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¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

En este número retomamos nuestra antigua costumbre de publicar relatos breves en un ramillete. Pasen y vean, y si algún lector tiene algún texto propio de breve extensión, no dude en enviárnoslo para que lo evaluemos.

Hágame sentir algo

Daniel Omar Cignacco

Argentina Argentina
La pantalla de la vieja terminal parpadeaba con un verde anémico, proyectando sombras alargadas sobre el rostro de Carlos Axxon. En el encabezado del sitio, un cursor titilaba con la insistencia de un corazón artificial: «Axxon-Blog: Buscamos colaboraciones. Envíe su historia. Hágame sentir algo».

Carlos suspiró. El problema no era la falta de material. Su bandeja de entrada rebosaba de archivos comprimidos y archivos .txt cargados de visiones futuristas. El problema era la ejecución.

Axxon no leía los cuentos; los padecía.

Había recibido un relato sobre una colonia en Europa donde el oxígeno se pagaba con recuerdos. Apenas terminó el primer párrafo, el aire de su habitación se volvió gélido y metálico. El sabor dulce de su infancia desapareció de su boca, dejando un rastro de ceniza y ozono. Tuvo que borrar el archivo antes de olvidar el nombre de su madre.

La última entrada

Esa noche, un correo sin asunto apareció en la lista. El remitente era un tal Daniel Omar Cignacco. Carlos conocía ese nombre de los circuitos subterráneos de la red; decían que sus letras no estaban hechas de código, sino de una extraña alquimia entre la carne y el silicio.

Hizo clic.

Título: El Laberinto de los Espejos Digitales

Carlos Axxon no sabía que el blog era, en realidad, un órgano digestivo…

Axxon se enderezó en la silla. El cuento hablaba de él. Sus dedos empezaron a hormiguear, transformándose en extensiones de fibra óptica que se hundían en el teclado.

El Descenso

La realidad comenzó a pixelarse en los bordes. El olor a café rancio de su escritorio fue reemplazado por el aroma a circuitos quemados y papel viejo. Carlos intentó cerrar la ventana del navegador, pero el puntero del mouse era ahora una aguja que cosía sus pupilas a la pantalla.

—Es solo un cuento, es solo una estructura narrativa— se dijo a sí mismo, pero las palabras de Cignacco eran ganchos.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

En el relato, el personaje de Carlos descubría que cada colaboración rechazada era una vida que él había consumido para alimentar su propia existencia estática. El blog no era una plataforma de difusión, era una trampa ontológica.

El Punto de No Retorno

Axxon miró sus manos. Ya no eran humanas. Eran párrafos. Su antebrazo era una descripción detallada de un paisaje desértico en Marte; su torso, un diálogo existencial sobre la soledad de las máquinas.

«Carlos comprendió entonces que para publicar el cuento, debía dejar de ser el editor. Debía convertirse en la tinta.»

El cuento de Cignacco llegaba a su fin. Carlos sentía la presión del punto final aplastándole el pecho. Si no publicaba, el relato quedaría en un limbo, y él con él. Pero si lo publicaba, el mundo entero leería su desaparición.

Con un esfuerzo sobrehumano, movió el cursor hacia el botón de «Publicar».

Post Scriptum

Al día siguiente, los seguidores del blog encontraron una nueva entrada. Estaba vacía de texto, pero contenía un archivo de audio que sonaba como un suspiro eléctrico.

En la habitación de Carlos Axxon no había nadie. Solo una terminal encendida donde un cursor titilaba sobre una página en blanco. En la papelera de reciclaje, un pequeño archivo llamado carlos_axxon.obj esperaba ser borrado definitivamente.

El blog finalmente tenía una publicación, pero ya no quedaba nadie para moderar los comentarios.


Daniel Cignaco ha publicado:

Títulos extraviados en Cabra Corral (Editorial Dunken, poesía), Física, Reacción y Delirio (La Palabra Mágica, poesía), El decir textual: Antología II (De los Cuatro Vientos, Antología), La lenta obsesión (Editorial Dunken, Antología), Radiosa Ambigüedad (Ediciones La Iguana, poesía), Detrás de la palabra (Editorial Dunken, Antología), ¿Quién dio vueltas cruces? (Bubok, poesía), El colombófilo de Flores y la cifra infinita (Bubok / DeLibrista, Narrativa), El fin de la resistencia (Bubok, poesía)


La partida

Francisco Salvatierra

Argentina Argentina
El viejo croupier repartió la última mano.

En el aire se podía sentir la tensión. No muchas veces alguien se jugaba todo o nada contra la Muerte.

El croupier lo sabía. Había sido testigo en innumerables ocasiones. Llevaba años trabajando para ella.

Levantaron las cartas.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

El croupier detectó un pequeño gesto en el rostro del hombre. Casi insignificante. Pero suficiente. Había ligado una buena mano.

Sus años de experiencia le daban esa ventaja. Se preguntó si la Muerte lo habría notado o si estaba absorta en su propia partida.

Ahora la Muerte miraba fijamente al hombre, como intentando anticipar su próxima jugada.

El hombre, por su parte, no levantaba la vista de la mesa. Estaba completamente intimidado.

La Muerte se acomodó en su asiento mientras encendía un cigarro. Parecía no tener ninguna prisa.

El hombre, en cambio, estaba nervioso. No disfrutaba de la partida.

Ambos jugaron bien sus cartas.

Finalmente, el hombre cantó:

—Póker de ases.

Aun sabiéndose ganador, seguía tenso. No sabía qué ocurriría a continuación. Esperaba instrucciones.

El croupier, en silencio, observaba la escena desde un costado de la mesa.

La Muerte dio una pitada, soltó el humo y, tras una breve pausa, dijo:

—Puedes irte. Ya nos volveremos a encontrar.

El hombre se levantó de inmediato y salió de la habitación sin hacer preguntas.

El croupier comenzó a recoger las cartas. Miró a la Muerte con gesto dubitativo.

Ella, sin mirarlo, habló:

—¿Qué pasa, viejo compañero? Te noto intranquilo.

El croupier dudó un instante antes de responder:

—Esa partida… podrías haberla ganado varias manos antes. Él no tenía posibilidades de ligar ese póker.

La Muerte volvió a llevarse el cigarro a la boca. Aspiró profundo y soltó una risa leve.

—Ay, querido croupier… aún te queda mucho por aprender. A ese hombre le quedan años de sufrimiento. Y cuando llegue el momento… tendrá una muerte larga y dolorosa.

Hizo una pausa.

—Hoy solo he alargado su penuria.

El croupier terminó de juntar las cartas.

Entonces recordó:

Al final, la casa siempre gana.


Francisco escribe desde hace años, primero en fanzines musicales y ahora en narrativa breve.

Actualmente vive en Helsinki, donde pasa los inviernos escribiendo relatos de terror y otras historias oscuras mientras espera que vuelva el sol.

Estudió Comunicación Social en la UNR.


Cuando callaron

Mirta Castañeda

Argentina Argentina
Era una persona muy inquieta; nunca podía estar en silencio. Esa noche, tenía la televisión encendida en un programa político de debate. Mientras los panelistas discutían acaloradamente, ella se distrajo con su celular. Siempre buscaba información insólita: se le ocurrió preguntarle a una inteligencia artificial si era posible que las máquinas terminaran con la humanidad.

Ampliación

Ilustración: Valeria Uccelli

La IA le respondió:

«No te preocupes… eso ya comenzó.»

Sonrió —más por nerviosismo que por humor— cuando notó un silencio abrumador.

Levantó la vista. Los panelistas de la televisión ya no hablaban; estaban quietos, todos mirando a la cámara… observándola. Las miradas asustadas le transmitieron un temor casi infantil. Notó que los panelistas dirigían sus ojos hacia la entrada de su casa. Ella siguió su dirección.

Fue lo último que vio.


Mirta Castañeda es una escritora argentina y docente de nivel primario, residente en el barrio de Barracas (Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Su escritura explora lo cotidiano atravesado por lo inquietante. Actualmente desarrolla una cartografía personal de relatos breves, donde Barracas deja de ser un lugar para convertirse en presencia.

• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

Una Respuesta a “«Ficción Breve (ochenta y dos)», varios”
  1. Lisa dice:

    ¡Qué bueno que regresó «Ficción Breve»!

  2.  
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