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¡ME GUSTA
AXXÓN!
  
 

Archivo de la Categoría “244”

ARGENTINA

 

 

Joel maniobra la esclusa del portal, y sale al exterior. Lo saludan el sol cálido y una brisa de sensaciones placenteras. Parado frente a un inmenso campo verde salpicado de flores y limitado al fondo por una hilera de álamos, él inspira profundamente. Y sonríe.

—Hace un montón de años —dice en voz alta— que no salgo del refugio.

Y se recuesta sobre la hierba. ¿Cómo podrá sobrellevar la nueva situación? Todavía no está seguro. Y el simbolismo del momento se le escapa.

Sabe que Madre yace adentro. En realidad, lo que queda de Madre. ¿Por qué llegó él a esa decisión? ¿Por qué aquel inesperado y repentino impulso asesino le hizo empuñar el hacha de emergencias y destrozar a Madre? Respuesta: a consecuencia de la película. En realidad, la película fue la gota que rebalsó el vaso.

Joel recuerda una vez más su afición de antaño: en la soledad de la compañía silenciosa del refugio, le habían venido ganas de rememorar aquellos días en que las películas llenaban su vida. Entonces le pidió a Madre que le dejara ver una película. Le rogó. Le imploró. Madre indagó dentro de la mente de Joel, pero no pudo encontrar nada que supusiera un riesgo para ella. Es que él sabía cómo esconderle cosas. Igual, ella se negó a que viera la película. Entonces Joel volvió a suplicar. Sin lograr la autorización de Madre, dejó de atender a los hermanos, y además no probó alimento. Madre se encolerizó. Lo castigó transmitiéndole imágenes de angustia, de desazón, de terror supremo. Al no obtener respuesta de un Joel estratégicamente mudo, llegó a azotarlo con los tentáculos.

Pero Joel se había mantenido firme.

Cerca, quitándolo del recuerdo, una paloma picotea entre el pasto. Tan al alcance de Joel, que él se tienta de acariciarla. La paloma vuela hacia los álamos, y Joel hasta su niñez: ¿Cuándo fue la primera vez que se había puesto firme con Madre? Sin duda, no bien se conocieron. En aquel entonces, era un chico. El día anterior al encuentro con Madre, papá y mamá le habían festejado su cumpleaños número once. La terraformación prosperaba. El pueblo se había reunido en la primera fiesta de la colonia.

Se levanta y camina hacia los álamos. Le gustaría estar paseando con papá, que él le apoye la mano en el hombro mientras le cuenta una vez más sobre la terraformación, sobre que ellos son dignos colonos, sobre los esfuerzos que se trocarán en bienestar. Sí, claro que le gustaría estar con su papá, con su verdadero papá. No con esa máscara que a diario debe alimentar.

Le resulta imposible acordarse de la causa de la pelea con papá el día posterior a su cumpleaños. Sólo recuerda que fue el día en que conoció a Madre. ¡Y qué distinta había resultado Madre de mamá!

Al finalizar la hilera de álamos, Joel ve que comienza un bosque, y sabe que más allá se levanta el pueblo. El único pueblo del planeta. Un pueblo inolvidable, aun cuando él jamás volvió, por haberse internado con Madre en el refugio.

Se da vuelta hacia el portal, pues ha percibido un tironeo interior: ir a visitar el pueblo o regresar al refugio a quemar los restos de Madre para que no reviva.

Opta por lo último.

Un nudo en el estómago lo devuelve al momento en que se puso firme con lo de la película. Muy firme. Tanto, que Madre debió acceder: él fue hasta la Terminal del refugio, y allí tecleó la lista de películas atesoradas en la memoria del rígido. Con Madre siempre vigilante, repasó el listado: muchas conocidas, otras no. Ansioso por escoger, pues sabía que Madre por un tiempo no permitiría que reincidiese, después de descartar varias se topó con una película cuyo título lo impactó:

 

La fiera del mar

(Robert Gordon, 1955, idioma original, sin subtítulos)

 

Eligió esa. Siempre le había gustado el mar, aunque jamás había estado en persona frente a tanta belleza.

No quería ser molestado. Así que les dio de comer a sus hermanos y barrió y ordenó el gimnasio del refugio para que pudieran descansar. A Madre le gustaba que ellos, recostados y en paz, procesaran con lentitud el alimento. Madre estaría conforme y satisfecha, y por unas horas lo dejaría tranquilo.

Una vez terminados los preparativos, Joel había dispuesto a su placer del proyector holográfico. Moduló el sonido. Ya sabía que no entendería los diálogos, pero saboreaba de antemano la música. ¡Le encantaba la lejana década de 1950, por fin la disfrutaría!

Pero… ¡adiós ilusiones! Lo que se veía en esa película era un ser que con sus tentáculos destruía todo. ¡Todo!

Ahora, con el recuerdo de aquella porquería de película todavía latente, la furia le quema el corazón, y él corre como poseso hacia el refugio. Asoma la cabeza por el portal. Una lámpara roja mezcla su luz con la claridad del exterior. En el suelo, junto a la pared, yace una forma cilíndrica. Y, arrodillado sobre ella, un hermano: el que antes había sido su propio papá. Es que eso no es su papá, es un esclavo de Madre. Un esclavo apenas consciente. Algo que se ve y se mueve como su papá, pero dentro de ese cuerpo ya no subsiste su humanidad. Madre lo ha transformado en una eficiente fábrica de alimento.

Madre ha muerto, emite con el pensamiento Joel, mientras baja por la escalerilla.

Y recibe, dentro de su cabeza, una «voz»: ¿Muerto? ¿Qué es muerto?

Camina hasta situarse junto a su papá-hermano.

Madre se ha ido, piensa de nuevo Joel.

¿Ido? Acá puedo verla. Está quieta.

Sí, confirma, tomando del codo a hermano-papá. Madre me pidió que la llevara lejos. Está cansada.

Entonces debes hacerlo. Hermano-papá mira hacia la forma inerte. Madre se enoja si no se le hace caso.

Joel frunce la boca: Te conduciré con tus hermanos.

Siempre llevándolo del codo, discurren por los corredores hasta el gimnasio del refugio.

Él recibe varios pensamientos al mismo tiempo: Madre no nos habla, Joel. Madre no nos habla, Joel. Madre no nos habla, Joel. Madre no nos habla.

Y asiente antes de emitir: Se ha ido.

Tenemos miedo, Joel.

Ya lo sé.

Vuelve sobre sus pasos. Sale al exterior. Debe ir al pueblo. Se da cuenta que ahora, con sus hermanos en medio, no puede quemar a Madre dentro del refugio.

Pasa la hilera de álamos. Circunda el bosque.

Queda pasmado mirando el pueblo. Está tal cual lo recuerda, sólo que más chico. Menea la cabeza. Es imposible que el pueblo se haya encogido tanto. Debe ser él. Sí: él se ha vuelto más grande, debe ser eso.

Va hasta su antigua casa y levanta la frazada con que papá y mamá se cubrían. La huele, y se asombra de que aún conserve ese olor de tiempos idos, que él casi no recuerda. Del taller obtiene una cuerda que juzga resistente. Se echa en los bolsillos un par de guantes, una estaca y un martillo.

Camino del refugio, opta por rodear del otro lado el bosque.

Puede ver los restos de la antigua cúpula. La de plexiglás, no la energética que las máquinas crearon después y que se adapta a medida que avanza la terraformación. Papá siempre le contaba que la terraformación, una vez superada la cúpula de plexiglás, se convertiría en un proceso autómata al que nada ni nadie podría detener.

Joel se queda allí parado, recordando: había conocido a Madre en la vieja cúpula. Él reparaba fisuras, pequeños orificios. El día posterior a su cumpleaños número once, se había peleado con papá. Entonces, pegamento y herramientas en mano y enojado a muerte, había marchado hacia la cúpula.

De lejos distinguió una extraña roca alargada, con estrías —todavía ignoraba que se trataba de Madre—. Esas estrías, lo supo momentos después, habían resultado ser tentáculos extendidos en un manojo apretado. Le vio la superficie correosa, morada, con tintes verdosos. La roca —Madre, en realidad— permanecía quieta, justo del otro lado de la cúpula, debajo de un orificio del tamaño de un pomelo. ¡Pomelo! ¡Cuánto hacía que él no comía fruta!

Madre había pasado la punta de un tentáculo por la abertura. Entonces, y sin que ella lo tocara, Joel sintió que le latía la nuca. Después le vino cansancio, pesadez. Debió sentarse.

Se recostó. Un hormigueo recorrió sus sienes. Cerró los ojos. Se durmió, soñó como nunca.

Cuando se despertó, Madre aún seguía allí. Él, con sus once incautos años, se había puesto de pie: sólo se hallaba frente a una roca; una roca exótica, sí, pero una roca al fin de cuentas.

Tócame, retumbó dentro de su cabeza, tan fuerte que lo hizo tambalear. Tócame, volvió a sentir. Aunque imperiosa, esta vez la modulación no lo molestó.

En un primer momento, Joel no supo qué le estaba pasando. ¿Una roca acababa de hablarle?

Qué me pasa, había pensado.

No pasa nada, recibió de inmediato. Tócame de una vez.

Entonces lo confirmó: una roca acababa de «hablarle» dentro de su cabeza. Era ella quien emitía, del otro lado del plexiglás. No tenía boca, pero él igual la comprendía. Y hasta más claro que a la mayoría de los colonos. Lo atacó la tentación de obedecer. Miraba abstraído el tentáculo que penetraba la cúpula y que ondulaba como excitado por la brisa. Un movimiento hipnótico que lo transportaba a esos documentales de la India, con sus innumerables encantadores de serpientes.

Joel en ese instante había cerrado los ojos tratando de evitar cualquier imagen negativa: se había puesto firme, dejando de lado toda sumisión. Quiso huir, contarle a papá o a mamá. Pero Madre demostró su poder: el dosificador de plexiglás dejó de ser la herramienta preferida de Joel, porque ante sus asombrados ojos se convirtió en un alacrán. Y eso no fue todo: el envase de pegamento se le volvió una mortífera pantera. Y las fuerzas psíquicas hicieron del devastador un amenazante cocodrilo de fuego. Así tomado por sorpresa, él retrocedió hasta toparse con la cúpula.

Tócame, volvió a retumbar dentro de su mente, y esta vez la intangible pero contundente presión de Madre lo compelía a someterse.

Giró la cabeza y vio el tentáculo: buscaba tocarlo, pero además buscaba que él lo tocase. Pronto no tuvo más fuerzas para luchar contra esa avasallante intromisión… y adelantó la mano. Múltiples aguijonazos —cada ventosa tenía por centro una púa— le atacaron los dedos y la palma. Joel luchó, vio cómo su propia mano se amorataba por querer soltarse. Algo que él no podía explicar se la retenía. Sin embargo, aquella primera vez, en aquel primer contacto, se había puesto firme con Madre: reuniendo un ímpetu cercano al fervor religioso, retiró la mano que sujetaba el tentáculo y salió corriendo.

Un Vuelve lo hizo trastabillar y caer de rodillas. Se levantó y siguió huyendo.

—¡No! —gritó, a lágrima viva.

Vuelve, percibió otra vez, pero más débil. Y ese Vuelve lo acompañó, decreciente, hasta el pueblo. Y allí se extinguió en un susurro fácil de ignorar.

Joel se había quedado frente a su propia casa, desentendiéndose del dolor en la mano. Pensaba, aun ignorando que aquello era lo que muy pronto conocería por «Madre», que se había puesto firme. Muy firme. Y que la mano la había retirado él solo, a puro corazón y anteponiendo su voluntad por encima de la de ella.

Y esa fue la primera vez que se había puesto firme con Madre, sí señor.

Se mira la mano, ahora grande y callosa. Durante la noche de aquel primer encuentro con Madre, a Joel se le había hinchado demasiado. Como el dolor arreciaba, debió contarle a papá y mamá. Y papá y mamá lo llevaron a ver al doctor Arias. A pesar de todas las pruebas, aquel buen doctor de los colonos no había descubierto nada extraño. El doctor Arias les había dicho que la mano permanecía hinchada así, porque «el organismo del pequeño» luchaba contra algo desconocido para los pocos instrumentos médicos de que disponía la colonia. «Una lucha titánica», había agregado.

Un Joel crecido, ya maduro, sonríe frente a la vieja cúpula: él jamás dejó de luchar.

Se echa al hombro la frazada, siente el peso del martillo y el bulto de los guantes en el pantalón. Improvisará una red con la frazada, y también usará la cuerda y el martillo para sacar a Madre del refugio y llevarla hasta el pueblo.

Nuevamente se mira la mano con que muchos años atrás había tocado a Madre. Hubo innumerables análisis, recuerda, pero en vano.

Papá lo había subido al deslizador. Fueron hasta donde Joel vio por primera vez a Madre. El agujero todavía seguía allí. El pegamento y las herramientas yacían desperdigados. Pero de Madre, ni rastros. Papá reparó el orificio, y volvieron en silencio.

Al otro día, una oruga con cuatro jóvenes científicos partió hacia la Zona Virgen —Papá gustaba de llamar Zona Virgen al terreno excluido de la cúpula, y al final el pueblo optó por llamar así a esa cambiante región del planeta—. Pero las cosas no salieron para nada bien: al término de aquella jornada, la oruga retornó por control remoto. Mejor dicho, se la hizo retornar por control remoto: los cuatro científicos habían desaparecido en algún momento de la exploración. Los captores holográficos mostraban que bajaron del vehículo desarmados y apenas protegidos de las inclemencias, y que se adentraron en una quebrada de inmensas y desperdigadas rocas. Y luego, nada.

 

 


Ilustración: Pedro Belushi

Antes de ingresar al refugio por la esclusa, Joel entierra la estaca ayudándose del martillo. Se coloca los guantes y baja por la estrecha escalera metálica. Despliega la manta junto a Madre. Consigue hacerla rodar hasta que aparece la punta de la frazada. Primero recoge los pedazos desperdigados de Madre: en su furia asesina, Joel no había tenido miramientos, descargando una y otra vez la inmensa hacha de seguridad, de filo y de punta. Coloca los pedazos sobrantes de Madre entre los tentáculos descuajados. A pesar de los guantes, Joel siente una ligera vibración cuando manipula el cuerpo: ¡debe apresurarse, pues Madre ha comenzado a revivir! La envuelve en la manta, la ata con la soga, y enseguida sube por la escalerilla. Engarfiando la soga, comienza a izar aquel cuerpo apenas inerte. Apoya un pie en la esclusa, y sigue jalando con desesperación. Por fin las puntas de los tentáculos aparecen en su campo visual.

Antes de ingresar al refugio por la esclusa, se coloca los guantes.

Se carga al hombro a Madre y, poco a poco, sube la escalera. Las piernas hacen todo el trabajo, y aunque Joel ya se siente agitado, continúa. Por fin cruza el portal, y solo le resta llevar a Madre hasta el pueblo, a rastras. Ahí la quemará para que no reviva.

Después de que la oruga que había cargado a los cuatro científicos volvió sin nadie, el pueblo cambió. Joel presenció cómo su papá y su mamá se reunían con los otros grandes y discutían toda la noche. El doctor Arias afirmaba que habían sido engañados. Que en el planeta había vida, y hasta era muy posible que fuese inteligente.

Él aparta esos pensamientos y traba el portal. Con la soga tensada al hombro, arrastra a Madre hacia su último destino. Sin quererlo —¿o quiso venir por acá?—, pasa cerca de la antigua cúpula de plexiglás, el lugar de su segundo encuentro.

Desde el lado de la Zona Virgen aledaña al plexiglás, Madre había paralizado a Joel. La mente en torbellino, los labios fríos, los pies yertos, nada respondía a su propia voluntad. Y por más que luchó contra ese encantamiento, Joel se dio cuenta de que ya no era él mismo: Madre lo dominaba a través del poder de la mente. En ese momento, un tentáculo se aventuró por un agujero que seguramente ella misma había practicado en la cúpula. Mientras, él recibía dentro de su cabeza una orden irrevocable: Ponlo sobre la garganta de cualquiera de los colonos. Y, después de haberle dado esa insólita orden, ella soltó la punta del tentáculo, que cayó a los pies de Joel.

Joel levantó aquel apéndice viscoso y erizado de púas, y por la noche fue hasta lo de los Arias —no los odiaba; la suya era la casa que mejor conocía para ingresar sin ser visto—. Una vez adentro, se deslizó hacia el dormitorio matrimonial… y depositó con cuidado el pedazo del tentáculo de Madre sobre el cuello del doctor.

Y ese había sido el principio del fin para el estilo de vida de la Colonia. A partir de ese acto que Joel no comprendía, el pueblo terminó por convertirse en una manada de autómatas, esclavos desprovistos de voluntad propia. Todos sumidos en una abyección robótica; todos menos él, que ignora la causa. ¿Acaso Madre necesitó contar con alguien que pensara? ¿Por qué Madre no le había ordenado que se colocase en el cuello, él mismo, un tentáculo conversor?

Entre lágrimas —una y otra vez el recuerdo lo acusa—, Joel bordea el bosque y desemboca en el pueblo. Deja a Madre en la plaza principal. Los juegos infantiles siguen relucientes, el pasto verde y bien cortado, las flores en encendida demostración de su colorido. Eso le da la pauta de que las máquinas funcionan, que tratarán de apagar el fuego. Aunque desconectar este sector del pueblo no será demasiado problema para él. Sólo le llevará un poco de tiempo.

¿Por qué debió venir al pueblo para quemar a Madre? ¿No le hubiera sido más fácil quemarla fuera del refugio, donde sólo pasto crecía? Le viene a la mente aquella película del muchachito regresando a su barrio y descubriendo que sus padres han muerto y que su novia está casada con el malo… y que el malo, en definitiva, ha matado a sus padres. Y entonces el muchachito lucha contra los cómplices del malo, y los va eliminando uno a uno. La casa del malo se incendia durante la pelea final, y el muchachito le pega la trompada, y el malo cae adentro de la casa y se quema con la casa misma, que termina derrumbándose en un vórtice de fuego y escombros. La película termina con el muchachito regando la ceniza de la casa del malo sobre la tumba de sus padres, mientras le dice a la que fuera su novia: «Esto es un tributo a ellos».

Sí, Joel se siente igual que aquel muchachito: él les rendirá tributo a papá y a mamá. A su manera.

Después del señor Arias le tocó el turno a la señora Arias. Y luego a otro vecino, y a otro, y a otro. Joel veía a los que les había impuesto el tentáculo hacer las mismas cosas que hacían antes, sólo que más lento, y además le consultaban sobre la terraformación. A él, un niño, le preguntaban. Joel debía ir a informarse continuamente con papá. Por suerte, papá había dado fin a la etapa de la cúpula de Plexiglás. Ya programadas, las máquinas se encargarían del resto. Es que, por ese tiempo, los tentáculos de Madre habían infestado el pueblo. A cada uno le habían asignado su tentáculo, recuerda Joel, excepto a papá y a mamá.

Baja hasta el tercer subsuelo y se introduce en los conductos de las máquinas. Pronto encuentra la zona encargada del mantenimiento automático del sector del pueblo donde yace Madre. Sabe cómo desconectar las máquinas. Es lo primero que se le enseña al colono.

Joel no quería llevarles el tentáculo a sus papás, así que se lo ocultó a Madre lo más que pudo. Pero un día fue rodeado por los vecinos y obligado a llevar a su casa dos extremos de tentáculo. Se mira las manos. Con esas mismas manos, Joel los depositó en la garganta de papá y mamá. Después, segura del control total, Madre descartó a cada habitante de la colonia. Solo salvaron la vida seis ejemplares, que ella destinó a su servicio. Uno de aquellos esclavos había sido su papá.

De vuelta en la superficie, Joel pasa por el almacén general y se lleva una ampolla de plasma.

Se enfrenta a lo inevitable: Madre —cadáver aún— permanece envuelta en la manta, atada con la soga, y él debe decidirse.

¿Es necesario evitar que reviva? ¿Qué hará él, solo? Con salvarla, anularía todo dilema. Sí, pero… y si la dejara revivir, ¿qué sería del tributo a los padres?

Se calza de nuevo los guantes, corta la soga y desenvuelve a Madre. Le descorre el seguro a la ampolla de plasma antes de depositarla sobre ella y sale corriendo.

Subido al balcón de su antigua casa, viendo desde arriba a Madre, recibe un conocido pulso en la nuca, un latido que lo tensa. Aunque son síntomas de la vuelta a la vida, sabe que ya es tarde para Madre. La ampolla se abre y deja fluir el plasma, que se derrama sobre los restos. Él ve que un destello níveo contornea a Madre, que parpadea y se deshace y se expande y se licua. Pronto el calor llega a las mejillas de Joel: no solo a Madre ha diluido el plasma, sino también la zona sobre la que yace. Sobre la que yacía, por mejor decirlo.

—¡Papá y mamá —clama Joel al cielo—, ya han sido vengados!

No es bueno ver trabajar al plasma, pero él no puede evitar mirar y mirar y mirar.

 

Recostado en su antigua cama, las lágrimas se le vuelven llanto desolado. Se le abalanzan todos esos años en los que le pareció que dormía un sueño en cámara lenta, y entonces el niño que una vez fue se deshace en más llanto.

Recuerda los ojos de papá y mamá en la mañana siguiente a la noche en que les colocó el tentáculo, y se le parte el alma. Se mira las manos. Manos grandes, de adulto. Pero se siente como el chico que acaba de cumplir once años y se ha peleado con su papá.

Hasta que el cansancio lo vence.

Se despierta con hambre. Un hambre desconocida. No sabe qué le sucede, y se revuelve en la cama sin ganas de levantarse. Mira su piel, que le trasluce las venas. Al salir de la cama, nota que las piernas le pesan. Tampoco puede mover los brazos como está acostumbrado. Había pensado en ir a ver una película, pero recibe algo que lo paraliza, lo fulmina: Madre —resuenan varias voces en su cabeza— tu alimento.

Sale al balcón y ve a sus hermanos. ¿Lo llamaron «Madre» a él? ¿A él? Una sospecha lo hace ir hasta el baño y conectar el holoespejo: ya queda poco de Joel. La piel correosa, morada y de tintes verdosos de la cara, se parece demasiado a la de Madre. Algo le estuvo sucediendo mientras dormía, y si bien en un principio no lo comprendió, ahora toma conciencia de que está transformándose. Sí: está transformándose en Madre. ¿Él, al fin de cuentas, era un reaseguro si por alguna circunstancia ella moría definitivamente? ¿Por eso era él diferente a los demás, un intocable?

Baja al encuentro de los hermanos. ¿Cómo es que lograron salir del refugio por sí solos?

Madre —recibe de nuevo antes de abrir la puerta—. Tu alimento.

Apenas ellos lo distinguen, se abren las ropas y dejan al descubierto, sobresaliendo del vientre, un pequeño tentáculo con un orificio en la punta.

A Joel lo ataca un hambre irrefrenable: la primera comida como Madre. Entonces levanta la vista y ve los ojos apagados de papá. Y esos ojos apagados se vuelven vivaces en su memoria. Y recuerda cuando papá lo tomaba del hombro y le contaba que ellos eran colonos, y que luego de un gran sacrificio verían los beneficios.

—Todo lo hago por ti, Joel, por tu futuro.

Y aquí está ahora Joel, transformándose en Madre. Intuye que, si prueba el alimento, la conversión será definitiva. Entonces emite:

Aquí no me alimentaré, tengo un nuevo refugio.

Antes de montar la oruga, pasa nuevamente por el almacén y toma otra ampolla de plasma.

Una vez instalados en la oruga él y sus hermanos, poco a poco va recordando cómo se accionan los controles, hasta que pueden partir hacia la reducida zona que aún sobrevive virgen.

 

Ya en su destino final, Joel contempla la terraformación. Vendrán colonos, claro que sí, pero no serán él, ni su papá ni su mamá.

Madre —recibe otra vez—. Tu alimento.

No puede llorar siquiera.

Apenas le quedan fuerzas para quitar el seguro de la ampolla de plasma.

 

 

Ricardo Germán Giorno nació en 1952 en Núñez, ciudad de Buenos Aires. Es casado con dos hijos. Empezó a escribir a los 48 años, pero recién a los 52 decidió dedicarse a la literatura. Gracias a un trabajo continuo y tenaz, Ricardo Germán Giorno se supera día a día.

Es miembro activo de varios talleres literarios. Ha publicado cuentos de ciencia ficción en AXXÓN, ALFA ERIDIANI, NGC 3660, LA IDEA FIJA, NM, y un libro propio de relatos Subyacente Inesperado y otros cuentos (Alumni, Buenos Aires, 2004).

Su cuento Pulsante apareció en la antología Desde el Taller y Parábola de la Yarará en Cuentos de la Abadía de Carfax 2. Puede conocer más de este autor en la Enciclopedia.

Hemos publicado en Axxón sus cuentos JINETES, SEOL (bajo el seudónimo colectivo “Américo C. España” con Erath Juárez Hernández, David Moniño y Eduardo M. Laens Aguiar), TANGOSPACIO, ROBOPSIQUIATRA 10.203.911, PAN-RAKIB, CERRADA, EL EFECTO TORTUGA, EL G, DEVENIR, LA INMUTABILIDAD DE LOS CICLOS, EL REGRESO DE MANÉ, PARÁBOLA DE LA YARARÁ, LA GARRA DEL JAGUAR y EL LÁPIZ (con Andrea Giorno).

También ha entrevistado, para Axxón, a MARCELO DI MARCO, YOSS, EDUARDO CARLETTI, VÍCTOR CONDE, PABLO DOBRININ, M. C. CARPER, ANTONIO MORA VÉLEZ, FRAGA, LAURA PONCE, LUIS PESTARINI y TERESA PILAR MIRA DE ECHEVERRÍA.


Este cuento se vincula temáticamente con CUANDO DEJES DE LLORAR, de Hugo Perrone; EL RECIPIENTE, de Ariel S. Tenorio y SIMBIOSIS, de Albino Hernández Penton y Sergio Gaut vel Hartman.


Axxón 244 – julio de 2013

Cuento de autor latinoamericano (Cuentos : Fantástico : Ciencia Ficción : Colonización espacial : Argentina : Argentino).