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F i c c i o n e s

DISFRUTAR DE ESA MANERA
Ronald R. Delgado C.

Era el primer viaje de la pequeña María al museo, y a pesar que su hermano Andy se quejaba constantemente y le hacía ver el paseo como tonto y aburrido, ella se mantenía entusiasmada. En sus ocho años conocía sin duda todas las diversiones y los juegos que una niña de su edad debía conocer, pero disfrutaba de ellos con detenido interés, sin llegar nunca a excitarse demasiado. A diferencia de su hermano, el chillón muchacho de once años que jamás podía soltar de sus manos el monitor de realidad virtual, la consola de videomúsica o el control de videojuegos como en este momento lo hacía, en la parte posterior del auto. Disparos láser y digitalizadas explosiones resonaban en el interior del vehículo al mismo tiempo que el muchacho repetía su discurso:
      —¡Mamá, el museo me aburre! ¡Yo no quiero ir! ¡El museo es aburrido, María, no te va a gustar!
      —¡Andy, ya basta! —exclamó su madre desde el asiento del piloto—. Por favor bájale el volumen a ese aparato.
      Andy entrecerró los ojos y arrugó la boca. María lo vio por el rabillo del ojo, desde el asiento del copiloto, y sonrió.
      —No le hagas caso, María —dijo su madre y le peinó el cabello—. Estoy segura de que el museo te va a encantar.
      —Ssí, mami —dijo María, y llenó el vehículo con destellos provenientes de su tierna sonrisa.
      Volvió su mirada al frente para observar los otros vehículos volar velozmente entre los altos edificios, llenos de luces y colores. Sus pensamientos siempre dejaban su realidad al poco tiempo para sumirse en reflexiones sobre su manera de ver el mundo. Esos videojuegos de Andy son tontos —pensaba— ¿Qué divertidos pueden ser juegos tan fáciles?, y en medio de esas reflexiones apretaba fuertemente a su muñeca robot Jessica que nunca dejaba en casa.
      Jessica lanzó un llanto y luego habló con una tierna voz programada:
      —María, María, me aprietas mucho.
      María abrió los ojos por completo y miró a su muñeca apenada.
      —Dissculpa, Jessica. Esstoy emocionada.
      A pesar de su manera de pronunciar las eses, la robot era capaz de entenderla.
      —¡Vamos al museo!
      —Ssí —asintió la niña—. Y ess mi primera vez.
      —¡Nos divertiremos mucho! —exclamó la muñeca levantando sus elaborados brazos mecánicos.
      —¡Muñeca idiota! —dijo Andy enseguida.
      —¡Andy! —exclamó de nuevo su madre, esta vez volviéndose para jalarle la oreja a su hijo.
      El vehículo se tambaleó pero no perdió el rumbo, pues su ruta había sido establecida al comienzo del viaje. María sonrió de nuevo y acarició la larga y rubia cabellera de Jessica antes de sentarla en sus piernas. Ignoró la tediosa presencia de su hermano durante el resto del trayecto.
      Diez minutos después el vehículo descendía entre los edificios para posarse sobre el estacionamiento para visitantes del Museo de Historia Natural y Ciencias de la ciudad.

María sujetaba en su mano derecha a Jessica con mucho cuidado, mientras que su madre le sujetaba la mano izquierda. Andy, del otro lado, arrastraba los pies con la cabeza gacha lanzando bufidos de cuando en cuando. Luego de bajar por los ascensores que daban acceso a los niveles inferiores, apareció ante ella una edificación como nunca había visto en su vida. Sus paredes, en vez de ser rectas y de superficies cromadas como el resto de la ciudad, eran más bien blancas, muy altas, y en todas partes enormes columnas del mismo color se erguían mostrando cerca del techo elaboradas figuras y formas. En medio de toda esa estructura el nombre del museo flotaba encima de la puerta principal.
      —Mami, ¿qué son essas? —señaló a una de las columnas.
      —Esas son replicas de las columnas que utilizaban los Romanos antiguos en sus edificios. ¿Te acuerdas, las personas que vivieron en Italia?
      —Ssí. ¿Y assí eran sus cassas?
      —Algunas.
      —¡Qué lindass!
      —Qué anticuadas —dijo Andy—. Sus edificios eran de piedra, no como los nuestros de metales resistentes.
      —Ellos vivían en otra época, Andy. Ellos no tenían nuestra tecnología.
      —¡Ellos eran aburridos!
      La mujer negó con la cabeza y dirigió a sus hijos a la puerta principal, donde otros visitantes le acompañaron. Cruzaron el enorme portal y sintieron el frío clima del interior del museo. El sonido de los vehículos del exterior quedó silenciado y el rumor de las personas y de las atracciones llenó todo su alrededor.
      María levantó su cabeza para poder observar la totalidad del lugar, y se sorprendió de todas las figuras y colores que en todas partes lo decoraban. A la entrada seguía un amplio lobby con un puesto de información en todo el centro, y luego cuatro pasillos ramificaban la estructura para dar paso a otra serie de habitaciones que, si eran recorridas en un orden específico, contaban la historia química y biológica de la Tierra y de la humanidad desde sus inicios hasta el presente. Junto a dos de estos pasillos escaleras decoradas con antiguas estatuas y otras piezas de arte daban paso al segundo y tercer piso, donde la ciencia y la técnica relataban la historia del universo, desde hace quince mil millones de años.
      La madre de María conocía perfectamente el recorrido, y como lo tenía preparado, le mostraría a su hija la totalidad del museo tratando de no perder ningún detalle. De cualquier forma, los guías robots, las proyecciones holográficas y las representaciones en realidad virtual harían el resto del trabajo.
      María apretó contra su pecho a Jessica y ésta apartó el cabello que se sacudió frente a sus ojos para poder observar el camino que los llevaba al primero de los pasillos.
      Así comenzó su visita al museo.


Un robot guía apareció de la nada y detuvo su caminó para darle la bienvenida a la familia que recién llegaba a ese pabellón del museo.
      —¡Sean bienvenidos al Museo de Historia Natural y Ciencias! —exclamó el robot y mostró su artificial dentadura. Éste era bípedo y sus movimientos, casi perfectos. Sin embargo, su estructura combinada de metales y fibra especiales les hacía saber a las personas que se trataba de una máquina. Su voz, era tan natural como la de un humano—. Acompáñenme y les contaré una historia que comenzó hace miles de años.
      El robot se hizo lugar en la habitación. María sonrió y miró fugazmente a su muñeca Jessica, que contemplaba anonadada al guía. Muñecas como Jessica estaban construidas de tal manera que parecían ser conscientes de su entorno y de su persona, pero no se trataba más que de desarrollados algoritmos en inteligencia artificial, de hecho, inferiores a los utilizados en los robots de aplicaciones industriales y de investigación.
      Andy, sin prestarle atención al guía, se adentró en el pabellón y caminó directamente hacia los monitores de realidad virtual que estaban dispuestos en cada rincón del museo. Su madre lo dejó tranquilo, pues sabía que sólo esos monitores llamaban la atención del muchacho.
      El robot se detuvo junto a un gran vitral que mezclaba en su interior elementos reales como figuras de cera y proyecciones holográficas de los habitantes primitivos del planeta.
      El robot comenzó su charla, y María escuchó atenta. La explicación era acompañada de animaciones en tres dimensiones mostrando simulaciones sobre la mecánica celeste y la formación de la Tierra, para pasar luego a aquella historia del caldo primigenio que dio lugar a la formación de las estructuras unicelulares que paulatinamente formaron la variedad de especies que conocemos.
      —¿Y eran assí tan chiquiticos essos animalitos? —preguntó la niña cuando el robot hubo terminado.
      La máquina soltó una carcajada y sonrió.
      —Sí, pequeña. Ellos en realidad eran así de chiquitos.
      Continuaron su trayecto alrededor del pabellón y terminaron contemplando una representación animada de extensos campos de llana vegetación que repentinamente eran invadidos por una manada de pequeños dinosaurios que eran perseguidos por un gigantesco depredador. María saltó sobre sí misma al ver tal imagen y abrió los ojos de par en par.
      —Continúen al próximo pabellón para el segundo episodio de esta historia. Gracias por visitarnos —dijo el robot, y luego se alejó para retomar su lugar en la entrada.
      Andy, con la cabeza completamente eclipsada por el monitor que proyectaba imágenes a su alrededor, agitaba sus brazos en el aire y manipulaba objetos que no estaban ahí. Su madre le tocó el hombro y éste entendió la seña perfectamente, pues se quitó el monitor y arrugando la boca les acompañó al siguiente pabellón.
      Así continuaron visitando cada habitación, y en cada una de ellas María veía y aprendía cosas que nunca antes había imaginado. Conoció al gigante Tiranosaurio Rex, tocó con sus manos al Mamut, y vivió una aventura virtual con los humanos primitivos, los reyes de las cavernas.
      En el segundo piso observó la formación del universo conocido, caminó entre las estrellas y se empapó de las leyes de la naturaleza, además de que conversó con los filósofos y científicos pioneros de todos los tiempos.
      Vio objetos que pertenecieron a Leonardo Da Vinci y a Isaac Newton, y piloteó con seguridad al Apolo 11.
      Una hora después, faltaba aún el último piso del museo por visitar, y aparentemente había en él una fuente de soda donde podrían tomar una bebida o comer un helado, además de una sorpresa que les tenía su madre preparada.
      —¿Sorpresa? —preguntó Andy frunciendo el ceño.
      —Sí. Y estoy segura que a ti te va a encantar.
      Tomaron las escaleras y poco a poco la fachada del último piso se fue dibujando frente a sus ojos. Lentamente el rumor del lugar se convirtió en una serie de sonidos electrónicos que Andy pudo reconocer fácilmente.
      En ese momento, el museo había preparado una presentación especial en donde brindaban, además de una muestra histórica de los juegos y los juguetes durante la historia del mundo, un pabellón dedicado a lo último en videojuegos y realidad virtual.
      Andy no pudo evitar su asombro, y de su boca abierta corrió un hilo de saliva que tuvo que ser detenido por su madre. María, por su parte, sonrió al encontrar tal cantidad de luces y sonidos maravillosos, y olvidó por completo el cansancio que hacía un rato la embargaba.
      El muchacho soltó la mano de su madre y corrió al pabellón, donde la estridente música electrónica de las diferentes consolas y monitores arremetían a sus visitantes.
      —¡Te busco en un rato, mami! —dijo, y se perdió en medio de los otros jóvenes.
      María miraba a todas partes sin decidirse a dónde ir.
      —Ven, María, empecemos por aquí.
      —Ssí.
      Jessica tenía los ojos desorbitados y temblaba ligeramente. Tal vez tanta iluminación y ondas electromagnéticas eran dañinas para sus circuitos internos.
      Entraron en un pabellón que más bien era callado y tranquilo, acompañados de una suave música parecida a aquellas que solían traer esos joyeros para niñas que al abrirlos una bailarina de ballet plástica giraba encantada. No habían robots guías, y toda la decoración era más bien anticuada, antigua, como una casa victoriana.
      María estaba absorta contemplando muestras de juguetes antiguos como carros de madera para los chicos y muñecas de trapo para las niñas.
      —¿Mami, essas muñecas no hablan?
      —No, hija —sonrió la mujer—. Esas muñecas eran de tela o madera, muchas veces hechas por sus mismas dueñas, niñas como tu.
      —Y entoncess, ¿Ellas imaginaban todo?
      —Ajá.
      María abrió ligeramente sus labios, asombrada.
      La mujer acompañó a su hija mientras ésta observaba detenidamente cada monitor y cada vitral de la exposición. Le respondía cada una de sus preguntas y le señalaba objetos importantes o curiosos, e inclusive algunos que ella utilizó alguna vez.
      Caminando, en medio de las atracciones y los otros visitantes, María detuvo su mirada sobre un monitor de realidad virtual acompañado con una pequeña cúpula de vidrio. En su interior yacían tres extraños objetos que no pudo reconocer.
      —¿Qué sson essos, mami? —preguntó con el ceño fruncido.
      La mujer se agachó junto a ella y leyó las palabras que indicaban el nombre de los objetos.
      —Esos son un Yo-Yo, un gurrufío y una perinola (similar a, en Argentina, "balero").
      —¡¿Una qué?! —exclamaron María y Jessica y clavaron sus ojos en los de su madre.
      —Una perinola... Esos son juguetes populares que divertían mucho a los niños hace muchos años. Eran tradicionales por completo. Lamentablemente el tiempo y la tecnología hizo que los jóvenes perdieran el interés en ellos.
      —¿Tú jugasste con elloss?
      —Oh, no, hija. Cuando yo era niña ya esas cosas no las hacían. Un día no recuerdo cómo me prestaron una perinola pero nunca logré ponerla en su sitio, como se suponía debía hacerlo.
      —¿Era muy difícil?
      —Sí, era difícil.
      —¿Y cómo sse juega?
      —Espera... —la mujer tomó el monitor de realidad virtual y se lo colocó a María. Ésta apretó a Jessica contra su pecho y observó atenta.
      La oscuridad de su alrededor enseguida se convirtió en luz y en menos de un segundo una imagen virtual completamente tridimensional y de trescientos sesenta grados de extensión rodeó a la niña. En ella, un gran parque lleno de frondosos y altos árboles estaba habitado por un sinfín de niños que sonreían y corría de un lado para el otro. Repentinamente un niño caminó junto a María y se detuvo frente a ella. Extendió su brazo y abrió la palma de su mano para mostrar un objeto redondo tal cual el que estaba dentro de la cúpula.
      —Este es un Yo-Yo. Me gusta jugar mucho con él, y me he convertido en todo un experto —dijo el niño lentamente—. Te mostraré cómo se juega.
      Entonces, el niño acercó su manó a su hombro y lo sacudió luego para dejar caer el objeto al suelo. Por un momento, María esperó oír el golpe del Yo-Yo contra el suelo, pero rápidamente notó como la cuerda que estaba enrollada alrededor del juguete se tensaba y lo traía de regreso.
      María soltaba carcajadas mientras el niño hacía gala de sus habilidades con el juguete.
      Luego, el niño desapareció para mostrar a otros dos que luchaban entre ellos haciendo girar rápidamente a unos pequeños discos metálicos sostenidos por ligeras cuerdas.
      —Estos son gurrufíos —dijo uno de ellos—. Al halar los extremos de la cuerda los discos dan vueltas y vueltas y divierten mucho. Estos los hicimos con tapas de refrescos, y como son de aluminio, tratamos de cortar la cuerda del otro con el filo del disco.
      María reía, y afuera, en el mundo real, su madre supervisaba el progreso de la proyección por el monitor externo.
      Finalmente, una niña morena y de ojos oscuros se le acercó cargando en su mano derecha el objeto que se llamaba perinola.
      La niña, con destreza, tomó el extremo gordo y parecido a una campana que permanecía sujeto con una cuerda a un palo largo y fino, y con un movimiento rápido, lo hizo subir y bajar de tal manera que quedaron encajados perfectamente uno dentro del otro. Luego, ayudándose con su pulgar, lo hizo subir de nuevo, y como un bólido la campana se regresaba a la misma posición de antes. La niña repetía esto incesantemente y contaba cada vez que lograba encajar las piezas.
      La velocidad con la que la niña jugaba con la perinola dejó a María aturdida, y pensó que ni Andy eran tan rápido moviendo los dedos sobre el control de su videojuego.
      La niña entonces se alejó de ella y lentamente la imagen oscureció. María volvió al mundo real cuando su madre le retiró el monitor.
      —¿Viste cómo se juegan?
      —Ssí, pero sson fantássticos. Parecen dificilíssimos.
      Clavó la mirada en la cúpula de vidrio y observó con mayor detenimiento a la perinola.
      —¿Qué viste, qué viste? —preguntó Jessica, pero la niña no le prestó atención.
      Parecía ser de madera, y la campana de arriba estaba pintada de un color marrón brillante, con unas líneas azules y amarillas que le daban la vuelta. La otra pieza estaba pintada con un color verde oscuro y en la punta el desgaste que producían los impactos habían mostrado el color original de la madera. La cuerda que unía ambas piezas estaba sucia y enredada. A pesar del aspecto tosco y anticuado, María no podía dejar de sentir impresión por semejantes juguetes antiguos, pues si bien no tenían partes electrónicas, ni generaban sonidos ruidosos, parecían vibrar con una fuerza mágica que les regalaba a los niños verdadera destreza para manipularlos.
      El letargo de la niña fue interrumpido por el molesto tono de voz de su hermano Andy, que exclamó detrás de ella.
      —¡Fantástico, mamá! ¡Los juegos están fantásticos! Ven a verlos —tomó a su madre por la mano y la trajo hacia sí.
      —Espera, Andy. María esta viendo las muestras.
      Andy enarcó las cejas y se paró junto a su hermana. Arrugó la cara cuando miró la cúpula.
      —¿Qué demonios es eso?
      —Ess una perinola —dijo María orgullosa—. Ess un juguete antiguo que de verdad divertía.
      —¿Y por dónde se le meten las baterías?
      —¡No usa bateríass, tonto!
      —¿Y cómo funciona sin baterías? —preguntó Andy confundido.
      —Tieness que usar las manoss assí —dijo la pequeña y acompañó sus palabras con una mímica de la manera correcta de jugar.
      —¡Ahh! ¿Qué tiene de divertido si no se enciende y hace ruido?
      María entrecerró los ojos enojada.
      —¡Tú no entiendes!
      —Ya, ya, tranquilos —dijo la mujer y los tomó de la mano—. ¿Qué les parece si nos comemos un helado?
      Los dos jóvenes sonrieron y caminaron junto a su madre hacia la heladería. Sin embargo, sólo la niña volvió su cabeza unas tres veces antes de salir del pabellón para ver nuevamente a la perinola que descansaba inerte dentro del cristal.


Andy, a pesar de disfrutar el helado, lo apresuró para así poder jugar un rato más con todos los videojuegos que presentaban en la exposición. María y su madre se tomaron su tiempo y con calma consumieron sus postres ocupando una de las mesas de la heladería. Jessica yacía sentada en medio de ella, sonriente, y no dejaba de observar a la niña ni un segundo.
      María se llevó una porción del dulce a la boca y lo saboreó lentamente, al tiempo que pensaba sin descanso en aquella vieja perinola. Su madre percibió claramente el significado de su semblante, y esbozó una sonrisa pues sabía que su hija estaba inmersa en profundos pensamientos.
      —¿Te gustó el paseo, María? —preguntó.
      La niña parpadeó rápidamente y asintió con la cabeza.
      —Ssí, mami. Me gussta mucho el musseo.
      —¿Qué fue lo que más te gustó?
      María se detuvo a pensar unos segundos.
      —¡Loss juguetes! —dijo entusiasmada—. Y también los disonaurioss.
      —Dinosaurios —corrigió su madre.
      —Essos.
      —Mami... —la niña clavó la mirada en la nada, y se mantuvo en silencio unos tres segundos—. ¿Por qué essos juguetess tan lindos que vimoss ya no exissten?
      —Por el tiempo y la tecnología, como te dije. Antes, cuando las personas no tenían computadoras, holovisores, realidad virtual, todas esas cosas que son tan comunes para ti y para mí, pues tenían que entretenerse con otras cosas, más ajustadas a su desarrollo tecnológico.
      »Los niños de esa época eran muy inteligentes y ellos construían sus propios juguetes, muchas veces porque no tenían el dinero para comprar juguetes nuevos. Inventaban carritos, aviones de madera, y hacían cosas tan maravillosas como el gurrufío o la perinola que viste.
      »Con el tiempo, apareció la televisión. Aparecieron las computadoras y los juegos de video, así que simplemente la atención de los niños se desvió hacia esas nuevas formas de entretenimiento.
      —¿Pero ssi no tenían dinero para comprar suss juguetes, cómo compraron computadorass?
      La madre de la niña sonrió.
      —Con el tiempo las computadoras se hicieron tan baratas que todo el mundo pudo tener una, como hoy en día. Por ejemplo, Jessica —señaló a la muñeca y ésta mostró su dentadura artificial—. Ella es un juguete muy avanzado, y funciona con baterías, y habla. Ellos no tenían muñecas como Jessica, sino muñecas de madera o de tela como las que viste. Mas tarde, le agregaron computadoras a las muñecas, y las convirtieron en lo que son ahora.
      —¿Entoncess la culpa es de lass computadorass?
      La madre soltó una carcajada.
      —Bueno, tampoco es para tanto. De hecho, ¿acaso no te gusta jugar con Jessica?
      —Yo quiero mucho a Jessica.
      —¡Ah!, ves, después de todo, estos nuevos juguetes divierten a los niños también. Además, algún día los juguetes de ahora se perderán en el tiempo —Jessica abrió los ojos asustada—. Lo mismo sucedió con las primeras computadoras, e inclusive, lo que existía antes de ellas.
      —¿Qué existía antes de ellass? —preguntó la niña interesada.
      —Aparatos que llamaban calculadoras. Y mucho antes unas cosas que no eran electrónicas, llamadas reglas de cálculo, si mal no recuerdo. Nada de eso existe hoy, y de existir, estoy segura que sólo pocos saben manejarlos.
      —Así como la niña manejaba la perinola.
      —Ajá —dijo la madre y acarició el rostro de su hija.
      —No te preocupess, Jessica, yo ssiempre te querré —dijo María, y tras terminar su helado, abrazó a la robot.
      Unos veinte minutos después, la familia dejaba el museo no sin antes comprar unos recuerdos en la tienda de souvenirs y escuchar el agradecimiento de los robots guías y de los organizadores de las exposiciones.
      Andy se montó en el vehículo con una sonrisa en el rostro y un nuevo juego de video en sus manos, y María tomó el asiento vistiendo una bonita franela que mostraba a un señor llamado Albert Einstein sacando la lengua, cosa que le produjo mucha gracia. Abrazó a Jessica como de costumbre, y observando el cielo y los edificios soñó con esa época donde los niños construían sus propios juguetes.
      —¿Te gusstó el musseo? —susurró al oído de la robot.
      —Sí, mucho mucho —respondió.
      María acarició la larga cabellera de su muñeca, y teniendo entre sus dedos aquellas finas fibras, entrecerró los ojos y frunció luego el ceño. Después, sonrió, y en su rostro el reflejo de una idea la hizo brillar.


Llegaron a su hogar antes de la hora de la cena. El padre de María esperaba en el amplio apartamento viendo las noticias en el monitor holográfico y sosteniendo entre sus manos una cerveza. Andy y la niña corrieron a los brazos de su padre y vociferaron cada uno diferentes versiones de su visita al museo. Terminada la fugaz celebración se dirigieron a sus respectivos cuartos para cambiarse de ropa y prepararse para cenar.
      María dejó en el suelo a Jessica justo después de entrar en la habitación y velozmente cambió su ropa por sus pijamas violetas favoritas. La robot caminó hasta una pequeña mesita donde solía permanecer durante las noches, junto al juego de té y la peinadora. Sonrió, y luego clavó sus sensores visuales en la niña. Ésta le sostuvo la mirada y sonrió con gracia. A lo lejos el llamado de su padre le hizo salir de la habitación dejando la luz encendida y la cama un tanto desarreglada.
      Cenaron y conversaron sobre el museo, y sobre las cosas que habían aprendido. Al terminar, Andy le pidió a su padre que lo acompañase a probar su nuevo juego, y éste aceptó con la condición que no jugase demasiado. María se retiró de la mesa con calma e inmediatamente lavó sus dientes y luego de comentarle a su madre que iba a dormir, cerró la puerta de su habitación y manipuló el control de la luz para que esta la iluminase tenuemente.
      Entonces, manejada por la fuerza de la imaginación y la curiosidad, comenzó a inspeccionar cada rincón de su dormitorio. Jessica la miró dubitativa y se levantó de la silla para jalarle las pijamas suavemente.
      —¿Vamos a dormir?
      María la levantó del suelo y la llevó hacia la mesita donde descansaba el juego de té.
      —No, Jessica. Vamoss a jugar.
      —¡Me encanta! —exclamó la muñeca alzando los brazos.
      La robot tropezó con una de las tazas del juego de té y ésta atrajo de inmediato la atención de la niña. Tomó la pequeña taza entre sus manos y la observó detenidamente. Vio su rostro alegre en la superficie lisa de la taza y su excitación aumentó pues sabía que la pieza funcionaría a la perfección. Luego, caminó hasta la peinadora, donde además de sus artículos de belleza y otros juguetes tenía en las gavetas lápices de colores, marcadores y por supuesto tableros de dibujo electrónicos. Tomó un grueso marcador color verde y lo sostuvo con su mano derecha unos segundos. El marcador sobresalía unos ocho centímetros por fuera de su mano, así que lo consideró indicado para su función.
      Tan solo faltaba una última pieza en la construcción que tenía en marcha y ahí era donde entraba Jessica a escena. De otra gaveta sacó un rollo de cinta adhesiva y cuidadosamente unas tijeras. Con un semblante sereno dejó el rollo de cinta en la mesa junto a la muñeca y luego levantó las tijeras en su dirección.
      —¿Qué vas ha hacer? —preguntó la robot con una expresión temerosa.
      —No te preocupess, Jessica. Sólo quiero un poquito de tu cabello.
      Entonces tomó un mechón de rubio cabello y lo cortó con cuidado desde la raíz.
      La muñeca cerró los ojos cuando escuchó las tijeras cerrarse. Después simplemente se tocó la cabeza en busca de las fibras faltantes.
      María, por su parte, estaba absorta en su trabajo. Tratando de no enredar las fibras tomó la cinta adhesiva y colocó dos pedazos en los extremos de la tira de cabellos que tenía unos diez centímetros de largo. Se aseguró que estuviese bien sujeta y luego enrolló la parte inferior de la tira alrededor del marcador, un poco debajo de la tapa del mismo. Con cinta reforzó la unión y agitó luego el marcador para ver cómo se movía la improvisada cuerda. Finalmente tomó la taza de té de juguete y la unió a la cuerda por la parte plana de la base con un gran punto de cinta adhesiva. Terminado su trabajo, extendió su pequeña mano y observó la taza oscilar al unísono con el movimiento de la punta del marcador. De sus ojos, destellos de asombro llenaban la habitación de imágenes coloreadas, y su respiración acelerada hacía rumores a su alrededor.
      Sin duda, su perinola era muy diferente a la que había visto en el museo, pero era la primera vez que construía un juguete y esa emoción le restaba importancia a la calidad estética de su objeto.
      —¿Qué es eso? —preguntó Jessica.
      —Essto es una... perinola —dijo María orgullosa.
      Sujeto con su mano izquierda la taza y levantó la mano derecha para luego imitar el movimiento que en la proyección virtual había hecho la niña con el fin de encajar las piezas. Soltó entonces la taza y tiró del marcador pero le fue imposible encajar todo como debía hacerse. La taza osciló sin control y golpeó el marcador, pero la cuerda resistió el impacto. María intentó de nuevo pero no tuvo éxito. En esta oportunidad la taza dio vueltas en el aire y tronó un golpe seco cuando se estrelló contra sus dedos.
      —¡Auch! ¡Ssí ess difícil! —exclamó la niña y dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
      Continuó intentando, y en cada intento su persona se emocionaba cada vez más. Subía y bajaba su mano y trataba con mucho esfuerzo de encajar el marcador dentro de la taza. Daba vueltas en la habitación concentrada en su juego mientras Jessica la observaba asombrada. La robot era incapaz de entender la excitación de la niña.
      No fue sino hasta después de unos veinte o treinta intentos que la destreza recién adquirida rindió frutos. Luego de soltar la taza esta se elevó elegantemente y luego de girar cayó velozmente justo sobre la punta del marcador. Se tambaleó ligeramente pero se detuvo al rato y permaneció ahí, boca abajo, encajada como debía.
      María se petrificó, y abrió los ojos como nunca. Su cuerpo fue recorrido por una sensación de alegría e impresión y una explosión de chispa que surgió de su estómago la hizo gritar y saltar de alegría.
      Su madre, en la otra habitación, saltó sobre sí misma y corrió a su encuentro. Su padre le seguía detrás. Abrió la puerta del cuarto de la niña un tanto asustada y manipuló el control de la luz para ver qué estaba sucediendo. María, con la expresión de alegría más hermosa que sus padres jamás habrían visto, corrió hacia ellos gritando:
      —¡Lo hice! ¡Lo hice! Gané en la perinola ¡Lo hice!
      Su madre se agachó y tomó de su mano el improvisado juguete que había construido la niña. Soltó luego una carcajada y no pudo evitar controlar las lágrimas. Su padre observaba un tanto confundido.
      —Muéstrame cómo se hace, hija —dijo, devolviéndole el juguete.
      María intentó de nuevo, y lo logró, estallando en carcajadas.
      La mujer abrazó a su esposo, a su lado, satisfecha por el descubrimiento de su hija.
      —¿Una perinola? —preguntó el hombre frunciendo el ceño.
      La mujer se limitó a asentir.
      La muñeca robot sonrió como estaba programada a hacerlo cada vez que su dueña sonriese, pero en realidad no entendía nada de lo que estaba sucediendo. No entendía por qué María se mostraba tan feliz si no estaba jugando con ella, su querida Jessica. No entendía por qué un mechón de sus cabellos la hacían más feliz que toda ella.
      María continuó jugando y riendo como nunca, pues ningún juguete la había hecho disfrutar de esa manera.


Ronald R. Delgado C.

Ronald Delgado tiene 21 años. Nació en Caracas, Venezuela, y ha vivido allí, en la Capital, desde entonces. Está actualmente a un año de ser licenciado en Física de la Universidad Central de Venezuela. Su campo de trabajo es el de la Inteligencia Artificial y la Robótica. Lee principalmente Ciencia-Ficción, aunque también le encanta el Terror y las novelas de suspenso. Su escritor favorito es Isaac Asimov y su novela favorita Anochecer. También la serie de la Fundación. Adora el trabajo de E. A. Poe y le encantan también las novelas de asesinos en serie como las de Thomas Harris. Admira a los genios como Clarke, Bradbury, Heilein, Tolkien, Dick, etc. Afirma que "Sobre las películas puedo decir que soy fanático de la serie de Star Wars y además de ellas, mis otras dos películas favoritas son Blade Runner y The Matrix". Admira el trabajo de Spielberg y Kubrick.


Axxón 115 - Junio de 2002

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