cuello.

Terminamos de platicar y la acompañé a su cuarto. En mi mente quedó registrado el número de su habitación.

Llamé a mi mujer y le dije que me quedaría a descansar. Pregunté por nuestros hijos y les envié un saludo.

Me senté en la cama y encendí el televisor. No supe de qué trataba la película que estaban transmitiendo. En mi cabeza solo estaba el cuello de Luisa.

Caminé a la habitación. El pasillo que llevaba a su cuarto se encontraba en silencio, iluminado por unas lámparas que emitían una luz muy tenue.

Toqué y Luisa inmediatamente contestó:

—¿Quién es?

—Soy Jaime, ¿puedo pasar?

Se quedó en silencio por unos segundos.

—Pásale.

La puerta se abrió y, al entrar, fui recibido por una ráfaga de aire caliente. Noté un charco de color rosa. La habitación desprendía un aroma a humedad y encierro. Las cortinas estaban cerradas y revestidas por una fina capa de polvo.

Luisa se encontraba en el otro extremo. La oscuridad cubría gran parte de su cuerpo. Permanecía en silencio… No dejaba de seguirme con sus ojos.

Cada segundo que pasaba, el aire del cuarto se sentía pesado. Respiraba con esfuerzo. Mi ropa estaba empapada. Mover solo las manos requería mucha concentración. Luisa permanecía en la misma esquina…

Apenas me pude sentar y fue como si hubiera activado un reflejo en ella.

Se acercó. Movía las piernas de una forma muy elegante, creando ángulos extraños.

—¿Quieres un poco de agua helada?

—Sí.

Noté en la mesa un plato con moscas zumbando alrededor de los restos de comida. El olor era como el de la carne podrida; me golpeaba la nariz, pero estaba muy débil como para vomitar.

Luisa se rió. En su rostro apenas se dibujaban unas arrugas.

Del baño comenzaba a salir vapor. Un vapor que, en segundos, convirtió el cuarto en una sauna. Apenas podía ver lo que estaba enfrente de mí.

—No me siento muy bien.

—Sí, supongo que no. Me voy a desnudar —me dijo mirándome fijamente.

No entendí nada. Solo vi cómo se retiraba la toalla que cubría su cuerpo. Ante mi horror, alcancé a ver que su piel era de color morado, con llagas que supuraban un líquido amarillo y cremoso. Se estaba riendo y su risa permaneció en mi cabeza como un eco.

Su rostro también había cambiado. Sus dientes se convirtieron en colmillos negros. El blanco de sus ojos era ahora rojo. Pasó su dedo índice sobre su cuello, imitando el movimiento de una navaja degollando.

Clavó su uña sobre mi cuello. No sentí dolor. Solo alcancé a ver que un líquido oscuro salía de mi carne.

Acercó su boca y sentí su pútrido y cálido aliento. Jugaba con su lengua sobre mi cuello. Mi cerebro gritaba, pero mis músculos no respondían.

De pronto se detuvo. Caminó de espaldas mientras se reía, asegurándose de que la siguiera viendo.

Tomó una venda y comenzó a envolverme mientras tarareaba con una voz cavernosa:

—Guisi guisi araña, tejió su telaraña…

Me vendó todo el cuerpo excepto la cara. Su piel morada estaba pegada a sus huesos; su fuerza era descomunal. Me cargó con un brazo y me arrojó dentro del armario.

Había otro cuerpo ahí. Escuchaba su respiración.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí?

En la oscuridad, las horas pueden confundirse con días.

Una luz golpeó mis ojos. Solo veía blanco. Traté de entrecerrarlos, pero aun así la luz me cegaba.

Entonces la escuché.

Era carne siendo masticada. Sonaba igual que una bestia comiendo a su presa. Se escuchaban gorgoteos. Su presa gemía, como negándose a morir, hasta que escuché un crack similar al de una rama que se quiebra.

Silencio.

Ella estaba agachada, mientras quitaba el vendaje de la persona que devoró.

Al final dejó el cuerpo ahí y vi que solo era un cascarón pálido y seco; si alguna vez fue humano, ya no lo era.

Golpeó mi cabeza jugando y cerró la puerta mientras tarareaba:

—Guisi guisi araña…


José Antonio Villanueva nació en Ciudad Victoria (México) allá por el lejano año de 1982. Estudió medicina y lleva 10 años ejerciendo como nefrólogo pediatra. En sus tiempos libres, disfruta mucho de leer e imaginar historias. Ahora ha decidido plasmar esa imaginación en palabras.

• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

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