Revista Axxón » «Cena de otro planeta», Gerardo Zenteno - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

México MÉXICO
Después de la última exploración en la que me embarqué, me vi en la necesidad de adaptar mis hábitos alimenticios y no hubo marcha atrás. Habíamos zarpado a otra de tantas exploraciones para identificar planetas y satélites que pudieran ser habitables para la raza humana. Nuestra Estación Espacial estaba al borde del colapso.

Mi pequeña tripulación y yo habíamos pisado un sinfín de lugares hostiles. Estábamos exhaustos, por fortuna solo nos faltaba un último planeta para culminar la exploración. Mientras la nave se acercaba, me llegó un resplandor amarillento; alcancé a ver que aquella atmósfera tenía nubosidades azules y moradas que contrastaban con el brillo del pequeño planeta. A pesar de su tamaño, estaba en nuestra lista porque nuestros antepasados lo habían identificado; de hecho, mi madre lo visitó durante su última expedición. Una especie de emoción inundó mis entrañas al observar el brillo dorado del planeta que, por unos instantes, me aplacó el hambre. Sentí como si tuviera insectos en mi panza que revoloteaban en espera de salir a volar sobre la superficie que había explorado mi madre. Solo teníamos un día para terminar de examinarlo y después de la cena, volaríamos de regreso a la Estación.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

La idea de volver me alegraba porque ya no soportaba quedarme con hambre, mi estómago no paraba de rugir desde que habíamos zarpado. Durante las misiones la comida era escasa y de mala calidad. A las pocas horas después de comer, se me abría el apetito y mi barriga me delataba. Pero la comida no era el único inconveniente, mis compañeros de tripulación eran el otro problema. Conocía a Rosa, Brandon y Néstor desde la infancia, habíamos crecido en el ala sur de la Estación, la zona que el gobernador había resguardado para los hijos de exploradores de generaciones pasadas, con la idea de perpetuar la herencia aventurera.

Nunca voy a olvidar la primera vez que ellos se burlaron del tamaño de mi cabeza. Ocurrió cuando realizábamos nuestra primera práctica en el exterior, durante el curso de simulación de reparaciones estructurales. No pude ponerme el casco del traje porque mi cabeza no entraba. Tuvieron que mandar a hacerme un casco a la medida que tardó meses en fabricarse. Durante esas semanas de espera yo me quedaba solo, viendo desde adentro cómo ellos salían a aprender lo que nuestros padres.

Cuando me tocaba consulta con el médico, éste repetía que el tamaño de mi cabeza equivalía a la de un adulto más la de un niño juntos, que por eso mi madre no había sobrevivido a mi nacimiento. Tengo una foto de ella que guardo en una cajita debajo de la litera y cuando la observo, no puedo evitar sentir culpa por haberla desangrado durante el parto. A mi padre nunca lo conocí. De hecho, nadie de la Estación me ha platicado de él. Una vez el gobernador visitó el ala sur y se me acercó para darme unas palmadas en la espalda al hablar sobre mi madre, me platicó que ella había sido una gran exploradora que había ayudado a mapear los planetas más prometedores para ser habitados, fue la única que se aventuró durante el embarazo. Regresó a la Estación a tiempo para mi nacimiento. Lo anterior creaba rumores entre mis compañeros, decían que yo había consumido a mi madre, que en sus últimos días parecía un esqueleto con una enorme panza. Ella murió sin decir quién había sido mi padre. Por momentos tuve la sospecha de que yo era hijo del gobernador, pero que él no se atrevía a aceptarme como hijo suyo porque se avergonzaba de mi físico.

Y es que no solo mi cabeza llamaba la atención, sino que mi piel también era distinta. Era rasposa como la de algunos animales que habitaron la Tierra, de un color cenizo, como el de las rocas que nos mostraron en la escuela. También había notado que mis brazos eran más largos y delgados que el promedio, por las noches me dolían. Tenía la impresión de que mis huesos querían seguir creciendo a costa de desgarrar mis músculos o mi piel. Los dolores empeoraban cuando me ponía el traje espacial que solo usaba unos meses pues yo seguía creciendo y tenía que volver a cambiarlo por uno nuevo. Cuando el dolor de huesos era insoportable me despertaba a medio sueño. Además, siempre tenía hambre, por eso me levantaba de la cama para calmar el hormigueo de mis brazos y aprovechaba el insomnio para sustraer comida a escondidas.

El que más me molestaba de los tres era Brandon. Cuando la longitud de mis brazos se hizo más notoria que el tamaño de mi cabeza, se burlaba diciéndome que parecía un mono araña. Por eso, un día le solté unos trancazos; pensé me dejaría en paz, pero no. Una noche, cuando salía de la ducha, se me abalanzó por la espalda, caí al suelo boca arriba y mientras yo forcejeaba, él sacó un láser y disparó hacia mi cara. Desde entonces tengo dos cicatrices enormes en mis dos mejillas, cuando me veo al espejo parecen extensiones de mis labios que hacen ver a mi boca más grande de lo que es. Desde entonces Néstor me apodó “el reptil” y Rosa a veces me dice “anfibio”. En un principio me entristeció que ella también se burlara de mí, pero imaginé que lo hacía con cierto cariño. Rosa no era déspota como los otros, a veces se sentaba a mi lado en el desayuno y me platicaba de las exploraciones de sus padres, por eso ella podía decirme lo que quisiera, se lo había ganado. Era la única mujer en nuestra generación que se acercaba a platicar conmigo, me ayudaba a olvidar lo deforme que me sentía y de paso también se calmaba mi hambre. Rosa me gustaba, pero me arrepiento de que nunca me atreví a decírselo. Me cohibía su mirada de ojos grises envuelta por su cabello largo y negro como el espacio.

En cuanto aterrizamos sobre el planeta amarillo, los tres escucharon el rugir de mis tripas y se carcajearon. Néstor dijo que solo un animal podía comer lo que yo. No lo podía evitar, desde niño mi metabolismo ha sido rápido, pero durante este viaje todo se fue al carajo por culpa de Brandon. El pendejo desechó comida al espacio por error, pensando que se trataba de la bolsa de desperdicios. No nos quedó de otra más que racionar el resto de la comida. Mis entrañas chillaban cuando bajé de la nave para iniciar la exploración, era mejor alejarme de Brandon y Néstor que seguían comportándose como niños, a pesar de que pronto cumpliríamos dieciocho. No había solicitado cambio de tripulación, de lo contrario ya no vería más a Rosa. Ella era la encargada de enviar la información y mantener la comunicación con la Estación. Me hubiera gustado explorar estas tierras a su lado, pero lo tuve que hacer en solitario.

Después de varios kilómetros de caminata por un sendero rodeado de rocas rojas y amarillas, solo dos cosas rasgaron el manto de silencio que me cubría, mis pasos de caminante aventurero y mis tripas que no paraban de chillar haciendo eco. Tenía mucha hambre, pero trataba de concentrarme en la exploración. Por un momento, mientras avanzaba, sentí como si alguien más estuviera junto a mí, no podía explicarlo bien, pero me dio la impresión de que algo o alguien me estaba observando. Volteé a todos lados sin encontrar nada ni a nadie. Estaba rodeado de rocas enormes que, amarillentas, reflejaban la luz del sol de este sistema solar. Si me encontraba en peligro, mi panza me delataría.

Me detuve en seco cuando vi que unas piedritas resbalaban desde lo alto de las rocas que cercaban el camino. Miré hacia arriba. Ahí estaba. Era enorme, con su piel grisácea y una boca que podía tragarme entero. Me quedé inmovilizado para no hacer ruido, pero mi panza aulló otra vez. No tenía otra opción más que correr de regreso a la nave por el estrecho sendero. Avancé a la velocidad que me permitía el traje, mis brazos largos por momentos chocaban con las rocas. El ser que me perseguía era veloz, se desplazaba sobre las rocas sin hacer ruido, lo único que lo delataba era el caer del polvo y de las piedritas que no paraban de chocar con mi casco, una de ellas astilló mi visor. Corrí lo más rápido que me dieron las piernas, pero me tropecé con algo y al apoyarme con mis brazos, me impulsé con mis cuatro extremidades, pensé que me resultaría difícil, pero no tuve que forzar demasiado mi anatomía y avancé con gran velocidad, no iba a permitir que otra piedra terminara de romper el casco. Por momentos me sentí como un rinoceronte a velocidad de guepardo. Mis tripas gruñían sin detenerse y mi mente pensaba en comida con más frecuencia.

Me faltaba poco para salir del sendero cuando pude divisar la nave a lo lejos, las piedritas y polvo seguían resbalando. Avancé a toda velocidad hasta que logré rebasar a la criatura. Me dio tiempo de sacar el arma y disparar sin tino. Seguí avanzando, aún estaba un poco lejos de Brandon y Néstor para gritarles del peligro y pedirles que dispararan. Estoy seguro de que, por mucho que me odiaran esos hijos de puta, íbamos a luchar juntos. A los pocos segundos comprendieron mis gritos y prepararon sus armas.

Sofocado por la carrera, repté hacia la mesa que Rosa había armado junto a la nave para la última cena antes del viaje de regreso. “¿Qué sucede, anfibio?, me dijo cuando salió de la nave con los paquetes de la comida. Le señalé a la criatura que se acercaba con sigilo hacia nosotros. A lo lejos Brandon y Néstor dispararon al unísono. Nuestros artefactos no lograban hacerle nada a ese animal grisáceo, su boca parecía dibujar una sonrisa cuando la tenía cerrada. La criatura avanzó por el suelo amarillento provocando que el polvo se elevara, dificultándonos la visión. Cuando el polvo se disipó, su boca llena de colmillos trituraba los cuerpos de Brandon y Néstor. No podía permitir que Rosa y yo fuésemos el postre.

Su cuerpo de salamandra acorraló a Rosa, que también había sacado su arma, no paraba de dispararle. Yo me había quedado sin municiones y cuando iba a entrar a la nave para buscar más artefactos de defensa, alcancé a ver cómo la criatura abría su enorme quijada para engullir a Rosa, sus dientes la partieron en dos. El cielo oscurecía, al tiempo que me escurrían lágrimas al presenciar esa escena. Temí que se la tragara completa, pero la escupió. Los dos trozos de humana yacieron sobre el suelo.

La criatura sin dejar de mirarme me aventó uno de los pedazos, como si me invitara a compartir su cena. A mis pies observé la cabeza de Rosa con sus ojos grises que ya no pestañeaban, su cabello largo serpenteaba por el viento. La bestia engulló la pelvis y las piernas, mientras yo lloraba y golpeaba mi casco hasta que se destrozó. Después de algunos momentos, me di cuenta de que no me había asfixiado.

La criatura cerró su hocico y pareció que me estaba sonriendo. Se le formaron dos rayas en los extremos de su boca, similares a las cicatrices que yo tengo en las mejillas. Mis tripas dejaron de rugir después de cenarme a Rosa, su cabello negro y sedoso resbaló por mi garganta. Le sonreí a la criatura, percibí que me miraba con ojos paternales.


Gerardo Zenteno nació en Puebla, México. Estudió Química y Maestría en Administración de Empresas en la UDLAP. Estudió con Beatriz Meyer, L.H. Crosthwaite, Eduardo Antonio Parra y Efraím Blanco, y asistió a conferencias en línea con Liliana Heker. Participó en las antologías «Quémese después de leer» (2023); «Líbranos del mal» (2025); «Fórmula perversa»*(2025) y *»Navidades paralelas 4» (2025). También se han publicado cuentos de su autoría en la revista electrónica «Letras Insomnes».

• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

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