Revista Axxón » «El tesoro del Alfa», Andrés Mariñelarena - página principal

¡ME GUSTA
AXXÓN!
    

Argentina ARGENTINA

Es un unicornio –dijo el papá–. Vamos. Debemos seguir.

–Andreax Copenague, La era de las caléndulas

Dos zorros, un huemul. Mamíferos.

Tarareaba. Centella volvió; él ya ordenaba cientos de piezas. «El Dudú es mi preferido», rotó la imagen para ver mejor. «¡Ay, es muy lindo! La naricita, no, no. ¿Cuál es el tuyo?» «Es Pudú. El último…», respondió, «el que me deje ir al complejo. Hoy jugamos contra los del gremio.» «¿Dormiste algo? Estabas soñando, creo.» «Puede ser. No recuerdo.» Reprochó en silencio su falta de compromiso en las charlas, ¿tanto le iba a costar? Ella sabía que los de transporte no presentarían equipo, los había oído en el buffet, pero de rabia no le dijo nada. Ay, la naricita, los cuernitos. El sol empezaba a despedirse con un fuego propio y naranja. Hermosa esta… ¿mara? Pero no se la voy a mostrar. Que chupe limón.

Al límite de la escotadura, Centella repasó el panorama acantilado abajo, la playa desolada, la bahía, los islotes variables repartidos entre el azul verdoso y los hilos de espuma. Calma. Viento. El enojo pasajero, pasajero era, y se había ido con el soplido ligero y rasante de la Patagonia: aquello habría sido Puerto Madryn, norte de Chubut, Jujuy, Golfo Nuevo. Arrastró el pie terso en arco con el rigor del compás; a un lado, pivoteó hacia el otro; presionó y supo que el suelo del mirador era firme: «Iré al lado Sur, veinte minutos», decidió. «Veinte minutos. Bien. Contando», acordaron; y sin abandonar su tarea: un pingüino, una ballena, un puma, tres focas, un torito marino. «Hecho.» Centella se agazapó y saltó plena, el viento contuvo el cabello celeste, que se alisó abrupto cuando las botas y las manos firmes encontraron la clarísima arenilla de la playa, para, recuperada la postura, volver a ondularse como un marco psicodélico del rostro bonito.

Recuento del único ñandú: creo que mi preferido es este, es increíble. Satisfacción. Resopló; el recorrido del plasma le dio una sensación de alivio, se sintió lúcido. Se incorporó, se echó al hombro la correa de la cajuela, caminó hasta el filo; con un contorno incierto, el sol tocaba la tangente. Su compañera, en lontananza, actuaba cercana a la orilla: se había inclinado y escaneaba el suelo con el aparato que cabía en su mano. Sensor de suelo… Curiosidad. Divisó la última gaviota, la añadió a la categoría de altura. «Empatados», susurró conforme.

Llevó la vista a los binoculares, ajustó la rueda del foco. La vio inclinarse un poco más; ella había guardado el dispositivo y ya tenía en sus manos dos pequeñas palancas. Incertidumbre, atención. Viento. Pasó al siguiente aumento, apenas rotó la perilla, y la vio entonces tironear una especie de cajón viejo y estropeado, que se arrastró con pereza sobre la arcilla clara y rasgada. No aprende más. Dobla su propio peso. Sabe de la vida útil de sus botas. Se niega a cambiarlas, dice que le gustan, ¿no entiende? ¿Quién pone la cara? Hoy última advertencia. Parece mentira, che.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

Guardó el binocular en su cajuela de expedición. Plegó la tecnología y saltó a la arena como antes lo hiciera ella. Imprimió sus huellas sobre el llano. Se incorporó gimnástico y corrió con su elegancia habitual, evadiendo la irregularidad del terreno sinuoso de arenisca y rodados. Para reprenderla con vehemencia, se inspiró: Yo ligué el cabello, pero vos ligaste las pestañas. Aunque tengas el pelo durito… Las antenas de la base parecen las pestañas de Alfa… ¡Alfa está de novio con Centella! ¡Alfa y Centella son novios! ¡Se aman, se aman! ¡Lero lero, lero lero! Ese Alfa, ¡qué tipo! Se enojaba cuando le decían lo de las pestañas… En realidad se enoja por todo, ¡más quisquilloso, es!

Centella rescató de un último tirón el cofre robusto y seco: el polvo se disipó entre ellos como un halo dorado y desértico que se deshizo a los pocos segundos. Esfuerzo, cansancio. Las olas murmuraban algo a la brisa constante. Señaló las botas con su barbilla, le recordó la necesidad de proteger sus articulaciones, de administrar mejor sus recursos, que era él quien pondría la cara; Centella, que no necesitaba oír sus sermones.

Un cormorán pasó alto a contraviento: ella lo vio antes. Centella meneó sus caderas y suspiró con entusiasmo: con una especie más, su lista ganaba. Sonrisas; él negó dando otra prerrogativa, entonces devolvió una síntesis alzando el mentón aguzado.

Centella retiró el guante, examinó el hallazgo, pasó sin apuros su mano delicada por los vértices: estaba blindado. Ella pensó, improvisó una suerte de barreta pequeña, asintieron. Entusiasmo. Viento.

Centella calzó con cuidado la barra de metal cerca de la cerradura oxidada. Ejecutó un movimiento angular y preciso: ¡clack! Aplausos. Alfa se acercó a ver, ella hurgó divertida.

Frío, lo primero en revelarse fue el aire expelido, que atravesaba la cortina de arenilla espacial cayendo desde la madera gruesa de la tapa. Luego, una serie de papeles aislados de aquella oscuridad.

Decepción. Inorgánico. Centella comenzó a perder interés ante aquel papelerío sepia, acartonado y que nada le decía. Manoteó al azar. «Estructura: poesía. Hipertexto: obsoleto, anacrónico.» Adelantó algunas páginas, «Estructura: prosa. Ciencia ficción.» Centella declamó un fragmento en fluido castellano: «Se convirtió en familia y hasta amainaba su tranco para que ganen sus hermanitas. Su creación estaba jugando…« Continuó: «El avance tecnológico transmutará la ciencia ficción de género a crónica y en su forma literaria se leerá en novelas históricas.« «Registro arqueológico. Literatura argentina», observó Alfa. Y ella: «Me las llevo, yo paso el parte.» Él revisó vagamente otras tantas páginas; volvió la vista al cofre. Curiosidad. Palpó la frescura del interior y la irregularidad de los lados, comprobó el material, pensó en roble, roble y bronce, quizá barniz o laca. Me gusta, podríamos llevarlo también, aún estamos ligeros.

Su mano fuerte llegó hasta el papel vacante allí dentro. Lo retiró con cautela. La vista aceitada consultó el rostro en perfil, los brazos entregados al vuelo, la tela flotante en el mar sepia y ceñida a la cintura, las sombras tímidas del vientre y de los muslos educados. Silencio. Los pies en punta. Silencio. Desenvaina la tarde un haz amarillo. Viento.

«Todas las noches pensaba en que, al otro día, podría volar. Que aquel misterio, al fin, me sería resuelto y revelado. Sí, que podría mantenerme algunos segundos a unos diez, quince centímetros de la cama, y luego caer. Creo que la razón de mis días residía allí, en la incapacidad de refutar aquella esperanza pequeña. Mi deseo, el escudo ante la angustia. En la pared y en la cortina flotan los puntos luminosos que atraviesan las persianas, se mueven como las abejas cuando trabajan. Dos pájaros conversan, deciden el destino del planeta a viva voz. Entonces, aquella mañana, aquel verano, corrí hasta el mar, sentí la arena fría moldeando mis pies descalzos; posé la cajita sobre el médano y la abrí: “la luz del amanecer trae milagros”, dije y oí. Hay que conquistarla y pedir por uno. En casa, todos duermen, pensé con vértigo. Y al volver corriendo, trastabillé y, al recobrar la postura, lancé mi primera carcajada.»

«Español. Prosa», suspiró ella luego de leer el fragmento, cuando decidió ir empacando. Escudriñó los promontorios rectos y en pirámide de tanto intimar con la orilla o con la lluvia: ya había guardado los papeles en su cajuela. «Creo que tengo hambre. Sí, por favor, ¡quiero algo dulce!»

Él levantó la vista, Centella permaneció con la suya sobre él. Volteó la imagen para sí, y chequeó el reloj de su antebrazo. Da sus primeros pasos, ya no se tambalea. «Poca luz natural, tres minutos.» Centella lo amonestó con la mirada: claro que contaban con poco tiempo antes de la noche y claro que ella bien lo sabía; claro que era apta para la campaña nocturna; claro que era español, argentino, y que ella leía las lenguas mejor que él. «Volvemos», ordenó ella, «tengo hambre», arrugó la nariz y se palpó el vientre. Roza la tapa de su primer libro, al fin aprendía a leer; estarían tan orgullosos. «Ordeno los materiales. Luego te sigo.» Incomprensión. «Los clasifico», precisó. «Merienden ustedes.» Ella concedió resignada alzando los hombros traslúcidos, giró y avanzó a pie en dirección opuesta. Se abrazan: se configuran inciertos entre los límites de la madera del marco y fulminados por el ventanal; sus rostros son esquivos pero inventa sus sonrisas; culmina su primer dibujo: reconoce un perro, una casa, un sol particular atravesando el follaje de un determinado instante de una tarde irrepetible en una primavera única.

Luego de un momento, él atinó a andar: su pie mordió el canto de un cascote, le tomó dos pasos estabilizarse. Centella, adelantada, detuvo su marcha y volvió la vista. Asombro. Silencio. ¡Alfa corre más rápido! ¡Ey! ¡Alfa se deja ganar! La mujer acaricia su mejilla fría; fueron varias las horas en la ruta; contemplan ahora un atardecer en la costa; siente sus labios húmedos y tibios, y el roce de la manta sobre los hombros que ella abriga. Qué lindo fin de semana. Se incorporó sonrojado pero no se movió del lugar. Vergüenza. Tronaron olas lejanas, el viento rugió. Centella dio media vuelta y se alejó en la estepa aplanada por los vientos incansables, tenía la piel de una perla: la contempló inmóvil cuando el paredón erigido más allá la distinguía inverosímil. No supo que sus dedos lisos acariciaron las cicatrices del papel antiguo.

Ampliación

Ilustración: Valeria Uccelli

Y aunque fogueado en campañas rutinarias, aquello fue inédito. Guardó en su cajuela de expedición todo lo otro, no así la imagen. Caminó enfrentando la arena que se alzó sublevada; entonces se detuvo y volvió la vista al cofre. ¿Este es mi tesoro? Sí, mi amor. Tu tesoro. El baúl abierto, las punteras y el herraje encendidos y el mar, le insinuaron un sueño: Guardá el primer rayo de sol. La luz del amanecer trae milagros. Aferró con cuidado la fotografía al pecho y la sostuvo tan seguro y tan suave como pudo, para emprender la vuelta.

Centella volteó la vista por sobre el hombro y tras la veloz arena patagónica atisbó el indicio rasgado y unívoco de su compañero en un caminar sereno; evaporado, apenas se salvaba del mar. Viento…

Las líneas doradas recorrieron las extremidades y se resolvieron rápidas en el fulgurar profundo en las articulaciones anchas de Centella: las turbinas incandescentes se desplegaron desde el interior de sus espaldas metálicas escupiendo un rugido volcánico, escandalizando su cabello. En un retumbe, voló hacia la colonia corrugada, apenas recortada como una forma lejana y mansa de soledad y sabiduría; una construcción abrigada en la tarde austral custodiada por las naves en forma de semilla. Él hizo lo propio y la siguió en su camino, alto, muy alto. Centella era una estrella más desde allí, como esas luces efímeras tras el vidrio en cada expedición, una más, en las tardes que no vuelven, recordó del texto. Volvió al baúl, lo vio pequeñito desde allí, abierto como un pichón esperando alimento: siete horas para el amanecer. Retornó la vista al camino delante.

La imagen de su madre bailando le dio un gesto inédito: su padre aplaude, sus hermanas aplauden; suceden el aroma del pan tostado y el sabor de la miel y del dulce de leche, y él aplaude, todos aplauden… ¿Que qué es eso?, están quemando hojas hijo, estamos en otoño. ¿Es para que los árboles no las extrañen? Mamá me abraza y llora; quiero llorar también, pero aún no me sale.

Alfa persiguió el viento a las puertas del vértigo y pensó en el destino como virtud del algoritmo: vio las constelaciones en ángulos distintos, la Tierra desperezarse, luego en fiesta y en siesta, vio los desiertos etéreos y la hierba efervescente, el mar joven y los glaciares, los ríos como unidad de tiempo, las estrellas como guía y el fuego en las fogatas haciendo mímica, las lanzas y los escudos, los héroes, las heroínas y los caídos, las hecatombes, las plumas, las tablas, los acordes, los cantos y las expediciones, las odiseas, los laberintos y las lágrimas sinceras de Apolodoro, los Dioses, los profetas, al Dios y los milagros, las escrituras y el sol evaporando la resaca azul de las tempestades, los árboles de cobre y jade, las ciudades alzarse y desmoronarse, alzarse y desmoronarse, una y otra vez, las coronas, las reinas, los caciques, las tecnologías y los sacrificios, los juncos y los códices, los fieles y los templos, las guerras y los mártires, las musas y los creadores, los mates en mano de Fierro, el fogonazo feroz de los duelos, las revoluciones, las conquistas y sus relatos, las máquinas y los óleos, las máquinas y las máquinas, las maquinas y la vida, y a los pájaros destellantes migrando en una misión incógnita, las naves cromadas en expediciones centenarias como bandadas sobre la trama azul que los antiguos llamaron universo. Pero el presente le dio los pájaros mínimos escoltando el ocaso.

Acarició la foto y entonces, sí, en un momento íntimo de creación, suspendido en la incertidumbre y contenido por lo inabarcable de aquella galaxia, su complejidad articuló los símbolos, vulneró el silencio, lo concibió como pieza clave de la apocatástasis, lo erigió heredero.

Alfa encontró la palabra.


C. Andrés Mariñelarena nació en Miramar, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Comenzó a escribir a temprana edad y el estímulo por parte de profesoras de su etapa primaria lo llevó a participar de certámenes locales, obteniendo el 1° lugar del certamen «Mi ciudad, mi partido» del 115° aniversario de la fundación de su ciudad natal. Desde allí, continuó su adolescencia escribiendo de manera esporádica, publicando en sus años universitarios «La Hermandad del Sur» (2020), suerte de épica que reunió sus inquietudes literarias con orígenes en el cómic clásico y en la literatura argentina.

Actualmente se desempeña como profesor en Ciencias Biológicas y publica narrativa y ensayo en su sitio personal, https://andresmbiologia.wordpress.com.

• Director: Marcelo Huerta. Responable Editorial: Eduardo J. Carletti •

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