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Archivo de la Categoría “Ficciones”

 

 

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—¿Por qué lo has matado? —preguntó Ringo.

—No había motivos para que siguiera vivo —dijo Bula, girando la cabeza hacia el cuerpo destrozado.

Ambas máquinas se desplazaron un rato en silencio. La mañana era gris. Rodaron hacia unas colinas cubiertas de vegetación. A lo lejos se podía distinguir una pequeña ciudad todavía iluminada.

—Pero era el último humano.

Ampliación

Ilustración: Pedro Bel

Bula se detuvo. La válvula que giraba lentamente en su cabeza se encendió por unos segundos.

—Bueno, eso es verdad —dijo—. Ya no quedan más. Pero ten en cuenta, Ringo, que se sentía solo. No tenía propósito.

Entraron en las calles de la ciudad.

—¿Entonces qué haremos nosotros? Nuestra tarea es cuidar de los humanos, y ya no hay nadie vivo.

—Haremos lo mismo que nuestros progenitores —dijo la máquina—. Iremos en busca de las verdades universales.

Otras máquinas, vehículos y androides, se afanaban con las tareas cotidianas. La pequeña urbe debía estar impecable y en funcionamiento. Era el procedimiento.

Ringo crujió.

—Quieres decir que pensaremos más. Te recuerdo que no hemos llegado a ninguna conclusión especial en más de tres mil años.

—Quizás la ciencia humana estuvo equivocada, hurgaron en los lugares incorrectos. Ellos mismos ponían en duda su método.

—¿Y qué propones?

—Salgamos del planeta. La respuesta debe existir en otros mundos. Aquí ya no queda nada por explorar.

—¿Los océanos? ¿El interior del planeta? Nunca los hemos estudiado por completo.

—¿De verdad crees que ahí puede estar el sentido de todo? Yo pienso que las grandes respuestas están en el universo.

Ringo dejó de moverse y miró hacia lo alto. Tampoco quedaban pájaros, insectos, casi nada de lo que había conocido. El cielo era un paño descolorido.

—Iremos al espacio —dijo—. Y luego, ¿qué? ¿Para qué nos serviría descubrir el significado de la existencia?

Bula abrió los brazos.

—¡Tal vez lo sepamos en ese momento!

La ciudad-nave flotaba encima de un colosal dodecaedro metálico. El objeto tenía una superficie oscura, con algunas lucecitas titilando en el ecuador. Estaba estacionado en el vacío, lejos de cualquier astro.

—Bueno —admitió Bula, con cierta dificultad, debido a que no había hablado en más de tres millones de años terrestres—. ¿Qué crees que sea?

Ringo se desplazó hasta el ventanal para observar el objeto. Era tan inmenso que ocupaba toda la visión.

—Es un mundo artificial —murmuró, recalibrando también su audio—. No emite ninguna identificación.

—La telemetría confirma una forma de vida en alguna parte del objeto. Es la primera vez que encontramos un ser orgánico. ¡Puede ser inteligente!

—O un animal. Como los que había junto a los humanos.

—Oh, vamos, Ringo. No hemos vagado por el espacio durante tanto tiempo solo para encontrar una rata o algo así. ¡Ten algo de fe!

Ringo rodó más cerca.

—¡Una rata! Casi las había olvidado. ¿Sabes? Extraño la Tierra. Me gustaría volver alguna vez.

Bula trasteaba con un panel de control.

—Es probable que ya no exista siquiera.

Ringo chirrió.

—Espera. ¿Has dicho que tenga fe? —Agitó los brazos—. Fe, ¿aquello que promulgaban las religiones humanas?

Bula encendió su válvula. La luz parpadeó.

—Notable. Creo que estoy procesando un profundo sentimiento religioso. Es algo nuevo.

Ringo se puso a dar vueltas en el gran salón. Bula se limitó a contemplar el dodecaedro, soportando los paseos y chirridos de la otra máquina. Ringo regresó a su lado muchas horas después.

—Lo he pensado —dijo—. Pero no lo entiendo. No tengo fe. No creo en nada, soy una máquina. Y tú también, ¿cómo es posible que tengas fe? Supongo que tienes miedo.

Bula miró las luces distantes.

—El miedo es el fundamento de la religión.

—Es un miedo producido por la idea de la inexistencia, lo que los humanos llamaban muerte —concluyó Ringo—. ¿Te parece correcto, o estoy calculando mal?

Su compañera maniobraba en la negra superficie de metal. No había vuelto a hablar en mucho tiempo. Desde entonces, ambas máquinas se limitaban a recorrer el inmenso mundo artificial, buscando la forma de vida que habían detectado.

Ampliación

Ilustración: Valeria Uccelli

Bula detuvo el vehículo.

—Pero no podemos morir —dijo—. Es imposible tener miedo por ese motivo.

—Podrías apagarte voluntariamente.

—¿Y crees que así descubriríamos algo?

—No hay manera. Al apagar tus sistemas, no podrías registrar ningún evento ni comunicarte conmigo —Ringo abrió la portezuela y salió—. De todas formas, ¿qué cambiaría? Además, me dejarías solo. Esa idea me da miedo.

—¡También lo sientes!

Ringo chirrió, inquieto.

—No sé exactamente cómo funciona el miedo. Pero creo que… no soy indiferente.

—Súbete, tenemos que seguir buscando. Tal vez la forma orgánica sepa de estas cosas.

Ringo señaló con una pinza hacia algo que se movía en la distancia.

—¿Lo ves? Creo que viene hacia nosotros.

A un centenar de metros, la criatura alzó los brazos y señaló la ciudad-nave, suspendida a medio kilómetro de la superficie. Torres y rampas iluminadas sobresalían por encima de la estructura. Algunas zonas estaban abolladas, otras tenían remiendos herrumbrosos, consecuencia de los problemas durante la travesía. Era un último recuerdo de lo que había sido una poderosa civilización. Ringo se dio cuenta, para su sorpresa, que le parecía bonita.

—Creo que puedo sentir cosas —anunció—. Miedo, belleza.

Bula bajó del vehículo y, por primera vez, se fijó en Ringo y en la gran ciudad-nave. La habían estacionado cerca del suelo del dodecaedro y desde allí podía verla. Habían pasado millones de años a bordo sin pensar en cosas así, propias del ser humano.

—Esto debe ser el sentido —especuló.

Luego, miró hacia la criatura que se acercaba.

Bula apuntó su láser. El ser orgánico venía todo lo veloz que permitía la débil gravedad. Parecía feliz, porque agitaba los brazos y daba lentos saltitos que podían ser de alegría.

—Bula, ¿qué haces? —se asustó Ringo.

La válvula de su cabeza giraba a toda velocidad.

—Solo sigo el procedimiento —explicó—. El ente puede ser peligroso.

Ringo chirrió.

—Me das miedo.

La criatura los alcanzó unos minutos más tarde. Abría los apéndices como si tendiera un abrazo. Su único ojo, vidrioso y de un intenso gris, observó a ambas máquinas y dejó brotar una lágrima.

Ringo se concentró en la gota mientras esta se alejaba flotando hacia el piso, donde estalló en suaves ondas.

—¿Quién eres y qué haces aquí? —preguntó Bula, sin dejar de apuntar su cañón.

La criatura permaneció quieta. Solo su gran ojo parecía vivo, observándolos con vehemencia.

—Creo que no nos entiende —dijo Ringo.

—¿Eres Dios? —Bula estaba impaciente—. ¿Por qué estás solo y por qué tu mundo está en medio de la nada?

La criatura agitó los apéndices hacia la ciudad-nave. Su ojo ahora expresaba algo parecido a la desesperación.

Unos segundos más tarde era una nube de partículas alejándose en todas direcciones.

—¿Por qué lo has matado? —preguntó Ringo.


Durgan A. Nallar es argentino, nacido en Salta en 1967. Se dedica al diseño de juegos y la docencia. Publicó su primer cuento en Axxón en 1992, cosa que le cambió la vida, y desde entonces ha seguido escribiendo en los escasos momentos en que el universo mira para otro lado.

Ha publicado en Axxón; en Ficciones: LOS PERROS (nº 35), QUERIDA MAHONEY (nº 42), EL CORAZÓN DEL BOSQUE (nº 50), CLÁSICO DE AMOR (nº 91).