Lejos de la pampa y de las quintas sus pasos se hundían ligeramente en la arena húmeda, dibujando miles de pisadas que desaparecían en el camino alfombrado de gramilla que conducía hacia el centro de aquella maraña, hacia el cuerno de la abundancia; hacia La Isla, donde los esperaba, ellos lo sabían, el mayor de los peligros: un polaco medio loco que protegía cada racimo de uvas, cada mora, cada ciruela, cada durazno que allí crecía con un arma que cargaba, según decían, con cartuchos envenenados. Pero donde encontrarían el mayor de los deleites.
Los únicos accesos a la propiedad eran tres frágiles puentes colgantes dispuestos de forma tal que cualquier intruso podía ser visto desde la casa. Mas los chicos burlarían la vigilancia saltando desde el terraplén, se esconderían entre las cañas y, cuando estuviesen seguros, arrasarían con los manjares que tan celosamente cuidaba el viejo quintero.
Bajo la sombra fresca, un zumbido de moscas, un perfume de madreselvas. Un susurro de aguas que corrían en lo profundo del canal. Los chicos hicieron silencio y escucharon.
Nada.
Sólo un salto los separaba de La Isla. ¿Quién sería el primero en darlo? A Juan lo siguió Nikánder y a éste Valentín. Cayeron sin hacer ruido y caminaron con sigilo hasta hallarse en medio de la plantación, debajo de las ramas cargadas con las frutas más grandes que habían visto en sus vidas. Tan grandes que se quedaron viéndolas con las bocas abiertas.
—¡Miren!
—¡Qué grandes!
—¡Enormes!
—No perdamos tiempo.
Saltaron como monos. Comieron como langostas. Croaron como sapos. Y al fin se echaron en el pasto como leones después de haber devorado la presa. Todo estaba en paz. Pero la paz no duraría mucho.
Lo que sucedió estaba escrito. El primer disparo dio a la dama de monte haciéndole perder algunas flores. El segundo silbó en el oído de Juan. Y el tercero los hizo huir.
Valentín saltó como un antílope y desapareció entre los arbustos. Nikánder trastabilló, cayó de rodillas en el barro, se levantó, corrió en zigzag, cruzó el canal y siguió corriendo sin pensar siquiera en sus camaradas. El monstruo estaba detrás de él segando la hierba como una guadaña. Nikánder sintió el horror y el vértigo, pero no se detuvo. Corrió y corrió, con el polaco siempre a la misma distancia, hasta perder el aliento y aún así siguió corriendo.
Las zarzamoras le hirieron las piernas. Las ramas azotaron su cara. La selva empequeñeció convirtiéndose en llanura. Senderos de pasto aplastado corrieron delante de él, giraron, hicieron espirales y murieron. El sol le quemó la espalda. Y el calor de la velocidad le abrasó los pies. La tierra subió y bajó cuando un desnivel en el terreno, un alambre, una raíz o una mano se aferró a su pie y le hizo caer. Era el fin y Nikánder, con el corazón dando brincos, lo aceptó. Pero el viento pasó por arriba suyo y siguió. Sólo viento y polvo, y nada más en toda la pradera.
El chico miró a su alrededor. Era imposible. Sólo la selva como una lejana muralla verde; la llanura, dos árboles raquíticos y retorcidos, y una vereda de tierra roja que nacía a sus pies, atravesaba un monte de eucaliptos y moría junto al alambrado que rodeaba la casa más bella que él hubiese contemplado. El polaco, si realmente alguna vez estuvo detrás de él, había desaparecido.
Sin embargo el miedo aún le palpitaba en las sienes, le apretaba la garganta y circulaba por su cuerpo como una corriente que, afortunadamente, se desvanecía. Las piernas le temblaban; se sentía caer. Su perseguidor podía esta en cualquier parte; detrás de los eucaliptos, entre los matorrales o en el margen de la selva, esperándolo con la escopeta lista para meterle un tiro y arrojarlo luego al canal.
De las inalcanzables copas que se balanceaban en el cielo caía, como lluvia, el olor de la especie. La pequeña figura de Nikánder se fundía con el paisaje, olfateando, escuchando y mirando hacia todas partes. Sus sentidos, asombrosamente alertas, le dijeron que estaba solo. En esa desolación indescriptible, tan lejos de las quintas y de su hogar que sólo la casa, con el sol brillando en sus paredes blancas y en el techo de flamas rojas, parecía un lugar seguro.
Decidido a pedir ayuda a sus ocupantes se dirigió hacia ella. Un gran silencio y una cerca de alambre totalmente cubierta de enredaderas circundaban la propiedad. Al cruzarlos se encontró con un jardín donde abundaban rosales de infinita variedad de colores que se interponía entre él y la puerta principal, y con una voz que le decía:
—Ha sido una larga espera.
Nikánder se volvió, sorprendido, hacia el lugar de donde parecía provenir el susurro y vio, a escasos centímetros de su hombro izquierdo, que quien le hablaba era una hermosa mujer de unos treinta y cinco años, de cabellos tan negros como su vestido, con una tijera de podar en una mano y un pimpollo recién cortado en la otra.
—¿Qué pasó ¿Tuviste algún problema? —Preguntó como si lo hubiese estado esperando.
—No; no. Nada —respondió el confundido muchacho. —No pasó nada.
—¿Entonces? Tu madre dijo que llegarías a las nueve de la mañana y ya son casi las cinco de la tarde.
Nikánder se quedó callado, sin moverse, mirando de soslayo a su interlocutora, sin saber que contestar.
—Bueno, vamos —dijo la mujer y comenzó a caminar. Nikánder la siguió con timidez.
La vereda, prolongación de aquella que lo había conducido hasta allí, cruzaba un mar de rosas en cuya otra orilla estaba el frente de la casa. Atravesando la puerta principal penetraron en un vasto salón casi totalmente rodeado por ventanas. Una larga mesa donde el muchacho supuso que a la hora de cenar se acomodarían a su alrededor por lo menos una decena de personas, resaltaba en el centro de la estancia. Sin embargo nada indicaba que alguien más estuviese en la casa.
El mobiliario era profuso, cómodo, severo. Sus paredes estaban adornadas con cuadros de todo tamaño y coloridos platos; y un gran reloj, imponente pieza de joyería, parecía hacer guardia junto a la escalera.
—Este es tu cuarto. Fijate si alguno de los trajes que hay en el ropero te queda bien. Cambiate y dejá la ropa sucia en el baño. Mientras te voy a preparar algo de comer. Vas a ver que bien cocina tu tía.
La mujer sonrió a Nikánder, hizo una caricia en su cabeza y se esfumó. El sol brillaba en el bronce y la madera lustrada. La luz se transformaba en los cristales y el espejo. Y una brisa suave arrastraba hasta allí el olor de la floresta y los sonidos del campo. El muchacho estaba perplejo. Era evidente que la mujer lo confundía con un sobrino a quien no conocía o no había visto desde su nacimiento. ¡Qué complicación! Había llegado hasta allí en busca de ayuda y ahora se encontraba en una situación que si no se aclaraba pronto podía dejarlo nuevamente sin protección y a merced del polaco.
Entonces, ¿qué hacer? ¿Bajar y decir lo que hasta ahora había callado, o simplemente guardar silencio y dejar pasar las cosas? Precipitarse no conduciría a nada, después de todo el invitado aún no había llegado. Pero ¿si lo hacia? ¿Y si alguno de los ausentes moradores del caserón conocía al verdadero sobrino? No, no había alternativa. Tenía que explicar todo a la dueña de casa, ella comprendería.
Nikánder pensaba en todo esto cuando una pregunta subió desde la planta baja, buscó de puerta en puerta y llegó hasta la séptima.
—¿Estás listo, Ismael?
Ismael. Su nombre era Ismael.
—¡Israel!
—Si. No, todavía no —respondió Nikánder.
—Bueno, apurate.
—Si, ya bajo.
Nikánder miró al largo pasillo antes de correr por él hacia la escalera. Su aspecto era deplorable. La ropa vieja, sucia y desarreglada, le daban toda la apariencia de un vago, de otro sórdido inmigrante de las quintas. Apariencia que podría haber cambiado con sólo mudar sus harapos por cualquiera de las camisas y pantalones que colgaban de las perchas del ropero, pero que no cambió. Por eso cuando su anfitriona lo vio bajar vestido como estaba exclamó:
—¡Todavía no te cambiaste!
—Señora, tengo que decirle algo.
—¡Señora! ¿Cómo señora? Tía. Tía Sofía.
—No, yo…
—Nada de palabras. Subí. Aseate; cambiate esa ropa mugrienta y después de tomar el té hablamos.
—Señora…
—¡Tía!
—Bueno, tía, tengo que hablarle.
—Después.
Nikánder bajó la vista y volvió a la alcoba. ¿Qué otra cosa podía hacer? La mujer se negaba a escucharlo. ¿Podría obligarla? No. Volver al cuarto y mudar de ropas parecía ser la única forma de que le prestara atención, así que regresó sobre sus pasos dispuesto a obedecer. Más tarde, quizás, haría otro intento.
La habitación era rectangular. Dos ventanas y el enorme espejo que estaba sobre la cómoda repitiendo la imagen de la abertura que tenía enfrente no alcanzaba a reprimir la sensación de encierro que tuvo al penetrar en ella. Dentro del ropero estaban las ropas que habrían de convertirlo en el sobrino de Sofía. Abrió sus puertas y acarició las prendas como si fueran las teclas de un delicado instrumento, pero no sacó ninguna. Un reflejo rozó su mejilla. Un susurro atrajo su curiosidad. En el norte el campo estaba cambiando sus colores.
El sol en el cielo de plata. El techo rojo del granero. La frontera de alambre. Su mirada subió y bajó. Saltó como un pájaro de un lugar a otro, de una ventana a la otra, de una rama a la otra, en un mundo silencioso e inquietante de árboles delgados y no muy altos cuya extensión no podía precisarse desde ese lugar. Sus sombras nacían en la pared trasera de la casa y cubrían todo el occidente. Árboles…, sólo árboles; el sol se ponía en un profundo océano de árboles.
Junto al granero una media docena de gallinas cacareaban y escarbaban justo allí donde las hojas secas terminaban súbitamente, dando lugar a un patio de tierra lisa donde podía verse un sulki debajo del cual descansaba un gran perro gris de aspecto inofensivo, un grueso tronco con un hacha hundida entre sus ensangrentados anillos, la bomba de agua, el bebedero para los animales y una pila de leña, todo en perfecto orden, igual que en el interior de la casa, pero ni una sola persona que lo mantuviese.
Bueno, tal vez están en camino, pensó y se dirigió al ropero; sacó un pantalón azul y una camisa blanca. Se quitó los harapos, los arrojó debajo de la cama, se vistió con las ropas nuevas y regresó al pasillo que lo conduciría otra vez a la planta baja.
Sus pies lo llevaron hasta el primer peldaño de la escalera, pero sus ojos, más veloces, siguieron por el oscuro corredor; se transformaron en mariposas y escaparon por la ventana que se hallaba al final, pero un tirón los hizo volver a la realidad de la escalera y se precipitaron por ella cuesta abajo.
Toc. Toc. Toc.
El comedor estaba desierto. De la cocina venía un ruido de cacharros, un susurro de cascada y el canto de un ruiseñor. Nikánder fue en su busca, se paró en el umbral de la puerta, resopló y dio dos pasos hacia adelante. Sofía, al oírlo, interrumpió su canto, dejó la vajilla en la pileta, se secó las manos en el delantal y se volvió diciendo:
—Sentate que ya… ¡Pero qué buen mozo estás! Si parece que te hubieran hecho la ropa a medida. Bueno, sentate. Sentate que ya te sirvo el café con leche.
Nikánder tomó asiento sin dejar de mirar a Sofía. Ella estaba realmente, sinceramente, sorprendida y lo expresó con toda una serie de ademanes por demás elocuentes. El chico se sintió halagado, y hasta se sonrojó, pero no dijo nada. Sólo se sentó y esperó sin apartar la mirada de la silueta de su tía.
Sofía sirvió café en un tazón blanco. Luego agregó leche. Puso un puñado de galletas en un plato y colocó ambas cosas frente al muchacho invitándolo a que comiera y bebiera a placer. Después le dio espalda y continuó lavando los cacharros que había dejado debajo del chorro de agua, dentro de la pileta.
Nikánder tomó una galleta del plato y la hundió en el tazón. En ese momento Sofía comenzó a cantar. Él se quedó oyendo con la boca abierta. Era la voz más dulce que había oído. Tanto que por un momento olvidó todo. Atónito sintió su arrullo, cerró los ojos y tuvo un sueño breve. Pudo verlo; olerlo; palparlo… Pero en un silencio despertó y vio a la temblorosa galleta agitarse frente a sus ojos, vacilar y caer como un meteorito dentro del tazón.
Fue un milagro que no se manchara la camisa.
Sin percatarse de lo que ocurría en la mesa Sofía seguía cantando y fregando. Nikánder la miró, atemorizado, y maldijo el momento en que se le ocurrió la idea de hundir la galleta en el café con leche. Siempre había creído que hacerlo era una estupidez y ahora… ¡Qué idiota se sentía! Por suerte Sofía no lo había visto.
Un repasador colgaba del respaldo de la silla. El chico estiró un brazo, y con la rapidez de un huracán hizo desaparecer aquella galaxia que él mismo había creado. Luego se bebió de un trago el contenido del tazón y anunció al concluir:
—Terminé.
—¿Querés otro poco? —Preguntó Sofía sin darse vuelta.
—No, gracias.
—Bueno, perdoná que no te preste atención pero debo terminar esto y después tengo que limpiar los hongos que están en esa canasta.
—¿Hongos? ¿Son para comer?
—No, estos son… medicinales.
—¡Ah! —exclamó Nikánder sin saber muy bien que había querido decir con «medicinales».
Las paredes de la cocina eran grises y de ella colgaban una infinita cantidad de cacharros. Sartenes. Ollas. Cucharones y un sinfín de artefactos de dudosa utilidad cubiertos por una delgada capa de grasa que se extendía por toda la pared formando extrañas figuras. Una única ventana daba luz a la habitación, y en ella palpitaba la más extraña e insistente de las figuras: el bosque.
—Tía Sofía.
—¿Sí?
—¿Puedo salir al jardín? —Nikánder había dejado de pensar en los hongos atraído por el verde resplandor del exterior.
—Andá, pero no te acerques al alambrado.
—No; ni pensarlo. Sólo quiero dar una vuelta por la parte de atrás.
—Está bien. Andá.
Entonces, sin más protocolo, Nikánder salió al jardín.
Comenzaba a oscurecer. El sol se había ocultado pero sus fuegos perduraban en el cielo como un recuerdo. Un cielo púrpura y mil sombras mecidas por el viento, descendiendo sobre el patio.
Mientras, la vida continuaba su curso.
Las primeras luciérnagas titilaban en la opacidad. Las gallinas dormían. El perro seguía debajo del sulki. Otros dos, capaces de meterle miedo a cualquiera, vagaban por ahí. Las aspas del molino chirriaban…
La floresta tenía un aire melancólico con su techo verde oscuro y su mullido suelo amarillo; un suelo muy distinto al que había recorrido su madre, de quinta en quinta, golpeando en cada puerta; preguntando a cada hombre y a cada mujer que se cruzaba con ella. Mirando en el fondo de cada zanja y de cada arroyo. Un suelo polvoriento que la había conducido hasta el umbral de la desesperación.
Era una cálida noche de grillos y Ana buscaba inútilmente a su hijo, ignorando que él estaba allí, caminando sobre las hojas, sumido en un sueño de paz, sin tiempo ni preocupaciones…
—¡Ismael! ¡A cenar!
¿A cenar?
Pero si apenas habían pasado unos minutos.
Dos horas. ¡Pasaron tan rápido!… Y ahora Sofía lo llamaba a cenar. Todo el mundo debía estar en la casa.
—¡Ismael!
Pensar en enfrentarlos lo hizo vacilar. Mas si había engañado a Sofía podría hacerlo con los demás. Pero al entrar… ¡Oh sorpresa! Sólo dos platos en la mesa del comedor.
—Hoy comemos en el comedor —dijo Sofía mientras servía sopa con un cucharón.
—¿Solamente dos platos?
—¿Y cuantos querés?
—No, decía nomás.
—¿Te gusta la sopa?
—Sí, mucho. Mamá dice que usted cocina muy bien.
—Gracias.
Sofía sonrió. Nikánder no sabía si por agradecimiento o porque notó que le mentía, pero lo cierto es que sonrió.
—A propósito, ¿cómo está tu mamá?
—Bien, bien.
—¿Y tu papá sigue con la panadería?
—Sí, él ama esa panadería —contestó con una asombrosa seguridad.
—¿Y vos no querés aprender el oficio?
—Yo lo ayudo pero… a mi no me gusta.
—¿Y qué te gusta entonces?
—Me gustaría ser marino y recorrer el mundo.
—¿Quién hubiera dicho?
Quién hubiera dicho que Ismael deseaba ser marino. Sin embargo Nikánder no mentía. Desde niño acariciaba el sueño de ser capitán de su propia nave y recorrer el mundo en ella. Su padre compartía ese secreto así que se preocupó muy poco cuando Ana le dijo que aún no regresaba.
—El muchacho ya es grande y sabe lo que hace —dijo. —Pero si no vuelve para la medianoche iré al pueblo y hablaré con el comisario.
Ana sirvió la cena (Nina, Tamara y Basilio comieron en silencio) sin dejar de pensar, ni por un momento, en Nikánder.
Mientras tanto él, seguro de que mañana saldría de allí, daría un largo rodeo y, muy temprano, estaría en su hogar, comía satisfecho el último plato.
La noche y el sueño avanzaron.
Sofía notó el primer bostezo y dijo levantándose a medias:
—Bueno, yo me voy a acostar. Te aconsejo que hagas lo mismo. Hoy tuviste un día agitado.
¡Y sí que lo había tenido! Por otra parte debía salir de la cama antes que el sol, así que aceptó el consejo, se despidió de su tía supuesta y se retiró.
Durmió como nunca lo había hecho en su vida.
No muy lejos Margarita, sentada en el tronco caído de un sauce, esperaba. Demetrio, todopoderoso, se acercó. Los ojos se le iluminaron al verlo llegar. Se paró frente a él rozándole el pecho con los senos palpitantes, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó.
Era una noche azul de dos lunas. Una flotaba como un camalote en las aguas quietas del río, la otra en el cielo calmo. Era una noche propicia para el amor. Por eso, seguros de que nadie los observaba, se tiraron en el pasto y lo hicieron.
Pero unos ojos traidores vieron la escena y corrieron prestos a denunciar la infidelidad.
Dos horas más tarde (Margarita detrás del mostrador y su esposo sirviendo bebidas en las mesas) sin querer, Basilio y Demetrio entraron juntos al Trébol Rojo.
Al verlos Pascual se enderezó, clavó la mirada en su rival, dejó la ginebra sobre la mesa y, con un cuchillo que el diablo le había puesto en la mano, se abalanzó sobre los recién llegados.
Demetrio buscó sin suerte el facón que cargaba en la cintura, y al no encontrarlo dio dos pasos atrás. En un segundo ocurrió todo. Basilio quedó entre Pascual y Demetrio sirviéndole a éste de escudo contra certera puñalada. Un dolor frío le atravesó el estómago y cayó de rodillas. Sin saberlo, Pascual había asesinado la última esperanza de Nikánder.
El tiempo cambió. Las nubes ocultaron la luna. Remolinos de tormenta anunciaban que mañana no sería un buen día.
Y así llegó la madrugada.
Cuando vio al sol, tan alto, saltó del lecho, corrió hasta la ventana y lo maldijo, se sentía mal, torpe. Le dolía la cabeza y los miembros. Y había perdido la oportunidad de irse sin dar explicaciones. Pero era inútil lamentarse, tenía que aceptar las cosas como venían y hacer nuevos planes. No podía darse el lujo de dejarse vencer por las dificultades.
El muchacho se vistió y bajó ruidosamente las escaleras, entró en la cocina y saludó a Sofía.
—Buen día.
—Hola. ¿Cómo dormiste?
—Bien.
—Se nota. Dormías tan lindo que no quise despertarte. ¿Querés tomar algo? Pero si ya va a ser hora de almorzar; mejor aguantá un poco.
Nikánder se encogió de hombros y salió al jardín, al canto de los pájaros, al color de las rosas; al cielo overo.
En el sudeste una criatura crecía peligrosamente.
Caminó y miró. Pensó y midió.
El polaco no era tan persistente para como seguir en el monte, ni él tan tonto como para creerlo. Si se iba ahora seguramente tendría éxito. Si esperaba podría llegar el sobrino de Sofía y sabe Dios que sucedería.
Ese parecía ser el mejor momento, pero los perros no opinaron lo mismo.
Aparecieron repentinamente. Se interpusieron entre Nikander y el portón, le mostraron los dientes y ladraron y babearon. Y estuvieron a punto de saltarle encima, pero la oportuna aparición de la dueña de casa los hizo desistir.
—¡Te dije que no te acercaras al alambrado! ¿Querés que los perros te maten? ¿Adónde ibas?
Y sin esperar respuesta lo agarró de la manga y lo arrastró hacia la casa. El muchacho estaba tan asustado que no podía pronunciar palabra. Sofía, en cambio, hablaba sin parar.
—Bueno —dijo en un tono severo que hasta ahora no había utilizado —que sea la última vez. Creo que para aquel lado tenés bastante campo como para andar queriendo cruzar el alambrado. Esos perros no joden.
Y dicho esto soltó la manga de Nikánder y se metió en la cocina. El muchacho temblaba, mudo y al borde del llanto. Tenía tanto miedo y tanta vergüenza que permaneció ahí parado durante casi una hora. Después caminó hasta la parte posterior de la casa, se sentó en un banco y vio transcurrir el día.
Los perros habían desaparecido.
Tiempo.
El tiempo lo ayudó a tomar una decisión, debía decirle la verdad a Sofía. Convencido de ello entró en la casa y enfrentó a la tía de Ismael.
—Sofía…
—Qué.
—¿Puedo hablar con usted? —preguntó tímidamente.
—Hablá.
Era el momento de la verdad. Podía hablar, debía hablar, pero tenía miedo.
—Bueno, yo… este…
—Dejate de vueltas y hablá.
—Yo… no soy su sobrino.
La mujer se puso rígida, tenía fuego en los ojos. Con ese fuego lo quemó durante unos segundos y luego le cruzó la cara de una cachetada.
Nikánder creyó, primero, que se moría, luego, que explotaba. Deseó devolverle la bofetada, mas no lo hizo. Optó por salir de la habitación y se juró que si lo golpeaba de nuevo la mataría.
Una vez afuera se dirigió hacia el bosque y se internó en él.
El bosque, protector e íntimo, lo sedujo. Sus pies se mojaron en el ocre otoñal, su cuerpo se refrescó en el verde nuevo; su ira se desvaneció.
¡Qué distinto era aquel camino al que había recorrido su madre ayer! Tan distinto como el que había llevado a su padre al hospital. En realidad no existía otro igual, Nikánder tenía el extraño privilegio de recorrerlo después de siglos de veda, y ni siquiera lo sabía. Pero también ignoraba lo sucedido a su padre la noche anterior, esa broma del destino que lo colocó entre la vida y la muerte; ignoraba lo que acontecería al polaco la noche próxima, y lo que le pasaría a él esta misma noche. Lo único que sabía era que se sentía bien en el bosque y que, tal vez, si lo atravesaba, podría llegar hasta el río.
A su alrededor las aves cantaban con sonoridad un delicioso gorjeo. La naturaleza era opulenta, el suelo fecundo, la hierba noble. Y un claro, allá adelante, con un lago en el centro que brillaba como diamante, prometía ser un buen lugar para descansar.
Una roca junto a un mirto sirvió de asiento a Nikánder. Desde allí podía ver su rostro en la superficie del lago, su fondo poblado de piedras que parecían perlas y zafiros (y quizás lo eran) y un arroyo azul que corría hacia el oriente, camino obligado a la selva, a las quintas y al río ancho.
Caminar paralelo a la bulliciosa corriente del arroyo parecía ser una buena idea y el muchacho la puso en práctica ni bien sus pies se lo permitieron.
La cambiante floresta en partes cubría el arroyo, pero por lo general sólo lo acompañaba. Entonces Nikánder buscaba otro camino para luego volver al recto curso de agua parándose, de tanto en tanto, a escuchar si alguien lo seguía. Hasta el momento no había visto ningún animal, aunque sin duda el bosque cobijaba muchas criaturas. Sin embargo temía por los perros. Ya habían frustrado sus planes una vez y no quería que eso volviera a repetirse.
Así caminó durante un tiempo incalculable hacia oriente, siempre hacia el oriente, siguiendo los saltos y las vueltas del riacho, bajo la protección de alerces altísimos como dioses, hasta que sus aguas dejaron de servirle de guía cuando se precipitaron en una profunda garganta y desaparecieron en la sedienta tierra.
Desde allí una densa niebla cubría el bosque, para colmo anochecía, y el fugitivo tuvo miedo de perderse en ella. Ya no había susurro de agua ni gorjeo de aves. Ni sol, ni luna. Sin embargo, creyó, pronto encontraría el río y estaría a salvo.
Cuando los alerces se convirtieron en árboles delgados y no tan altos. Cuando el suelo se cubrió de hojas secas y amarillentas donde los pies se hundían. Cuando detrás de la bruma pudo divisar la pared trasera de la casa de Sofía, Nikánder no dio crédito a sus ojos y exclamó:
—¡Me estoy volviendo loco!
¿Y qué otra cosa podía pensar? Marcho todo el día hacia el oriente. Llegó a un lago. Siguió a un riacho. Caminó en la niebla siempre con el mismo rumbo… Y ahora estaba otra vez detrás de la casa de Sofía. ¿No era esa una locura?
Desmoralizado y sin voluntad volvió a la que se había convertido en su prisión. Su celadora tejía en el comedor totalmente iluminado. Al oírlo entrar levantó la vista, dejó el tejido sobre la mesa y corrió hacia Ismael. Éste alzó los brazos para evitar el golpe, pero se equivocó. Sofía lo abrazó, lo besó y le dijo entre susurros:
—Hijo, ¿dónde estuviste? Creí que te habías ido. Perdoname. Por favor, perdoname.
Nikánder no contestó. Agotado y sin esperanza, no quería luchar. Tampoco quería hablar. Ya la había perdonado en el bosque, pero no se lo dijo. No obstante ella lo vio en sus ojos.
Durante la cena no hablaron mucho más. Después del té el sueño cayó como una avalancha y el muchacho, completando un nuevo ciclo, se fue a dormir.
Sudestada.
Los relámpagos encanecían la noche, iluminaban el dormitorio convirtiendo la silueta de Nikánder en un espectro. El fantasma sin sábana voló hasta el vidrio mojado de la ventana y miró fascinado la tormenta. Y escuchó al viento que ululaba y silbaba como un condenado.
A esas horas su padre, a salvo, descansaba en una habitación de hospital. Los campos eran arrasados; las casa perdidas; los animales arrastrados a una muerte segura.
Su madre y sus hermanas, desde el techo de la casa, empapadas por la lluvia, veían como los gatos, las gallinas, perros y vacas, nadaban hasta el cansancio para luego desaparecer bajo el agua. Nina y Tamara reían, inconscientes de la magnitud de la catástrofe. Era cómico ver cómo los animales nadaban y luego se hundían. El agua corría por la cara de Ana. Gracias a ello las chicas no se dieron cuenta que lloraba.
Nikánder, en cambio, no lo hacía. Era demasiado hombre para lagrimear, además no tenías motivos, o al menos eso creía. El sueño, las telas de arañas en la cabeza y un gusto amargo en la boca le restaban claridad a sus razonamientos, no obstante se dijo:
—Con sueño no puedo pensar. Lo mejor será volver a la cama. Mañana haré planes. Lo que hoy me pasó es imposible…
Y se volvió a la cama, se tapó, y durmió hasta muy tarde.
La mañana siguiente.
Se despertó a las nueve y desayunó a las nueve y media. Y aunque no era la madrugada, tampoco era el mediodía.
Seguía lloviendo. En las quintas los pescadores llevaban a los colonos al Trébol Rojo, única propiedad lo suficientemente alta y espaciosa como para albergar a tanta gente hasta que llegaran los bomberos. Ana, Tamara y Nina estaban allí, seguras de que Basilio se hallaba bien y que Nikánder había perecido.
Ignoraban que el muchacho ahora, frente a la taza de café con leche, intentaba decir a su anfitriona que él no era quien ella pensaba. Ignoraban también que ella evadía el tema con total destreza, y que si persistía en esa actitud Nikánder escaparía aunque tuviese que prenderle fuego a la casa. Madre y hermanas ignoraban muchas cosas, y Sofía lo ignoraba a él.
¿Sería capaz de quemar la casa, y el bosque; y el lago…?
No lo sabía.
Las cosas estaban sucediendo con una rapidez incomprensible. Todo era tan irreal, tan ilógico, tan distinto a las tardes lentas y aburridas que solía pasar junto a sus amigos en la playa, o con sus hermanas en el huerto, que estos últimos días le parecían un sueño o una locura. Y uno nunca sabe lo que es capaz de hacer en un momento de locura.
Por lo pronto en lo único que pensaba era en escapar. Y la ocasión se presentó después del almuerzo.
Sofía, luego de levantar la mesa, sirvió el ya clásico té de hiervas. Como siempre, estaba exquisito. A su término miró a Ismael y le dijo:
—Es una linda tarde para dormir la siesta. Me voy a acostar un rato. Si querés, andá a pasear por el monte, pero no te acerques al alambrado.
Nikánder no le contestó. Justamente lo que pensaba hacer era cruzar el alambrado aprovechando el sueño de Sofía, así que esperó a que desapareciera, salió al jardín, se sentó en un banco y esperó.
Pasado un lapso prudencial buscó a los perros y no los vio. Se levantó de su asiento y caminó hacia el portón muy despacio. Las rosas iban quedando atrás, la casa también. El portón estaba tan cerca que por un momento creyó que saldría de allí como había entrado.
Pero los perros se lo impidieron.
Nuevamente, salidos de ninguna parte, los perros se interpusieron entre él y las quintas. Mas Nikánder no tuvo miedo, caminó muy lentamente hacia atrás, dio media vuelta, contó hasta veinte, dio otra media vuelta y corrió. Saltó. Y trepó el alambrado. Ya estaba por pasar la pierna izquierda al el otro lado cuando uno de los perros saltó y cerro sus mandíbulas. La pierna derecha del fugitivo había quedado dentro de ellas haciendo imposible la fuga. El dolor era tan intenso y el horror tan grande que Nikánder se tiró, sin pensarlo.
Una vez en el suelo el perro lo soltó y se alejó de él.
Era evidente que no querían hacerle daño. De lo contrario, a esas alturas, sería sólo un cuerpo destrozado en boca de aquellas fieras, sin embargo allí estaban, amenazantes, alertas, pero inmóviles. Sólo hizo falta que el muchacho, humillado, se alejara del cerco para que las bestias dejaran de gruñir, ladrar y mostrar los colmillos. Sin duda obedecían ordenes de un poder superior: Sofía.
Nikánder se puso de pie bajo el cielo apocalíptico y buscó refugio. Durante ese lapso reflexiono sobre mil interrogantes. Las preguntas afloraron, una detrás de otra. Nada estaba claro y, por supuesto, no hubo respuesta.
¿En realidad existía algún sobrino? Nikánder creía que no. De ser cierta su hipótesis ella sabría que él era un impostor. ¿Entonces por qué seguir con la farsa? ¿Qué sorpresa le reservaba? ¿Por qué sus perros lo vigilaban día y noche? ¿Acaso esa mujer estaba loca?
No, era una explicación demasiado simple. Debía haber un motivo realmente importante para que Sofía lo tuviese prisionero. Un motivo que averiguaría si antes…
Occidente.
Desde allí un océano de árboles, cuya extensión no podía precisarse, cubría todo el occidente. Ante él tenía un camino que aún no recorría. ¿Por qué no intentarlo? Era una excelente idea… Mas no la llevaría a cabo.
¿Las causas?
Las espirales en el cielo color ceniza, la fatiga y el miedo. Dolorido y derrotado entró al silencioso y oscuro granero. Se sentó sobre unas bolsas de arpillera llenas de maíz y exclamó:
—¡Hija de puta!
Luego hubo truenos, y la lluvia cayó sin parar, hasta el anochecer.
Desde el lecho Sofía oyó caer el agua. Se desperezó y volvió a su reino de cacharros y vajilla donde la esperaba una cesta repleta de hongos, una decena con frascos con líquidos de distintos colores y una gran olla. Nada parecía preocuparla.
Ni siquiera se dio cuenta que Nikánder entraba al comedor.
—¡Cómo llueve!
—¿Llueve mucho Ismael?
—Muchísimo.
—¿Me podés ayudar?
—Sí. ¿Qué hago?
Horas más tarde, luego de mezclar cuidadosamente cada uno de los elementos, habían obtenido una sustancia cremosa que envasaron en tres grandes vasijas.
Durante el intervalo en que estuvo dentro del granero Nikánder se hizo las mismas preguntas una y otra vez; jugó con las posibilidades como lo haría un ajedrecista, mas no llegó a ninguna conclusión satisfactoria. Después juró vengarse. Más tarde dijo que no le dirigiría la palabra, y al fin regresó a la casa, ofuscado, y con total naturalidad habló y ayudó a preparar ese extraño ungüento a la mujer que lo tenia prisionero.
Su actitud no cambió mientras cenaba ni cuando debía beber el té, que en un descuido fue a parar adentro de una maceta, y llegó al colmo cuando se despidió de Sofía con un beso a la hora de ir a dormir.
¿Acaso Nikánder tramaba algo? Si así era, su trato, siempre cordial para con Sofía, no habría de despertar sospechas aunque, en el fondo, él sabía a donde quería llagar. Ella, en cambio, ¿podía imaginar qué sería capaz de hacer este humilde muchacho de las quintas? Esto quedó demostrado aquella noche cuando Nikánder arrojó el té. No beberlo significaba estar libre del sueño inducido, artificial, de las hierbas, y también del poder de sus hechizos.
Esa fue la primera vez que escucho aquellos ruidos.
En la habitación, la mañana y el silencio. En la ventana, la selva y los reflejos del río en el cielo. En la planta baja, la más absoluta calma.
¡Qué raro! Todas las mañanas podía oír cantar a Sofía. Si no era así, el ruido de los cacharros o el agua cayendo dentro de la pileta llenaban la casa. A ello se le sumaba el repiquetear de la lluvia. Pero aquella mañana…
Reinaba el silencio.
El chico buscó a Sofía por toda la casa. Subió y bajo las escaleras varias veces; trató de abrir puertas que estaban cerradas con llave. Entró a su dormitorio y a la biblioteca… Y no la encontró. Entonces volvió a bajar y esperó en la sala.
El gran reloj dejaba pasar el tiempo monótono. Las rosas se bañaban en la luz del sol. Y los perros trotaban alrededor de la casa. Esto resultaba curioso. Nunca antes los había visto hacer eso; su comportamiento era realmente extraño. Y quizás por esas razones levantó e intentó abrir la puerta.
Lo que sucedió era de esperarse. Los animales se tiraron sobre la puerta cerrándole el paso. Estaba claro que no lo iban a dejar salir.
¿Qué podía hacer?
Nada salvo echarse en un sillón y aguardar.
Pero no lo hizo. Era mucha su impaciencia y su frustración como para quedarse sentado. Quería correr, saltar, gritar. Y lo único que podía hacer era caminar en derredor de la mesa del comedor como un gato enjaulado, deseando tanto la libertad que nadie hubiera pensado que haría semejante tontería.
Claro que al descubrir la pequeña puerta que estaba debajo de la escalera, abrirla y encontrase con un compartimento lleno de objetos inútiles, la idea de esconderse para hacer creer a Sofía que había escapado parecía muy buena.
Nikánder, sin pensar en las consecuencias, se metió allí, cerró a puerta y la atoró para que no pudieran abrirla desde fuera.
¿Cuánto habría de estar ahí adentro? En la oscuridad de ese recinto el tiempo parecía haberse detenido, los sonidos de la casa vacía se amplificaban, el aire se volvía irrespirable y la idea ya no parecía tan buena.
Una, dos o tres horas después, justo cuando comenzaba a aburrirse y pensaba en salir, el ladrido de los perros, el golpe de la puerta del frente y el inconfundible caminar de Sofía, le indicaron que ya no estaba solo.
Y aunque no podía verla, imaginó todos sus movimientos.
Con paso felino llegó a la cocina y allí se entretuvo un rato. Luego, creyendo que Ismael dormía demasiado, subió a su habitación. Desde donde estaba Nikánder oyó sus pisadas transformarse en iracundas. El corazón del muchacho se llenó de satisfacción. El de Sofía, de rabia. Las puertas que no tenían llave se abrieron y se volvieron a cerrar. Una manada salvaje bajó las escaleras y corrió por toda la casa. Salió al jardín y volvió a entrar. Se puso cascabeles, campanillas y cencerros, y subió al primer piso. Introdujo llaves en las cerraduras y abrió las puertas prohibidas. Cosas misteriosas se arrastraron por el techo. La tropa, con Sofía a la cabeza, bajó y arrojó las llaves sobre la mesa. Salió al jardín, gritó algo a los perros; y después…
Silencio.
Un silencio angustiante y, en la oscuridad, sin forma.
Sofía tardaba. ¿Acaso lo buscaba en el granero? ¿En el bosque? ¿En el lago? ¿Por qué tardaba tanto? Nikánder se impacientaba. Hacía demasiado que estaba encerrado y comenzaban a dolerle las extremidades. Quería salir. ¿Y qué diría al hacerlo? No lo había pensado, así que, por el momento lo mejor era seguir escondido. Ya se le iba a ocurrir algo.
Los gritos de Sofía la precedieron. El fustaso y un alarido de dolor de uno de los perros anunciaron su cólera. Nikánder se la imaginó echando espuma por la boca, la cara enrojecida y los ojos afuera. Casi escupió el corazón cuando ese ser horrible creado por él hizo el primer intento de abrir la puerta.
Cuando pasó el primer estremecimiento, y el primer sacudón, el chico se aferró a la poterna tratando de impedir la entrada a Sofía. Ésta, al sentir resistencia, confirmó sus sospechas y sacudió con más fuerza hasta que al fin la pudo abrir. Su brazo de hierro, como la luz, invadió el recinto, lo agarró de los pelos y lo arrancó fuera de él. Nikánder parecía un muñeco de trapo en manos de su dueña.
—¡Te voy a dar, mocoso de mierda! —Gritó la mujer mientras lo azotaba con una correa de cuero. Luego le soltó la cabellera y alcanzó a darle una bofetada antes de que el muchacho escapara escaleras arriba, diera un portazo e hiciera girar la llave dos veces.
Sofía, totalmente fuera de sí, corrió tras de Nikánder pero no fue lo suficientemente rápida y chocó contra la puerta; alzó un puño y golpeó hasta que no pudo más.
Pronto la tormenta que se agitaba en su interior cesó y hubo silencio. Desde dentro de la habitación podía sentirse que la paz, quizás pasajera, y no la armonía, volvía lentamente, y que los límites de su libertad, ahora reducida a cuatro paredes, se hacían cada vez más estrechos.
Nikánder fue poseído por un odio feroz, saltó y dio un puntapié. La casa tembló. Y Sofía se fue.
Luego se tiró sobre la cama y trató de relajarse. Minutos más tarde, lloraba.
¡Qué veloz pasó aquel día!
Con tantas cosas en que pensar (uno y mil planes de venganza), no advirtió que la tarde caía como arena entre sus dedos. El tiempo era su adversario invisible.
Toc. Toc. Toc.
—¿Ismael?
Silencio.
—¡Ismael!
Sofía había cortado leña, bombeado agua, dado de comer a las gallinas y, durante todo el día desde que se alejara de la puerta del dormitorio, había hecho mucho ruido. Y ahora estaba de vuelta, golpeando del otro lado y llamándolo por un nombre que no era el suyo.
—Yo no me llamo Ismael.
—Estás muy enojado, ¿no?
—¿Qué quiere?
—La cena está servida.
—No tengo hambre.
—¡Vamos Ismael! Comportémonos como gente grande.
—Me llamo Nikánder.
—Bueno, si querés te llamare Nikánder, pero terminemos con esta riña. Te espero abajo.
Nikánder no tenía la menor intención de bajar. Corría el riesgo de caer en una trampa y recibir otra paliza. No; él no era tan tonto. Aunque, claro, existía la posibilidad de que Sofía fuese sincera y que lo esperase con la cena. No era admisible que una mujer madura estuviese pensando todavía en pegarle por algo que había pasado hacía tanto tiempo. Ni siquiera el polaco era tan rencoroso. ¿Entonces bajaría? Muchos eran los motivos por los cuales no debía bajar. Sin embargo, atraído quizás por el delicioso aroma que subía hasta el dormitorio, Nikánder bajó.
Fue una espléndida cena.
La velada transcurrió sin que ninguno le dirigiera la palabra al otro. Comieron, sí. Se miraron, también. Mas no se hablaron. Luego Nikánder volvió a la oscuridad de su habitación, y de las profundidades del subconsciente planetario llegó la noche.
En la fronda una orquesta de grillos animaba la vigilia. Las luciérnagas la coloreaban. Nikánder no podía dormir. El sueño no llegaba, en parte por que no había bebido el té, pero el torbellino de pensamientos que lo atormentaba era motivo suficiente para quitarle el sueño. Nuevos planes de fuga, indignaciones y venganzas hacían bullir su inteligencia. El letargo y los ensueños se ocultaban bajo las imágenes de sucesos, extraños e incomprensibles, acontecidos desde que el polaco lo empujara a refugiarse en casa de Sofía hasta el último intento de fuga. El bosque los perros; ¿los ruidos?
Sí; los ruidos que venían como una música extraña desde el fondo de la casa, del otro lado del pasillo, ó…
Nikánder salió al corredor buscando el origen de esa música de vientos que se deslizaba como por un tubo de órgano a través de la galería, la siguió y vio que surgía del dormitorio de Sofía. Ecos que sonaban, ahora, de cerca, como suspiros, gemidos, susurros y débiles gritos… ¿Qué sucedía dentro de esa habitación? ¿Sofía lloraba? ¿Sufría? ¿Era víctima de un ataque? ¡Un ataque! ¡Oh Dios, un ataque!
El muchacho, aterrado, corrió por el pasillo y se encerró en su dormitorio. Si Sofía tenía un ataque moriría sola, a él esas cosas le impresionaban muchísimo.
Nikánder se despertó con la certeza de que Sofía había muerto. Se equivocaba, ¿pero qué podía saber él de ataques o de muerte? Se equivocaba y su sorpresa fue mayúscula cuando le anunció que el desayuno estaba listo.
Con el asombro en el rostro Nikánder bajó y desayunó. Ya olvidado el incidente del día anterior, el chico habló a la mujer; en el transcurso de la conversación insinuó que había oído ruidos durante la noche. Ella negó haberlos escuchado y hasta le dijo:
—¿No habrás soñado? Los sueños a veces son tan reales…
Ante semejante respuesta no había más que hablar. Ella evitaría la verdad como lo había hecho hasta ahora y ello justificaría con creces su actitud cobarde frente al sufrimiento ajeno. Si tenía problemas, que los solucionara sola, él tenía mejores cosas que hacer.
—¿Puedo salir?
—Sí. Ya sabés las condiciones.
—¿Por qué no me deja ir?
Sofía ignoró la pregunta. El chico ya conocía esa expresión, era inútil seguir insistiendo. Lo mejor era aprovechar esta oportunidad que se le presentaba e intentar escabullirse por el bosque. ¿Podría lograrlo esta vez?
Eso no importaba. Intentarlo; intentarlo otra vez. Intentarlo por occidente, era lo que realmente importaba.
Entró al bosque, y ni bien puso los pies en el verde y el ocre sintió que éste lo abrigaba con su mística sombra, y que el viento, en su idioma, le hacía saber que no debía tener miedo; que podía ir por ese camino hasta el paraje solitario donde se hallaba guardada, como una promesa, esa maravilla olvidada, esa joya transmitida de madre a hija, desde Eva hasta Sofía, y plantada en ese rincón del Edén, el árbol más alto del paraíso, un árbol blanco como la nieve en las ramas, el tronco y las hojas: el árbol de la Vida y de la Muerte, de la Ciencia, del Bien y del Mal.
Un árbol majestuoso en el centro del bosque del que nada sabía Nikánder. Sí, había oído hablar de Adán, Eva y la manzana, en las raras ocasiones en que pisara una iglesia.
El sacerdote de su pueblo natal repetía hasta el cansancio la historia de Caín y Abel, de David y Goliat, y de cierto profeta al que tragó una ballena. Utilizaba siempre las mismas palabras, lo que le ahorraba equivocaciones, pero nunca perdía el tiempo en detalles; sí, sus sermones se repetían hasta el punto de que si uno iba el mismo día, cada año, y tenía memoria para recordarlo, era seguro que escucharía la misma canción. Y también era seguro que nada oiría de esos pormenores que enriquecían aquello que Nikánder siempre había considerado simples cuentos. Por esa razón si Sofía se presentaba en ese instante y le decía qué árbol era el que tenía enfrente, el muchacho no le entendería.
A sus dieciséis años poco le importaba que la pecadora madre de la humanidad hubiese arrancado el fruto prohibido con una pequeña rama, que conservaba aún después de haber sido arrojada del Edén. Que dicha vara se convirtiese en el árbol bajo el cual Caín mataría a su hermano. Que Salomón hiciese construir con su madera una nave con la que se haría un viaje sin precedentes, ni que mujeres de divino linaje, aunque mujeres al fin, serían las encargadas de cuidar este árbol sostenedor, de transplantarlo cuando fuese necesario y de dar a luz como los duendes a una sucesora, cuando el momento fuese propicio.
Poco le importaba a Nikánder todas estas cosas puesto que él no sabía que era un instrumento importantísimo de un mecanismo misterioso. Una pieza que no podía faltar ni fallar, su actuación era fundamental. Si se apartaba un centímetro del predestinado camino, todo fracasaría.
—¡Ismael! ¿Qué hacés acá?
A Nikánder se le erizaron los cabellos y la piel. La hija de Eva, vestida con un manto blanco, estaba detrás suyo. Lo había descubierto y, seguramente, le daría una paliza. ¿Podía esperar otra cosa? Estaba tratando de escapar, ella lo había seguido y ahora le daría el primer golpe, y él tendría que defenderse.
—Te pregunté algo.
—Solamente paseaba. Buscaba el lago, quería darme un chapuzón.
—Me parece bien, el lago está para aquel lado.
¿Por qué está vestida de esa forma? ¿Qué árbol es éste, tan brillante? ¿Cómo me encontró? ¿No va a pegarme? Nikánder quiso hacerle todas estas preguntas y algunas otras más, sin embargo se fue para donde le indicó Sofía y, cuando llegó al lago, se desvistió y nadó hasta el crepúsculo.
¡Oh Dios! ¿Nikánder sería capaz de comprender que se enfrentaba a lo sobrenatural? Quizás todavía no, pero tardaría muy poco en darse cuenta que hasta no cumplir con su hado no podría volver al mundo. Mientras tanto era víctima del miedo y la angustia.
Pensamientos de esta índole y un creciente sentimiento de culpa lo torturaron durante toda la tarde y parte de la noche cuando, metido ya en la cama escuchó, nuevamente, ruidos provenientes del dormitorio de Sofía. Ruidos que daban miedo, más allá del miedo; ruidos qué, con las luces del amanecer en la ventana, harían que los engranajes de su curiosidad se pusieran en movimiento y, a la noche siguiente, montara guardia con los oídos alertas hasta que un ligero movimiento le indicara que volvían a comenzar.
Y así sucedió.
Pasaron horas antes que oyera un movimiento. Fue una sutileza, como un batir de alas en la oscuridad, luego, una puerta que se abría, y después…
Nikánder se deslizó, en puntas de pie, por el corredor, tratando de no hacer ruido. Un hilo de luz salía del dormitorio de Sofía; la puerta estaba entornada. Esto hizo que el muchacho tuviera más cuidado, pero no evitó que se acercara.
Sofía caminaba por la habitación. Nikánder dio cinco pasos, silenciosos, largos, curiosos, para poder verla. La luz hizo visible a su sombra, que era la de un tigre, la de un ladrón, y que un poco más allá se confundía con otras sombras. Entonces pudo ver cada uno de sus movimientos. Fue alucinante.
Sofía sacó de un cajón de la cómoda una vasija semejante a aquellas en las que habían puesto la crema hecha con los hongos, y la colocó sobre la mesa de luz. Luego, con movimientos pausados y muy concentrada, se quitó la ropa hasta quedar totalmente desnuda, abrió el recipiente, extrajo un puñado de crema y la frotó en su vientre. Repitió esta operación una y otra vez, hasta que cada centímetro de su piel quedó cubierto con crema. Después se acostó en la cama y esperó.
Nikánder estaba fascinado, era la primera vez que veía una mujer desnuda y, en estas circunstancias, no podía menos que sentir una fascinación morbosa. Tenía dieciséis años y jamás se había acostado con una chica, y ahora estaba ante una mujer qué, recostada en el lecho, parecía estar esperándolo.
Nikánder rechazó la invitación. Ella no se había untado el cuerpo con crema para que él viniese a manosearla. No, esperaba allí otra cosa, por motivos que pronto descubriría. Motivos que tenían que ver con su naturaleza de mujer hechicera y que se pusieron de manifiesto cuando comenzó a respirar agitadamente, a gemir, a balbucear, a temblar, a convulsionar…
Nikánder estaba ahora dentro de una columna de luz contemplando, con el mayor de los asombros, lo que acontecía al pobre cuerpo de Sofía. Éste se retorcía y aullaba, quizás de dolor. Los ojos giraban dentro de sus órbitas como trompos enloquecidos, abriéndose y cerrándose, abriéndose y cerrándose. Era estremecedor verla tiritar, oírla bramar; pero mucho más lo fue sentirla acabar.
Fue fulminante. De un segundo para otro pasó a un estado cataléptico. Todo grito cesó; todo movimiento se detuvo. Sofía, tiesa en la cama, estaba sumida en un sueño de muerte.
El muchacho se acercó a la puerta para verla mejor. ¿Respiraba? Se corrió de izquierda a derecha, dio un paso para adelante, pero no se atrevió a entrar. Esperó unos segundos y se marchó.
Sofía estaba sufriendo un ataque, sí; y éste era consecuencia de haberse aplicado la crema hecha con esos hongos que días atrás llamara medicinales. Hongos que eran un tóxico poderoso de efectos visiblemente devastadores; los invisibles sólo ella los conocía. Se los había aplicado voluntariamente, y no por nada, y no por primera vez.
Nikánder tenía miedo. Cada hora, cada minuto que permanecía en esa casa le producía un nuevo sobresalto, un nuevo terror; y la suma de todos esos misteriosos espantos hacía intolerable su existencia. A esa hora de la noche nada parecía tener explicación. Y nadie se dignaba a dársela.
El sueño le iba entrando despacio haciendo incoherentes sus pensamientos. Era una momia envuelta en sábanas blancas, frescas y suaves. Caminaba por una vereda de baldosas rojas y, repentinamente, tropezaba y abría los ojos. Sofía estaba a su lado, inmaculada, esbelta, sensual.
¿Qué podía decir? Se quedó duro mirándola, y esperó.
Sofía se inclinó y lo besó en la mejilla, en el cuello, en los labios. Nikánder sintió su tibio aliento, su dulce fragancia, sus manos traviesas. El rostro se le encendió y la sangre fluyó por todo su cuerpo con la fuerza de un vendaval. Algo creció bajo las sábanas.
Con un pase mágico Sofía se deshizo del vestido dejando al descubierto su cuerpo de luna. Luego se metió en la cama y enseñó algo nuevo a Nikánder. Y él se dejó enseñar sin saber que aquel era el momento que indicaban los astros; que mientras ella se mecía como las olas del mar y él se dejaba embestir aprendiendo cada movimiento, se producía el raro y eterno milagro: la concepción.
Se imaginaba caminando por la playa, con Valentín y Juan atentos a su relato:
—Cuando escapamos del polaco me metí en aquella casa. La dueña me confundió con su sobrino y yo le seguí la corriente. La vieja estaba buena y vivía sola. Y yo aproveché; no me la iba a perder. Cuando pude me la llevé a la cama. Estaba muerta conmigo, pero nada dura para siempre, ya estaba cansado de tanta vagancia, además mi viejo me iba a romper los huesos por haber desaparecido durante tanto tiempo, así que una mañana le dije quién era y salí por donde había entrado a pesar de que la mujer me pidió llorando que no me fuera.
Fantaseaba y acomodaba los hechos a su manera, omitiendo o agregando cosas consciente de que la realidad era otra, mucho más increíble y humillante. Sofía lo dominaba y ahora, con un juguete nuevo que no sería el único, aceptaba las reglas y ya no pensaba en escapar.
Durante el desayuno sus conductas, contrastantes, se pusieron de manifiesto. Nikánder, solícito, obsecuente, seguía con la mirada a Sofía atento a cada movimiento. Sofía, distante, callada, parecía no estar; como un autómata hacía los trabajos de la casa; sin intención, lo ignoraba, volando de aquí para allá. Como un autómata o como una mujer enamorada que iba a ser madre; y, como es de suponer, Nikánder no entendía que le pasaba. Qué feliz se puso cuando ella le preguntó:
—¿Qué querés saber? ¿Qué querés aprender?
¿Saber? ¿Aprender? Tenía tantas preguntas que hacer y tanto que aprender que el ofrecimiento de Sofía no sólo lo sorprendió, lo subyugó. Sin saberlo Nikánder había firmado un pacto y ahora ella comenzaría a educarlo. El chico ya le pertenecía.
Nikánder hizo todo tipo de preguntas. Sofía las contestó y cuando éstas se agotaron en la mente del alumno cobró vida una historia colmada de imágenes que luego de ser analizadas sugerían nuevas preguntas. El conocimiento completo era inaccesible. La duda era el engranaje que accionaba la curiosidad; ésta motivaba más preguntas; a ellas seguían las respuestas, pero la duda era permanente. Sin la duda Nikánder no podría obtener el conocimiento parpadeante que necesitaba para ser.
Pasó la mañana y pasó la tarde. El relato que su maestra le había insinuado se movía en su mente como una realidad fascinante. En la tremenda espiral de la historia bullían los acontecimientos que narraban la dramática existencia de todas las Sofías desde el principio de los tiempos; la mujer perdida, la mujer sobrenatural, la mujer verdadera de origen divino, había sido perseguida y casi aniquilada por la falsa caballería en favor de un nuevo ídolo: la mujer de la mujer, que es legión.
Hembra, diosa y madre, la mujer del hombre, la mujer que proviene de Dios, fue perseguida desde el Alfa (las cenizas de miles de ellas están mezcladas con el humus de las profundidades), quemadas en hogueras por brujería, cazadas como unicornios y esterilizadas para que no tuvieran descendencia. Mas escaparían milagrosamente gracias a la intervención de una Orden de Santos Caballeros cuyo nombre se desconoce o se mantiene en la oscuridad y el silencio.
Triste es reconocer que el éxito pertenecía a la otra, la falsificación embellecida y apetecible del hombre, la mutación sin esencia que había sustituido a la hembra auténtica adoptando su apariencia. Pero aunque Sofía no triunfara, sobrevivía, como el árbol edénico. Para esperanza del hombre —la planta invertida cuyas raíces están en el cielo— y de toda la humanidad a pesar de ella misma.
El árbol blanco que se encontraba plantado en el bosque no era otra cosa que un hijo lejano de aquel que dominara el Paraíso Terrenal. Arrancado por Eva del original llegó al mundo en sus manos y por ella fue plantado cuando no era más que una delgada vara. El árbol creció y bajo su copa sucedieron cosas asombrosas, pero cuando las persecuciones comenzaron tanto éste como su guardiana fueron puestos a buen resguardo.
Transcurrieron centurias y lo que fue en el principio, y lo que será al finalizar este día de manifestación, continuaba formidablemente indestructible.
Dueña resplandeciente de los secretos de reinos y regiones, de los cuatro elementos y de las constelaciones, su vientre es la puerta a otro mundo, su flujo es la rociada de luz; ella conducirá a la salvación; ella devolverá la castidad. Ella y sólo ella…
Nikánder la encontró cuando otros perdieron sus vidas buscando (ella lo esperaba y había sido una larga espera), y ahora gozaba con su presencia, comprendía sus enseñanzas, se perdía en sus abismos y se preparaba para aprender a volar.
Una tarde, liberado de impurezas, transcurridos ya muchos días maravillosos de aprendizaje e idilio, Nikánder se dio el baño ritual, puso en armonía sus centros, encendió incienso y oró, dispuesto a realizar el Gran Viaje.
Partirían a medianoche del dormitorio de Sofía. Las vasijas continentes del unto mágico estaban sobre la cómoda; los sahumerios en las esquinas de la habitación para iluminar el camino hacia la otra tierra; todo parecía estar en orden, las flores, las luces, los vientos…
A las once de la noche Sofá llamó a Nikánder. Él no podía ocultar su miedo y excitación. Se preguntaba si todo sería como ella le había contado. ¿Qué cosas encontraría del otro lado? ¿No perdería el control? ¿Su maestra lo protegería como aseguraba? Bueno, si no lo hacía se quedaría sin discípulo y ella no quería eso. ¿Por qué preocuparse entonces? No valía la pena hacerlo. Lo mejor sería dejarse llevar.
Nikánder entró en la habitación y la dejó hacer. Sofía lo desvistió susurrando palabras que el muchacho no comprendía; más parecía conversar con la brisa que con él y, en efecto, no le estaba hablando, oraba como le habían enseñado, como lo hacían hace un millón de años. Después lo llenó de crema y le pidió que se acostara, se desnudó y repitió la operación, ante los ojos del alumno, para luego acostarse junto a él. Y yacieron juntos. Y viajaron juntos.
Al principio Nikánder no percibió nada fuera de lo común salvo el brazo de Sofía cruzándole el cuerpo pero después que las luces, tenues y movedizas dieron pie a los espectros a correr por la habitación, al menos por un rato, el chico sintió que un hormigueo le transitaba la osamenta, entre miedos y escalofríos, y que una multitud de seres lo esperaban detrás de un velo para conducirlo a través de un mundo colorido de una belleza asombrosa. Un mundo donde todo parecía estar hecho de materiales nobles unidos con una argamasa de paz y sosiego.
Alcanzar ese mundo no parecía imposible. Estaba ahí atrás, casi podía tocarlo, y lo hubiese hecho si todo su cuerpo no se le hubiera concentrado en el rostro. Repentinamente Nikánder sintió que era sólo un rostro en la inmensidad; una nube caliente sin voz. Ojos y oscuridad…
Los temblores llegaron después, cuando volvió a tener cuerpo. Parecía como si seres gélidos se lo disputaran. El aire le faltaba o, simplemente, no le pasaba por la garganta; entonces comenzó a gemir, a balbucear, a temblar, a retorcerse, a…
Todo terminó cuando fue despedido del cuerpo.
Sofía lo esperaba. Le dio la mano y lo condujo por el bosque. Desde arriba pudieron ver el árbol blanco, el lago y el arroyo; la pradera; la selva y el río; las ciudades y los pueblos. En las quintas reinaba la devastación, podía verse aún que en El Trébol Rojo habían dormido las víctimas durante cuatro días. Podía sentirse que allí apuñalaron a su padre. Podía saberse que el polaco dormía para siempre en el fondo de un canal con los pulmones llenos de agua.
Recorrieron el mundo y vieron maravillas. Maestros de nombre desconocido le enseñaron como hacer portentos; le mostraron el pasado inmutable y el cambiante futuro; el universo en una gota de agua; el cosmos en un grano de arroz; las cosas escritas en la cabeza de un alfiler; los actos determinantes, las causas y sus efectos.
Después de cuatro horas de viajes regresaron a sus prisiones. Despertaron uno junto al otro y, aunque estaban desnudos, sintieron el peso de sus ropajes. Los párpados le pesaban a Nikánder pero los abrió al sentir los labios de Sofía sobre su piel. El corazón le galopaba por la emoción; no podía creer lo que había visto y oído, y pronto no podría recordarlo. Sofía le acarició las mejillas y vio su turbación.
—No te aflijas —le dijo. —Ya te vas a acostumbrar; esto es sólo el principio.
Nikánder cerró los ojos y evocó las imágenes y las palabras, para no olvidar. Recordó el bosque, el árbol blanco, el lago e inevitablemente, la desolación en las quintas y a sus padres.
Nikánder sabía, ahora que el velo estaba roto, cuales habían sido los motivos de Sofía para retenerlo sin darle explicaciones; por qué su padre no le había ido a buscar; cuán profundo era el pesar de Ana, su madre, por creerlo perdido. Pero no todo lo comprendía, existían cosas que estaban lejos de su entendimiento. Y ese comprender a medias le hizo pedir, aún en brazos de su dueña, sin haberla complacido todavía, dejándola con el reclamo en los labios, lo que nunca debió haber pedido: su libertad.
—Sofía, mis padres la están pasando muy mal. Tengo que volver a darles una mano.
—No. Vas a revelar el secreto y los que me buscan vendrán a cazarme como a una fiera. No, definitivamente no te irás.
—Nadie va a tocarte. Nadie te busca, no digas pavadas.
—Si te dejo ir nunca volverás.
—Sofía, por favor.
—¿Por favor? ¿No entendés que te necesito?
—Tenés que entenderme Sofía.
Sofía no entendía y Nikánder tampoco.
Fuera de la cama ella amenazó y gritó mientras él se vestía, con despiadada indiferencia, para irse lejos, de una vez por todas y para siempre. ¡Qué le importaba el trotar demente de los perros! Los mataría con sus propias manos o moriría en el intento. Los fascinaría con alguno de los trucos aprendidos durante el viaje o los dormiría con alguna palabra, si acaso lograba recordar cual.
Estaba decidido, Sofía no podría impedírselo. Ya no intentaría hacerla entrar en razón, era en vano. Ella no lo escuchaba y él estaba cansado de hablar. Ni siquiera la promesa del conocimiento infinito y el placer sin límites podían retenerlo, Nikánder ya no tenía miedo.
Con el olor de ella todavía en las manos se precipitó fuera del dormitorio. Sofía, desnuda, corrió por el pasillo y lo alcanzó en la escalera. Gritaba y sus gritos se confundían con los de Nikánder. La pasión, que no comprendía entre odio y amor, los desbordaba.
—Maldito perro hijo de puta, subí.
—Dejame.
—Subí te digo.
—Dejame; dejame.
La mano de Sofía fue una saeta roja en la madrugada. La bofetada sonó como si un vidrio se hubiera roto. Y el cuerpo desnudo de mujer única, de unicornio, rodó como una pesada bolsa.
Atónito Nikánder bajó las escaleras lenta y silenciosamente. Ya no se oían ni gritos, ni insultos ni ruido alguno. Los venenosos vapores de la ira se iban desvaneciendo despacio; y despacio el único hombre que había poseído a Sofía, el padre de la hija que ya no nacería, fue tomando conciencia de lo que había hecho.
El cuerpo yacía en el piso del comedor con el rostro oculto por la cabellera. Nikánder caminó a su alrededor sin atreverse a tocarlo. Estaba confundido, aturdido, y no podía despegar los ojos de la muerta.
El árbol, que se había puesto verde sin que él lo supiera, brevemente, después del vuelo, se pondría rojo por la doble muerte de Sofía. El chico retrocedió hasta que sus piernas tocaron el sillón. La culpa adormecía sus sentidos. Sus ojos no se apartaban del cuerpo porque no podían apartarse, y se hacía preguntas que no podía responderse.
Sus piernas se doblaron y la gravedad lo arrastró hasta el sillón donde se acomodó sin perder de vista el objeto de su admiración. Sin él Nikánder se supo perdido.
Desde algún lugar de la casa alguien lo contemplaba con una furia que se presentía en el silencio.
Un horror repentino e inconmensurable se apoderó de él. Enloquecido buscó la presencia, saltó del sillón, subió precipitadamente las escaleras, corrió a través de la espesa atmósfera de pánico, abrió puertas, más no encontró nada.
Tiempo.
El gran reloj hacía guardia junto a la escalera. Al bajar, Nikánder sorteó el cadáver, miró a la pieza de joyería con desprecio y trató de salir al jardín, pero los perros saltaron sobre la puerta mostrándole sus despiadados colmillos.
Apenas unos metros lo separaban del alambrado, infinitos, y la eternidad de los perros que giraban alrededor de la casa, o saltaban sobre puertas y ventanas, cumpliendo ordenes.
Sofía seguía inmóvil, en el mismo lugar. Los perros corrían y estaban alerta. No había forma de escapar de la casa ni de esa araña sin nombre que yacía en el piso del comedor.
El árbol comenzaba a enrojecer. Los perros daban vueltas con elegancia. No tenían hambre, no tenían frío, sólo tenían un deber que cumplir. ¿Que sucedería cuando el hambre los empezara a hostigar?
Unos perros trotaban alrededor de la casa con un trote elegante que enloquecía. El hombre que estaba en la silla mecedora contemplando el cielo del mediodía ser levantó y caminó, con la misma peculiar mirada, entre los rosales que se interponían entre él y la puerta que miraba al oriente.
Un ruido de pies quebrando las hojas, una sombra y una silueta, avanzaban por la vereda. Su dueña, una niña de quince o dieciséis, de cabello negro y mirada clara, se paró frente al portón y golpeó las manos. Como nadie le contestó cruzó el límite de alambre y enredaderas y volvió a golpear. Rodeada por una infinita variedad de colores y el perfume de las rosas, volvió a golpear.
¡Fue una suerte que aquel hombre estuviera allí!
—Ha sido una larga espera —le dijo.
La chica lo miró sorprendida. El hombre tenía una tijera de podar en una mano y un pimpollo en la otra. La niña vio que era amarillo y fresco y lo tomó. Libre ahora el brazo masculino rodeó el hombro adolescente y comenzó a caminar hacia la casa. La chica no salía de su asombro. El hombre parecía conocerla; ella en cambio no lo había visto en su vida.
—¿Qué pasa Sofía, ya no te acordás de tu tío Nikánder?
Hugo Yáñez nació en Quilmes en febrero de 1958. Es Bibliotecario Documentalista. Fue miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires (filial Quilmes) durante el período 79/80. En esta institución también terció como locutor y coordinador de eventos. Miembro de la Comisión Directiva de S.A.D.E. (filial Sur Bonaerense) durante el período 92/95. Pro Secretario del Centro de Intelectuales de la Provincia de Buenos Aires durante el período 91/92, donde además coordinó el taller literario, participó como jurado en certámenes, y fue asesor y conductor del programa radial “Vientos del Sur”, producido por el C.I.P. y emitido durante 1992 por 107.9 FM Stereo Quilmes. Miembro de la Comisión de la Biblioteca Crisólogo Larralde desde el 2000 hasta el 2003. Miembro, desde 1999, de la Comisión de Asuntos Históricos del Área de Material Quilmes (Fuerza Aérea Argentina), que tuvo en custodia y exposición en su Museo Hangar Milliken el avión que piloteara el célebre escritor Antoine de Saint Exupéry.
Fue columnista del semanario El Periodista. Publicó trabajos en el diario La Prensa, las revistas Cuarta Dimensión, Flash, Temas y Fotos, El Ocultista, Karma 7 (Barcelona, España), Ecos de Santo Domingo (Rep. Dominicana), Vientos del Sur, el semanario Realidad y las publicaciones de S.A.D.E.: El Literato, y el Boletín Informativo.
Trabajos de su producción aparecen en los libros Siembra, Entre Rostros y Espejos, Alquimias Literarias, Nikánder y Entrelíneas. También en los sitios web El Literato (Sociedad Argentina de Escritores) y Extramuros (Universidad Nacional de Quilmes).
Actualmente vive en Córdoba. Trabajó en el Instituto Universitario Aeronáutico y en el Centro de Investigaciones Aplicadas de la Fuerza Aérea.
Ha publicado en Axxón; en Ficciones: JULIA (CONFINADA EN EL MURO) (nº 217).
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• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •




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