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¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

Uruguay URUGUAY
Ahora que ya no estoy, hablar de esto no me duele, no me afecta; ya no siento más que una succión no sé a dónde ni cuándo. Ya no soy un cuerpo, ni estoy en uno, pero a mi modo todavía existo. Soy parte de un torrente sin materia que circula a la vez en todas direcciones. Una corriente sin mesura ni comienzo, que se expande y crece sin motivo, que no va ni viene, solo se mueve.

No estoy, pero en mi indecible existencia que no controlo, puedo ver. Vi cómo, cruel, la madrugada asestó. Del sur el viento sopló caliente, del norte, helado. Hubo fricción, entonces tormenta. Gases, humedad. La lluvia ácida intoxicó el aire; gente murió, también animales. El granizo cubrió de blanco toda superficie. El viento fue constante y rudo, como el bramido de una bestia en celo. El cielo negro vomitó su infierno por horas. Lo hizo hasta que fue de día, y ya no era negro, sino blanco, cegador.

Ampliación

Ilustración: Valeria Uccelli

Hugo, el hijo mayor de los Klein, no paró de gritar durante toda la madrugada. El niño decía incoherencias y corría desaforado y sin destino; de milagro está vivo. Pero cuando el sol salió, pálido y lejano, empezó a reír a carcajadas, se acostó en la alfombra de granizo que cubría el patio de la casa, y suspiró. Luego se puso a hablar solo, con la voz ronca de tanto gritar. En el porche, como estirado en el esfuerzo de entrar corriendo en la casa, yacía el cuerpo de la madre. Estaba muerta y tenía la cabeza reventada por una viga. El porche enclenque. Hugo se acercó al cuerpo, ladeó la cabeza y se lo quedó mirando, sin entender del todo lo que era. El padre y las hermanas estaban aún escondidos bajo un terraplén cubierto de chapas y ramas. Daban a Hugo por muerto. Creían lo mismo de la madre, aunque la rogaban viva. El padre y las hermanas, si tuvieran que elegir, hubiesen preferido un hijo y un hermano menos, pero no algo irremplazable como una madre.

No eran todavía las 8, y aunque el aire helaba, había una fila larguísima de gente para entrar en la clínica. Desde heridos por los golpes de objetos arrancados por el viento, hasta enfermos padeciendo las consecuencias de la lluvia ácida.

El dueño de la clínica era un doctor al que le habían revocado la licencia allá, en el otro lado. Algo malo había hecho, ya fuera por error o a propósito. Dado que ni siquiera tuvo la chance de defenderse ante un juez, me inclino a creer en lo segundo. Le prohibieron la práctica allá, y lo mandaron a este lugar, sin preocuparse por lo que haría; es decir: desentendiéndose de la posibilidad de que practicase de todas formas, pero no allá. A los del otro lado no les importaba lo que ocurría acá, siempre y cuando hubiera cierto orden, simulado o no.

Nadie en este lugar sabía del secreto del doctor. Todos lo tenían como referencia, como un hombre comprometido con la causa de ayudar a los enfermos. Y ahora, tras la tormenta, no daba abasto. Los atendía uno a uno, rápido y mecánico. Les daba pastillas e inyectables, y los mandaba a un corralón lleno de catres, recién dispuestos por los soldados. El corralón, de estructura resistente y con base de hormigón, poco había sufrido en la tormenta. De haber sabido la gente que una tormenta colosal iba a caer así, se hubiese guarecido en el corralón. Pero en este lugar no hay cómo predecir el clima, a pesar de lo cual, nadie toma precauciones. Viven en un eterno presente, y a la incertidumbre, la mayoría la tiene olvidada. Cielo blanco, cielo negro; entremedio cíclicos instantes, así la gente entendía el tiempo. Los soldados aparecían de la nada cuando ocurrían catástrofes o cuando se daban casos de violencia o exabruptos colectivos. Ante lo primero, asistían; frente a lo segundo, castigaban.

Parado en una tarima, megáfono pegado a la boca, uno de los soldados daba instrucciones a los damnificados. Catres, limpieza, agua corriente, baños, horarios, comida que iba a ser repartida en porciones justas; se pretendía improvisar un comedor antes de que terminara el día. Luego hizo silencio y anunció la llegada del Administrador que daría un breve discurso y que, al igual que los soldados, aparecía de la nada en situaciones puntuales, luego se iba. Sobrio, grave, formal, habló. Los animales que perdieron no podrán ser sustituidos, dijo. Y agregó: Con sus propiedades haremos lo posible, pero nada ha sido autorizado aún, mientras, deberán permanecer aquí hasta nuevo aviso. En cuanto a las pérdidas humanas, extiendo mi pésame. Buenos días. Hasta luego. Había cumplido su función por el momento; se fue.

Yo, que continúo (no sé hasta cuándo ni por qué) extendido en el torrente, puedo hablar de este lugar desde cierta omnipresencia cuestionable. Es algo así como un pueblo. Hay dos plazas y un crematorio enorme. Las casas son todas parecidas, aunque no faltan excepciones. Hay una iglesia, o más bien un templo, pero no hay una referencia clara de religión ni de dios alguno que se reverencie; es un edificio que parece haber estado siempre allí, antes que cualquier ladrillo, antes incluso que los animales y las plantas. Hay comercios nucleados en lo que vendría a ser el centro. Al pueblo lo rodean cerros nutridos de fronda y animales salvajes, y lo atraviesa un arroyo ancho que se ramifica hasta terminar en el mar. Nada, nadie, que no sea el agua o el aire, ha llegado al mar. El mar parece un plato liso y plateado, sin olas, y es tan extenso que ni siquiera yo puedo ver dónde termina. Aunque lejos, muy lejos, hay una isla.

Hugo dormía en un charco frío sobre el césped, cerca del porche, cerca del cuerpo de la madre. Su padre y las hermanas emergieron del terraplén y pisaron el patio. Primero lo vieron a él y lo asumieron muerto. Ninguno lloró. Pero enseguida vieron a la madre, y el dolor los embistió, y puso en el aire un olor pesado. Las niñas se arrojaron a llorar; el padre era una estatua muda hecha de espanto. El olor ese, sin cuerpo, sin materia, entró en mi torrente. Y enseguida lo perdí, se mezcló con todas las partes de la corriente sin mesura ni comienzo, que se expande y crece sin motivo.

No hay nada que hacer, niñas, está muerta, dijo el padre, y tragó saliva como si tragara una piedra. Los ojos retenían el llanto como una ampolla que contiene pus y ante la mínima punción explota. Se agachó a su nivel y las miró a los ojos. Las niñas lloraban atoradas en un aliento sin ritmo. Las abrazó. Hugo se despertó. Caminó hacia ellos, ladeó la cabeza, y los miró del mismo modo que había mirado el cuerpo de la madre. Era un niño, sí, pero en ese momento parecía un bebé, una criatura sin lenguaje. Ellos no lo notaron hasta que estuvo muy cerca. Lo vieron sonreír y luego hacer una pirueta. Klein padre era, por su rol, quien debía cargar con el peso de los daños de la tormenta, la muerte de la esposa, la tristeza de las hijas y la idiotez de su hijo mayor. No sabía por dónde empezar. Puso la vista lejos, entre una casa sin techo y una fila de cipreses destrozados, y pensó. Debía intentar ordenar las ideas por orden de importancia, pero sin desatender el consuelo y la protección que les debía a las niñas. Parado, con las niñas temblando y agarrotadas a su cuerpo, se le ocurrió como primera cosa entrar él solo y reconocer los daños de la casa. Así podría ver lo que debía ser reparado, y más importante: identificar en qué lugares se podía permanecer sin que se desplomara una pared o parte del techo. Se soltó de las niñas y les pidió que esperaran afuera. Entró.

Avanzaba con el cuidado de un minero que se adentra en una caverna inexplorada. El agua le llegaba hasta los tobillos; y en algunas partes, desniveladas por los vaivenes propios del azote, hasta las rodillas. Tendría que drenar, llevaría trabajo, pero lo terminaría antes de que volviera la noche. Todo en el living era caótico, pero la estructura se mantenía. El cielo raso tenía algunas grietas que se extendían por una pared. A causa del agua, la mayoría de los muebles estaban estropeados. El techo del comedor no demostraba grandes roturas, pero sí incipientes manchas de humedad que avanzarían agresivas. Dio con la cocina, el cielo raso estaba hundido y una pared a punto de derrumbarse. Todos los electrodomésticos estaban arruinados. Cruzó el largo pasillo que daba a los cuartos y el baño. Su dormitorio, el que compartía con la esposa cuya muerte, cuyo golpe de la muerte absorbía de forma extraordinaria en su proceder ejecutivo, se había venido abajo por completo. Insalvable. El baño no estaba mal. El dormitorio de las niñas tenía un importante deterioro, pero se salvaría. El de Hugo estaba impecable, como si la tormenta hubiese elegido ignorarlo. Salió calculando logística y materiales, reconoció que iba a necesitar ayuda si quería dejar la casa al menos habitable antes de que llegara la noche. No era sabio permanecer afuera cuando el sol ya no estaba.

Cuando pisó el patio y la luz blanca le apretó la vista, vio al Administrador. Estaba escoltado por dos soldados idénticos, sin duda gemelos. Parecían no estar hechos de materia humana, daban la idea de ser algo artificial, manufacturado para un propósito. Tras ellos, en la calle, había un camión puesto en marcha, esperando.

—Señor Klein. Buenos días. Soy el Administrador. Permítame extender mi pésame. Lo lamento. Haremos lo posible por ayudarlo. Esa es nuestra función.

—Buenos días —dijo Klein—. Gracias. Bueno, si es así, no me vendría mal un poco de ayuda para arreglar mi casa antes que se haga de noche. Pienso que…

El Administrador lo interrumpió:

—Eso no será posible. No se ha autorizado aún ninguna intervención sobre las propiedades dañadas.

—Pero es mi casa, dijo Klein. Con un poco de ayuda puedo dejarla en condiciones para ocuparla con mis hijos y velar a mi esposa.

Entonces buscó el cuerpo de su mujer. Solo vio la marca en el pasto, el cuerpo ya no estaba. Se enojó, las palabras le salieron como balas de una metralleta. Gritó:

—¡Pero qué hicieron! ¿Dónde está mi esposa?

El Administrador, sin cambiar su tono de voz, dijo:

—El cuerpo ha sido enviado al crematorio. Tal como indica el protocolo.

—¡Me cago en el protocolo! No pueden tomar una decisión así sin consultarme —dijo Klein, a punto de explotar de ira.

—Se equivoca, dijo el Administrador. No solo podemos, sino que debemos hacerlo. Así lo indica el protocolo. Así lo dicen las normas que rigen el orden en este lugar.

Las niñas lloraban sin consuelo. Klein fue hasta ellas y las abrazó. Hugo se pasaba un dedo por el ombligo y miraba al suelo. Luego se tiró un pedo sonoro y hediondo, y comenzó a reírse a carcajadas. Se movía como si le estuvieran haciendo cosquillas. Cuando Klein sacó la cabeza de entre los brazos de las niñas, vio que la casa ya tenía una cinta que la envolvía entera y estaba enroscada en alambre de púa. Dos soldados nuevos hacían custodia en el porche. Estos eran grandotes y sus caras no expresaban nada. Klein, al intentar entrar en la casa, fue enseguida reducido por el golpe de una macana en la pierna. Retrocedió, asustado, sorprendido, enredado en la frustración y la rabia. El Administrador le dijo:

—Respete las normas, no nos obligue a recurrir a los castigos. Suba a ese camión. Ahí estará bien con su familia, hasta que se autoricen cambios. ¿Me oye? Vamos, suba.

Resignado, tenso, Klein acató, lo siguieron las niñas. A Hugo tuvo que arrastrarlo de un brazo porque no entendía lo que estaba pasando y no se quería ir.

La familia Klein era distinta. El resto de las familias con familiares muertos no habían demostrado sentimientos, no parecían heridos por la pérdida. Incluso una mujer vio cómo se llevaban el cuerpo de su hijo como quien mira una pared. Reaccionaban sin alma. Parecían anestesiados y neutros en lo anímico. Eran humanos, sin duda, pero funcionaban como máquinas.

Tras una semana la gente seguía apiñada en el corralón y no había noticias. El Administrador no había vuelto a mostrarse. Solo los soldados custodiaban el lugar y atendían, de modo rudo, las peticiones de la gente. Algunas noches, cuando el viento soplaba frío, se escuchaban susurros; y yo, llegué a ver, lejos, en el mar oscuro, algunos fogonazos brillantes. Creo que venían de la isla.

Los instantes cíclicos entre noche y día ocurrían idénticos en contenido, no así en desplazamiento; a veces pasaban lentos, otras, rápidos, arrítmicos, descontinuados. La gente no parecía notarlo y no se sentía afectada. Klein no podía dormir, se pasaba consolando a sus niñas y peleando con las locuras de Hugo. Y no dejaba la idea de irse de allí. A cada rato les preguntaba a los soldados si había novedades, pero se limitaban a decirle: Guarde la calma, señor, ya se va a arreglar todo, se espera pronto una autorización.

Una mañana, el soldado del megáfono dio un anuncio. Dijo que el Administrador vendría ese mismo día con noticias. Hubo revuelo, una ansiedad colectiva, pero duró poco. Parecía que la gente empezaba a olvidar que tenía una vida fuera del corralón. Llegó la noche y al otro día el soldado dio el mismo anuncio. Nuevamente, el día ocurrió sin alteraciones. Al otro día lo mismo. Así fue por lo menos durante una semana más. El soldado anunciaba, pero el Administrador no aparecía. A esta altura Klein iba a estallar. En un momento no pudo evitarlo e intentó escapar. Recibió el golpe de una macana en un brazo. Al rato intentó de vuelta, pero esta vez lo molieron a golpes. Al verlo lastimado, y actuando como si fuera un accidente, los soldados llamaron al doctor. El doctor no demoró en llegar. Llevaba consigo un botiquín lleno de drogas, a las que él veía como una solución más práctica que el cuidado cercano. Inyectaba, daba pastillas. A Klein lo miró y sin examinarlo apuró un diagnóstico: hinchazón, nada roto, se cura rápido. Klein se dejó clavar una aguja en el brazo que lo sedó. Pronto, empezaría a rendirse.

Hugo seguía sin entender, y poco a poco Klein padre y las niñas dejaron de sentir los recuerdos de la esposa y madre, se fueron volviendo confusos, luego extraños, finalmente ajenos. Eran pátinas de algo que ahora simulaba haber ocurrido fuera de ellos, como escenas de una película. Ya no la extrañaban, ya no estaba en ellos su amor. Y todo el asunto se transformó en olvido completo en sus cabezas, cuando finalmente volvieron a la casa. Había sido completamente refaccionada. Tenía muebles y electrodomésticos nuevos. Y no había nada que recordara a la difunta madre, ni fotos ni olores. A los olores la memoria los retiene y los libera según la ocasión, aunque no estén en el ambiente. El impacto psicológico y complejo de los olores distingue a los humanos de otras especies. Pero ya ni eso podían sentir los Klein. Los olores de la madre habían sido extirpados de su mente. La casa, incluso, había cambiado tras la refacción. Las niñas tenían su cuarto, Hugo el suyo; eran cómodos, funcionales, pero nada parecidos en aspecto y contenido a lo que fueron. El dormitorio de Klein padre, solo tenía una cama individual y un ropero chico con su ropa doblada, limpia y prolija. No había rastro alguno de su mujer. Esa familia, entonces, nunca había tenido madre.
Una corriente sin mesura ni comienzo, que se expande y crece sin motivo, que no va ni viene, solo se mueve.

No estoy, pero veo y vi, en mi indecible existencia que no controlo. El sol es canica densa en el vacío sin tiempo. Puedo suponer que tal vez, más que sol, sea una representación de este, un simulacro que emula sus funciones. Desde mi torrente no puedo entender qué es este lugar, no sé para qué fue hecho. Porque de esto no tengo duda: fue construido por alguien y para algo. En el otro lado, que alguna vez, hace mucho, conocí, las cosas eran muy distintas. Si bien no se atravesaba una época estable, a su manera las cosas funcionaban: la gente se peleaba, se enamoraba, lloraba, recordaba, era atendida y examinada cuando su salud presentaba problemas, en menores o mejores condiciones, según su poder adquisitivo. Eso seguía imperando, el dinero seguía siendo la herramienta nuclear en el otro lado. Supongo que a alguien se le ocurrió fundar este lugar y ponerlo fuera, más lejos en el espacio o más distante en el tiempo. Pero entonces las cosas dejaron de funcionar. Hubo conflictos graves, millones murieron. Lo único que ganó fuerza entre todo ese caos fue la ciencia. Hubo logros impensados, teorías revocadas, teorías demostradas. Avances. Todo en poco tiempo. Y se dieron cambios que sacudieron las bases de lo que se asumía como Verdad.

Yo estuve en el otro lado y nunca más volveré. Aún percibo que existo en el torrente, pero cada vez la sensación está más cerca de extinguirse. Tal vez, como lo que no se entiende muchas veces se imagina, yo a este lugar lo contaminé de inventos; tal vez no. Ahora me disuelvo. El otro lado y este lugar no se van conmigo ahora, pero de alguna forma sé que ya lo hicieron y lo harán. Mi omnipresencia cuestionable se reduce mientras me voy. Se achica y empiezo a dejar de ver. La succión se vuelve intensa de forma abrupta. Y ahora, no soy más que una idea sin sentido en la cabeza de un niño idiota, que corre gritando incoherencias bajo una tormenta.


Augusto Coronel tiene estudios parciales en la carrera de periodismo, pero se considera principalmente un autodidacta.

En 2013 publicó el poemario Aquella Sangre, en la colección de minilibros de Trópico Sur Editor. En 2015 obtuvo el tercer premio en el concurso de relato breve Maldonado te cuento, por el relato El frío en la cara. En 2018 publicó el libro de relatos Climas (segundo premio en el Premio Nacional de Narrativa Antonio Lussich 2017) en la editorial Civiles Iletrados. En 2019 publicó la novela La noche entre dos mundos, premiada por los Fondos de Incentivo Editorial de la Intendencia Municipal de Maldonado, Uruguay.

Poemas de su autoría están incluidos en La ballena de papel, antología de poesía de Maldonado, 1985-2017. Ha publicado notas sobre cine en medios argentinos como Metacultura y ficción en revistas nacionales como Tenso Diagonal. Administra el blog Diario de un incompleto.

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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

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