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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Archivo de la Categoría “226”

ARGENTINA

 

Ilustración: Valeria Uccelli

Una gigantesca araña avanzaba por un estrecho pasillo de piedra.

El joven Narhitorek sabía que estaba soñando: su mente entrenada se lo había advertido, así que se limitaba a seguirle los pasos a la criatura nacida de su tejido onírico.

No era la primera vez que soñaba con ella, y la trama del sueño era siempre la misma: el arácnido se detenía ante un muro que se deslizaba a un costado, bajaba luego con ayuda de su tela por una oscura hendidura y, columpiándose, quedaba suspenso a poca distancia de donde se encontraba el propio Narhitorek recostado sobre un camastro, claramente dormido. Lo que hacía a continuación el monstruoso adorno colgante era un misterio y, cuando el soñante creía estar a un paso de adivinarlo —con esa clarividencia que sólo los sueños otorgan—, el gallo cantaba y la tiniebla se apartaba, dejando apenas el resabio amargo del incipiente bostezo.

Una mañana, poco después de sufrir otro de sus infructuosos desvelos semiconscientes, el joven Narhitorek fue llamado a presencia de Orhannos, su mentor y maestro.

El oscuro Archimago lo recibió en su estudio y le preguntó:

—¿Qué has aprendido?

Narhitorek abrió la boca, pero antes de poder contestar sintió que cinco dedos rotundos estallaban en el dorso de su pálida cara.

—¿Acaso los perros hablan? —bramó Orhannos, y le dio la espalda—. ¡Sígueme!

Narhitorek se relamió los labios ensangrentados y marchó silencioso en pos de su maestro.

Era su culpa, desde luego, ¿o acaso sus años de estudio no habían transcurrido en el más críptico de los silencios?

Narhitorek tenía deseos de reír, de reírse de él mismo, pero las ganas de llorar se impusieron.

Así que lloró.

—¡Eres estúpido, muchacho! —Orhannos se detuvo ante un muro donde sólo había una danzante hacha. La movió, y el muro se hizo a un lado—. ¡Entra!

Narhitorek vaciló. ¿Qué era esta entrada?

—¿Dudas de mí? —Orhannos posó una mano en el hombro del joven—. ¡Adelante!

Narhitorek atravesó el oscuro umbral… ¡y cayó!

Y lo hizo por un buen trecho. Y cuando tocó el suelo, sintió que los huesos le estallaban en el cuerpo.

Entonces gritó. Y lo hizo con todas sus fuerzas. Y lloró como un niño recién llegado al mundo, mientras los mocos y la sangre se concentraban en las comisuras de su boca.

Y para cuando todo el mundo parecía resumirse en el grito de su cuerpo, algo más ocurrió: se abrieron dos bajas y alargadas aberturas y Narhitorek oyó el inconfundible jadeo de un par de fauces babeantes.

Se puso en pie tan rápido como su cuerpo se lo permitió y se preparó para la batalla.

—¡Mírame, muchacho!

¡La voz de Orhannos!

Narhitorek alzó la vista.

Estaba sobre su cabeza, recortada su figura encapuchada en lo alto de la abertura.

Sujetaba una antorcha en una mano y un collado —un collado de mago— en la otra.

—¿Eres Narhitorek el Nigromante… o eres un niño enmudecido por el miedo?

El joven no pronunció palabra, aunque tenía los ojos de fuego clavados en su mentor, mientras sus manos se abrían y se cerraban convulsivamente, como si articularan un lenguaje secreto y desesperado.

El collado se abismó por fin desde las alturas.

—¡Es tuyo! —rió Orhannos.

Narhitorek cazó al vuelo el largo y ebúrneo bastón.

Y lo blandió… segundos antes de que una de las bestias se le arrojara encima, con las mandíbulas dispuestas a triturar. La bestia estalló convertida en un amasijo de vísceras y sangre.

Sin embargo, faltaba la otra. Y la oscuridad, en ese momento, era total. Y estaba el silencio… El silencio que lo había acompañado por años, denso, pesado como una mano brutal que se cernía sobre su cerviz.

«¿Dónde te escondes, maldito perro?», pensaba Narhitorek, y casi se rió al percatarse de que en su mente tenía presente no al animal sino al propio Orhannos.

El bramido estalló a su diestra. Fue rápido. Una vaharada de aliento caliente y nauseabundo que se pegó, incrustándose, en su antebrazo.

El ardor fue mayúsculo. El grito deformó la cara de Narhitorek, mientras la bestia tironeaba y rompía la lona de su prenda y llegaba a la piel, desgarrándola.

Y la herida fue un grito en sí mismo, y la sangre surgió rauda como una presencia escarlata.

Narhitorek se desplomó, abrazado al torso de la bestia. El mágico bastón se había deslizado a un costado y Narhitorek rodó por el suelo, con la intención de alcanzarlo. Tan pronto lo hizo, pronunció una palabra que encendió el extremo del collado y la llama fría del instrumento descubrió los ojos henchidos del monstruo. Una pequeña daga que el aprendiz de mago escondía en la cintura completó el trabajo: tan veloz como la mordida de una serpiente, la punta atravesó la cabeza del animal, que escupió un gemido horrible desde sus feroces fauces. El bruto giró en redondo, como un inocente cachorro que persigue su rabo, trastabilló entre indecibles gimoteos y, finalmente, se derrumbó con una exhalación.

Narhitorek se apretó el brazo y levantó la enfebrecida mirada.

Orhannos… ¡aplaudía!

«¡Te mataré, demonio!», pensó el futuro Nigromante.

El Archimago soltó la antorcha que fue a dar a pocos pasos de la ubicación de su vapuleado novicio.

Antes de que la voz de Orhannos llenara la cámara, Narhitorek entendió: ¡Estaba en su propio cuarto, la celda que lo había albergado durante sus años de estadía en los dominios del Archimago!

Descubrió su cama, su palangana, el perchero que exhibía su sombrero de ala ancha. Vio su espada colgando de la vaina. Y también estaban el espejo y, sobre la enclenque mesa, su cuenco, que contenía las migajas del magro alimento de la noche ida.

Narhitorek presionó su piel abierta y cayó, inconsciente, con la maldición en la punta de la lengua.

 

 

***

 

 

Transcurrió la noche poblada de pesadillas, productos de la fiebre, al cabo de la cual Narhitorek abrió los ojos.

Descubrió que estaba recostado en su camastro, que un vendaje cubría sus heridas… ¡y que su maestro tenía los ojos negros clavados en él!

El convaleciente se incorporó espantado, y apoyó la espalda contra la pared, al tiempo que Orhannos tomaba asiento en el jergón.

El joven iba a abrir la boca, pero recordó los cinco dedos impresos en su mejilla, de manera que se silenció. Aunque también recordó algo más: dirigió los ojos a lo alto de la abertura, oculta tras las vigas del techo y se preguntó cuántas veces, mientras él se sentía a salvo en el pequeño reducto de su privacidad, habría sido escudriñado por la sagacidad malévola de su maestro.

Meditaba estas cuestiones cuando el Archimago lo interpeló:

—Dime qué has visto. —Orhannos detectó el azoramiento en el rostro de su discípulo, así que se explayó—: En tus pesadillas… Quiero saber qué has visto.

Narhitorek apretó los dientes. ¿Estaba este viejo estúpido burlándose de él? ¿Hablar? ¿Hablar para qué? ¿Para recibir un nuevo azote?

«¡Concéntrate!»

¡La voz del mago! ¡En su cabeza, por supuesto!

Narhitorek cerró los ojos y volvió a abrirlos, y entonces estuvo listo para articular el único lenguaje que se le había permitido usar durante su confinamiento.

«¡Una araña!», escupió su mente.

El estallido de Narhitorek tomó por sorpresa al viejo Archimago. Se quedó pensativo paladeando la respuesta.

Finalmente preguntó:

«¿Qué hacía la araña?»

«No es la primera vez que sueño con ella», respondió Narhitorek. «Siempre hace lo mismo: pende de su tela, se inclina sobre mí y…»

«¿Y…?»

Narhitorek continuó:

«¡Y me escucha!»

Orhannos abrió mucho los ojos.

«¡Te escucha!», afirmó. «Y dime, muchacho, ¿de qué hablas tú en tus sueños que pueda resultarle tan interesante a la araña?»

Narhitorek frunció los labios y dijo que no lo sabía. Orhannos preguntó:

«¿Qué hacía la araña en tu último sueño?»

«Estaba en mi jergón, justo donde usted está», fue la respuesta del discípulo. «Trataba… ¡Trataba de matarme!»

«¡Oh! ¿Y por qué haría eso?»

Pero antes de que el muchacho pudiera contestar, Orhannos dejó su puesto en el jergón y se dirigió a la salida.

Se volvió en el umbral y espetó:

«La araña quiere tu ayuda, niño.»

Orhannos apoyó la mano sobre la puerta y, antes de abandonar el aposento, agregó:

«Mis guardias te atenderán.»

Entonces Narhitorek reparó sorprendido en los silenciosos escoltas de Orhannos, los únicos dos que quedaban, ya viejos y agotados, que se dedicaban a limpiar los restos de la contienda vespertina.

—En poco tiempo le traeremos de comer, joven amo —afirmó uno de ellos, mientras se inclinaba para repasar la sangre vertida en el piso.

—Sí, en poco tiempo —completó su compañero—. ¡Son órdenes de Orhannos!

Narhitorek sonrió terriblemente y abrió la boca:

—Y ustedes, pequeñas moscas —dijo, y su voz le sonó dulce, como la miel tibia en un paladar anhelante—, obedecerán a la araña, aunque eso signifique morir en su viscosa tela.

Los guardias se volvieron, demudados, e interpusieron un dedo sobre los labios.

—¡No hable, señorito! —corearon al unísono—. ¡Queremos ayudarlo!

 

 

***

 

 

Narhitorek seguía los pasos de la araña.

Soñaba nuevamente, desde luego, y lo sabía bien ya que su mente se lo había susurrado.

La araña, grande y peluda, avanzaba por una de las galerías del viejo castillo. Cada tanto se volvía, como si advirtiera el paso silente a sus espaldas, y Narhitorek se ocultaba tras una columna o, aprovechando la materia onírica, se transmutaba en alguno de los muchos trofeos de armas que poblaban el reino privado de Orhannos.

La araña detuvo sus pasos ante un muro alumbrado por la llama de un hacha. Era, inconfundible, el mismo que se abría desde una altura prodigiosa hasta abismarse en el cuarto del aprendiz.

La araña atravesó el umbral, y el perseguidor aprovechó para espiarla. Se sujetó al marco de la abertura y estiró el cuello: contempló el descenso secreto del arácnido, valiéndose de una tenue línea de seda, que se proyectaba desde el rellano del alto hasta el camastro donde yacía el durmiente: el propio Narhitorek.

¡Narhitorek, una vez más, contemplaba a Narhitorek!

Por supuesto, trató de gritar, pero nadie tiene tanta suerte en los sueños —ni siquiera los magos—, por lo que el joven observador, pese a sus arcanos conocimientos, quedó boqueando como pez fuera del agua.

«¡Estás a salvo, tonto!», se dijo a sí mismo, para darse valor. «¿Acaso olvidas que es sólo un sueño?»

Su conciencia estaba en lo cierto. ¿Por qué preocuparse? Sólo había querido saber qué era lo que se proponía hacer su maestro, a quien empezaba a asociar con la imagen de la araña, y, ahora, claro está, lo sabía: por alguna razón desconocida para él, Orhannos quería matarlo, y toda duda al respecto desapareció de su mente, cuando contempló cómo la araña arrojaba veneno sobre su doble dormido, que ya comenzaba a retorcerse de dolor…

Y, como ocurre en las pesadillas, cuando el remolino de imágenes arrastra al durmiente a un punto límite de sufrimiento, Narhitorek despertó… ¡en el preciso instante en que Orhannos, inclinado sobre su camastro, dirigía el frío de un puñal hacia su corazón!

Narhitorek cerró los dedos sobre la empuñadura de su daga, la misma que lo había secundado en la batalla contra los perros, y la proyectó sobre el pecho del Archimago.

La boca de Orhannos se transformó en una mueca de espantosa sorpresa, mientras sus desorbitados ojos se posaban en la empuñadura de la daga, cuya hoja desaparecía completamente en su carne. Se levantó —estaba sentado en el camastro, como lo había estado cuando interrogara al muchacho la noche previa—, trastabilló hasta la puerta y se abalanzó con el peso de su cuerpo sobre ella. La robusta hoja de nogal cedió, y el bamboleante Orhannos atravesó la abertura, repantigándose sobre la galería desierta.

Narhitorek dejó el jergón, se dirigió al perchero, de donde descolgó su sombrero de ala ancha y, por último, enristró el sable.

Paseó los ojos tranquilos por el cuarto de piedra y, de la misma indolente manera, lo abandonó.

Encontró un camino de sangre en el adoquinado del pasillo. A escasos pasos de distancia se arrastraba el cuerpo moribundo de Orhannos.

—¿Sabe? —comenzó diciendo Narhitorek, articulando con beneplácito cada palabra—, al principio no entendía por qué no había acabado conmigo. ¿Qué era lo que lo detenía? Estuve a su merced los últimos tres días, envuelto en un sudario de fiebre y pesadillas, hasta que colegí que era eso justamente lo que usted deseaba: quería que yo soñara…

Orhannos se arrastraba. Su esfuerzo era patético. Trató de asirse al esqueleto de una armadura montada bajo un arco; pero el hueco caballero se desarmó, como un monigote venido a menos, y Orhannos cayó envuelto en un horrísono estruendo.

Narhitorek reía:

—Sus guardias tenían órdenes precisas: debían atenderme durante mi convalecencia… ¡Usted me quería fuerte, lo suficiente como para mantenerme vivo, aunque inevitablemente envuelto en enfebrecidas alucinaciones!

El Archimago recordó entonces a sus viejos protectores:

—¡Guardias, guardias! —llamó, y continuó arrastrándose.

—En el límite entre la vida y la muerte, donde este aprendiz se debatía —continuó Narhitorek—, estaba la clave para acceder a los secretos de la Muerte, y si es verdad que yo no pronunciaba palabra durante la jornada diaria, atento al voto de silencio que usted me había impuesto, también es cierto que durante las noches mi boca desvelaba interesantes secretos sobre lo Oscuro… Así que mientras yo mantenía un duelo verbal con los agentes del más allá, jugándome la vida, usted permanecía sentado a mi lado, escuchándome, aprendiendo

Orhannos se volvió, desencajado, con la vista clavada en el techo cóncavo. Boqueaba, mientras miraba sin ver.

Narhitorek se detuvo ante el cuerpo malherido de su mentor.

—Me escuchaba, sí, hasta que algo en la defensa oral que yo llevaba adelante frente a mis detractores, lo hizo comprender que ya tenía lo que quería: ¡el secreto para penetrar en los dominios de lo Velado! —Narhitorek se arrodilló y estudió el rostro arrebatado de su maestro—. Sabía cómo acceder al otro lado y salir ileso, y tal vez devenir inmortal, por lo que ya no se le hacía necesario mantener con vida al pequeño aprendiz.

Pero Orhannos ya no oía ni veía a Narhitorek…

El joven se inclinó entonces sobre el yacente. Se detuvo a examinar cada arruga del rostro, como si tratara de descifrar un arcano hermético, y preguntó por fin:

—¿Eres… la Muerte?

Se incorporó lentamente, atento a los ojos apagados.

—¡No, no lo eres! —escupió con desprecio—. ¡Eres apenas un remedo de Ella, sólo una vil sombra!

En ese momento, Narhitorek oyó el paso armado a sus espaldas.

Se volvió, espada en mano.

—¿Y ustedes, pequeñas moscas? —rugió—. ¿Qué diablos quieren?

Los guardias se detuvieron y contemplaron la escena: Orhannos abatido, bañado en su propia sangre; de pie, su discípulo, torvo el gesto bajo el sombrero de ala ancha.

Uno de los guardias se adelantó:

—¿Sabe, señorito? —dijo—. Una vez lo tuve sobre mis rodillas, y le conté un cuento…

Narhitorek envainó el acero y les volvió el rostro a los guardias.

—¡Ya saben qué hacer! —bramó.

Oyó que la voz ronca lo secundaba:

—¡No se preocupe, señorito! —Ambos centinelas se aproximaron a los muros que los flanqueaban y descolgaron un par de antorchas—. ¡Adiós, y buena suerte!

El joven Narhitorek se alejó por la pétrea galería, respirando fatigosamente.

Dejó atrás las defensas almenadas y, cuando promediaba la altura de un puente reflejado sobre un lago, lo asaltó un resplandor tan intenso como el Sol.

No se volvió, aunque sintió las lenguas de fuego devorando implacablemente la fortaleza milenaria de Orhannos.

En eso, le llamó la atención otra clase de destello: se acercó a la balaustrada del puente y reparó en la delicada trama que fulguraba con brillantes intermitencias…

Se trataba de la tela de una araña, drásticamente bella, que ondeaba indiferente en la brisa nocturna.

Narhitorek estudió el complejo diseño cubierto por la escarcha, hasta que detectó al pequeño arácnido que lo habitaba: pendía grácil, como un signo indescifrable, sobre sus dominios etéreos. El joven tomó distancia y desenvainó la daga. La apuntaló sobre la tela, y le dio vueltas una y otra vez, hasta que la matriz cristalina se deshizo.

—¡Me marcho! —carraspeó el muchacho. Y, mientras se perdía en la noche, agregó—: ¡A la Muerte hay que verla directo a los ojos!

Se hundió en el camino brumoso, tarareando una melodía que remedaba vagamente las canciones de cuna.

 

 

Juan Manuel Valitutti es docente y escritor. Ha publicado cuentos en numerosos e-zines y revistas en papel. Su blog es Crónicas del caminante.

Ya publicamos en Axxón sus cuentos EL SALUDO, EL HOLOCAUSTO DEL BÁRBARO y AL FINAL DE LA TARDE.


Este cuento se vincula temáticamente con ONIRONAUTA, de Julio Ortiz Manzo; TALISMÁN, de Patricia Nasello; y CUENTAN LOS SOLDADOS, de Yoss.


Axxón 226 – Enero de 2012

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Fantasía : Magia : Sueños : Argentina : Argentino).