El viejo estaba cansado. El aire se sentía seco y amarillo, y tenía sed. Siempre tenía sed. Pero le gustaba estar allí. Por alguna razón, todo le gustaba de ese planeta. La sed, y hasta la necesidad de hablar. Porque cuando hablaba, le parecía que cantaba. De donde él venía, no se hablaba ni se cantaba. Sólo había caricias o arañazos en la mente (eso que en este planeta se llamaría corazón, según los poetas). Pero cantar era hermoso. Hermoso. Había cantado durante miles de años, siempre que había podido, aunque no siempre en ese planeta en particular. La Biblia de allí no mentía, aunque quizás exagerara a veces. Un poco. En el Universo ciertamente había muchas moradas, y él había residido en más de las que podía recordar. En muchas, pero en ninguna como ésta. El viejo dudaba de llegar a los mil años, como Matusalén, pero lo ansiaba, por lo mucho que le gustaba aquel lugar. Matusalén tenía hábitos diferentes a los suyos; no había costado reparar sus sistemas vitales cuando su cuerpo fue recuperado. Luego fue destinado a algún lejano mundo con anillos, en donde podría seguir ostentando su rectitud mientras cumplía su tarea entre los locales. Matusalén viviría muchos miles de años todavía, pero el viejo no lo envidiaba. Matusalén parecía no recordar, pero él sí. No sabía si quería vivir muchos miles de años.
Al viejo le gustaba el vino, y a veces un cigarro. Había contabilizado setecientos años de tiempo en este planeta, entre idas y vueltas. No le faltaban tantos para los mil años, después de todo. Podrían hacer algo con él cuando lo recuperaran, aunque no se conservara tan bien como Matusalén. Alguna prótesis, tal vez un tratamiento intensivo.
–¿Quiere sentarse, don Eusebio?
–Dale.
El viejo se apoltronó sobre una piedra gris, plana y suave. Cosas hermosas. En este planeta sólo había cosas hermosas. Dejaría el vino y los cigarros. Se acostaría temprano. No quería ser reconstituido, si podía evitarlo. Cada vez que lo reconstituían, lo trasladaban. Aunque no lo trasladaran, cada vez que volvía de una reinserción sentía que estaba en un planeta nuevo. Nada estaba donde lo había dejado. Y él no quería un planeta nuevo. Quería este planeta.
La huella estaba frente a él. Las huellas. Una detrás de otra, ahí en el suelo de piedra del Serengueti. Algunas se entrelazaban, como abrazos.
–Me siento raro, don Eusebio. Me tiemblan las manos. ¿Cuántos años tiene esto?
No puede ser.
–Estas huellas tienen aproximadamente cuatro millones de años.
–No es posible. Los dedos gordos de esos pies. Son… Mire el tamaño de esa huella de atrás.
Gabriel era joven. Un arqueólogo joven, con contactos en el gobierno. No había muchas plazas vacantes para arqueólogos, y menos en descubrimientos de esta magnitud.
–¿Qué es esto, jefe?
–Ya lo sabés. No son dedos gordos oponibles. Sólo sirven para caminar. Mirá el espacio entre los dedos. Son dedos cortos. El arco. El talón marcado. Es una huella de bípedo. Pero no de Australopiteco. Este individuo mediría aproximadamente un metro cincuenta. El otro sería mucho mayor. La huella pequeña es de un niño. Los rastros se superponen; quizás había más de un niño.
–Pero no puede ser. ¿Habilis? ¿Erectus? ¿Ergaster?
–No.
–¿Cómo aparece esto en el Serengueti hace cuatro millones de años?
No se le podía quitar razón a Gabriel. Tampoco se le podía explicar nada. Faltaba evidencia oficial para sostener casi cualquier cosa que le pudiera decir al muchacho, y tampoco podía tener con él una charla confidencial. Pero Eusebio sabía la verdad. Confiaba ciegamente en sus instintos. A pesar de los cambios de millones de años, el lugar le era demasiado familiar. Su corazón no dudaba. Le perseguía como si fuera ayer el recuerdo de la mujer sonriéndole entre los árboles, junto a ese mismo río, y la sensación de cuando había partido una granada con las manos, y la habían compartido con el jugo corriendo entre los dedos, entre los labios, entre las risas. Iban desnudos, iban descalzos; habían hecho el amor y estaban sedientos, pero por el suspiro y el jadeo. Se aproximaba la lluvia.
Las cosas habían cambiado mucho, pero no tanto. Para él todas aquellas cosas seguían vivas, en el polvo que había guardado sus huellas, y las de ella, y las de sus hijos. Podía imaginarlas latiendo. Ojalá pudiera contarle a Gabriel.
–¿Hace tanto? Esto es imposible.
–¿No estás viendo las huellas? ¿No tenés las cifras en las manos?
–Errores de cálculo.
–Los estudios están bien. Es la teoría lo que te confunde. Un profesor mío decía:
«si la evidencia no va con la teoría, a la mierda con la teoría».
A la mierda con todo. Dios santo, qué joven era aquel primate.
Eusebio tenía sed.
–¿Se siente bien, don Eusebio?
–Estoy un poco deshidratado.
Su planeta de origen era principalmente agua, como éste, pero era mucha más agua, y no había desiertos. Lluvias diarias, nieblas diarias. Por eso algunos habían migrado, buscando otros mundos menos densos. La peor decisión de la vida de Eusebio. Por eso, entre otras cosas, amaba la Tierra. Tenía que amarla.
Aquel antiguo planeta, cuyo nombre no quería recordar, resultó destruido por un cuerpo extrasolar algunos años después de su partida. Eusebio nunca supo qué pasó, ni siquiera por informes de otras especies. No quiso escucharlos. Todo fue demasiado rápido. Un planemo errante y oscuro, rocoso, sin apenas cola, llegó de la nada sin ser visto hasta que fue demasiado tarde. Todo lo que quedaba de aquel mundo de origen, residía con los emigrados, en otros planetas, en donde ellos colaboraban con un engrandecimiento que nunca sería el suyo. El arrepentimiento no había cedido en miles de años, y Eusebio sabía que no lo haría.
La huella principal era marcada y pequeña. Un arco suave, dedos graciosos. Un pie hermoso, un pie de niño. Junto a ella, una mayor, más vaga, menos definida. Cinco dedos, un talón, un arco más o menos estrecho. Luego una fuerte, profunda, arco alto, pulgar marcado, pisada firme. Había otras huellas; más parecidas, más vagas. Ninguna tan particular. El resto, Eusebio lo suponía pero no lo iba a decir. Eran demasiados recuerdos.
Podía ser que no tuviera razón, después de todo. Eusebio era viejo, aún para su especie. Había estado ausente del lugar mucho tiempo después de aquella vida junto al lago y había viajado demasiado. Pasó un tiempo en Macchu Pichu. Después, estuvo algunos cientos de años en Aldebarán, para un trabajo de campo. Habían pasado muchas otras cosas. Cierta vez se le practicó una reconstitución de sus sistemas vitales en una nave madre al azar.
Podía estar equivocado.
–Ella cantaba todo el día. Hacía tortas con harina de mijo y collares con cuentas de hueso de damasco. Mientras cantaba. Y nuestros hijos jugaban en la arena, en la orilla del lago, y se asustaban con las gacelas. Les gustaba jugar a asustar a las gacelas. Sólo venían con nosotros cuando bajaba el sol y se empezaban a oír los leones.
–Don Eusebio, ¿está bien? ¿Por qué no se recuesta? Siéntese; no se levante.
–A la tarde, nos reuníamos alrededor de la hoguera para escuchar a los animales. Rugían. Venían a beber al lago, todos juntos. La cebra y el león. Y cantábamos. Ella, con sus pies pequeños. Yo acariciaba los pies pequeños. Me cabían casi del todo en la palma de la mano. Un misterio, una belleza. Mis hijos se reían y trenzaban nuestros cabellos, y los adornaban con trocitos de cáscara de huevos de avestruz.
El viejo se alejó de la piedra y se agachó a palpar los bordes de la pequeña huella con lentitud.
–No voy a decir su nombre. No está aquí. ¿Por qué ella no puede estar aquí?
Debería haber algunos permisos.
–Don Eusebio, déjeme ayudarlo. Vuelva a sentarse. Voy a llamar.
El viejo cerró los ojos y se desplomó sobre la huella. El joven arqueólogo le revisó el pulso y gritó en árabe.
Eusebio estaba blanco sobre las huellas, con una sonrisa.
Tendría que irse otra vez. No le darían autorización para volver hasta que presentara un informe completo sobre los hechos, y habría una reconstitución de sistemas vitales, pero no le importaba. Tenía sus recuerdos. Era ilegal alterar los sistemas neuronales. Que lo degradaran de vuelta a Aldebarán si querían. Pero sabía que volver era cuestión de tiempo, aunque pasaran muchos años. Aunque perdiera nuevamente su planeta. Conocía el terreno desde hacía más de cuatro millones de años terrestres. No había muchos agentes en esa situación, tratándose de un planeta tan nuevo. Lo necesitaban para proseguir el control y el seguimiento, y todos lo sabían. Sería una victoria amarga.
Eusebio estaba en problemas pero sería puro papeleo, igual que siempre. Se aproximaba una tormenta y la camilla dentro del campamento era endeble. El cadáver habría desaparecido al amanecer, y el personal estaría más ocupado por las huellas en la piedra, que no desaparecerían, que por el cuerpo del viejo arqueólogo, probablemente arrastrado al desierto por las bestias durante el vendaval. Un cuerpo que no demoraría en convertirse en polvo, igual que todos ellos.
Esa noche hubo muchos reportes sobre luces errantes en el cielo. Formaban coronas sobre el campamento y duraron algunos días, pero con los crecientes disturbios políticos en la zona, nadie prestó mucha atención. Serían drones enviados a espiar.
En los días siguientes Gabriel dedicó cariñosos pensamientos al anciano maestro, mientras movía la cabeza dubitativamente ante sus notas. Presentaría el informe para el que había venido. Serían muchas páginas; toda una tesis de doctorado que, si incluía cada hipótesis, podría acabar con su carrera para siempre, o elevarlo a una insólita e inesperada fama. Debería redactar con mucho, mucho cuidado. Si tenía el valor. Sabía que sería un trabajo largo y peligroso, y que nunca lo olvidaría.
De todas formas, la última palabra la tendría el futuro. Más adelante, quizás en alguna otra región de África, alguien más preparado o más informado, o más imprudente, rescataría las olvidadas referencias. Alguien anónimo. Algún estudiante ansioso, hambriento de notoriedad, un pasante que Gabriel podría orientar. Entonces, los postulados de la ciencia estarían ya maduros para cambiar. Gabriel no dejaría de ser recordado como el visionario, el maestro.
Y un día, tal vez hasta creería reconocer algo familiar en los ojos de su joven estudiante. Pensaría en su propia juventud; se identificaría con aquella mente ávida. Ni siquiera se le ocurriría imaginar que ya conocía esa mirada, que la había visto hacía muchos años, mientras él mismo era un estudiante. Seguramente no pensaría en reconocerla.
Si se diera el caso, Eusebio esperaba que sí.
Siempre le había agradado el pequeño primate.
Carina Longo es profesora de Lengua y Literatura en Rosario desde 2007 y, aunque siempre escribió, nunca se atrevió a publicar hasta que decidió comunicarse con Axxón. Sus géneros preferidos son la ciencia ficción y el terror, y nos cuenta que acaba de terminar su primera novela.
Ha publicado en Axxón; en Ficciones: POR AHORA ESTOY BIEN (nº 307), MELISA (nº 308), GASPAR EN ROSARIO (nº 308), LA MISA DE LAS SIETE (nº 309), JUANI VA AL BOSQUE (nº 309), SHOPPING (nº 310).
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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •




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¡Qué bueno este cuento! Y muy buena la ilustración también. Y a estar atentos a esos planemos traicioneros.