EL SÍNDROME DE PINOCHO

José Miguel Pallarés

España

Podemos soportarlo todo,
excepto la verdad

Mark Twain


Nadie ha podido precisar con exactitud científica el momento de su nacimiento, lo cual no es extraño pues suele ser norma común en las enfermedades que atacan al tejido social la indiferencia de la comunidad científica ante lo minúsculo y minoritario, aun cuando en el caso que nos ocupa hubiese una causa orgánica tangible y sólida que explicaba la enfermedad. Por eso la historia nos demuestra que jamás existen tratamientos preventivos en las patologías colectivas, cualquiera que sea su causa, hasta que sus dimensiones han aumentado más allá de lo tolerable. Entonces, precipitadamente, urgen soluciones, buenas o malas (normalmente pésimas), tratamientos, salidas. Es el tiempo de los venerables y sesudos científicos con gafas, de los sociólogos y pseudointelectuales, pero el diagnóstico no consolaba de la putrescible realidad.

Desde la época de la Peste Negra no había atravesado la humanidad una amenaza tan consistente como atávica. La ya casi olvidada expansión del SIDA a finales del siglo XX y la primera mitad del siglo pasado se manifestaba ínfima en comparación con el nuevo azote que angustiaba al ser humano, que había logrado situarse en los albores de la conquista definitiva del espacio.

Los expertos, a posteriori como siempre, sitúan la génesis de la infección del mundo occidental en los últimos vestigios de los bosques verdes del Africa Oriental. La incubación en uno de los pocos espacios vírgenes y ajenos a la vigilancia de la vida artificial (la única realmente eficiente y en quien se puede confiar), allí donde la precaución adiestrada del hombre urbano se confía, se relaja y abandona toda precaución y en un sujeto de voluntad quebradiza como el antropólogo Mr. Puppet, no debió requerir más de tres horas. Cuatro a lo sumo.

Tras su regreso a Baltimore para celebrar las bodas de plata de sus progenitores, se detectaron en el sujeto extraños síntomas de la enfermedad hoy desgraciadamente muy conocidos: alarmante bajada de los glóbulos blancos (el médico robot —ya antiguo— diagnosticó erróneamente una posible leucemia atípica), meditación obsesiva sobre el sentido de la vida, abulia, desinterés por el dinero, pérdida del apetito y, por fin, como último e inevitable síntoma, la trágica secuela en la fase terminal: una patológica y obsesiva manifestación de la verdad, la imposibilidad de mentir y, por tanto, la inevitable muerte a manos de los airados destinatarios de la verdad.

El miedo y el afán de riqueza han gobernado la sociedad desde tiempos inmemoriales, pero siempre han tenido como bastión incuestionable e incuestionado la mentira. Sin mentira no se puede concebir la vida en colectividad.

Así, ignorantes del peligro, los Puppet, una familia cuáquera de intachable reputación y piadoso espíritu, experimentaron dicha enfermedad importada de África. La celebración del aniversario terminó con una batalla campal que destruyó parcialmente la casa y que eliminó a todos los comensales que allí había, puesto que se agredieron con todo tipo de objetos contundentes hasta matarse unos a otros, poseídos por la furia que sobreviene al que se le dice la verdad, porque no olvidemos que la verdad duele. Y esa herida brutalmente abierta despierta un instinto de aniquilación. Forma parte sustancial de la plaga: herir con la verdad, agredir con violencia al que nos la dice.

El único miembro de la familia Puppet que se salvó de aquella masacre fue Ernest Puppet, un agraciado aunque díscolo joven que había logrado ser admitido en una elitista universidad cuyo nombre nunca han facilitado las autoridades. Se ausentó de la cena familiar para preparar una fiesta de cumpleaños. Durante toda la tarde trabajó, en compañía de varios amigos, para acondicionar el local. Escaso lapsus de tiempo. El suficiente.

Maggie Thurman descansaba pacíficamente tras haber terminado de colocar unos horrendos globos que nadie le había solicitado dispusiese en tal lugar. Pese a un pésimo gusto para su atuendo personal, era muy querida y apreciada, de temperamento dicharachero y jovial, sólo tenía un complejo: escasa altura y una notable ausencia de pecho. Sufría tanto a causa de su complexión física que soñaba con ahorrar para poderse someter a una operación de cirugía estética, aunque por el momento se hubiera conformado con unos implantes de silicona.

Ernest Puppet, tras saludarla, comenzó a desvariar sobre lo absurdo de su complejo. Y cuanto más hablaba Puppet ella, tranquila por naturaleza, más se agitaba. El virus se manifestaba en ambos, como sujetos activo y pasivo respectivamente. La tensa situación se prolongó sólo tres minutos.

—No me falta pecho —gritó Maggie acalorada por la conversación—. ¿Lo oyes?

—Mirad todos y comprobad cómo no miento —proclamó Ernest mostrando un pañuelo—. Maggie Thurman es esto: una tabla, nada por delante, nada por detrás. Por cierto, a ver si te duchas... porque apestas.

Empuñando un destornillador, la joven se lanzó como una posesa sobre la endeble anatomía del joven Puppet, cosiéndolo a puñaladas con brutales golpes del punzante objeto. Éste, ya moribundo y atrapado por la disnea a causa de la sangre que escupía por la boca, aún encontró un resquicio de vida para soltar una última perla que desató el tósigo general en todos los presentes.

—Sharon, ayúdame, me desangro. ¿Eres sólo lesbiana o también cobarde?

La aludida aferró un pulquérrimo martillo y comenzó a machacar el cráneo del infeliz Puppet hasta que sus sesos quedaron esparcidos por toda la sala. Todos presintieron la catástrofe. Ninguno salió con vida de la habitación. Pero la sepsia que impregnaba el lugar bastó para mantener con vida al virus, que se alojó en nuevas habitaciones: los policías que examinaron la matanza. Aquello había sido sólo el principio.

No es frecuente que un político diga la verdad, y todavía lo es menos esta situación en un portavoz gubernamental. La misión de éstos estriba en engañar a la opinión pública con su sonrisa sérica y negar lo evidente de modo convincente y con ademanes sosegados, transmitiendo confianza. El presidente Abnett fue informado inmediatamente del incidente. Ian Wardford, su hombre de confianza ante la prensa, había revelado información reservada de gran importancia. Los miembros de Seguridad de la Casa Blanca habían tenido que retener a los reporteros y confiscarles todo aquel material que les permitiese comunicarse con el exterior. La situación era, cuando menos, delicada. Tiempo después se descubrió que el hermano de Wardorf había sido uno de los forenses que habían practicado las autopsias de los cadáveres de la matanza de Baltimore. Acabó comprobándose que, efectivamente, habían mantenido una charla familiar con contacto físico unas horas antes.

Los asesores del presidente movilizaron todo el poder preciso y en apenas dos horas obtuvieron un resultado imprevisto, y que si no habían atajado antes era por su inepcia. Los boletines de noticias que llegaban desde Europa y Asia ya avanzaban un extraño comportamiento: los ciudadanos comenzaban a decir la verdad y a agredirse mutuamente. Pero es sabido la vocación provinciana y egocéntrica de los norteamericanos. Lo que no ocurre en Estados Unidos no existe.

Los problemas sólo son tales cuando afectan a las capas privilegiadas e influyentes de la sociedad. Las miserias de los marginados nunca presentan relevancia.

—Por ahora la enfermedad es incurable. Se propaga velozmente, tanto que ni siquiera le han puesto nombre todavía. Ignoramos cómo se transmite y cómo se desarrolla, pero su virulencia es tal que ha escapado a todo intento de trazar cordones sanitarios, Mr. President.

—¿Y no pueden evitar decir la verdad, aunque peligren sus propias vidas?

—Exacto —informó el doctor Patrick Vizckey—. Ni tampoco toleran que a ellos se les recuerden sus fallos. Su agresividad... es mortal. Es irónico, dicen la verdad a los demás, pero no aceptan la propia.

El presidente Abnett se derrumbó sobre el sillón ante la solícita mirada de sus robots de escolta. Pese al aire acondicionado todos sudaban copiosamente. La magnitud del desastre podía acabar con todo signo de vida racional (si es que al hombre lo consideramos racional) en el planeta. Era una suerte, pensó, que el control del armamento convencional, químico y nuclear se hubiese confiado a cerebros electrónicos, inmunes a esta plaga. Pero, ¿qué ocurriría con el resto de miembros del club nuclear?

El poder se basa en la mentira. Ningún presidente de Estados Unidos había accedido al cargo sin aprender esa elemental lección. El pueblo vota las mentiras bien urdidas y mejor vendidas. El pueblo finge creer. El político finge cumplir. Y así desde la llegada de los colonos al Nuevo Mundo.

El presidente Abnett recordó la memorable máxima de Bertold Brecht: primero el estómago, luego la moral. Así es como los hombres habían forjado la convivencia desde tiempos inmemoriales, en la mentira convenida, en la hipocresía mutuamente aceptada. Al estómago lo disfrazamos de moral y todo arreglado: ha nacido la ideología.

Por correo electrónico y faxes seguían llegando noticias espantosas. La CNN no paraba de informar de desastres por todo el mundo. El sureste asiático era un hervidero de guerras. En Europa, donde ya se ha perdido por completo la virulencia y vitalidad propias del ser humano y la vida transcurre monótona y lánguida, las noticias eran más selectas: un amigo personal del presidente, el germano Helmut Braum, máximo coordinador del ejército móvil europeo, había confesado recibir sobornos de las grandes compañías a cambio de otorgarles contratos millonarios de suministros de piezas y material logístico.

Desesperado, ordenó apagar todas las fuentes de información y tomó una decisión impopular: declaró en cuarentena a la Tierra. Él era, en la práctica, quien controlaba las comunicaciones al espacio. Bloqueo absoluto. Las colonias de Marte no podían resultar afectadas. Estratégicamente, se hacía vital preservarlas puesto que allí se ubicaban casi con exclusividad las materias primas que permitían sostener la tecnología de la era del microchip. Si la plaga de la verdad invadía los complejos mineros y de transformación de Marte e infectaba a los insustituibles técnicos de mantenimiento y a los casi 600.000 trabajadores allí residentes, la humanidad estaba acabada. Sin los imprescindibles suministros marcianos el plazo de autonomía de la Tierra era de ocho meses. Sólo ocho meses para el colapso total. Después el caos sería absoluto y las perspectivas no eran alentadoras, la plaga de la verdad había saltado al espacio: se habían detectado brotes esporádicos en las estaciones lunares, aunque afortunadamente los portadores del virus fueron desintegrados y sus compañeros sometidos a cuarentena no habían presentado síntomas de contagio.

Abnet era consciente de la incuestionable necesidad de su decisión. Pero eso implicaba reconocer la derrota y a la gente no le gustan los perdedores, el pueblo no vota a los débiles. Y él se quería presentar a la reelección.

Varios senadores de su propio partido confesaron abiertamente sus relaciones económicas y patrimoniales con la mafia, quien se apresuró, lógicamente, a asesinarlos. Los informativos no paraban de vomitar torrentes de verdades (así que hubo que suprimir los modos de comunicarse) y los efectos destructivos de esta nueva peste maligna crecían en progresión geométrica de razón 6. La consecuencia en un mundo cobarde, como es el financiero, fue inmediata: desplome de las bolsas y colapso económico. La civilización se desmoronaba, se diluía como un terrón de azúcar en el café.

El presidente Abnett sabía que debía reaccionar frente a los acontecimientos, pero su equipo de colaboradores y asesores no lograba obtener ese mensaje firme y decidido, porque no ignoraban que éste iba a quedar desmontado con suma brevedad. Su hombre talismán para las situaciones difíciles, su vicepresidente, Maxwell Williams (el primer negro en la historia que había llegado a Vicepresidente), exponía crudamente el dilema:

—El problema es que si dice la verdad creerán que usted también padece la enfermedad, y si miente pondrá al descubierto lo que todos sabemos: que un mandatario debe mentir para subsistir en la vida política porque la verdad cotiza a la baja.

—Pero tengo que dar la cara. La gente debe verme, oírme, debo estar en sus televisores, hasta en los anticuados tridimensionales, para tranquilizarlos. Si no, mi carrera política está acabada.

En esto irrumpió en el despacho oval el robot niñera Ulises acompañando a David, el hijo menor del presidente, con gran estrépito.

—Papá, papá, ¿tú también estás enfermo? Lo he oído en la radio.

—No, David. Estoy bien.

—Y si puedes mentir, ¿por qué no te crece la nariz como a Pinocho?

Una carcajada sonora alivió la tensión del momento. Ulises, el inmenso robot niñera, captó en sus sensores una situación anómala y procesó una orden de aclaración:

—David, siguiendo los consejos pedagógicos más avanzados, ha experimentado en el aparato de realidad virtual la ilusión de una cinta comercializada legalmente por Disney sobre el cuento de Pinocho.

Así, por este insignificante y absurdo incidente, la plaga de la verdad que amenazaba con sumir al mundo en las tinieblas pasó, eufemísticamente, a denominarse el síndrome de Pinocho. El nombre hizo gracia y cuajó. Ahora sólo faltaba obtener una explicación científica y encontrar un remedio rápido.

Pero clandestinamente, pese a las prohibiciones que en materia de telecomunicaciones se había impuesto por parte de todos los gobiernos, las malas nuevas seguían siendo transmitidas por periodistas (algunos de ellos infectados) mediante una argucia legal que les permitió resucitar la periclitada edición de periódicos en papel impreso (algo que se había abandonado desde mediados del siglo XXI) eludiendo el veto, que sólo estaba tipificado para medios audiovisuales e informáticos.

De este modo el mundo seguía recibiendo impactos que minaban su resistencia: los escándalos sexuales se multiplicaban, los más horrendos crímenes de Estado se desvelaban, algunos líderes mundiales revelaron sus conexiones con el narcotráfico en el espacio exterior y dieron a conocer con mucho detalle que la explotación minera a gran escala y la posterior colonización de Marte se había efectuado gracias al blanqueo de dinero procedente de los cárteles de la droga sintética.

Las familias se aniquilaban con tal frecuencia que se aconsejó que las personas vivieran aisladas y que se abstuvieran de mantener conversaciones si no era por medio de videoteléfonos. La mayoría del tiempo las calles permanecían vacías. Los jueces y fiscales, desbordados por tanto trabajo, se contagiaban con tal rapidez (algo lógico puesto que los criminales contaminados acudían en masa a entregarse a la justicia) que países enteros quedaron huérfanos de tutela judicial: sus integrantes se habían asesinado entre ellos, mascullando incontables verdades.

La policía tuvo que ser desprovista de todo su material de trabajo y sólo los robots patrullaban las calles, con orden tajante de disparar a matar a la más mínima sospecha de ser portadores del síndrome de Pinocho. Se estableció el toque de queda como medida preventiva. Todo inútil. La plaga se extendía.

Los soldados, cautelarmente desarmados y acuartelados durante semanas, se encontraban sometidos a una estricta vigilancia por parte de androides de combate, que encerraban y drogaban a todos cuantos manifestaban el síndrome, siendo utilizados, sin su consentimiento, como cobayas por los científicos militares. Después eran ejecutados. A esto se le llamó ensayo.

En conclusión: el hombre y la verdad no estaban en condiciones de encontrar un punto de equilibrio y coexistir pacíficamente.

La ciencia descubría una vez más que la vida era demasiado escurridiza para acotarla en libros, ordenadores y diskettes. La apremiante y amenazadora presión de la sociedad no consiguió adelantar ninguna solución. Varios millones de personas escupiéndose verdades habían convertido la Tierra en un polvorín.

Pero un hombre, vejado y despreciado durante años, Ignatius Reilly, ya arrinconado dentro de la plantilla del prestigioso equipo de la reputada John Hopkins University, obtuvo, en la soledad amarga de su arrinconado laboratorio, un preparado milagroso que influía sobre el sistema neurovegetativo, aliviando las manifestaciones más potentes del síndrome de Pinocho. Más tarde Reilly confesaría que tal hallazgo se produjo por lo que en el argot científico se conoce como serendipity, o sea, por pura y simple casualidad. En Francia, los laboratorios Pasteur, siguiendo esa misma pista facilitada por el científico americano, fabricaron y comercializaron el Neuropositón retard 300. Impedía el contagio de la enfermedad y relajaba las tendencias agresivas de los ya infectados. Ambos recibieron el premio Nobel de la Paz, de Medicina, y también el de Literatura, de tan agradecidos que estaban los gobiernos que, por fin, podían volver a mentir a sus ciudadanos. Se comenzaba a controlar el síndrome. Un soplo de esperanza recorrió el viejo planeta Tierra .

Pero los problemas para el presidente Abnett no habían concluido. Mientras en Japón todos los infectados se suicidaban ritualmente para evitar daños y contagios a sus congéneres, el ciudadano americano se emboscaba en algún lugar de la ciudad, en supermercados, o cines, y originaba una matanza. La frecuencia de estos incidentes convirtió las ciudades en auténticos corredores de la muerte. A pesar de haber ganado las primarias y mantener su liderazgo dentro del partido, sus posibilidades de ser reelegido disminuían, se acercaba noviembre y dieciséis millones de americanos padecían el síndrome. La cuarentena no podía ser levantada. Abnett olía a derrota.

Pero, como bien asevera el refrán: Dios aprieta pero no ahoga, la solución iba a venir proporcionada por un astuto sociólogo: Adam Smith. Este privilegiado cerebro, tras terminar su carrera con un inmaculado e impresionante expediente, no intentó ejercer su profesión sino que se asoció con un amigo experto en informática y contrató a diferentes mujeres que ejercían la prostitución de lujo, a las que adiestró con sus conocimientos para preparar un videoteléfono virtual erótico. Amasó una verdadera fortuna en pocos años. No obstante, como muy bien le hubiera podido confirmar Al Capone, hay dos cosas de la que un hombre nunca puede sustraerse: la muerte y los impuestos.

El fisco descubrió su trama de evasión de impuestos y éste, viéndose perdido, propuso un plan al gobierno para el tratamiento del síndrome de Pinocho a cambio de no pisar la cárcel, fraccionamiento (sin recargo de intereses) en el pago de sus impuestos y la condonación de una vigésima parte de la deuda.

El planteamiento era simple y elemental: muchos lesionados en accidentes automovilísticos debían volver a aprender a andar, Smith elaboró un inteligente programa de rehabilitación social en el que, junto al tratamiento farmacológico y un meticuloso programa de diseño innovador mediante la continua degradación de los sentimientos nobles y la potenciación del instinto de supervivencia, el egoísmo y la envidia, se enseñaba a mentir. Se potenciaba el natural instinto de la ponzoña y de la traición. La terapia comenzó a dar unos frutos impensables. Abnett fue reelegido presidente de los Estados Unidos con una holgada mayoría en todos los Estados y unos meses después se levantó la política de aislamiento de la Tierra en el espacio, restableciéndose los habituales canales de transporte entre Marte y la Tierra.

Los brotes episódicos del síndrome eran rápidamente controlados y el virus aislado, consignado por los expertos como Pinocho 6, se recicló para obligar a hablar a los acusados en muchos juicios. A esto se le denominó en el argot jurídico, no sin cierta sorna, el paseo con Pinocho.

Pero esto tan sólo suponía la resaca después de la incontenida borrachera de verdades que había convulsionado al mundo. Por fin la humanidad pudo respirar tranquila. Tras siete años se logró reconstruir todo lo que la epidemia había arrasado. La mentira imperaba con renovada vitalidad en todo el Sistema Solar y la gente era feliz de nuevo mintiéndose a pleno rendimiento. El ser humano, que había estado al borde del precipicio, se había reconciliado consigo mismo.

Los aprendices de profetas, adivinos y fanáticos religiosos (no afectados en su mayor parte por la plaga pero sí poseídos por la codicia, el fanatismo o la paranoia), que habían anunciado el Apocalipsis y el juicio final (amasando, eso sí, considerables fortunas), fueron olvidados. Y todo adquirió su aspecto normal y tranquilizador cuando finalmente la hipocresía, es decir, la mentira convenientemente condimentada con afabilidad, volvió a presidir las relaciones entre los hombres.

Aquí paz. Y después gloria.



José Miguel es Licenciado en Derecho y reside actualmente en Madrid. En su carrera literaria ha alternado la narrativa con una faceta más profesional como guionista de cómic. Colabora Habitualmente en varias revistas del género como Gigamesh, Stalker y Ad Adstra. Aunque este cuento fue publicado con anterioridad en España no fue accesible a los lectores Latinoamericanos. Una de las características de la ciencia ficción es visión crítica de la sociedad y, en este relato, lo vemos claramente.


Axxón 103 - Noviembre de 1999
Cuento de autores europeos (Cuentos: Fantástico: Ciencia Ficción: España: Españoles).

            

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