«Lugar perfecto», Augusto Coronel
Agregado en 1 agosto 2026 por Marcelo Huerta San MartÃn in 313, Ficciones
No estoy, pero en mi indecible existencia que no controlo, puedo ver. Vi cómo, cruel, la madrugada asestó. Del sur el viento sopló caliente, del norte, helado. Hubo fricción, entonces tormenta. Gases, humedad. La lluvia ácida intoxicó el aire; gente murió, también animales. El granizo cubrió de blanco toda superficie. El viento fue constante y rudo, como el bramido de una bestia en celo. El cielo negro vomitó su infierno por horas. Lo hizo hasta que fue de dÃa, y ya no era negro, sino blanco, cegador.
Hugo, el hijo mayor de los Klein, no paró de gritar durante toda la madrugada. El niño decÃa incoherencias y corrÃa desaforado y sin destino; de milagro está vivo. Pero cuando el sol salió, pálido y lejano, empezó a reÃr a carcajadas, se acostó en la alfombra de granizo que cubrÃa el patio de la casa, y suspiró. Luego se puso a hablar solo, con la voz ronca de tanto gritar. En el porche, como estirado en el esfuerzo de entrar corriendo en la casa, yacÃa el cuerpo de la madre. Estaba muerta y tenÃa la cabeza reventada por una viga. El porche enclenque. Hugo se acercó al cuerpo, ladeó la cabeza y se lo quedó mirando, sin entender del todo lo que era. El padre y las hermanas estaban aún escondidos bajo un terraplén cubierto de chapas y ramas. Daban a Hugo por muerto. CreÃan lo mismo de la madre, aunque la rogaban viva. El padre y las hermanas, si tuvieran que elegir, hubiesen preferido un hijo y un hermano menos, pero no algo irremplazable como una madre.
No eran todavÃa las 8, y aunque el aire helaba, habÃa una fila larguÃsima de gente para entrar en la clÃnica. Desde heridos por los golpes de objetos arrancados por el viento, hasta enfermos padeciendo las consecuencias de la lluvia ácida.
El dueño de la clÃnica era un doctor al que le habÃan revocado la licencia allá, en el otro lado. Algo malo habÃa hecho, ya fuera por error o a propósito. Dado que ni siquiera tuvo la chance de defenderse ante un juez, me inclino a creer en lo segundo. Le prohibieron la práctica allá, y lo mandaron a este lugar, sin preocuparse por lo que harÃa; es decir: desentendiéndose de la posibilidad de que practicase de todas formas, pero no allá. A los del otro lado no les importaba lo que ocurrÃa acá, siempre y cuando hubiera cierto orden, simulado o no.
Nadie en este lugar sabÃa del secreto del doctor. Todos lo tenÃan como referencia, como un hombre comprometido con la causa de ayudar a los enfermos. Y ahora, tras la tormenta, no daba abasto. Los atendÃa uno a uno, rápido y mecánico. Les daba pastillas e inyectables, y los mandaba a un corralón lleno de catres, recién dispuestos por los soldados. El corralón, de estructura resistente y con base de hormigón, poco habÃa sufrido en la tormenta. De haber sabido la gente que una tormenta colosal iba a caer asÃ, se hubiese guarecido en el corralón. Pero en este lugar no hay cómo predecir el clima, a pesar de lo cual, nadie toma precauciones. Viven en un eterno presente, y a la incertidumbre, la mayorÃa la tiene olvidada. Cielo blanco, cielo negro; entremedio cÃclicos instantes, asà la gente entendÃa el tiempo. Los soldados aparecÃan de la nada cuando ocurrÃan catástrofes o cuando se daban casos de violencia o exabruptos colectivos. Ante lo primero, asistÃan; frente a lo segundo, castigaban.
Parado en una tarima, megáfono pegado a la boca, uno de los soldados daba instrucciones a los damnificados. Catres, limpieza, agua corriente, baños, horarios, comida que iba a ser repartida en porciones justas; se pretendÃa improvisar un comedor antes de que terminara el dÃa. Luego hizo silencio y anunció la llegada del Administrador que darÃa un breve discurso y que, al igual que los soldados, aparecÃa de la nada en situaciones puntuales, luego se iba. Sobrio, grave, formal, habló. Los animales que perdieron no podrán ser sustituidos, dijo. Y agregó: Con sus propiedades haremos lo posible, pero nada ha sido autorizado aún, mientras, deberán permanecer aquà hasta nuevo aviso. En cuanto a las pérdidas humanas, extiendo mi pésame. Buenos dÃas. Hasta luego. HabÃa cumplido su función por el momento; se fue.
Yo, que continúo (no sé hasta cuándo ni por qué) extendido en el torrente, puedo hablar de este lugar desde cierta omnipresencia cuestionable. Es algo asà como un pueblo. Hay dos plazas y un crematorio enorme. Las casas son todas parecidas, aunque no faltan excepciones. Hay una iglesia, o más bien un templo, pero no hay una referencia clara de religión ni de dios alguno que se reverencie; es un edificio que parece haber estado siempre allÃ, antes que cualquier ladrillo, antes incluso que los animales y las plantas. Hay comercios nucleados en lo que vendrÃa a ser el centro. Al pueblo lo rodean cerros nutridos de fronda y animales salvajes, y lo atraviesa un arroyo ancho que se ramifica hasta terminar en el mar. Nada, nadie, que no sea el agua o el aire, ha llegado al mar. El mar parece un plato liso y plateado, sin olas, y es tan extenso que ni siquiera yo puedo ver dónde termina. Aunque lejos, muy lejos, hay una isla.
No hay nada que hacer, niñas, está muerta, dijo el padre, y tragó saliva como si tragara una piedra. Los ojos retenÃan el llanto como una ampolla que contiene pus y ante la mÃnima punción explota. Se agachó a su nivel y las miró a los ojos. Las niñas lloraban atoradas en un aliento sin ritmo. Las abrazó. Hugo se despertó. Caminó hacia ellos, ladeó la cabeza, y los miró del mismo modo que habÃa mirado el cuerpo de la madre. Era un niño, sÃ, pero en ese momento parecÃa un bebé, una criatura sin lenguaje. Ellos no lo notaron hasta que estuvo muy cerca. Lo vieron sonreÃr y luego hacer una pirueta. Klein padre era, por su rol, quien debÃa cargar con el peso de los daños de la tormenta, la muerte de la esposa, la tristeza de las hijas y la idiotez de su hijo mayor. No sabÃa por dónde empezar. Puso la vista lejos, entre una casa sin techo y una fila de cipreses destrozados, y pensó. DebÃa intentar ordenar las ideas por orden de importancia, pero sin desatender el consuelo y la protección que les debÃa a las niñas. Parado, con las niñas temblando y agarrotadas a su cuerpo, se le ocurrió como primera cosa entrar él solo y reconocer los daños de la casa. Asà podrÃa ver lo que debÃa ser reparado, y más importante: identificar en qué lugares se podÃa permanecer sin que se desplomara una pared o parte del techo. Se soltó de las niñas y les pidió que esperaran afuera. Entró.
Avanzaba con el cuidado de un minero que se adentra en una caverna inexplorada. El agua le llegaba hasta los tobillos; y en algunas partes, desniveladas por los vaivenes propios del azote, hasta las rodillas. TendrÃa que drenar, llevarÃa trabajo, pero lo terminarÃa antes de que volviera la noche. Todo en el living era caótico, pero la estructura se mantenÃa. El cielo raso tenÃa algunas grietas que se extendÃan por una pared. A causa del agua, la mayorÃa de los muebles estaban estropeados. El techo del comedor no demostraba grandes roturas, pero sà incipientes manchas de humedad que avanzarÃan agresivas. Dio con la cocina, el cielo raso estaba hundido y una pared a punto de derrumbarse. Todos los electrodomésticos estaban arruinados. Cruzó el largo pasillo que daba a los cuartos y el baño. Su dormitorio, el que compartÃa con la esposa cuya muerte, cuyo golpe de la muerte absorbÃa de forma extraordinaria en su proceder ejecutivo, se habÃa venido abajo por completo. Insalvable. El baño no estaba mal. El dormitorio de las niñas tenÃa un importante deterioro, pero se salvarÃa. El de Hugo estaba impecable, como si la tormenta hubiese elegido ignorarlo. Salió calculando logÃstica y materiales, reconoció que iba a necesitar ayuda si querÃa dejar la casa al menos habitable antes de que llegara la noche. No era sabio permanecer afuera cuando el sol ya no estaba.
Cuando pisó el patio y la luz blanca le apretó la vista, vio al Administrador. Estaba escoltado por dos soldados idénticos, sin duda gemelos. ParecÃan no estar hechos de materia humana, daban la idea de ser algo artificial, manufacturado para un propósito. Tras ellos, en la calle, habÃa un camión puesto en marcha, esperando.
—Señor Klein. Buenos dÃas. Soy el Administrador. PermÃtame extender mi pésame. Lo lamento. Haremos lo posible por ayudarlo. Esa es nuestra función.
—Buenos dÃas —dijo Klein—. Gracias. Bueno, si es asÃ, no me vendrÃa mal un poco de ayuda para arreglar mi casa antes que se haga de noche. Pienso que…
El Administrador lo interrumpió:
—Eso no será posible. No se ha autorizado aún ninguna intervención sobre las propiedades dañadas.
—Pero es mi casa, dijo Klein. Con un poco de ayuda puedo dejarla en condiciones para ocuparla con mis hijos y velar a mi esposa.
Entonces buscó el cuerpo de su mujer. Solo vio la marca en el pasto, el cuerpo ya no estaba. Se enojó, las palabras le salieron como balas de una metralleta. Gritó:
—¡Pero qué hicieron! ¿Dónde está mi esposa?
El Administrador, sin cambiar su tono de voz, dijo:
—El cuerpo ha sido enviado al crematorio. Tal como indica el protocolo.
—¡Me cago en el protocolo! No pueden tomar una decisión asà sin consultarme —dijo Klein, a punto de explotar de ira.
—Se equivoca, dijo el Administrador. No solo podemos, sino que debemos hacerlo. Asà lo indica el protocolo. Asà lo dicen las normas que rigen el orden en este lugar.
Las niñas lloraban sin consuelo. Klein fue hasta ellas y las abrazó. Hugo se pasaba un dedo por el ombligo y miraba al suelo. Luego se tiró un pedo sonoro y hediondo, y comenzó a reÃrse a carcajadas. Se movÃa como si le estuvieran haciendo cosquillas. Cuando Klein sacó la cabeza de entre los brazos de las niñas, vio que la casa ya tenÃa una cinta que la envolvÃa entera y estaba enroscada en alambre de púa. Dos soldados nuevos hacÃan custodia en el porche. Estos eran grandotes y sus caras no expresaban nada. Klein, al intentar entrar en la casa, fue enseguida reducido por el golpe de una macana en la pierna. Retrocedió, asustado, sorprendido, enredado en la frustración y la rabia. El Administrador le dijo:
—Respete las normas, no nos obligue a recurrir a los castigos. Suba a ese camión. Ahà estará bien con su familia, hasta que se autoricen cambios. ¿Me oye? Vamos, suba.
Resignado, tenso, Klein acató, lo siguieron las niñas. A Hugo tuvo que arrastrarlo de un brazo porque no entendÃa lo que estaba pasando y no se querÃa ir.
La familia Klein era distinta. El resto de las familias con familiares muertos no habÃan demostrado sentimientos, no parecÃan heridos por la pérdida. Incluso una mujer vio cómo se llevaban el cuerpo de su hijo como quien mira una pared. Reaccionaban sin alma. ParecÃan anestesiados y neutros en lo anÃmico. Eran humanos, sin duda, pero funcionaban como máquinas.
Los instantes cÃclicos entre noche y dÃa ocurrÃan idénticos en contenido, no asà en desplazamiento; a veces pasaban lentos, otras, rápidos, arrÃtmicos, descontinuados. La gente no parecÃa notarlo y no se sentÃa afectada. Klein no podÃa dormir, se pasaba consolando a sus niñas y peleando con las locuras de Hugo. Y no dejaba la idea de irse de allÃ. A cada rato les preguntaba a los soldados si habÃa novedades, pero se limitaban a decirle: Guarde la calma, señor, ya se va a arreglar todo, se espera pronto una autorización.
Una mañana, el soldado del megáfono dio un anuncio. Dijo que el Administrador vendrÃa ese mismo dÃa con noticias. Hubo revuelo, una ansiedad colectiva, pero duró poco. ParecÃa que la gente empezaba a olvidar que tenÃa una vida fuera del corralón. Llegó la noche y al otro dÃa el soldado dio el mismo anuncio. Nuevamente, el dÃa ocurrió sin alteraciones. Al otro dÃa lo mismo. Asà fue por lo menos durante una semana más. El soldado anunciaba, pero el Administrador no aparecÃa. A esta altura Klein iba a estallar. En un momento no pudo evitarlo e intentó escapar. Recibió el golpe de una macana en un brazo. Al rato intentó de vuelta, pero esta vez lo molieron a golpes. Al verlo lastimado, y actuando como si fuera un accidente, los soldados llamaron al doctor. El doctor no demoró en llegar. Llevaba consigo un botiquÃn lleno de drogas, a las que él veÃa como una solución más práctica que el cuidado cercano. Inyectaba, daba pastillas. A Klein lo miró y sin examinarlo apuró un diagnóstico: hinchazón, nada roto, se cura rápido. Klein se dejó clavar una aguja en el brazo que lo sedó. Pronto, empezarÃa a rendirse.
No estoy, pero veo y vi, en mi indecible existencia que no controlo. El sol es canica densa en el vacÃo sin tiempo. Puedo suponer que tal vez, más que sol, sea una representación de este, un simulacro que emula sus funciones. Desde mi torrente no puedo entender qué es este lugar, no sé para qué fue hecho. Porque de esto no tengo duda: fue construido por alguien y para algo. En el otro lado, que alguna vez, hace mucho, conocÃ, las cosas eran muy distintas. Si bien no se atravesaba una época estable, a su manera las cosas funcionaban: la gente se peleaba, se enamoraba, lloraba, recordaba, era atendida y examinada cuando su salud presentaba problemas, en menores o mejores condiciones, según su poder adquisitivo. Eso seguÃa imperando, el dinero seguÃa siendo la herramienta nuclear en el otro lado. Supongo que a alguien se le ocurrió fundar este lugar y ponerlo fuera, más lejos en el espacio o más distante en el tiempo. Pero entonces las cosas dejaron de funcionar. Hubo conflictos graves, millones murieron. Lo único que ganó fuerza entre todo ese caos fue la ciencia. Hubo logros impensados, teorÃas revocadas, teorÃas demostradas. Avances. Todo en poco tiempo. Y se dieron cambios que sacudieron las bases de lo que se asumÃa como Verdad.
Yo estuve en el otro lado y nunca más volveré. Aún percibo que existo en el torrente, pero cada vez la sensación está más cerca de extinguirse. Tal vez, como lo que no se entiende muchas veces se imagina, yo a este lugar lo contaminé de inventos; tal vez no. Ahora me disuelvo. El otro lado y este lugar no se van conmigo ahora, pero de alguna forma sé que ya lo hicieron y lo harán. Mi omnipresencia cuestionable se reduce mientras me voy. Se achica y empiezo a dejar de ver. La succión se vuelve intensa de forma abrupta. Y ahora, no soy más que una idea sin sentido en la cabeza de un niño idiota, que corre gritando incoherencias bajo una tormenta.
Augusto Coronel tiene estudios parciales en la carrera de periodismo, pero se considera principalmente un autodidacta.
En 2013 publicó el poemario Aquella Sangre, en la colección de minilibros de Trópico Sur Editor. En 2015 obtuvo el tercer premio en el concurso de relato breve Maldonado te cuento, por el relato El frÃo en la cara. En 2018 publicó el libro de relatos Climas (segundo premio en el Premio Nacional de Narrativa Antonio Lussich 2017) en la editorial Civiles Iletrados. En 2019 publicó la novela La noche entre dos mundos, premiada por los Fondos de Incentivo Editorial de la Intendencia Municipal de Maldonado, Uruguay.
Poemas de su autorÃa están incluidos en La ballena de papel, antologÃa de poesÃa de Maldonado, 1985-2017. Ha publicado notas sobre cine en medios argentinos como Metacultura y ficción en revistas nacionales como Tenso Diagonal. Administra el blog Diario de un incompleto.
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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •




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